Fernanda Melchor

  • Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor | Gabriel Wolfson

    Intemperies

     

    Fernanda Melchor, Temporada de huracanes, Random House, México, 2017, 223 p.

     

    La novela de Fernanda Melchor ha aterrizado en un momento justo, en una coyuntura que, por diversas razones, le está resultando muy favorable. Varias notas y comentarios plenos de encendidos elogios pueden, creo, sintetizarse en la breve reseña de Antonio Ortuño publicada hace poco en Letras Libres, cuyo título, “Por fin”, apunta a esa sensación de una obra que viene a concluir una espera, a satisfacer una impaciencia frente a los primeros libros de quienes, para fortuna o desgracia suya, son la “nueva narrativa mexicana”. read more

  • Falsa liebre de Fernanda Melchor | Por Alejandro Badillo

    La violencia de los sentidos

    Fernanda Melchor, Falsa liebre, Almadía, México, 2013, 203 p.

    Las primeras referencias que tuve de Fernanda Melchor (Veracruz, 1983) fueron en el terreno de la crónica, género que ha tenido auge en los últimos años. Fenómenos como la violencia y el narcotráfico han visto nacer una nueva generación de escritores que, desde el periodismo, han contado una realidad que supera la censura de las pantallas televisivas. Fernanda Melchor es parte de este grupo de escritores cuyo trabajo servirá de testimonio y referencia cuando se analicen, en retrospectiva, los problemas del México de principios de siglo. La aportación de Melchor se concentra en su libro Aquí no es Miami publicado por Almadía, Producciones El Salario del Miedo y la Universidad Autónoma de Nuevo León. En esta obra la autora desmenuza la realidad veracruzana asediada por el narcotráfico, la pobreza y la marginación.
    Por estos antecedentes me interesó la aparición de Falsa liebre, su primera novela. Debo admitir que, al principio, antes de empezar la lectura, supuse que la narrativa de Melchor sería una simple prolongación de sus crónicas. Este prejuicio viene, sin duda, de la gran cantidad de novelas que se han aprovechado del narcotráfico y la violencia como grandes temas para vender. Anteponer el mercado a la literatura suele producir obras cuya huella se desvanece rápido por más promoción que hagan las editoriales. Fernanda Melchor superó un riesgo importante en su ópera prima: no distinguir la frontera entre los géneros, es decir, querer trasladar una de tantas crónicas al ámbito de la novela con algunas adecuaciones. Este riesgo involucra también el lenguaje: una crónica, a pesar del estilo, siempre conserva la realidad como máximo referente y, por lo tanto, su expresión siempre privilegia lo funcional, lo unívoco. Una novela abre el abanico de posibilidades ya que en su entramado pueden convivir distintas búsquedas estilísticas, planos temporales, voces narrativas. En Falsa liebre el interés es crear personajes que no sólo dependan del contexto sino que tengan vida a partir de una atmósfera, palabras que sondean el interior de ellas
    La novela aborda dos historias que transcurren de forma independiente hasta llegar a un encuentro final: Andrik y Zahir, dos hermanos adolescentes que dependen de una vieja que los trata mal; la otra línea la conforma Pachi, un joven que vive con su pareja embarazada y que trabaja como repartidor en el puerto. El planteamiento inicial basado en dos vertientes unidas tan sólo por un vago contexto me remitió a novelas como Las palmeras salvajes de William Faulkner. Según recuerdo, el escritor norteamericano justificó esta estructura diciendo que, mientras escribía los primeros capítulos de su obra, sintió la necesidad de un contrapunto, una segunda historia que se entretejiera y que no fuera un satélite de la primera sino que tuviera su propio peso. En el caso de Falsa liebre no podemos hablar de un contrapunto exacto en el sentido de dos líneas con características diferentes. Fernanda Melchor plantea dos atmósferas similares y con la misma apuesta en el lenguaje que buscan, ante todo, dar un efecto general, visiones que funcionan como complementos y no como antagonistas. Estos elementos marcan la diferencia entre Falsa liebre y las novelas de otros narradores nacidos en los setenta o en los ochenta enfrascados en un realismo que no violenta el lenguaje o las estructuras narrativas sino que recicla los viejos moldes y sólo los contextualiza en un ámbito actual: internet, tráfico de drogas, intrigas políticas o historias de época con afán didáctico.
    Entrando en materia las dos historias de Falsa liebre se desarrollan en Veracruz. Aquí encuentro el primer acierto: el puerto no es retratado desde la postal turística o desde la crónica que le interesa ubicar calles, ofrecer días y horas precisos. El puerto al que nos adentramos apenas tiene nombres y es identificado por elementos sutiles: el calor que contamina todo y entorpece pensamientos; playas penumbrosas que arrastran algas y desperdicios. Sin ser una novela atmosférica en la que las motivaciones de los personajes pasan a un segundo término, Falsa liebre tiene en el puerto de Veracruz a un protagonista más que actúa desde su anonimato. El escenario que dispone Fernanda Melchor no renuncia a mostrar los lugares en donde se desarrollan sus crónicas y, al mismo tiempo, los vuelve profundos al vincularlos con estados de ánimo: la humedad, el calor, cierta noción de podredumbre funcionan como otras justificaciones, otras maneras de convencer al lector y envolverlo.
    De las dos historias la que más me gustó fue la primera: Andrik, un adolescente que se prostituye en las calles del puerto, es presentado con su último amante, un hombre mayor que lo mantiene preso en su casa, sometido a una especie de secuestro en el que la víctima, como en el famoso Síndrome de Estocolmo, llega a ser cómplice del victimario. Dejando por el momento a un lado el tema sexual, desde las primeras páginas se encuentra una de las primeras claves u obsesiones narrativas que pueblan las páginas de Falsa liebre: la violencia. Si en líneas anteriores hablaba de la violencia como un leitmotiv de la narrativa reciente, aquí se repite esta tendencia pero con connotaciones íntimas y más profundas. En cada una de las escenas de esta primera vertiente se advierte una obsesión por lo carnal, por un mundo basado en la fuerza. Andrik sufre cada golpe como un rito iniciático interminable, un rito que es registrado con minucia: lenguas que recorren costras de sangre, el doloroso aviso de un hueso roto, una cuchillada en la penumbra. Andrik tiene alivio y culpa por dejar a su amante que, por momentos, pasa de agresor a un ser indefenso que le pide no abandonarlo. Esta dualidad se mantiene en casi todos los personajes del libro: seres que tienen actitudes violentas y que, sin embargo, matizan esos rasgos con momentos en los que parecen regresar a una condición primitiva que los libera de cualquier moral. Andrik da vueltas por el puerto, camina por calles sin ley, banquetas peleadas por tribus urbanas que buscan consolidar su sobrevivencia. El adolescente huye sin saber muy bien a dónde ir, a veces la narración se sumerge en eventos pasados hasta que se encuentra con Zahir, su hermano, que lo protegerá hasta el desenlace de sus caminos. En todo el trayecto Andrik apenas reflexiona, sus expectativas son a corto plazo, sólo intenta aferrarse a la emoción del instante, al placer o al dolor que llegan sin muchas explicaciones. En esta primera historia la autora modula su lenguaje: logra transmitir los deseos y pulsiones sin abandonarse a lo explícito o a lo caricaturesco. Esto se agradece en las escenas que sondean un erotismo complejo, sobre todo en la relación fraternal-amorosa entre Andrik y Zahir. Hay, es cierto, una voluntad por lograr una exactitud en las descripciones que tienen mucho de secuencia cinematográfica, pero también hay una intención lírica, un sondeo en el ritmo y en la atmósfera.
    La segunda historia narra las vicisitudes de Pachi, un joven que trabaja en el puerto mientras espera la llegada de su primer hijo. Al contrario del primer trecho, en el que se construye una tensión progresiva gracias a las amenazan que se ciernen sobre Andrik, en Pachi no hay un gran conflicto más allá de las insatisfacciones de un asalariado con muchas frustraciones y que busca evadirse con cualquier cosa. La aproximación a este personaje y otros que lo rodean es con estampas en las que se asoma tímidamente el ejercicio de la crónica. Sin llegar a esos amplios ejercicios naturalistas, en los que hay una demostración sociológica de causa-efecto sobre el origen y destino de los personajes, en la segunda historia de Falsa liebre hay una intención testimonial, una fotografía extraída de la realidad y aderezada con diálogos vívidos, secuencias bien logradas que, incluso, hacen espacio a un poco de humor, elemento poco utilizado en la primera historia. Uno de las constantes en Pachi es la evasión y los recuerdos. Alrededor de ellos giran sus días en el puerto en el que las anécdotas se concentran en discusiones familiares, peleas con su pareja, el dinero que no alcanza y la visita a algún amigo para tomar alcohol como único pasatiempo. En cada párrafo hay un personaje cuyo objetivo parece más deambular que dirigirse a un momento en específico. Esta característica hace que elevemos la mirada y sigamos la narrativa sin esperar un efecto dramático importante o un punto de crisis del que no hay retorno.
    Me parece que quedará para la reflexión y las subjetividades el último trecho de la novela en la que Andrik, Zahir y Pachi coinciden en una playa. Logro percibir cierta necesidad de Fernanda Melchor por amarrar los hilos al final después de conducir de forma independiente a los personajes principales. Las historias de Andrik, Zahir y Pachi están tan bien logradas que, en mi caso, se pudieron dejar de forma paralela, sin ninguna convergencia. Debo reconocer que la autora no saca el final como un truco de magia ya que, páginas antes, siembra algunas claves que justifican el encuentro y, sobre todo, el conflicto con el que concluye la novela. El lector decidirá si le convence este último recurso. A pesar de este punto que puede dividir opiniones, la prosa de Fernanda Melchor tiene las suficientes cualidades, la riqueza necesaria, para encandilar al lector. Destaco su lenguaje siempre exacto, con una vocación visual muy interesante en la que percibo ecos de autores como Cormac McCarthy. Con Falsa liebre hay una valiosa aportación para entender la realidad desde la ficción y el ejercicio imaginativo. Si en algunos medios se afirma que la crónica ha desplazado a la novela y al cuento como espejo de lo que sucede en el país, Falsa liebre es una contestación que rescata el poder de la ficción y su capacidad para retratar el mundo actual.

    falsa liebre


    Escrito por Alejandro Badillo

    (Méx­ico DF, 1977). Ha pub­li­cado los libros: Ella sigue dormida, Tolvan­eras, Vidas volátiles, La mujer de los maca­cos, La Her­rum­bre y las Huel­las. Es colab­o­rador de la revista Crítica y cervecero.