Fabio Morábito

  • Siete colinas de jade, Daniel Samoilovich | Fabio Morábito

    La trampa y el milagro

     

     

    Daniel Samoilovich, Siete colinas de jade, Conaculta, México, 2015, 276 p.

     

    Eugenio Montale, al referirse a Umberto Saba, poeta al que tenía en la más alta estima, lo definió como un poeta “de ocasión”, y acotó que lo decía en el sentido más elevado del término. Su acotación no era superflua, considerando que se ha entendido tradicionalmente como poesía de ocasión aquella que suele acompañar acontecimientos de cierto empaque mundano, como una boda, un bautismo o un funeral. El propio Montale escribió algunos poemas en ese tenor, pero también tituló uno de sus libros “Las ocasiones”, un libro fundamental en su trayectoria poética. En él, abandona la idea de la poesía como canto, es decir como manifestación de un don innato que, a la manera de una llave maestra, le permitiría al poeta penetrar en todas las facetas de la realidad, y se inclina por una poesía avocada al registro de ciertos acontecimientos puntuales, a menudo nimios. Esos acontecimientos son las “ocasiones”, que parecieran encerrar en su aparente intrascendencia una clave secreta para el esclarecimiento de algo importante en la vida tanto del poeta como de los otros. read more

  • Animalia, de Rafael Toriz y Édgar Cano | Fabio Morábito

    (WEB)

     

    Este Animalia, escrito por Rafael Toriz e ilustrado por Édgar Cano, es pariente cercano del Manual de Zoología fantástica, de Borges y Margarita Herrero, del cual hereda el estilo conciso y la voluntad fabulatoria. Se emparienta también con una investigación reciente de Norma Muñoz Ledo, ilustrada por Antonio Helguera Martínez y José García Hernández, que lleva el título de Supernaturalia, en donde la autora pasa reseña a ciertos seres irreales (duendes, brujas, animales) del imaginario mexicano. Se trata, en los tres casos, de recopilaciones de criaturas casi todas ellas inexistentes, que por alguna razón han llegado a perdurar en la imaginación del hombre. read more

  • Dos viajes | Francisco Serratos

    (WEB)

    Estoy en el sur de Florida, en una ciudad de la cual no vale la pena acordarse. Estoy en una zona de transición. En un viaje en espera de otro viaje que, a estas alturas, enredado en trámites burocráticos y aduanales, temo que se convierta en una estancia intemporal. Metido en este paréntesis, leí dos libros de viajes de dos escritores completamente distintos, separados por épocas, ideologías y territorios, pero que a pesar de eso convergen, junto conmigo, en la traslación. Mi descubrimiento de América, de Mayakovski, y También Berlín se olvida, de Fabio Morábito. read more

  • Conversación con Fabio Morábito | Eduardo Sabugal

     

    Son las 9:30 am. El restaurante y el vestíbulo del hotel Gilfer (en el centro histórico de la ciudad de Puebla) están saturados de ruido. Afortunadamente el gerente del hotel nos ha prestado un salón relativamente apartado del ruido y el ajetreo de meseros y huéspedes. La cita para la charla con Fabio Morábito es a las 10 am en punto. Después de telefonear a su habitación, Fabio baja fresco y afable para platicar. read more

  • El idioma de la infancia | Por Francisco Serratos

    (Web)

    Querido Fabio,

    le saluda felizmente un lector anónimo, felizmente porque así me dejó la lectura de su último libro, El idioma materno. Hasta cierto punto, se trata de un libro entusiasta pero no por esto superficial. read more

  • El idioma materno de Fabio Morábito | Por Eduardo Sabugal

    Tras las huellas de Fabio Morábito

    Fabio Morábito, El idioma materno, Sexto Piso, México, 2014, 180 p.

    No hay pues poemas truncos. En cambio, toda la prosa, en un sentido, es inconclusa.
    F.Morábito.

    Para Fabio Morábito un poeta es alguien que escucha, calibra y fracasa. Escribir poemas es como abrir furtivamente, pacientemente, todo tipo de cerraduras. Y escribir cuentos es como pedir permiso para seguir escribiendo, es decir, seguir viviendo. El trabajo del escritor, para Morábito, es el de alguien que en la madrugada, cuando todos duermen, asecha, roba y protege. read more

  • Prosas

    LLUVIA NOCTURNA

    La que empezó todo fue la abuela. Era de noche, llovía muy fuerte y alguien tocó a nuestra casa. Ella levantó la bocina del interfono para contestar. La persona se había equivocado y pidió disculpa, pero la abuela no colgó en seguida. Se quedó oyendo hechizada el fragor de la lluvia a través del interfono. El aguacero arreciaba contra el toldo de lona impermeable que daba acceso a nuestro edificio, uno de esos toldos de hotel que sirven para resguardar de la lluvia a los clientes que llegan en taxi y cuya instalación en la entrada del edificio había dividido a los inquilinos en dos bandos opuestos. Escucha, me dijo pasándome la bocina. read more

  • Crítica 146

     

    El último número de la Crítica del 2011 es el 146. La abre el escritor colombiano Luis Miguel Rivas, que participará en el programa de la FIL, “Los 25 secretos mejor guardados de América Latina”. Además nos acompañan Andrea Kurtz, Idalia Mojerón Arnaiz, Reynaldo Jiménez, Juan Villoro, Rafael Zamudio, Alberto Chimal, Eduardo Padilla, Gerardo Piña, Pablo Sánchez, Julián Herbert, Carlos A. Aguilera, Fabio Morábito, Felipe Vázquez, Alejandro Badillo, Carmen Boullosa, David Cortés Cabán, Luis Fernando Cruz Carrillo, Carlos Ulises Mata, Daniel Bencomo, Gregorio Cervantes Mejía, Víctor Hugo Martínez Bravo, Eduardo Sabugaln y Francesca Dennstedt.

    SUMARIO:

    Luis Miguel Rivas
    Escribo para que no se me olvide 3Andreas Kurz
    Confesiones de un racionalista 9Idalia Morejón Arnaiz
    Elogio del folletín 18

    Reynaldo Jiménez
    Tres Poemas 23

    Juan Villoro
    Escribir cartas: pedir que el tiempo exista 30

    Rafael Zamudio
    Las vías insomnes 54

    Alberto Chimal
    Generación Z 64

    Eduardo Padilla
    Cuatro poemas 77

    Gerardo Piña
    Oráculo 83

    Pablo Sánchez
    El liderazgo de la ficción 97

    Julián Herbert
    Cuatro poemas 105

    Carlos A. Aguilera
    El estremecimiento de los intelectuales:
    entrevista a Idalia Morejón Arnaiz 115

    Fabio Morábito
    Prosas 124Felipe Vázquez
    Seis notas sobre la poesía de Morábito 127Alejandro Badillo
    La señal 137

    Carmen Boullosa
    Cincuenta cuerpos extraordinarios 145

    David Cortés Cabán
    Seis poemas 156

    Luis Fernando Cruz Carrillo
    Diablo 159

    Carlos Ulises Mata
    La mirada hermenéutica 167

    Daniel Bencomo
    La dicha de lo dicho 173

    Gregorio Cervantes Mejía
    El peso de los recuerdos 176

    Víctor Hugo Martínez Bravo
    Con un cuerno de chivo en Wall Street 178

    Eduardo Sabugal
    La caja verde de Cristina 184

    Francesca Dennstedt 
    Un ejemplar de chotería 188

  • Emilio, los chistes y la muerte de Fabio Morábito

    Desde el cementerio por José Israel Carranza

    A los doce años uno sabe que es inescrutable aunque no sepa qué significa la palabra inescrutable. Aunque ignore qué es ser inescrutable. La incomprensión que devuelve el mundo ante nuestras imprecisas interrogaciones la correspondemos con una inopinada obstinación en enigmas y apartamientos: el silencio y la soledad van haciéndose sorpresivamente preferibles a la admisión de los otros en nuestras inmediaciones, y vamos percatándonos de que, en adelante, tendremos que rendir cuentas a nosotros mismos antes que a nadie más; de que la ocurrencia del presente reclama nuestras decisiones y se detiene ante nuestro recelo, de que podemos instruir al instante siguiente para que se conforme a nuestro deseo —aunque otra cosa es que se conforme o no: tener doce años es buena edad para enterarnos de que somos capaces de fabricarnos las decepciones que habrán de ir punteándose con nuestros anhelos. Éstos y otros descubrimientos progresivos —las pulsiones que orientan en el camino por donde se sale de la infancia, la vulnerabilidad y el desamparo equilibrándose con la invencibilidad y la independencia—, sin embargo, tardan en librarnos de la desprevención con que vamos internándonos entre los vivos. Porque ser niño, vamos diciéndolo así, es una forma todavía precaria de estar vivo, y de ahí que un escenario óptimo para hacer el tránsito sea, como en la novela Emilio, los chistes y la muerte, un cementerio.

    Desprevenido, Emilio tiene doce años y ha dado en frecuentar un cementerio. La razón que da es que va ahí casi todas las tardes a buscar chistes con su detector; también va para cumplir con el peculiar deber de localizar su nombre entre los de los muertos —una suerte de conjuro con el que se asegura que los pobladores del lugar no quieran incluirlo entre ellos—, y mientras busca va memorizando los nombres que lee, además de la ubicación de cada uno. Súbitamente —y qué no es súbito en un cementerio— está en presencia de una mujer que lleva flores al nicho de su hijo, muerto seis meses atrás a la misma edad de Emilio. Pero la novela no comienza ahí, con esa aparición: de ese momento, que se ha repetido dos o tres veces, no sabemos más que Emilio y la mujer se habían saludado apenas con un movimiento de cabeza, y que él se había enrojecido un poco. Cuando finalmente ella repara en él es sólo para preguntarle si sabe de algún lugar apartado donde pueda “hacer pipí”. Y, ahora sí, en ese encuentro que propicia tan decisivamente el surgimiento de la exploración recíproca que harán Emilio y la mujer de sí mismos (y por qué no hay que decir que se trata de un amor, tan imposible como irrecusable, por más que ella pueda ser su madre y él tenga apenas doce años), da inicio una historia sobre cuyos acontecimientos van tramándose nuestras inferencias, que principalmente con ellas es como progresan las consecuencias del encuentro: lo que sucede a Emilio y a Eurídice, la mujer, y a quienes orbitan en torno a ellos, vamos conociéndolo sobre todo porque no está dicho: quiero decir: porque los hechos están apenas dispuestos para que nuestra inteligencia y nuestra emoción compongan los sentidos que importa que tengan: quiero decir: los sentidos intransferibles y preciosos con que conseguimos saber más bien quiénes somos, quiénes hemos sido hasta antes de haber comenzado a leer.

    Ignoro cuáles deban ser los significados de los actos y los pareceres de los personajes, de las breves informaciones que llegamos a tener de ellos: del policía del cementerio, por ejemplo, se nos hace saber que es analfabeto; al albañil siniestro no le vemos el rostro; la madre de Emilio es traductora, el padre la enerva llenando los vasos hasta el borde y están separados por un filoso rencor enfundado en las suavidades de la paternidad compartida y del hastío; en el cementerio hay un empleado que altera las fechas de las lápidas; Eurídice es masajista, tiene los tobillos gruesos y se deja besar por este empleado; el detector de chistes de Emilio está estropeado, y, alrededor de todo (también hay un monaguillo hermoso, un río subterráneo y una caverna, un paseo en auto, una escalera de mano, una alergia al cempasúchil, una crema perfumada, una bofetada, un abejorro), la inminencia de la ciudad, volviéndolo todo más inexplicable. Ignoro, en suma, qué pueda pensarse de lo que he presenciado, de cuanto vi y oí en estas páginas hechas de detenimientos y concentraciones, de una prosa urdida con contenidos fulgores, absorta en el registro de lo poco que ve suceder; lo que sí sé es que la lectura de esta novela ha sido —asombrosamente, inesperadamente—, más que una lectura, una vivencia, y acaso como Emilio, salgo de ella sabiendo que enamorarse es una forma de eludir la muerte, que sujetarse a veces puede ser una forma de desasirse y que un chiste puede salvarnos la vida.

    Todo cementerio es un lugar propicio para las intensificaciones: del silencio, de la luz, de los breves sonidos que juegan con ésta, de los olores y de las palabras que en ellos se pronuncian, pues allí adquieren una calidad de definitivas, por trivial que sea o parezca lo que formulen. Al comprobar esto, al presenciar en un cementerio la aparición inefable de una mujer delante de un niño de doce años —y al hacerse cargo de lo que ocurrirá después—, Fabio Morábito ha escrito una novela entrañable.


    Fabio Morábito, Emilio, los chistes y la muerte, Anagrama, México, 2009, 168 p.


    Escrito por José Israel Carranza

    Ensayista, narrador y periodista. Tiene varios libros publicados: Las magias inútiles (Universidad de Guadalajara, 1993), La sonrisa de Isabella y otras conjeturas (Instituto de Cultura de Aguascalientes, 1996), La estrella portátil (Fondo Editorial Tierra Adentro, 1997), Cerrado las veinticuatro horas (Arlequín/UdeG, 2003) y Si esa lluvia llega va a destruir la ciudad (Instituto Sonorense de Cultura, 2007). Las encías de la azafata (Tumbona ediciones). Publica todos los jueves la columna «La menor importancia» en el diario Mural; es editor de la revista Luvina, de la Universidad de Guadalajara, y coeditor de la revista Magis, del ITESO; profesor del ITESO y coordinador del Taller de Ensayo Literario de la Librería José Luis Martínez del Fondo de Cultura Económica.