Posts Tagged ‘ensayos literarios’

Más de dos décadas después de la pub­li­cación de Med­ita­ciones del Qui­jote (1914), de Ortega y Gas­set, su con­cepto de “salvación”[1] rea­parece en el dis­curso de María Zam­brano. “Sal­vación” de las cosas pequeñas, reconocimiento del otro, rean­i­man la lec­tura que la filó­sofa lleva a cabo del real­ismo español. Su segundo libro, pub­li­cado en el exilio, Pen­samiento y poesía en la vida española (1939), no sólo plantea la exis­ten­cia de un conocimiento poético, sino que despl­iega todo un entra­mado que insinúa una vuelta al real­ismo como una de las alter­na­ti­vas a la cri­sis del pen­samiento occidental.

La defensa del real­ismo español en María Zam­brano con­sti­tuye una de las primeras con­fronta­ciones con el pen­samiento de Ortega y Gas­set, aunque sim­bóli­ca­mente se suele situar esa primera con­frontación en 1934, cuando la filó­sofa observa la necesi­dad de recu­perar “un saber sobre el alma”. Sin embargo, será en los años pos­te­ri­ores, con la defensa del real­ismo español y la irrup­ción del tema de lo sagrado, cuando se con­firme dicha cisura. No obstante, el reconocimiento de las cosas ínfi­mas que Zam­brano intenta recu­perar en esa época tiene sus raíces en la “sal­vación” que había empren­dido Ortega de “las cir­cun­stan­cias” en Med­ita­ciones del Quijote.

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Al final de su vida, Goethe dijo que leer era lo único que había apren­dido. Era el hom­bre de letras más dis­tin­guido de Europa en una galaxia de emi­nen­cias lit­er­arias, de modo que no estaba hablando de su abecedario. Así que ¿de qué estaba hablando este anciano cuando dijo que leer era lo único que había aprendido?

Lo he citado al prin­ci­pio de mi ensayo porque ilus­tra el largo tiempo que a veces toma apren­der algo. Al escribir el primer vol­u­men de mi auto­bi­ografía aprendí muchas cosas que no esper­aba, y me sor­prendió que hubiera tar­dado tanto tiempo en apren­derlo. Siem­pre se aprende cuando se escribe un libro. Es un hecho todavía descono­cido para la cien­cia que, cuando se aborda un nuevo tema, de pronto aparece en todas partes: en la tele­visión, en los per­iódi­cos, en la radio, la gente comienza a hablar de él; es algo que uno oye casual­mente en el auto­bús y el libro cae abierto en un lugar desta­cado. Es un fenó­meno ver­dadera­mente sor­pren­dente, pero, como a muchos otros, lo damos por hecho. No me refiero, sin embargo, a esa clase de apren­dizaje, sino al que te hace decir: “¡Dios mío, cómo no lo vi antes. Es tan obvio!” He estado leyendo biografías y auto­bi­ografías toda mi vida, y nunca me senté a pen­sar en las difer­en­cias entre ellas, ni en las difer­en­cias entre ellas y las nov­e­las. Pero en el instante mismo en que comencé a med­i­tar seri­amente en ello, el prob­lema comenzó a erizarse de dificultades.

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Había una silla junto a la ven­tana. El calor se extendía en la pequeña estación de auto­buses. Los pájaros eran infini­tas fig­uras antes del vuelo. Un vaso sud­aba su fiebre en la penum­bra. La humedad del vidrio dejaba su huella en la mesa. Inútil esper­anza porque era puro despojo, cosa inútil e inacabada. Las moscas for­maron una nube inestable. Volátiles se movían en la escena. “Ayer dejaron algo”, dijo el viejo. Su com­pañero de tra­bajo —un mucha­cho— se acercó. El primero se bal­anceó en la mece­dora. De gim­nasta su vaivén por la pre­cisión y el tino: los pies al aire y luego al suelo. Una secuen­cia donde desta­ca­ban la espalda, la camisa a cuadros y los pies alum­bra­dos. Los pájaros, con­traste entero del viejo, esta­ban pren­di­dos al esqueleto de un árbol y desde ahí, al uní­sono, medra­ban. Los dos pre­sen­tían nubes pero, por una absurda super­sti­ción, no lo decían. Las pal­abras del viejo, inacabadas todas, aún per­dura­ban como la estela de humedad en el vaso. “¿Qué dejaron?”, pre­guntó el mucha­cho. La mano fue al vaso, pero no para beber, sólo era dis­trac­ción del tacto mien­tras lle­gaba la respuesta. El viejo se lev­antó: imagí­nese su lento andar, su res­piración que ape­nas rompía el silen­cio. La silla con­servó la iner­cia del movimiento y su som­bra anegó una parte del suelo. El viejo abrió un cajón y señaló con solem­nidad un sobre amar­illo. La mirada quedó ahí, en todo el cuerpo, vibrante y estancada. El mucha­cho abrió el sobre. El con­tenido era una hoja y una leyenda: “Ven­drán más cosas”. Remiró la frase. Las pal­abras eran tres pájaros en la escena. En una del­gada rama los imag­in­aba, lis­tos para volar una vez seca la tinta de sus alas.

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