Enrique Serna

  • Lealtad al fantasma | Enrique Serna

     

    Pasando por el cielo de los vicios es como se gana el infierno de la virtud.

    Franz Kafka

     

    Jean-Marie despertó a oscuras, molido de cansancio, con un sabor a flores muertas en la lengua. No recordaba desde cuándo arrastraba esa fatiga invencible, porque su memoria, un campo minado lleno de cráteres, ya no atinaba a distinguir las capas geológicas del pasado. Los recuerdos y las sensaciones del presente formaban ahí adentro un solo mazacote de estiércol. Buscó a tientas el pastillero del buró y deglutió una anfetamina con un sorbo de vino blanco en el que flotaban grumos de ceniza. Palpó el otro lado de la cama con más temor que esperanza de encontrar un cuerpo. Estaba solo, gracias a Dios. Odiaba despertar con desconocidos o desconocidas, a veces con grupos enteros de gente astrosa, sin saber ni siquiera sus nombres, ya no digamos cómo habían llegado ahí. Algunos eran inmigrantes sin techo que luego le pedían asilo. No volvería a cometer el error de acogerlos. Recordó a  Babou, aquel senegalés taciturno y parsimonioso que le hizo compañía más de tres meses. Daba poca lata, ciertamente. Se tumbaba tardes enteras en el sofá, oyendo con audífonos su añorada música tribal, salía del baño con el miembro erguido para darse a desear, como un orangután ufano de su buena tranca, y una vez por semana, cuando se prostituía en el bosque de Boloña, volvía a casa con bolsas llenas de comestibles. Pero le dio por ponerse tierno y tuvo que mandarlo al carajo. Quería cariño el muy estúpido. No entendía que un buscador de placer, un adicto a las experiencias límite, puede flaquear en todo, menos en el cultivo de un egoísmo robusto. Aprovechando una de sus ausencias cambió la chapa de la puerta y pidió al conserje que no lo dejara entrar. Para caricias dulzonas, mejor se compraba un gato. read more

  • Desmadres y tareas críticas según Enrique Serna | Wilfrido H. Corral

    Comienza el desmadre

    Enrique Serna es conocido ampliamente como autor de una gran diversidad de novelas (históricas, picarescas, “políticas”, eróticas y/o de formación, como Fruta verde, de 2006) y cuentos fundacionales o parteaguas: “La vanagloria” y “Material de lectura”, de La ternura caníbal (2013), y “Borges y el ultraísmo”, de Amores de segunda mano (1994). Aquellos son muestras fehacientes de la afinidad temática con su no ficción en conceptualización y resultados, y hay varios más. Otros relatos confrontados emblematizan y sintetizan la plantilla conceptual del Serna estudiado en este ensayo. El primero, no ficticio, es parte de un ensayo de hace unos veinte años titulado provocadoramente “Vejamen de la narrativa difícil”[1] que, al cotejar cómo Carlos Fuentes “ya iba equipado con la terminología que lo justificaría ante la crítica”, permite al joven narrador sustentar que la  narrativa de su compatriota es artificial, un desborde o desmadre. Para Serna: “Las verdaderas revoluciones literarias ocurren a la inversa: primero surgen las obras que inauguran formas de expresión y luego vienen los profesores a explicar cómo están hechas. read more

  • José Revueltas: el redentor escéptico | Por Enrique Serna

    En materia de convicciones políticas, José Revueltas se distingue de otras grandes figuras literarias mexicanas del siglo XX porque mantuvo toda la vida una oposición frontal contra el régimen posrevolucionario. read more

  • La ruptura del compromiso | Por Enrique Serna

    En las últimas década, la literatura parece haber renunciado al sueño romántico de transformar el mundo, y cada día aumenta el número de escritores renuentes a participar en el debate público, así sea en forma indirecta. En particular, los jóvenes que empezaron a escribir en esta época de pragmatismo y desesperanza exhiben un completo desinterés por las luchas sociales, cuando no un franco desprecio por las causas nobles de la humanidad. Al parecer, la sensibilidad postmoderna es incompatible con la pasión política, pues la acción combinada del rencor escéptico y el hedonismo indolente ha neutralizado el potencial subversivo de las nueve generaciones. Frente a la embestida juvenil que busca despolitizar la literatura, los escritores de la vieja guardia no se resignan a arriar sus banderas. En una conferencia dictada en el Tec de Monterrey, ahora recogida en libro, Mario Vargas Llosa lanza una voz de alarma: “La literatura de nuestro tiempo, la de los más jóvenes, se ha apartado de la política a grado tal, que en muchos casos ésta es totalmente negada, y si se asoma en ella, lo hace como una actividad mediocre, pedestre, muchas veces ruin. Quienes pensaron alguna vez que podían cambiar la vida, la historia, escribiendo novelas o poemas, parecen, desde las perspectiva de los escritores contemporáneos, cultores de la literatura light, ingenuos, vanidosos o idealistas totalmente desconectados de la realidad.”1

    Vargas Llosa es el escritor de lengua española que ha explorado con más inteligencia y vigor expresivo el espacio imaginario donde se articulan lo público y lo privado, pero su reproche ha dejado indiferentes a los escritores light, ya sea porque ninguno quiere darse por aludido o porque la trivialidad es enemiga de la polémica. Para dirimir este conflicto generacional sería necesario recoger el guante arrojado por Vargas Llosa desde una esquina neutral. Sin duda, la mayoría de los escritores jóvenes ha dado la espalda a la política, pero antes de condenarlos en bloque por nihilistas y frívolos valdría la pena examinar en qué se funda su rechazo a la literatura politizada. ¿Son apolíticos por un impulso parricida o tienen buenas razones para desconfiar de los escritores erigidos en líderes de opinión? ¿Rechazan el compromiso de sus abuelos o más bien la simulación de ese compromiso con fines oportunistas? ¿Todos los escritores comprometidos de los años sesenta tenían verdadera pasión por la justicia y la libertad o muchos de ellos medraron a costa de esas banderas? ¿Cuántos rebeldes acomodaticios han explotado y siguen explotando la confusión entre el mérito cívico y el mérito intelectual?

    Ningún diagnóstico sobre la atonía política de la juventud ilustrada puede pasar por alto las causas que la engendraron. La caída del bloque socialista a finales de los años ochenta y el fracaso de las ideologías revolucionarias explican en gran medida el desencanto de una generación que llegó al mundo huérfana de ideales. El espectáculo insulso de la normalidad democrática, la opacidad de los partidos reformistas de izquierda y derecha, la ciega obediencia a los cartabones del marketing electoral en las contiendas políticas no revisten el menor atractivo para los jóvenes de nuestra época, sean escritores o iletrados, pues la juventud sólo escucha y respeta a quien logra despertar sus pasiones. El clima político de los años sesenta y setenta era, sin duda, mucho más propicio para despertar la rebeldía juvenil y encauzarla hacia movimientos organizados. Pero fuera de algunos grupúsculos radicales, nadie sueña ya con seguir los pasos del Che, y en los círculos literarios los santones de la vieja izquierda (Eduardo Galeano, Mario Benedetti, la Poniatowska) empiezan a ser objeto de escarnio por su inveterada costumbre de adherirse a las corrientes de opinión que pueden redituarles mayor popularidad. Cuando un escritor no aporta ideas al debate político, pero aprovecha cualquier foro para exhibir la nobleza de sus intenciones, cae bajo la sospecha de predicar el bien con fines publicitarios. Si los nuevos poetas y narradores no se presentan ante el lector como paladines de ninguna causa prestigiosa, quizá debamos felicitarlos por ello.

    Desde luego, en América Latina también hemos tenido y seguimos teniendo escritores de primera línea que han defendido causas legítimas, y en algunos casos dieron la vida por ellas. Los ejemplos de José Revueltas, Roque Dalton, Haroldo Conti o Reinaldo Arenas, perseguidos políticos que supieron conjugar la excelencia literaria con la lucha por la libertad, podrían inspirar a los jóvenes escritores inconformes con la desigualdad y la corrupción de nuestros países. Pero la oleada de tartufiismo intelectual desatada por el triunfo de la Revolución Cubana (o por el movimiento del 68 en México) fue tan intensa y duradera que las nuevas generaciones, vacunadas contra la prédica igualitaria, se resisten a cualquier exhibición de buena conciencia, tengan o no convicciones políticas. Su aparente indiferencia ante los problemas de la humanidad puede parecer monstruosa, pero tiene un lado positivo, pues ha eliminado la retórica panfletaria de los círculos literarios.

    Más que una enfermedad degenerativa de los tiempos modernos, la propensión a deslindar la literatura de la política es un fenómeno cíclico. No es la primera vez en la historia de las letras que una generación de escritores condena o desprecia el activismo político en nombre del arte puro. Gustave Flaubert, uno de los novelistas más admirados por Vargas Llosa, escribió una diatriba contra la politización de la literatura que, leída en la actualidad, parece una respuesta a las alarmas del novelista peruano:

    Es fácil, con una jerga conveniente y dos o tres ideas prestadas —dice Flaubert en una carta a Louise Colet— hacerse pasar por un escritor humanitario y precursor de ese porvenir evangélico soñado por los pobres y por los locos. Hacer versos sencillamente, escribir una novela, tallar un mármol, ¡bah!, eso era bueno antes, cuando no existía la misión social del poeta. Hoy cada obra debe tener su significación moral: un drama debe fustigar a los monarcas y una acuarela temperar las costumbres. Y si sólo se ocuparan de esto los mediocres, allá ellos. Pero la vanidad ha desterrado al orgullo y ha establecido mil pequeñas avideces donde antes reinaba una gran ambición, La Musa se transforma en pedestal de mil codicias. Los fuertes también, los grandes, se dijeron: ¿por qué no agitar ahora a esta multitud, en vez de hacerla soñar más tarde? Se han subido entonces a la tribuna, han ingresado a un diario, y helos ahí apoyando con su nombre inmortal, teorías efímeras. Se ocupan de impuestos, de aduanas, de leyes, se compadecen de cada inocente asesinado, de cada perro aplastado. ¡Cuán falso es todo esto!2

    Como a los escritores jóvenes de hoy, a Flaubert le tocó vivir la resaca de una época de gran efervescencia política, donde las consignas libertarias de la Revolución Francesa parecían haber periclitado y empezaban a despuntar las doctrinas socialistas. Los escritores “fuertes y grandes” a quienes reprochaba haber condescendido a escribir en los diarios eran figuras como Víctor Hugo, Georges Sand, Eugenio Sué y Zola, quienes a su juicio estaban destinados a cumplir una misión más alta. Su condena a la transformación del arte literario en un “pedestal de mil codicias” deja entrever que, desde entonces, el escaparate de las tribunas políticas, mucho más visible que el de las revistas literarias, brindaba a los escritores la oportunidad de agrandar exponencialmente su círculo de lectores. Lo mismo sucede en nuestra época, sobre todo en países como México, donde cualquier analista político puede hacerse notar con más facilidad que un poeta o un escritor de ficción, pues la mayor parte del exiguo público lector sólo deglute periódicos. La crítica de Vargas Llosa a la literatura despolitizada pasa por alto esta circunstancia, tal vez porque Vargas Llosa fue un novelista famoso antes de incursionar asiduamente en el periodismo político. Pero en América Latina suele ocurrir lo contrario: muchos escritores de mayor o menor valía, que sólo han alcanzado una discreta notoriedad en el mundo de las letras, utilizan las tribunas políticas para promover a trasmano su obra literaria. Algunos incluso se ufanan de haber realizado con éxito esta prevaricación. El mexicano Ricardo Garibay, un escritor sin pelos en la lengua, cuya franqueza rayaba en el cinismo, confesó en su libro de memorias Cómo se gana la vida que hizo carrera de articulista político, sin tener demasiado interés en el tema, para incrementar las ventas de sus novelas.3 ¿Cuántos otros literatos travestidos como politólogos han ocultado toda la v ida lo que Garibay tuvo el valor de admitir?

    No hay analista político, sea cual sea su tendencia, que no se presente ante los lectores como un honesto ciudadano interesado en el bien común. La literatura, en cambio, es un medio de conocimiento que explora las zonas oscuras de la condición humana, sin adherirse necesariamente a una causa noble. Algunos de los poetas que han llegado más hondo en su conocimiento del hombre (Baudelaire, Rimbaud, Nerval) prefirieron asumir el papel de lacras sociales antes que simular una filantropía contraria a su temperamento. Cuando un escritor apolítico finge amar a la humanidad en abstracto, los lectores exigentes y críticos son los primeros en advertir la impostación de su voz. Los incautos, en cambio, muerden el anzuelo, pues un buen simulador siempre suministra a su auditorio el discurso edificante que quiere escuchar. Se trata de un fraude por partida doble, ya que desvirtúa el análisis político y corrompe a la vez la literatura.

    Muy pocos literatos comprometidos saben algo de economía, de derecho o de administración pública y sin embargo se atreven a opinar sobre todas esas materias como si fueran doctores en ciencias sociales. En los países desarrollados esta irresponsabilidad es menos frecuente, pues allá existe una tajante separación entre la creación literaria y el comentario político. En América Latina, por el contrario, es muy difícil que una figura literaria importante logre mantenerse al margen del debate público, pues aquí todavía está vigente la tradición de los caudillos intelectuales (Martí, Sarmiento, Alberdi, Vasconcelos) que intentaron frenar la barbarie militarista con el poder de la inteligencia y la autoridad moral. Pero si nuestra precaria democracia se consolida y los académicos desplazan a los escritores en el terreno del análisis político, como ya está ocurriendo en México, seguramente seguiremos el mismo camino del mundo desarrollado, donde los todólogos ya no tienen cabida en las páginas de los diarios. ¿Significa esto que la literatura seguirá perdiendo influencia en la opinión pública y, por lo tanto, dejará de agitar las conciencias, como teme Vargas Llosa?

    Una buena parte de la república literaria ni siquiera se inmuta por ese peligro, pues los géneros de minorías, como la poesía hermética o el ensayo literario, rehúyen por sistema el escrutinio social y, por lo tanto, sus cultivadores pueden ver con indiferencia, o incluso con gusto, el confinamiento de las letras en la esfera del arte puro. Pero la novela sí pierde mucho cuando da la espalda a la opinión pública o cuando los hábitos de lectura tienden a excluirla de ese terreno, pues los escritores de ficción no sólo pretenden seducir al lector, sino convencerlo de que una historia vivida por personajes imaginarios le concierne en su doble dimensión de ser humano y sujeto social. La novela es la historia de la vida privada de las naciones, como dijo Balzac, pero en el siglo XIX los grandes hallazgos de la novela realista no sólo repercutían en el ámbito de la intimidad: tenían un efecto inmediato en la opinión pública. Cuando Flaubert publicó Madame Bovary, tuvo que enfrentar un proceso judicial no tanto por la audacia de las escenas eróticas, sino por la virulencia con que había descrito la miseria moral de la pequeña burguesía provinciana.

    En la actualidad es casi imposible que una novela produzca semejantes reacciones, porque los medios de comunicación ignoran por completo cualquier aportación literaria al conocimiento del hombre, de la sociedad o de la historia que no coincida con los temas de moda impuestos por la mercadotecnia informativa. Cuando Vargas Llosa, Carlos Fuentes o Saramago hacen giras promocionales, los conductores de noticieros los bombardean con preguntas sobre la guerra en Irak, la guerrilla chiapaneca, el terrorismo internacional, la caída en los precios del petróleo y sólo al final de la entrevista les permiten hablar medio minuto de la novela que vienen a presentar. Hasta cierto punto, la resistencia de los jóvenes escritores a caer en ese juego es un valiente desafío a la sociedad embrutecida y a los formadores de opinión que intentan parangonar los grandes hallazgos de la literatura con las banalidades del chismorreo político. Su retiro voluntario de esas pasarelas no representa ninguna claudicación, pues más bien busca salvaguardar la dignidad del oficio literario.

    Lo que sí puede empobrecer la literatura es la renuncia del escritor a influir en la opinión pública tangencialmente, como lo han hecho Flaubert, Vargas Llosa y los grandes novelistas de todas las épocas. A veces, las novelas pueden conmocionar a la sociedad con más fuerza que las disertaciones de los pensadores políticos, pero esto sucede, por lo general, cuando el escritor conoce sus limitaciones y no pretende saber más que los sabios. Para observar los efectos de una dictadura o de una crisis económica en la vida privada de los hombres, no hace falta un doctorado en ciencia política: hay que tener empatía, oficio narrativo, intuición para tomarle el pulso a una sociedad y agudeza en la observación del carácter. En la España de Carlos V había una clara línea divisoria ente los arbitristas, autores de tratados políticos que buscaban incidir directamente en la conducción del imperio, y los narradores que se fingían apolíticos y declaraban no tener mayor ambición que entretener al lector. Sin embargo, las propuestas de los arbitristas nunca tuvieron la repercusión pública del Lazarillo de Tormes, una obra maestra de la ironía política, cuyo narrador y protagonista, obligado por el hambre a cometer toda clase de fechorías, jamás formula una queja contra el orden establecido, pero al final de la novela comenta con fingido entusiasmo: “Esto pasó en el año en que nuestro victorioso emperador entró en esta insigne ciudad de Toledo y tuvo en ella Cortes y se hicieron grandes festejos.”4 Con una sola frase cargada de malicia, la única de la novela donde se nos da el contexto histórico y social de la acción, las desventuras privadas del antihéroe adquieren una dimensión pública.

    Si esta sutil y velada manera de exhibir las fisuras entre el poder y la sociedad cayera en desuso, no sólo la literatura quedaría mutilada: también la opinión pública, pues los reportajes y los estudios académicos configuran el espíritu de una época, pero la novela reconstruye la experiencia humana que da relieve y sentido a ese paisaje de fondo.

    Notas

    1 Mario Vargas Llosa, Literatura y política, Ariel, México, 2001, p. 47.

    2 Gustave Flaubert, La pasión de escribir, Ediciones Coyoacán, México, 1995, p. 26.

    3 Ricardo Garibay, Cómo se gana la vida, Océano-Conaculta, México, 2002.

    4 Anónimo, Lazarillo de Tormes, Porrúa, México, 1982.

     

    Aparecido en Crítica número 105


  • La ternura caníbal de Enrique Serna | Por Víctor Hugo Martínez Bravo

    Una manera de contar

     

    Enrique Serna, La ternura caníbal, Páginas de espuma, Madrid, 2013, 270 p.

     

    En el número 152 de esta misma revista apareció un excelente texto de Enrique Serna (Ciudad de México, 1959) titulado “Los misterios desnudos”. En él, el autor muestra cómo la invención de enigmas ha sido un fenómeno constante en la historia cultural del hombre. Un perpetuo gusto por estimular el desconcierto, una voluntad de crear laberintos que también ha acompañado a la escritura, la cual podría haber comenzado en el ocaso del Egipto faraónico, con la institución del jeroglífico destinado a cubrir de incógnitas los textos religiosos para así confundir al lector. Invención de secretos que luego abrazan los románticos; defensa de lo incomprensible y oculto por parte de Schlegel. Gusto por lo ininteligible que cruza más tarde  la poesía hermética de los siglos xix y xx y llega incluso a los discursos filosóficos oscuros de Hegel y a las deliberadamente indescifrables y frecuentemente huecas frases de Heidegger. En muchos filósofos esta oscuridad es consecuencia no de un pensamiento superior inaccesible a los profanos, sino simplemente de una pésima prosa y una carencia de lógica discursiva. Heidegger, contra quien Serna arremete con virulencia pero también con mucho tino, es el paradigma de la retórica torcida, maquillada de una supuesta genialidad impenetrable[1].

    En “Los misterios desnudos” se menciona tanto a Mario Bunge como a Rudolf Carnap, filósofo positivista lógico, integrante fundamental del círculo de Viena. Serna recurre a Carnap  para mostrar que la dificultad de comprender El ser y el tiempo no es sólo consecuencia de la ilegible traducción de José Gaos al español, sino también de la escritura de Heidegger y sus frecuentes sucesiones caprichosas de palabras que, además de carecer de significado,[2] no constituyen proposiciones debido a que se agrupan como “secuencias de vocablos lógicamente ilegítimas”.

    La importancia de Carnap en el ensayo radica también en recordarnos una distinción básica pero muy importante que debería hacerse cuando uno escribe y se sitúa en los márgenes de la lógica: no es lo mismo ubicarse fuera de la lógica cuando uno cree moverse en el campo de lo verdadero y lo falso (la filosofía, la teoría) que cuando uno cree hacerlo en el campo del arte (la poesía, la narrativa). La solución para aquél inmerso en el campo de la teoría se encuentra mejorando la prosa, volviéndola inteligible, abrazando los ideales de la Ilustración: sencillez y claridad  comunicativa sin perder el rigor y la profundidad; respeto por el “lector común” mediante el humilde pero complicado ejercicio de la buena divulgación, anclada en el uso correcto de la gramática y la lógica. Como sugiere Serna, arrancando los velos a lo misterioso, no colocándole más encima.

    Todo lo anterior tiene que ver con el libro de cuentos La ternura caníbal, porque, a pesar del límite que establece Carnap entre teoría y literatura, tanto en este libro de cuentos como en la novela Miedo a los animales (1995) y en Los misterios desnudos, Serna manifiesta preocupaciones similares, inquietudes relacionadas, sobre todo con el poder. Un poder que no se limita a lo gubernamental, judicial o económico, sino que se estructura y ejerce también dentro de las esferas artísticas, intelectuales, académicas y literarias, y donde se crean sutiles estrategias para preservarlo y reproducirlo. Muchas de éstas nacen de la palabra escrita y generan relaciones de control y autoridad a partir del dominio de la retórica, estableciendo una distancia entre “el culto” y “el iletrado”. Otras sirven para legitimar discursos herméticos de falsa profundidad, convertidos más tarde en modas teóricas en el campo de la filosofía, el psicoanálisis o el arte, y frecuentemente influyen en la creación y recepción de la poesía y en cierto tipo de narrativa.

    Según Ángel Rama, desde la Colonia el dominio de la palabra escrita por parte de los letrados (religiosos, administradores, escritores y educadores) fue fundamental para someter. Instituidos como una burocracia estatal que redactaba y ejecutaba las órdenes de la Corona,  los letrados, guardianes de la palabra escrita, fueron el medio a través del cual se escribieron y legitimaron leyes, edictos y códigos; se registró y administró la riqueza, se jerarquizó a la población y las ciudades se ordenaron. Si el imperio de la gramática y la lógica, si el buen uso de la retórica, si el dominio sobre la palabra escrita se emplearon en la Colonia para crear distancia entre letrados e iletrados, para someter a una población analfabeta, en la modernidad, podría argumentar Serna, el sinsentido discursivo vestido de enigma, la gramática retorcida, sirve a algunos filósofos y escritores para adquirir autoridad frente a aquellos lectores ávidos de novedad literaria o teórica, ansiosos del próximo modelo filosófico o narrativo otoño-invierno. Luego comienza un círculo vicioso en el que, con sus frases impenetrables, el halo de misterio que el escritor va adquiriendo le otorga mayor capital simbólico para seguir legitimándolas ante el lector, para hacer que éste último perciba en ellas hondura y no vacuidad.

    Otra crítica más de Serna hacia el poder se remonta a los años en los que el pri, mediante becas, puestos públicos y apoyo económico a las instituciones culturales, supo echarse a la bolsa a gran parte de la intelligentsia mexicana. Después, escritores e instituciones culturales aprendieron a emular muy bien esas estrategias que, si bien palidecen ante aquellas empleadas por la clase política, manifiestan, además de una endeble autonomía de la esfera cultural y literaria en México, un modelo “partidista” de operar  y un tácito código de conducta gansteril en el mundo de la cultura.

    En los textos que he leído de Serna, además del puro “objetivo estético”, se busca siempre desenmascarar al impostor, bajarle los humos al pedante, ajusticiar al tramposo, e incluso, diría, moralizar, en el mejor sentido de la palabra. Para ello, Serna recurre casi siempre a la burla. Tanto en Miedo a los animales como en algunos cuentos de La ternura caníbal, Serna satiriza la charlatanería artística, el esnobismo intelectual y la pedantería de muchos círculos literarios y académicos en México. Si en Miedo a los animales se critica la corrupción y los modos ruines de operar de algunos órganos culturales, instituciones literarias y escritores en México, en los cuentos de La ternura caníbal se retratan rencillas, disputas y envidias ocurridas en un asfixiante campo cultural de provincia, donde el prestigio del escritor protagonista depende de mostrar a los otros escritores una carta elogiosa enviada por Octavio Paz (“La vanagloria”); se muestra el egoísmo de un profesor y la tortura a la que lo somete su esposa (“La incondicional”), la vanidad misántropa de un académico mexicano (“Soledad Coronada”) y se exhibe la pedantería de un par de artistas (“Los reyes desnudos”). En este cuento, una pareja francesa de artistas adinerados, esnob y sin talento, se empeña en dedicarse, ella, a las artes plásticas y, él, a la música, con el puro objetivo de obtener reconocimiento social.[3]

    El machismo ligado al poder es otro de los temas recurrentes en la narrativa de Serna. En “Entierro maya”, “Drama de honor” “Cine Cosmos” y “Material de lectura”, el machismo egoísta o la homosexualidad reprimida con fachada de brutal hombría desata la violencia y lleva a los personajes al crimen y a la muerte.

    En los textos que he leído de Serna la crítica y la burla a los vicios del poder, la estafa intelectual y la afectación del escritor, guardan congruencia con una “poética”, con una idea de cómo se debe escribir. Así como en “Los Misterios desnudos” se deplora el uso del lenguaje como un dispositivo de exclusión y no como un elemento de vínculo social, en los cuentos se busca narrar de forma sencilla, con una prosa clara, evitando de manera consciente los juegos y experimentación en el lenguaje, las estructuras complejas y  las acrobacias para contar. Serna considera que por motivos de efectividad narrativa, todo buen narrador debe hacer desaparecer al escritor.[4] Pero si entiendo bien su argumento, creo que su postura no sólo descansa en la búsqueda de una efectividad narrativa, sino que nace también de un gesto de humildad literaria,  de un rechazo a la vanidosa pose de escritor y al aura que lo rodea. Lo cual, a mi juicio, vuelve su poética aún más respetable. Sin embargo, creo que la narrativa no puede reducirse a un único modo de hacer. Afortunadamente, la literatura es tan amplia que acoge no sólo textos ágiles, de una “prosa elegante”, sencilla y clara, de un lenguaje discreto y parco; la literatura ofrece también grandes textos narrativos donde el lenguaje experimental o sucio, el juego con la temporalidad, “la voluntad de estilo” y la consciente importancia de visibilizar al escritor en el texto, son fundamentales para el éxito y disfrute de la obra. ¿Qué sería de textos narrativos como Paradiso, Gran Sertón Veredas, Tadeys y casi todo Lamborghini, El juguete rabioso, Ferdydurke y tantas otras, sin el regodeo en el lenguaje? ¿Habría que rechazar la experimentación de Macedonio Fernández, Machado de Assis, Cortázar, Perec y el Vargas Llosa de Conversación en la Catedral por tratar de evidenciar una “voluntad de estilo”? ¿Y dónde colocar a escritores como Joao Gilberto Noll, César Aira, Michel Houellebecq, Fernando Vallejo e incluso Thomas Bernhard, que en lugar de desaparecer de los textos, han buscado, a partir de una “voluntad de estilo”, jugar con su imagen pública, hacerse visibles como escritores dentro de la narración?

    Fuera de algunas palabras y frases que creo que resaltan por su artificialidad o inverosimilitud dentro de los cuentos,[5] La ternura caníbal funciona muy bien dentro de la poética que defiende Serna. Son buenos cuentos a la manera “clásica” del genero.  Tienen una “estructura cerrada”, son divertidos, ágiles y están escritos con una prosa clara y sencilla. Parecen el resultado de mucho tiempo de quitar hojarasca y, como sostiene Serna en “Los misterios desnudos”, de rechazar el resabio oracular, la añoranza del misterio religioso contenido en la escritura críptica. Son el resultado de intentar afinar su lengua para comunicar mejor sus pensamientos, para narrar mejor antes que idear un lenguaje personal que no comunique, que sirva de distintivo social,  de título nobiliario.

     


    [1]Dice Serna: “Otro experto en  demoliciones, el filósofo y físico Mario Bunge, opina de Heidegger lo mismo que Goethe y Schopenhauer pensaban de Hegel: ‘Heidegger tiene un libro sobre El ser y el tiempo ¿y qué dice sobre el ser? El ser es ello mismo. ¿Qué significa? ¡Nada! Pero la gente, como no lo entiende, piensa que debe ser algo muy complejo. Vea cómo define el tiempo: Es la maduración de la temporalidad. ¿Qué significa eso? Las frases de Heidegger son propias de un esquizofrénico. Pero no estaba loco: era un pillo que se aprovechó de la tradición académica alemana según la cual lo incomprensible es profundo’.”

     

    [2] En el ensayo de Serna se critican los estériles y pretensiosos neologismos del filósofo: “en otra obra de Heidegger, ¿Qué es la metafísica?, hay un frase que ha sido un quebradero de cabeza para varias genera­ciones de exégetas: ‘¿Cuál es la situación en torno a la Nada? La Nada misma nadea.’ Carnap califica de palabra hueca el verbo ‘nadear’ y agrega: ‘nos encontramos aquí ante uno de esos casos singulares en los que se ha introducido una palabra nueva que desde su origen mismo careció de todo significado’.”

    [3] En algún momento del cuento a uno de los artistas se le revela el engaño en el que han vivido su esposa y él: “Y Nadine, pretenciosa, guapa, refinada, engreída, lo superaba quizá en materia de ceguera autocomplaciente. La verdadera subversión, la verdadera pasión por el arte, no se da en gente como nosotros, admitió con tristeza. Los artistas genuinos son inadaptados rabiosos, chamanes desafiantes en diálogo con el cosmos. Sólo ellos pueden tener verdaderos hallazgos y ver detrás de las apariencias. Nosotros, en cambio, buscamos en el arte un adorno prestigioso, un mísero relumbrón que nos ennoblezca ante los demás. Nadine y yo debimos haber puesto juntos una boutique de alta costura, en lugar de invadir un terreno en el que nunca pasaremos de ser diletantes.”

    [4] En la entrevista Enrique Serna. Oculto detrás de la narrativa se dice:

    “–¿Cómo definirías tu estilo?

    ”–He tratado de esconderme detrás de mis narraciones. He ido evolucionando de tal manera en la que ahora no me interesa hacerme presente en la narración, como sí me pasaba, por ejemplo, cuando escribí Uno soñaba que era Rey, novela que en algunos capítulos es muy barroca porque traté de hacer fusión del habla de los chavos banda y la poesía barroca del Siglo de Oro. Creo que lo que pasa es que muchos escritores tienden a, yo era así, querer evidenciar su voluntad de estilo, pero creo que cuando la voluntad de estilo se nota es porque el estilo es fallido. En cambio, cuando el escritor desaparece porque utiliza un lenguaje que no llama demasiado la atención pero es funcional, entonces una narración puede hechizar mejor a los lectores.

    ”–¿Tu narración es hechizante?

    ”–No sé, yo lo he tratado. He tratado de retener la atención de los lectores sin hacerme presente como lo hacía antes.”

    Véase la entrevista en: http://www.kajanegra.com.mx/index.php/secciones/expresiones/item/1226-oculto-detr%C3%A1s-de-la-narrativa-%7C-entrevista-con-enrique-serna

    [5] Por ejemplo: “Tiranuelos como Larry Flesher me cerraron las puertas de todas las palomillas a las que hubiera querido pertenecer” (p. 33), “¿Qué sabrá ese franchute de nuestro carácter?” (p.36), “Pues irás solo. Esas cenas de políticos me aburren a muerte” (p. 126) o “Confiesa, pillín, que al principio me querías sólo para una aventura” (p. 260).

       Texto apare­cido en la edi­ción 156 de la revista Crítica.


     Escrito por: Víctor Hugo Martínez Bravo

  • Crítica 152

    Revista-Portada Enrique Serna, Luis Miguel Rivas, Mauricio Uribe, Eduardo Sabugal, Daniel Bencomo, Claudina Domingo, Alejandro Badillo, Roxana Artal, Fernando de León, Minerva Reynoso, son algunos de los autores con los que arrancamos el 2013 en el número 152 de nuestra revista Crítica.Haz clic en la imagen o aquí para leer la versión digital de Crítica

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  • Los misterios desnudos por Enrique Serna

    En el ocaso del Egipto faraónico, bajo la dominación helena y romana, los sacerdotes crearon grafías deportivas o criptográficas destinadas a “vestir de misterio” los textos religiosos, con el fin deliberado de confundir al lector.1 La edad barroca del jeroglífico fue el canto del cisne de una casta moribunda que porfiaba en la cerrazón excluyente ante el empuje de la escritura demótica (mucho más simple) y de las lenguas invasoras. Como los dictadores en desgracia, que al verse perdidos emprenden una desesperada fuga hacia delante, los sacerdotes de Alejandría aumentaron el número de signos y sus variantes para crear un sanctasanctórum aún más inaccesible a los profanos. Quizá la poesía hermética de los siglos xix y xx haya sido también un gesto agónico frente al avance de la ciencia y la tecnología, como si el imperio de la objetividad hubiese infundido al hombre una nostalgia reaccionaria de los misterios religiosos. Por una extraña paradoja, el viraje hacia el hermetismo comienza en la literatura francesa unas cuantas décadas después de que Champolion logró descifrar los jeroglíficos egipcios. Se había resuelto uno de los grandes misterios de la historia universal y el hombre, huérfano de enigmas, tuvo que apresurarse a inventar otros. De hecho, el portavoz del movimiento romántico, Friederich Schlegel, fundamentó su defensa de lo incomprensible en la necesidad de preservar los viejos misterios religiosos, amenazados por el avance del conocimiento empírico: “Lo más delicioso que tiene el hombre, su satisfacción interior misma, pende a la postre de un punto que debe dejarse en la oscuridad, pues perdería su fuerza si quisiéramos disolverlo en la razón. A menudo las palabras se comprenden mejor a sí mismas que quienes las usan. En verdad, se apoderaría de nosotros el desasosiego si el mundo llegara a ser alguna vez comprensible.”2 read more

  • Enrique Serna: el arte como una forma elevada de entretenimiento

    Entretener, divertir, distraer: muchos escritores modernos se indignarían si alguien les recuerda que ésa es también obligación de la literatura. (…) El compromiso y la experimentación son muy respetables, desde luego, pero cuando una ficción es aburrida no hay doctrina que la salve. read more

  • La cosmogonía de Philip K. Dick | Enrique Serna

    Philip K. Dick

    En tiempos de la Guerra Fría, cuando Philip K. Dick publicó su primera novela, Solar Lottery (1955), la literatura de ciencia ficción había encontrado una fórmula de éxito infalible: proyectar al futuro las tensiones entre las dos superpotencias, enfrentadas en un conflicto interplanetario donde los invasores de otro planeta reemplazaban al enemigo rojo. read more

  • Drama de honor

    a Nacho Bravo

     

    Tania dejó a los niños encargados con la sirvienta y, al volante de una Suburban roja con vidrios polarizados, tomó la avenida Tetabiates rumbo al consultorio de su marido. Necesitaba descubrir la verdad por amarga que fuera, y sin embargo el temor de enfrentarse con ella le tensaba los músculos de la espalda. Por desgracia, sus intuiciones nunca fallaban: Ramiro se había enredado con alguna puta, quizá conocida suya, y esta vez no se trataba de un simple capricho. De un tiempo a esa parte andaba esquivo, distante, perdido en un limbo  de vanidad y egoísmo.  No cabía en su piel de tanta hinchazón, como si le hubieran inflado los huevos con gas butano. Se acicalaba horas frente al espejo, celebraba con desgano los éxitos escolares de los niños, perdía el hilo de la charla en las comidas familiares de los domingos y en la cama pagaba el débito conyugal con una destreza de autómata, economizando el ardor y la pasión que sin duda prodigaba en el lecho enemigo.

    Las calles de Ciudad Obregón, desiertas durante los calores diurnos, bullían de actividad tras la puesta de sol, y algunas parejas de ancianos sacaban sillas a la banqueta para ver pasar la vida desde los zaguanes. Tania envidió a esos viejos matrimonios inmunes a la desconfianza y a los celos, que sólo habían venido al mundo a criar hijos sanos y a gozar los placeres simples de la existencia. Desde la luna de miel hasta las bodas de oro ninguna zozobra debe de haberles quitado el sueño, pensó conmovida. Ella, en cambio, tenía que batirse como leona para defender su precaria felicidad familiar, amenazada en todo momento por los caprichos hormonales de Ramiro. Cuánto le hubiera gustado ser un ama de casa anodina, con un marido fiel y hogareño, aunque fuera un pobre diablo. Pero no, había tenido que enamorarse de un triunfador  mujeriego, de un don Juan engreído y estúpido, inseguro en el fondo de su propia virilidad, que había  llegado al adulterio por el camino del narcisismo.

    Bajó de la camioneta en la avenida Miguel Alemán con sombrero y lentes oscuros, para hacerse notar lo menos posible. Sorprendido por su visita a deshoras, el portero de la clínica no tuvo agallas para cerrarle el paso, ni Tania se dignó darle ninguna explicación. Era la señora esposa del doctor Encinas, y podía meterse hasta el quirófano cuando le viniera en gana. Subió por el elevador hasta el tercer piso y, con la copia de la llave que se había agenciado esculcando los trajes de Ramiro, abrió la puerta del consultorio 303. Sillones de cuero, litografías con paisajes de París y Florencia, olor a desinfectante de pino, revistas médicas desparramadas en la mesa de centro, el título de ortopedista graduado en Arizona State University colgado en la pared del fondo. Ya no estaba en la antesala el sofá cama color tabaco, retirado de ahí por exigencia suya, cuando descubrió que Ramiro usaba el consultorio como leonero, pero de cualquier modo Tania le había cogido tirria a ese maldito lugar, donde veía por doquier los odiados fantasmas de sus rivales. Con seguro paso de detective, atravesó la salita de cirugías ambulatorias, donde había un esqueleto de tamaño natural guardado en una vitrina, y entró al despacho privado de Ramiro, alfombrado y acogedor, con libreros de caoba llenos de gruesos tomos de medicina. Revisó los cajones en busca de evidencias, pero sólo halló folletos de propaganda farmacéutica, blocks de recetas y viejas radiografías. Se detuvo un momento a contemplar las fotos enmarcadas de sus hijos, que ocupaban la esquina izquierda del escritorio. Pobrecitos, si supieran la clase de canalla que era su padre. Las pruebas del adulterio debían estar en su computadora portátil, sí, a Ramiro lo ponían caliente los recados obscenos. Por suerte estaba encendida y no tuvo que anotar la clave de acceso. Le bastó una rápida ojeada a la lista de marcadores favoritos para descubrir la existencia de un email sospechoso: borisnewman@prodigy.net.mx. ¿Sería el seudónimo que usaba para ligar en la red? Con argucias cibernéticas aprendidas en anteriores pesquisas obtuvo la contraseña del correo y echó un vistazo a la libreta de direcciones .El hígado le dio un vuelco al revisar la bandeja de mensajes enviados.

    Very very strawberry:

    Todavía guardo en el paladar el sabor del helado de fresa que  lamí entre tus muslos. Mmmm, qué rico fue meter la lengua en ese botoncito  de rosa. Te estás convirtiendo en una peligrosa adicción, en una droga dura que no puedo dejar sin tener un horrible síndrome de abstinencia. Sueño contigo a todas horas, ando distraído en las consultas y hasta el apetito se me ha quitado de tanto desearte. Nos vemos el jueves, donde ya sabes.  Para alegrarme un poco la espera, dime cómo son los calzoncitos  que llevas hoy. ¿Te pusiste otra vez la tanga negra de encaje?

     

    Tania se desplomó sobre el teclado, con  arcadas muy similares a las que tuvo en sus embarazos. El repulsivo lenguaje de Ramiro lo retrataba de cuerpo entero. ¡Y pensar que escribía esas pestilencias en el mismo escritorio donde tenía las fotos de los niños! La profanación del altar familiar le dolió más aún que la procacidad de la carta. ¿Ya no había nada sagrado para ese malnacido? ¿Tan enamorado estaba de su propia verga que atropellaba todas las leyes divinas y humanas con tal de cumplirle el menor capricho? Los mensajes dirigidos a Very very Strawberry habían comenzado dos meses atrás y todos rezumaban humores venéreos. ¿Quién era esa puerca? ¿Una casada insatisfecha de su propio círculo de amigas, una morrita ambiciosa que le quería robar el marido, una vulgar encueratriz de table dance? Después de imprimir los tres mensajes más fétidos, que guardó en su bolsa con la punta de los dedos, como si fueran material radioactivo, manejó de vuelta a casa pasándose los semáforos  en una carrera suicida.

    En un estado de crispación aguda, apenas atemperado por media pastilla de Lexotán, se recostó en el sofá de la sala sin encender la luz, para esperar a oscuras la llegada de Ramiro, que oficialmente había ido al estadio de béisbol a ver el juego de los Yaquis. Cuál beisbol ni que la chingada: era jueves y sin duda estaba lamiendo helado de fresa en el clítoris de su amante. Palpó con las yemas de los dedos la hoja del cuchillo cebollero que había sacado de la cocina. Le asestaría la primera puñalada en los huevos, y después otras dos en el corazón, como había visto hacerlo a los psicópatas de las películas. Y si aún respiraba, otras dos en el hígado, para darle la puntilla. Cuando escuchó el ruido del motor y los goznes de la puerta electrónica del garage, corrió a esconderse en el vestíbulo, detrás de los macetones. El cuchillo temblaba en sus manos débiles, acobardadas por el temor y la duda. El traidor se merecía la muerte, pero ella no tenía la estatura trágica de una homicida, ni podía destrozar la vida de sus hijos  por una rabieta, y dejó caer el arma en la alfombra, derrotada por el sentido común. Cuando Ramiro cruzaba el recibidor, Tania encendió la luz y se le plantó delante con  una mirada de rencor helado.

    —Buenas noches, Boris, te estaba esperando. Ya sé por qué has andado tan raro conmigo, te pegó duro el enculamiento, ¿verdad? —se acercó para olerle la camisa—. Guácala, vienes apestando a panocha, dile a tu güila que por lo menos se bañe.

    Ramiro retrocedió hacia la pared, aterrorizado por su embestida. A pesar de ser alto y ancho de espaldas, a pesar de su porte gallardo de valentón campirano, en el fondo era un cobarde que se arrugaba en los momentos de crisis.

    —¿Pero qué te pasa, estás loca?

    —No grites, que vas a despertar a los niños —Tania lo llamó al orden con un sigilo rabioso—. Tengo todos tus recados apestosos y ahora mismo te los voy a leer.

    Comenzó la lectura con la respiración jadeante, pronunciando en tono burlesco las palabras obscenas.

    —Yo no escribí eso —intentó defenderse Ramiro, rascándose la calva con nerviosismo—. ¿De dónde lo sacaste?

    —De tu computadora. Acabo de estar en tu consultorio.

    —¿Entraste sin mi permiso? Eso se llama allanamiento de morada. ¿Cómo te atreves a espiar mis mensajes?

    —Entonces reconoces que son tuyos.

    —¡Yo no dije eso!

    —Cállate, imbécil, ya estás gritando otra vez. Si se despiertan los plebes te mato. ¿Vas a negar que escribiste esas marranadas?

    —Te juro que yo no fui —dijo Ramiro, sobándose la mejilla sin mirarla a los ojos—, ninguno de esos mensajes tiene mi firma.

    —Explícame entonces quién es Boris Newman y por qué tienes acceso  directo a su mail.

    —No sé, alguien debe estar usando la computadora sin mi permiso. A lo mejor Lauro, mi asistente.

    —Ahora le echas la culpa a un pobre empleado. Ya estás grandecito para hacerte responsable de tus actos, ¿no crees? Apuesto que ni siquiera te pones condón. Encima de todo quieres matarme de sida. ¿Verdad, pendejo?

    Tania rompió en llanto, la cara oculta entre las manos. Ramiro intentó atraerla hacia su pecho.

    —Estás montando un drama por una simple sospecha —dijo en tono paternal—. Esos mensajes no significan nada, te lo juro.

    —¡Soy una pendeja por haberte aguantado tantos años! —estalló Tania, indignada por su falsa ternura—. No es la primera vez que me engañas, pero será la última. Lárgate a dormir a un hotel y ve hablando con tu abogado, porque esto ya se acabó.

    —Por favor, Tania, no digas barbaridades. Ya te dije que yo no escribí esos correos.

    Parecía compungido y temeroso de perderla, pero su detector de mentiras le prohibió ablandarse.

    —Dije que te largaras. Fuera de aquí, mentiroso.

    Lo empujó hacia el garage de un violento empellón.

    —Siquiera déjame sacar un poco de ropa —Ramiro intentó oponer resistencia.

    —Mañana mandas al chofer por ella. Yo no quiero tocarla porque me das asco. Y te lo advierto, imbécil: ahora sí me voy a cobrar a lo chino. O todos coludos o todos rabones. Si el señor quiere variedad en la cama, yo también la voy a tener. ¿O qué? ¿Nomás tú te puedes divertir? Mañana mismo me cojo a alguno de tus amigos, al fin que todos quieren conmigo. ¿Lo oíste? ¡Todos!

    Cuando se fue, Tania bebió un largo trago de coñac, satisfecha por haber dejado en alto su dignidad. Nada de morderse el rebozo como una mujercita abnegada, de ahora en adelante ojo por ojo y cuerno por cuerno. Repasó la lista de hombres casados y solteros que se le habían insinuado en los últimos meses, empezando por Braulio, su compadre, siempre tan sobón en las pistas de baile. Pero no, Braulio era eyaculador precoz, lo sabía por las confidencias de su mujer. Mejor se tiraba a Julián, el sobrino chilango de los Moncada, un moreno atlético de manos grandes, con pinta de gigoló siciliano, que había tenido la osadía de acariciarle la rodilla por debajo del mantel en un banquete de bodas. Tamaña insolencia presagiaba un buen palo. Pero la mera verdad, quien más la calentaba era William, el marido gringo de Josefina, que le había untado el bronceador en una playa de San Carlos, mientras sus respectivos cónyuges llevaban a los niños a esquiar. De hecho, más de una vez había  evocado sus tocamientos al masturbarse en la ducha. Y ya entrada en liviandades, nada le costaba seducir a Néstor, el compañero de estudios de su hijo Alberto, un tierno palomo de 17 años, que la miraba estrábico y babeante cuando hacía pilates en el gimnasio. Si ella se había privado de tantas conquistas en nombre de la lealtad, ¿por qué Ramiro no podía aguantarse las ganas?

    Al diablo con los ideales románticos, el sexo sin amor los había vuelto monedas caducas, vestigios arqueológicos del pleistoceno. Muchas de sus amigas casadas se tiraban al chofer o al guardaespaldas, mientras sus maridos mantenían como reinas a putas húngaras de 18 años. Sabía, por ejemplo, que  dos consuegras de alta sociedad, La Chata Ortiz y Nelly Peña, se habían hecho amantes en secreto, manteniendo sin embargo una reputación intachable, que les permitía comulgar cada domingo y codearse con el señor obispo, otro cínico profesional aficionado a los efebos. El tedio provinciano era un ácido corrosivo de acción prolongada  y lenta, más pervertidor que el bullicio de las grandes ciudades. En ese pueblo cualquier depravado podía salir limpio de las ciénagas más nefandas, siempre y cuando pecara de puertas adentro y mantuviera un perfil discreto. La decencia era un fardo pesado que muchas veces había deseado mandar al diablo, por sentirse ridícula en medio de tanto libertinaje. Su lealtad al amor con mayúsculas, al proyecto de vida  traicionado por Ramiro, sólo había servido para excluirla de la orgía subterránea donde una mujer con su garbo se merecía todos los homenajes de la lujuria.

    El vértigo de la venganza la mantuvo despierta hasta las cuatro de la mañana.  Pero al día siguiente, cuando llevó a los niños al colegio, les dijo que papá había salido de viaje a un congreso médico, pues ya no estaba tan segura de  querer llevar ese pleito hasta el rompimiento, ni tenía tanta prisa por acostarse con otro. Más bien estaba triste y vacía, aturdida por la resaca del desamor. ¿De verdad era inevitable la separación? ¿No estaría siendo demasiado drástica? A las nueve de la mañana, el chofer que vino a recoger la ropa de Ramiro le trajo un arreglo floral de orquídeas, “para la reina de mi alma”, con una petición de clemencia: “No me condenes a muerte.” Las flores y el tono implorante del  mensaje la conmovieron sin vencer del todo su escepticismo. Ahora el cínico le soltaba frases de bolero, creía que todo se arreglaba con dos lagrimitas. Pero quizá estuviera arrepentido de verdad. No era para menos, perdería demasiado por una estúpida calentura. Me necesita, pensó con orgullo, soy la mujer que le da estabilidad y equilibrio.

    Aceptó escucharlo esa misma tarde, cuando los niños estaban en el club de natación, pero le advirtió de entrada que antes de iniciar el diálogo debía aceptar su culpabilidad.

    —Si de veras me quieres, confiésalo todo. Reconoce que andas enredado con esa tipa.

    Ramiro rechinó las muelas con impaciencia.

    —No tengo ninguna amante, ya te lo dije. Me estás acusando en falso.

    —¿Y tus correos qué? ¿Te los escribió un duende?

    —Sepa Dios quién los escribió.

    —No insultes mi inteligencia, Ramiro. Por el camino de la mentira no vas a conseguir nada.

    —Te estoy diciendo la verdad.

    —No sabes mentir, se te nota en la cara.

    Ramiro se desplomó en el sofá de la sala, las cejas anegadas en sudor frío.

    —Está bien, tuve una aventurita. Pero te juro que esa mujer no me importa: sólo la quería para un revolcón. Soy un imbécil, mi vida, cuando una vieja me hace un guiño no me puedo controlar.

    Eran las palabras que Tania necesitaba oír para recobrar la supremacía sobre su rival. Aunque Ramiro fuera un infiel contumaz, jamás había tenido la intención de largarse con otra, una virtud importante en esos tiempos de matrimonios volátiles y piratería sexual desaforada. Como los machos de antaño, quería tener una esposa de planta, o más bien una madre sustituta, y muchas amantes ocasionales, sin poner en riesgo la columna vertebral de su vida. Una manera de amar intolerable para cualquier esposa con amor propio, pero ¿acaso había otra clase de maridos en Ciudad Obregón? Salvo los impotentes y los maricas, en ese patriarcado ranchero  todos los varones aptos para la cama eran igual de cabrones. Suponiendo que tronara con Ramiro, ¿por quién lo iba a cambiar? ¿Por otro machote abusivo y gandaya que le daría el mismo trato y quizás hasta le pegara? Obtenida la confesión, ahora necesitaba reestablecer el equilibrio de poderes. Pero no podía perdonarlo así como así, la afrenta ameritaba un severo escarmiento.

    —¿No te basta conmigo? —se quejó—. ¿Por qué a mí no me untas helado? ¿Estoy de plano tan tirada a la calle?

    Tania puso los brazos en jarras, confiada en los encantos de su juventud tardía. Era una señora de porte distinguido, con cuello de garza, pelo castaño oscuro y ojos negros, que gracias al ejercicio se había conservado esbelta y lozana sin necesidad de cirugías. Aunque la opulencia carnal de la madurez empezaba a redondear las planicies de su abdomen, tenía muy bien repartidas las turgencias del cuerpo y les sacaba partido con una cadencia de movimientos que sólo puede dar la experiencia erótica. El vaporoso vestido de muselina gris perla realzaba la dulce prominencia de sus senos. Elegante y sexy al mismo tiempo, nadie hubiera sospechado que ya rondaba los 47.

    —Estás preciosa, mi amor —reconoció Ramiro—. Pero aunque tenga enfrente los manjares más deliciosos, a veces a uno se le antojan los cacahuates de la botana.

    —Pues tú te atiborras con ellos, como los changos del zoológico —Tania exhaló un suspiro irónico y chasqueó la lengua con desprecio—. No me extraña, siempre has tenido gustos vulgares. Si ya te cansaste de mí, dímelo francamente. No quiero retenerte a la fuerza.

    —Fue una canita al aire —Ramiro la tomó de la mano, tratando en vano de sonar convincente—. Te juro que esa mujer no me importa.

    —Quiero saber quién es.

    Ramiro se removió en el sofá con un gruñido de víctima.

    —¿Qué ganas con eso?

    —No quieras protegerla, ¿o que? ¿La vas a seguir viendo?

    Acorralado contra las cuerdas, Ramiro confesó que era una paciente divorciada a quien había atendido de una luxación en el hombro.

    —¿Cómo se llama?

    —Lucrecia Ríos.

    Tania no la conocía, y su anonimato la tranquilizó. Por los menos podía confiar en su círculo de amigas.

    —¿Jovencita?

    —Veinticuatro años.

    —Cerdo asqueroso, podría ser tu hija. Debe andar contigo para sacarte lana, mientras se acuesta con morros de su edad.

    Dolido por el insulto, Ramiro se mordió los cachetes.

    —No quiero perderte por un estúpido error —dijo en tono compungido—. Si quieres termino con ella mañana mismo.

    —No esperes tanto —un fulgor astuto brilló en la mirada de Tania—. Ahora mismo la vas a llamar para decirle que ya te caí en la maroma y que lo sientes mucho, pero no puedes volver a verla.

    Tania le pasó el teléfono inalámbrico y Ramiro lo miró con angustia, como si le hubieran entregado un revólver para suicidarse.

    —Voy a terminar con ella, te lo juro por ésta —besó la cruz—, pero déjame hacerlo en privado.

    —De ninguna manera, quiero ser testigo de la charla. Y mucho cuidado con las ambigüedades, al pan pan y al vino vino. Voy a escucharte por el otro teléfono.

    Quería darse el gusto de humillarlo, sabiendo que en el fondo era un niño y estaba esperando un castigo proporcional a su fechoría. ¿No era eso lo que secretamente deseaba en cada aventura? Tal vez desde el momento de ligar con la paciente soñaba con llegar a ese acto de contrición, porque sus regresiones al dulce mundo de la irresponsabilidad infantil siempre debían concluir con la restauración del orden violado. Después de exhalar un hondo suspiro, Ramiro marcó un número de teléfono, con un cardo atorado en la glotis.

    —Hola, Lucrecia, me da mucha pena pero tengo que darte una mala noticia. Mi mujer lo sabe todo y está furiosa conmigo…

    Tania no se conformó con obligarlo a romper con Lucrecia, dictándole sus palabras como un ventrílocuo. Además aprovechó la coyuntura para obtener prebendas económicas y sociales desde una posición de fuerza. Como requisito para readmitir a su marido en la cama, le hizo prometer que pasarían la Navidad con sus padres en Caborca, un compromiso familiar que Ramiro eludía año tras año con diferentes pretextos. Insatisfecha con esa victoria moral, se quejó con amargura de la indigencia de su guardarropa, y obtuvo un cheque de diez mil dólares para comprarse vestidos en las boutiques de Tucson. Alegando que en los últimos meses su camioneta cascabeleaba, logró convencerlo de cambiarla por una Toyota último modelo y le sacó cinco mil dólares más para un tratamiento facial con una dermatóloga suiza recién llegada a la ciudad. Ramiro soltaba el dinero a regañadientes, con cara de mártir, pero Tania no se compadeció de su cartera y siguió sacándole joyas, perfumes caros, cursos de verano para los niños, el nuevo modelo de Blackberry Storm con tres gigas, una flamante caminadora eléctrica para hacer ejercicio en casa. Cuanto más le doliera el codo, mejor, tal vez así lograría enfriarle los huevos. Y como había perdido la confianza en él, se obstinó en llevarlo a una terapia matrimonial con la doctora Guadalupe Nieto, una psicóloga feminista graduada en Los Ángeles, que ofrecía en su página de internet “reeducar a los maridos con tendencias patriarcales, motivándolos a desarrollar un nuevo tipo de masculinidad solidaria, respetuosa de los derechos femeninos, en la que el hombre, por convicción propia, anteponga el bien de la pareja a sus tendencias promiscuas y dominantes”.

    —Yo no creo en esas jaladas —se opuso Ramiro.

    —Tienes que madurar, gordito, pronto vas a cumplir 50 años y no puedes seguir persiguiendo morras como un rabo verde —lo reprendió Tania—. Siempre me has querido a medias porque tienes miedo a entregarte de verdad. Crees que resignarte a una sola mujer es el comienzo de la vejez, pero debes aceptarla como una etapa natural de la vida.

    Con una docilidad sorprendente, que denotaba un serio propósito de enmienda, Ramiro aceptó visitar el consultorio de la doctora Nieto, una cuarentona curtida en vinagre, de facciones duras y labios mezquinos, con la cara limpia de maquillaje, que desde el principio hizo causa común con su esposa para vapulearlo en cada sesión. A juzgar por la mansedumbre con la que aceptaba ser tachado de adolescente eterno, ególatra, sexópata y Edipo no resuelto, Ramiro parecía dispuesto a cambiar de vida, como un alcohólico arrepentido que acepta las penitencias más humillantes con tal de rehabilitarse. Tania estaba feliz, pues ahora su marido la amaba en exclusiva, con una ternura de potrillo retozón que no mostraba desde sus primeros años de casados. Como ya no tenía enredos de faldas, pasaba más tiempo con sus hijos y se los llevaba al boliche, al cine, a los juegos de béisbol, a pescar truchas en la presa de Chiculi. Compuso todos los desperfectos de la casa con sus herramientas de carpintero y recuperó el hábito de hacer paellas los domingos para un nutrido grupo de familiares. Era un deleite verlo con su mandil y su gorro de chef, dándole a probar el caldo del arroz a todas las visitas. ¿Está bien de sal, comadre, o le pongo más?