Efraín Bartolomé

  • Crítica 155

    Critica-155En el número 155 de nuestra revista nos acompañan escritores como Ernesto Lumbreras, Francisco Serratos, Efraín Bartolomé, Raúl Renán, Eduardo Sabugal, Pedro Serrano, Josú Landa, Gabriel Wolfson, Alberto Chimal, Alejandro Badillo, Daniel Bencomo, entre otros.

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  • Un nudo en la garganta de Samariá

    Efraín Bartolomé

    Efraín Bartolomé

     

    HACIA LAS MONTAÑAS BLANCAS

     

    Música griega en el camino a Omalos.

    Vibran las cuerdas limpias del bouzuki en la negra mañana y, aunque ya son las seis, no hay asomo de sol.

    A diferencia de nosotros que ya esperábamos, boleto en mano, desde veinte minutos antes de la hora, el sol haraganea.

    El clima, sin embargo, es delicioso en este amanecer del 15 de septiembre de 2008.

    Es negra la mañana, y mi mujer y yo —abdomen tenso, ojos de asombro, vaga ansiedad— vamos a las Montañas Blancas.

    A las Montañas Blancas en la mañana negra.

    Contra lo que pensábamos, el camión viene lleno.

    No obstante, tenemos los asientos panorámicos a un lado del chofer.

    Salimos de la apretada terminal a las estrechas calles de Xaniá y en la primera cuadra nos asalta, de frente, la más perfecta Luna sobre los edificios.

    Ya va cayendo, gloriosa, hacia el poniente, pero aún se mantiene arriba de los ojos: la oscuridad acentúa su belleza a medida que dejamos atrás las luces de la zona urbana.

    La Luna en el corazón: hacia ella avanzamos, dóciles y maravillados, acatando el mandato.

    No puede haber mejor augurio ni bendición mayor para iniciar el viaje.

    Ahí está su imponente redondez al alcance de todas las pupilas pero la gente sigue hablando del mundo cotidiano, como ajena al milagro.

    Pareciera que sólo mi amada y yo vemos el amarillo tierno del disco sobrecogedor, sus delicados rayos…

    Oh Luna de Apuleyo…

    Está tan extremadamente bella que siento que no la merezco.

    Voy hacia mi niñez o el niño aquel que fui viene y se muestra en la pantalla interna, a caballo, hundiéndose en la noche o en la madrugada, por caminos bordeados de follajes boscosos y Luna en esplendor.

    Ahí voy: aquí vengo.

    Poco importa, viendo el prodigio sideral, que la hora oscura nos impida ver una de las carreteras más espectaculares de toda Creta: es la zona de olivares y naranjales que ahora duermen en la oscuridad.

    La Diosa reina en el horizonte.

    Un giro en la carretera hace que se nos pierda pero aparece pronto: casi a punto de hundirse.

    Una vez más se oculta y se muestra de nuevo: más bella mientras más baja está, mientras más al alcance de la mano parece.

    Está a punto de tocar la línea del horizonte y un nuevo monte súbito dificulta su visión.

    Sigue un macizo montañoso y no la vemos más.

    Allá vamos: a las Montañas Blancas en la mañana negra…

     

     

    ASCENDIENDO AL ABISMO

     

    Ya sin Luna nos percatamos de que hemos entrado a una carreterita de curvas pronunciadas y continuas.

    El autobús parece gigantesco en esta estrecha franja: sus hábiles movimientos remueven la adrenalina y aceleran el corazón.

    Curvas y curvas y curvas en ascenso.

    La Luna debe estarse hundiendo ahora y sólo vemos cordillera y acantilados.

    La luz del sol va mostrando, poco a poco, el árido paisaje soberbio.

     

    Llegamos a Lakki: un pueblo de casas blancas que se deslizan en un acantilado casi vertical.

    El camión se detiene en lo alto, en una pequeña plaza rodeada de cafés y restaurantes, cerrados a esta hora.

    Suben dos setentonas señoras griegas vestidas de negro.

    ¿Cómo se baja a aquellas casas hermosas que cuelgan en la ladera?

    El viaje continúa: arriba nos espera la rocosa cordillera sin árboles amparando las hondas oquedades.

     

    Seguimos ascendiendo.

    Aparecen sólidas casas aisladas en oteros, una por acá, otra por allá, entre cerros y escasos olivares.

    El paisaje y el espíritu cretense: a un tiempo roca  y olivo.

    La cordillera se va mostrando cada vez más alta y muestra nuevos perfiles a medida que ascendemos.

    Allá la nueva cresta rocosa y su nueva silueta caprichuda: allá, siempre más allá…

    El tiempo se alarga entre curvas y curvas en ascenso.

    Si la pendiente sigue así, esta carreterita tallada en roca viva nos va a llevar directamente hasta el Olimpo.

    “¡Qué miedo…!”, dice mi amada de pronto, en voz bajita, apretando mi brazo mientras pasamos por una estrecha curva.

    Pero seguimos subiendo en el inmenso autobús: enorme en relación a la carreterita, pero insignificante ante los volúmenes de la cordillera.

    Aparece de pronto un colmenar pequeño entre las grandes rocas: una gota de miel en medio del desierto.

    Estamos avanzando hacia la parte media de la elevada cadena de montañas que atraviesa Creta de Este a Oeste: las Montañas Blancas: Lefka Orh o Levka Ori.

    La más alta de las cumbres de esta cadena es el Monte Ida (2456 metros sobre el nivel del mar) en una de cuyas grutas nació nada menos que Zeus.

    En una de esas cuevas nació y en otra de ellas lo dejó su madre Rea al cuidado de la ninfa Amaltea y de los Curetes o Dáctilos del Ida que, como lo indica su nombre, eran diez, justo como los dedos de las manos.

    Estos Curetes entrechocaban sus escudos y producían un ruido ensordecedor para impedir que el llanto del dios niño alcanzara los oídos de Cronos y despertara su furia devoradora de su propia estirpe y temerosa de la castración.

    Una cabra que los mitógrafos llaman también Amaltea, igual que la ninfa, alimentaba a Zeus.

    Cuando Amaltea murió, Zeus la puso en el firmamento como la constelación de Capricornio y usó su piel para formar su égida, su escudo protector.

    Uno de los cuernos de la cabra nodriza es el Cuerno de la Abundancia.

    El Monte Ida tiene tres metros más que el Pico Pachnes, que alcanza sólo 2453 metros y a cuyo pie pasaremos en el trayecto de hoy.

    Dice un rumor, y no hay que dudarlo mucho en esta tierra de titanes, que los montañeses del Pachnes están acumulando rocas en su cumbre para que sea más alto que el Psiloritis, actual nombre del Ida.

    Y muy cerca de estos territorios nuestro autobús avanza.

    Y la cumbre allá arriba, y otra, y otra más, y la respiración que se detiene y la contracción abdominal y el vértigo y el escalofrío y el sudor en las manos…

    El camión baja notoriamente la velocidad, casi se detiene, avanza muy despacio: pasa lenta y cuidadosamente junto (o sobre) una fractura de la carretera.

    ¡Uff…!

    Ya pasamos: la respiración se normaliza poco a poco.

    Y abajo el acantilado y arriba las cumbres que no cesan y siguen creciendo y los pinares que han salido de no sé dónde y hacen un poco más amable la visión de los escarpes violentos.

    Allá abajo se abre un ancho horizonte y una densa neblina.

    Y de pronto, como una aparición: cabra negra en roca blanca.

    Y otra cabra blanquísima de barba noble y pelo largo y lacio.

    Pinos enanos en la roca viva.

    “¡Mira esa curva allá abajo: una omega perfecta!” dice mi culta esposa que ríe cuando le leo estas últimas líneas.

    “Malvado…”, agrega, mientras yo veo la omega, ciertamente perfecta.

    La cordillera sigue y sube pero nosotros empezamos a bajar ligeramente hacia un vallecito rodeado de montaña al que hemos accedido después de una curva que nos quitó la respiración por largos segundos.

    Borregos blancos triscan entre las piedras blancas.

    Un poco más adelante nos detiene un rebaño nutrido: el camión avanza lentamente y las educadas cabras se hacen a un lado arracimándose en una masa compacta y melenuda.

    Bajan aquí las griegas enlutadas.

    Los loquitos seguimos.

    Por un ratito avanzamos sobre terreno sin acantilados.

    Ah, qué descanso…

    El camión se detiene: hemos llegado a Omalos.

     

     

    TERRITORIOS DE LA BUENA MADERA

     

    El caserío último de Omalos se llama Xyloskalos: ¿madera buena?

    Sí: es una referencia a las escaleras con pasamanos rústicos que, al menos a lo lejos, nos dan seguridad junto al abismo.

    Construcciones de piedra sobre piedra.

    Al fondo del pequeño valle y las casonas en la roca se levanta una cumbre poderosa y escarpada  que parece de mármol, alabastro o cuarzo.

    Caminando hacia ella, pasando la tienda con sus mesas al aire libre donde los caminantes se preparan para iniciar la acción, se encuentra la entrada a la enigmática Garganta de Samariá.

    Hemos leído muchas veces la recomendación: si no se tiene hábito de caminar o se carece de buena condición, es mejor no intentarlo.

    También hemos leído que muchos de los que han hecho la travesía y han salido maravillados de ahí, no la repetirían por el esfuerzo físico que demanda.

    Vemos y oímos caminantes de todas las edades y de todas las lenguas, aunque no se ven griegos.

    Hay que pagar cinco euros por persona y vamos por los boletos.

    En la tienda descubrimos un cayado elemental y, por eso mismo, precioso, como los que se ven en las ilustraciones bíblicas…

    Animo a mi mujer a comprarlo.

    Ahora sí, zapatos ajustados, sombrero en su sitio, hombre a manos libres y hembra con cayado de pastor de cabras, nos disponemos a iniciar el descenso.

     

     

    LOS PRIMEROS PASOS

     

    Damos los primeros pasos hacia el abismo.

    A la derecha el barranco y más allá la pétrea montaña blanca que, no obstante su tamaño, sólo a veces nos la muestra el tupido follaje.

    Bajamos con paso dudoso y pupila muy alerta por escaleras de piedra resbaladiza y pasamanos de madera que zigzaguean en pronunciada pendiente.

    Por estas escaleras bajaremos mil metros en la primera hora hasta alcanzar el lecho del río Omalos.

    Nos esperan casi veinte kilómetros de caminata por estos territorios desconocidos que retan nuestra curiosidad y aguijonean nuestro espíritu.

    Los escalones van encontrando su lugar entre raíces que se abrazan con todo lo que tienen a las rocas.

    El cielo, la montaña, las piedras y los grandes troncos imantan la mirada y nos detienen a cada minuto.

    Y dan ganas de detenerse a cada paso y meter todo en el alma pero si sucumbimos a nuestros deseos no saldremos nunca de aquí.

    Y hay que dar el siguiente paso porque habrá que descender de estas cumbres y continuar por el lecho de la Garganta hasta alcanzar las Puertas de Hierro, unos quince kilómetros adelante, para luego seguir, por otros tres o cuatro en terreno más plano, hasta alcanzar el mar: partiremos la isla desde el Golfo de Xaniá en el Mar de Creta, hasta Agia Roumeli en el Mar de Libia.

    Me propongo dedicarme a la contemplación y anotar sólo cada quince minutos.

     

    Hace un buen rato que iniciamos el descenso y ahora que son las 8:15 seguimos descendiendo, rodeados por este bosque de Pinus brutus, el árbol típico de la Garganta.

    La trementina, que ya no se extrae (aunque los árboles más viejos aun muestran antiguas cicatrices), probabiliza los incendios en cierta época del año.

    Aparecen pequeñas estaciones para prevenir y combatir el fuego.

    Encontramos letreros con la advertencia de que se pase rápido porque es zona en la que pueden caer piedras.

    En el silencio vemos los grandes troncos, vivos y muertos, asidos a las rocas como manos enormes.

    En el silencio…

     

     

    EN CAÍDA LIBRE

     

    8:20 Breve descanso en el primer manantial.

    Agua purísima.

    La piedra es resbaladiza y sudo desde hace rato.

    Mi frente es otro manantial.

    Seguimos el camino descendente.

    Troncos abruptos, anchos, poderosos.

    Caminamos al filo del acantilado por vías que los hombres cruzaron desde varios milenios antes de la era cristiana.

    Y lo hicieron sin estos escalones y sin estos zapatos especiales para la caminata.

    En los sitios peligrosos hay pasamanos trémulos en los que es preferible no apoyarse.

    Con frecuencia aparecen, en medio del sendero, raíces tan pulidas como la roca.

    Y es gracias al continuo gotear del paso humano.

    Celebro a mi mujer por venir junto a mí, tan decidida: ahí viene bajo su sombrero y tras de su sonrisa, apoyada en su báculo homérico que le da seguridad en la vereda empinada y a mí en el corazón.

    Que los demás se queden en las playas o vayan por los caminos de Pablo el cristiano: nuestro ritual poético es muy otro.

    Esto es Creta por dentro: los huesos y los músculos y las venas de Creta.

    Y su imaginación y sus mitologías.

    A Creta trajo Zeus a la espléndida Europa bien montada en su lomo.

    El mismo dios enloqueció ante el roce del vello ensortijado y aquella humedad tibia.

    Yo si lo sé de cierto

     

    8:32. Sigue el descenso.

    Habla el follaje con carraqueos y profundas guturaciones de aves.

    Entre ellos destaca un sonido animal, más o menos continuo, una mezcla enigmática entre canto y gañido: voces de la montaña.

    En ciertos puntos se dejan ver las cumbres montañosas sobre el denso follaje.

    Son las 8:45: ha pasado una hora.

    Casi en caída libre: hemos bajado mil metros en altitud en los primeros tres kilómetros de longitud.

    Ahora las pendientes parecen apaciguarse y he dejado de sudar tan copiosamente como hace rato.

    A juzgar por la pendiente suavizada, estamos a punto de tocar el fondo.

    Miro las colosales rocas: bloques gigantes que arrancó de cuajo el terremoto de la roca viva.

    Los huesos de la Tierra, según el mito de Deucalión y Pirra, que repoblaron la Tierra tras el diluvio, después de descifrar el enigma que Temis les impuso: de los huesos de su madre  (la Tierra) que arrojó Pirra tras de sí, renacieron las mujeres; de las que arrojó Deucalión renacieron los hombres.

    Nos acogemos a su amparo y reconocemos en ellas nuestro origen mineral.

    ¿Dónde poner el ojo tan desnudo?

    ¿Dónde, que no conmueva como lo hace ahora?

    Toco el imponente monolito y en su interior me reconozco.

    El ancestro en la piedra.

    Me inclino, reverente, pongo mi frente cálida contra la piedra fresca.

    Cierro los ojos.

    Y digo que está bien…

     

     

    EN EL LECHO ESCABROSO DEL OMALOS

     

    9:05. Descendemos junto a la morrena de grandes piedras blancas por pendientes un poco menos pronunciadas pero fuertes aún.

    Nos encontramos otro manantial: un grupo de caminantes descansa.

    Algunos toman algo.

    Nosotros continuamos.

    Y aunque hace un rato parecía que ya pronto terminaría el descenso, seguimos descendiendo, aunque las pendientes son cada vez menos abruptas.

    Las piedras, sin embargo, parecen más resbaladizas por aquí.

    Se escucha el melodioso rumor fresco de un arroyo.

    Árboles milenarios, troncos fosilizados, hayas y cipreses asidos a las piedras.

    Esa mole debió haberse movido porque partió la base del árbol que, a pesar de todo, aún la sujeta.

    Las fibras leñosas, como músculos rotos, muestran su poderío: la gran piedra lo desgajó, lo partió en dos, pero aún no ha podido desprenderse.

    Lucha de la materia mineral contra la vegetal: gemelos enemigos.

    Hagan su apuesta…

    Cruzamos la morrena, menos escabrosa ahora, y descendemos hacia el arroyo vivo que baja entre las peñas.

    Bebemos su agua fresca y transparente.

    Ahhhh…

    Junto a un ciprés magnífico (Cupresus sempervirens var. Horizontalis) hay una pequeña construcción.

    Un cartel advierte que aquí se hallaron restos de un santuario romano dedicado a Apolo y a Diana, que data del siglo vi de nuestra era.

    Ahora es la humilde capilla de Agios Nicolaos.

    La curiosidad nos toma de la mano y la seguimos un rato por los alrededores.

    En un sitio propicio  hago mi ofrenda a Diana.

    Una vez que termino nos sentamos en una enorme piedra, tras otra piedra todavía más grande y, aislados de toda posible mirada humana, nos integramos al silencio.

    Tomados de la mano nos declaramos una vez más en unión sacra invocando los altos poderes de la Diosa.

    En espacios como estos mi cabeza científica se vuelve primitiva e invoca magia simpática.

    La Diosa habla conmigo…

    ¡Bufe el eunuco…!

     

    9:30. Dejamos el santuario y descendemos por entre troncos corpulentos siguiendo el cauce del río cuyos murmullos nos acompañan desde hace un buen rato.

    Bajamos un poco el ritmo y nos absorbemos en el entorno: roca, agua, árbol, luz, milagro, en todas sus infinitas combinaciones y variantes, de un paso al siguiente.

     

     

    CAUCE DE LOS PRODIGIOS

     

    10:05. Descanso breve en nuevo manantial.

    Un poco de agua fresca y un dátil excelente.

    En el mercado de Monastiraki, en Atenas, nos abastecimos con los magníficos higos y dátiles ultraenergéticos que estas tierras producen.

    A pesar del esfuerzo en el descenso, a pesar del sudor de la primera hora, estamos avanzando sin dificultad, con una sensación mercurial de ligereza.

    Cada vez que es posible nos separamos de la vereda y dejamos que el espíritu se pierda y revuele a sus anchas.

    Luego seguimos por el sendero sorteando piedras y raíces de formas y magnitudes diversas.

    Vamos de asombro en asombro.

    Cedemos ante el fuerte poder de ciertos árboles, de ciertas rocas soberbias, de ciertos troncos vivos, de ciertos troncos muertos.

    Cavidades, abultamientos, tajos, heridas, cicatrices, retorcimientos, volúmenes: todo entra por la pupila y se acomoda en el alma.

    Algo se nos impone inesperadamente: una alta pared rocosa y desmesurada.

    ¿Cómo se sostienen aquellos pinos en las paredes verticales?

    En la mole rocosa hay un abrigo casi sobrenatural en el que se nos pierde la mirada.

     

    10:36. Después de casi tres horas alternamos ascensos y descensos.

    Vamos por el lecho rocoso mucho más plano ahora aunque sigue descendiendo.

    Aquí estamos, ante estas continuas manifestaciones de la fuerza de la Tierra  en las laderas, en las cimas, en las simas…

    En la Garganta de Samariá se han encontrado fósiles de 180 millones de años.

    Piedra y poderío, accidentes geológicos, poder de la catástrofe en su justo sentido, poder total.

    Katastrophe, una palabra griega desde luego: trastorno: lo que yacía en el fondo sale a la superficie y el paso de los siglos y milenios va revistiendo de nueva flora y fauna las aristas hostiles.

    La mirada y la mano y el paso de los hombres hacen el resto.

    Estamos a los pies de la cumbre Avlimanakou.

    En las pequeñas grietas de las grandes paredes rocosas anida el milagro: la Anthemis samariensis, una flor blanquísima de centro amarillo.

    Sus verdes hojas, sus pétalos blanquísimos, su precioso y dorado gineceo, apuntan hacia el sol.

    Nosotros apuntamos hacia el mar pero nos interesa más el trayecto que la meta.

     

     

    EN EL SANTUARIO DE SANTA MARÍA

     

    11:00. Hemos llegado a Samariá, la mitad del camino.

    Vemos las edificaciones a lo lejos y nos aproximamos poco a poco.

    Cruzamos un puente entre peñascos sobre el seco cauce del río y arribamos a las pétreas construcciones.

    En 1962 la zona fue declarada parque nacional y la gente tuvo que abandonar el viejo asentamiento cuyos restos vemos hoy: la capilla y unas cuantas construcciones más.

    La Garganta ha estado habitada desde tiempos paleolíticos y toda la historia de Creta ha pasado por aquí: huellas del hombre prehistórico, restos de santuarios romanos, ruinas de algún castillo veneciano, vestigios de iglesias bizantinas, recuerdo de fortalezas otomanas, y capillas aún vivas como ésta que le da su nombre a la Garganta: Samariá, Sa María, erigida en honor de Santa María Egipciaca.

    En las épocas de guerra y revolución los cretenses han hallado refugio y cobijo en los accidentados nichos de Samariá.

    Los cimientos antiguos, los viejos senderos, los cultivos, los olivares en terrazas, forman un paisaje único junto al esplendor magno de la Naturaleza.

    Las construcciones que permanecen son usadas para los guardabosques y como puestos de sanidad.

    La Garganta es ahora Reserva de la Biósfera y está bajo la protección de la unesco desde hace varios años.

    Nos detenemos a tomar un refrigerio junto a la capilla.

    Luego recorremos las pétreas construcciones, sus ecos y escalones y nichos y oquedades.

    La efímera memoria de los hombres: la deleznable historia individual.

    Pero aquí sigue el Hombre…

    Lo fugitivo permanece y dura.

     

     

    AGRIMI Y CENTAUREA

     

    La cabra salvaje (Agrimi: Capra aegagrus cretica) ha habitado en Creta desde tiempos prehistóricos y es el más grande mamífero de esta isla de la cual es nativa.

    Los machos tienen grandes cuernos que se enroscan hacia atrás.

    Una bien definida barba negra ennoblece su cabeza.

    Una raya oscura recorre su lomo desde el cuello hasta la cola y se cruza con otra que viene de las patas delanteras.

    Una especie de collar rodea su cabeza barbada y otra línea oscura recorre el vientre desde el pecho hasta la zona genital.

    Los ejemplares muy jóvenes son tan delicados como los ciervos.

    Agrimi o Kri-Kri es ahora una especie protegida por la Convención de Berna.

    Se dice que habita salvaje en Samariá pero que es muy difícil verla, salvo en contadas ocasiones.

    ¿Tendremos suerte?

     

    Una placa metálica con letras aún legibles me informa sobre las plantas medicinales y aromáticas de la zona: Ceratonia siliqua (algarrobo europeo), Myrtus communis (mirto o arrayán), Pistacia lentiscus (lentisco), Nerium oleander (adelfa, la flor de la seducción), Cistus creticus (cistus de Malta), y (¡oh Maravilla: se agita, Sagitario orgulloso, mi corazón nefelibata!) Centaurea redempta, una planta que el centauro Quirón usaba como cicatrizante: así se lo enseñó a Asclepio, uno entre sus ingentes discípulos.

    También abundan la Sideritis syriaca o té de montaña y, desde luego, espliego, albahaca, orégano, salvia, tomillo, mejorana  y menta piperita.

    El ojo distraído vaga por entre juegos de luz y sombra y da con cosas inesperadas: abrigos rocosos, cuevas, construcciones y corrales de piedra, por acá y por allá.

    Y en todos esos sitios hay vestigios arqueológicos de la presencia humana.

    Crecen higos, olivos y granados bajo el amparo de las altas cumbres: junto a un olivo añoso me retrata mi amada.

    El camino está limpio y da un gran gusto ver que nadie tira basura fuera de su lugar.

    A cada rato, cada kilómetro por lo menos, hemos visto cajas rojas, metálicas, que guardan extinguidores.

    De pronto nos percatamos de que ya son las doce y que hay que seguir.

    Arriba el sol poderoso, que no hace demasiada mella en nosotros gracias al alto follaje, nuestros sombreros, y el protector solar.

     

     

    ARTE Y NATURALEZA

     

    El murmullo del viento: el pinar que respira.

    Kratofanías, caprichos de la madre Tierra, la presencia de una fuerza descomunal y distinta, otra.

    Me sumerjo en mí: escucho el rumor claro del agua, del viento, de mis pies contra la piedra suelta.

    Las paredes se alzan hasta quinientos metros en algunos puntos y se separan hasta trescientos, formando pequeños vallecitos; o se juntan de pronto, de modo imprevisible, hasta sólo tres metros en un punto al que aún no hemos llegado.

    Viene a mi memoria el “recorrido” que hicimos entre las soberbias placas de grueso acero que Richard Serra instaló en el Museo Guggenheim de Bilbao: el espacio entre las placas se amplía o se estrecha en ondas imprevisibles y, mientras se avanza, uno literalmente siente el tiempo y el espacio, uno se integra al tiempo y al espacio, hasta que uno es el tiempo y el espacio.

    Richard Serra: placas de cuatro o seis metros de alto por veinticinco o más de laberíntica longitud.

    Arte y Naturaleza: qué hermosamente extraño es todo esto.

     

     

    EL OMALOS RABIOSO

     

    Dice el mito que uno de los Titanes cortó con su cuchillo la montaña de Creta y creó la Garganta.

    Bien puedo imaginar el descomunal tajo.

    Pero las aguas cristalinas del río Omalos, corriendo dulcemente entre las peñas blancas, reclaman en silencio su labor de milenios en la construcción de la imponente Garganta.

    El río Omalos: un hilo de agua en este tiempo y un torrente rabioso en primavera, después de los deshielos.

    En 1993 un grupo de caminantes fue atrapado y barrido por las bravas corrientes: los cuerpos fueron arrastrados hasta el mar.

    Todos murieron, por supuesto, y es inevitable imaginar el frágil cuerpo humano estrellándose contra las rocas formidables.

    Por eso la Garganta sólo se abre de abril a octubre, si las condiciones climáticas lo permiten.

     

     

    EL OJO Y EL PORTENTO

     

    13:15. El voluble ojo humano: se acostumbra muy pronto hasta al prodigio.

    Pero cuando ya está casi adaptado, un nuevo milagro lo despierta.

    Estamos desde hace rato en el lecho pedregoso del Omalos yendo de una ribera hacia la otra según el capricho de la orografía.

    Avanzamos por una de las partes más cerradas del gran cañón.

    Portentos y portentos rocosos, moles espectaculares, piedras desprendidas que deben pesar veinte, cuarenta, sesenta, cien toneladas cada una, arracimadas una sobre otra.

     

    Los prodigios geológicos y la música del agua que ahora es abundante.

    Miramos, observamos, admiramos, nos recogemos en nuestro maravillado interior.

    Le piden a mi amada que pose para una nueva foto.

    Así ha sido a lo largo del trayecto: cada vez que nos encontramos caminantes alguien le ha pedido permiso para fotografiarla.

    Yo, muy feliz.

    Allá viene la bella, con su cayado de pastor cretense moviéndose con  seguridad entre las piedras resbalosas de la montaña.

    Lo sabíamos: bajamos sobre advertencia: una vez en el lecho del Omalos no hay escape posible, sólo el mar.

    Y hacia allá nos dirigimos.

     

     

    LA ROCA Y EL CAPRICHO

     

    13:15. Avanzamos absortos en los caprichos de la roca.

    Absortos en su aparente inmovilidad repentinamente rota, inesperadamente quebrada, violentamente perturbada por este tajo brutal en la montaña.

    Alterado, movido, violentado lo aparentemente inmutable.

    Lo móvil es el río.

    Lo inmóvil, la montaña.

    Lo móvil y lo inmóvil…

    Y de pronto su inesperada unión: la cascada de piedra.

    La montaña se mueve, el río se detiene, y ante tales misterios:

     

    Veréis como el poeta admira y calla

    El sabio mira y piensa

    Seguramente el carbonero

    Busca las moras y las setas.

    En la roca más dura, la Eternidad escribe.

     

     

    LA ROCA INGRÁVIDA

     

    Hace unos minutos me pareció que la altura de los acantilados comenzaba a descender pero muy pronto me percaté de que era sólo una ilusión: un mero asunto de perspectiva lineal.

    Una vez más me pierdo en el silencio.

    Miro los grandes monolitos.

    Imagino una roca sin peso, la roca ingrávida…

    Montarse en ella e irse flotando por ahí.

     

    Llegamos a una gran rotonda en el boscaje, con agua, baños, bancas y mesas rústicas bajo los pinos.

    Nos sentamos en una de las bancas y tomamos algo más de nuestra frugal dotación de higos y dátiles bajo el acoso de las abejas.

    Nos alternamos en abanicarnos para comer a gusto.

    Han pasado ya cinco horas y media desde que comenzamos el trayecto y los músculos de las piernas han resistido bien.

    Las rodillas, sin embargo, comienzan a quejarse.

    Hemos pisado todo este tiempo sobre piedras, piedrotas y piedritas y los pies duelen un poco pero lo que comienza a molestar ahora es un roce de ampolla entre dos dedos.

    Un pago mínimo para tanto prodigio.

     

     

    HIEROFANÍA

     

    14:00. Tras el descanso y la restauración de fuerzas reiniciamos el viaje.

    Y de pronto, mientras vamos con paso reposado viendo las anfractuosidades de las paredes pétreas, el ojo descubre algo.

    ¡Agrimi!

    ¡La cabra salvaje!

    En una pared que no podría ser más vertical, como a unos sesenta metros de altura, vemos la cabra negra.

    Admiramos su espléndida silueta en las alturas.

    ¿Cómo puede sostenerse ahí?

    Y por si algo le faltaba, ahí está ahora: ¡otra hembra de piel rojiza!

    Y para completar la hierofanía triádica que está esperando nuestro espíritu, brota, como de la nada, otra cabra más: ¡blanca!.

    La blanca, la negra, la roja…

    ¡Agrimi…!, digo para mí mismo.

    Pero el eco insonoro de mi pensamiento me devuelve: ¡Amaltea, Amaltea, Amaltea…!

    Y una vez que Ella se ha manifestado triplemente seguimos el camino con una paz luminosa, casi sin cansancio, con los ojos bendecidos y una leve sonrisa en el fondo del alma.

    Ha bajado la luz a mi cabeza.

     

     

    SIDEROPORTES: LAS PUERTAS DE HIERRO

    A las 14:10 aparecen en el horizonte las apabullantes Puertas de Hierro: ahí están, para el pasmo y la gloria de la humanidad giratoria.

    Las vemos aparentemente cerca pero el avance hacia ellas se alarga.

    Las paredes que parecían bajar vuelven a subir.

    Ya vemos las puertas pero parece que a cada paso también ellas avanzan y se mantienen a la misma distancia.

    Pero nuestro paso sistemático se impone poco a poco y al fin las alcanzamos.

    Que no se note el cansancio porque todavía nos falta.

    Todo camino de mil kilómetros comienza con el primer paso…

    Y nosotros ya vamos en el número quince: nos faltan tres o cuatro por ahora.

    Era cierto: las paredes colosales se alzan a casi cuatrocientos metros y se cierran hasta tan sólo tres.

     

    14:40. Media hora después, por fin hemos salido: se ensancha el horizonte y el sol golpea más fuerte.

    Y ante el esfuerzo que hemos mantenido por tantas horas

    el orgullo comienza a crecernos por dentro

    como una rama tierna…

     

     

    EL DESCENSO A ESTE MUNDO

    Paso a paso nos aproximamos a una construcción pequeña, casi cúbica, desde cuyo interior un ogro gigantesco, calvo, barbón, y en camiseta, se dirige a nosotros demandando boletos con voz autoritaria y atronadora.

    Qué absurdo: boletos para salir de la Maravilla: el descenso a este mundo…

    Ya sin la protección del follaje y las altas paredes, el arduo sol nos quema.

    Un poco más allá vemos un espacio techado con muchas mesas y caminantes que beben gloriosos tarros de cerveza: nos aproximamos y seguimos su ejemplo.

    Oro para beber, fresco y espumoso después de tanta sed y de tanto calor: lo disfrutamos viendo los caprichos de las capas geológicas en la roca viva.

     

    15:00. Hay unas cuarenta personas en este sitio y poco a poco van llegando más: todas se ven cansadas pero beben su cerveza con sonrientes caras de felicidad.

    Se oyen todas las lenguas excepto el español en el que sólo hablamos mi amada y yo: Babel en la Garganta de la Montaña.

    Reiniciamos el camino: nos faltan tres kilómetros en este terreno plano para alcanzar el mar.

    Poco a poco nos acercamos a un poblado de piedra, tiempo, y gracia, donde parecen haber pasado todos los hombres.

    Nos recibe el blanco cementerio de Agia Roumeli.

    En las cercanías hay casas semiderruidas y otras recién construidas.

    Una cueva con muro y puerta recientes concentra nuestra atención allá a lo lejos.

    Corrales de piedra para cabras y ovejas que deambulan entre polvo y guijarros bajo los añosos olivos y las higueras y las vides con emparrados cercanos a las casas.

    Tres hombres que parecen brotados de la tierra, pastores y campesinos, fuman bajo unos olivos.

    Nos saludan amablemente y continuamos bajo el sol y rumbo al mar.

    ¿Cuántos años tiene ese olivo que captura la mirada?

    Casi seco en el tronco, sus ramas nos bendicen con su carga bienhechora.

    Piedra, polvo, sueño, pan y olivo: he ahí al hombre.

     

     

    EN LOS DOMINIOS DE POSEIDÓN

     

    A las 15:18 divisamos el mar: los dominios de Poseidón.

    Le traemos saludos de la casa de su hermano: el que amontona las nubes.

    Desde hace diez minutos hemos venido caminando por una calzada de cuatro metros de ancho: piedra y concreto aplanados que queman con el duro sol.

    Alcanzamos un punto en que el camino se divide: el de la izquierda conduce a Loutrós y el de la derecha, que es el que tomamos, va hacia la playa de Agia Roumeli.

    A paso, encontramos vestigios de antiguas construcciones en la cumbre y al pie de las lomas pedregosas.

    Llegamos a un pueblo blanco y florido, de calles empedradas, árboles y jardines y restaurantes tentadores.

    A unos pasos el transparente Mar de Libia.

    Alcanzamos a ver una playa exquisita: un paraíso donde se antoja quedarse para siempre… o al menos por dos o tres meses.

    La árida montaña resguarda el caserío.

    Pero como a este pueblo no llega carretera, tendremos que tomar un barco rumbo a Sfakia, el siguiente puerto, en el cual abordaremos el autobús que nos regresará a Xaniá.

    Conseguimos lugares en el ferryboat “Deskalogianni”, que parte en quince minutos y ya está recibiendo carros y gente.

    Allá vamos.

     

    15:36 Estamos ahora en el tercer piso del “Deskalogianni”.

    Vemos la montaña pedregosa y roja, con su fortaleza turca en la cumbre.

    El pueblo blanco acariciado por olas suavísimas.

    La bahía de cristalino color nunca mejor llamado aguamarina.

    El macizo rocoso frente a los ojos y la playa que parece artificio de talla y pintura, quieta en el oro feliz de esta hora resplandeciente.

    Un nutrido grupo de semidesnudas náyades arteras se dejan amar por un mar que las tienta hasta sus más íntimos pliegues.

    ¿Qué hago yo imaginando tales cosas si me siento agotado aunque muy feliz?

    Mi muy amada, en las mismas condiciones, adivina mi pensamiento y me sonríe pícaramente.

    Y la nave va…

    A cien metros de la playa la palabra azul toma todo su sentido y llena los ojos.

    “Azul Creta”, dice mi mujer.

    Inolvidable azul…

     

    El barco hace una escala en Loutrós, un símbolo de Grecia: casas blancas con toques azules, playa y bahía de ensueño bajo el árido monte pedregoso.

    Otro pueblo para quedarse unas semanas.

    Suben turistas que también van a Sfakia.

     

    16:55. El bote atraca en el muelle de Sfakia.

    Un empleado empuja placas metálicas azules que caen con gran estruendo: son las rampas por donde bajan de inmediato grandes camiones después de los cuales desciende el resto del pasaje.

    La mayoría vienen en tours organizados y van a sus autobuses en una plaza alta de la localidad.

    Nosotros vamos, atravesando el pequeño poblado de casas blancas, a la caseta que funciona como terminal: es de madera y aquí escribo estas últimas líneas.

    Abajo resplandece el luminoso Mar de Libia y más acá los tejados de Sfakia o Chora Sfakion.

    Este pequeñísimo puerto estuvo aislado del mundo y hasta tiempos muy recientes sólo era accesible por mar.

    Conserva un aura legendaria de organización clánica con gente independiente, belicosa y dada a la venganza.

    Ahora vive del turismo y, por supuesto, también se antoja para pasar una temporada.

    El autobús a Xaniá saldrá a las 17:30, en media hora, y ya tenemos boleto de regreso.

    De haber sucumbido a la atracción de Agia Roumeli y haber tomado el último barco que llega a las siete de la noche, habríamos venido con el tiempo demasiado justo y con ansiedad innecesaria.

    Se aparece un chofer: nos dice que subamos una pequeña cuesta porque de allá partirá el camión.

    Que en ese autobús nos iremos todos.

    Hay muchos pasajeros y, si no cabemos, llamarán otro.

    Cosas de Creta…

     

     

    OTRA VEZ HACIA EL LOMO DE LA MONTAÑA

     

    17:30. Llega el camión y se llena de inmediato.

    Signos de desesperación e incredulidad en el educado cuerpo europeo de pasajeros, algunos de los cuales, como nosotros, ya tenían boleto desde Xaniá.

    Se nos dice que viene otro y, en efecto, aparece poco después: todos vamos hacia él.

    He quedado lejos de la puerta.

    Cuando ya está aparentemente estacionado hace una maniobra rara y se enfila hacia la carretera.

    Después del humano remolino quedo mucho mejor situado: justo frente a la puerta.

    Subimos en cuanto se puede y, como cualquier preparatoriano, agandallo los dos primeros asientos, los mismos de la mañana: vista panorámica, señoras y señores.

    Y otra vez a subir la montaña y otra vez a la respiración cortada y las manos sudorosas.

    Ciencuenta o cien cerradísimas curvas por kilómetro en una carreterita de cuatro metros de anchura con partes deslavadas en muchos puntos.

    Los turistas de junto, una señora en especial, se tapa los ojos y hace exclamaciones y aspavientos en cada maniobra de nuestro conductor que ni suda ni se acongoja detrás de sus lentes negros.

    Cuando estamos por llegar a la parte más alta nos encontramos con que la mitad del camino está bloqueado por grandes rocas que una enorme máquina ha desprendido haciendo obras de ampliación.

    Mi mujer platicó largamente con una muchacha inglesa mientras esperábamos: se enteró por ella de que la Garganta de Samariá recibe dos mil caminantes diarios en el verano y que recorrerla es el sueño capital de los ecoturistas europeos.

    Y nosotros ya venimos de ahí, segregando adrenalina en abundancia por estos mundos insospechados.

    Siguen las obras y la gran maquinaria que hará más tolerable la dura carretera.

    Llegará el día en que los pasajeros no contraigan sus músculos ni aprieten los dientes ni aceleren su corazón ni cierren sus ojos ni paren su respiración ni experimenten escalofríos incontrolables al pasar por aquí.

    Ya se ven señales, en algunas partes, que muestran asfalto reciente y camino más ancho.

    Ya se ven, al paso, tabernas invitadoras y alojamientos de montaña.

    Bendiciones del ingreso de Grecia a la comunidad europea.

    ¿Durarán?

    Ya en estos territorios mucho más familiares, después de tanto esfuerzo y tantas emociones, me va venciendo el sueño poco a poco.

     

    Despierto cuando faltan treinta kilómetros para llegar a Xaniá.

    Pasamos por el increíble pueblo de Vrises, donde ayer todo era una fiesta, una inmensa taberna llena de gracia y árboles y flores y personas del pueblo y turistas celebrando en mesas al aire libre en medio de jardines gozosos.

     

    Llegamos a Xaniá con los músculos convertidos en un solo dolor.

    Venimos sudados, agotados, remolidos, ajados, quemados por el sol y cubiertos por el polvo del camino.

    Nuestro cercano hotel nos da consuelo.

    Arrastramos hacia allá los doloridos pies.

     

     

    CELEBRACIÓN

     

    Ahora sí, purificados, arreglados y perfumados, salimos a la zona de restaurantes frente al Faro.

    Vamos a celebrar que salimos con bien del sueño capital y no siempre posible para muchos europeos.

    Hemos recorrido la colosal Garganta de Samariá, la más larga de Europa.

    Hemos salido con bien del recorrido y de las inconcebibles carreteras que nos llevaron y trajeron.

    Son las 8:07 y no obstante la hora, una luz de oro viejo cubre Xaniá.

    Buscamos, como anoche, la exquisita Apostolis Taverna, junto a las ruinas venecianas, y una vez más las delicias gloriosas: ensalada cretense y olivas, quesos, panes, sassiki, pescados, pulpos y calamares a las brasas, acompañados por el excelente vino blanco y seco de la tierra cretense.

    Conversación, celebración, pasión…

    Y el rayo del amor que nunca cesa por esta mujer con la que, una vez más (como casi todos los días, sin que importe que marchemos ya, con paso firme, por la tercera década), me he unido en matrimonio sacro al amparo de la mirada de la Diosa madre…

    Cerramos la sesión con otro de los puros Beduinos de Jaime: tabaco mexicano de los Tuxtlas mientras nos deleitamos con el imprescindible Raki.

    Llegamos al restaurante con luz de oro y nos vamos al amparo de la intensa noche negra.

    Qué distinto es el faro a esta hora.

    Caminamos por el paseo marítimo y al llegar a la Mezquita de Hassan cambiamos de dirección y nos orientamos a la plaza.

    Alzamos la cabeza: ahí está la madre Luna, con todo el poderío de su esplendor nocturno, reinando sobre el mar.

    Sobre Xaniá…

    Sobre Creta…

    Sobre nosotros…

    Sobre nuestras almas…

    Sobre nuestros ojos agradecidos.

    Texto publicado en la edición 155 de Crítica


    Escrito por Efraín Bartolomé

    Poeta mexicano nacido en Ocosingo, Chiapas en 1950. Estudió psicología e inició su trayectoria literaria en 1982 con la publicación de «Ojo de jaguar».

    Posteriormente publicó «Ciudad bajo el relámpago» en 1983, «Música solar» en 1984, «Cuadernos contra el ángel» en 1987, «Mínima animalia» en 1991, «Cantos para la joven concubina y otros poemas dispersos» en 1991, «Cirio para Roberto» en 1993, la edición trilingüe de «Ala del sur» en 1993 y «Partes un verso a la mitad y sangra» en 1997.

    Gracias a su gran vitalidad poética y a su labor creativa, ha recibido importantes premios literarios entre los que se cuentan el Premio Nacional de Poesía Aguscalientes en 1984, el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen en 1993 y el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines en 1996.