Eduardo Sabugal

  • Crítica 151

    Portada-151 Para el número 151, correspondiente a Octubre-noviembre, publicamos ensayos, cuentos, poemas y reseñas de Jacques-Pierre Brisott, Gabriel Bernal Granados, Israel Ramírez, José Balza, Alejandra Gutiérrez Cruz, Alejandro Badillo, Gregorio Cervantes Mejía, Eduardo Sabugal, León Plasencia Ñol y Jorge Esquinca, entre otros escritores.Haz clic en la imagen o aquí para leer la versión digital de Crítica

    SUMARIO:

    Jacques-Pierre BrisottMarat 3Vicente Francisco Torres

    América y Emilio Salgari 10

    Gabriel Bernal Granados

    Editoriales independientes de poesía en los ochenta y los noventa 23

    Felipe Vázquez

    El porqué de muchos nombres 31

    Eduardo Felipe Sánchez García

    El último elefante (abril 30, 1945) 34

    Luis Vicente de Aguinaga

    Tres poemas 43

    Israel Ramírez

    Contemporáneos y la tutela de López Velarde 46

    Pablo Montes Castro

    Temblores de la espina 66

    Noé Blancas

    Dos poemas 70

    Alejandra Gutiérrez Cruz

    La señal 74

    Charles Simic

    Seis poemas 97

    Gustavo Ferreyra

    El hedor 102

    León Plascencia Ñol

    Tres poemas 110

    José Alberto GuerreroUnas horas en la piel de Mabel 118José Balza

    Domínguez Michael y la sobreescritura 123

    Silvia Eugenia Castillero

    Cuatro poemas 148

    José Aníbal Campos

    Casas de mis amigos 151

    Roxana Artal

    Variaciones sobre el miedo 155

    Víctor Hugo Martínez B.

    Reconstruir la experiencia 182

    Alejandro Badillo

    El acto colaborativo 170

    Eduardo Sabugal

    Bosquejo de un mal 173

    Víctor Manuel Torres

    Palabra de poeta 177

    Daniel Bencomo

    Donde cae la piedra de Spinoza 180

    Gregorio Cervantes Mejía

    Las puertas clausuradas 182

    Jorge Esquinca

    Límites de lo humano 186

    Rafael G. Vargas Pasaye

    La novela sera corta o no será 188

  • El mal de la taiga de Cristina Rivera Garza

    Bosquejo de un mal

    No me propuse reseñar el libro de Cristina Rivera Garza. En todo caso intenté escribir el bosquejo de un mal, como quien escribe el informe de una búsqueda que ha emprendido dentro de un bosque o dentro de una novela. Mi experiencia dentro del bosque de palabras que es El mal de la Taiga está ahora aquí. Este bosquejo es como el informe que escribe la mujer detective: parece estar escrito en una clave que sólo yo entenderé al final. No importa. read more

  • Un extraño luto vitalista

    Cantarle a los muertos como quien hace poesía en secreto, como quien duerme entre insomnes, cantarle a los muertos para que los vivos oigan. Leí la novela de Antonio Ramos vertiginosamente, como quien entra en una geografía desconocida. Psicogeografía del norte del país harto conocida por sus paisajes desérticos, su violencia y su calor, sus hombres con sombrero y botas, su condición fronteriza. Pero en El cantante de muertos no entré, afortunadamente, en ningún tipo de folclor. Aquí los hombres, las mujeres, los árboles y los pueblos, tienen nombre. Poco a poco uno se hace extrañamente familiar a esa geografía y a esa familia de cantantes de muertos. Eugenio, Salvador y Pablo son tres ramas del mismo árbol para quienes “cada canción era como celebrar bodas con la muerte”, tres eslabones de una misma línea de fuerza, de fuga. Acaso tres hombres que son el mismo, y que se opone a ese “hombre de fábricas y barrios donde no se le canta a la muerte” tan reciente, tan sin rituales, tan café internet, amurallado en el dolor y el placer individual.

    La novela, estructurada de forma aparentemente sencilla (tres partes y un coro), pronto nos coloca en el problema que acosa a cualquier estirpe, los Rodas, con sus tres generaciones de cantores, Eugenio, Salvador y Pablo, no sólo tienen que enfrentarse a la definición de sí mismos en tanto familia sino además respecto a la otredad, esa figura del “otro” que no es de la misma sangre pero que también está ahí siempre, como un injerto en el árbol, ese “otro” invasor hermano y asesino, un tal Antonio Heredia que se constituye como un Caín propio, que hay que interrogar y arrastrar, testigo de un pecado inconfesable, primigenio. Pablo Rodas crece, trepa el árbol familiar, experimenta una segunda expulsión de la infancia. Vuelve a nacer justo cuando observa a su padre cantar en el funeral de la abuela Sol, y cuando contempla a esa anciana en el ataúd, tan diferente, pero aún ella, casi aún en su cuerpo,  no puede evitar recordar, terriblemente, a los gatos que se pudren a la intemperie. Pensar que ella, la abuela matriarca, es eso que también se pudrirá.

    Como el Buda que sale del palacio a la vejez, la enfermedad y la muerte. Pablo se nace a sí mismo a partir de esta escalada arbórea, familiar, feto adolescente encerrado en las verdes paredes de la casa. Como aquella habitación verde de François Truffaut, verde como el agua que escurre de los raspados. Matar al amigo que es casi un hermano, Caín y Abel. Caminar como un niño, dando tanteos, sólo con la pistola dando y comunicando calor. Siempre como un primer hombre, Adán renacido, con nada por delante, pues “queda lo que queda cuando no queda nada”. Los paisajes que reconstruye Ramos recuerdan a Martín Fierro, por su soledad, por su épica nostálgica, llena de plazos cumplidos y deudas por pagar. El sol de esta Pampa norteña hace sofocar al hombre que tiene que nacerse, autogestarse, en tanto trepa al trágico árbol familiar. Un sol que a veces hace que los billetes parezcan de oro y otras veces de tierra. Estamos instalados en el tiempo de los ocres, en una era ocre y agreste. Los personajes comunicados por la sangre e incomunicados por la edad, viven prisas tan desiguales que parecen pertenecientes a eras geológicas distintas. Estos hombres-desierto llenos de canciones negras viven así, con sus prisas desiguales, y hay que hacerse viejo para sincronizarse con este mensaje esencial, vital por mortal, la de poner todo en su sitio. Poner en su sitio a los muertos y al dolor.

    COMPRAR EN PROFÉTICA

    La bisagra existencial parece un eterno rito de paso entre un sábado y un domingo. En esa bisagra uno se las arregla como puede, para vivir y morir, para dar muerte y vida. Cantar como lo hace Heredia, para “acabarse el mundo a rasgueos de guitarra”. Heredar la sangre de un Heredia que es una suerte de Edipo. Y es que las vocaciones de los oficios tienen algo de alma trágica, se heredan como una maldición, una enfermedad; y el fatalismo que hay en su cumplimiento tiene algo familiarmente siniestro, algo siniestramente familiar. Cantar para expiar las propias culpas y dejar correr las canciones y la música como un río de muertos y de muerte. La prosa ágil de Antonio Ramos Revillas recuerda, guardando las distancias, El luto humano de José Revueltas. Aunque menos denso que en Revueltas, el ambiente de la novela está poblado de personajes cenicientos, andantes, rotos y enteros al mismo tiempo. Enlutados permanentes, llenos de grietas, como un suelo sin agua. Si algo tiene la muerte es su vulgaridad; expone el cuerpo a una segunda muerte, a ser visto con morbo por los vivos, como en una fotografía de la Alarma, así de pornográfico y siniestro. Nacer en una camioneta mortuoria, ser el hijo de nómadas, trashumantes que se convertían en apestados. Caminar, irse, huir de los fantasmas, como los personajes de El luto humano, que andan por andar, con rabia de salvación, casi por no dejar. Canciones de muertos, traídas por aves de mal Agüero, como cartas de amor. Después de todo sólo la muerte y el verdadero amor nos toman desprevenidos, como dice Sol, la matriarca de los Rodas.

    No quiero leer la muerte en el texto de Ramos como una metáfora. Aquí la muerte es eso, sólo eso, algo corporal, vulgar, absurdo, maligno, trágico. Las cosas perecen, los olores se van, el internet reemplaza los antiguos lugares familiares. Los objetos hablan, el vestido de novia, la troca con su motor casi humano, la guitarra con su calcomanía de gallo. Tres veces cantó ese gallo, tres hombres ligados por la sangre y la música. Las cursivas de Ramos tienen algo épico y poético, como el José Trigo de Del Paso, que evocaba una historia de trenes contada en letanías, en una musicalidad ancestral, cuasi religiosa y mítica, memorable. Manejar una troca por desiertos y sierras, hasta que el motor valga madres. Dormir en la troca, nacer en ella, abandonarla, como una piel de víbora. Tumba, cuna movediza, el cuerpo, la piel, la camioneta que poco a poco se jode, se destruye. Corrosión corporal y del alma. ¿Debajo de qué árbol quedó nuestro origen enterrado? Ésa es la pregunta que surca la novela. Cuándo el cuerpo deja de serlo, aun mancillado, aun roto como una guitarra, aun torturado, machucado, quemado, inflado por el agua de un río pestilente, sigue siendo cuerpo, como si todavía tuviera que vivir una segunda muerte venidera, la de la putrefacción, la del polvo eres y en polvo te convertirás.

    Hay una declaración de principios, o una poética escondida, en la novela de Antonio Ramos Revillas. Parece decirnos que el ejercicio del escritor es justo como el de esos cantantes. El escritor, como el cantante, desafía a la muerte en una vieja tradición órfica, pero no para vencerla sino para hallar sólo una falsa victoria. Tener muchas palabras dentro pero sin saber cómo decirlas, ahogarse en palabras, eso es también morir. Hilvanar frases, construir la sintaxis, como quien deja una canción sonando en un eco imperecedero, palabras cantadas que siguen ahí columpiándose como un vestido de novia flotando en al aire, enredado en los cables de luz, como esos zapatos que penden de miles de cables, ropa de segunda mano, prendas de muertos.

    Antonio Ramos Revillas, El cantante de muertos, Almadía, México, 184 p.

    Texto publicado en la edición 148 de Crítica


    Escrito por Eduardo Sabugal

    Es maestro en Lengua y Literatura por la Universidad de la Américas. Ha publicado en revista y suplementos. En 2003 obtuvo la beca Foescap para jóvenes creadores. En 2010 la Secretaria de Cultura de Puebla le publicó su primer libro “Involuciones”.

  • Albert Camus y el suicidio

    Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado.

    E. M. Cioran, Breviario de podredumbre

    Hablar de cómo el existencialismo interpreta el suicidio parece, de entrada, una tarea imposible al menos por dos razones. La primera es que el existencialismo es un horizonte vastísimo en el que no hay consenso sobre esa posibilidad de lo imposible o esa imposibilidad de lo posible que resulta la muerte, la propia y voluntaria muerte. La segunda razón tiene que ver con lo ético, y es que, para cierto existencialismo, el suicidio no difiere mucho de cualquier otro tipo de muerte, encontrando incluso el suicidio igual de inútil que cualquier tipo de apego vital. Sin embargo escribo esta reflexión en torno a Camus no como una diatriba contra el suicidio sino como una apología de la vida. Ubicarse desde la óptica del ateísmo existencialista sin renunciar a la vida desemboca en el pensamiento de Albert Camus. En el ensayo El mito de Sísifo, Camus expone sus ideas sobre el suicidio.

    Albert Camus es el joven portero en la parte inferior con ropa oscura

    Para comenzar hay que decir que el pensamiento de Albert Camus no constituye una filosofía completa, no se trata de una visión del mundo que suponga una metafísica y una moral como el existencialismo sartreano. Camus no era un filósofo sistemático y, sin embargo, parte de un punto del cual bien podría partir cualquier filosofía que se precie auténtica: el absurdo. Todos hemos sentido al menos una vez, por breve que sea, esa sensación de sin sentido, de vacuidad, de absurdo. No es necesario leer un relato de Franz Kafka o Virgilio Piñera para estar en contacto con esa experiencia que en realidad la sufrimos a la vuelta de la esquina o en la puerta de un restaurante, como diría el propio Camus. En esa experiencia del absurdo, la irracionalidad de la muerte, el incomprensible sufrimiento del inocente y el deseo desolado de claridad hacen eco en lo más profundo de nosotros.

    Los que hemos sentido dolor, al poco tiempo de experimentarlo, descubrimos que el dolor fatiga porque es sustancialmente absurdo. La experiencia del absurdo surge cuando los decorados se vienen abajo. Es eso lo que Camus muestra en su novela de 1942, El extranjero. En el prefacio a la edición inglesa de L´étranger, Camus escribió: “El protagonista del libro es condenado porque se niega a entrar en el juego.” ¿En cuál juego se niega a entrar ese personaje? Meursault se niega a mentir, dice lo que es cierto, se niega a enmascarar sus sentimientos, esquiva con todas sus fuerzas lo que hacemos todos cada día para simplificar la vida. Se niega rotundamente a la simplificación, y está lejos de ser un ser a la deriva, un hombre sin alma o inhumano, como declara el procurador ante el tribunal; lejos de todo eso, una pasión tenaz y profunda lo anima: la pasión de lo absoluto y la verdad. Sin ninguna actitud heroica acepta morir por la verdad. Meursault es un extraño para la sociedad en que vive, se desliza por un mundo solitario y sensual, es escrupuloso con sus propios sentimientos, pero indiferente a la sociedad que lo rodea. Dicho sucintamente: no quiere, y los rechaza con toda su fuerza, los decorados.

    ¿No es acaso el suicida alguien que ya no quiere tampoco seguir actuando en los decorados de siempre? El suicida mejor que nadie sabe de la experiencia del absurdo, conoce el amurallamiento del absurdo. Camus trazaba la ruta de Sísifo: “Levantarse, tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica; comida, tranvía, cuatro horas de trabajo; comida, sueño, y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado al mismo ritmo”, pero un día nos preguntamos ¿por qué?, y entonces la rutina se viene abajo, nos despertamos, surge el movimiento de la conciencia. Ese choque del despertar nos obliga a decidir, matarse o seguir viviendo de otra forma. Suicidio o reestablecimiento.

    Un poco a la manera en que Descartes ocupaba la duda, el absurdo es para Camus un método: en el absurdo intenta poner a prueba cualquier tabla de valores. El absurdo implica una contradicción porque no se puede tener conciencia de él (o mantener esta conciencia) sin optar de hecho por la vida, y optar por la vida es darle a ésta un sentido. Por eso el mito de Sísifo es, para Camus, el mito de la conciencia humana. Hay que recordar que Sísifo fue castigado en los infiernos mediante una condena que lo obliga a subir una pesada piedra hasta la cumbre de una montaña. Una vez que llega a la cumbre, la piedra rueda cuesta abajo y Sísifo tiene que subirla nuevamente. La condena es infinita y circular. Esa ardua tarea que se realiza en vano se parece demasiado a nuestra existencia cuando hemos sido fulminados por el absurdo, cuando hemos entrado en el espesor del mundo con sus cosas cotidianas que de pronto nos resultan hirientes, vacías. Como Mersault en El extranjero, nos sumimos en ese abrupto despertar, en la tierna indiferencia del mundo, esa especie de extrañeza del mundo que Camus llama espesor, absurdo. Ese extrañamiento respecto al mundo, nos dice Camus, es como cuando en el rostro familiar de una mujer se encuentra como extraña a la que se había amado meses o años atrás. Aquello amado se nos presenta como extraño y nos sentimos vencidos, derrotados.

    Regresando al mito de Sísifo, hay que recordar que Sísifo intentó encadenar a la muerte, y lo logró. Sin embargo, Ares libró a la muerte de sus cadenas y las personas de nuevo comenzaron a morir. Eso ocurre míticamente, pero también nosotros comenzamos a morir cuando un encantamiento se ha roto. Cuando las cadenas que ataban nuestro ser en el mundo se rompen comenzamos a morir. Una fe, una religión, una vocación, una mujer amada, una filiación partidista, un mundo, que de pronto, se han convertido en “nada”. He ahí la gratuidad de nuestra existencia que de golpe se nos revela, en esa suerte de “náusea” sartreana. La disyuntiva entonces es ineludible: acabar de tajo con esa gratuidad o buscar el reestablecimiento de alguna manera. Camus se pregunta en El mito de Sísifo: “¿Será preciso morir voluntariamente o esperar a pesar de todo?”

    La absurdidad, esa enfermedad mortal como la llamaba Kierkegaard, nos ha arrojado a una decisión impostergable, matarse o seguir. “Muero para testimoniar que es imposible vivir”, decía uno de los personajes de Jean-Paul Sartre, Mateo Delarue en Los caminos de la libertad. Ése era precisamente uno de los puntos en los que difería Camus de Sartre. Precisamente porque es imposible de ser vivida, para Camus la vida vale la pena de ser vivida. Vivir es una rebeldía. Camus hubiera escrito: vivo para testimoniar rebeldemente que es imposible vivir. No es casualidad que Camus rescate esta cita de Kierkegaard: “el mutismo más seguro no es callarse, sino hablar”. Ante el mundo sordo y desolado, que pide nuestro suicidio lógico, hay que responderle con una negativa pasional y absurda, seguir viviendo, seguir oponiendo el llamamiento humano al silencio no razonable del mundo.

    En este punto quiero regresar al epígrafe de Cioran: “Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado.” En ese sentido, Camus comparte el pensamiento de Kierkegaard y de Cioran. Hay que convertir la experiencia del absurdo y su consecuencia, el pensamiento del suicidio, en una pasión que aliente la vida. No podemos hacer de cuenta que no hemos experimentado el absurdo; hemos perdido la “ingenuidad”, como diría Jaspers. Si en efecto somos presos de nuestras verdades, una vez reconocida la experiencia del absurdo y el pensamiento del suicidio como verdades, será imposible entonces apartarse de ellas. No podemos enterrar el pensamiento del suicidio, no podemos en una amnesia deseada borrar ese punto de nuestra existencia en el que todo se anuló y las certezas se convirtieron en piedras en el desierto. Lo que sí se puede hacer es transformar la contemplación del suicidio en un acto de libertad que me haga poner en juego mi ser en cada instante, de tal forma que me enraice con mucho mayor fuerza en el mundo. Podemos convertir la posibilidad de nuestra muerte en una pasión rebelde por la existencia. Por ejemplo, cada hora para un guerrillero vale quizá más en términos de vitalidad que un año de una vida monótona empantanada en la indiferencia. Y vale más porque no vale nada y porque cada segundo se está poniendo en juego toda posibilidad de ser. El acto suicida en sí se puede evitar pero el pensamiento del suicidio no. Pero es gracias a este pensamiento que el acto no se realiza, es gracias a la experiencia de la angustia en el absurdo como podemos rebelarnos a ese mismo absurdo y seguir viviendo con una pasión de la que estábamos desprovistos antes.

    Instalado en ese mundo injusto, incomprensible, acotado a diestra y siniestra por el absurdo, sólo queda un camino para Camus: el del hombre rebelde. No es que el hombre rebelde venza al absurdo sino que lo prolonga, lo extiende, porque sólo viviendo absurdamente se puede seguir vivo. Yo puedo gritar que no creo en nada, al borde del suicidio puedo gritar mi falta de fe en todos los discursos sobre la tierra, puedo gritar, como lo hacía John Lennon en aquella canción llamada “God”, que no creo en algo o en alguien. Puedo decir cínicamente, o con pesar, que todo es absurdo, pero aun así es necesario que crea en mi protesta. La primera y única evidencia que me ha sido dada en ese gritar, en este mundo, dentro de la experiencia absurda, es la rebelión. La rebelión, a pesar de que nace del espectáculo de lo irracional, de la experiencia injusta e incomprensible, reivindica el orden en medio del caos, exige que ese desorden  y ese escándalo se detengan. Por esto el absurdo es lo contrario de lo irracional. Mientras que lo irracional es un divorcio entre el caos del mundo y el deseo de orden que hay en mí, el absurdo nace de la confrontación de ese deseo y de ese caos. En primera instancia, Camus encuentra que la rebelión tiene un sentido individual. Cuando un esclavo se entrega a su rebelión, no rechaza solamente la humillación del tirano, sino también la condición misma de la esclavitud, aquella parte de sí que quería que la respetasen la pone entonces por encima de lo demás y la proclama preferible a todo, llega a ser para él el bien supremo. Así surge un valor que puede exigir el sacrificio de la propia vida individual del hombre. La libertad puede exigir que uno muera antes de ser esclavo. Pero ese hombre rebelde no se queda con un sentido solitario o individual, sino que aparece el sentido colectivo de la rebelión, el esclavo que lucha y que puede desprenderse de la vida para afirmar sus derechos no combate ni muere únicamente por sí mismo y por todos los esclavos, sino también por los opresores y tiranos. Ese bien supremo no es sólo mío, es común a todos los hombres. La rebelión tiene una naturaleza básicamente colectiva. Es, en palabras de Camus, la aventura de todos.

    Estos sentidos los vemos claramente en su obra. Así, por ejemplo, mientras que en El extranjero encontramos un sentido individual, en La peste se halla un sentido colectivo. No nos extrañe que la segunda se haya escrito en 1947, después de que el pueblo francés sufrió la ocupación alemana. El origen de la peste está en lo que se nos quiere hacer creer inexistente, el bacilo de la peste puede permanecer durante muchos años adormecido “en los muebles y en la ropa” y puede, algún día “despertar a sus ratas y hacerlas morir en una ciudad feliz”. Muy a nuestro pesar estamos contaminados del bacilo, y como el doctor Rieux, o quizá como Paneloux estamos condenados a seguir aquí, en esta tierra enferma y exiliada. Un antiguo paciente del doctor Rieux murmura: “Los demás dicen: Es la peste, o ha sido la peste. Poco falta para que pidan una medalla. Pero ¿qué significa esta palabra, la peste? Es la vida y nada más.” Camus ha fusionado en esta novela de 1947, sus experiencias de 1942 con la tuberculosis y de la ocupación alemana (1940-1944). Es decir la experiencia del absurdo en sus dos caras, la individual y la colectiva. Podría parecernos con justa razón que La peste es la novela de la desesperación, de la angustia, pero detrás de la crudeza del relato, del fobos que produce, se haya una sutil esperanza. Mediante la prosa, Camus logra transmitir, como en L’étranger, un sentimiento de liberación. En la configuración de los personajes el ímpetu contra el absurdo nos transmite el deseo de luchar contra el destino, de luchar contra la peste en cualquiera de sus formas.

    “It’s no secret that a conscience can sometimes be a pest”, canta una banda irlandesa contemporánea, y es precisamente aquí y ahora que debo rebelarme contra esa peste antes de morir. La rebelión nace de la conciencia de que el hombre es el portador de un valor que trasciende y juzga toda situación absurda, por eso debe ser reivindicado y defendido en el presente y no postergado a un futuro que escapa a la responsabilidad de su obrar. El cristianismo, por ejemplo, promete además de un thelos una guía de cómo actuar en el mundo, un orden superior, un paraíso por venir. El intento del creyente cae nuevamente en el intento de Sísifo de encadenar a la muerte, de encontrar una razón para vivir, como si en efecto hubiera razones para vivir. Quizá por eso Camus se relaciona, para algunos críticos, con la imagen del justo, del santo sin Dios. Simone de Beauvoir llegó a describirlo como un “justo sin justicia”. Esa suerte de “santidad laica” la encontramos en sus personajes despiadadamente rebeldes en donde la moral subjetiva parece más justa que cualquier orden social de valores. La misma crítica que se hace a la escatología cristiana es valedera para cualquier filosofía de la humillación y para cualquier discurso que hable de una tierra prometida o la recuperación de una infancia perdida: nirvana, dictadura del proletariado, promesas de liberación por la vía tecnológica, modernidad, etc. No hay ya símbolos en la tierra, y sería vano darle al suicida una razón para seguir viviendo, pues esa misma razón se puede convertir nuevamente en su razón para morir. La vida hay que vivirla precisamente porque no hay razones para ello; se trata de una rebelión metafísica que se actualiza en cada instante. La filosofía de la rebelión de Albert Camus no sólo se mueve a través del mito de Sísifo, sino también a través  del mito de Prometeo, el héroe encadenado de la rebelión que “mantiene, bajo el rayo y el trueno divinos, su fe tranquila en el hombre” y es “más duro que su roca y más paciente que su buitre”.

    El suicidio no puede ser la salida al absurdo, ya sea el suicidio corporal que elimina la conciencia, ya sea el suicidio moral del hombre con el sometimiento al absoluto irracional, llámese este Dios o Historia o moral colectiva. En lugar del suicidio, la rebelión. En lugar del suicidio lógico como respuesta al absurdo, la rebelión creadora que instaura una norma metafísica para equilibrar el delirio histórico. En el espectáculo desgarrador del mundo (guerras, enfermedades incurables, tragedias individuales y colectivas, un rompimiento amoroso, la falta de alimento, la miseria, la soledad), en el sentimiento de absurdidad y en el pensamiento del suicidio, Camus descubre la rebelión, la libertad y la pasión. Es en la contemplación de mi propia muerte como posibilidad que descubro mi rebelión, mi libertad y mi pasión. En Breviario de podredumbre, Cioran escribe a propósito de la autodestrucción como posibilidad: “hemos adquirido la conciencia de nuestra libertad, somos dueños de una resolución un tanto más atractiva cuanto que no la ponemos en práctica. Nos hace soportar todos los días y, más aún, las noches: ya no somos pobres, ni oprimidos por la adversidad: disponemos de recursos supremos. Y aunque no los explotásemos nunca, y acabásemos en la expiración tradicional, hubiéramos tenido un tesoro en nuestros abandonos: ¿hay mayor riqueza que el suicidio que cada cual lleva en sí?” Esa ética del hombre rebelde que se opone al suicidio Camus la encontró, al igual que Cioran, en la creación artística.

    El 4 de enero de 1960, Albert Camus murió en un accidente automovilístico a la edad de 47 años. Había muerto un hombre rebelde que dejaba huella en la imaginación y en la conciencia moral y política de toda una generación, se había ido el escritor humanista que durante toda su vida se negó a participar en la falsa retórica de la época. Tres días después de su muerte, Sartre publicó un artículo sobre este gran artista, con el que había mantenido una larga polémica y una gran amistad. Cito algunas líneas de ese artículo: “Llamo escándalo al accidente que mató a Camus, porque hace aparecer, en el seno del mundo humano, lo absurdo de nuestras exigencias más profundas. A los 20 años, atacado de pronto por una enfermedad que trastornaba su vida, Camus descubrió el absurdo: negación estúpida del hombre. Se fue acostumbrando a él, pensó su condición insoportable, salió del paso. Podría creerse, no obstante, que sólo sus primeras obras dicen la verdad de su vida, ya que este enfermo que recobró la salud había de ser aplastado por una muerte imprevisible y venida de fuera. El absurdo sería, pues, esa pregunta que ya nadie le hace, y que él ya no hace a nadie; este silencio que ni siquiera es ya un silencio, que ya no es absolutamente nada (…). En la medida en que el humanismo de Camus contiene una actitud humana ante la muerte que había de sorprenderlo, en la medida en que su búsqueda orgullosa de la felicidad suponía y reclamaba la necesidad inhumana de morir, reconocemos en esta obra y en la vida que no es separable de ella, el intento puro y victorioso de un hombre que luchó por rescatar cada instante de su existencia al dominio de su muerte futura.” Quien ha pensado en el suicidio está capacitado para expropiar cada instante de su existencia al dominio de esa muerte venidera que lo tomará por sorpresa y no de otra forma; para ser má duro que su roca y más paciente que su buitre.


    Escrito por Eduardo Sabugal

    Es maestro en Lengua y Literatura por la Universidad de la Américas. Ha publicado en revista y suplementos. En 2003 obtuvo la beca Foescap para jóvenes creadores. En 2010 la Secretaria de Cultura de Puebla le publicó su primer libro “Involuciones”.

  • Crítica 147

    La “Crítica” 147, febrero-marzo, es imperdible. Publicamos un poema inédito de Xavier Villaurrutía. Además un ensayo de Paul Valéry y un cuento de Enrique Serna. También nos acompaña Gabriel Bernal Granados, Eduardo Sabugal, Mario Eraso, Gerardo Villanueva, Ingrid Valencia, Adolfo Castañón, Federico Vite, Gabriel Wolfson, entre otros de nuestros autores ¡A disfrutar! 

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    SUMARIO:

    Antonio Fonda SavioEttore Schimitz 3

    Juan Soros

    El lugar del disenso 10

    Paul Valéry

    El porvenir de la literatura 16

    Eduardo Sabugal

    Albert Camus y el suicidio 21

    Gerardo Villanueva

    Tres poemas 29

    Gabriel Bernal Granados

    De donde se desprende que uno es la suma total del universo 31

    Óscar Ricardo Muñoz Cano

    Un cuento frustrado causa mal aliento 46

    Xavier Villarrutia

    Poema 51

    Enrique Serna

    Drama del honor 54

    Mario Eraso

    Escribir es multiplicar sombras 87

    Héctor Iván González

    Dos Poemas 96

    Raquel Aguilar

    Un amor como el café 102

    Alejandro Ferrero

    Causa de la noche 107

    Ingrid ValenciaCuatro Poemas 125

    Adolfo Castañón

    Octavio, querido Octavio 129

    Julio César Félix

    Dos poemas 144

    Magali Velasco Vargas

    Hermenéutica del miedo 147

    Iván Vázquez

    Tres poemas 156

    Federico Vite

    Dolce far niente 158

    Felipe Vázquez

    Literatura de la literatura 163

    Gabriel Wolfson

    La fiesta problemática 166

    Vicente Francisco Torres

    La muerte de Montaigne 173

    Alejandro Badillo

    Mirar hacia adentro 177

    Daniel Bencomo

    Lecciones de teratofilia 183

    Manuel de J. Jiménez

    Viajes de la nueva poesía mexicana 186

     

  • Verde Shanghai de Cristina Rivera Garza

    La caja verde de Cristina por Eduardo Sabugal

    …esta vida, tal como la has vivido y estás viviendo, la tendrás que vivir otra vez, otras infinitas veces; y no habrá en ella nada nuevo, sino que cada dolor y cada placer y cada pensamiento y suspiro y todo lo indeciblemente pequeño y grande de tu vida te llegará de nuevo, y todo en el mismo orden de sucesión, también esta araña y este claro de luna entre los árboles, y este instante, y yo mismo. El eterno reloj de arena de la existencia es dado la vuelta una y otra vez, ¡y tú con él, polvillo de polvo!

    F. Nietzsche

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  • Carolina Grau de Carlos Fuentes

    El octaedro onírico por Eduardo Sabugal

    La estructura del libro cruza los ocho cuentos en historias independientes que sin embargo no pueden ser leídas como autónomas, pues constituyen un juego de espejos, un recorrido por ocho pasajes en una suerte de sueño paradójico o lúcido, en donde mediante la problematización de la identidad de Carolina Grau Fuentes consigue un fuerte efecto de irrealidad al tiempo que de autoexplicación narratológica, especie de partenogénesis autorial y narrativa. read more