Eduardo Sabugal

  • Faraónica | Por Eduardo Sabugal

    There she goes again, con la caricia psicodélica de sus ojos envenenados, con la seda en sus piernas, la mirada altiva y faraónica, vampiriza cool peinada como Ana Karina. Ella otra vez, recordándome el paraíso perdido, la Eva doliente que falta, la lasciva trampa de los puentes. Ella otra vez, hecha sólo para mirarse, como en un retrovisor, desde los minaretes dérmicos; Eurídice de la prehistoria sexual, te veo llegar así, con tus botas de equitación, montando caballos atonales. Caminas y regresas, bellísima, aterradora, regresas con tu guerra distorsionada, ácidamente retro. Otra vez en la calle; eres ella, siempre ella, mi mujer fatal preferida. Sabes que el mundo se convierte en una mancha de aceite danzando en mis ojos cuando caminas así. Aquí vienes, tú otra vez, con tu fleco enmarcando tus ojos de fiera. Tu lunar, pintado a la Marilyn, con un pincel comprado en Francia, pretarantinesco, irresistible. Regresas, para hacer el performance de ti misma y posar para las fotos. Una cara, un libro, faraónicamente nombrable. Tú eres Ella, reterritorializada en aspirinas blancas como el cisne de Leda, antirituales, ridículas como un plátano sobre fondo blanco. Eres la de siempre, la que vuela como pájaro, y huye en la calle, reinventada en las madrugadas cholultecas bajo el cielo negro y anónimo. Bajo eras estelares que se forman deformándose. Las cortinas de terciopelo con sus pliegues barrocos, la bolsa roja con un manuscrito jamás hallado, tu ipod siempre ausente, nuestros intercambios mínimos, tan en otro idioma, tan sin nosotros. Caminas en mis 33 revoluciones, y aprendes a surfear rápido, los giros no te aburren, tu belleza de actriz tampoco. Ella eres tú, vienes otra vez para hablarme del op art en un espacio asesinado, delante de un cañón que escupe fotones como perlas de whisky, vienes otra vez, para dejarte rozar la mejilla. Vienes hacia acá, negándote al vino piramidal, escapándote siempre, gran escapista del Vous, más mujer por fatal, más fatal por mujer. Te leo, te respiro, en tus mensajes que suenan en la pantalla verde, en los encefalogramas del miedo, y mi deseo crece con tu regreso. Pero es mentira que vienes, siempre caminas, andas como diva, sobre las piedras de vidrio que incendian los campos elíseos, pero tu andar nuca te trae. También son mentira tus labios perfectos, besables y fríos, tan diosa, tan mujer, tan fatal, aquí vienes, otra vez. Y yo te vuelvo a mirar hipnotizado como si mirara la re-encarnación de Nico.

    Texto exclu­sivo de la ver­sión dig­i­tal de esta revista.


     Escrito por Eduardo Sabugal

    (Puebla, Puebla 1977)

    Es escritor de cuento y ensayo. Mae­stro en Lengua y Lit­er­atura His­panoamer­i­cana. En 2010 la Sec­re­taria de Cul­tura del Estado de Puebla pub­licó su primer libro de cuen­tos Involu­ciones. Su segundo libro Liq­uida­ciones se pub­licó en el 2012 en el fondo edi­to­r­ial Tierra Aden­tro (CONACULTA). Ha sido ganador de la Beca Estatal FOESCAP, FONCA y PECDA. Es pro­duc­tor de radio, cat­e­drático uni­ver­si­tario y colab­o­rador de la Revista Crítica, edi­tada por la BUAP.

  • Tierras insólitas de Luis Jorge Boone | Por Eduardo Sabugal

    Un tránsito entre dos tierras

     

    Luis Jorge Boone, Tierras insólitas, Almadía, México, 2013, 214 p.

    En un cuento de Horacio Quiroga titulado “El ocaso”, al hablar del destino de un personaje se dice que “No vio o no pudo ver su camino de Damasco”; después, aquel hombre terminará enfrentándose a un extraño fenómeno de doppelgänger en relación a una mujer. Al margen de aquel cuento y de aquel hombre, resulta interesante recuperar el concepto “camino de Damasco”. La Biblia refiere que, justo en ese camino, Saulo (perseguidor de los cristianos) experimentó un suceso sobrenatural en el cual sufrió una conversión que lo dejó ciego tres días y le cambió definitivamente la vida. Dicho suceso lo hizo transformarse en Pablo, el futuro apóstol de Jesucristo. De ser perseguidor se convirtió en perseguido. Así, los personajes de los cuentos fantásticos suelen experimentar su propio camino de Damasco, que suele ocurrir de múltiples formas. En Tierras insólitas, ese camino –ese pasaje o ese puente– permite justamente hacer que los habitantes de una realidad (una diégesis, una dimensión) sean trasladados a otra mediante la imaginación, el sueño, el deseo, la culpa, la obsesión o la magia.

    tierrasinsolitasEl reto de un cuento fantástico no es tanto describir lo insolitus sino configurar un rito de paso, un camino hacia lo insolitus y narrar ese deslizamiento, ese viaje o vaivén entre lo insólito y lo no insólito. Una de las virtudes del escritor de cuento fantástico es la capacidad para descubrir un tránsito entre dos tierras (la lógica, habitual y firme) y la insólita que, según su etimología latina, designa algo raro y extraño, y al mismo tiempo algo desacostumbrado. Romper lo cotidiano, lo acostumbrado, lo habitual y familiar, para volverse otra cosa. Lo siniestro en Freud no es algo ajeno y extraño en sí mismo, sino que es lo familiar, lo ya conocido, convertido en extraño.  En ese sentido, el transitar hacia tierras insólitas, hacer el camino de Damasco, deberá entenderse no sólo como una aventura hacia lo desconocido sino como un extrañamiento.

    Son diecisiete cuentos los que conforman esta antología. De ellos, no todos escapan al lugar común y muchos desembocan en lo anecdótico banalizado, recurriendo a temas o imágenes sacados de la televisión o del cine de terror y de ciencia ficción. Aunque podría haber cierto interés en ver cómo dialogan esos cuentos con soportes no literarios, terminan por aburrir al apelar a un imaginario colectivo saturado de viajeros en el tiempo, reencarnaciones, demonios, vampiros, monstruos, dragones y fantasmas. En algunos de ellos se cree que basta con decir lo sobrenatural o imposible, en lugar de pensarlo o problematizarlo. Casi siempre las tierras insólitas recreadas en este libro tienen que ver con pares de opuestos a partir de tierras conocidas; así tenemos: Vigilia/Sueño, Vida/Muerte, Visible/Invisible, Humano/Inhumano, etc. Sin embargo, dichas oposiciones han terminado por reducirse en fórmulas demasiado utilizadas en la historia de la literatura fantástica.

    Por lo demás, el descuido del lenguaje en algunos de los cuentos convierte las tramas en ocurrencias contadas al vuelo o con un tono equívoco. Sin embargo se cuecen aparte seis cuentos que, además de su calidad literaria, consiguen “expandir los lindes del cuento fantástico” y logran “hacer honor a un género laberíntico”, como escribe Luis Jorge Boone en la nota previa que abre el volumen.

    En “Mogo”, de Alberto Chimal, la capacidad de traslado hacia otra tierra insólita ocurre mediante el sencillo gesto infantil de cerrar los ojos: en los ojos cerrados existe otro mundo. El cuento contrapone el territorio del recinto familiar al de la calle y el de la ceguera lúcida al de la videncia cotidiana. El tono sencillo y la focalización desde el personaje niño, además de hacer interesante el cuento, encubren temas profundos como el de la incomprensión de los adultos hacia los niños  y el del abuso infantil (el personaje siniestro de Mogo somete y maltrata a los niños). ¿Por qué cierran los ojos algunos niños? Chimal parece contestarnos fantásticamente sin renunciar a la denuncia de un hecho cruel y alarmante para la sociedad.

    En “Carne”, de Omegar Martínez, hay una eficacia narrativa que demuestra que la brevedad puede ser más contundente que la verborrea que opera por acumulación. Lo pornográfico y la tecnología tejen la patología de un excelente simulacro. Obsesión de pantalla, explorada inteligentemente, para crear la sensación de irrealidad o de realidad imposible. Fatal como una película de David Lynch, el cuento se resuelve justo al final, obligando al lector a rebobinar los acontecimientos y a explicarse algo desde la lógica de otro territorio.

    En “El jardín interior” de Luis Jorge Boone, resuena Kafka y sus odradek, pero también los doppelgänger malignos que resucitan de un pasado para seguir acosando a un violonchelista hospedado en un viejo departamento atiborrado de secretos. Una puta de nombre Praga, un muro que es al mismo tiempo una ventana, el satanismo de la música, un entorno solitario y decadente, conforman este cuento redondo, construido con un gran manejo del lenguaje y de voces, un cuento simétrico y dionisiaco, como un jardín interior.

    En “Regalos”, de César Silva Márquez, los libros son la frontera fantasmal entre dos terrenos aparentemente incomunicados. Los lomos de los libros, el diálogo epistolar abandonado entre sus hojas, lo inconcluso del diálogo entre los amantes más allá de la muerte, se imponen sutilmente poco a poco en una atmósfera hogareña, cotidiana. En este cuento se olfatea el cigarro de un difunto que regresa a la parte preferida de su librero y una cita velada a esa Leonor que nunca más podrá ver el hombre atormentado. Los libros como anclas y pasaportes, amurallando el contacto con los otros.

    “Mar de la tranquilidad, océano de las tormentas”, de Bernardo Esquinca, explora de forma fantástica el suicidio, la esquizofrenia y la locura, dotándolos de otra realidad. El cambio de paralaje le permite a Esquinca dimensionar la ausencia, el no-ser, y reducir a bocetos borrosos el lado visible de las cosas. Las metáforas visuales (telescopio de voyeur y de astrónomo) construyen narrativamente un camino a Damasco en donde el lado oscuro de la luna ejerce una influencia insospechada para que opere un cambio, una transformación. Un par de hermanos gemelos y un astronauta pintor contrapuntean la obsesión por contar que Esquinca y su narrador despliega conforme avanza el cuento. Aunque no aparece la palabra lunático, está siempre presente en el delineado del personaje.  Aquí no hay monstruos ni vampiros, ni navegantes de aguas oníricas, aquí sólo se insinúa (y por eso es mucho más eficaz) aquello que quizás existe en el lado oculto de la luna y que telepáticamente emite comunicaciones con la Tierra. Lo fantástico aquí es humano, demasiado humano: Armstrong, el primer hombre en alunizar, tal vez nunca regresó pero sabe secretamente lo que se sabe en la oscuridad.  ¿Somos acaso una plaga contenida en un planeta? ¿Algo o alguien aguarda en el lado oculto de nuestro satélite natural? Los intentos de la carrera espacial de la raza humana son leídos casi como apuntes pictóricos en la mente de un loco y, al mismo tiempo, como metáforas de nuestra incertidumbre imaginativa y conspirativa.

    La misma profundidad, que proviene de pensar el lado oscuro de la luna, aparece en “Atrapar una sombra”, de Francisco José Amparán, en donde un hombre posee un extraño don metafísico para leer las sombras, don que esconde una maldición.  Lo interesante de este cuento es que aquí las sombras no son demoniacas ni metafóricas, son simplemente lo que sabemos que son (un efecto de la interrupción de una fuente de luz) pero vistas desde otro sitio: nuevo cambio de paralaje. Pablo, la sombra de Saulo. Las ventajas y desventajas de saber descifrar las sombras son, en el protagonista, hechos narrados casi de forma neutral. Sin embargo, advertimos en el narrador en primera persona una lógica mental digna de algún personaje de Allan Poe. El conflicto aparece con una urgencia, la de atrapar la sombra de una mujer. Esta empresa se impone como tarea obsesiva y lunática en la mente insólita del hombre.

    Queda hecho el llamado para entrar en el camino hacia estas Tierras insólitas. Dependerá de los lectores juzgar si, en efecto, las piezas que conforman esta antología logran renovar los moldes de la tradición de esa larga y rica genealogía de la literatura fantástica.

        Texto apare­cido en la edi­ción 156 de la revista Crítica.


    Escrito por Eduardo Sabugal

     

    (Puebla, Puebla 1977)

    Es escritor de cuento y ensayo. Mae­stro en Lengua y Lit­er­atura His­panoamer­i­cana. En 2010 la Sec­re­taria de Cul­tura del Estado de Puebla pub­licó su primer libro de cuen­tos Involu­ciones. Su segundo libro Liq­uida­ciones se pub­licó en el 2012 en el fondo edi­to­r­ial Tierra Aden­tro (CONACULTA). Ha sido ganador de la Beca Estatal FOESCAP, FONCA y PECDA. Es pro­duc­tor de radio, cat­e­drático uni­ver­si­tario y colab­o­rador de la Revista Crítica, edi­tada por la BUAP.

  • Diamante | Por Eduardo Sabugal

    Un hombre saluda a otro, ambos se estrechan la mano. El instante está detenido. Desde este lugar, podemos contemplar las naves industriales que hay detrás de ellos, el espacio limpio, casi blanco que los rodea. Ambos portan traje, y parecen salidos de una sala de juntas. El de la derecha ha empezado a incendiarse, en una suerte de combustión permanente, oculta, muy parecida a la locura. Envuelto en flamas no deja de tenderle la mano al otro hombre. Cuántas veces, sin sospecharlo, le hemos dado la mano así a otro, a un incendiado de la mente. Acaso un fresco en el muro de una iglesia, una mazorca morada sobre una copa rota, la lágrima en la mejilla de una pasajera que mira por la ventana, un vidrio enterrado en la planta del pie; cosas así, que anuncian la pradera anaranjada del fuego. En este estrecharse las manos hay algo que aún no podemos ver, a pesar de nuestra posición privilegiada. Algo que se nos escapa, un trazo de insecto en el aire, dibujando el día de nuestra muerte; el diamante brillando dentro de un puño, la semilla etérea de Eróstrato. Miramos a los encendidos bajo un cono celeste, en su diálogo inconcluso, en sus brillos quitinosos y nocturnos, pero es como si no pudiéramos verlos de verdad. Como si una simulación parecida al canto de las sirenas, nos impidiera llegar a la sustancia de su gesto corporal. Coreografía congelada, abrazo, amenaza, saludo, pacto, los antebrazos de los hombres se tensan hasta el agotamiento, los pies marcan una ligera apertura del compás. Una alcantarilla muy cerca de los dos, reconstruye un espacio residual; seguramente escurrirán por ahí las palabras que no se dijeron, las pavorosas cenizas de sus ideas incendiarias, arrastradas por una lluvia ácida. El polvo diamantino de su espiral cerebral, esparcido como polvo galáctico, aspirado por el fuego solar. Al amanecer, el hombre incendiado se irá con las astillas lunares. Como la mayoría de los encendidos, sin comprender nada; ardiendo en los tiempos esculpidos, brillando con su loco diamante, acaso presintiendo algo en los cuartos oscuros, en las mil y un posiciones fetales. Y al irse dejará un círculo de ceniza, dibujando su propio mutismo en una rueda cifrada. Las revoluciones escritas, las liquidaciones venideras, las acrobacias ineditas, todo se confabula ya en este fotograma que dibuja su ausencia definitiva.

    Texto exclu­sivo de la ver­sión dig­i­tal de esta revista.


    Escrito por Eduardo Sabugal

    (Puebla, Puebla 1977)

    Es escritor de cuento y ensayo. Maestro en Lengua y Literatura Hispanoamericana. En 2010 la Secretaria de Cultura del Estado de Puebla publicó su primer libro de cuentos Involuciones. Su segundo libro Liquidaciones se publicó en el 2012 en el fondo editorial Tierra Adentro (CONACULTA). Ha sido ganador de la Beca Estatal FOESCAP, FONCA y PECDA. Es productor de radio, catedrático universitario y colaborador de la Revista Crítica, editada por la BUAP.

  • Sobre el litoral | Por Eduardo Sabugal

    banksy_flowersI

    El que esté libre de culpa que dispare el primer gansito marinela, así rezaba un epígrafe en la primera hoja de una tesis escrita por un muchacho que dicen, estudiaba en la UAM Xochimilco, un tal Rafael Guillén, que después se puso un pasamontañas y un sobrenombre, Marcos. Subcomandante, dicen. Había una evocación o invocación a esa escena de lapidación bíblica, ¿quién sería María de Magdala? ¿Cuál el vidrio roto? Urbino imaginaba un vidrio roto por una pedrada. Una piedra que rodaba y rodaba y que Sísifo mantenía en vilo. Como un esténcil de Banksy en donde un ramo de flores remplazaba una bomba molotov, el mismo gesto de lanzamiento y tensión, petrificado. Una inmutabilidad fingida, porque esa piedra, o lo que simbolizara esa piedra, en el fondo era imposible de detener. El vidrio esperaba, como una lagartija tomando el sol sobre el enladrillado, y podríamos no verlo romperse ahora, pero tarde o temprano ocurriría. Las cosas hechas para romperse nunca fallaban. Quizá eran impuntuales pero nunca fallaban. Las astillas saltarían, el río correría, el ventanal de un café se haría añicos, como esta tela de araña casi transparente en donde Urbino se detenía como una mosca, como un simulador de lo inmutable. Inmutabilidad siempre simulada, añorada. Había que disparar el primer dardo mineral a nuestra María de Magdala ficticia, pero acaso sólo ella, sólo la propia mujer apedreada podría apedrearse. Loop de espejo enfermo, bucle autorreferencial. Urbino imaginó dos Marías, una que apedreaba y una que era apedreada; una que veía alarmada caer los trozos de vidrio sobre su mesa de café y otra que se tensaba como arco en mitad de la calle, para tomar una piedra en su puño y romper el ventanal de un café ¿Cómo se llamaría ese café? ¿Cómo escribir esa escena? ¿Quién la diría? ¿Se podría filmar? La tierra de Magdala era toda la tierra, un mundo emputecido, un litoral que fronterizaba la piel. María era su piel, la frontera litoral de la piel, el estallido dérmico de la propia silueta. Urbino meditaba como un rumiante y él mismo quería ser piedra, transgredir el litoral del lenguaje, de nuestra conciencia, de nuestra clase social, el litoral de litorales. Ese café en donde ella leía y fumaba y tomaba un té chai o algo así, seguramente se llamaría Litoral. La escena se escribía, mentalmente Urbino rotulaba el vidrio biselado de la ventana frontal del café, que daba a una calle en donde había árboles y una lengua de asfalto desierta, el rótulo decía Café Litoral. Pero Litoral le sonaba a clitoral, dudó. Si escribía la escena ¿quién la rodaría, quién la filmaría? ¿Quién produciría esa escena en caso de que siguiera escribiéndose? ¿Quién dispararía el primer gansito? Habría que encontrar una actriz como Eva Green, una Eva de una paraíso verde, fumando y leyendo un libro de Zizek, un mantel verde, una bocanada, un ventanal en donde se leería el rótulo curvilíneo con el nombre del café. Se llegaba inevitablemente a este litoral, se llegaba espacial o temporalmente a él. Magdala era confort y aroma a té chai y meseros solícitos; pero también era la calle con autos surcando la estabilidad, con lluvia, con adoquines, con asfalto rocoso. La piedra en la mano de la mujer, habría que filmar eso, rodar eso, pensó. Pero quién, cómo, dónde ¿quién podría interpretar a Eva, la clitoral, la lapidada? Casi cuestiones de paralaje o de paisaje o paisanaje. Urbino escribía, pensaba la escena pero afuera no había subcomandantes ya, ni lapidarios, ni libres de culpa, y la única piedra a la mano parecía invisible ¿cómo filmar, cómo meter en un guión una hermosa mano de mujer empuñando la invisibilidad? Urbino quería verse a sí mismo, quería romperse, quería querer. Las piedras que reposaban afuera del café esperaban pacientemente, como fogatas minerales, la mano de Eva verde, de Eva roja.

    II

    Cigarrera de los años sesenta, encendedor negro, un mantel verde con rombos blancos, cosas así, props que se requerían para construir una simulación higiénica e inocente. La vanidad del reflejo debería ser rota. Prevenidos, sonido, cámara, acción, palabras así. Adoquines verbales también, habría que hacerlos saltar. Ella estacionó el sedan 68 enfrente del Café litoral, bajó del auto. Miró directamente al objetivo de la cámara, y en ese momento alguien gritó que había que repetir la toma, no podía mirar así la cámara. Le dijeron que mirara de soslayo. De nuevo la vimos descender del sedan, caminar, acomodarse la boina roja. La actriz se miró en el reflejo del café, se acomodó el vestido porque se sintió gorda o alguna arruga del vestido la incomodó, entonces alguien volvió a gritar que había que repetir la toma, no era posible que la actriz se estuviera acomodando así el vestido. El gritón era el director, que cumplía a conciencia su rol aprendido en la escuela. Urbino se sintió un intruso entre tanta metodología, un perfecto imbécil, que asistía al ritual de eso llamado rodaje, a la repetición de la mentira. Urbino sintió asco por el cine, ¿eso era el cine? Un hombre dirigiendo sin tacto ni emoción a una mujer que no era Eva ni era lanzadora profesional de piedras. Mentir, fabular, sin duda era esto, y se parecía mucho a las imágenes de los indignados del mundo que observaba por televisión. Había indignación pero las cosas seguían idénticas, nadie se politizaba, todos se decían apartidistas, los capitales que controlaban todo seguían y seguirían intactos, todo mundo actuaba desde su papel de director caprichoso, pero nadie iba ahí y tiraba de verdad una roca sobre la autocomplacencia. Él mismo se sentía un farsante, ayudando a cargar cosas, comprar vidrios que serían rotos a propósito, gritar corre sonido, corre cámara, acción. Él también era un farsante, un idiota. Haber participado en la escritura de esa historia, en la creación de los decorados y el vestuario, había sido un acto vil, como toda esa simulación. La palabra acción en el cine era como en la política, un canto de sirena, un señuelo, una antinomia y todos quedaban muy contentos cuando la toma estaba lista. Era una simulación de la acción, pero no era nunca una acción de verdad. Un señuelo que adormecía y aniquilaba cualquier otra forma de pronunciar la palabra acción. Qué acción ni que la chingada, dijo Urbino, y se puso a contemplar aburrido lo que el resto del crew hacía, ya sin intentar entender esta escena en donde una mujer arrojaría una piedra contra una falsa ventana de un falso café. Como no habían pedido permiso a las “autoridades competentes” para realizar aquel rodaje, los transeúntes pajareaban las tomas, y la calle estaba abierta a la circulación, había autos que cruzaban por la calle y que no sólo impedían la filmación sino que la obstaculizaban, pues se detenían a curiosear y a mirar lascivamente y piropear a la actriz, que vestía un vestidito entallado color azul Klein y una boina roja. Urbino comenzó también a estorbar, y no se atrevía a decirles algo a los demás, que obedecían estúpidamente al que hacía las veces de director. Como lo veían justamente callado, sin decir mucho, lo pusieron a la mitad de la calle, para que “echara aguas” cuando un auto doblara en la esquina. Urbino aceptó indignamente esa tarea y miraba la esquina por donde cada cierto intervalo de tiempo un rebaño de autos avanzaba hacia la escena que había que proteger. Un hermoso rebaño de gente anónima, indiferente al cine y a su propia vida, construido de láminas y motores que circulaban hacia la actriz, el sonidista, la fotógrafa y el director. Urbino decía, espérense, ya, ahorita, rápido, cuidado, y decía esas palabras con pereza, como un sacerdote que repite desganado palabras durante un rito convertido en hábito y finalmente en rutina incoherente.

    III

    Habría que escribir unas noventa historias fragmentarias, delirios narrativos, cortos, inconexos, que a lo mejor pudieran decir esto que sentía y que un cortometraje no podría hacerlo, ninguna metáfora con piedras podría lograr y ningún simulacro escrito o rodado, podría agotar. Urbino comenzó a caminar despacio sin que nadie se percatara de que se alejaba del sitio. Dejó el rodaje a sus espaldas, siguió caminando en medio de la calle, como si él fuera el personaje interpretado por la bella mujer lanza piedras. Dejó de escuchar los gritos del director, que seguía dando indicaciones a la actriz, que a su vez lo miraba aburrida. El rótulo del café litoral parecía de verdad, pero no lo era, el cine era eso, justo como ese rótulo ahora también dejado a sus espaldas. Una realidad demasiado programada como para ser verdadera, un falseamiento que no incidía ya sobre lo real. En la calle no pasaban cosas extraordinarias, como decía un tal Efraín, sino simplemente autos, y perros que orinaban las puertas y los arbustos enrejados de las banquetas rotas. Urbino, fastidiado, siguió avanzando por la calle, cruzó esquinas y semáforos, esquivó autos. Se detuvo en el límite de una gran avenida, y se recargó junto a una caseta de periódicos. Todo le pareció como visto detrás de un vidrio empañado, un vapor que salía de las coladeras, una gran bocanada de cigarro escupida en los ojos. Las cosas se desdibujaban, perdían realidad y eran vistas como detrás de una veladura. Repentinamente el asfalto de la avenida, con sus arbolillos amarillentos del camellón, se empezó a resquebrajar, los autos y microbuses que circulaban sobre la avenida también se ladeaban exageradamente hacia los lados, pero no terminaban por volcarse. Era como si hubieran jalado una alfombra. Urbino pensó en un terremoto, pero todo sucedía como en un sueño, la gente en los comercios no se espantaba, seguían discutiendo sobre sus negocios y sus vidas como si nada pasara, tomando refrescos y cervezas en los mostradores, trapeando y barriendo los escalones en las entradas de sus casas; seguían albureándose, diciendo lo que escuchaban en la televisión, guardando libretas y revistas en sus mochilas, limpiando sus autos con franelas húmedas. Pero Urbino sabía que el rodaje había terminado, vio abrirse la tierra y el cielo. Una inmensa rasgadura, producto de quién sabe qué impacto, hacía que todo se descuadrara. Era imposible estar a cuadro. Sintió miedo, se estremeció sólo unos segundos, después una masa gigantesca, que coreaba consignas, terminó por romper la gran avenida. También se rompieron las cornisas de los edificios, las nubes como de utilería fijas en el cielo ceniciento, los cajeros automáticos llenos de basura en el piso, las fondas olorosas a cochambre, las tiendas de abarrotes, de cajas de cartón, de refacciones automotrices, de ropa, de artículos de limpieza, de ultramarinos. Los grandes espectaculares y las casetas telefónicas fueron sacudidos como juguetes en una maqueta, arrancados de tajo. Un viejo sedan se partió como un gajo de naranja, una boina roja rodó sobre el asfalto aun oliendo a perfume. Urbino contempló ya sin tiempo, cómo se cuarteaba el tiempo viejo, el perímetro de las cosas y las palabras con las que eran nombradas. Finalmente entendió algo, antes del fin, antes de que él mismo también se rasgara y cuarteara. La gran piedra final había llegado, y las dimensiones de su rodar y de su impacto eran misteriosas e imposibles de escribir o filmar. María, como el resto de los extras, no estaba libre de culpa, pero todos eran ahora esa mujer lapidada. Urbino era la urbe y era también la propia causa de su muerte. El hombre, la mujer, libres de culpa ya. La piedra precisa. Lo lanzado y lo roto en trayectoria circular. Legendaria sentencia bíblica, renovada y mentirosa. Causas y efectos al mismo tiempo, sobre un litoral rebasado.


    Escrito por: Eduardo Sabugal

    (Puebla, Puebla 1977). Es escritor de poesía, cuento y ensayo. Maestro en Lengua y Literatura Hispanoamericana, por la UDLA Puebla. En 2010 publicó su primer libro de cuentos “Involuciones” en la serie narrativa en la colección la letra digital, de la Secretaria de Cultura del Estado de Puebla. Su segundo libro de cuentos “Liquidaciones” se publicó en el 2012 en el fondo editorial Tierra Adentro (CONACULTA). Ha sido ganador de la Beca Estatal FOESCAP dentro del área de literatura en el género de cuento. En el 2009 en la categoría de Creadores mayores de 30 años, y de la Beca Estatal FONCA 2003 para Jóvenes Creadores en el área de literatura. Actualmente goza de la beca PECDA 2013, en el área de literatura en el género de ensayo literario. Es catedrático universitario y colaborador de la Revista Crítica, editada por la BUAP.

  • Liquidaciones de Eduardo Sabugal

    Una lucha que no termina

    Eduardo Sabugal, Liquidaciones, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012, 88 p.

     

    Me gusta pensar que el acto de creación literaria está estrechamente vinculado a una lucha, un forcejeo con temas y estructuras, pero también con formas y atmósferas. Un género que refleja muy bien este proceso es el cuento: cada nueva historia es un nuevo principio y una oportunidad para enfrentar una idea y estética distintas. Incluso autores como Edgar Allan Poe, famoso por sus cuentos sombríos y sus atmósferas nebulosas, se dio tiempo para abordar el humor, la parodia e, incluso, la fantasía científica. La lucha en un cuento tiene varias implicaciones: heterogeneidad que a veces es vista como un defecto en lugar de virtud; estilos distintos que, para algunos, es signo de indecisión o de mero bosquejo cuando, en realidad, es una muestra de la búsqueda de nuevos retos desde cero. Maurice Blanchot, en De Kafka a Kafka, refiere que si el escritor no encuentra obstáculos es porque no ha dejado el punto de partida. La condición volátil del cuento, la cuidadosa selección de elementos y herramientas a utilizarse hacen que el trayecto esté sembrado de riesgos que, indefectiblemente, conducen a una escritura que forcejea con el error y el acierto; lo contenido y lo exacerbado. read more

  • La fuente de la inopia por Eduardo Sabugal

    I

    No sabe que más allá del barrio de Santiago hay una figura con alas que lo espera pacientemente como una enredadera, ni sabe que su futuro está tatuándose poco a poco en este instante en el que piensa en ella; no intuye siquiera que los acontecimientos se están inscribiendo como manchas dactilares en un pergamino de miel. Mateo no sabe que ya le están poniendo a correr la liebre mecánica más allá de los recovecos de la sala imperial de la voluntad y más allá también de la imaginación que le devora y le dicta los métodos para disfrazar sus deseos. Galgo absurdamente lento sentado aquí bajo el ladrillado y delante de su botella de cerveza. Sus dedos reciben el frío vidrioso de la cerveza y sus ojos se pierden allá en la puerta centenaria y en la iglesia de Santiago, mientras aquí en el porche los hombres no hablan sino con gestos etílicos, como aprendidos en una mímica ancestral y remota, teatro viril del cansancio indigente. Franqueado por esos dos abandonos, el del borracho anegado en su silla y el del tiempo que corrompe, que lacera con sus signos de piedra. Mira aquella puerta, confín de un imperio reducido, desvalida entre tanta cosa nueva y fútil, árboles miserables e intrusos, un corral satírico en forma de parque para tanta sangre y tanta voz guardada bajo la tierra. El bar le comunica la-fuente-de-la-inopialo contrario de lo que perciben sus dedos en la botella de vidrio, es como si esa mesa de metal y ese espejo sucio sobre la barra le marcasen un inicio, un lugar de origen, para tanta serpiente de humo que su conciencia ha comenzado a disparar mucho más allá de esas calles y este tiempo. Ignora que el ojo de Santiago regaba con agua sulfurosa una galera  roja en donde escurría desde una viga la sangre de los toros asesinados en la noche. No sabe que la silla que ocupa era la perspectiva secreta de un cholulteca que intercambió cuatro solares por una muerte. Y tampoco sabe nada si estira el ovillo hacia el otro extremo, no imagina siquiera el corte que hará para intentar sacar a Susana de un estanque agitado de sueños. Está ahí, comiendo habas y garbanzos, planeando oscuramente un regalo mientras en su garganta pasa el fermento acuoso de cuatrocientos granos de cebada; digiriendo un aroma a lúpulo, está muy a su pesar cayendo en las tretas de la proyección. Y la noche zumba un galope de carretas o de cascos lodosos, escurre el hálito sonoro entre alamedas borradas, eco imposible que emana de la noche y de los muros viejos. Y el eco se reduce a un susurro imperceptible en este ángulo, como si esta esquina a donde Mateo ha llegado, fuera una invisible rasgadura en el cuadro, un intersticio que el pintor ha olvidado y en donde la pintura impregna los dos lados de la tela. Ha caminado hasta aquí después de pagar las cervezas y atravesar la calle, ahora con la convicción de su empresa voltea como para despedirse de la luz del porche, de las mesas metálicas, pequeño óleo luminoso en la manta negra que sostiene la luna. Ha emprendido una fuga horizontal en una calle de arbolitos que desemboca en un punto de fuga empobrecido, atenuado por el alumbrado escaso que se empina como cuellos de gansos verdes sobre la calle olorosa a grasa. El caminar se hace rápido a pesar de la densidad de la penumbra y de los fortísimos olores de los molotes y las quesadillas, de los esquites que arden en despostilladas ollas de peltre azul. Se entretiene mirando los dragones de humo que revolotean sobre los anafres, las diminutas luciérnagas rojas que se esconden en el carbón, las sombras, las ventanas. Espera poder encontrar a Raimundo en su guarida y pedirle que sea el guardián y el testigo de su complicado cometido. Detrás de las cortinas, la luz hace que Mateo alcance a ver la ventana de la casa en una suerte de descubrimiento dichoso. Enmarcado por una herrumbrosa cornisa, el cristal en el muro es un alveolo luminoso. Ella ha cambiado de posición en el sofá de rayas negras y blancas, Lucía tiene apoyado el libro sobre sus muslos, sigue la lectura con una dificultad focal, la vista cansada transfiere el cansancio a todo el cuerpo que se ovilla en el sofá cebra, Raimundo fuma y la ve y no puede dejar de pensar el cómico parecido de Lucía con la posición del Chac Mool. Hace unas horas, en el encierro de sus cuerpos, en el ingrávido periplo del deseo, ninguno de los dos pensaba en estas horas en donde Eros los ha dejado después del crujir de labios, embrutecidos y amodorrados en la aporía de la noche y en la caricia tenue y lenta del tiempo. El tabaco en la boca de Raimundo y las letras torcidas en los ojos de Lucía sólo son dos conchas marinas ancladas en el silencio arenoso tras la lascivia marítima. En ese remanso Mateo irrumpe con explicaciones enroscadas como caracoles a causa de la urgencia. Los dos amigos escuchan y saben que el caracol se metamorfoseará en carta, en número, en mano abierta y legible como una constelación. Mateo ha dicho ángel, Susana, Catedral; y con esas tres palabras, Raimundo y Lucía han logrado triturar una concha como de sarro y han entendido los surcos en la palma como si fuesen gitanos, han comprendido la figura de la constelación con sólo tres astros y han dejado el cigarro y la cómoda cebra adormilada para salir con Mateo a torear la fortuna que brilla como una cefeida en lo oscuro de la noche. Olvidándosele quizá a Mateo que la fortuna no tiene forma de osamenta arbórea sino de rueda, y olvidándosele también que la policía municipal a esas horas también tiene manera de moverse. Esas formas que tiene la existencia para trocar la corona azarosa de un alce en aplastamiento giratorio, son precisamente las cosas que ignora Mateo y por eso ahora camina junto a dos guardianes que ya miran de lejos la cúpula de ladrillo y azulejos, y más arriba, recortándose en la noche de manchas nubosas, la lintercilla, el globo y la cruz. Los tres ya alcanzan a divisar las moles erguidas de basalto, torres de un templo barroco y neoclásico que albergan como en una hornacina sonora las campanas que hacen ondular el espacio sobre los tejados y tinacos, sobre los tendederos y los postes. Ya les ha explicado él el motivo de la caminata, ya les ha dicho cómo usará el arco y la segueta, y les ha prevenido de los posibles riesgos que merodean la catedral. Raimundo se imagina, sin embargo, que las miradas delatoras podrían venir de las ventanas que tiene el templo, y que en el interior muchos ojos muertos podrían cobrar claridad, imagina el Moisés con la serpiente de metal de Villalpando y le da un temor absurdo. Ahí está ya el imafronte, primero darán un rodeo, caminan mirando los ángeles que miran el cielo y escupen una pobre luz sobre el mundo, los watts que esos focos conceden bastarían para confundir a cualquier parroquiano con Francisco Becerra o a cualquier petrificada escultura con un policía. Caminan por el enverjado de la esquina noroeste del atrio, recorren los noventa y ocho metros para volver a quebrar a la derecha, ahora están mirando la parte trasera de la Iglesia, Mateo señala la próxima esquina y recuerda a Raimundo que esa esquina será su lugar de vigía. Los muros tienen el grosor de conciencias litúrgicas, y las composiciones atroces que cree ver Mateo en la esquina le hacen pensar en otros vigías, en indios descalzos que reptaban por las lenguas de Satán para poder venir a espiar este templo con techo de paja, tiempos en donde las capillas se habían infestado de indios casados y con otras indecencias. Jinetes manieristas descargando ornamentación para el templo amorfo, transformal y vestido de formas. Como si todo ese vestir las formas no fuera otra cosa que el mismo gesto de ensayar una mutilación, espacio infinito para el acto de terminación y consagración, para el suceso repetitivo de la amputación. Lucía hubiera preferido que Mateo robara un vaso de oro de colores que hay en el interior, o las jarras de plata, pero se alegra de su fácil tarea de atalayar desde la esquina poniente hasta donde sus ojos alcancen. Segundo vigía para que el cortador del ángel siga su impulso, Lucía se ha detenido en la banqueta y ha prendido un cigarro, la comunicación será uno o dos silbidos, recuerda que no sabe silbar pero lo mismo le da gritar que aventar una piedra o ponerse a cantar. El ángel de cuerpo entero es idéntico a sus compañeros verduscos que rodean la iglesia, ahí empotrados sobre el enverjado de hierro y bronce. Son sesenta pilastras toscanas que detienen a los querubines y Mateo ha escogido no sabe porqué supersticiones el segundo del tramo largo del oeste, mira la víctima, se imagina la cara de Susana cuando le lleve no la oreja ni el rabo sino todo el cuerpo angelical de esa corrida nocturna. Trepa el enrejado y empuña la segueta como quien alza un cuchillo sobre su propio hijo para el sacrificio, dejará sólo treinta y nueve seres alados custodiando el templo, sabe que esos ángeles tienen algo de profanos, algo de secular, pues los ha puesto ahí el poder burgués de finales del XIX. Comerciantes ociosos piensa Mateo mientras corrige el ritmo de los dientes diminutos que muerden el metal verde de la pata del ángel. El querubín se resiste más de lo que pensaba y sospecha que estas criaturas terrenales son un poco más fuertes que los que están en el interior tocando la flauta en el órgano menor, como si el estar a la intemperie y expuestos al fluir urbano los hubiera hecho más robustos en sus raíces, como si su temple metafísico hubiera recibido más bendiciones por estar sufriendo la cagada de las palomas. Desde luego hubiera sido mejor llevarle la inmaculada en bronce que está en la parte superior del tabernáculo pero ahora no hay opción, la víctima comienza a cojear, sólo es necesario tomarlo de la nuca y doblar el tobillo, la sustitución del serrar por el doblar ha logrado lesionar un poco abajo de la rodilla, ahora esa parte de la extremidad a dejado ver un enorme boquete, agujero bordeado de esquirlas por donde se pueden ver las entrañas de aire del ángel. El cortador vuelve a la segueta, que esta a punto de perder los dientes en la batalla contra el divino aleteo de la escultura verde y negra. Mateo que no soporta ya estar colgado de la pilastra y con los pies en la reja y sin silbidos ni señas de sus guardianes, da una torsión final al empedernido soldado celeste, el resultado es que toda la corporeidad de la figura penda ahora de un delgado hilo de hierro. Es hermoso ver la frágil consistencia del ser ahora, como si de verdad se hubiera humanizado un poco, el tobillo verde sigue intacto adosado a la pilastra y no queda más remedio que llevarle mutilado, vencido, horizontal por vez primera y envuelto en unos trapos. Lucía corta más trozos de sábana para que su amigo se lleve el trofeo bien envuelto, escondido bajo los trapos, amarrado de alas y brazos para que no huya, Mateo ha comenzado a sospechar hasta de la molotera desvelada que lo mira como si fuese un agente secreto del INAH o la reencarnación de Palafox y Mendoza.

     

     

    II

     

    Era el pez de agua que salía de un fruto, era el alambre de óxido que miraba enroscarse en la verja del parque. Era la noche, que trayéndole la sensación olvidada del agua tibia, se le ofrecía ahí para dejarse trenzar en un sólo gesto. Andar, sentir el aire en su fragmentación infinita, era de nuevo distraer el demonio apagado con el inmóvil nocturno que se desgajaba en esa calle y que extendía sus tenazas líquidas más allá, convirtiendo la plaza, aún fuera de su mirada inyectada de vacío, en una arena mutilada, en un rumor de árboles que fermentan lo verde. Y así, sin la promesa de huellas y virando en la esquina para luego cruzar en diagonal el rectángulo de siempre, respira lo inmóvil del rumor, la frescura de las piedras que le comunican un silencio secular, como si esa calle empedrada quisiera contrastar el ronroneo de falsa marea del follaje con el vacío mineral que duerme bajo las fogatas astrales. El parque es un territorio que exorciza la pesada geometría de las camas, un aire con sombra verde. Es la palma que le anuncia la germinación de contornos implacables. El Pachis camina en las grietas de esa palma, bajo el cono de luz de los faros y metiendo el zapato en la laja rectangular erosionada, evitando que la suela invada la frontera entre cuadro y cuadro. Sonríe la nicotina en dientes oscuros, observa la fuente y mira de reojo, con rapidez de siervo a punto de recibir la garra, al cura de metal que no hace nada, héroe fijo en su inercia dorada, como si el empuñar la bandera le permitiera seguirse sosteniendo ahí en las alturas y al mismo tiempo le transmitiera irónicamente esa coloración de atuendos toltecas. No hizo caso a los gritos confusos que manaban de un vehículo repleto de estudiantes; se coloca un caparazón de tortuga para las lanzas inútiles del exterior, voces, griterías, insultos e invitaciones, se doblan en el caparazón y caen como agua sucia bajo sus pies.

    Esta noche también conversará hasta que la lengua se le esconda como una cola de roedor bajo el paladar. Hablará primero en silencio, como cuando salió del hospital y descendió la rampa empedrada, sin voz al principio, tal y como lo hizo cuando su pisada rompió las ramas secas que bordean la pirámide, luego, sin que él mismo lo note, su voz adquirirá volumen y entonces el silencio de Cholula se irá surcando poco a poco con las palabras que salen de su boca. El interlocutor de piedra será el mismo, escucha indiferente, apenas una cabeza que sale de un muro, enorme como la de un toro. Interlocutor nocturno al que el Pachis viene con fiel constancia para platicarle, para regañarle, para descargarle el pesado fango de una conciencia enmarañada en palabras. Vicente T. Mendoza, dice la placa bajo la cabeza. El conversador ignora por completo que las cabezas inmóviles tengan nombres y pretende descubrir los rasgos, las letras doradas en el muro, las aristas del monumento, los rasgos de la cabeza de bronce siguiendo el método de los murciélagos, que lanzan sus ondas sonoras para descubrir los cuerpos sólidos delante de ellos, animales torpes y ciegos, radares inteligentes, así el Pachis husmea la ciudad desde los ecos de su pensamiento. La música nuestra fija la personalidad del mexicano, dice al pie de la cabeza que escucha al hombre mientras el aire se llena de un olor a orín de gato y a basura fermentada, porque a esas horas los basureros siguen repletos y las calles vacías, y porque el mercado está cerca y la putrefacción juega con los vientos a favor y los olfatos caninos que vagabundean por la plaza. En un muro, a la izquierda del hablador, anuncian la lucha libre, es un cartelito azul y blanco pegado en un pilar amarillo que crece y se curvea hasta convertirse en un arco, después ese arco se agranda en la perspectiva multiplicándose asombrosamente. Esta repetición la observa cuando quita la vista de la cabeza que emerge del muro y la clava entonces en la arcada. Cuarenta y cinco arcos ha contado el Pachis una noche, pero ahora no cuenta arcos sino ceremonias, acontecimientos que sólo en su memoria encuentran raíz y final y que en su plática la voz convierte en discursos y transforma las heridas en una lengua audible como los ladridos de Zardoc que avisan que una ambulancia zumba en la distancia o que la lluvia va a comenzar. Los regresos siempre son los más difíciles y hay que dejar la vía del tren o las aceras aledañas al mercado para emprender el viaje que lo regrese a su cama desde donde mira un tronco negro cansado de hacer nudos en la inclinación del terreno. Todavía podrá ir por ahí, tomarse una cerveza en ese lugar en donde hay vacíos y mesas, luego tendrá que retornar. Como un escarabajo que empuja su bola de excremento, caparazón que en la indiferencia quitinosa repite en espejo convexo los breves segmentos de la luz lunar. Sísifo empujando su amasijo nocturno, como un odio ancestral rodando en el derrumbe histórico, como el esfuerzo de mula serrana. Sedimentación lenta al ascender por la rampa, y se pregunta entonces el escarabajo si esa madrugada de sueño también disolverá la bola de mierda, la esférica recolección de errores y estrellas. Intuye ya el cerrojo, la droga que lo dejará sin las ramas elaboradas esa noche, el momento de la paz y el vaso con agua, el botón blanco en la lengua y el trago que firma la alianza de Morfeo con Guadalupe para quitarle el lodo del tiempo. Pacto secreto en ese círculo diminuto sobre su lengua en donde está bailando, en calidad de blanca y farmacéutica ofrenda para la patrona, una flor de adormidera. Y se tenderá en su cama, afuera habrá otros caminando en el patio, él escuchará sus ruidos. Y se irá quedando dormido mientras recuerda lo que ha dicho su voz y su mente. Mañana saldrá de nuevo con el canto de los grillos y el azul de la tarde, cruzará las rejas y bajará la rampa, se hallará de nuevo en el parque como si el mundo todo fuera otra vez el párpado de adán.

     

     

    III

     

    Cree ver en la esquina del bar Reforma una imagen ya vista, y entonces su memoria comienza a fraguar sus ingredientes esféricos. Imágenes torcidas en su propia claridad que adquirirán la fuerza de una luz matutina en el muro de cal. Mira en la banqueta a un anciano que hace estandartes, y en el piso, como si se tratase de un perro, contempla un reloj de arena. El Pachis sabe que no hay que hacerle caso al relojero deshabitado y tras regañar a la imagen, envuelve sus pasos en voluntariosa marcha en dirección de la fuente. Observa la arcada enorme que aparece delante de sí, y sonríe agregando el arco de su dentada amarillenta. En la esquina contraria un hombre abraza un bulto de trapos y se asombra de que alguien hable con el vacío, cree ver una especie de díptico de marfil, mostrando los horrores del discurso. Ha visto atravesar al loco en dirección de la fuente y no piensa en otra cosa que no sea su fracaso rotundo, en su ofrenda frustrada, en la partida de Susana. Antes bastaban las farolas de aguarrás para identificar el final de una calle y el comienzo de una sombra, de un encuentro, de un peligro; bastaban los huacales protectores para que los árboles, aislados del comercio terrestre, se mantuvieran independientes y exentos de las manos que mezclan. No podían existir laberintos en donde todo era trazo de avenida, camino certero, entidades claras y distintas. Ahora todo es vaso comunicante, homogeneidad pegajosa que impide diferencias, una calle ya no termina ni empieza sino que fluye oscuramente en las ramificaciones de piedra, en los olores densos, en las figuras humanas que unen con una bicicleta un arbusto y una banca de piedra. Vasos comunicantes, red continua en la aparente discontinuidad que se adhiere como una mosca al sucio y opaco cristal de la ciudad. Mateo mira una chimenea diminuta color plateada pegada a un cilindro que avanza lentamente sobre cuatro ruedas de hule, luego atraviesa la calle y se interna en el parque. El camotero conoce a el Pachis y le vende el dulce por tres almendras. No le obsequia el dulce porque sabe cuánto estima el Pachis los intercambios y sabe también que en esa cavidad, detrás de los ojos ausentes hay una ceremonia casi ritual y que la compra venta adquiere ahí en ese paraje lejano una dignidad de infantil regocijo. El dulcero también intuye que la numismática y la nigromancia se emparentan ocultamente más allá de estos suelos. Luego el silbato en nota sostenida, se extiende como un lamento, y asciende en el aire lentamente como calcando en la espesura de la hora, otros silbatos y otras noches. Alejándose cada vez más de la espalda del Eremita, el carrito metálico avanza con su pequeña combustión interna, dejando en el hueco callejero esquirlas diminutas de carbón y un borrador ya de silbido que empujan al Eremita a su desértica degustación del camote y a la pasividad de lo inaudible. El cortador del ángel ha ido a buscar las manos para quien cortó una esbelta figura celestial pero ella no ha estado en donde debería estar. Con la flor en la mano, y casi recién cortada, el hombre siente una espina abriéndole la palma de la mano, no sabe ya que hacer con su vano regalo. Siente que esa amputación clandestina sólo fue una máscara de su cotidiana estupidez, de su esterilidad cotidiana. La angustia le hace saber con certeza que el horrible tobillo de metal sobre la pilastra, allá lejos, en aquella catedral, será ahora un oscuro signo de la absurdidad que envuelve todo cuanto existe para él. No alcanza ya a comprender los verbos, y si dice cortar se remite a la desnudez de lo cortado. Mateo camina como abrazando a un niño cobijado contra el frío, en sus brazos transporta el verde querubín inútil bajo los trapos. Ya no sabría decir en dónde parece más aterrador e inhumano, si en la serie de figuras que hacía ronda sobre la reja o en la ceguera impuesta por el manto ocultador. Cree ver a un hombre que se maravilla ante la noche inmensa que comienza ya a destilar sus gotas de inercia, de maña y de rito. Y en verdad se maravillaba de la cristalización del tubérculo y del intercambio feliz que él cree que se realiza con tres almendras que saca del bolsillo convencido de que son monedas. Había visto a ese hombre otras veces, unas noches como limosnero absorto detrás de las mesas de los cafés que se extienden a lo largo de los arcos, otras como una silueta de oso empinándose sobre los matorrales de la plaza; lo había escuchado hablar con un reloj pulsera inexistente en una noche de tabaco, lo había visto bailar mirando los mosaicos veteados en aquel lugar de música electrónica, y lo había visto darle de comer a Zardoc, el perro que duerme en la acera del Reforma, fiel a su dueño. Deja de ver esa cara, repara ahora en los mecates que amarran la tela de su envoltorio. A esa hora del fracaso era indistinto cualquier rostro, le daba la impresión de haber podido entrar en ese momento en un salón de espejos y no reconocer ningún rasgo, ninguna facción. Tenía la opaca certidumbre, la evidente puñalada consciente, de saber que el único rostro existente en ese pulsar sanguíneo y nocturno era de metal verdusco, angelical y envuelto en retazos de sábana. El envoltorio parecía adquirir la categoría de tesoro devaluado, de decapitación auspiciada y olvidada. Creía ver una guillotina de aire elevada sobre esa plaza, sobre ese sucio parquecito, sobre ese hombre que come un camote inclinado sobre sus propios movimientos convulsos, una cuchilla cortando la tensión engendrada sobre la arcada y sobre las copas de los laureles de la india que parapetaban la iglesia, amarilla e inerte en su indiferencia ante el rodar de mil cabezas irreconocibles, confusión de amputaciones temporales y matéricas, como las bolsas de plástico que llegaban impulsadas por el aire a cubrir las mojoneras de la calle Hidalgo y a pegarse en los pies de la fuente de la inopia después de haber sorteado en el aire los arbustos. Esa fuente como ruina de un centro, como desvalido gesto de conservación axial, círculo intermedio entre Juárez y el cura inmóvil. Mateo aguantaba mal el crecimiento tortuoso de su envoltorio, como si de verdad una hinchazón angelical fuera a desenvolver los trapos y mediante una reveladora presencia inexpugnable fuera de un golpe a descubrir la miseria de todo San Pedro. El Pachis camina con restos de dulce en la boca, y se dirige al habitual monumento, a su rutinario coloquio con aquel perfil humano que nunca se mueve de su disminuido muro. Ahora no le habla de frente, le esta gritando cosas en la nuca, pero la nuca es una plancha gris y plana. Se sostiene con manos negras de mugre en aquella nuca obscena que le reprime un grito de coraje, ya no hay rostro que reciba la oración pagana de hoy. Inofensivo, amputado de razón, no sabe que puede dar tres pasos y rodear el monumento y así hacer nacer de nuevo la figura a la que diario le habla. No puede distinguir esa horrible pared lisa de lo que el cree que es un valle de escuchas y se esfuerza y se enfurece por el engaño. Más allá en el centro del corredor, bajo las vigas de madera podrida, un hombre está sentado con un montón de trapos a su costado, el Pachis lo observa intrigado, mirando con atención lo que reposa junto a las piernas del desconocido, luego ve como este se levanta sosteniendo su carga y se dirige al corazón de la plaza; entonces lo sigue cautelosamente y lo ve saltar la ligera muralla de arbustos que circundan la fuente. El Pachis se ha detenido con temor en el primer arco y contempla al desconocido que en estos instantes está metiendo el bulto que trae en las manos en el agua turbia de la fuente. Mateo observa dos, tres burbujas de aire ascender a la superficie y luego el temblar de las ondas en la piel de agua dibujando círculos concéntricos que van desapareciendo poco a poco. Mira la figura momificada en tela y fácilmente hundida ahí en lo profundo de la fuente, luego huye de ahí antes de que alguien se percate del ahogo llevado a cabo por esas manos destructoras. Las aporías de todos los discursos vienen a concentrarse en este ahogo oculto, como un segundo acto del ultraje primero, como si ahora, después del cortar y ocultar, el ahogo profundo fuera la última estación de una noche hecha para la destrucción y la muerte. Asesino fortuito, Mateo no sabe que es lo que realmente se ha muerto con ese regalo inconcluso, con esa ofrenda camuflada en el sinsentido del desperdicio; piensa amargamente que aún habiendo entregado la ofrenda a Susana, las cosas no serían muy distintas. La zona peatonal por donde Mateo emprende la retirada le recuerda el sillón cebrado de sus amigos, comprende entonces lo rotundo de las empresas tontas, se avergüenza por la solidaridad y encuentra cruelmente estúpido la alternancia de la chillante línea amarilla con el negro del asfalto, como si en esa simultaneidad de colores estuviera mirando alternativamente el robo del querubín y el ahogo del sentido. Ahora camina por una acera que le hará alejarse para siempre de sus propias verdades sacrificiales. Al saltar los arbustos, el Pachis ha caído de bruces en el pasto con olor a excremento de perro, se ha levantado rápidamente como quien es perseguido, de hecho está volteando hacia atrás para comprobar si alguien lo persigue, como para verificar si una mano enemiga lo ha empujado para hacerlo caer en la alfombra infecta del césped. Nerviosamente mete las manos en busca del tesoro, encuentra el bulto de trapos húmedos, sonríe al contacto frío del agua, después el universo entero se ha convertido para él en una dádiva siniestra en la que se escurre la memoria de su infancia y la conciencia de todos sus demonios, exorcizados mentirosamente con su propia risa. Y así, riéndose, columpiándose como orangután recompensado, cargando y repartiendo mal el peso del ángel, este hombre siente que ha entrado en un lugar del que lo habían expulsado, en una sala amplia llena de melocotones y peras, en un abismo de arena vidriosa. La noche raquítica después del desangre es una reliquia que no comunica ya nada, y sin embargo entra en la frescura vegetal al pie de la pirámide y se empaña en los vidrios de los camiones de redilas inertes junto al mercado, sube por las tejas y techumbres para entrar en los sueños de gárgolas adosados a muros color marrón. Sugiere las plegarias y los suicidios, tensa las líneas de fuerza que flotan sobre las calles y los edificios. Es una noche ignota como la de ayer y como la de mañana, que se introduce en la memoria como un remordimiento en un confesionario. Con un rumor lento y pausado, con nubes rotas, desarmonizadas aquí y allá, formando un cielo de tonos azules para hacer apenas visible la silueta del ángel, que reposa en la ventana, aún escurriendo gotas grises; perfil oscuro que nace en una celda por la gracia de la luz lunar que está alumbrando los traspatios y los mosaicos del hospital. Noche como desvencijada galera en el naufragio de la lengua y de la razón, en donde una fuente es el oráculo secreto que anuncia ahogos y flotaciones. Un círculo de agua en el centro de un parque como ruina de una voluntad y como signo de un sórdido emperramiento vital después del diluvio. El cortador del ángel imita lo que corta y entra sin saberlo en un impulso de muerte, sin resistencia, sin intentar salvar algo en el naufragio. Arropado con la presencia de lo que encuentra en su propia prisión, el embrutecido ya no sabe si la noche es la otredad haciéndose juez o si es la prolongación de su conciencia que reclama el crecimiento de sus trepadoras incansables; la elaboración de un discurso, justo ahí, al pie de su ventana en donde el nuevo escucha tiene alas y gotea el agua de la inopia. Incendiada la mapoteca ya no hay psicogeografía posible y él ya no sabe si está imaginando o mirando en una fuente una serie de ondas acuáticas en donde está a punto de nacer algo o de sumergirse en la infinita concavidad de la conciencia. Feliz y exhausto, este profeta experimenta la metamorfosis de lo sacro, como si el barroco aleteo hasta su ventana lo estuviera revistiendo de un atuendo dichoso. El Pachis custodia la novedad que como emergida de un lago divino, ha imantado a los demás. Da órdenes a los que esperan en el pasillo, para que entren uno por uno a ese santuario de mosaicos rosas y paredes de cal, algunos han subido de inmediato, en cuanto el eremita entró y subió la escalera abrazando eso. Otros se han congregado poco a poco, olvidando sus recorridos sistemáticos, alzando la vista hacia el cuarto del horrendo sin tiempo, asumiendo lentamente la génesis de algo que se les escurre en ese mismo instante como si se tratase de una excrecencia involuntaria, una lluvia sucia que bajara invisiblemente por las tejas de barro y se metiera en sus cuerpos, en sus resonancias mentales. Sacerdote con gestos de chimpancé administra la contemplación solicitada como una curación, imita con una infinita sonrisa el gesto médico de la dotación de calmantes. En sus muecas podridas hay algo de liturgia y de clínica, como si en su proceder ceremonioso estuviera consagrando un ídolo o llamando torpemente huestes remotas para que cubran los muros potentes y las rejas herrumbrosas, que ahora parecen más oxidadas al compararse con la carne misma de la hierofanía recién llegada. El recinto tan rectangular en el encierro no conoce estas formas que adquiere la procesión. La arquitectura parece desencajar en este nuevo espacio creado con sustancias desconocidas, como si de pronto las ventanas con sus protecciones, las macetas grises y las columnas bajo la escalera, estuvieran borrándose imperceptiblemente en un desierto arenoso y lleno de bultos informes que juegan, en sus escondites, a ser anacoretas mutilados. Insuficiente piedra para tanto templo que ya está edificándose secretamente en los terrenos de la inconsciencia. Recargado bajo el dintel de la puerta de su celda ha visto ojos vidriosos que lo miran de una forma distinta. Sus palmas barnizadas de mugre, cuarteadas de arrugas reciben los cilindros delgados de papel blanco. Las tiene extendidas ante sí y mira sus manos absorto, como intentando encontrar ahí algún signo pero su mente no puede detenerse en esa escena orgánica, baladí y extraña; vuelve rápidamente a su aturdimiento inicial, a su devoción que comienza a enroscarse en una figura verdosa. Empuña en esas manos cenizas los cigarrillos que le dan esos paseantes errantes, recibe el tabaco indiferentemente y sus dientes, al sonreír, salen del pergamino de su rostro como piedras mal puestas. Abolidas las señas de identidad  para el juicio y la cárcel, en este ojo líquido que repite el gesto más antiguo del mundo dentro de los límites circulares; nociones que antes hacían de brújula en el valle autárquico finalmente son abolidas, no para ser suprimidas sino para ser cargadas como cadáveres, por siempre y en todos los caminos, como una culpabilidad que no cesa de repetirse aún en la noche de la liberación. Los árboles no cesan de juntar sus altas ramas y el oleaje del follaje baja poco a poco su rumor para que la noche resucite entonces en muros manchados de moho y en adoquines perdidos bajo los pasos de un hombre.


    Escrito por Eduardo Sabugal

    Es maestro en Lengua y Literatura por la Universidad de la Américas. Ha publicado en revista y suplementos. En 2003 obtuvo la beca Foescap para jóvenes creadores. En 2010 la Secretaria de Cultura de Puebla le publicó su primer libro “Involuciones”.

  • Crítica 155

    Critica-155En el número 155 de nuestra revista nos acompañan escritores como Ernesto Lumbreras, Francisco Serratos, Efraín Bartolomé, Raúl Renán, Eduardo Sabugal, Pedro Serrano, Josú Landa, Gabriel Wolfson, Alberto Chimal, Alejandro Badillo, Daniel Bencomo, entre otros.

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  • La mujer de los macacos de Alejandro Badillo

    Del obstinato al amaestramiento

     

    Alejandro Badillo, La mujer de los macacos, Libros Magenta / Secretaría de Cultura del Distrito Federal, México, 2012, 125 p.

     

    Reminiscencias de Salvador Elizondo: su detención minuciosa a la hora de construir una escena, contemplación aletargada casi hasta el hartazgo, de pintor maniático, de ojo que no puede dar saltos sino recorrer, como un buen amante, la piel de las cosas, lentamente, en una dilatación no sólo temporal sino espacial. El tormento que hay en El hipogeo secreto y en Farabeuf se parece al tormento que experimenta un enfermo obsesivo-compulsivo.

    En la novela de Alejandro Badillo, el obstinato aparece como estrategia y no como recurso. El sillón, las pastillas, la mesita de luz, el agua, aquella mujer de los macacos, aquel chico repartidor de folletos, sus vestimentas, constituyen un itinerario mínimo, de claustrofobia mental, escasas impresiones de un obsesivo.

    Detrás del cuadro de Renoir, una grieta, pero detrás de esa grieta otra grieta. Escribir como un ilusionista, un pintor artrítico, al que le pesa sostener el pincel, y sin embargo pinta, odiando la oscuridad en su tela, un pintor que, queriendo pintar luz, paradójicamente pinta oscuridad. Por eso, parece decirnos, hay que rasgar, zanjar químicamente el cerebro. Rasgando la tela, el muro, la realidad, encontramos al espectador voyerista, rasgando la superficie textual encontramos un escribir sin escritor que nos requiere, que nos obliga a ser cómplices y obstinados u obsesivos compulsivos también, como él, como ellos.

    AB_La_mujer_de_los_macacosLa estrategia de Badillo, o mejor dicho, del narrador que él inventa, intenta conjurar la erosión del mundo en nuestra memoria, al tiempo que en Blumfeld se desmorona. Escribe: “Pero era casi imposible recobrar la memoria y entonces sentía rabia, pero no por las cosas olvidadas sino por los eventos desapercibidos en su vida, las palabras que nadie recordaría, casi infinitas, que no significaban nada.”

    La tarea del personaje, que él mismo se ha impuesto, parece inmensa y absurda, pero la del narrador también. Blumfeld y el narrador dibujan dos procesos, dos devenires problemáticos. Y aquí Badillo también recupera lo kafkiano. Antes de extenderle su último cheque a Blumfeld, le dicen: “por eso vamos a prescindir de usted, vamos a despedirlo”.

    Un jubilado, un desempleado, es también un constructo kafkiano, como la figura de su solterón o de su animalesco Gregorio Samsa. El hombre kafkiano siempre está despedido, han prescindido de él, como el inútil, el loco, el enfermo, el extraño. Ese centro que parece buscar desesperadamente Kafka (a través de sus atmósferas y personajes) es para no sucumbir al tiempo, a la contingencia, a la lengua, la raza, la posición social, el mundo ajeno, que le recuerdan que es anormal. Blumfeld es kafkiano porque se haya dentro de un aplazamiento: él mismo es un aplazamiento. Una espera en el tiempo para cobrarse una suerte de revancha.

    El contrato entre el devenir Blumfeld y el devenir narrador, devenir lector y devenir escritor, es el mismo contrato que hay entre la mirada obstinada del viejo obsesivo y la realidad mirada, la enfermedad contraída o la contracción de la enfermedad, enfermedad contractual. Que se extiende indeterminadamente en su cumplimiento, como una deuda que no se paga, un plazo que no se cumple. Aplazamiento ilimitado, como el kafkiano, de tribunal inepto, cruel, infinito.

    Ya Deleuze, en Crítica y Clínica, ha hecho ver, respecto a Masoch, la relación de reversibilidad entre amaestrado y amaestrador. En La mujer de los macacos, el demonio que posee a Blumfeld, la enfermedad que lo acosa e invade, de ser amaestradora, termina siendo amaestrada por un delirio, el nuestro que es el de Blumfeld, que es el del narrador, que es el de Badillo.

    En ese delirio, Blumfeld lucha, no enjuicia. El juicio se ha perdido o al menos suspendido, y sólo queda un cálculo de posibilidades para amaestrar los demonios, un ojo-cerebro impresionista que juega una partida sin rival, sin límite espacial o temporal, y peor aún, sin reglas del juego.

    Pero si la enfermedad no es proceso sino detención del proceso, la enfermedad de Blumfeld no dibuja ninguna trayectoria sino que la hace ilegible (su pasado, la construcción de algo así como una biografía) y el delirio de la escritura deviene en tanto logra romper esa detención o estancamiento. He ahí el motor saludable del suspenso en La mujer de los macacos. Blumfeld detiene el torrente lingüístico, Badillo con su narrador lo anima, hay una lucha, una resistencia en ambos, que termina por ser precepción temporal en el lector. El cuerpo no se convierte en insecto kafkiano pero sí en escenografía, y con él, el lenguaje también.

    El narrador dice:

    “pero no podía haber exactitud en las cosas porque la mente vagaba trastocada por el tiempo” pag.28.

    Y más adelante:

    “Los días parecen un sesgo en el tiempo, una cesura, hasta que algún evento le da cuerda al reloj y avanza el tiempo” pág. 81

    Detención y avance. En la novela no se dice, pero estoy casi seguro que las pastillas de Blumfeld eran de Clomipramina. Pensando como cierto esto, incidir en la sintaxis de sus recuerdos no debe ser tan distinto a una posible alteración del neurotransmisor llamado serotonina.

    La mujer de los macacos es un trayecto y un devenir escritos con farmacopea. Trayecto de la memoria, que termina siendo olvido; y devenir de un hombre masa (Blasé) en hombre errante (flâneur) hasta desaparecerlo.

    Los objetos son también indicios. No sabemos en qué momento un objeto se puede convertir en el último residuo del mundo; el vaso de agua, la bata con los macacos, la gorra o el folleto del chico repartidor. La realidad hecha añicos como ese folleto. Fragmentos, patch-work. Las relaciones entre las piezas, que se van armando en la mirada y la imaginación de Blumfeld (los edificios blancos, la bata de la mujer, una jeringa, el vestíbulo del hotel, la pintura de Renoir, el cuerpo de Aurora) no son interiores a un todo, en este caso una novela. Sino que más bien es el todo, la novela en construcción, que resulta de las relaciones exteriores de todas esas piezas. El todo se hace un devenir inacabado de las piezas. Nosotros inventamos las relaciones, a partir de nuestro paralaje patológico (empatado con el de Blumfeld), sobre un telón de fondo de sin sentido. La enfermedad de Blumfeld es la del escritor, hacedor de haces de relaciones con puntos (punzadas) aislados.

    También creo reconocer ecos de Maurice Blanchot. Hablarse por teléfono a sí mismo. Hablarse al hogar cuando uno no está. No es una metáfora, es un acontecimiento verdadero, pero como todo acontecimiento, se desvanecerá, será tan solo una interpretación de un acontecimiento y no el acontecimiento mismo. La escena que construye Badillo al final de la novela es contundente, Blumfeld se escucha a sí mismo, se habla a sí mismo, cuando cree que el otro le escucha. Diálogo imposible.

    Actividad cartográfica del nómada, ir de hotel en hotel, porque los picotazos de la obsesión que recibe Blumfeld no importan en sí mismos, sino que apuntan una trayectoria, un origen, un destino. Nos obliga a preguntarnos hacia dónde llevarán esos nuevos picotazos. Más que una Casa tomada cortazariana, el departamento de Blumfeld es un lugar vacío, imposible de habitar ya. Estamos ante un judío errante que busca de grieta en grieta un emplazamiento ya irremediablemente postergado. Fenómeno de casilla vacía. Blumfeld, como una pieza de ajedrez enferma y poderosa, ensancha el tablero en el que se mueve.

    La otredad es parte del mapa imposible, sólo una posibilidad y ni siquiera muy cierta. Badillo escribe:

    “El silencioso duelo también lo había sorprendido y entonces el encuentro de los dos sería un descuido, una acción fortuita para la cual ninguno de los dos estaba preparado y, en consecuencia, era difícil prever el siguiente movimiento.”

    La obsesión de Blumfeld es interminable, como la verdadera y auténtica escritura que se articula mediante rumiaciones que lo convierten a uno en un trazo borroso. Y al decir “uno”, se traiciona gramaticalmente el sujeto en el que recae la acción, pues decir “uno” aquí, siempre es decir dos o decir nadie, nada. Decir dos, el que está por tomar sus pastillas y el que ya las tomó, el que está por asomarse por la mirilla de la puerta y el que ya se asomó. El hombre que tose en el trabajo y el jubilado despedido. El huésped de hotel y el inquilino añejo. El amante de Aurora y el enfermo sin cuerpo. Un goteo que trabaja en dos mesas acústicas, la del viejo insomne y la del joven paranoico. Decir nada, una vaga conciencia que rumia pensamientos siempre falsos:  “La imagen que evocaba, entonces, era una trampa, un punto ciego.”

    Cuántas cosas nos unen aún a los otros, a la pretendida sanidad. El nombre de Aurora es una vaga referencia a ese “otro” de verdad, que nos toca y tocamos (muy diferente al status de la mujer de los macacos y el chico de gorra). Blumfeld parece aún tener un ligero contacto con el exterior gracias a ella, pero ese contacto es indefinido, sus diálogos siempre truncos. La función de Aurora, psiquiátrica y dramáticamente, es problemática también. Hay que entenderla en relación al concepto de dosis, como la de un fármaco o una cómplice. Aurora proyectada, no identificada. Agente beatífico de un rescate que nunca llega, como la Ángela de Alejandro Meneses. Un exorcismo imposible, en suma, como el de la escritura, eco de Maurice Blanchot. Al final, nunca sabremos si esa Aurora existe bajo el chorro de agua o si es un espejismo tautológico más en el laberinto cerebral del pobre Blumfeld.

    La paradoja sostiene la diégesis. Un arma que cura al herir, un genio atrapado en la botella, un niño creciendo en el árbol, un hombre obsesivo condenado en su propio enfrascamiento, en su propia escalada arbórea, su herida invisible. Y la figura de la paradoja es también el preso en su habitación en donde las cosas laten malignamente: vaso de agua, buró, cama. Las cosas se vengan de ser percibidas. La bata de los macacos termina siendo un doble reflexivo del hombre obsesivo. La mirilla de las puertas de los cuartos de hotel, como ojos vacíos, son interrogantes.

    La novela de Alejandro Badillo, escrita con un estilo ya maduro, me deja meditando sobre la maldita necesidad de autoexiliarse en un hotel, de ser otro. Acaso de volverse imperceptible. Nos recuerda que la memoria es una arena movediza, una trampa, y el cerebro mismo con sus intercambios químicos, también es una trampa donde se inventa un pasado siempre incierto. La manera impresionista de narrar de Badillo, su paciencia de iluminista, me deja esa sensación de que ya está todo hecho polvo o, mejor dicho, deshecho en polvo.

     

    Texto publicado en la edición 154 de Crítica


    Escrito por Eduardo Sabugal

    Es maestro en Lengua y Literatura por la Universidad de la Américas. Ha publicado en revista y suplementos. En 2003 obtuvo la beca Foescap para jóvenes creadores. En 2010 la Secretaria de Cultura de Puebla le publicó su primer libro “Involuciones”.

  • Crítica 154

    Revista-154

    Además de Juan Villoro, en el número más reciente de “Crítica”, mayo—junio, número 154, han sido publicados Matías Serra Bradford, Josu Landa, Leonarda Rivera, León Félix Batista, Felipe Vázquez, José Aníbal campos, Víctor Armando Cruz, Daniel Bencomo, Samuel Putman, Hugo César Moreno, Rocío Cerón, Rubén Gil, Balam Rodrigo, Félix Terrones, Álvaro Luquín, Rafael Mendoza y, en la sección de libros “La vigilia de la aldea” Luis Vicente de Aguinaga, Héctor M. Sánchez, Gregorio Cervantes, Ángel Ortuño, Alejandro Badillo, Miguel Hernández, Eduardo Sabugal y Silvia Eugenia Castillero.

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  • La voz de un escritor que no conocí

    Alejandro Meneses

    Alejandro Meneses

    La fuerza de un hombre que no sabe qué hacer con su vida, hallada en sacos llenos de conchas y maderas podridas. Eso sentí cuando conocí la cuentística de Alejandro Meneses. Contundente, nada complaciente, cuidadosa del ritmo, del torrente lingüístico, de frases cortas que transmiten, como en los mejores cuentistas norteamericanos, un impulso efectivo debajo de cosas y decorados aparentemente anodinos. Prosa hecha con una respiración dolorosa, que recuerda las bocanadas desesperadas de un boxeador, de un moribundo en busca de aire. No conocí a Meneses y no lo había leído. Hace muy poco tuve por fin sus libros gracias a Enrique Pimentel, que me los prestó. Lo leí rápido, concentrado, en poco tiempo. La sensación fue abrumadora: había ahí un pathos difícil de hacer callar, pero que no era fácil de ubicar o describir. Pathos, una pasión y una patología. Una voz incómoda. La voz de un escritor que no conocía y que, sin embargo, había vivido aquí, en esta misma ciudad. Una voz como salida de una botella pero que al final, al chocar contra las cosas y los hechos, termina reduciéndose a un susurro, un susurro como de insecto detrás del mundo. Y recurro a la imagen de los insectos porque la fuerza de la prosa en Meneses es larval o larvaria; hay que irla a buscar detrás de las cosas sólidas y visibles, detrás de las cosas dichas. En sus cuentos, más que la historia o los personajes, importa la atmósfera, la envoltura poética y decadente; pero bajo ese mareo general de la atmósfera está lo que realmente interesa, esa voz susurrada que es la médula de sus cuentos, lo que realmente anima la escritura de Meneses. Como si debajo de la prosa se alojara otra prosa. read more