Eduardo Sabugal

  • El idioma materno de Fabio Morábito | Por Eduardo Sabugal

    Tras las huellas de Fabio Morábito

    Fabio Morábito, El idioma materno, Sexto Piso, México, 2014, 180 p.

    No hay pues poemas truncos. En cambio, toda la prosa, en un sentido, es inconclusa.
    F.Morábito.

    Para Fabio Morábito un poeta es alguien que escucha, calibra y fracasa. Escribir poemas es como abrir furtivamente, pacientemente, todo tipo de cerraduras. Y escribir cuentos es como pedir permiso para seguir escribiendo, es decir, seguir viviendo. El trabajo del escritor, para Morábito, es el de alguien que en la madrugada, cuando todos duermen, asecha, roba y protege. read more

  • Calor enlatado | Por Eduardo Sabugal

    (Web)

    Despierto con los brazos llenos de etiquetas y con dos monitores que proyectan mi rostro lleno de insectos. En mi cuarto se escucha una voz femenina que anuncia enlatados a mitad de precio en el departamento de conservas. read more

  • Faustina de Mario González Suárez | Por Eduardo Sabugal

    Faustina o el fatalismo de nuestra antropofagia

    Mario González Suárez, Faustina, Era, México, 2013, 114 p.

    De eso está lleno México en la actualidad, de carniceros que venden tacos de todo, había dicho mi papá. Mario González Suárez

    Es difícil pensar un personaje urbano auténticamente mexicano que no remita a la herencia prehispánica que delinea las figuras novelísticas de la segunda mitad del siglo XX y que no nos haga pensar también en el Ixca Cienfuegos de Carlos Fuentes. read more

  • Juana de Arco | Por Eduardo Sabugal

    (Web)

    El hombre enarbolaba una bandera incendiada que le recordaba a una mujer también incendiada en su memoria. read more

  • Eróstrato | Por Eduardo Sabugal

    Ella, al encender el auto recordó dolorosamente el nombre de Eróstrato, el motor ronroneaba y era un sonido que ella controlaba con el acelerador. read more

  • 33 Revoluciones | Por Eduardo Sabugal

    Última danza

     

    Pedirle que comprara una chela, que cantara esa canción, que me tomara tal como yo era, porque en el fondo yo ya no podía seguir así, ni permanecer ahí, en esa ciudad que lo único que me confería era cansancio. Y había que nombrarla de nuevo, esta vez podía llamarse Epicaste o Silvana o Marie Jane, ya no importaba mucho su nombre sino su baile. Su forma de susurrarme cosas al oído, recargados uno contra el otro, como enamorados, apenas tocándonos. Como dos cachorros que se lamen, ajenos a la indiferencia de un mundo en llamas, visto bajo la luminiscencia del sol apocalíptico. Habría que irse hasta un lejano pueblo en Indiana e inventar en sus brazos un tiempo nuevo, dejarla bailar en un rito de anestesia y maniobras eróticas. Esta noche, aquí, contemplando su arete de pluma colgando en su cuello, podría matar de nuevo el dolor y el ennui repetido nauseabundamente hasta el hartazgo. Podría pensar que había resurrecciones así, bailando con ella, aunque pareciera estúpido, aunque nunca perteneciera en verdad a esa masa embriagada, intoxicada y alegre que se movía alrededor de nosotros. Podría detener el dolor mientras los sonidos de traslación hipnotizaran y curaran; y recuperar los tobillos, la mirada, el oleaje quirúrgico de la seducción, mis siete pecados capitales malgastados. Hoy, en este dulce desangrarse, siento la magia de la última danza agónica de la soledad, en el crepúsculo y la caligrafía estelar de Cholula y de Indiana, presiento la necesidad de girar a 33 revoluciones, de detener la involución a tiempo, de convertirme en un escupir letrado tan perecido a la muerte. Debo seguir mi camino, repite un tal Tom, ataviado como doctor o carnicero, y yo le hago caso a ese loco, enciendo el motor, sigo mi camino. Ella me recuerda que esta ciudad llena de contenedores vacíos y perros lunares, ya no tiene sitio para mí. Ella nunca descansa y nunca envejece, siempre regresa con velos que dibujan aleteos eléctricos y se diría que horizontal, cadavérica, parece más viva que yo. Pero yo cada día despierto con un poema de Girondo pegado a los labios, y tengo que arrancármelo con un poco de piel antes de salir a la calle, estoy cansado de dar vueltas, cansado de bajar. Cansado de mí mismo, cansado de ésta ciudad. Antes de dejarla como ofrenda en el mar, el hombre le pinta los labios, y danza con ella, con un vestido de baile, barroco, lleno de pliegues y de polvo; baila con ella como con un maniquí, cualquiera lo acusaría de necrófilo, pero es sólo que vive en un tiempo distinto. Siempre anacrónico, decadente y descontextualizado, tiene que ir a las tumbas de agua, así, como si fuera a una fiesta. En la habitación del hotel ella espiaba a través de la ventana, estaba en ropa interior y yo sentía los labios en carne viva. Afuera hay palomas y charcos, adentro nuestro silencio y una bolsa de plástico. Yo miro el trozo de cartón atado a su pulgar, en donde están anotados con mi letra, su peso, su altura, su nombre, y la fecha de defunción. Ella está muerta, bien muerta ya. Aún así su figura desnuda, recortada contra la luz de la ventana, me conmueve, casi se diría que la muerte no la ha transformado. Hay mucho frío y no tengo ganas de llorar de nuevo, me gasto lo último que tengo, me despido de ella, la meto en la bolsa de plástico, me juego el último número y camino hacia la carretera. Era Mary Jane y fue la última vez que bailé con ella.

    Escrito por Eduardo Sabugal

    (Puebla, Puebla 1977)

    Es escritor de cuento y ensayo. Mae­stro en Lengua y Lit­er­atura His­panoamer­i­cana. En 2010 la Sec­re­taria de Cul­tura del Estado de Puebla pub­licó su primer libro de cuen­tos Involu­ciones. Su segundo libro Liq­uida­ciones se pub­licó en el 2012 en el fondo edi­to­r­ial Tierra Aden­tro (CONACULTA). Ha sido ganador de la Beca Estatal FOESCAP, FONCA y PECDA. Es pro­duc­tor de radio, cat­e­drático uni­ver­si­tario y colab­o­rador de la Revista Crítica, edi­tada por la BUAP.

  • La modelo asesinada de Óscar Collazos | Por Eduardo Sabugal

    La colombianización de la novela negra

    Óscar Collazos, La modelo asesinada, Óceano, México, 2013, 308 p.

    La fama y el dinero, una vez adquiridos, son superiores a la crítica de arte, que es un perrito faldero de la fama y del dinero.
    Óscar Collazos

    Casi todos coinciden en que la novela negra o policial nació en Norteamérica. Y aunque los padres del género se pueden encontrar en Raymond Chandler (El sueño eterno) y Dashiell Hammett (Cosecha roja), habría que remontarnos hasta algunos de los cuentos del mismísimo Edgar Allan Poe para rastrear la genealogía del género negro. Posteriormente el género ha ido ganando terreno y bifurcándose en muchos estilos y formas de abordar el fenómeno del crimen y su posterior investigación. Consolidado el género en las obras de la escritora inglesa Agatha Christie o el británico Arthur Conan Doyle, ganó no sólo respeto y popularidad sino un alto interés desde el punto de vista de la arquitectura narratológica.
    En La modelo asesinada, publicada originalmente en 1999, encontramos una apropiación de la tradición del género negro mediante la regionalización del crimen, actualizando los postulados de la novela policial a un momento histórico preciso de la Colombia de finales del siglo XX. Dicha colombianización de la novela negra es de interés no sólo literario sino sociológico, sobre todo para los lectores mexicanos, quienes llevamos casi una década hablando de la colombianización de México. Fue Hillary Clinton en el 2010 quien advirtió que el problema del narcotráfico en México y la situación en varias zonas del país recordaba a la de Colombia veinte años atrás. El entrecruce de una serie de actores político-sociales, así como una coyuntura histórica específica que tiene que ver con el debilitamiento del Estado y con la disyuntiva de declarar o no abiertamente una guerra contra el crimen organizado, ha hecho hablar polémicamente de la colombianización. Conviene recordar que a partir de la Constitución de 1991 el gobierno colombiano asumió el combate cara a cara contra el narcotráfico, dicho combate y sus secuelas, en tanto política de Estado, ha sido seriamente cuestionado. Es notorio, y de un humor negro sensacional, el hecho de que una mascota (la perra propiedad del periodista Mora) en la novela de Óscar Collazos se llame justamente Constitución y que hacia el final de la novela nos enteremos de que ha sido envenenada. El panorama colombiano es descrito en la novela mediante las palabras de un sabio y anciano expresidente (“en estos tiempos nadie repara en el origen del estiércol del diablo”) y, sin embargo, ese estiércol parece asfixiar todo, extenderse sobre toda la realidad. Narcotráfico coludido con las autoridades, altas esferas del poder corroídas por la corrupción, guardias blancas, paramilitarismo y guerrilla, senadores y empresarios involucrados en el complejo entramado del lavado de dinero y tráfico de armas, etc. Lo interesante de Collazos es que, al utilizar como soporte la novela negra para efectuar una radiografía del Estado fallido y de la podredumbre de la sociedad mediante el poder del dinero, consigue atrapar no sólo a los lectores admiradores de Conan Doyle y Agatha Christie sino también a los interesados en rastrear, de forma testimonial o critica, una documentación (aunque sea ficcional) de una época de decadencia en la que los actores políticos y mediáticos, penetrados por el narcotráfico, jugaron un papel protagónico en el envilecimiento de la sociedad y la destrucción de la paz y la aparente estabilidad. La novela funciona en ese sentido como archivo cuasi-historiográfico y periodístico.
    Es la Colombia de los noventa, pero bien podría ser el México del siglo XXI. La prosa de Collazos tiene un venero sociológico muy interesante, afán retratista, consistente en recrear eso que Jean Baudrillard llamó la cultura del simulacro. No es casual que desde el principio sepamos que el asesinato que tendrá que resolverse (o al menos eso esperamos) sea ejecutado en mitad de un striptease y al mismo tiempo sea visto desde la posición de un voyeur, un mirón con cámara en mano. La seducción de la mirada y de lo que se mira nos convierte en cómplices a todos. La muerte es, ante todo, videograbada. El papel de lo mediático, la hiperrealidad de los formatos, han ocupado también un lugar privilegiado en la muerte de lo real. Los sucesos narrados en la novela de Collazos son contemporáneos de la obsesión televisiva que CNN tenía por contar en vivo la guerra del Golfo Pérsico. Hay una suerte de pornografía de la violencia que impera en el uso que los medios masivos de comunicación hacen de la nota roja, pero paradójicamente, al mismo tiempo, existe la construcción de una muralla informativa respecto a las verdaderas noticias, móviles y causas del crimen organizado, en buena medida porque las empresas que controlan los medios masivos de comunicación también están involucradas en la corrupción que impregna todo el sistema. Collazos escribe: “El cine o la televisión podían llegar al nudo del crimen, pero cine y televisión no eran más que un simulacro de la realidad.” Algo que, por ejemplo, y también en el género de novela negra, Xavier Robles, guionista de Rojo amanecer, muestra en su primera novela (El candidato, la bailarina azul y el guarura enamorado), novela que, por cierto, guarda muchas similitudes con la novela de Collazos, referencias a los entretejes televisivos, la prostitución disfrazada, el mundo de la alta cultura, el glamour y la moda, la facilidad para disponer de la vida de los súbditos y la oscuridad cruel del poder político lleno de alianzas efímeras, traiciones y chantajes.
    A pesar del alud de acontecimientos encadenados que sirven de telón de fondo en la vertiginosa prosa narrativa propia de las novelas negras, en La modelo asesinada aún existe la gran virtud de construir y delinear bien a sus personajes. Nunca los perdemos en ese suceder desbocado y, lejos de caer en el riesgo de desdibujarse en la atmósfera criminal, anecdótica e informativa, Collazos logra que sus personajes estén construidos a partir de rasgos psicológicos verosímiles y profundos: sus identidades, si bien pueden ser entendidas como las del personaje tipo, ayudan a la evolución de la trama novelística (que es casi una crónica pornopolítica) sin que dejemos de interesarnos en su propia curva dramática o su estado existencial o emocional, estrictamente individual. El fondo dantesco, como sacado de un grabado de Augusto Rendón, no borra las personalidades de los personajes, sólo las exagera y las explica. Así el protagónico exfiscal Raúl Blasco, recién separado de su esposa, voyerista por vocación y aspirante a escritor, siempre es un imán y al mismo tiempo una ventana (literalmente) desde donde comprendemos la danza macabra de la muerte y el juego sucio del crimen organizado con sus múltiples conexiones y capacidad de acción, en una Bogotá en plena desintegración violenta, enlodada en una permanente obscenidad. Al fiscal en retiro, Blasco, se le suman una serie de personajes que contribuyen a ir apuntalando la historia desde diferentes puntos de vista: su exmujer y corredora de arte Marité, desde luego, con la que pelea, hace el amor y discute su futuro solitario e incierto. Pero también tenemos al periodista Eparquio Mora y al poeta Antonio Correa, ambos borrachos y fuentes de información y desinformación de nuestro antihéroe detectivesco. Al fiscal marginal, e increíblemente honesto, Clemente Arias; el miserable peón de la corrupción y ludópata Alatriste; la modelo Irene Lecompte, amiga de la víctima y también comparsa de la prostitución de altos vuelos y del reino costoso del artificio, copia tercermundista del hollywoodense, fabricado con la tecnología de las cirugías; e incluso la asesinada Érika Muñoz, muerta de dos balazos a los 22 años, y de quien vamos descubriendo su vida privada antes de convertirse en un desnudo y grotesco cadáver. Representan todos, cada uno por su cuenta, una fuerza individual que, aunque contaminada, no se diluye con el resto del paisaje ruin, violento, servil, que impera en las relaciones y en el aire.
    La modelo asesinada nos recuerda Rear Window, de Hitchcock, y le rinde tributo recordándonos que, como el personaje interpretado por James Stewart, todo espectador es de alguna manera un cómplice. Mirar tiene sus riesgos. Collazos escribe cuidadosamente y tiene la mirada aguda, bien teledirigida; sabe poner a bailar sus personajes en la oscuridad, a sabiendas también de que todos son partícipes en una decadencia viral. Él mismo se incluye como personaje hacia el final de la novela, en una operación metadiegética que confirma que “todos de alguna manera éramos cómplices atrapados en algún agujero de la malla vial tejida por el narcotráfico”. Estamos, pues, delante de una interesante e hipnótica colombianización de la novela negra.

    La modelo asesinada


    Escrito por Eduardo Sabugal

    (Puebla, Puebla 1977)

    Es escritor de cuento y ensayo. Mae­stro en Lengua y Lit­er­atura His­panoamer­i­cana. En 2010 la Sec­re­taria de Cul­tura del Estado de Puebla pub­licó su primer libro de cuen­tos Involu­ciones. Su segundo libro Liq­uida­ciones se pub­licó en el 2012 en el fondo edi­to­r­ial Tierra Aden­tro (CONACULTA). Ha sido ganador de la Beca Estatal FOESCAP, FONCA y PECDA. Es pro­duc­tor de radio, cat­e­drático uni­ver­si­tario y colab­o­rador de la Revista Crítica, edi­tada por la BUAP.

  • Ojos cerrados | Por Eduardo Sabugal

    Nada es real, apenas si percibo una avenida llena de humedad, sola, junto a un bosque de árboles altos y sombras. Ayer escribí mal sobre una pizarra vieja, hoy lo escribo con la maligna acrobacia del grafito contra la nada. Nada es real, pero no debe precouparnos mucho, ni siquiera deberían importarnos mucho los locos que asociaban su infancia a un campo de fresas, o al que dijo con imágenes sus fresas salvajes, o al barbudo nietzscheano que seguramente bajó y anunció a todos la muerte de algo. En el campo de la infancia perdida, en la vacuidad reconfortante, el cuerpo puede engendrar riesgos crueles, casi inhumanos; y a pesar de todo, lo corporal seguirá siendo humano por todos los bordes. Las figuras auditivas a medio morir que se dibujan en los surcos del acetato, proyectan sobre la vida, pero es como si susurraran algo desde las ruinas de una cárcel. Las vidas paralelas son muerte, eso le faltó vislumbrar al ciego argentino. La ceguera, claro, y el francés que no fué fusilado viene a fusilar a posteriori a quienes lo leen. Entro despacio en una cafetería larga y gris, hay mesas blancas, mal aseadas y con servilleteros rojos en el centro, sobre el rectángulo impersonal flotan esferas luminosas, lámparas demasiado vivas para tanta muerte que ni el olor a café logra disipar. Bajo mis manos está el instante de mi muerte y una memoria que todavía no es memoria, un mail colgando de mi mente como un ahorcado, como un judas diminuto que pendiera de un retrovisor en algún camión olvidado, lejano, quizá un camión que corre en esa otra avenida desierta, en esa avenida donde es más fácil todo con los ojos cerrados. Asfalto mojado junto a un bosque igualmente húmedo, igualmente muerto en mi memoria. Comienzo a leer el instante de mi muerte y miro la luz sucia que entra por los cristales del fondo, hay un gran ventanal al final de la hilera de mesas, la luz entra como si entrara a un burdel. Hay pocas personas, no hay ruido, un mesero avienta ceniceros sobre las mesas. Yo miro el fondo del salón sin mirarlo, pienso en las letras que siguen al instante de mi muerte y descubro que hablan de esto que flota delante de mí, la locura de la luz, el placer de poder decir que nada de esto es real. Pienso en el mail que será memoria y lo detengo a tiempo, lo mato a quemarropa antes de que pueda venir a morderme mientras duermo. Nada es real, el todo susurrándomelo al oído mientras descubro esas líneas enfrascadas con veneno muy antiguo y me dejo embriagar por la indiferencia de esta luz sucia y gris, de estas mesas sin nadie, de ese mail que ya no tiene destinatario. La morsa canta sin temor, nada es real, se repite, porque el susurro tenue del Todo nos lo avisa.

     

    Texto exclu­sivo de la ver­sión dig­i­tal de esta revista.


    Escrito por Eduardo Sabugal

    (Puebla, Puebla 1977)

    Es escritor de cuento y ensayo. Mae­stro en Lengua y Lit­er­atura His­panoamer­i­cana. En 2010 la Sec­re­taria de Cul­tura del Estado de Puebla pub­licó su primer libro de cuen­tos Involu­ciones. Su segundo libro Liq­uida­ciones se pub­licó en el 2012 en el fondo edi­to­r­ial Tierra Aden­tro (CONACULTA). Ha sido ganador de la Beca Estatal FOESCAP, FONCA y PECDA. Es pro­duc­tor de radio, cat­e­drático uni­ver­si­tario y colab­o­rador de la Revista Crítica, edi­tada por la BUAP.

  • Tren Azul | Por Eduardo Sabugal

    John Coltrane y su tren azul, ese sonido que revolotea en el cuarto y sale por la ventana, se escurre debajo de las vigas de madera y se detiene como grito de sirena en la cera de la madrugada. La pirámide sigue flotando sobre Cholula y todo se ordena criminalmente. La cortina púrpura flota como un pájaro nocturno, un león de color azul sigue esperando en un rincón del pasillo, paciente como la muerte. Los lunares como cifras, la muerte televisada, televiciada. El separatismo que late en todas las geografías del mundo, late también como un embrión en una virgen magnánima. La miras, la identificas, la seccionas como si tu mesa de disecciones aún funcionara. Sales del trabajo cansada, oliendo a tinta, del mar de píxeles y de la sección mundial. Yo salgo del tren azul y del vértigo de un saxofón tenor que me deja agotado, enredando letras en un alambre de púas. Camino, caminas, rodeamos una mesa de madera abandonada en la calle, sobre ella hay un cenicero. Un círculo de vidrio que se llena con cenizas del volcán y que el viento vacía en las tardes. Llegamos a esa esquina que huele a pulque, entramos vencidos, con sólo cincuenta pesos; en un muro una figura humana tiene un espejo en lugar de rostro, te acercas a ese círculo negro como de agua estancada. Ahora su rostro es el tuyo. Esa figura pintada en la pared, es una virgen que cambia de rostro a cada instante. Una intermitencia en la rostricidad, como si el desfile de máscaras fuera lo único sacro en este tiempo roto. Dejamos que el cansancio hable. Pasan palabras y horas. Salimos. Esa virgen con cara de espejo, ampara en sus brazos los desperdicios de todas las noches. La virgen inclina el rostro como se inclinan los años en las ruinas copulantes de San Pedro. La noche es todas las noches. La mirada de la virgen es la luz rosa de los moteles, las serpientes blancas del asfalto, los árboles; la basura psicodélica del neón, las preciosas astillas de luz reventando contra los charcos y los relojes. Los ojos, las vías del tren que nunca pasa, la pintura carcomida en las fachadas, y una palma abierta que deletrea la renuncia total. El jazz no redime de nada, y afuera estas letras se pudren en la mesa cenicienta, en la basura reciclable, en los ojos ciegos.

     

    Texto exclu­sivo de la ver­sión dig­i­tal de esta revista.


    Escrito por Eduardo Sabugal

    (Puebla, Puebla 1977)

    Es escritor de cuento y ensayo. Mae­stro en Lengua y Lit­er­atura His­panoamer­i­cana. En 2010 la Sec­re­taria de Cul­tura del Estado de Puebla pub­licó su primer libro de cuen­tos Involu­ciones. Su segundo libro Liq­uida­ciones se pub­licó en el 2012 en el fondo edi­to­r­ial Tierra Aden­tro (CONACULTA). Ha sido ganador de la Beca Estatal FOESCAP, FONCA y PECDA. Es pro­duc­tor de radio, cat­e­drático uni­ver­si­tario y colab­o­rador de la Revista Crítica, edi­tada por la BUAP.

  • Sin Dios | Por Eduardo Sabugal

    En la vecindad, un hombre leía el tarot, para credulidad de muchos, para diversión de otros, y para escándalo de otros. En el departamento de nuestros amigos, ateos recalcitrantes,  cualquier mención metafísica, cualquier altar, amuleto, iconografía religiosa o referencia a la divina providencia, eran tomados por tontería o en el mejor de los casos por locura. Para ellos, Dios era un concepto, y de cuando en cuando ponían a cantar a la Morsa en el disco de siempre. Después de un redoble de batería, aquella voz lanzaba alguna frase lapidaria e incrédula, que quedaba rebotando dentro de la habitación. Yo pensaba en esa crueldad Zaratustriana de mis amigos, tan dura, quizá tan cierta. Mientras miraba fijamente la tapa rota de uno de los libros que andaban por ahí, tirados en el piso, pensaba en mi propio naufragio. Después de todo, yo tampoco tenía fe en algo. Tirado en el piso, sobre la alfombra de su casa, mirando el cielo cholulteca de San Andrés, de nubes presurosas, me sentía envuelto por una extraña irisación, de huérfano, obtenida quizá por ese cortar las amarras con cualquier creencia o ideología. Convertido en ciego sin bastón, entrando en lo fortuito del viaje, extraño y ajeno para los otros, entendía lo que decía la Morsa desde su giro enloquecido y solitario. Él, el crucificado barbón más famoso que Jesucristo, el ermitaño del traje blanco, seguía cantando después de descender de la montaña, después de rodear la manzana verde, después de cruzar imprudentemente una línea peatonal con una vieja linterna en la mano; y yo seguía observando el libro deshojado, con la tapa pendiendo apenas de unos cuantos hilos adheridos aún al lomo. Mi ataraxia y aquella voz con acento inglés y tono apocalíptico, se aliaban a la sensación de ruindad. Descubría que yo tampoco creía en Buda, ni en Jesús, ni en Elvis, ni en el Tarot. Tampoco tenía ninguna fe en los reyes, ni en el I Ching, ni en la cinefilia sonora ni en reptilianos, no creía en la psicomagia de los topos o en los pronombres conjugados. Después de aceptar que el sueño había terminado, sólo quedaba imaginar el paisaje desolado, desértico hasta el hartazgo. Tierra baldía que quedaría aquí, bajo nuestros pies. Seguramente pondríamos a secar al sol, como conservas, a todos los judas pendientes, colgados de sogas viejas y ennegrecidas. Habría monitores porno-publicitarios, saturados de espías y de iconos sin utilizar. Incomprensibles juguetes arderían en la mano de un profeta arlequinesco, que después de tomar cerveza y mezcal, bailaría arrítmicamente entre las risas de los contertulios. Aquellas ideas y pensamientos fueron detenidos por los golpes en la puerta. Dejé el libro deshilado que usaba como almohada, me levanté de la alfombra, y abrí esperando encontrar a mis amigos, pensando que seguramente habrían olvidado las llaves. Para mi sorpresa era el tarotista de la vecindad, con las uñas pintadas y una barbita a la Tintan. Le pregunté que quería, y me devolvió la pregunta con otra pregunta, en una especie de dilema Zen. Qué quieres tú. Mostrándome el mazo de cartas en donde se alcanzaba a leer la palabra Marsella. Yo dije que no quería nada, ni lecturas ni escrituras, y que prefería seguir así, acostado sobre un libro roto, en una casa ajena, esperando que anocheciera, sin sino y sin cifras. Él, resignado, entró y se sentó junto al tornamesa, tarareando alegremente la canción de la vieja Morsa que cantaba desde décadas remotas.

     

    Texto exclu­sivo de la ver­sión dig­i­tal de esta revista.


    Escrito por Eduardo Sabugal

    (Puebla, Puebla 1977)

    Es escritor de cuento y ensayo. Mae­stro en Lengua y Lit­er­atura His­panoamer­i­cana. En 2010 la Sec­re­taria de Cul­tura del Estado de Puebla pub­licó su primer libro de cuen­tos Involu­ciones. Su segundo libro Liq­uida­ciones se pub­licó en el 2012 en el fondo edi­to­r­ial Tierra Aden­tro (CONACULTA). Ha sido ganador de la Beca Estatal FOESCAP, FONCA y PECDA. Es pro­duc­tor de radio, cat­e­drático uni­ver­si­tario y colab­o­rador de la Revista Crítica, edi­tada por la BUAP.