Eduardo Padilla

  • Tres poemas | Por Eduardo Padilla

    La hora del lobo

    Llevo yo las cuentas. Nunca supe llevar cuentas; fui contratado gracias a esto. Me reclutaron, gastaron tiempo buscando una persona como yo. read more

  • Poemas

    Constantinopla

     

    Vivo en las afueras del mundo,

    soy el peor histrión del vecindario.

    Considero una ventaja estratégica estar a la sombra de la Puerta Dorada,

    colosal atea que va siempre al grano y prefiere la desolación al adorno.

    La admiro por lo mismo.

    Cuando pienso que su muerte es mi muerte

    me doy por satisfecho,

    ya puedo anunciarle a todos que estoy en una relación sentimental.

    La raza de mi querencia no es importante, lo que cuenta es su sentido del diseño.

    No odio a los chinos por ser chinos, los odio

    por ser incapaces de inventar la belleza trascendental de un

    1950 Studebacker Champion Convertible.

    La imagen de dicho auto reside en el relicario de plata que habré de arrojar dese alguna cima

    el día de mi finiquito.

    Barajeando mis opciones, me inclino por la cima de aquel puente.

    Hay que entender que el puente sufre el peso del tiempo

    como ningún mártir jamás podría

    y además sin drama o

    mácula,

    sin ensuciar los pantalones.

    Golden Gate,

    en tu nombre rutila

    una grosera promesa

    que ya pienso capitalizar

    cuando sea hora de canjear mis fichas.

    ¡Tú no eres ningún vulgar puente, oh montaña servil!

    Las pelirrojas me estimulan a tal grado, y entre más heladas y utilitarias,

    más vivo es el rojo de mi entusiasmo.

    Habría que seguir tu ejemplo, mi humilde giganta,

    y soportar el plomo de los días

    con el gris acero de tu parsimonia.

     

     

     

    2.

     

    Bruto y astroso el jamelgo

    del lúgubre hidalgo

    (no aquel Hidalgo sino el genérico, el de noble abolengo)

    renquea cual oblea, tose cual tren

    y sangra escorbuto

    parodia tísica de locomoción clásica

    que de la sedición es el fruto.

     

    Un calambre lo tuerce y le trunca

    la carrera castrense

    (la carrera de un gato y su ovillo de estambre)

    y ahora lo tienen paseando a aquel fiambre

    en carroza, también a su esposa, la momia canalla.

    Tú espera en la esquina y seguro te tira

    confeti circense

    desde el asiento de alambre

    de esta seca antigualla.

     

     

     

    Sendai

     

    Tengo un sismógrafo junto a la silla giratoria,

    un globo terráqueo traspasado de agujas

    donde las placas tectónicas se ahorcan;

    tengo un mirador cónico donde el fin del mundo es un diorama

    con partes móviles y exquisitas réplicas de trenes

    y cochecitos a escala.

     

    La aguja brinca y baila con el trompo.

    La gran ola se mueve y devora a velocidad insólita.

     

    Los muertos fluyen, se revuelven

    en un cosmos piroclástico.

     

    No hay defensa. Todo corre

    menos las piernas,

    los relojes…

     

    …las moscas son moscas desde siempre.

    De su errar derivo

    una lección pasmosa

    una modesta constante

    un frugal ultraje

    y un prismático

    temblor-abismo.

     

     

     

    El paraíso era un baluarte circular

     

    El paraíso era un baluarte circular,

    sus habitantes felizmente parapetados en la certeza binaria

    de un estado de sitio.

    Nosotros o Yo

    adentro;

    Ellos o Él

    afuera.

    Él circundaba la muralla,

    su voluntad siempre idéntica a sí misma…

    al ritmo de un caracol sus jinetes

    circundaban la muralla

    afilando en ella sus dagas

    como después el agua

    cuando erosiona las rocas.

    Su nombre es multitud

    pero entre ellos brilla la hélice

    espiral

    el remolino abismal

    y el viejo escargot que deja su baba en el álbum de la familia.

    Adentro, Nosotros

    en unísono de serpentina

    pre-serpentina

    circulábamos el único signo posible,

    y esto Nosotros

    lo hacíamos sin manos o sin bocas.

     

    Hoy con justa razón sentimos repugnancia y buscamos no hundirnos en ninguna pantanosa monomanía

    pero en aquel entonces todo era simplonamente divino.

     

     

    El primer portero

    corrupto

    fue el primer agujero

    amoroso.

    El primer agujero corrupto

    fue el primer portero amoroso.

     

     

    Hoy reina la Moneda, la Rueda y el Fuego.

     

    El fuego es la manifestación visible de una rueda invisible.

    La rueda rueda con la simplona divinidad de la moneda.

    La moneda es el baluarte circular en el que la rueda existe y es consumida por el fuego.

     

    Y lo que queda fuera de la moneda,

    o todo lo que no es moneda,

    es lo único que habilita y sostiene la existencia de la moneda.

     

    Y

    amén

    entonces

    o etcétera

    pues.

     

     

     

    4.

     

    Doroteo, arenga a las tropas,

    hazlas subir por el filo de Marte,

    da la orden, que rasguen las ropas

    y a usar los jirones para un nuevo estandarte.

     

    Ya encarriladas en demás rasgaduras

    las huestes valientes violentan los lechos

    rasgando las faldas de nenas maduras

    los muertos vivientes se arrogan derechos.

     

    Feroz centauro, cazador de la enagua,

    bigote y carisma de fatal rabble-rouser,

    aunque ayer gobernabas Chihuahua

    hoy en Texas subastan tu Mauser.

     

    Texto publicado en la edición 146 de Crítica


    Escrito por Eduardo Padilla

  • Crítica 146

     

    El último número de la Crítica del 2011 es el 146. La abre el escritor colombiano Luis Miguel Rivas, que participará en el programa de la FIL, “Los 25 secretos mejor guardados de América Latina”. Además nos acompañan Andrea Kurtz, Idalia Mojerón Arnaiz, Reynaldo Jiménez, Juan Villoro, Rafael Zamudio, Alberto Chimal, Eduardo Padilla, Gerardo Piña, Pablo Sánchez, Julián Herbert, Carlos A. Aguilera, Fabio Morábito, Felipe Vázquez, Alejandro Badillo, Carmen Boullosa, David Cortés Cabán, Luis Fernando Cruz Carrillo, Carlos Ulises Mata, Daniel Bencomo, Gregorio Cervantes Mejía, Víctor Hugo Martínez Bravo, Eduardo Sabugaln y Francesca Dennstedt.

    SUMARIO:

    Luis Miguel Rivas
    Escribo para que no se me olvide 3Andreas Kurz
    Confesiones de un racionalista 9Idalia Morejón Arnaiz
    Elogio del folletín 18

    Reynaldo Jiménez
    Tres Poemas 23

    Juan Villoro
    Escribir cartas: pedir que el tiempo exista 30

    Rafael Zamudio
    Las vías insomnes 54

    Alberto Chimal
    Generación Z 64

    Eduardo Padilla
    Cuatro poemas 77

    Gerardo Piña
    Oráculo 83

    Pablo Sánchez
    El liderazgo de la ficción 97

    Julián Herbert
    Cuatro poemas 105

    Carlos A. Aguilera
    El estremecimiento de los intelectuales:
    entrevista a Idalia Morejón Arnaiz 115

    Fabio Morábito
    Prosas 124Felipe Vázquez
    Seis notas sobre la poesía de Morábito 127Alejandro Badillo
    La señal 137

    Carmen Boullosa
    Cincuenta cuerpos extraordinarios 145

    David Cortés Cabán
    Seis poemas 156

    Luis Fernando Cruz Carrillo
    Diablo 159

    Carlos Ulises Mata
    La mirada hermenéutica 167

    Daniel Bencomo
    La dicha de lo dicho 173

    Gregorio Cervantes Mejía
    El peso de los recuerdos 176

    Víctor Hugo Martínez Bravo
    Con un cuerno de chivo en Wall Street 178

    Eduardo Sabugal
    La caja verde de Cristina 184

    Francesca Dennstedt 
    Un ejemplar de chotería 188