Sinfonía Planetaria: Marte y la otredad | Por Víctor Roberto Carrancá

Al igual que en la composición de Peter Holst, nuestra sinfonía empieza con el sonido de guerra. En este caso, la música de la batalla no vaticina, como en las épocas de las más destacables sinfonías bélicas, la gloria nacional. Marte es, en términos de ciencia ficción, sinónimo de invasión.

El inicio del sueño, musical y de vestido escarlata, surgió cuando Percival Lowell trazó los canales del Planeta Rojo y estableció la posibilidad de su origen artificial. La hipótesis de la existencia de vida extraterrestre, en la época de una inminente guerra, despertó la paranoia occidental.

La publicación de Under the Moon of Mars, de Edgar Rice Burroughs, no solo trazó las bases de lo que se conocería como el Space Opera sino, también, la marginalidad de un género naciente (de hecho, como en numerosos casos, Burroughs publicó bajo seudónimo debido al temor que le provocaba el rechazo de la obra); sin embargo, la visión de este escritor y del mundo de Barsoom, no deja de ser, tal como ha sido catalogada, un romance planetario.

La  verdadera temática marciana está en la guerra contra el Otro y, por lo tanto, en lo foráneo. En el vientre del Planeta Rojo crece el extranjero. Como una hormiga reina que protege miles de huevecillos a punto de reventar.

La obra de H.G. Wells, inmortal hasta nuestros días, es la que plantea, en esencia, este concepto.

No resulta extraño que, durante la transmisión de la versión radiofónica de La guerra de los mundos en el programa conducido por Orson Welles, los habitantes de Nueva York creyeran que se trataba de una invasión verídica. Para el año 1938, cualquier persona miraba las fronteras con recelo, incluyendo aquellas que se encuentran sobre nuestras cabezas.

En 1949, cuando se transmitió la versión latinoamericana de la obra en Radio Quito, la recepción de esta calamidad radiofónica no implicó, como en el caso de la metrópolis norteamericana, un simple susto. Los ecuatorianos, iracundos por la mala broma, acudieron al edificio del diario El Comercio y quemaron el lugar.

Porque en Marte habita el Otro. Aquel metasujeto cuya existencia solo se reafirma en el interior de uno mismo. Su pertenencia al orden simbólico lo hace, de alguna manera, permanecer oculto (tal como sucede con las naves entomórficas de la novela de Wells). El rostro del enemigo es el emblema que se combate. Cambiará de forma, color, país o razón política, pero continuará siendo, en el inconsciente colectivo, un alienígena.

Tal vez por ello, Lacan escribe la palabra colocando una barra sobre el matema del Otro: Ⱥ, determinando así, que el Ⱥutre se nos presenta como ese Otro imposible de convertirse en un ser real.

Similar al monstruo creado por Ridley Scott. El Alien (término con el cual se designa, también, al inmigrante), es un parásito (presimbólico) que se alberga en nuestro pecho para nacer, en pirotecnia de huesos y sangre, transformado en un ser que combina la naturaleza alienígena con la fisonomía de su huésped.

El monstruo de Scott representa, bajo ojos xenofóbicos, los temores de un país ante la amenaza del mestizaje.

Es más fácil combatir un ideal, una raza, un sistema político; es decir, una idea abstracta.

Un planeta rojo.

Un alguien (o algo) que pueda asesinarse sin causar remordimiento ni manchar, con ese rojo tan odiado, las manos blancas del terrícola.

Marte

Fotografía de Adrián Duchateau


Escrito por: Víctor Roberto Carrancá

Ganador del primer lugar en el Cuarto Concurso de Cuento sobre Alebrijes (Museo de Arte Popular, INBA), del Segundo Concurso de Cuento sobre el Centro Histórico de la Ciudad de México (Ed. Ficticia), entre otros reconocimientos en Argentina y España.