Dos de surtida

  • 375 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    Las ediciones más recientes de la obra de Carlos Fuentes, específicamente las publicadas por la editorial Alfaguara, incluyen un pormenorizado esquema de cómo decidió el autor clasificar su obra. Es, bajo el megalómano título de “La Edad del Tiempo” y en quince secciones diferentes. A decir de Christopher Domínguez Michael: La obra de Carlos Fuentes es el conjunto más complejo y variado de la narrativa mexicana. Estoy de acuerdo.

    Los libros de José Revueltas tienen un párrafo afín, extraído de una entrevista de 1972. Lo que afirma en tres ocasiones es: Yo hubiera querido denominar a toda mi obra “Los días terrenales…”. A mí ese nombresiempre me ha parecido fantástico. El autor está diciendo que en la otra vida, acaso en días incorpóreos, también ideará y firmará libros.

    Lowrycreó la preciosa y delirante obra maestra sobre la dipsomanía, “Bajo el Volcán”, con la intención de hacer una suerte de “Divina Comedia” moderna. Iban a ser siete los libros y el título que los englobaría es: “El viaje que nunca termina”.

    En una entrevista de 1950, Agustín Yáñez declara que su idea es escribir distintas obrascada una de las cuales vaya recogiendo un distinto ángulo de la vida mexicana. La serie conformada por “Flor de Juegos Antiguos” y “Archipiélago de mujeres” se llamaría “Las edades de México”. Otro título que no chista en lucir poderoso. Explica su idea: construir una gran serie de obras para retratar a México -un gran mural- sin que una obra dependa de la otra. Sino independientes. Algo semejante a la “Comedia Humana” de Balzac.

    En efecto, Honoré de Balzac se propuso escribir 137 novelas bajo el título de “La Comedia Humana”, para hacerle la competencia al registro civil. Murió dejando sólo 85 tomos.

     

    2.

    Mi punto: los monstruos piensan en forma de obra literaria.

    Uno debe conformarse con pensar en forma de libro.

    Esa es una de las ponderaciones que más le inocula a sus alumnos el maestro Eusebio Ruvalcaba, cuya vasta producción –dicho sea de paso- será un dolor de cabeza para el colector de sus Obras Completas aún sin título.

    Pero, ¿qué es pensar en forma de libro? En mi caso, significa que si escribo un cuento lo estoy imaginando ya como parte de un libro de cuentos. Así de burdo. Medito en qué orden de aparición incluiría ese cuento en específico. Lo imagino codo a codo con otros textos que quizá aún no he escrito y quizá nunca escriba. Significa escribir veinte cuentos en un año, matar once y re trabajar los nueve restantes. Anhelar índices y epígrafes, también dedicatorias. Nunca la portada, porque las portadas tienen el mal gusto de llevar el nombre del vanidoso autor. Un libro de cuentos es como un puente de piedras sobre un río. Un río preferentemente bravo. Un río plagado de mierda y cadáveres y peces sin ojos. Las hay piedras frágiles, piedras pequeñas, piedras resbalosas, piedras perfectamente cimentadas. Hay que construir ese puente en la mente. Desarmarlo y reconstruirlo. Pensar humildemente en forma de libro. No pensar en forma de obra literaria. No pensar en forma de blog o de tuit o de libro electrónico. Pensar en forma de libro de carne y hueso.

    En el caso de una novela: dimensionar sus alcances. Jamás escribir a tontas y locas. Saber el principio y el final. Ya la trama, dios mediante, se irá desarrollando por sí misma. O no.

    balzac


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • 351 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    Vicente Quirarte, en alguna parte del inspirador libro “La invencible”, cita a un personaje a quien van a fusilar. En el trayecto rumbo al sitio de la ejecución ese hombre se topa con un charco de agua puerca. Él esquiva el charco y prosigue su camino rumbo a la inaplazable muerte. En esta sencilla eventualidad está resumido y explicado el corazón de ese hombre, su definitiva comprensión única del mundo que aún habita. Porque también los hay de los otros. Algunos a los que no les importaría mojarse el calzado o ensuciar las pantorrillas en la antesala de la ráfaga asesina.

    Pienso, por ejemplo, en una anciana con delantal que camina por la colonia Cuauhtémoc. Dependiendo la hora pasea a un perro distinto. A todos los trata con particular cariño: les habla con diminutivos, recoge sus cacas, los persigna. Ellos la miran sacando la lengua. Quizá viva de pasear perros. Las mascotas de su vecindario. O tal vez lo haga gratis. O tal vez son todas mascotas suyas pero ya no tiene fuerza para pasearlos al mismo tiempo. Me intriga esa dama. Me imagino que ella sería capaz de embarrarse los pies en el charco con tal de que sus perros, o los perros de cualquier otra persona, no lo hagan.

    Pienso, es otro ejemplo, en un hombre que con lágrimas en los ojos borra las anotaciones a lápiz que alguien más hizo en un libro que compró usado. Un libro, no sé, de Juan José Arreola. Casi aseguro que a él no le incomodaría cruzar el charco así como va.

    Desde la ventana de mi cuarto en casa de mis padres, hablo de 1995, se veía de jueves a sábado una putita en la esquina. Yo fui testigo de, al menos cinco, de sus apresuradas mamadas. Siempre me llenó de juvenil ternura verla abrir su paraguas apenas empezaba a chispear. Ahí, guarecida, seguía buscando clientela entre todos los bólidos que avanzaban sobre la Calzada de Tlalpan. Me gusta creer que ella (es decir: él) sí esquivaría el charco.

    Ahora ideo un hombre. Está apesadumbrado y con un trago en la mano porque ingresó espía al facebook de la mujer con quien tuvo un hijo, un hijo por el que no se ha interesado en lo más mínimo durante más de diez años. Revisó una a una las fotos que registran el crecimiento de su niño. El crío ahora es un hombrecito. Lo ve disfrazado de Hulk, lo mira conociendo al mar, lo mira bebiendo agua de limón. También ve los retratos del fulano que sí lo está cuidando y educando, aquel a quien llama “papá”. Afirmo sin temor a equivocarme que ese hombre no evitaría el charco de agua estancada rumbo al muro de fusilamiento.

    Un chavo en el metro, dieciocho años a lo sumo. Cada que vende cierto número de cajas de chicles tiene en las manos una liga. Utiliza su pulgar como resortera y arroja el proyectil a las ventanas del transporte en movimiento. Interesado siempre en golpear el rostros de alguno de tantos pasajeros que nomás no le ayudan a persignarse. Él, opino, sí se ensuciaría en el charco.

    El 22 de diciembre de 1849, Fiódor Mijaílovich Dostoyevski es llevado al patíbulo. A la mera hora y casi de último minuto, el Zar le perdona la vida. En este caso fue el charco quien se desbordó de Dostoyevski.

    También pienso en los hombres que llevan preso al sujeto que origina este texto. ¿Todos ellos debieron embarrarse de lodo las piernas para así dramatizar el acto del preso que no lo hace? ¡Carajo! No lo sé. Podría pasarme el resto de mi vida resolviendo esa pregunta.

    2.

    Tanto autor como personaje, vamos de la mano rumbo a la muerte. Quizá hay que preguntarnos todo el tiempo, a la hora de escribir, si el personaje que estamos intentando crear se empaparía las piernas. O si no lo haría. Ambas son opciones igual de fascinantes, igual de humanas.

    farel_dostoevsky


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • 333 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    Publico aquí el texto que leí en la presentación de la reciente novela de Eusebio Ruvalcaba, intitulada “Todos tenemos pensamientos asesinos”.

     

    2.

    Conozco a Eusebio desde hace aproximadamente once años, durante todo ese rato he sido su alumno en los talleres literarios que imparte alrededor de cualquier mesa, alrededor de cualquier trago. En una ocasión veníamos los dos bastante borrachos sobre la calle de Pacífico a las cuatro de la tarde. Eusebio venía manejando un auto que yo nunca volví a ver, detuvo el coche y se bajó. Me pidió que lo siguiera. De golpe: se sacó la verga y comenzó a orinar en una de las llantas traseras. Yo me quedé viendo cómo se vaciaba. Luego me ordenó que hiciera lo propio. Me saqué el pene y oriné en el mismo neumático. Toda empapada parecía que la llanta cobraría vida de un momento a otro. Eusebio tan sólo me sonreía dándome palmadas en la espalda. Apenas terminé me dijo que en esa llanta se había meado Juan Rulfo y que era la llanta de los escritores jefes. En ese momento sentí que flotaba. Sentí que escribir ya no era una opción, que estaba condenado a hacerlo con total veneración por el resto de mis días. Es el tipo de sensaciones que Eusebio provoca. A sus alumnos, a sus lectores, a sus amigos. Y cuando te tiene allá arriba flotando entre las nubes, quita la mano. Y la caída es terrible y vertiginosa. Después de tan doloroso aterrizaje te das cuenta que este hombre te ha enseñado a portarte como escritor, a no tomar en serio lo que escribes pero sí a tomarte en serio a la literatura, a ser sumiso frente a tus textos, a medir las cosas en forma de libro o cruda. Y a amar como desesperado, a no esperar nada de la vida. Y a que para escribir bastan dos cosas: humildad y disciplina.

    No sé cuántos escritores mexicanos pregonen eso hoy en día. Yo creo que muy pocos. Y si acaso alguno lo hace: seguramente lo aprendió de Eusebio Ruvalcaba.

    Todos somos tus alumnos, Eusebio. Mira, engargolé estás páginas para imitarte, porque es lo que hacemos los que te rodeamos, los que estamos bajo tu generosa sombra. He visto a otros hombres mecerse la barba como tú lo haces, conmemorar a los autores que tú conmemoras, decir fucking o broder, suspirar como tú en el momento de mayor peda: ese en el que decides que: estás por irte. Todas las cosas que tú eres y que ya están inscritas en el ebrio menos pensado de la cantina menos pensada. No exagero cuando digo que los borrachos somos tus principales herederos. Yo además le pediría a tus imitadores que te plagien una cosa: y es el volumen de lo que escribes. Escribes y escribes. Luego sigues escribiendo. Te lo he dicho antes: pobre del entusiasta que tenga que reunir tus Obras Completas. Escribes y escribes, y a ti te sigue pareciendo poco. Tu literatura me recuerda a esos hacedores de ataúdes que, cansados de construir tanta cosa triste, a veces se ponen a fabricar guitarras.

    Espero que no tomes como algo lúgubre lo que voy a comentar a continuación, lo digo de todo corazón y porque sabes que te respeto mucho:

    Eusebio, propongo organizar una colecta entre todos los que hemos sido tus lectores, alumnos y amigos para que nos quiten un poco de vida a nosotros y te la den a ti. Ya tú sabrás a partir de cuándo usas el tiempo que se acumule. Yo pongo 3 semanas. Pueden parecerte poco o mucho, eso yo nunca lo sabré. Tres semanas para que manejes a toda velocidad sobre la carretera vieja que lleva a Cuernavaca de ida y de vuelta con tu hijo en su cumpleaños. O para que sueñes que el violín de tu padre se vuelve gelatina en tus manos o para que sueñes que estás en un hospital en el que Octavio Paz necesita una transfusión sanguínea. Tres semanas para que sigas bailando el pasito Agustín Yañez. Para que le preguntes a la chica que vende jugos si prefiere a Héctor o a Agamenon, o a Aquiles. Para que le digas a tu esposa que los vecinos de Tlalpan quieren darte el premio a Esposo del Año, para que pidas tu corte de carne escurriendo hilitos de sangre, para que sigas, precisamente, el hilito de sangre que procede de las manos de George Hall Bennett y lleva hasta la azotea.

    Te regalo veintiún días de mi vida para que los uses a tu antojo. Obvio, bebiendo desde temprano. Para que veas cómo matan a escobazos a una rata embarazada en una cantina pero no te inmutes y le sigas dando cucharadas a tu caldo, para que nos compartas de tu Herradura Blanco en una botella de Peñafiel. Para que orines sobre la Virgen de los Lagos y nos enseñes a todos que ahí, en eso, está el amor y el respeto al hombre que nos dio la vida. Tres semanas para que nos des a oler tus dedos luego que hurgaron a una súper chava.

    Para todo eso es que yo pongo tres semanas de mi vida. Es más: ¡que sean cuatro semanas de una vez! Que te las den a ti. ¿Quién le entra, quién se anima? Me parecería de mal gusto ponerme a averiguar con cuántas horas o días se rifan cada uno de los aquí sentados, de los aquí presentes. Mejor me pregunto cuánto dieron ya los meros chidos, los escritores jefes que se orinaron en la llanta de tu auto, Eusebio: cuánto tiempo te regaló Hemingway, cuánto consintió Vicens, cuánto tiempo cedió para ti Dostoievski, cuánto Brahms, cuánto Mozart, cuánto Higinio…

    Lo repito, maestro: espero de corazón que no te parezca fúnebre esto que comento; vaya: todos tenemos pensamientos asesinos.

    euse


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • 304 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    El único registro audiovisual que existe del niño que fui es una grabación que ya ni siquiera está en mis manos, se trata de una fiesta infantil de yucatecos a la que me invitaron seguramente para hacer bola. Mi presencia a cuadro no suma más de tres segundos. Cuando lo vi fue un enfrentamiento aterrador. ¡Ese de ahí soy yo! Esas agujetas desajustadas y una camiseta púrpura con una frase en idioma inglés cuyo significado hasta ahora me es posible entender. Soy yo. Fui yo. No pude llorar, me quedó atravesado desde entonces un lamento.

    Para mi generación de candorosos treintones, la infancia no pasa de ser una fotografía oculta o el registro de lo que nos dicen que fuimos. Por ejemplo: yo era un bebé obeso al que se le antojaba un bolillo en las situaciones menos previsibles. Eso me han contado cientos de veces mis padres, han construido varias ficciones similares en torno a cada fase de mi vida. Yo no me fío y cada que tengo frente a mí un pedazo de pan lo evito pensando que vendrán mejores tiempos. Ese problema no lo padecerán los hombres del futuro, que gracias a la tecnología digital y el ocio de sus padres tendrán un registro de videos y fotografías de su desarrollo vivo.

    Las implicaciones de eso son impredecibles.

    Yo prefiero confiar en la turbia y enigmática evocación. En medio de mis dos fechas relevantes está el día que aprendí la diferencia entre mayúsculas y minúsculas, las clases de taquigrafía en máquinas de escribir cuyas teclas carecían de signo, hoy que redacto este párrafo con la garganta destrozada, el descubrimiento sucesivo de la lluvia, del mar, de algunos autores, de ciertos versos de Octavio Paz. Como aquel en que refiere a los niños desvelados que se espulgan a la luz de la luna

    ¡Somos tú y yo esos niños!

     

    2.

    Prácticamente nací sabiendo que había un escritor llamado Octavio Paz y que había ganado el Premio Nobel de Literatura. Es algo que se sabe y ya. Algo con lo que los mexicanos nacidos a finales del siglo pasado venimos de fábrica.

    Así como Borges (siempre citado) en “Paradiso, XXXI, 108” escribe sobre el rostro de Jesús que poseemos todos los hombres y que yace disperso en la especie, yo -más allá de mi lectura de sus poemas y textos- he construido en mi mente a un Paz armado con párrafos, reminiscencias y referencias.

    Las que me vienen ahora a la memoria:

    El Paz cuyo andar se apodera del capítulo 149 de Rayuela. El Paz, también a pie, que cruza Templo Mayor; paseo inscrito en una placa empotrada en una de las muchas paredes de San Ildefonso. El mito de la mafia. El mote de Octavio Pus. La fotografía que se tomó cuando fue a tramitar su visa norteamericana y que hoy se exhibe en un aparador junto a la de todo tipo de famosos nacionales (entre Niurka y Ana Bárbara). El Paz de las solapas. El Paz del sueño de la transfusión sanguínea que tuvo Eusebio Ruvalcaba. El joven y atractivo Paz cuya foto usó el escritor Tryno Maldonado para ilustrar su texto en contra de los escritores mexicanos jóvenes del D.F. El Paz que charla en el Parque Hundido con Ulises Lima en voz de Clara Cabeza, allá por 1995. El Paz que no parece Paz de la moneda conmemorativa de veinte pesos del año 2000. Las chuscas imitaciones de Paz que hace cualquier persona cuerda al citarlo en una charla. Etcétera…

    3.

    El desvelo me hizo caer una madrugada en canal 4 por eso de las 2 de la madrugada. Me topé con un programa pésimamente llamado “Retomando a:” en el cual Televisa ofrece fragmentos del gran acervo audiovisual que posee sobre entrevistas, conferencias y lecturas de diferentes escritores y pensadores mexicanos. La trasmisión es diaria. Obvio, la mayoría de los shows tratan sobre los varios programas que consistían en Paz hablando a cámara.

    Así fue como pude ver a Octavio Paz vivo, en movimiento. Muchas cosas me ha provocado este hallazgo, básteme concluir con que el hombre está a la altura de su leyenda. En efecto, es un prepotente. En efecto, es amanerado. En efecto, es un genio. Alza la mirada antes de opinar, mueve las manos al ritmo de las palabras. Interrumpe a Mutis y corrige a Elizondo. Es implacable: “Soledades de Góngora es aburridísimo”, “A Alfonso Reyes le estorba su monumento”, “José Vasconcelos hizo muchas estupideces en su vida”… Es amo y señor de su tiempo. Prorrumpe, no pierde protagonismo ni por accidente. A veces sonríe, sólo de sus propios chistes, que suelen ser simpatiquísimos. En fin, es un el juez, la víctima y el castigo. Paz, un roble bajo cuya sombra templada y cruel reposó cualquier palabra escrita en este tramo de tierra que es la patria Mexicana.

    Ahora que me acompaña una voz al leer sus libros (una voz, un gesto, una pausa), cito:

    El muchacho que camina por este poema…

    …es el hombre que lo escribe.

    Pienso en el niño que fui. Aquellos tres segundos de la fiesta yucateca. Mis lágrimas siguen atoradas. Pienso en el adulto que Paz fue. ¡Carajo! Estamos condenados a leer la belleza escrita por difuntos.

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    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • 247 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    lesmis

    1.

    Uno visita cualquier librería de aeropuerto norteamericano y en la mesa de las novedades puede reconocer lo que sin duda será la cartelera de cine del siguiente año. ¡No hay delito más grave que ese! Ninguna disciplina artística puede existir en función de otra. El cine gringo está obsesionado con abrevar de los libros que su propia industria edita degeneradamente. El problema es cuando esta apropiación de contenidos deja de atacar solo a best sellers inermes y se ensaña con lo que podríamos llamar formalmente: Literatura (así, con ele mayúscula y en patines). read more

  • 233 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    Fernando del Paso - News from the empire

    Fernando del Paso – News from the empire

    1.

    Casi trescientas páginas después, por fin Maximiliano y Carlota pisan suelo Mexicano. ¡Vaya lección de paciencia narrativa! Línea tras línea, Fernando del Paso nos manifiesta que no tiene prisa, que el regodeo suma, que es un erudito, que domina sus recursos con maestría de jardinero. Ya de este lado de la barra(América, México), todo discurre con mayor fluidez e incluso alegría. Se avecina una catástrofe, calmosa también. Transcribo un fragmento del capítulo XIV subcapítulo 3, pertenece a la correspondencia incompleta entre los dos hermanos franceses:

    “Tacubaya es un lugar precioso al que llaman el Saint Cloud de México, ah porque has de saber que esta clase de comparaciones se han puesto muy en boga, y tenemos así que Xochimilco es la Venecia de América, San Ángel el Compiège azteca, Cuernavaca el Fontainebleau mexicano, la ciudad de León el Manchester del Nuevo Mundo, el Castillo de Chapultepec el Schönbrunn de Anáhuac, y etc., etc.”

    Este fragmento viene a mención porque llegó a mis manos una traducción al inglés de “Noticias del Imperio”. “NewsfromtheEmpire”. Ustedes saben que en Norteamérica la literatura antes que eso es una industria, a los libros se les trata como mercancía y es bastante común encontrarse citas de diferentes periódicos o críticos inscritas en las portadas, todo para fomentar la venta del libro en cuestión. Moda boba y que para acabarla de amolar están empezando a adoptar las editoriales mexicanas. Ash. La cita entrecomillada que acompaña a “Newsfromthe Empire” es: A mexicanWarand Peace.

    Es decir que “Noticias del Imperio” es nuestra “La Guerra y La Paz”.

    Eso transforma a Fernando del Paso(o ya mejor usemos su reducción como futbolista delantero: FdP10) en el Tolstoi chilango.

    Cosa que no es.

    Porque las comparaciones son atajos directos a la tristeza.Estoy harto de leer que “Santa” es nuestra “Nana” o que “Los Detectives Salvajes” es un carpetazo a “Rayuela” o que PanaitIstrati es “el Gorki de los Balcanes”. Las comparaciones dañan, acotarlo es incluso infantil.Es como ponerse a comparar estornudos entre sí. El problema es que este lenguaje es exclusivo de las contraportadas y su comercialización. Los verdaderos estudios literarios operan de otro modo: como una concatenación de autores, si se quiere; como una infinita línea de escritores reiterándose. No sé, aún no lo sé.

    Todavía hace un par de años, Fadanelli–escuché a más de uno decirlo con plena seguridad- era nuestro Bukowski. Aunque seamos sinceros: el noventa por ciento de los escritores jóvenes mexicanos son nuestro Bukowski y a Fadanelli le debe molestar mucho esa comparación. Hay que preguntarle.

    Arreola es nuestra Juana de Arco, y esto lo digo cariñosamente.

    “La región más transparente” es nuestro “Manhattan transfer” y “La muerte de Artemio Cruz” es nuestro “Mientras agonizo”. Esto no lo digo cariñosamente.

    El chido de Ibarguengoitia, sólo en un libro, intentó ser nuestro Capote.

    Guillermo Arriaga mataría por ser nuestro Hemingway.

    En la portada de la última antología de cuentos de Alberto Chimal dice que es el nuevo Henry James. Caramba. Hay que preguntarle qué opina.

    Una vez ya ebrio dije que Alfonso Reyes era nuestro Borges. Perdón, estaba exaltado. Por suerte no recuerdo quiénes estábamos a la mesa esa noche.

    Mi primer novela fue comparada en más de una ocasión con “La Conjura de los Necios”. Les juro que no soy ni de cerca el John Kennedy Toole de Peralvillo.

     

    2.

    Mi estornudo se parece mucho al tuyo. Comparar es de impacientes, aunque algo de relajante tiene pensar que alguien en algún centímetro de la historia humana sintió lo mismo que nosotros, pobres humanos perdidos en los inicios de siglo 21.

    John Kennedy Toole

    John Kennedy Toole


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • 190 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    Huelga referirlas, pero dos rarezas destacan en este tramo sonso que evocaré como año 2012. Ambas tienen que ver con lo que yo llamo íntimamente “mis erecciones desperdiciadas”, es decir: mi vida literaria. Aquí redacto informalmente mis conclusiones al respecto.

    Declaro con honestidad que he perdido la fe en todo lo que he escrito hasta ahora, a la par que me siento incapaz de intentar algo nuevo. Escribir, lo he dicho antes, es darse cuenta de las limitaciones propias: humanas, literarias, espirituales, etc. Desde hace al menos dos meses me tiembla la mano enfrente del teclado. Ya no el dichoso miedo a la página en blanco sino a la vacía efigie en la pantalla. Si uno no pulsa tecla alguna el cursor parpadea hasta el infinito, como una carcajada. Las ideas pendientes en mi cabeza se diluyen mientras más las medito, son como un temblor imperceptible que ocurre en otro sitio lejos de aquí.

    Es un pesar normal. Tampoco estoy aspirando a ser único, voz cantante y mucho menos tender al melodrama. No es eso. Escribir es como coger. Luego de un receso nomás es cosa de bajar un calzoncito para que la sapiencia se reactive. Tengo clara una cosa: la tristeza es sinónimo de juventud. La madurez consiste mayormente en saber aguantar el chorro seminal el mayor tiempo posible. No escondo metáfora alguna en lo anterior. O tal vez sí. Me apoyo en la ordinariez para ser claro. Los cuentos y novelas –por decirles de una forma- que tengo planeado escribir me exigen una madurez que tal vez no poseo aún. O que tal vez no posea nunca. Hay que ser paciente. No hay prisa. Hay medicinas que saben amargo.

    Por lo demás quiero disculparme porque me he transformado paulatinamente en justamente aquello en que no quería convertirme: una vendedora de Tupperwares. Esas señoras que aprovechan el domingo en familia para sacar sus productos ofertando el hecho de que tal o cual Tupper mantiene a la lechuga más fresca. Con esto me refiero a la forma en que me autopromociono en medios electrónicos. Internet es una vendimia, ya de por sí. Los escritores estamos aprendiendo a usarlo para hacernos de un público de lectores. Veremos qué sucede. Por mi parte, estoy tratando de aprender a hacerlo con humildad pero entiendo si he sofocado a alguien con mis tonterías.


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • 160 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    No tenemos alma. Al menos no de manera tácita. Es verdad que nacemos con el cálido aliento que nos insufló el dios creador. Carne que fue barro, todo siendo hallazgo y magia. Ese hálito se va perdiendo conforme crecemos y preferimos darle mayor importancia a la acumulación de las dos cosas más vulgares que la vida conmemora: el amor y el dinero.

    No tenemos alma, la extraviamos en el camino Y lo más vil: fuimos
el público que aplaude o bosteza en su butaca.

    Y ese verso de Paz está, curiosamente, lleno de entusiasmo porque ambas circunstancias (aplaudir o aburrirse) al menos a mí me hacen pensar que el daño no es irrevocable: read more

  • 146 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    “Así fallan, así han fallado, ¡oh patria! los esfuerzos y los ensueños de tus hijos menores…”

    José Vasconcelos

     

    1.

    Cuando escucho que alguien menciona al “Ulises Criollo”, la primera parte de la autobiografía del Licenciado José Vasconcelos, no puedo sino notar que la piel de mis brazos se colma de emoción. read more

  • 125 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    El otro día un sujeto me comentó que se había hecho a la intención de escribir una página diaria para culminar de una buena vez su novela perpetuamente en ciernes. Yo no quise contradecir tan bello anhelo, sin embargo creo que escribir jamás tiene que ser una opción. Es algo que se hace o no se hace, como estornudar o perder el cabello, como espiar a la vecina o espiar al vecino.

    Además, la meta no debería ser escribir una página diaria; sino eliminar una página diaria. Borrarla para siempre y sin clemencia.

    No escribas, no escribas, no escribas… reitera una inscripción en los muros de mi hogar.

     

    2.

    Creo que los dos elementos que un escritor debe poseer para que su trabajo crezca como ciudad son la humildad y la disciplina. Yo, me temo, carezco de ambos. José García, el autor del cuaderno que prefigura a “El Libro Vacío” de Josefina Vicens posee ambos elementos hasta el desparrame. Obra maestra sobre la imposibilidad de escribir un texto literario.

    No se puede escribir. No se puede. ¡No!

    Rafael Lemus afirma que “El Libro Vacío” y no “La Región Más Transparente” es el libro que abre las puertas de la literatura mexicana a la modernidad. Dice: Somos modernos porque hemos fracasado… no somos contemporáneos de todos los hombres sino de aquellos ya caídos y desamparados.

    Estoy de acuerdo. También Octavio Paz, que devoraba corderos, está de acuerdo: ese hombre (el protagonista de la novela) que nada tiene que decir. Nos dice: nada, y esa nada se convierte… en una afirmación de la solidaridad y fraternalidad de los hombres.

    3.

    Es decir, que cada quién sea José García a su manera.

    Para mí: escribir es una cochinada. Un tormento. No se lo deseo ni a mi peor enemigo. En la mañana me siento un narrador medianamente inspirado pero en la tarde pierdo total fe en cualquier palabra manoseada por mí. Escribir es una ociosidad, una literal pérdida de tiempo. Pienso a menudo en el veinteañero que fui, todo lleno de esperanzas frágiles y bobas, añorando con ser todo un escritor. O más bien: añorando ser leído, que tiene poquita más dignidad. Todo se cae a mi alrededor. Me despabila a diario la esperanza de que un día conseguiré párrafos que no me hagan sentir tan indefenso. Temo ser enterrado en el cementerio de los malos escritores.

    Tampoco me quiero hacer el sufrido. Escribir es quitarse con placer la cicatriz en la rodilla, es presumir el chupetón, es la cucaracha que decidimos no pisar en la calle y es salir milagrosamente vivo de entre las piernas de una mujer.

     

    4.

    No escribas, no escribas, no escribas…

     

    Pero escribir.

     

    El primer objetivo de estas líneas es anunciar la próxima aparición de mi nueva novela. Se intitula “El Siglo de las Mujeres” (Ediciones B) y podrá adquirirse a partir de la siguiente semana en todas las librerías y Sanborns del país.

     

    El segundo objetivo de estas líneas es pedir una honesta disculpa pública por haber escrito una nueva novela. Lo digo de corazón. Ignoré la inscripción en mi muro, le fallé a José García, a Paz, al sujeto de la fiesta, a mis hermanos escritores que no escriben.

     

    El tercer objetivo de estas líneas es suplicarles que lean y relean a Josefina Vicens.


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).