Daniel Téllez

  • A tiro de piedra, de Daniel Téllez | Felipe Vázquez

    Resonancias de la vanguardia poética

     

    Daniel Téllez, A tiro de piedra, Bonobos Editores/unam, México, 2014, 80 p.

     

    Una de las primeras actitudes del advenimiento de la posmodernidad fue hacer de lado la aventura formal, la experimentación y la búsqueda de nuevas fronteras de la lírica. En los ochenta y noventa del siglo xx hubo un movimiento de retorno, de rechazo a las vanguardias poéticas que habían dominado la primera mitad del siglo y que aún daban obras importantes en los sesenta y setenta. Las vanguardias proponían una sucesiva novedad y, por lo tanto, una negación sucesiva de la tradición. read more

  • Tres poemas | Por Daniel Téllez

    te están matando los años / ya perdiste tu esplendor
    Lucho Cuadros

    Lucero del alba

    Aquí un manual de filosofía de hormigas cenicientas. Entre el meñique y el tacón dispuesto, la lucidez corrosiva es una insípida  broma. Google Maps registra el último glaciar. Usted está a punto de perder la palabra historia. Decide escribir lo que es zarpar por vez primera. “Las ideas no duran mucho. Hay que hacer algo con ellas”, repasa Ramón y Cajal. Pasarán veinte años para comprender el desarraigo y la mutilación. En las zonas altas de Cochabamba la enfermedad de Chagas es endémica. Esto es el purgatorio y usted es el expatriado iconoclasta Alfred Chester en busca de dátiles. En el Rincón de los Milagros el sol carmesí se  suspende en el atardecer y uno ya no respira, nada fluye por dentro.

    Colmo de males

    Todo lo que se desperdicia en la infancia es un recurso de la adultez. Usted criaba cerdos, lo recuerda. Los alimentaba con las sobras del panadero al que revelaba su café. Mendrugos de pan y salsas de tomate fue la dieta de los lechones. Extrajo la suya de otros basureros. Comprobó el despropósito del desperdicio global de la pitanza en la monotonía de sus vecinos. Plantas, zanahorias y un acetato de voz viva donde el cerdo de la piara de Epicuro ponía paño al púlpito de drogas iniciáticas. Fue la sustentabilidad más aporreada. Ahora recomienda criar cerdos en fronteras, retenes y en el jardín de autores pontificados.

    Hasta verte Jesús mío

    De niño descansaba ilícitamente entre dos respiraciones profundas. Apretaba los muñones y lanzaba canicas ante cualquier brío. Fijaba límites entre usted y el tímpano. Mascaba chicle porque no había paisaje azul para contemplar y la eclosión era polen en la penumbra. Loaba al Toro de Etchohuaquila. Practicante, se rodeaba de plantas y lloraba con la fiebre del santo varón. Producía endorfinas y su juego no cesaba con los gallos vociferando al amanecer. No arrastraba a nadie con sus colmos. Ahora su espíritu expatriado da oídos a “Chet Baker sings” y se dispone a releer El síndrome del superestrés de Robert Lee. Después de la blanqueada se concentrará en la inmolación.

    RC Narciso I


    Escrito por Daniel Téllez

    (Ciudad de México, 1972) Poeta, ensayista y crítico literario. Estudió educación en la Escuela Normal Superior de México, la especialización en literatura mexicana del siglo XX en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM-A) y la maestría en letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Poemas y artículos suyos han aparecido en revistas literarias y académicas comoBlanco Móvil, Castálida, Deriva, Descritura, Fuentes Humanísticas (UAM), Parque Nandino y Tierra Adentro, así como en el sitio mexicovolitivo.com.

    Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2001 por El aire oscuro, y el Premio Municipal de Poesía Rey Poeta Nezahualcóyotl 2006 a Creadores con Trayectoria. Entre sus obras, se encuentran: El aire oscuro (2001), Asidero, el corazón de los confines (2003), Contrallaveo (2006), Esas distancias de algo (2009) y Pasiones desde ringside: literatura y lucha libre (2012).

    Obra grá­fica de Ale­jan­dro Barreto

  • Cielo del perezoso de Daniel Téllez

    El cielo abierto en la palabra por Josu Landa.

    El cielo tiene su ignioma, su idioma de fuego, y en la lira írica de la mirada, en la intemperie absorta, en la explanada curva de nuestros ojos sedentes más sedientos, bruñe el aire el elemento luz. Eso es lo que constela y firma un firmamento y eso es lo que poemiza una niña con retina, un iris aun con pereza en la córnea, salvo cuando reseca ésta como escama, en la indiferencia de un cuerpo sirenaico inerte, que ha apurado una lefa oscura como sólo noche de nada, fondo anaeléctrico de antimateria.

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