cuentos

  • Cortados con la misma tijera

    mujer-en-un-barEl calor es insoportable aun dentro del bar. Pido una Sol oscura, bien “muerta” y saco un Camel de la mochila. El mesero se inclina para encenderlo y, de paso, echa una ojeada al escote de mi blusa. El muy cabrón ni siquiera lo disimula. No me molesta, a estas alturas del partido estoy más que acostumbrada, es sólo que todavía no deja de sorprenderme con qué facilidad lo hacen. Los hombres, claro está. Todos, hasta quien menos te imaginas. Como cuando, recién separada, Mayerling me invitó a tomar el café a su casa. Arnulfo, su marido, y por si fuera poco, el pastor de la iglesia, en múltiples ocasiones había intentado que mi ex y yo nos reconciliáramos. Supongo que, desilusionado de los resultados, le pidió a su esposa que le echara la mano para convencerme de volver con Alberto. Cuando me invitó, estuve a punto de negarme. Qué hueva ir hasta Cholula y chutarme de nuevo el sermón de “hasta que la muerte los separe”. Pero en ese entonces no sabía decir que no, así que ahí estábamos en la tarde de un día cualquiera, sentadas en la sala de su casa tomando café. Para ese entonces ya había cambiado los Manolo Blahnik por los huaraches y Mayerling trataba de portarse igual que siempre, sin lograrlo. Yo me moría por un maldito cigarro en una casa donde el No Smoking es un axioma de vida y planeaba ya una excusa para largarme de ahí, cuando Arnulfo entró a la sala con el pequeño Arnulfín en brazos diciendo no sé qué cosa sobre la medicina del bebé. El caso es que Mayerling se levantó de inmediato, se disculpó un momento y, tomando al pequeño, salió. Arnulfo, por supuesto, se acercó a saludarme. Yo tenía la taza de café en las piernas. No te levantes, me dijo, y se inclinó para besarme la mejilla. Entonces lo caché: el pastor de la iglesia, marido de una de mis mejores amigas, consejero matrimonial, hombre recto e intachable, viéndome los pechos por entre el escote. Mmh… algo estaba mal. ¿Y los sermones interminables sobre el noveno mandamiento? ¿Qué diablos pasó con el “no desearás a la mujer de tu prójimo”? Ah, claro, ya no era mujer de ningún prójimo; no era mujer de nadie. Punto. Es decir, puedes verle las tetas y lo que quieras a una mujer siempre y cuando no tenga “prójimo” que la haga respetable, o que por lo menos conozcas. Y no es que fuera una santa —y vaya que no lo era— o que me asustara que un hombre quisiera ver un poco más de piel, pero hasta para mí —y suponía que también para él— había límites: era el pinche pastor de la iglesia, con una chingada. Si hubiera sido cualquier otro le hubiera dicho: ¿Te gusta lo que ves o quieres verme también las nalgas? Estoy segura de que se me alcanza a ver la raya. Con él sólo se me ocurrió levantarme y salir de allí encabronada. Con el mesero, en cambio, ni me encabrono ni le sonrío ni lo volteo a ver. Le doy una fumada al cigarro y expulso el humo muy despacio, después de mantenerlo en los pulmones lo más posible. Él no tarda mucho en traer mi cerveza. La pone en la mesa, pregunta si la sirve en el tarro, y mira de nuevo el escote, ahora disimuladamente. Respondo que no y regresa a la barra. Yo finjo indiferencia. Bebo un trago largo, doy otra fumada antes de acomodarme en mi asiento y de un vistazo recorro el lugar.  Casi todas las mesas están ocupadas pero no se ve nada interesante, sólo el ambiente típico de un bar de moda: luces tenues, fotos de estrellas del cine hollywoodense por todos lados, un partido de futbol en las pantallas gigantes y en las bocinas, en lugar del Perro Bermúdez, una rola de him. Extraña combinación, pienso, y vuelvo al recorrido visual. En la mesa de enfrente unos novios se besan; él succiona levemente el labio inferior de ella, su mano sosteniéndole la nuca. Se despegan un momento para murmurarse quién sabe qué y ella se ríe, sus dientes apenas asoman por la boca entreabierta. Él se acerca para besarla de nuevo. Me volteo, prefiero el futbol. Alberto y yo casi nunca nos besábamos en público. Podíamos cambiar parejas, hacer tríos, coger con todo mundo en el cuarto oscuro del Violet pero eso sí, nada de andarse besuqueando delante de la gente. Para eso están los hoteles o, de plano, tu casa. No se puede perder la clase, la finura, decía. Hacer de todo en el lugar apropiado, en el momento apropiado. Ajá, sí, cabrón, y tu nieve de qué la quieres. Eso fue lo que siempre me molestó de Alberto, su doble moral, su hipocresía. Uno es lo que es, punto, aquí y en cualquier lado. Pero no con Alberto. Con él todo era fingir. Si estábamos en la iglesia, éramos la pareja más fiel, más devota y más comprometida del mundo. El modelo a seguir. Había que escandalizarse cuando alguien se salía, aunque fuera un poco, de las estrictas normas religiosas, para luego mostrar nuestro magnánimo perdón como si de veras fuéramos intachables. Qué hubiera pensado la congregación de “Atalaya Invencible” de habernos visto en el cuarto oscuro del Violet. O sus papás. Por eso las cosas entre él y yo se fueron al carajo. Todavía me acuerdo de su cara de incredulidad cuando le dije que me iba. De la sorpresa pasó a la burla. Sí, cómo no, a ver cuánto duras allá afuera sin mi dinero, porque de aquí no te llevas nada, lo que traes puesto y di que te fue bien; te doy una, si acaso dos semanas, para que regreses con la cola entre las patas. Le dije que esperara sentado. Supongo que sigue esperando porque hasta ahora, después de dos años, aún no le cae el veinte de lo que pasó. Eso es lo que me pregunta, cada vez que puede: ¿qué pasó?, ¿qué nos pasó? A él no sé, a mí me hartaron las mentiras, las poses y las pretensiones absurdas. Y el jueguito, por Dios santo, digo, al principio es tan excitante que hasta cuesta respirar, es cierto, pero después se vuelve tedioso y predecible. Salvo las dos reuniones en el De Efe con Jorge, Laura, Alex y Liz —que resultaron bastante buenas: gente bonita, ambiente cool y hasta sofisticado, y mucho pero mucho sexo—, las demás parecían sacadas de una película de Jodorowsky. La primera pareja que contactamos acá fue por medio de una revista swinger, de esas que traen fotos con “modelos” amateurs en la portada —uf, chafísimas— y después de la consabida llamada telefónica quedamos de vernos en su negocio, que resultó ser una sex shop por el rumbo de San Manuel. Las expectativas eran altas considerando las experiencias anteriores, sin embargo, resultó que Armando no era ni la mitad de lo que decía su descripción y Bety, en lugar de los 90-60-88 que anunciaba, más bien tenía cuerpo de boiler con un vientre abultado como de cinco meses de embarazo. Yo no sabía si reír, llorar o salir corriendo. Alberto se dio cuenta de mi reacción de inmediato. Su táctica: empezar a chulear a Bety y a contarles de nuestra “vasta” experiencia en el intercambio de parejas. Armando se me quedaba viendo como perro hambriento y Alberto lo animaba con miradas cómplices. El cuate estaba tan nervioso que comenzó a reírse, primero disimuladamente pero poco a poco las risitas se convirtieron en carcajadas; sonoras y enervantes carcajadas que en lugar de romper el hielo contribuyeron a enfriar aún más mis ánimos. Sobra decir que la reunión fue un desastre pero ni eso desalentó a Alberto. Siempre tuvo la esperanza de encontrar una pareja de GQ, que obviamente nunca llegó. Lo que llegó fue un fastidio de mi parte, en algún momento imposible de esconder. Mi aventura con Max fue mero pretexto para terminar con una relación desgastada y terriblemente aburrida. Y de paso demostrarme que podía hacer lo que quisiera, con quien quisiera, sin Alberto, sin necesidad de su autorización, sin su permiso. Y sin culpas. Por supuesto, fue un escándalo pero y qué… Me estaba sacudiendo años de mentiras y convencionalismos ridículos. Si la gente va ha hablar, lo hará de un modo u otro, con o sin motivo. Les di gusto. Hablaron de mí hasta el cansancio.  Y se olvidaron del asunto a los pocos meses, en cuanto surgió un chisme más interesante.  Supongo que en la iglesia seguirán orando —hipócritamente, claro está— por la salvación de mi alma y compadeciendo al pobrecito Alberto. Bien por ellos. Cumplen su función a pie juntillas. No esperaría menos de la congregación. Mientras tanto la cerveza se ha terminado y busco al mesero para pedir otra. El lugar está lleno y soy la única mujer que está sola. Si quisiera podría llevarme a cualquiera de estos cuates a la cama. Hay dos o tres que voltean a verme con insistencia y luego cuchichean entre ellos. No tardan en lanzarse a mi mesa a ver qué pescan. Son tan transparentes, puedo ver sus intenciones a tres cuadras de distancia. Me sé de memoria lo que dirán. Hasta ahora no ha habido uno que sea original, que de verdad me sorprenda. No, qué va, todos parecen cortados con la misma tijera. Mientras tratan de conquistarte son encantadores. Y a la mañana siguiente, después de una noche de sexo mediocre, lo único que quieren es largarse de ahí; no vaya a ser que te hayas creído sus cuentos y ahora te sientas con derechos. Conmigo no. Hay que sacarlos rápido de la cama y dormir tranquila y plácidamente el resto de la madrugada. La vida es una mierda. Ni modo. O aprendes a vivir entre mierda y a salpicarte lo menos posible o ya te cargó la chingada. Y de ser muñequita de aparador, sumisa y obediente, prefiero mil veces sentarme sola en una mesa de bar y jugar al lobo y al cordero. Y por supuesto que los corderos son ellos. Mientras me traen la cerveza ensayo mi mejor sonrisa. Me apresto para la cacería. Es mejor ser cazador que presa, ser titiritero que títere, no me cabe la menor duda.

    Texto pub­li­cado en la edi­ción 155 de Crítica


    Escrito por: Ana Delia Carrillo

    Teatrera juvenil que se moviera en los circuitos artísticos de Torreón, Coahuila.
    Escritora inclasificable que se especializa en el área narrativa.
    En 2007 obtuvo el tercer lugar en el XI Concurso de Cuento Mujeres en Vida que organiza anualmente la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla por su cuento Cortados con la misma tijera.
    Rockera irredimible, gasta sus pasiones entre Iron Maiden, Judas Priest yMetallica en una dinámica hiperkinética de difícil alcance.
    Gramatóloga infalible, soporta el peso de una subdirección de este blogzine y una titánica labor de corrección ortográfica.
    Gasta su tiempo entre atender a su par de hijos adolescentes y una suerte de Lobo pre-adolescente que supuestamente dirige y programa estas pantallas.

  • Una isla bajo el volcán

    A un lado del volcán flota la luna. Subo al departamento y abajo se extiende una constelación de luces mercuriales. Silencio. Aquí no pasa nada. Aquí es Puebla y sólo la fumarola del Popocatépetl forma una nubecita iluminada. read more

  • Prosas

    LLUVIA NOCTURNA

    La que empezó todo fue la abuela. Era de noche, llovía muy fuerte y alguien tocó a nuestra casa. Ella levantó la bocina del interfono para contestar. La persona se había equivocado y pidió disculpa, pero la abuela no colgó en seguida. Se quedó oyendo hechizada el fragor de la lluvia a través del interfono. El aguacero arreciaba contra el toldo de lona impermeable que daba acceso a nuestro edificio, uno de esos toldos de hotel que sirven para resguardar de la lluvia a los clientes que llegan en taxi y cuya instalación en la entrada del edificio había dividido a los inquilinos en dos bandos opuestos. Escucha, me dijo pasándome la bocina. read more

  • 50 cuerpos extraordinarios de Carmen Boullosa

    Enumero cincuenta cuerpos extraordinarios sin intención de crear una taxonomía o marcar un rango. Mezclo imaginarios con reales, dioses con humanos, ficciones y mentiras con inobjetables.

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  • Cuentos de la mala memoria: escribo para que no se me olvide

    Por Luis Miguel Rivas

    Les voy a contar una historia de la que no me acuerdo. Y por eso mismo quiero contarla. No sé cómo es el mecanismo que lleva a otras personas a escribir, pero en mi caso es el deseo de acordarme de cosas que no sé, de cosas que están en la base de mí, por debajo de los datos que he olvidado. Por eso en la mayoría de cosas que escribo parto de recuerdos, de asuntos que he visto o vivido o escuchado o que he escuchado o visto viviéndolos. read more

  • “Si lo recuerdas, no lo viviste” (El rock como memoria artificial)

    ¿El rock y la memoria? Son dos cosas que disfruté en el pasado.

    Leonardo García Tsao

    BÁJATE DE MI NUBE

    Los Rolling Stones representan una exaltada variante del recuerdo. Al oírlos, recuperamos cosas que no siempre tienen que ver con ellos. Además, sus conciertos fomentan la resurrección de las amistades. De pronto, un señor que se parece a Séneca el Viejo te abraza con un furor que sólo se vuelve lógico cuando te recuerda que acampó contigo en Puerto Ángel en 1973 y aún le debes el autobús de Pinotepa Nacional al D. F.

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  • Una noche en Oaxaca de Eusebio Ruvalcaba

    para Teresa Mondragón

    Y abiertamente consagré mi corazón a la tierra grave y doliente, y con frecuencia, en la noche sagrada, le prometí que la amaría fielmente hasta la muerte, sin temor, con su pesada carga de fatalidad, y que no despreciaría ninguno de sus enigmas. Así me ligué a ella con un lazo mortal.

    Johann Christian Friedrich Hölderlin, La muerte de Empédocles read more

  • El soldado desconocido por Alejandro Meneses

    Alejandro Meneses debió tener 24 o 25 años cuando escribió este relato. Poco después aparecería, en 1987, su primer libro. “El soldado desconocido”, que presenta diversas similitudes con “El fin de la noche”, la suerte de noveleta que cierra Días extraños justamente, sería sin duda parte de éste si las circunstancias no hubiesen obrado en contra de su autor. No se puede decir, sin embargo, que en la existencia azarosa de Meneses semejantes pérdidas se convirtieran en lamentos. Ni siquiera, para acabar pronto, menciones al desgaire. De ahí que quienes lo tratamos con frecuencia tengamos hoy serias lagunas en cuanto a obras inconclusas u olvidadas en alguno de los muchos sitios que habitó. Para muestra basta un botón: no tenemos certeza alguna acerca del año de su nacimiento ni contamos con algo más que conjeturas sobre la fecha precisa de su muerte, que podría haber ocurrido entre el 2 y el 3 de julio de 2005.

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  • Carlos Velázquez

    Carlos Velazquez

    (Coahuila, 1978) Es autor de los libros de cuentos Cuco Sánchez Blues (ICOCULT, Col. La Fragua, 2004), La Biblia Vaquera (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2008) y Remix EP (Regiacartonera, 2009). Becario del FONCA. Premio Nacional de Cuento Magdalena Mondragón 2005. Becario del FECAC en dos ocasiones. Antologado en el Anuario de poesía mexicana 2007 del FCE.

    Hijo de un luchador. Fan de Extremoduro y de Manic Street Preachers. Adicto a las botas vaqueras. Coleccionista de sombreros vaqueros y cintos piteados. Aficionado al jazz, vago y autodidacto. He trabajado como despachador de pollo frito, chalán de frutería, fabricante de jocoque casero, lavaplatos en una pozolería, dependiente en una tienda de discos, bodeguero de panadería y vendedor de cerveza en el estadio Corona.

  • Straub very feels for Eva de Carlos Velázquez

    Arte de Lulú Gíl

    Today is the greatest day I’ve ever known cantan los Smashing Pumpinks en la grabadora Paioner.

    Y Straub canta también (pinshi disco ya stá más aplaudido quel de Neil Young con Pearl Jam) mientras piensa en si existen los sueños siameses. Un sueño es como meterse coca, considera, nunca la experiencia es la misma. Algunas veces la pesadilla se repite, pero siempre con pequeñas variaciones que hacen el mundo más insoportable.

    Muy bien planshado y con camiseta, frente al espejo se aplica un generoso tratamiento antiarrugas. Una crema redentora y preciada que compra su jefa en oferta y con dinero electrónico en Soriana. Apenas tiene 22, pero stá obsesionao mal plan con sus patas de gallo.

    Atemperado, como mecotaxi recién desempacaíto de lagencia, sale a la calle a hacer gruvi. Tunait’s de nait, se dice pa que amarre. Sta esu noshi, su sabadancin. Se siente sabrosuras. Eva morderá el polvo del amor. Onque del disho al hesho haya una maquinaria, piensa que la teibolerita se derretirá diatiro como barquillo napolitano ante sus naipies. Stá en edad de Bing. Carga 5 mil varos en la cartera. Pa sacarla del congal y gozarla hastalamanecer. Quiobo reina, ya llegó tu piratón. Tu don Pedro con agua mineral.

    Son las ochoa melo y asociados. Faltan dos orejas tía rosa pa que las morras arriflen a la pista. Antesitos de llegarle a la tablita, tira pal cerro a conseguirse una grapa. Sabe que la soda siempre se requiere. Yu bi olgüeis on mai main. O no? Agüelita, soy tu nieto.

    Se mete al Sabino Gordo, no sin antes sonarse apreciativo, cauteloso, conocedor, pasesinar el tiempo. Ignora por quéso, pero recuerda las palabras de su jefita: ya no uses esa mierda. Se te va a joder el disco duro. Pos será mierda, pero ah qué sabrosa popó. Se atranca uno, dos Tecates de 16 onzas. Ya sizo, dice y se despasha un saque de 80 kilómetros por hora. Digno de Güimbledon.

    En el Infinito la onda stá detenida. Como la pausa de los dos minutos en los partidos de futbol americano. Todas las morras del teibol la rolan trepadas en las dos pistucas. Es día de privados 3 x 1. Por 50 varos puedes escoger una piel y amasarla como tortilla de harina cruda 3 rolas. Por 100 más le puedes dar su bombeada. Pero eso lo arreglas acá en corto con la morra.

    Eva no se guasha. Pos una tina de Cartas, no? Termina la barata. Última oportunidá, 9 minutos por 50 varos. Son una mini mami las que agarran cliente. La raza anda sharra. Prefiere invertir en el taxi de regreso o en cargar saldo pal celular.

    Dos morras aparecen sobre la pista 1 y son recibidas con una ovación. Hesha por los mismos batos que celebran un gol en el estadio de los Tigres. Somos un solo público. Somos todos un mismo pito que igual se levanta con el niño Maseca del Kikín que con unas tetas operadas.

    Las morras sencueran toditas y desocupan. No se permite el tráfico en la pista. Le toca a otras douglas. Imaginen si llegan a colapsar nalgas contra nalgas, podría ser un accidente como los de Formula 1.

    Para cuando suben las que siguen, el culo de Straub dice suelo. La rola que bailan es Easy Money de King Crimson. Y por primera vez, desde hace 10 años que compró el disco Siamese dream, el pendejo de Straub ntiende. Sto, se confiesa, es un sueño siamés. A sto se refiere el pinshi Billy Corgan. La unión de carne y música es el perfecto sueño siamés. Es tan certera la rola bailada por las teibols que incluso se le para el pito a pesar del ntosque de coca. Es posible que hasta unas gotas de líquido lubricante alcancen a brotarle.

    Se acaba el shou y salen dos morras más. Gemelas. Repetición instantánea. Qué nombre más atinado pa un teibol: Infinito. Entonces, Eva sale del área de privados después de como shingo mil servicios. Segurito más aplaudida quel disco de Neil Young con Pearl Jam.

    No esu turno, sin embargo se trepa a la pista. Nunca hay más de dos shavas arriba. Pero nadie la sordea. Cómo si anda hastal ful. Bien tasha. Con los ojos más vidriosos que una virgencita de guadalupe en miniatura. Por eso Eva scapa al formato. Mientras las otras morras se desprenden de sus prendas con la sórdida monotonía habitual, ella yanda por completo desnuda. Víctima de la química.

    Desafía las reglas. Los preceptos básicos y sagrados del oficio. Obsequiarse al público. Permite que un tumulto de manos la transite. Cada trozo de su carne se ha revelado al manoseo. Eva se entrega, a la trasgresión sensorial, a la auscultación vulgar, a la báscula insultante.

    Eva se reparte, democrática. No como las otras. Que al sentir un dedo más allá de la cancha permitida, se retractan, se repegan a la seguridad que proporciona el tubo. Lejos de ese proletariado rabioso e infiel que las perturba. Eva no. Eva stá perdida. Contraindicada. Straub no lo soporta no lo tolera. Que Eva se regale no es problema.

    Pero el ultraje. El saqueo. Qué le pasa al mánayer que no cambia de pisher. Que alguien hable con el coush de pisheo. Neitamos un relevo del bulpen. Ya van doce carreras en un inin. Eva es latracción dese parque de diversiones ques el Infinito. Su cuerpo es el neón más atrayente. Así, pequeño, plano, moreno, sin shiste. Pero mejor ntrenao pal sexo que aquellos que se revuelcan en la moda de la cirugía. Un cuerpo de niñita que ni creció. Un cuerpo de 18 años endeble, blandengue, que no se derrumba, no se exhausta.

    Se crea una fila pa darle sexo oral. Y Straub se forma. Y Eva stá vi viendo su propio sueño siamés. La mezcla de contacto y la voz de Marilyn Manson que canta Sweet dreams son un mellizo al que Eva se retrae. Se re tribuye. Una mis ma matriz sensorial, receptiva a la que le ha nacido otra pero que son la misma.

    Después de musho ai va lagua, por fin Straub queda frente a ella. Ha sido tan exhaustivo el recorrido para llegar a ella, que se siente como el primer astronauta en pisar la luna. Pero Eva no lo reconoce. Anda pasada. No sacaría a flote ni a su jefa. Es una paleta clavarse con stas morras. Son como los perros. Pero ellas no huelen tu miedo. Perciben tu interés y te man dan a la shingada. Las mujeres pagan remal. Ojalá Jesús no baje pronto a la tierra. Si con los romanos le fue gasho, con las teiboleras no se la va a andar acabando.

    Straub la abraza a la altura la cadera. Eva sólo sonríe, con los ojos cerrados. Ni al casting decirle Qué onda, morrita. Te acuerdas? hace un mes te dije quiba a recibir una prima en el jale y que hoy hoy vendría por ti pa comprar un buen de polvo y enjaularlos en un cuarto hay un hotel rebara por el café Brasil te acuerdas? Me dijiste simón Straub le ponemos yorch y snifamos y snifamos y snifamos.

    Pero qué caso decirle aora Eva tudai is mai dei hace un mes que no baila el muñeco hace un mes que ni siquiera una shaquetita me disparo mestoy reservando pa tus güesos hace un mes sueño con pasarla contigo toda una noche solitos lejos del congal encuerados y todo.

    Eva se safa de los brazos que la retienen. Otra fila, más prolongada, más sensorial, la reclama. Y Straub comienza a oír en su interior una stación de ra dio conocida. El f. m. que le dice que le hace urge un pase. Una rayita. No puede digerir sus emociones sin cocaína. Entre dientes se pregunta: oye dios, qué me has dao, que todo el tiempo quiero star drogado.

    Entral baño a atenderse. Lo primero que ve es a un par de baserolos fumando piedra en unas pipas heshas con botes aplastaos de Tecate. Encimita, lee en la pared: El pinshi sueño siamés existe. Abajo hay otra frase. Dice: Como los Gremlins. Y debajo una más: Como tu shingada madre.

    Uno de los basucos le pasa a Straub la pipa y el encendedor. El otro hace lo mismo. Y Straub empieza a darse. Se quema el pulgar con el encendedor. Por las frases, se acuerda de los Gremlins. Que se reproducían con agua. Todos son siameses, no? Por qué no se parecen, pues?

    Dos saca borrashos del Infinito ntran al baño. El guarura gordo y prietote que stá en la ntrada y otro que no conozco. Quién shingados te dijo que se puede fumar eso aquí, eh puto? Algún pitorra shismeó que staban quemando en el baño. Ecuánime, casi hasta podría afirmar que elegantemente, le quitaron las pipas. Una vez concluida la transacción, comenzaron a madrearlo.

    Lo sacan a patadas en el culo. Pero los putazos ni le saben. Straub anda bien priedrólar. Prendidote. Para un taxi. A ónde va, joven? A la Nuevorepueblo. Durante el vieje tararea today is the greatest day i’ve ever know, cant’ live for tomorrow, tomorrows much to long. La pesadilla se repite. Al parecer sin variaciones. La pesadilla es la misma. No se cumple su sueño siamés. Quemar los 5000 con Eva.

    Regresa solo a casa. A tratar de masturbase sin conseguir eyacular. Hasta quedarse dormido con el miembro fláccido en la mano. Lo sabe. La pesadilla nunca se transforma. Es como una fotografía. Tal vez los sueños siameses existan, pero como otros mushos sueños, sabe que no stán a su alcance.

    Escrito por Carlos Velázquez:


    Escritor mexicano nacido en Torreón, Coahuila, en 1978. Autor de cuento, poesía y reseña; textos suyos han aparecido en revistas de Torreón, Monterrey, la Ciudad de México y Buenos Aires (Argentina). Ha traducido poemas de Jack Kerouac y William Carlos Willams.