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  • El Clan de los Estetas | Por Alejandro Badillo

    El torso se revela esculpido por la penumbra. Las vetas de sangre fresca desmienten el mármol de la piel. Me conforta el trazo desnudo del cuerpo, la sombra que proyecta y que aviva el silencio del cuarto. Mi gesto permanece firme y acompaña la respiración del foco. Me levanto de la silla. Miro mi caligrafía apretada en varias hojas; los restos de la batalla, la memoria brillante del cuchillo. El calor es una bestia que reposa. Pienso, quizás invento, que el torso es una forma vacía, sin peso, que me interroga. Lo recuerdo entrando por la puerta, recuerdo su traje negro, su mano tocando el filo de su sombrero y el movimiento que terminó cuando se sentó en la orilla de la cama, la misma orilla que ahora miro sin saber si me quedaré aquí para siempre o si pronto me buscarán. Soy el último que queda, pero aún puedo tener la inútil victoria de anticipar el final y hundir esta historia en el anonimato.

     

    Llegué a esta ciudad hace algunos meses. La promesa de un sueldo atractivo, la vivaz actividad en la redacción de un diario y, tal vez, la ambición de escribir alguna crónica que tuviera trascendencia nacional, me hicieron empacar las maletas, subir a un camión y emprender un viaje de cinco horas sin más referencias que una carta de recomendación y las ganas de alejarme de una vida que me había deparado pocas satisfacciones y magras sorpresas. Me hospedé en un hotel barato y comencé a familiarizarme con la ciudad que resumía la imagen pintoresca de la provincia. Al otro día me presenté muy temprano en las oficinas del diario y platiqué con el director que me aceptó sin demasiado entusiasmo, casi con fastidio, como si escenificara un acto tedioso y mecánico. Esa misma tarde pude rentar un pequeño departamento y mirar desde la ventana la vida lenta de la ciudad: hombres con sombreros, algunos autos, el polvo amontonado por la mano del viento.

    No hubo muchas sorpresas los siguientes días. Pronto me acostumbré a la redacción: el ventilador que iba y venía, el ruido de un pequeño televisor, una polilla que ahogaba su figura en la ardiente bocanada de un foco. A veces me quedaba más tarde esperando una nota. El editor del periódico se llamaba Javier y, por lo que podía deducir, llevaba muchos años en el puesto. Tenía poco contacto con él, sólo las breves indicaciones que esbozaba desde su escritorio lleno de papeles y periódicos atrasados. Al final de la jornada nos despedíamos y lo veía abordar su auto, siempre vestido con un traje color negro que se antojaba demasiado formal en una redacción de provincia.

    No pasaron muchas semanas para que me diera cuenta de que la tranquilidad de todos los días era un espejismo. Pronto se comenzó a hablar de una tregua rota, de un peligro que crecía y que acechaba. A las palabras siguieron los hechos: un cadáver en la carretera, caminos bloqueados, autos convertidos en inmóviles antorchas. El diario seguía los acontecimientos. Nota a nota se perfilaban dos ejércitos enemigos, casi anónimos, cuya ferocidad iba en aumento. Cambiaron las miradas en las calles, las voces en las esquinas tenían la frágil consistencia de las sombras. Las tiendas cerraban apenas llegado el crepúsculo y los cruceros eran ocupados por ratones y perros reducidos a esqueletos. La vida seguía con la certeza del aislamiento, de estar rodeados por murallas que nos volvían invisibles. Adentro transcurría un tiempo más antiguo, uno en el que no había más ley que la fuerza. Un fin de semana escuché disparos a pocas cuadras de mi calle. El intercambio de fuego terminó y llegaron las ambulancias, los lamentos, alguna palabra ahogada por el dolor que pronto se convertiría en un grito de odio. Llamé por teléfono a mis padres, les mentí diciéndoles que la violencia se concentraba en poblados lejanos. En las noches miraba el zócalo desierto y pensaba si estaba dispuesto a quemar mis naves, unir mi destino al de aquella ciudad, al de aquellos habitantes que apenas conocía. ¿Qué era lo que me impulsaba a seguir ahí? Tal vez el secreto deseo de la muerte que crecía cuando veía las fotografías de las víctimas que llegaban a la redacción y que pronto dejamos de publicar para no ser víctimas de alguna represalia. Ya no me importó convertirme en cronista, ganar notoriedad, salir del anonimato y acariciar la fama literaria conseguida por otros redactores. Ahora sólo quería guardar un íntimo registro de los hechos, primero en mi mente y después en una pequeña libreta que llevaba a todos lados para tomar apuntes. La mayor parte de mi tiempo libre la pasaba leyendo, anotando ideas sueltas que después borraba por ingenuas. Alguna vez busqué olvidar mi soledad con los servicios de una prostituta, pero apenas me satisfizo su cuerpo tibio y oscuro; la ceniza apagada de sus ojos.

    La violencia continuó. El gobierno había prometido aumentar el número de soldados que patrullaban la región. Muchos sabían que eran sólo palabras, que estábamos solos, que debíamos purgar una desconocida condena. Algunos, los más ingenuos, pensaban que había esperanza. La pequeña ciudad estaba en carne viva con sus cuerpos derramados, sus madres dolorosas, los casquillos en el asfalto, dispersos y calientes. A pesar del peligro, una noche decidí salir del departamento para ir por un trago. Encontré un bar a pocas calles. Un indolente anuncio indicaba la entrada. La sucia luz de neón uniformaba nubes de insectos nocturnos. Entré tratando de disimular mi nerviosismo. Siluetas se enredaban y parecían devorarse. En una esquina un grupo musical lanzaba sus lamentos. El acordeón y la guitarra acompañaban las agrias voces de los bebedores. El brillo de las botellas me encandiló. Pedí una cerveza. Pasados unos minutos descubrí, en un extremo del bar, a Javier. Vestía su perenne traje negro distorsionado por la luz muerta de un foco, parecía una sombra que embozaba su figura. Bebía whisky. Su vaso ahogaba el resplandor de sus dedos. Dudé en acercarme pero hubo un momento en que se cruzaron nuestras miradas y fue inevitable el encuentro. Tomé mi cerveza, me acerqué y lo saludé tímidamente. La música menguó un poco, también el fuego de los parroquianos. Me saludó con una incomodidad que no pudo disimular, sin embargo me invitó a sentarme. Pasaron unos instantes que fueron ocupados por las fugaces piernas de una mujer, por una risa que se extendía como un laberinto de humo. Me preguntó si acostumbraba visitar aquel lugar. Le contesté que era la primera vez, que había decidido salir para despejar mi mente. Pronto ganamos confianza y pedimos más tragos. La plática habitual sobre el periodismo devino en nuestras preferencias literarias: Javier estaba al tanto de las últimas polémicas y tomaba partido con apasionamiento. Manejaba con facilidad una gran cantidad de información y vinculaba con solvencia estilos e influencias. Un dato inexacto o el nombre incompleto de un autor parecían un ejercicio de humildad para no apabullarme. Desapareció el gesto apretado de su cara y sus ademanes se volvieron más fluidos. Nos rodeaba la densa tiniebla de los bebedores. El bullicio, el tiento del alcohol, su lenta mano que desordena todo, empezaban a enturbiar mis pensamientos. Continuaron los tragos. Miraba el rostro de Javier como se miran las cosas bajo el agua. Seguimos hablando, la música se consumió y el lugar comenzó a despoblarse.

    Salimos muy tarde. Un poco de frío achispaba los sentidos. El viento movía las puntas de los árboles. Me ofreció llevarme en su auto. Estábamos por abordar cuando alguien salió de una esquina y nos apuntó con una pistola. Sólo recuerdo el movimiento fugaz de Javier, su mano que iba al cuello del agresor para ahogarlo lentamente. El hombre tuvo tiempo de hacer un par de disparos que rompieron la madrugada. Las personas se ocultaron pensando en un nuevo ajuste de cuentas. El cuerpo se desplomó y las piernas dejaron de moverse. La memoria es inexacta por el alcohol, pero aún puedo ver a Javier esculcando el cuerpo derribado y pensé –ahora comprendo la verdad de esa premonición– que intentaba demorar su muerte. Después lo dejó y subimos al auto antes de que llegara la policía.

    Al siguiente día fui al diario con resaca, pensando si lo que había vivido, si la imagen del hombre lívido, abandonado en la banqueta, era una de aquellas figuras entrevistas en mis pesadillas. Javier esperó a que saliera el último empleado del periódico, me llamó a su oficina y me dijo que uno de los dos moriría pronto, que lo había visto en los ojos del hombre mientras agonizaba. Hubo un espacio de silencio apenas roto por una pertinaz llovizna. Entonces, ante mi gesto de incredulidad, con voz baja que se volvía más fuerte conforme ganaba altura la noche, me contó una historia cuyos orígenes se pierden en lo profundo del tiempo. Ahora, mientras la ciudad arde, mientras la sangre se acumula en una ofrenda para nadie, puedo revelar la crónica cuyos detalles inverosímiles la mantuvieron en el anonimato, lejos de historiadores. Con algunas diferencias y distorsiones ocasionadas por el tiempo, la reconstruyo no para justificarme sino para evidenciar que no me ha abandonado la razón, que no estoy loco:

     

    Desde el inicio de los tiempos el hombre ha querido comprender su lugar en el mundo y su destino. Las profecías, desde el amanecer de la humanidad, han estado vinculadas a un elemento simbólico, una imagen que sirve como detonante para encontrar el conocimiento. Se sabe que en el tercer siglo de nuestra era el emperador Juliano conocido como “el Apóstata” consultaba su futuro en las densas entrañas de las bestias. El cristianismo enseñó resignación, someter la voluntad a los designios de Dios, pero la rebeldía del ser humano, el afán por anticiparse a los hechos, continuó en secreto. Bajo la sombra de la nueva religión se desarrollaron grupos que consultaban el futuro en el interior de las bestias salvajes. En el decurso de los siglos abandonaron esta práctica para explorar los cuerpos humanos. Los primeros documentos de esta herejía, encontrados en vasijas de barro cerca de Tiro en la antigua Fenicia, delineaban diversas especulaciones que pueden resumirse en una sola idea: así como Dios ha hecho al hombre a su imagen, ha dejado en nosotros esquivas señales de nuestro futuro. El cuerpo humano es un espejo que replica, en diminuto, el universo. Todas las teorías, todas las catástrofes, todas las posibilidades están contenidas en nuestra carne y huesos. Sólo hay que interpretar los designios, leer la sangre y los órganos internos como si fueran un pergamino, un palimpsesto.

    La tradición continuó en secreto, bajo la sombra de reyes y obispos. Oscuros anatomistas medievales exploraron en la clandestinidad los mecanismos del ser humano. Se creía, equivocadamente, que buscaban prolongar la juventud, encontrar la inmortalidad modificando la alquimia de tejidos, órganos y fluidos. El movimiento continuó con miembros más jóvenes que eran iniciados con ritos de los cuales no queda memoria. Se ignora si el conocimiento adquirido fue registrado por puño y letra de uno o varios autores; algunos aseguran que existe un alucinado volumen acumulando polvo en una biblioteca perdida. En el siglo xvii varios hombres fueron enjuiciados en Loudun, en el sur de Francia, ciudad famosa por los casos de falsa brujería recopilados de forma prolija por Michelet y, más recientemente, por el historiador jesuita Certeau; pero en los registros sólo se consigna la profanación de cadáveres con fines supuestamente satánicos y no hay más detalles.

    Con el tiempo el saqueo de los cementerios decayó impulsado por el avance de la medicina y la regulación de los cadáveres para las investigaciones y las clases de anatomía. En este punto hubo una escisión en la secta: algunos siguieron desentrañando cuerpos descompuestos y otros –ahora mayoría–, siguiendo las sentencias de un líder anónimo, especularon con el futuro y con sus designios que se revelan en el mismo instante de la muerte. Según ellos Dios ha grabado nuestro destino no en nuestra sangre o, como creen los quirománticos, en las líneas de las manos; sino en la primera respiración, el primer aliento. De esta forma, nuestro último suspiro lleva consigo lo que vivimos, pero también lo que pudimos haber hecho y esa posibilidad se desdobla en un número infinito de escenarios que abarcan el entero mundo de los hombres. Al inverso de un juego de muñecas rusas, en el que una figura grande contiene a una más pequeña, la muerte de un hombre contiene la de los otros hombres y éstas, a su vez, se expanden para abarcar futuras muertes cuyos detalles ayudan a bosquejar el futuro de la humanidad. El estudio, es cierto, se antoja demasiado abstracto, una tarea casi imposible para un explorador solitario, sin embargo, los paganos encontraron un soporte material en la forma y disposición de la muerte: así como el artista elige determinada palabra, el agreste color verde o el delirante rojo en una acuarela, “el Clan de los Estetas”, como a partir de entonces los llamaron, piensan –no con poca vanidad– que ellos pueden interpretar la muerte como una obra artística y que en ella se concentran el orden y la cifra del universo.

     

    El estupor me dominó una vez que Javier terminó la historia. El hombre tiene como fin supremo la preservación de la vida. ¿Cómo abolir esa ley? ¿Cómo la belleza, vinculada en el pasado con la virtud, puede asumir un papel destructivo? ¿Cómo profetizar con ella? Nunca pude responder estas preguntas. Sólo diré que un instinto atávico se apoderó de mi mente y me reveló un parte oculta para la mayoría de las personas. Javier me invitó a sus devaneos en busca de víctimas ideales. Los muertos por enfermedad no servían pues su voluntad estaba predispuesta al final: no puede haber arte en un lugar estéril, vacío. Merodeábamos afuera de los bares, de las fábricas y de las tiendas de la periferia. Recuerdo el incontrolable temblor de mis manos cuando maté por primera vez. Sin embargo, después del impacto inicial, pude percibir la belleza de alguien que deja la vida. El pulso detenido, como las hojas quietas en el verano, concentraba una sabiduría desconocida para mí y que me acercaba a los esquivos designios del mundo.

    La guerra se volcaba en la ciudad. El asfalto caliente recibía más ejecutados. Las razones se habían perdido: la sobrevivencia era un juego ciego, una ruleta rusa. Nuestros muertos se confundían con los cuerpos que no eran reclamados. Pasábamos desapercibidos porque la policía no investigaba más, sólo llevaba la cuenta de los caídos; nombres en una lista que, imagino, se volverá inabarcable. Los entierros eran rápidos, casi clandestinos. Caminar a la esquina era echar a andar el mecanismo del azar que podría acabar con la víctima disgregada para el solaz festín de las moscas.

    Los apuntes de mi libreta cambiaron: ahora anticipaban visiones del futuro en los ojos de los asesinados. Un lamento, el quejido ante el dolor que se abre paso, eran símbolos valiosos que se expandían en múltiples significados y que consumían mis reflexiones nocturnas. Algunas veces, quizás buscando un poco de lucidez en ese laberinto de fuego en el que me perdía, imaginé que el Clan de los Estetas era una invención de Javier para reclutarme, seguirlo en una cruzada absurda que terminaría por destruirnos. La actividad en el diario disminuyó. El director sólo iba un día a la semana. Un fotógrafo desapareció y tres reporteros presentaron su renuncia. Ahora las imágenes las proporcionaba la policía o los militares. Todas eran guardadas en los cajones de los escritorios: no podíamos arriesgarnos. Sin embargo, revisaba con disimulo las fotografías mientras formaba las planas en la redacción aunque sabía que aquellos muertos eran manuscritos herméticos, inaccesibles. Yo necesitaba escucharlos hablar mientras morían, mientras invocaban un antiguo amor, un recuerdo que, sólo en ese instante, salía a la superficie. Recuperar los designios escondidos en la muerte, encontrar una composición en el color, el momento en que surge la sangre y deja su impronta en el suelo, era febril tarea de todos los días. Las mujeres eran particularmente hermosas porque hablaban con sus ojos cerrados, con la palidez de sus rostros y su piel convertida en un campo de nieve. Los cuerpos restituían un paraíso perdido, una edad primigenia en la que no había culpas ni pecados. Hubo ocasiones en que llevábamos los cadáveres al río y los contemplábamos hundirse lentamente mientras aspirábamos el aire nocturno e imaginábamos el agua entrando por las bocas, llenando los pulmones, órganos que colapsaban como un vaso que rebosa y se derrama. Pronto adquirimos conocimiento y aprendimos que la violencia utilizada debía ser más sutil, casi imperceptible, para que las señales fueran menos obvias, sólo visibles para el ojo entrenado. Así que empezamos a asfixiar a las víctimas lentamente, buscando en el aliento que se extinguía alguna palabra, algún número secreto que nos acercara a la profecía final. Todo está en mi cuaderno, en fotografías que aún conservo y que varias veces, cuando la culpa me asediaba, intenté destruir con fuego.

     

    La luz de las lámparas entra por la ventana y aviva las clavículas del torso. Los pies descalzos, en débil equilibro sobre la silla, ya muestran un color violáceo. La sangre se acumula y sigue cayendo lentamente, como la cera derretida que desborda una vela. A pesar de mi probable derrota creo que la memoria de los muertos perdura, que de alguna forma desea su asesinato al formar parte, inconscientemente, de una obra que se construye de modo fragmentario pero que aspira a lo inmenso. Cada muerte, cada derrota, es un grano en un reloj de arena. Algún día, no sé cuándo, quizás en el límite del tiempo, se podrán observar, como un cuadro visto a la distancia, los frutos conseguidos por el Clan de los Estetas.

     

    Transcurrió un largo mes. Las balas no menguaron. Nuestras víctimas se repetían como las figuras entrevistas en un sueño. La empresa se volvía fatigosa. Sentíamos que caminábamos en círculos. Entonces llegó la intuición, casi simultánea en los dos, de que las muertes de los hombres no son iguales. El conocimiento adquirido, la contemplación asombrada de los abatidos, nos habían transformado y, por lo tanto, hacía que el final de nuestras vidas adquiriera más significado. El camino que habíamos recorrido nos había convertido, involuntariamente, en las últimas fichas del juego. Uno de los dos tendría la respuesta o, al menos, una pista muy importante para llegar a ella. Ahora cobraba sentido la profecía vista en los ojos del hombre afuera de aquel bar y la forma en que Javier demoraba su muerte buscando una pista más, una disposición en la luz o en el entorno que pudiera interpretar. Tendríamos que apresurarnos pues encontramos en nuestras casas un citatorio de la policía. Habíamos llamado la atención. Las miradas en la redacción del diario confirmaron algo que ya sabíamos: el azar decidiría.

    Javier llegó puntual un sábado por la noche con su traje negro y un sombrero que no conocía y que atribuí a una antigua cábala. Habíamos acordado jugar a las cartas. Pude observar la pistola que llevaba colgada del cinturón y que serviría para poner el punto final. Fui por una consumida botella de whisky, saqué la baraja y repartí el juego. Las blancas cartas refulgían bajo la luz de las lámparas. Empezamos vacilantes, con la vista clavada en las vetas de madera de la mesa. El nervio se evidenciaba cada segundo pero no por el temor al balazo definitivo sino por lo que estaba en juego.

    La partida se demoraba. Seguimos bebiendo. Conforme el alcohol perturbaba mis pensamientos, supe que yo era el elegido; el destino que pensaba en la gloria literaria y que presentí en aquellas cinco horas de viaje era, en realidad, el deseo por entender el futuro acomodando las piezas, buscando el orden y la belleza en el momento más íntimo del ser humano. Todo eso era sólo para mí, para nadie más. Javier era el detonante, el guía que debía asumir su papel secundario y abandonar el último trecho. Quizá lo presentía y por eso rectificaba, una y otra vez, el nudo de su corbata. El juego terminó empatado: era claro que el azar, demasiado caótico, no serviría. Le dije que iba a la cocina por otra botella mientras él reunía las cartas en un mazo. Tenía un revólver en el fondo de un cajón pero decidí arriesgarme con un cuchillo más fácil de ocultar. Me acerqué por la espalda pero erré el golpe y sólo lo herí en la mejilla. Un hilo de sangre manchó la mesa. Forcejeamos. Hubo un disparo que quebró el cristal y el bullicio de la noche aumentó con sus autos incendiados, como si nuestra lucha fuera un acicate, un complemento. La pistola cayó al piso y mientras Javier trataba de recuperarla le clavé el acero en el pecho. Emitió un alarido. Repetí la acción con más fuerza y me quedé en silencio, atento a alguna señal. Esperé si el sentimiento que me embargaba podía ser trasladado a algo fijo, una certeza que me dijera que había llegado al final del camino. Miré absurdamente el rostro de Javier: aún vivía y me contemplaba con los ojos muy abiertos. Todavía luchaba. El hilo de su respiración se perdía en el silencio del cuarto. Al fin murió. Lo llevé a un rincón y traté de encontrar la última clave. Tomé apuntes, interrogué cifras, busqué absurdas simetrías en los charcos de sangre, en las venas del cuello que se debilitaban. Nada encontré. Después, desesperado, mutilé el cuerpo buscando nuevas combinaciones. Incluso invoqué el sagrado nombre de Dios y me quedé sentando en la cama, mirando el techo, sin que nada llegara a mi cabeza. Durante varios minutos esperé, inútilmente.

     

    Miro una vez más el torso desnudo: la sangre brilla en el piso, como vino recién derramado. El placer de la muerte me ha dejado un poco de somnolencia, una punzada hedonista que de nada sirve y que se disipa cuando escucho una patrulla en la calle. Voy a la mesa. Se escuchan disparos cercanos. A estas alturas toda persona, por el sólo hecho de existir, es un enemigo. La ciudad se devora a sí misma, se canibaliza con su propio fuego. El cielo nocturno me contagia su fiebre. Coloco la cabeza de Javier a un lado y miro el juego que hace con el resto del conjunto. Quiero creer que esas formas opacas, iluminadas a medias por amarillas franjas de luz, son parte de un bodegón contaminado por la penumbra. Tocan la puerta, miro una vez más la composición sobre la mesa y que aún no puedo descifrar. No sé si alguien continuará y encuentre el significado que busqué yo y los que me antecedieron. Quizá sea mi muerte, su instante que se expandirá en mí, el triunfo definitivo de la belleza. Alargo la mano hasta el pálido reflejo del cuchillo y espero.

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    Obra gráfica de Alejandro Santiago

        Texto apare­cido en la edi­ción 156 de la revista Crítica.

    Obra gráfica de Alejandro Santiago.


    Escrito por Alejandro Badillo

    (Méx­ico DF, 1977). Ha pub­li­cado los libros: Ella sigue dormida, Tolvan­eras, Vidas volátiles, La mujer de los maca­cos, La Her­rum­bre y las Huel­las. Es colab­o­rador de la revista Crítica y cervecero.

  • Evo Morales | Por Ricardo Lisias

     Traducción de Blanca Luz Pulido

     

    1. La primera vez que tomé un café con Evo Morales, él todavía no era presidente de Bolivia, y yo estaba muy lejos de conquistar el título de campeón mundial de ajedrez. Me acuerdo perfectamente del momento en que sucedió: mi mamá había regresado de Australia, adonde había ido a visitar a mi hermano. Su vuelo llegaría a Brasil después de hacer una conexión en Buenos Aires. Me di cuenta, poco antes de la hora en que estaba anunciado el aterrizaje, de que el vuelo venía retrasado casi dos horas. Decidí tomar un café para pasar el tiempo. En la barra, cuando estaba a punto de pedir una segunda taza, observé a un tipo curioso que  estaba junto a mí.

    Era un gordito muy simpático, vestido con un poncho, que estaba haciendo bromas a la mesera. Incómoda, la chica se le escapó en cuanto pudo. La única alternativa del platicador fue entonces volverse hacia mí, y preguntarme hacia dónde me dirigía. Le expliqué que estaba esperando a mi mamá, y de inmediato le regresé la pregunta: ¿y usted, es de Perú?

    Me di cuenta de que él entendía portugués bien. No, me respondió, soy boliviano. Como si se diera cuenta de mi curiosidad (recuerdo muy bien eso, incluso hoy), me dijo que tenía la intención de competir por la presidencia de su país, y que había ido a Brasil a reunirse con los líderes de algunos movimientos sociales. Evo parecía especialmente impresionado con los trabadores sin tierra.[1] Me acuerdo de cómo sonrió al recordar el asentamiento que había visitado.

    Le pregunté otras dos o tres cosas más y luego nos despedimos. Evo ya tenía que abordar su avión. Le conté a mi mamá lo que había pasado, y me aseguró que a ella también le había tocado conocer a varios locos cuando viajaba en avión. La gente se confunde mucho en los aeropuertos.

    Dos años después, lo recuerdo bien, me sorprendí al ver la imagen de Evo Morales en la televisión. Mi amigo se había convertido en el primer presidente indígena en la historia de Bolivia.

     

    2. Me crucé con Evo Morales por segunda vez en la sala de tránsito del aeropuerto Charles de Gaulle, en París. Yo iba a Moscú, donde tomaría un vuelo nacional con destino a la pequeña ciudad de Khanty-Mansiyski, para competir por la Copa Mundial de Ajedrez. Mi ilustre amigo regresaba de una reunión que había tenido también en Francia.

    Evo me reconoció. Desde adentro de la cafetería, me saludó, lo recuerdo bien.  Cuando entré, después de felicitarlo por haber ganado la elección, le dije en broma que él poseía uno de los requisitos fundamentales para ser un buen jugador de ajedrez:  buena memoria. Evo, riendo, respondió que ni siquiera sabía cómo mover las piezas. Yo prometí enseñarle la próxima vez que nos encontráramos. Mi amigo se entusiasmó y dijo que, desde que había tomado posesión, quería apoyar al deporte en Bolivia.

    De repente, noté lo contento que estaba yo en su compañía, y me sentí un poco triste. Cuando sea usted presidente de Bolivia, nada más viajará en su avión privado. Evo se rió, y me dijo que Bolivia no puede darse esos lujos. Esos privilegios son sólo para países como Brasil, añadió.

    Luego quiso saber más sobre mi profesión. Le conté que, desde muy niño, empecé a jugar ajedrez porque, según una psicóloga, un deporte me ayudaría a resolver mi problema de timidez. Yo era muy solitario, no lograba hacer amistades en la escuela y prefería pasar el tiempo jugando, encerrado en mi recámara. Si saliera, me vería obligado a hacer contacto con otras personas.

    Al principio mis papás, lo recuerdo bien, intentaron el futbol, y después el basquetbol, por mi estatura. Pero fue mi abuelo, un inmigrante libanés que se hizo rico vendiendo telas y abriendo varios talleres de textiles, quien me enseñó a mover las piezas, y muy pronto se dio cuenta de mi enorme talento. Después empecé a tomar clases de ajedrez y a los nueve años participé en mi primera competencia.

    Evo mostró un gran interés en cuanto le contaba y, cuando nos despedimos, me deseó buena suerte y me dijo que en la siguiente ocasión en que nos viéramos le gustaría aprender a jugar ajedrez. Creo que hablaba en serio.

     

    3. El vuelo a Moscú fue tranquilo. Consulté en la computadora algunas estrategias de apertura que pensaba usar en el juego contra mi primer adversario, un joven rumano que llamaba la atención y era una gran promesa, pero que todos sabían que, en ese momento, tendría dificultades para vencerme. A mí me caía muy bien, quizá porque me recordaba mis primeros tiempos como Maestro Internacional.

    Después, dormí el resto del viaje. Desperté con la capital rusa a mi izquierda. El desembarque fue rápido y, me acuerdo, encontré pronto en la sala de espera al entrenador Mark Dvoretsky, con quien me quedaría los tres días que faltaban para tomar el avión a Khanty-Mansiyski.

    Aun sabiendo que no lo encontraría, cada cinco metros volteaba a ver a un lado y a otro, por si andaba por ahí Evo Morales. Dos veces creí reconocerlo, pero inmediatamente después me daba cuenta de que me había equivocado. Los latinoamericanos andan por todas partes, ya lo había visto en dos ocasiones, hasta en el helado estacionamiento del aeropuerto Domodedovo de Moscú.

    Dvoretsky notó que yo no tenía ganas de platicar y, en su torpe inglés que lo hace aún más chistoso, sólo preguntó si había yo engordado. Su pregunta me sorprendió, y se disculpó diciendo que le parecía que mis cachetes estaban más grandes.

    Estando ya en su departamento, antes de acostarme, noté que en verdad mis cachetes habían crecido un poco. Sin embargo, no le di mucha importancia al asunto. Al día siguiente, Dvoretsky me dijo que su hinchazón había de ser la causa de mi notable progreso en el ajedrez desde nuestra última sesión de entrenamiento. Según él, mi capacidad de análisis había aumentado todavía más. No me sería difícil conquistar la Copa Mundial. Cuando anocheció, a pesar del frío, insistí en que saliéramos a tomar un café a alguna parte.

     

    4. Evo Morales no estaba en el café al que Dvoretsky me llevó. Abatido, me decidí a canalizar toda mi energía en la Copa Mundial. Eran siete vueltas, con dos partidos cada una.

    Yo era, de hecho, uno de los favoritos. Tuve la certeza de que ganaría cuando quedé dos a cero con el simpatiquísimo Vassily Ivanchuck, la leyenda ucraniana del ajedrez. Los que entienden de deportes, saben que la confianza es fundamental. Los ganadores, además, están muy familiarizados con una sensación especial: en algún momento de la competencia, uno sabe que va a ganar. En cambio, con la derrota, sucede algo muy distinto. Todas las veces en que perdí, me di cuenta de ello sólo en el momento de la derrota.

    Después de Ivanchuck, dejé atrás sin muchos problemas a un Topalov fuera de forma, y en la final me enfrenté al armenio Levon Aronian. La primera partida estuvo muy tensa. Logré esquivar un final prematuro y empatamos. En la segunda, jugando con las blancas, no tuve problemas para afianzar mi posición y, lentamente, vencí.

    Por la noche, en el hotel, pude confirmar de nuevo que, si bien el ajedrez mejoró mi problema de sociabilidad, la soledad no me abandonó. Telefoneé a mi familia, que me felicitó sinceramente. Mi hermana había visto el resultado en internet y mi mamá, que siempre se esfuerza en ayudarme, volvió a llorar. Después mandé tres o cuatro emails para los amigos de Brasil, que me apoyan siempre, me comuniqué con Dvoretsky y, finalmente, me quedé solo.

    Cuando uno se acostumbra, la soledad deja de ser triste. Es algo parecido a sentir frío: sólo es necesario controlar la situación. Los que tienen experiencia saben que lo ideal –tanto en el caso del frío como en el de la soledad– es meterse debajo de las cobijas hasta dormirse o, por el contrario, levantarse y moverse. Quien tenga tendencia a la depresión, sin embargo, nunca debe usar el primer recurso. Ése no es mi caso. Yo puedo simplemente coger un libro, acostarme y, al poco rato, caer dormido. Pero decidí aventurarme en el frío de Khanti-Mansiyski para buscar una cafetería.

     

    5. Khanti-Mansiyski parece una de esas ciudades como de casitas de muñecas. Todo es muy delicado, bien arreglado y cuidado. Se nota que la población se enorgullece de sus calles y se esfuerza por conservarlas. Hasta ahora, la ciudad no ha padecido la decadencia que cayó sobre una gran parte del territorio ruso con el término de la Unión Soviética. Como no tiene ninguna atracción importante, ni puertos ni reservas minerales importantes, ni mucho menos una localización geográfica estratégica, lo más probable es que Khanti-Mansiyski se mantenga así por mucho tiempo.

    El encargado del hotel se sorprendió cuando le dije que quería salir: hace un frío terrible afuera, y lo podemos atender aquí mismo, ya sea en el restaurante o en su habitación. Insistí, y me explicó cómo llegar al único café de la ciudad.

    No estaba muy lejos pero, de hecho, no era como para disfrutar el camino. En el invierno ruso, además de las temperaturas glaciales, hay un ruido extraño por las noches. Llegué al café casi corriendo.

    El café no estaba precisamente vacío, pero no puedo decir que había muchas personas ahí. En un rincón, dos viejos jugaban ajedrez; tres hombres debían de estar tramando alguna fechoría (hay varios traficantes de armas en Siberia) y una improbable pareja de jóvenes se besaba en la barra. Evo Morales no estaba ahí.

    Pedí una sopa, que me sirvieron con una cantidad enorme de pan. Cuando iba a la mitad, vi que la televisión anunciaba mi victoria en la Copa Mundial. Sé un poco de ruso, y me alegré cuando el locutor elogió la paciencia con que gané la última partida contra Aronian. Pero nadie en el café se dio cuenta de que yo era el campeón. Sólo el hombre que atendía detrás de la barra estaba viendo la televisión. Después, el rostro de Vladimir Putin sustituyó al mío en la pantalla. La soledad también hace que nuestras victorias sean melancólicas. A veces, ni siquiera parece que yo sea el mejor jugador de ajedrez del mundo.

     

    6. Entre la Copa Mundial y el Torneo de Candidatos, tenía casi tres meses para prepararme. Dvoretsky me invitó a quedarme en Moscú. Es el mejor entrenador del mundo (todos lo saben), pero decidí regresar a Brasil. En el aeropuerto de París, lo recuerdo bien, tomé varias tazas de café en todos los lugares donde era posible hacerlo, pero no me crucé con Evo Morales.

    En el vuelo a Brasil, me topé con una muchacha  que me persigue desde la época de mis torneos estudiantiles. Ella, por supuesto, me saludó emocionada, por mi triunfo en la Copa Mundial. Cuando llegamos al aeropuerto, sugerí que compartiéramos un taxi. Incluso llegué a considerar la posibilidad de pedirle que pasáramos la noche juntos. Pero cambié de opinión.

    Me quedé dos semanas en São Paulo y, un poco abruptamente, decidí terminar mi preparación en Buenos Aires. Tres días después, lo recuerdo bien, atravesé dos veces todo el aeropuerto de Ezeiza. No encontré a Evo Morales. Llegué a pensar que estaba yo en lo cierto respecto a lo del avión presidencial. De seguro que él ya no circularía por el área de los pasajeros ordinarios.

    Decepcionado, regresé a Brasil algunos días después. Me di cuenta de que había perdido casi un mes yendo de aquí para allá. Era el favorito en el Torneo de Candidatos; pero aun así, vencer no era sencillo: mis adversarios, algunos de los jugadores más poderosos del mundo, suelen tener un desempeño mucho mayor cuando lo que está en juego es el derecho a desafiar al campeón mundial. Aunque yo era el número uno del ranking, me faltaba obtener el título principal. Vladimir Kramnik seguía siendo el rey.

    Pasé los dos meses siguientes sin salir de Brasil. Y después, de nuevo, decidí no llevar a ningún asistente. Me dirigí muy confiado a México, donde sería la sede del torneo, y mi seguridad de obtener el triunfo aumentó cuando vi a Evo Morales, saludándome en la sala de espera del aeropuerto, después de mi desembarque.

     

    7. Mi gran amigo Evo Morales y yo conversamos casi dos horas. Después de saludarme, de muy buen humor, me dijo que mis cachetes habían crecido. Me eché a reír. Para no contrariarlo, mejor no le respondí, porque Evo es el tipo más cachetón que hay en el mundo.

    Hablamos un poco sobre mi victoria en la Copa Mundial. Me encantó cuando me dijo que ya sabía la noticia. Me di cuenta de que uno de sus asesores también parecía muy interesado en nuestra plática. Es que él sabe jugar, me explicó Evo. Le conté cómo se desarrollaron los encuentros, le revelé mi estrategia y mi gran confianza en conseguir la victoria en el próximo Torneo de Candidatos.

    Evo asintió con la cabeza. ¡Tengo un amigo que va a ser campeón mundial! Me di cuenta de lo bien que me sentía estando con él. Si yo lograra en realidad competir por el título mundial, me encantaría que usted pudiera asistir por lo menos a alguna de las partidas del torneo por la corona. Está bien, pero ¿no se pondrá celoso Lula?

    Le respondí sin amargura que Brasil nunca había apoyado al ajedrez. Con excepción del futbol, nunca se desarrollaron las condiciones para practicar ningún deporte. Evo dejó de sonreír y me preguntó cómo era posible, entonces, que yo me hubiera convertido en uno de los mejores jugadores del mundo.

    Le expliqué que, a partir de cierto nivel, el talento individual es lo que cuenta en el ajedrez. ¿Pero, cómo se llega a ese nivel? Sin avergonzarme, lo recuerdo bien, le respondí que mi familia es rica. Mi abuelo ganó mucho dinero con varios talleres de textiles. En São Paulo hay muchos bolivianos que trabajan como esclavos en ese tipo de establecimientos. Entonces, Evo miró con dureza a su asesor. Sus cachetes se pusieron muy rojos. Pero mi familia ya no posee ese tipo de negocios. Actualmente vivimos de inversiones y de la compraventa de inmuebles. Al despedirse, Evo me volvió a desear mucha suerte y dijo que le encantaría que yo pudiera algún día ayudar a crear una plataforma para el desarrollo del ajedrez en Bolivia.

     

    8. Resulté ganador en el Torneo de Candidatos, sin grandes dificultades. Contra lo que esperaba, Alexei Shirov fue el rival más complicado. En un momento del partido, sentí incluso que iba a perder. No lo he analizado con cuidado (y ni siquiera he visto en la computadora, hasta hoy, el juego), pero creo que cuando entramos en la recta final, él tenía la partida ganada. Pero después, con unos cinco segundos para hacer tres jugadas, Shirov cometió un error y perdió dos peones de golpe.

    Me di cuenta de que, después del torneo, mis cachetes habían crecido un poco. Ha de ser influencia del buen Evo.

    Cuando regresé a Brasil, me dieron la noticia de que una gran empresa europea de telecomunicaciones estaba interesada en patrocinar mi entrenamiento para la pelea por el mundial. Mi única obligación sería pasar el último mes de entrenamiento en España. Acepté de inmediato y arreglé que Dvoretsky estuviera conmigo tanto en la preparación como durante el torneo. Él aceptó, feliz con la invitación.

    En Brasil, di dos o tres entrevistas y después me concentré en mi preparación. Kramnik nunca fue un adversario fácil para mí. Como él tenía la ventaja del empate, el entrenamiento tendría que ser aún más intenso. Pero yo no quería hacer a un lado mi compromiso con Bolivia. Por eso, mandé un email a la dirección que encontré en el sitio web oficial de la presidencia. Como no recibí respuesta, decidí enviar un telegrama a Evo al palacio de gobierno en La Paz. Pasaron dos meses y no recibí respuesta. Entonces decidí hacer un viaje de una semana a Europa, para descansar.

    Amigo Evo gané torneo candidatos estaré en la final cachetes siguen creciendo no tengo tiempo pero me interesa montar estructura ajedrez Bolivia juntos descubriremos campeones venga amigo a ver disputa título Alemania julio tomaremos café mi amigo

     

    9. Dvoretsky aprobó mi viaje. Una semana de descanso, paseando primero por Madrid y, después, por París. Insistí en que interrumpiéramos el entrenamiento por diez días, y no solamente siete y, aunque no muy de acuerdo, aceptó. Llegué al aeropuerto de Barajas, en Madrid, a las ocho de la mañana. Todos los cafés estaban llenísimos. De todas maneras, busqué a Evo Morales en cada uno de ellos. Al mediodía, decidí comer algo y darle un tiempo a mi amigo para que su vuelo llegara. Mientras él bajaba del avión, revisé mis emails. A las dos de la tarde volví a buscarlo, pero no estaba en ninguno de los cafés del aeropuerto. Recorrí los restaurantes, todas las tiendas y hasta los baños. Lo peor es el peso que se empieza a sentir en el pecho. Después, conseguí un vuelo a las siete a Barcelona, pues oí decir que Evo se había ido para allá. A las once de la noche, sin embargo, y miren que tengo una memoria excelente, empecé a pensar que tal vez nos habíamos desencontrado. Evo Morales es mi amigo, le expliqué al muchacho que estaba en la puerta de abordaje, pero él me dijo que sólo podría entrar con el boleto en la mano. Y en el horario preciso. Me acuerdo de eso también. Volví a las ventanillas, pero Evo no apareció. Eso significaba que yo vería a mi mejor amigo sólo en París, precisamente. Pero mi boleto a París era vía Madrid. Y yo, lo recuerdo bien, había ido a Barcelona a tomar un café con el Evo. Pero él tuvo un contratiempo y quedó de verme en París. Y lo recuerdo muy bien: hay muchos vuelos entre Barcelona y París. Durante esa noche, me acuerdo, descubrí varios. Conseguí un boleto para las cuatro de la mañana, lo que me dejó un poco ansioso. Pero Evo es un amigo de verdad: yo estaba seguro de que me esperaría en París. Por si las dudas, lo seguí buscando un rato más en el mismo aeropuerto de Barcelona. En la lista de despegues, vi que, antes de mi vuelo, salía otro para Londres. Y, después del mío, vi que el siguiente partiría a Roma. Pero ni en Londres ni en Roma, lo recuerdo bien: ¡voy a ver a mi mejor amigo en París!

     

    10. Evo, creo que tal vez no recibiste el telegrama que mandé la semana pasada, si mal no recuerdo. Le di a mi mamá instrucciones muy precisas. Pero ella debe de haberse equivocado. Estoy casi seguro. Ahora, voy a escribir una carta más larga. Mi mamá prometió mandarla por DHL. Así llegará más rápido. Además, es más seguro. Creo que nos desencontramos en París. Amigo mío, tienes que comprenderme. Tuve un problema en Barcelona y todos insistieron en mandarme a Roma. No acepté, creo recordar, pero por toda esa confusión, se atrasó mi abordaje. Tal vez, amigo mío, te  preocupaste. Traté de avisarte, pero en el aeropuerto de Barcelona el servicio de informaciones no es de los mejores. Sabes, amigo mío, cómo disfruto de nuestros cafés. Tiene que suceder algo muy grave para que yo deje pasar la oportunidad de platicar contigo. Como deportista, siempre participé en concursos, asistí a eventos y conocí a muchas personas. No puedo decir que he estado solo. Pero los verdaderos amigos, tú lo sabes, no se encuentran en cualquier lugar. No he olvidado mi compromiso con el ajedrez boliviano. Pronto dejaré este lugar, y entonces volveremos a vernos. Te vas a alegrar de volver a ver mis cachetes en su sitio. Habían crecido mucho. Mi mamá me internó para que me operaran. No es nada grave, no te preocupes. No tienes que venir a verme, a menos que lo consideres verdaderamente necesario. Por supuesto, no me opondría a ello. Pero muy pronto me darán de alta, si mal no recuerdo, poco después de la operación. Entones, Evo, podremos tomar un café juntos y ver lo del ajedrez en Bolivia. No me he olvidado de eso. Si tuvieras mucha prisa en ese asunto, tal vez una visita sería útil. Antes de mi operación, podemos empezar a pensar en eso. Pero no hay prisa. No quiero causarte molestias. Y además, hay otra cosa. Sé bien que puedo ser directo contigo: el café aquí es horrible. No es como en el aeropuerto, como te puedes imaginar. Pero la sola plática contigo, amigo mío, sería algo increíble, si mal no recuerdo.

     

    11. Mi querido Evo, sé que hace poco le escribí, y me imagino también que no debes de tener mucho tiempo para responder cartas. Es lo normal, siendo el presidente de una república. Decidí mandarte otra carta para que no te quedaras preocupado, porque creo que no fui muy claro en la primera. No quise decir que me incomodaría recibir visitas. Todo lo contrario. Lo que quería decir, amigo mío, era que no debes preocuparte si llegas a algún aeropuerto y no me encuentras. Me quedaré aquí hasta que operen mis cachetes. Se hincharon demasiado y mi familia decidió intervenir. Si por mi fuera, no haría nada. Aquí entre nos, creo que están exagerando. Pero después de nuestro desencuentro en Moscú, no quise contrariarlos. Además, estoy muy descansado aquí. A decir verdad, es un lugar muy tranquilo, a pesar de que otros pacientes, que también están esperando ser operados, se ponen algo desagradables a veces, si mal no recuerdo. Pero no es nada: amigo mío, no te preocupes. Si quisieras venir, sería magnífico. Recuerdo muy bien la primera vez que platicamos. No sé si te quedó claro lo mucho que me gustó La Paz. Lo que pasa es que me quedé impresionado por tu sencillez. ¡Un presidente de la república, viajando en un vuelo turístico! Nunca olvidaré cuando dijiste: usted va a tener que regresar. El centro histórico de Potosí es inolvidable. Estábamos casi llegando a São Paulo. Prometí que sí, y dije que, en cuanto pudiese, regresaría a Bolivia a visitar todos los sitios que me acababa de describir. Por favor, discúlpame. No he podido hacerlo hasta ahora. Tengo la intención de cumplir mi promesa, apenas pueda salir de aquí. Mi mamá, incluso, me trajo hoy un saco muy parecido a los que usas. Voy a guardarlo para cuando regrese a La Paz. Extraño mucho nuestras pláticas y también nuestros cafés. Aquí entre nos (te lo digo en confianza) el café que hacen acá es pésimo.

     

    12. Amigo Evo, todo sigue igual. Mi operación todavía no tiene fecha, y ayer mi mamá me dijo que tal vez sea necesario esperar un poco más. Está bien. Aunque no me gusta mucho este lugar. En realidad, estoy un poco aburrido. Tengo una habitación para mí solo y puedo andar por donde se me antoje. Hasta en el jardín. Pero no me dejan salir a la calle. No tengo ganas de platicar con los otros pacientes. Siempre que digo que tengo problemas con los cachetes, inmediatamente me miran a la cara, y aseguran que sí, que crecieron demasiado. Como si no lo supiera. Hay algunos que no pueden hablar. Tal vez estén esperando para ser operados de la garganta o de la lengua. Estoy seguro de que dos o tres pacientes están aquí por razones psiquiátricas. Me da un poco de tristeza. Pero no es eso lo que me hace sentir como un peso dentro del pecho. Hay veces en que no tengo ganas de pararme de la cama por culpa de eso, me parece recordar. El otro día, por primera vez, sentí como que me faltaba el aire. Tal vez sea el aislamiento. Como sabes, nunca he sido un solitario. Toda la vida estuve en torneos, en competencias de diversos tipos, viajando de aquí para allá. Tengo tanta facilidad para convivir con las personas que, a veces, llego a hacer amistades en los aeropuertos. Aquí, mi mamá y mis hermanos me vienen a visitar con frecuencia. Pero no se quedan mucho tiempo. Y la mayor parte de las veces, me miran de un modo raro. Mi hermano me sigue diciendo maestro. ¿Cómo va todo, maestro? Pero siento que ha cambiado conmigo. Bueno, pero no quiero preocuparte, amigo mío. Aunque tardará un poco, no pueden dejarme aquí para siempre. Apenas me operen los cachetes, me iré directo a La Paz. Enviaré un email con el horario de mi llegada y el número de vuelo.

     

    13. Mi querido Evo, me siento un poco más animado hoy. Decidí levantarme de la cama. Mi mamá me dijo que ya pronto debo ver al médico. Tal vez lo haga el fin de semana. O la próxima, creo recordar. Ya no he paseado tanto afuera. En invierno, el jardín no está tan bonito. Y no nos dejan salir a la calle. Debe de ser por ellos, los que están aquí por motivos psiquiátricos. Yo vine a que me operaran los cachetes. Nunca imaginé que una sencilla operación de cirugía plástica requiriera tanto descanso. He estado en cama todo el tiempo. Es lo que más hago. Ya no se trata nada más de un asunto de relajación. A veces despierto sintiendo un peso muy grande en el pecho. Eso me pasaba al principio. Ahora, cuando se vuelve muy intenso, me cuesta trabajo respirar. Por eso, prefiero quedarme acostado. Si lleno poco a poco los pulmones, lentamente, logro mantener un ritmo razonable en mi respiración. Sólo consigo hacerlo si me concentro bastante. Pero eso nunca fue un problema para mí. No me molesta en absoluto quedarme acostado todo el día, porque no nos dejan salir a la calle y el jardín, ahora que es invierno, no está tan bonito. Pero me di cuenta de que esto ha entristecido mucho a mi mamá. Hablando de ella, quiero dejar bien claro que entiendo perfectamente que no hayas podido contestarme. No estoy resentido. Platicar en un aeropuerto, si no mal recuerdo, es mucho mejor, pero aquí no nos dejan salir a la calle, mientras espero que me hagan la cirugía plástica para arreglarme los cachetes y que recuperen su tamaño normal. No estoy resentido. Es más, amigo mío, tú que tienes los cachetes más grandes del mundo, escúchame: si alguien dijera que necesita internarse para reducirlos un poco, bueno, aquí el café es muy malo, pero en cambio, podríamos platicar mucho.

     

    São Paulo, 4 de diciembre de 2009

    Querido Evo Morales:

    ¿Te enojaste porque te llamé cachetón? Te pido disculpas. Siempre creí que entre amigos como nosotros debe haber sinceridad. Por eso, Evo, si te ofendiste, discúlpame. Nunca negué que Dios me dio también dos cachetes bastante notables. Pero tú, Evo, eres el tipo más cachetudo del todo el mundo. Si quieres operarte, amigo mío, escucha: aquí, en invierno, no nos dejan salir a la calle, y ahora estamos en invierno, y el jardín se parece a la calle, mi Evo. ¿Te ofendes porque te llamo así? Así: Evo, el cachetón. Evo Morales, los cachetes más grandes del mundo. Evo Morales. Evo Morales. Evo Morales. Cachetón. Cachetón. Cachetón. Así es, Evo, y si vienes, opératelos. Pero no le deseo esto ni siquiera a mi peor enemigo, mucho menos a ti, como bien lo sabes, amigo mío. Pero no estará nada mal, Evo, si decides operarte un día. Mi mamá me dijo que puede apartar la fecha pronto. Y como te estaba diciendo, cachetón, aquí vas a tener mucha compañía. Solo, solito, no te vas a sentir. Claro, sé que hay muchos cachetones en el mundo. Yo mismo soy uno de ellos. ¿Acaso lo he negado alguna vez? Pero no como tú, Evo. Un cachetón nunca se queda solo, eso lo aprendí aquí. Lo que es solo, solito, de soledad, nadie se queja de eso aquí. Yo nunca estuve muy solo, lo sabes, si no mal recuerdo, mi Evo. Evo, nunca fui muy solitario, pero aquí, aquí, estoy seguro, ningún cachetón se queda solo nunca. Y mucho menos tú, el rey del cachete, el cachetudo, cachetazo, el tipo más cachetón que nunca pisó un aeropuerto, y tomó ahí café, el Evo. Solo, solito, aquí nadie se siente, te lo garantizo, Evo, te lo aseguro, eso sí que te lo garantizo, y mucho menos con esos cachetes que tienes, si puedo hablarte así, Evo, y decirte que eres el tipo más cachetón del mundo.

     


    [1] El autor se refiere a un movimiento popular brasileño, MST, Movimiento de los Trabajadores sin Tierra. (N. de La T.)

      Texto apare­cido en la edi­ción 156 de la revista Crítica.


    Escrito por: Ricardo Lisias

    Ricardo Lísias (1975) ha escrito cuatro novelas, entre las que se destaca O livro dos mandarins (El libro de los mandarines)), próximo a editarse en español por Adriana HIdalgo.

  • El fracaso de la paternidad | Por Víctor Roberto Carrancá

    ultrasonido22 (1)I

    —Estoy embarazado —anunció.
    Mirna, su mujer, nudillos blancos, puños cerrados, habló mordiendo las palabras:
    —¿Embarazado? —preguntó.
    El Sr. Cruz Mendoza, barba áspera, calva suave, disfrazó la boca de sonrisa y de sonrisa la tenía disfrazada cuando la palma de su esposa (¿carne, piedra?) le pintó de rojo una mejilla.
    —¿Por qué te embarazaste?
    La pregunta se incrustó en la alcoba, desordenada, fría y aún azul a esa hora.
    —No es mi culpa —contestó él, acomodándose el mentón.
    —Siempre nos cuidamos —rebatió Mirna.
    El Sr. Cruz Mendoza inclinó la cabeza y se miró el estómago. El ombligo sobresalía como espora juguetona.
    —¿Estás seguro? ¿Cómo puedes estar seguro? —dudó Mirna.
    —Son cosas que uno sabe.
    —¿Cómo dejaste que pasara esto? Es tu culpa.
    —¿Mi culpa?
    —Te embarazaste a propósito.
    —¡No!
    —Eres un imbécil.
    La puerta azotó, las ventanas temblaron y el ruido de tacones en el pasillo disminuyó hasta desaparecer. El Sr. Cruz Mendoza permaneció de pie mirándose la circunferencia el estómago. Redonda, tan redonda.

    II

    —¿Lo sentiste?
    —¡Sí!
    Mirna retiró la mano como cuando se le acerca al fuego. No quemó, cierto, pero sin duda algo se movía en el estómago de su marido.
    El doctor entró en la habitación. Bigote tan gris, tan fino, como un diente de león que va a deshilacharse al primer viento. El médico se sentó y acomodó un sobre color crema en su escritorio. Acomodó también, cinco dedos inquietos que jugaban con un piano invisible. Miró a la ventana. Dos soles nacieron en los cristales de sus anteojos.
    —¿Qué es? —preguntó él.
    —¿Qué es? —preguntó ella.
    —Un tumorcito —afirmó el doctor.
    —¿Un tumor? —inquirió, sonriente, el Sr. Cruz Mendoza.
    —Sí, sí, un tumor —reiteró el médico mientras sacaba unas hojas del sobre—. Mírelo. Uno pequeño.
    Marido y mujer miraron las placas que ofrecía el médico. Sobre los intestinos, a un lado de la vesícula biliar, arrinconado entre el hígado y el estómago, se observaba una silueta pequeña, agazapada entre las entrañas como un cangrejo entre las piedras.
    Mirna se mordió la punta del dedo pequeño, del angular, del índice. Al final, todos los dedos terminaron con las cabezas peladas.
    —No lo quiero —confesó la mujer.
    —¡Mirna! —reprochó el hombre.
    —No lo quiero, no lo quiero —insistió ella.
    —Es mi tumor —explicó él.
    —Sí, un tumorcito —intervino el médico.
    —¿Puede sacarlo, doctor? —cuestionó la esposa.
    —Es mío. ¡No pueden quitármelo!
    —Podemos, podemos.
    El Sr. Cruz Mendoza se tocó el estómago. El vientre fisgón miraba el consultorio a través de su único ojo. Palpitaba.
    —Hágalo, doctor. ¡Sáquelo! No lo quiero —concluyó Mirna arrojando saliva y restos de uñas por la boca.
    —Es mi tumor. Mío —se defendió el Sr. Cruz Mendoza.
    —Sí, un tumorcito —concluyó el doctor.
    La cirugía se programó para la semana siguiente.

    III

    La luz se columpiaba en el foco de una lámpara. El Sr. Cruz Mendoza observaba el vaivén de la bombilla mientras el doctor, escoltado por una enfermera rubia y de labios rosas e inflados, le clavaba una aguja en el estómago.
    Sintió un cosquilleo en el vientre. Patitas de insectos. Pellizcos de arañas diminutas. El Sr. Cruz Mendoza asomó la cabeza por encima de su estómago como un pajarillo en un nido; allá abajo estaba el bisturí. Una estrella pequeña, caída de quién sabe dónde, aterrizó en la punta del cuchillo. El doctor asestó una, dos, tres tajadas perfectas con la destreza del pintor que decora su lienzo. Después, mano, desatornillador, serrucho, llave, martillo.
    —¿Lo ve? —preguntó el doctor.
    —¡Sí, sí! lo veo —contestó la enfermera, saltando.
    —Agárrelo, no sea tímida.
    La enfermera se inclinó, dejando al descubierto dos senos rosáceos y brillosos como el plástico, e introdujo unas pinzas en la apertura del Sr. Cruz Mendoza.
    —¡Lo tengo! —gritó, y comenzó a jalar algo rojizo, baboso e inquieto.
    —¡No lo deje ir! —gritó el doctor aunque el tumor se escondió detrás del estómago.
    El Sr. Cruz Mendoza sintió que las costillas se le encajaban en los pulmones, que los intestinos se le enredaban, que el hígado se oprimía contra el estómago.
    —¡Sáquelo, Dios mío, Sáquelo! —exclamó sepultando diez uñas afiladas en la cama del quirófano.
    —No se preocupe, ya sale. Enfermera, ¡una V58!
    La enfermera entregó al doctor una llave inglesa, gigante, roja, oxidada y boquiabierta. El doctor introdujo el instrumento, sin calma ni precisión, por la herida del Sr. Cruz Mendoza.
    Rompieron, desgarraron, oprimieron.
    —¿Lo tiene? —preguntó su asistente.
    —¡Lo tengo! —declaró el médico.
    Al momento de jalar, el tumor se ocultó tras la médula espinal del Sr. Cruz Mendoza.
    -¡Con fuerza, doctor, con fuerza! —exclamó la enfermera agitando los puños.
    Forcejearon durante más de veinte minutos. Tan pronto atrapaban al tumor, éste se colaba entre los órganos y vísceras, trepaba por los huesos o se camuflajeba con la sangre. El doctor utilizó cucharas, extractores, palillos chinos.
    —¡El soplete! —gritó con el cabello alborotado.
    —¡Con fuego!, sí, sí, con fuego.
    —Como a una rata, señorita, lo sacaremos como a una rata.
    La enfermera aplaudió con entusiasmo.

    IV
    Mirna caminaba alrededor de una mesa como mosca perdida. El doctor salió del quirófano, paso pausado, cabeza en alto, mostrando todos los dientes que habitaban en su boca.
    —¿Doctor? —preguntó Mirna enredándose los dedos de las manos.
    —¡Un éxito!
    —¿Un éxito?
    —Logramos extirparlo.
    —¿Y mi marido?
    —¿Su marido?, ¿pregunta por su marido?, señora, mejor agradezca que logramos rescatar al tumor ¡Es justo lo que usted quería! ¿qué más puede pedir de nosotros?
    El médico tronó los dedos. La enfermera apareció cargando un manto ensangrentado que entregó a la mujer con una sonrisa.
    —¿Qué debo hacer con esto? —preguntó Mirna.
    No contestaron. Dichosos, como dos niños que regresan a casa después de un día de feria, doctor y enfermera regresaron, de la mano, saltando a la puerta del quirófano.
    Mirna abrió la cobija con el cuidado con que se abre la envoltura de un fino regalo. Miró al tumor de su marido, lo atrajo a su regazo y salió del hospital como un ladrón que se esconde tras el velo de la noche.


    Escrito por: Víctor Roberto Carrancá

    (Ciudad de México, 1984). Abogado y escritor egresado de la Escuela de Escritores de la SOGEM. Ganador del Primer Premio en el Cuarto Concurso de Cuentos sobre Alebrijes (INBA y MAP) así como en el Segundo Concurso de Cuentos sobre el Centro Histórico de la Ciudad de México (Ficticia Editorial).

    Ha obtenido reconocimientos en certámenes de Argentina y España. Ha publicado en diversas revistas independientes y antologías de cuento e impartido talleres de creación literaria para mujeres víctimas del delito.

  • Sobre el litoral | Por Eduardo Sabugal

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    El que esté libre de culpa que dispare el primer gansito marinela, así rezaba un epígrafe en la primera hoja de una tesis escrita por un muchacho que dicen, estudiaba en la UAM Xochimilco, un tal Rafael Guillén, que después se puso un pasamontañas y un sobrenombre, Marcos. Subcomandante, dicen. Había una evocación o invocación a esa escena de lapidación bíblica, ¿quién sería María de Magdala? ¿Cuál el vidrio roto? Urbino imaginaba un vidrio roto por una pedrada. Una piedra que rodaba y rodaba y que Sísifo mantenía en vilo. Como un esténcil de Banksy en donde un ramo de flores remplazaba una bomba molotov, el mismo gesto de lanzamiento y tensión, petrificado. Una inmutabilidad fingida, porque esa piedra, o lo que simbolizara esa piedra, en el fondo era imposible de detener. El vidrio esperaba, como una lagartija tomando el sol sobre el enladrillado, y podríamos no verlo romperse ahora, pero tarde o temprano ocurriría. Las cosas hechas para romperse nunca fallaban. Quizá eran impuntuales pero nunca fallaban. Las astillas saltarían, el río correría, el ventanal de un café se haría añicos, como esta tela de araña casi transparente en donde Urbino se detenía como una mosca, como un simulador de lo inmutable. Inmutabilidad siempre simulada, añorada. Había que disparar el primer dardo mineral a nuestra María de Magdala ficticia, pero acaso sólo ella, sólo la propia mujer apedreada podría apedrearse. Loop de espejo enfermo, bucle autorreferencial. Urbino imaginó dos Marías, una que apedreaba y una que era apedreada; una que veía alarmada caer los trozos de vidrio sobre su mesa de café y otra que se tensaba como arco en mitad de la calle, para tomar una piedra en su puño y romper el ventanal de un café ¿Cómo se llamaría ese café? ¿Cómo escribir esa escena? ¿Quién la diría? ¿Se podría filmar? La tierra de Magdala era toda la tierra, un mundo emputecido, un litoral que fronterizaba la piel. María era su piel, la frontera litoral de la piel, el estallido dérmico de la propia silueta. Urbino meditaba como un rumiante y él mismo quería ser piedra, transgredir el litoral del lenguaje, de nuestra conciencia, de nuestra clase social, el litoral de litorales. Ese café en donde ella leía y fumaba y tomaba un té chai o algo así, seguramente se llamaría Litoral. La escena se escribía, mentalmente Urbino rotulaba el vidrio biselado de la ventana frontal del café, que daba a una calle en donde había árboles y una lengua de asfalto desierta, el rótulo decía Café Litoral. Pero Litoral le sonaba a clitoral, dudó. Si escribía la escena ¿quién la rodaría, quién la filmaría? ¿Quién produciría esa escena en caso de que siguiera escribiéndose? ¿Quién dispararía el primer gansito? Habría que encontrar una actriz como Eva Green, una Eva de una paraíso verde, fumando y leyendo un libro de Zizek, un mantel verde, una bocanada, un ventanal en donde se leería el rótulo curvilíneo con el nombre del café. Se llegaba inevitablemente a este litoral, se llegaba espacial o temporalmente a él. Magdala era confort y aroma a té chai y meseros solícitos; pero también era la calle con autos surcando la estabilidad, con lluvia, con adoquines, con asfalto rocoso. La piedra en la mano de la mujer, habría que filmar eso, rodar eso, pensó. Pero quién, cómo, dónde ¿quién podría interpretar a Eva, la clitoral, la lapidada? Casi cuestiones de paralaje o de paisaje o paisanaje. Urbino escribía, pensaba la escena pero afuera no había subcomandantes ya, ni lapidarios, ni libres de culpa, y la única piedra a la mano parecía invisible ¿cómo filmar, cómo meter en un guión una hermosa mano de mujer empuñando la invisibilidad? Urbino quería verse a sí mismo, quería romperse, quería querer. Las piedras que reposaban afuera del café esperaban pacientemente, como fogatas minerales, la mano de Eva verde, de Eva roja.

    II

    Cigarrera de los años sesenta, encendedor negro, un mantel verde con rombos blancos, cosas así, props que se requerían para construir una simulación higiénica e inocente. La vanidad del reflejo debería ser rota. Prevenidos, sonido, cámara, acción, palabras así. Adoquines verbales también, habría que hacerlos saltar. Ella estacionó el sedan 68 enfrente del Café litoral, bajó del auto. Miró directamente al objetivo de la cámara, y en ese momento alguien gritó que había que repetir la toma, no podía mirar así la cámara. Le dijeron que mirara de soslayo. De nuevo la vimos descender del sedan, caminar, acomodarse la boina roja. La actriz se miró en el reflejo del café, se acomodó el vestido porque se sintió gorda o alguna arruga del vestido la incomodó, entonces alguien volvió a gritar que había que repetir la toma, no era posible que la actriz se estuviera acomodando así el vestido. El gritón era el director, que cumplía a conciencia su rol aprendido en la escuela. Urbino se sintió un intruso entre tanta metodología, un perfecto imbécil, que asistía al ritual de eso llamado rodaje, a la repetición de la mentira. Urbino sintió asco por el cine, ¿eso era el cine? Un hombre dirigiendo sin tacto ni emoción a una mujer que no era Eva ni era lanzadora profesional de piedras. Mentir, fabular, sin duda era esto, y se parecía mucho a las imágenes de los indignados del mundo que observaba por televisión. Había indignación pero las cosas seguían idénticas, nadie se politizaba, todos se decían apartidistas, los capitales que controlaban todo seguían y seguirían intactos, todo mundo actuaba desde su papel de director caprichoso, pero nadie iba ahí y tiraba de verdad una roca sobre la autocomplacencia. Él mismo se sentía un farsante, ayudando a cargar cosas, comprar vidrios que serían rotos a propósito, gritar corre sonido, corre cámara, acción. Él también era un farsante, un idiota. Haber participado en la escritura de esa historia, en la creación de los decorados y el vestuario, había sido un acto vil, como toda esa simulación. La palabra acción en el cine era como en la política, un canto de sirena, un señuelo, una antinomia y todos quedaban muy contentos cuando la toma estaba lista. Era una simulación de la acción, pero no era nunca una acción de verdad. Un señuelo que adormecía y aniquilaba cualquier otra forma de pronunciar la palabra acción. Qué acción ni que la chingada, dijo Urbino, y se puso a contemplar aburrido lo que el resto del crew hacía, ya sin intentar entender esta escena en donde una mujer arrojaría una piedra contra una falsa ventana de un falso café. Como no habían pedido permiso a las “autoridades competentes” para realizar aquel rodaje, los transeúntes pajareaban las tomas, y la calle estaba abierta a la circulación, había autos que cruzaban por la calle y que no sólo impedían la filmación sino que la obstaculizaban, pues se detenían a curiosear y a mirar lascivamente y piropear a la actriz, que vestía un vestidito entallado color azul Klein y una boina roja. Urbino comenzó también a estorbar, y no se atrevía a decirles algo a los demás, que obedecían estúpidamente al que hacía las veces de director. Como lo veían justamente callado, sin decir mucho, lo pusieron a la mitad de la calle, para que “echara aguas” cuando un auto doblara en la esquina. Urbino aceptó indignamente esa tarea y miraba la esquina por donde cada cierto intervalo de tiempo un rebaño de autos avanzaba hacia la escena que había que proteger. Un hermoso rebaño de gente anónima, indiferente al cine y a su propia vida, construido de láminas y motores que circulaban hacia la actriz, el sonidista, la fotógrafa y el director. Urbino decía, espérense, ya, ahorita, rápido, cuidado, y decía esas palabras con pereza, como un sacerdote que repite desganado palabras durante un rito convertido en hábito y finalmente en rutina incoherente.

    III

    Habría que escribir unas noventa historias fragmentarias, delirios narrativos, cortos, inconexos, que a lo mejor pudieran decir esto que sentía y que un cortometraje no podría hacerlo, ninguna metáfora con piedras podría lograr y ningún simulacro escrito o rodado, podría agotar. Urbino comenzó a caminar despacio sin que nadie se percatara de que se alejaba del sitio. Dejó el rodaje a sus espaldas, siguió caminando en medio de la calle, como si él fuera el personaje interpretado por la bella mujer lanza piedras. Dejó de escuchar los gritos del director, que seguía dando indicaciones a la actriz, que a su vez lo miraba aburrida. El rótulo del café litoral parecía de verdad, pero no lo era, el cine era eso, justo como ese rótulo ahora también dejado a sus espaldas. Una realidad demasiado programada como para ser verdadera, un falseamiento que no incidía ya sobre lo real. En la calle no pasaban cosas extraordinarias, como decía un tal Efraín, sino simplemente autos, y perros que orinaban las puertas y los arbustos enrejados de las banquetas rotas. Urbino, fastidiado, siguió avanzando por la calle, cruzó esquinas y semáforos, esquivó autos. Se detuvo en el límite de una gran avenida, y se recargó junto a una caseta de periódicos. Todo le pareció como visto detrás de un vidrio empañado, un vapor que salía de las coladeras, una gran bocanada de cigarro escupida en los ojos. Las cosas se desdibujaban, perdían realidad y eran vistas como detrás de una veladura. Repentinamente el asfalto de la avenida, con sus arbolillos amarillentos del camellón, se empezó a resquebrajar, los autos y microbuses que circulaban sobre la avenida también se ladeaban exageradamente hacia los lados, pero no terminaban por volcarse. Era como si hubieran jalado una alfombra. Urbino pensó en un terremoto, pero todo sucedía como en un sueño, la gente en los comercios no se espantaba, seguían discutiendo sobre sus negocios y sus vidas como si nada pasara, tomando refrescos y cervezas en los mostradores, trapeando y barriendo los escalones en las entradas de sus casas; seguían albureándose, diciendo lo que escuchaban en la televisión, guardando libretas y revistas en sus mochilas, limpiando sus autos con franelas húmedas. Pero Urbino sabía que el rodaje había terminado, vio abrirse la tierra y el cielo. Una inmensa rasgadura, producto de quién sabe qué impacto, hacía que todo se descuadrara. Era imposible estar a cuadro. Sintió miedo, se estremeció sólo unos segundos, después una masa gigantesca, que coreaba consignas, terminó por romper la gran avenida. También se rompieron las cornisas de los edificios, las nubes como de utilería fijas en el cielo ceniciento, los cajeros automáticos llenos de basura en el piso, las fondas olorosas a cochambre, las tiendas de abarrotes, de cajas de cartón, de refacciones automotrices, de ropa, de artículos de limpieza, de ultramarinos. Los grandes espectaculares y las casetas telefónicas fueron sacudidos como juguetes en una maqueta, arrancados de tajo. Un viejo sedan se partió como un gajo de naranja, una boina roja rodó sobre el asfalto aun oliendo a perfume. Urbino contempló ya sin tiempo, cómo se cuarteaba el tiempo viejo, el perímetro de las cosas y las palabras con las que eran nombradas. Finalmente entendió algo, antes del fin, antes de que él mismo también se rasgara y cuarteara. La gran piedra final había llegado, y las dimensiones de su rodar y de su impacto eran misteriosas e imposibles de escribir o filmar. María, como el resto de los extras, no estaba libre de culpa, pero todos eran ahora esa mujer lapidada. Urbino era la urbe y era también la propia causa de su muerte. El hombre, la mujer, libres de culpa ya. La piedra precisa. Lo lanzado y lo roto en trayectoria circular. Legendaria sentencia bíblica, renovada y mentirosa. Causas y efectos al mismo tiempo, sobre un litoral rebasado.


    Escrito por: Eduardo Sabugal

    (Puebla, Puebla 1977). Es escritor de poesía, cuento y ensayo. Maestro en Lengua y Literatura Hispanoamericana, por la UDLA Puebla. En 2010 publicó su primer libro de cuentos “Involuciones” en la serie narrativa en la colección la letra digital, de la Secretaria de Cultura del Estado de Puebla. Su segundo libro de cuentos “Liquidaciones” se publicó en el 2012 en el fondo editorial Tierra Adentro (CONACULTA). Ha sido ganador de la Beca Estatal FOESCAP dentro del área de literatura en el género de cuento. En el 2009 en la categoría de Creadores mayores de 30 años, y de la Beca Estatal FONCA 2003 para Jóvenes Creadores en el área de literatura. Actualmente goza de la beca PECDA 2013, en el área de literatura en el género de ensayo literario. Es catedrático universitario y colaborador de la Revista Crítica, editada por la BUAP.

  • Sopa de municiones

    perro_callejero

    Acabo de llegar a mi casa con una noticia que me ha puesto de cara contra la tristeza. Leí en una primera plana (lo único que leo de los periódicos) que la noche de ayer dos jóvenes, una de 25 y otra de 22, se tiraron a las vías del metro tomadas de la mano. En uno de los cuerpos encontraron una carta póstuma, cuyo contenido todavía no da a conocer el Ministerio Público.

    A los suicidas los considero almas muertas atrapadas en cuerpos vivos. Lo que yo daría por tener un milímetro o miligramo de su valor, según sea su unidad de medida; pero soy un pasmado, acostumbrado a los cuentos filosóficos. No me da miedo, en absoluto, el dolor de rayarme los brazos con un cúter o el de engordarme el cuello con una soga; a lo que verdaderamente temo es el infierno, y no fue san Pedro sino Dante quien sembró dicho horror en mí. Acaso nada de eso exista siendo probable que lo improbable sea un hecho; quizá uno muere y queda como dormido flotando en valles oscuros hasta que…, el alma muerta, vieja, renace en un bebé. Pero no puedo dejarme llevar por mi mente muchas veces influida por un puñado de autores cuestionados en su moral. Cuánto más tristes somos los que aprendimos a leer y hacemos del sufrimiento ajeno el propio.

    Tengo mucha hambre. Buscar dinero perdido en las calles no es cosa de niños; se cansa la nuca, la espalda, el abdomen y, sobre todo, la vista por siempre mirar hacia abajo. Al final, todo lo resume el hambre. Hay días malos, regulares y buenos en estos menesteres de la vida. Uno bueno significa cuarenta pesos que me alcanzan para un sobre de sopa, ocho huevos y mucho pan, ideales para  sobrevivir el día y hasta para que un niño me bolee los zapatos en el mercado; uno regular son veinte, suficientes para cuatro huevos y cinco bolillos, pero no para llenar todos los huecos del estomago; y un día malo, como hoy, son diez pesos, que me sirven solamente para los bolillos. “Sería mejor —me dirá usted— que pidiera a la gente ‘una limosnita por el amor de Dios’ y verá que regresa a su casa con puro día bueno.” Pero mi antigua posición no me lo permite, porque aunque usted no lo crea, estudié en el nivel más alto y hasta una vez tuve trabajo. Además ya limosneé y nadie me dio, como cuando tuve un poquito y no regalé agua a los que moribundos se arrastraban a mis pies. Prefiero bucear entre las piernas danzantes de la gente, en el fango de las tardes lluviosas, en el polvo asfixiante de los vientos, y traer mi dinerito y mi dignidad intacta a casa. No se atreva a mencionar la palabra “miserable”, porque como en repetidas ocasiones le dijera el lama a su querido chela, “éste es un mundo grande y terrible”, y no vaya a ser que el día de mañana lo encuentre a usted robándome mis calles. Si fuera el caso, se lo advierto desde ahora, me veré en la necesidad de sacar la navaja de mi calcetín.

    Hace dos días que no voy al baño, los huevos y el aire tapan los intestinos de una forma. Hoy opté por dos sobrecitos de sopa de cinco pesos que ya eché a la olla y puse a hervir con agua de la llave. ¡Honorable mierda de las mierdas! La flama está baja y fosforescente y hace un ruidillo de chiflón, lo que significa que está a punto de acabarse el gas. Ese tanque de treinta kilos que un buen hombre me regaló ya no tardaba en cumplir los tres años. Lo uso tan poco que, estúpidamente, pensé que me duraría diez y, se lo digo sinceramente, hasta llegué a creer que nunca se me acabaría. Lo que cuesta uno, trescientos veinte pesos, son tres o cuatro semanas de recolección, dependiendo de la suerte, sin contar los alimentos. Ésta, probablemente, qué digo, con toda seguridad es mi última sopa del año. A partir de mañana será, por muchos meses, pan y agua, menú favorito de los parásitos que se reproducen en mi cuerpo. Pero ¿alcanzará esa bendita flama para que se ablanden aunque sea un poco las municiones? Sólo siete minutos.

    A mis vecinas, a la vieja Clara y a la putita Magdalena, no les voy a pedir el favor si la sopa se frustra. Nos odiamos de corazón, como los justos odian a los injustos y viceversa. Cuando es temporada de lluvias, las ratas bajan del cerro para resguardarse en los tejados, y al ahogarlas, esas señoras me las tiran al patio. Les he reclamado, pero insisten en decir que es don Balam quien me las tira. ¡Pecadoras! Don Balam, cuya casa da a la parte trasera de la mía, es un anciano (el más pobre del barrio) vendedor de merengues, educado, de nula malignidad. Yo lo conozco muy bien porque es mi amigo, y sería incapaz de hacerme una cosa de semejante índole. Además, yo una vez estaba inclinado deshierbando mi patio y de repente me cayó, desde la casa de Magdalena, una ratota en la espalda. Y doña Clara, no es la primera vez que tiene problemas con los vecinos por sus delicadezas, por eso ahora me las echa a mí, que soy poco hombre y no tengo familia que me apoye en las discusiones. Lo que ellas no saben es que cuando encuentro una rata yo se las devuelvo, no a sus patios porque mi venganza no tendría picante, sino a sus techos para que el olor putrefacto se impregne con el tiempo y, en el mejor de los escenarios, sus tejas se infesten de ratas caníbales.

    El sol es radiante y sale para todo el mundo, ¿no? Entonces, ¿por qué parece que únicamente sabe deshidratar y no cumple una función más amable como calentar el asfalto para cocinar o el agua del tinaco para bañarse en las noches frías? ¿Por qué unos pueden cubrirse de él y hasta sacarle provecho, mientras otros lo llevamos a cuestas en las duras jornadas como aliado excelso de la perdición? Esto lo digo porque ahora que veo la flama titubear se ha metido entre las nubes esponjadas, cuando hace rato que recorría kilómetros y kilómetros no dejó un solo instante de quemarme. Tal vez viva una mentira y el sol tenga pensamiento propio y, por una especie de sistema universal, se nutra de los hombres débiles como de los perros callejeros para mantener e intensificar su calor… ¿Qué estoy diciendo? Tengo muchísima hambre; la debilidad hace mella en mi cerebro.

    Las municiones todavía se sienten duras y se me están alborotando las tripas al punto del destrozo…

    Ay, ¡flama, no! ¡Revive! Justo acaba de extinguirse y no soy italiano para comer las cosas duras como las piedras; la doctorcilla que de vez en cuando hace trabajo social en San Diego, me ha dicho que lo duro me daña más que incluso no comer. ¿Y si le pido el favor a Queta, la de las empanadas? ¡Que se lleve el diablo a esa ballena y su infinito desprecio! Me pondré mi zapatos e iré al bosque a recolectar unos leños para hacer fuego y terminar de… En serio, mi cerebro no sabe más que tropezar: hace dos semanas que llueve mínimo una vez por día; todo ha de estar húmedo hasta las entrañas. ¿Por qué vino a antojárseme la sopa y no el pan?

     

    Escrito por: Dayan Gamboa

  • Vórtices viles de Ruy Feben

    Avisadas construcciones en Hamakulia

     

    Ruy Feben, Vórtices viles, Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2012, 144 p.

    Vórtices viles, primer libro de cuentos de Ruy Feben, ha sido ya enjuiciado, sorteó la prueba satisfactoriamente y por ello salió del recinto con el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2012 entre las manos. Me resulta inevitable pensar que, ante esta previa valoración, emerja cierta predisposición para emprender una búsqueda de virtudes indiscutibles en el texto en lugar de motivar un ejercicio crítico que señale cualidades, faltas, acentos, pulsos, modulaciones o desaciertos. Para intentar obviar esa ruta, una de las primeras intenciones de mi lectura fue ingresar al libro sin asumir de facto la carga simbólico-cultural que el premio —y el cintillo dorado que lo abraza— le otorgan al libro. En este caso, la apuesta era burlar esa trampa y no hablar directamente de galardones, sino de libros; pero hablar de libros premiados es hablar de libros y de premios, y de sus autores y de sus jurados, y aunque sea tangencial y mínimamente, del pulso y estado en el que se encuentra la literatura “joven” mexicana.

     

    vortices_vilesUn “vórtice”, por definición, es un torbellino, un remolino o el centro de un ciclón; “vil”, por su parte, es un adjetivo que otorga una cualidad de desprecio, indignación, torpeza o infamia. Eso se podía haber obtenido de cualquier diccionario, cierto, pero ambas palabras juntas: Vórtices viles es un término que tiene su propia historia y que Ruy Feben utiliza con mucho tino para titular su libro. La expresión es adjudicada a un escocés, Ivan T. Sanderson, quien nombra así a su teoría sobre la idea de que existen doce puntos geográficos en los que a lo largo de cientos de años fuerzas sobrenaturales han logrado provocar desapariciones de barcos, aviones, hombres o hasta civilizaciones enteras. Después de rastrear cientos de eventos de tal naturaleza, Sanderson concluyó que todos ocurrían en alguno de esos doce “vórtices”. Como lo dice Feben, explicando el origen del título en el blog dedicado a su libro,* entre los vórtices más conocidos están el Triángulo de las Bermudas, el Mar del Diablo cerca de Japón, el volcán Hamakulia en Hawaii, el Triángulo de Formosa, la Isla de Pascua, el mar que divide a Madagascar de África, y los dos polos terrestres, entre otros. Sobra decir que esta teoría no ha sido tomada en serio por la comunidad científica —como muchas otras cosas que, por lo menos yo, sí me tomo en serio— y ninguno de los vórtices es eliminado de rutas marítimas o aeronáuticas (oficialmente).

     

    Con el título desentrañado, me parece que podemos dilucidar cuál es la relación que Feben encuentra entre tan metafísica teoría e insólitos lugares con los cuentos que contiene Vórtices viles. En efecto, el libro está compuesto por sólo once cuentos, pero para el lector curioso que entrara en el blog antes referido, quedaría claro que es ahí en donde se encuentra el doceavo —“El caso Fortes”—, para así encontrar una similitud meramente numérica con la dichosa teoría. Pero más allá del número, lo interesante es que Feben parece desprender las tramas de sus relatos de la premisa central de esos doce escabrosos puntos geográficos. Bien podríamos decir que en sus cuentos lo fantástico, inaudito e inexplicable se relaciona de una manera casual con el mundo real en el que la vida diaria corre sin muchos exabruptos, son relatos en los que de situaciones no del todo ajenas a la vida común se desprenden misterios indescifrables de los que no siempre se obtiene respuesta. Los relatos asemejan en efecto, vórtices que se tragan sin más a los personajes; en otros casos, los personajes mismos son una especie de imanes de la tragedia y la desgracia que no pueden evitar devorar el mundo que los rodea en un ritual casi caníbal.

     

    Uno de los asuntos centrales que llama la atención en Vórtices viles es la clarísima conciencia escritural que Feben decide expresar en sus relatos. De no ser por dos de ellos, “Krow” e “Hipocampo”, todos los demás cuentos vuelven evidente esta percepción y claridad del hecho de estar escribiendo. El mismo autor lo declara en su blog hablando de los cuentos que componen el libro: “[Al comenzar el libro decidí que] todos estarían narrados como un texto intencionado y necesario para la vida de cada personaje: en vez de terceras personas omniscientes, escribía cartas, grabaciones, discursos, confesiones, acaso algún monólogo interior.” Es innegable que este hecho de evidenciar el acto escritural no es una novedad, simplemente habría que pensar en algunos de los muchos ejemplos en donde esta conciencia sobre la escritura ocurre con maestría como Las memorias póstumas de Blas Cubas (1881), de Joaquim Machado de Assis, o El libro vacío (1958) de la mexicana Josefina Vicens. Ejemplos más recientes podrían ser dos novelas del escritor norteamericano Chuck Palahniuk, Survivor (1999) y Tell-all (2010), quien emplea el mismo recurso pero con otros propósitos y resultados. Esto, por supuesto, no impide que el procedimiento, o cualquier otro, pueda volver a emplearse; de ser así, se habría dejado de escribir hace mucho tiempo. La pertinencia del recurso en Vórtices viles se ejemplifica en relatos donde aparecen hombres que cuentan lo importante que es escribir su propia historia, otros que nos increpan directamente como lectores, y otros más que escriben diarios, cartas y manuales. Por ejemplo, en “El Aqueronte” anota el narrador: “Escribo esto en un balcón en el piso siete de un hotel”; del mismo cuento es: “Ahora sé que lo único que puedo hacer es escribir la historia de la desaparición de Mephibusheth”, o en “Presagio”, en donde anota: “Y yo no estaría escribiendo esto si.” Así, Feben utiliza este recurso tan evidente en su libro como una posibilidad más de difuminar los espacios intersticiales entre la fantasía y la realidad. Lo escrito adquiere un estatuto de verdad por el simple hecho de plasmarse en la página, pero a la vez nos deja claro que aquello con lo que sus personajes, o él mismo como escritor en “Experimento 18681”, se debaten, ocurre entre lo fantástico y lo habitual. No pretendemos confundir al autor y a los narradores de sus cuentos, pero es a través de éstos que Feben otorga y a la vez adquiere un lugar diegético predeterminado que implica no sólo una decisión formal, sino también una concepción sobre el acto escritural y, por ende, sobre las figuras del autor y el lector.

     

    Otra de las maneras en las que el autor juega con el estatuto escritural de sus relatos es empleando textos dentro de los textos. Por ejemplo, en “La tarde de los edificios intactos”, anota: “Pero quién soy yo, aun hoy, aun al escribir esta carta, para imaginar eternidades.” O en “Saudade”, el relato más largo del libro y que está compuesto por veintidós entradas del diario del protagonista escritas en una muy paranoica primera persona. En el mismo tenor, existe también en algunos textos, como “El Aqueronte”, una idea de que lo escrito es sólo transcripción, que aquello existe ya como texto en algún lado y que el escritor es sólo el encargado de la inevitable entrega al lector. Escribe el narrador: “Igual que todo, está ya escrito, y cada palabra que yo escriba aquí ya fue prefigurada por otro.” Considero que esta noción sobre la escritura que emplea Feben casi como poética estaría incompleta sin su contraparte lectora, es decir, que varios de los textos hacen alusión directa al lector y en algunos casos éste llega a estar involucrado en la trama y el desenlace del cuento. En “El Aqueronte”, dice el narrador: “Probablemente las atribuciones que el hipotético (improbable) lector haga de esta carta no importan; quizá tampoco mis explicaciones”; o, en “Siete cosas sobre Jerónimo”, apunta: “Lo primero que debes saber de Jerónimo es que casi siempre controla sus esfínteres.” Me parece que el cuento que mejor logra esta compleja relación es el que cierra el libro, “Experimento 18681”, texto en el que el autor le habla directamente al lector: “Aquí viene el clímax; entenderemos qué hacemos aquí Ulises, tú y yo. Atención”, o “Por eso te quedarás hasta el final; porque quieres saber cómo es que pierdes”. Este último cuento, como lo dice su nombre, experimenta con las relaciones que entre narrador, escritor, personaje y lector se establecen, como si se tratara de una especie de manifiesto sobre la complicidad que entre autor y lector se establece al momento de suspender la existencia y decidir entrar al libro con los ojos vendados. El cuento enuncia la realidad  de las teclas que se presionan, del personaje que ve al escritor escribiendo el libro, de sus hojas blancas a punto de llenarse de letras, del sonido que hacen las teclas de la máquina cuando se presionan (tic-tac) o cuando dejan de sonar.

     

    Debido a esta peculiaridad narrativa y a la experimentación formal, considero “Experimento 18681” como un texto muy logrado en el libro, pero no podría dejar de anotar que, si bien el recurso narrativo del que hemos venido hablando se lleva a cabo con mejores resultados en algunos cuentos que en otros, en la lectura del libro llega un momento en el que se espera alguna variable en los narradores, ya que lo que podría ser una virtud consistente, después de 141 páginas corre el riesgo de agotar al lector con el mismo recurso narrativo empleado en casi todos los relatos.

     

    Otro tema que me parece necesario tocar es la constante insistencia en que el libro de Feben es de género fantástico, o de lo que él mismo cataloga en su blog como “géneros especulativos”. Como decía, tanto en su blog como en muchas de las notas de prensa —tal vez por costumbre o pereza periodística— se insiste en el lugar común: “En donde lo fantástico se mezcla con lo real.” Tal vez la definición sea la adecuada, pero repetida por el autor, por las reseñas y por las notas de prensa, me parece que comienza a vaciarse de significado y se vuelve cada vez más difícil ingresar a ese terreno sin caer o repetir tópicos simplistas. Como ejemplo, Feben mencionó en la presentación del libro en Bellas Artes: “He escrito este volumen para hacer reflexionar al lector sobre la utilidad que le da a su tiempo y para mostrar que el mundo real y el imaginario que solemos tomar como dos antónimos en realidad están mezclados.” Dejo a juicio del lector si le es necesario reflexionar sobre el tema propuesto por el autor, o si considera que leer Vórtices viles es la mejor manera de hacerlo, o si cree que el autor logrará su objetivo casi pedagógico de hacerlo reflexionar. Lo que sí es digno de mención es que, si por un lado emplea un recurso narrativo con evidente recurrencia, las maneras en las que aborda esta búsqueda de lo fantástico son mucho más variables y le presentan resultados que en algunos cuentos son muy interesantes.

     

    En varios casos, los personajes cuentan lo ya sucedido, cuentan desde un presente tormentoso al que constantemente vienen los recuerdos de una existencia no muy lejana en la que la realidad funcionaba de manera cuando menos indiferente. Sus personajes necesitan atravesar por un rito de paso arduo para poder decir: “Ahora lo entiendo todo.” Son personajes que durante extensas secciones de las tramas se encuentran perdidos o en busca de encontrar respuestas a preguntas que no entienden o que los superan. La realidad se muestra entonces como un lugar vacío en el que la fantasía se vuelve necesaria para la supervivencia, como lo anota el narrador de “El Aqueronte”: “Mephibusheth me había dotado de un mundo horrible que yo podía arreglar cada tarde, uno en el que yo era capaz de sofocar incendios y derrotar invasores (…) a comparación de mis tardes, el resto del mundo parecía no sólo imperfecto, sino inútil, inexistente, imposible.”

     

    Uno de los mejores cuentos del libro, y que hace un guiño al estilo borgiano de lo fantástico, es “Vida de los guara-bototí: nueva luz sobre un caso de aislamiento voluntario”, texto en el que también encontramos una clara conciencia escritural y en el que se hace referencias a otros libros y estudios inexistentes sobre una tribu que decide alejarse del mundo y sujetarse a una población inamovible que sólo acepta a un nuevo miembro cuando otro pierde la vida. La idea final del cuento es interesante y recuerda, sin duda, el eterno retorno nietzscheano: la vida que da giros sólo para llegar al lugar de donde se ha partido una y otra vez. Como antes anotaba, uno de los mejores textos, con un argumento interesante cuyo excelente pulso dramático se va desenvolviendo poco a poco.

     

    Me parece que los textos de Feben no sólo “mezclan lo fantástico con lo real” —como tanto se ha dicho—, sino que construyen estructuras en donde, por muchos motivos, la vida más normal y cotidiana ha sido ya trastocada por algún evento antes de que comencemos a leer, es decir, sus personajes tienen ya un bagaje que los predispone a situaciones límite, a reacciones inesperadas, a respuestas inaudibles que los empujan a abismos insondables. Las tramas se van desentrañando poco a poco y lo que antes parecía normal —lo que sea que eso quiera decir—, cotidiano o real, comienza un proceso lento y doloroso de transformación fantástica.

     

    Así, Vórtices viles tiene algunos auténticos ojos de huracán, como “Saudade”, “Experimento18681”, “Vida de los guara-bototí: nueva luz sobre un caso de aislamiento voluntario” o “La tarde de los edificios intactos”, pero también algunos textos cuyo resultado es disparejo con el resto del libro. A fin de cuentas, el resultado me parece muy logrado: expone a un autor joven con una voz y ciertas vistas de una propuesta poética, características de las que la literatura mexicana contemporánea adolece en algunos casos y sentidos. El de Feben es un libro que demanda atención a detalles y pide ser leído con cuidado. Es notorio un trabajo cuidadoso y propositivo por parte del autor, un uso muy articulado del lenguaje en el que no aparecen barroquismos innecesarios, carretadas de adjetivos que ensucien su prosa o lugares comunes que desalienten la lectura.

     

    Si Feben manifiesta la intención de mezclar lo fantástico con lo real, y dedica su libro a ello, vale la pena terminar recordando El oficio de vivir (1950), de Cesare Pavese, en donde el autor italiano vislumbra una manera final de ganarle la partida a lo real y que, me parece, Feben compartiría: “La literatura es una defensa contra las ofensas de la vida. Le dice: Tú no me engañas: sé cómo te comportas, te sigo y te preveo, me gusta verte actuar y te robo tu secreto componiéndote en avisadas construcciones que detienen tu flujo.”

     Texto pub­li­cado en la edi­ción 155 de Crítica


    Escrito por Juan Carlos Reyes

    Juan Carlos Reyes obtuvo una beca de excelencia con la cual cursó la maestría en Lengua y Literatura Hispanoamericana por la UDLA. Participó en los talleres literarios de Felipe Montes, en Monterrey y en Puebla. Ha sido galardonado con distintos premios por guiones de cortometraje, ficción, artículo y obtuvo el primer lugar en la categoría B del concurso del Fondo de Cultura Económica, La Ciencia para Todos (1999-2000). Publicó su segundo libro de cuentos en la Colección La Letra Digital.

  • Cortados con la misma tijera

    mujer-en-un-barEl calor es insoportable aun dentro del bar. Pido una Sol oscura, bien “muerta” y saco un Camel de la mochila. El mesero se inclina para encenderlo y, de paso, echa una ojeada al escote de mi blusa. El muy cabrón ni siquiera lo disimula. No me molesta, a estas alturas del partido estoy más que acostumbrada, es sólo que todavía no deja de sorprenderme con qué facilidad lo hacen. Los hombres, claro está. Todos, hasta quien menos te imaginas. Como cuando, recién separada, Mayerling me invitó a tomar el café a su casa. Arnulfo, su marido, y por si fuera poco, el pastor de la iglesia, en múltiples ocasiones había intentado que mi ex y yo nos reconciliáramos. Supongo que, desilusionado de los resultados, le pidió a su esposa que le echara la mano para convencerme de volver con Alberto. Cuando me invitó, estuve a punto de negarme. Qué hueva ir hasta Cholula y chutarme de nuevo el sermón de “hasta que la muerte los separe”. Pero en ese entonces no sabía decir que no, así que ahí estábamos en la tarde de un día cualquiera, sentadas en la sala de su casa tomando café. Para ese entonces ya había cambiado los Manolo Blahnik por los huaraches y Mayerling trataba de portarse igual que siempre, sin lograrlo. Yo me moría por un maldito cigarro en una casa donde el No Smoking es un axioma de vida y planeaba ya una excusa para largarme de ahí, cuando Arnulfo entró a la sala con el pequeño Arnulfín en brazos diciendo no sé qué cosa sobre la medicina del bebé. El caso es que Mayerling se levantó de inmediato, se disculpó un momento y, tomando al pequeño, salió. Arnulfo, por supuesto, se acercó a saludarme. Yo tenía la taza de café en las piernas. No te levantes, me dijo, y se inclinó para besarme la mejilla. Entonces lo caché: el pastor de la iglesia, marido de una de mis mejores amigas, consejero matrimonial, hombre recto e intachable, viéndome los pechos por entre el escote. Mmh… algo estaba mal. ¿Y los sermones interminables sobre el noveno mandamiento? ¿Qué diablos pasó con el “no desearás a la mujer de tu prójimo”? Ah, claro, ya no era mujer de ningún prójimo; no era mujer de nadie. Punto. Es decir, puedes verle las tetas y lo que quieras a una mujer siempre y cuando no tenga “prójimo” que la haga respetable, o que por lo menos conozcas. Y no es que fuera una santa —y vaya que no lo era— o que me asustara que un hombre quisiera ver un poco más de piel, pero hasta para mí —y suponía que también para él— había límites: era el pinche pastor de la iglesia, con una chingada. Si hubiera sido cualquier otro le hubiera dicho: ¿Te gusta lo que ves o quieres verme también las nalgas? Estoy segura de que se me alcanza a ver la raya. Con él sólo se me ocurrió levantarme y salir de allí encabronada. Con el mesero, en cambio, ni me encabrono ni le sonrío ni lo volteo a ver. Le doy una fumada al cigarro y expulso el humo muy despacio, después de mantenerlo en los pulmones lo más posible. Él no tarda mucho en traer mi cerveza. La pone en la mesa, pregunta si la sirve en el tarro, y mira de nuevo el escote, ahora disimuladamente. Respondo que no y regresa a la barra. Yo finjo indiferencia. Bebo un trago largo, doy otra fumada antes de acomodarme en mi asiento y de un vistazo recorro el lugar.  Casi todas las mesas están ocupadas pero no se ve nada interesante, sólo el ambiente típico de un bar de moda: luces tenues, fotos de estrellas del cine hollywoodense por todos lados, un partido de futbol en las pantallas gigantes y en las bocinas, en lugar del Perro Bermúdez, una rola de him. Extraña combinación, pienso, y vuelvo al recorrido visual. En la mesa de enfrente unos novios se besan; él succiona levemente el labio inferior de ella, su mano sosteniéndole la nuca. Se despegan un momento para murmurarse quién sabe qué y ella se ríe, sus dientes apenas asoman por la boca entreabierta. Él se acerca para besarla de nuevo. Me volteo, prefiero el futbol. Alberto y yo casi nunca nos besábamos en público. Podíamos cambiar parejas, hacer tríos, coger con todo mundo en el cuarto oscuro del Violet pero eso sí, nada de andarse besuqueando delante de la gente. Para eso están los hoteles o, de plano, tu casa. No se puede perder la clase, la finura, decía. Hacer de todo en el lugar apropiado, en el momento apropiado. Ajá, sí, cabrón, y tu nieve de qué la quieres. Eso fue lo que siempre me molestó de Alberto, su doble moral, su hipocresía. Uno es lo que es, punto, aquí y en cualquier lado. Pero no con Alberto. Con él todo era fingir. Si estábamos en la iglesia, éramos la pareja más fiel, más devota y más comprometida del mundo. El modelo a seguir. Había que escandalizarse cuando alguien se salía, aunque fuera un poco, de las estrictas normas religiosas, para luego mostrar nuestro magnánimo perdón como si de veras fuéramos intachables. Qué hubiera pensado la congregación de “Atalaya Invencible” de habernos visto en el cuarto oscuro del Violet. O sus papás. Por eso las cosas entre él y yo se fueron al carajo. Todavía me acuerdo de su cara de incredulidad cuando le dije que me iba. De la sorpresa pasó a la burla. Sí, cómo no, a ver cuánto duras allá afuera sin mi dinero, porque de aquí no te llevas nada, lo que traes puesto y di que te fue bien; te doy una, si acaso dos semanas, para que regreses con la cola entre las patas. Le dije que esperara sentado. Supongo que sigue esperando porque hasta ahora, después de dos años, aún no le cae el veinte de lo que pasó. Eso es lo que me pregunta, cada vez que puede: ¿qué pasó?, ¿qué nos pasó? A él no sé, a mí me hartaron las mentiras, las poses y las pretensiones absurdas. Y el jueguito, por Dios santo, digo, al principio es tan excitante que hasta cuesta respirar, es cierto, pero después se vuelve tedioso y predecible. Salvo las dos reuniones en el De Efe con Jorge, Laura, Alex y Liz —que resultaron bastante buenas: gente bonita, ambiente cool y hasta sofisticado, y mucho pero mucho sexo—, las demás parecían sacadas de una película de Jodorowsky. La primera pareja que contactamos acá fue por medio de una revista swinger, de esas que traen fotos con “modelos” amateurs en la portada —uf, chafísimas— y después de la consabida llamada telefónica quedamos de vernos en su negocio, que resultó ser una sex shop por el rumbo de San Manuel. Las expectativas eran altas considerando las experiencias anteriores, sin embargo, resultó que Armando no era ni la mitad de lo que decía su descripción y Bety, en lugar de los 90-60-88 que anunciaba, más bien tenía cuerpo de boiler con un vientre abultado como de cinco meses de embarazo. Yo no sabía si reír, llorar o salir corriendo. Alberto se dio cuenta de mi reacción de inmediato. Su táctica: empezar a chulear a Bety y a contarles de nuestra “vasta” experiencia en el intercambio de parejas. Armando se me quedaba viendo como perro hambriento y Alberto lo animaba con miradas cómplices. El cuate estaba tan nervioso que comenzó a reírse, primero disimuladamente pero poco a poco las risitas se convirtieron en carcajadas; sonoras y enervantes carcajadas que en lugar de romper el hielo contribuyeron a enfriar aún más mis ánimos. Sobra decir que la reunión fue un desastre pero ni eso desalentó a Alberto. Siempre tuvo la esperanza de encontrar una pareja de GQ, que obviamente nunca llegó. Lo que llegó fue un fastidio de mi parte, en algún momento imposible de esconder. Mi aventura con Max fue mero pretexto para terminar con una relación desgastada y terriblemente aburrida. Y de paso demostrarme que podía hacer lo que quisiera, con quien quisiera, sin Alberto, sin necesidad de su autorización, sin su permiso. Y sin culpas. Por supuesto, fue un escándalo pero y qué… Me estaba sacudiendo años de mentiras y convencionalismos ridículos. Si la gente va ha hablar, lo hará de un modo u otro, con o sin motivo. Les di gusto. Hablaron de mí hasta el cansancio.  Y se olvidaron del asunto a los pocos meses, en cuanto surgió un chisme más interesante.  Supongo que en la iglesia seguirán orando —hipócritamente, claro está— por la salvación de mi alma y compadeciendo al pobrecito Alberto. Bien por ellos. Cumplen su función a pie juntillas. No esperaría menos de la congregación. Mientras tanto la cerveza se ha terminado y busco al mesero para pedir otra. El lugar está lleno y soy la única mujer que está sola. Si quisiera podría llevarme a cualquiera de estos cuates a la cama. Hay dos o tres que voltean a verme con insistencia y luego cuchichean entre ellos. No tardan en lanzarse a mi mesa a ver qué pescan. Son tan transparentes, puedo ver sus intenciones a tres cuadras de distancia. Me sé de memoria lo que dirán. Hasta ahora no ha habido uno que sea original, que de verdad me sorprenda. No, qué va, todos parecen cortados con la misma tijera. Mientras tratan de conquistarte son encantadores. Y a la mañana siguiente, después de una noche de sexo mediocre, lo único que quieren es largarse de ahí; no vaya a ser que te hayas creído sus cuentos y ahora te sientas con derechos. Conmigo no. Hay que sacarlos rápido de la cama y dormir tranquila y plácidamente el resto de la madrugada. La vida es una mierda. Ni modo. O aprendes a vivir entre mierda y a salpicarte lo menos posible o ya te cargó la chingada. Y de ser muñequita de aparador, sumisa y obediente, prefiero mil veces sentarme sola en una mesa de bar y jugar al lobo y al cordero. Y por supuesto que los corderos son ellos. Mientras me traen la cerveza ensayo mi mejor sonrisa. Me apresto para la cacería. Es mejor ser cazador que presa, ser titiritero que títere, no me cabe la menor duda.

    Texto pub­li­cado en la edi­ción 155 de Crítica


    Escrito por: Ana Delia Carrillo

    Teatrera juvenil que se moviera en los circuitos artísticos de Torreón, Coahuila.
    Escritora inclasificable que se especializa en el área narrativa.
    En 2007 obtuvo el tercer lugar en el XI Concurso de Cuento Mujeres en Vida que organiza anualmente la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla por su cuento Cortados con la misma tijera.
    Rockera irredimible, gasta sus pasiones entre Iron Maiden, Judas Priest yMetallica en una dinámica hiperkinética de difícil alcance.
    Gramatóloga infalible, soporta el peso de una subdirección de este blogzine y una titánica labor de corrección ortográfica.
    Gasta su tiempo entre atender a su par de hijos adolescentes y una suerte de Lobo pre-adolescente que supuestamente dirige y programa estas pantallas.

  • El Viaje

    Apuntes para un cuento

     

    En el reflejo de la ventana observo a una mujer que viaja a mi lado; su rostro esconde una mirada mientras finge leer.

    Aún no descubro de qué se trata. Me gustaría pensar que es un libro en el que ella se descubre en la sintaxis.

     

    Pienso en la permanencia de una mujer lectora que descifra o intenta leer su propia vida, una mujer que escribe mientras lee.

    Pero, ¿quién me acompaña desde hace más de una hora en este autobús que recorrerá por lo menos tres horas más de camino? Alcanzo a leer las primeras líneas en el Ipad que se reflejan en la ventana:El deseo es una línea vertical”, mientras un roce de tela llama mi atención. Se descubre la pierna antes oculta por una manta color vino. read more

  • El último elefante, abril 30, 1945

    “Jorge se ha pegado un tiro.”

    El teléfono, muerto hacía semanas, me sacó de un sueño feliz para golpearme con aquella noticia, con aquellas palabras que seguían rondando mi cabeza mientras iba de camino a casa de Anaïs. No había dolor en su voz cuando me lo dijo, en su lugar había cierta impersonalidad, el acartonamiento propio del lugar común, la frase hecha, tan habitual en estos días postreros. Muerte, suicidio, asesinato; palabras cuyo sentido se había desgastado después de oírlas repetir en todas partes. Primero había sido Heinz, después Gudrun, esta misma semana el hijo de Eva: todos ellos se habían pegado un tiro. El resto, más cobardes o indolentes, esperábamos.

    No, no había dolor en esa voz confitada que parecía más bien hablar consigo misma que conmigo. A mi proposición de hacerle compañía, respondió con un sonido gutural carente de significado. Colgué el teléfono, busqué mi abrigo y me puse en marcha. De cualquier modo nada tenía planeado hacer además de visitar al elefante; pensar, como todos los días, en el elefante.

    Los derrumbes me obligaron a hacer varios rodeos. Tardé más de una hora en llegar a Wilmersdorf. Todo Berlín era una ruina y sólo el silencio acompañó mis pasos; transitar por las calles en ruinas del otrora bullicioso Charlottenburg sin cruzarme con persona alguna me hizo sentir nuestro desamparo con toda su violencia. El mundo entero nos repudiaba, debíamos enfrentar la derrota en soledad: solo, en la cama donde había dormido con Anaïs durante cuarenta años, donde la había amado lenta, minuciosamente, Jürgen se había pegado un tiro; solo, andando por las calles infartadas de esta ciudad que habría de ser el corazón del mundo, yo pensaba en todo ello, estremecido.

    Fue en Wilmersdorf donde me topé por fin con otro hombre, un soldado que andaba a grandes zancos por la Lietzenburgerstrasse agitando la bandera amarilla. Lo seguí hasta la entrada al metro en Hohenzollernplatz, donde otras personas entraban ya, ordenadamente, como si fuese un día cualquiera y todos se dirigieran al trabajo. Minutos después los aviones aliados descargaban sobre nosotros toneladas de venganza. No sin sorpresa advertí que la mayoría miraba con fastidio su reloj: tan acostumbrados estábamos a vivir bajo los bombardeos que ya no sentíamos miedo, simplemente los considerábamos un inconveniente más en la vida moderna. Después de todo, aquellos bombardeos venían del oeste, y lo único que nos horrorizaba se hallaba al este: los rojos, como si la muerte entendiera de colores.

    Pasado el bombardeo, salimos a la superficie. El paisaje había sido reconfigurado y habría que buscar nuevas rutas. Por suerte me encontraba cerca de mi destino y quince minutos después llegaba a la casa de Anaïs, que había sido respetada por las bombas. Un bullicio odioso por inesperado me recibió: una muchedumbre se había congregado en el jardín armando tal barahúnda que, de no conocer la razón de aquel encuentro, habría pensado en una fiesta. Muchos rostros me eran conocidos: amigos que tenía en común con Jürgen, amigas de Anaïs a las que no había visto en décadas. Me sentí feliz al verlas viejas, acabadas, una vil caricatura de las beldades arrogantes que habían sido: me sentí avergonzado al no prever que Anaïs llamaría a otras personas. No faltó quien me indicara que ella estaba adentro, en la sala, donde la habían dejado al comenzar el bombardeo para refugiarse en el sótano y del cual habían salido tan entumecidos que por ello estaban afuera, celebrando aquel grotesco día de campo.

    Saludé con rapidez a unos cuantos, ignoré a otros muchos y entré en la casa. Envuelto en mantas, el cadáver se hallaba al centro del salón en el que tantas veces Jürgen y yo conversamos tardes enteras bajo la sombra solicita de Anaïs, de sus atenciones casi maternales. El cuadro de Hitler, que presidiera el salón durante trece años, había desaparecido; un gran rectángulo de papel tapiz un poco más marrón que el resto de la pared quedaba por único vestigio. ¿Qué marca quedará en los alemanes cuando los rusos aplasten a Herr Hitler? Jürgen prefirió matarse antes que afrontar ese vacío.

    Anaïs estaba tumbada en el viejo sillón de mi amigo, la cabeza descansando sobre el puño, la mirada de caoba perdida, abismada en los recuerdos. Llegué hasta ella, me acuclillé y tomé su mano libre.

    —Me abandonó, el muy cobarde. —susurró sin mirarme. Apretó con fuerza mi mano.

    —Yo estoy aquí, y no voy a dejarte, lo juro.

    Sonrió con tristeza y al fin me miró.

    —¿Ya lo viste?

    Negué con la cabeza. En realidad no me interesaba verlo. Pensaba entonces que mirar un cadáver es como mirar una piedra, nada especial; semanas de vivir entre ellos me habían insensibilizado. El buen Jürgen se había ido, no tenía caso ver sus despojos; pero Anaïs se puso en pie sin decir nada más y, de la mano, me condujo hasta el cuerpo, apartando las mantas que lo cubrían. Cerúleo y abotagado, mi amigo emprendía su lento viaje hacia la disolución enfundado en su traje de gala. Pude ver a la altura de la sien el lunar que la bala había dejado, el agujero por el cual se le coló la nada. En el brazo izquierdo llevaba el brazalete del Partido. Una oleada de asco rompió contra mi estómago y desvié la mirada hacia Anaïs, quien contemplaba embelesada el cadáver. Le pregunté si Jürgen había dejado alguna nota. Me señaló un papel sobre la mesita al otro extremo de la habitación. Solté su mano y me dirigí hacia allá.

    “Si ellos no vencen, la diosa de la guerra es una ramera. Sieg Heil!” Reconocí de inmediato la preciosa caligrafía de Jürgen. Cerré los ojos. Sólo eso había dejado: dos frases acuñadas por Goebbels, dos frases que se contradecían. Él no lo había notado y aquello me indicó que su espíritu había muerto mucho antes de aquel disparo. “Estábamos muy viejos para todo esto”, dije en voz baja; lo mismo le dije a Jürgen doce años antes, cuando la depravación apenas comenzaba. Me volví de nuevo hacia Anaïs y pude verla llorar en brazos de una mujer que entró en el salón mientras les daba la espalda. Al verla desahogarse así, con aquella desconocida, sentí que mi presencia ahí sobraba. Salí de aquella recámara mortuoria.

    Afuera, el ambiente se había animado. Los presentes formaban pequeños grupos por todo el jardín, unos charlaban y otros hasta reían, olvidados por completo de la muerte de Jürgen; no fue difícil juzgar que todos acudieron buscando olvidarse de la derrota; una vez juntos, la fiesta había sido inevitable. Fui llamado a uno de los corros, alegué un malestar intestinal y me retiré de aquella repugnante celebración de la vida.

     

    (—Deberiamos tratar de huir hacia Hamburgo, hacia los británicos.

    —mposible, los SS no nos dejarán salir de la ciudad, antes nos liquidan ellos mismos.

    —Cualquier cosa es mejor que esta angustia. Que pase lo que tenga que pasar; no soportaría otra noche en vela.

    —A mí quisieron enlistarme en el Volksturm, por suerte cumplí los setenta diez días antes.

    —Si yo pudiera hacerlo ahorita mismo estaría peleando, pero con esta artritis no podría empuñar un arma.

    —Hans es llamado a filas y lo mandan con el médico para un examen. Mientras el doctor lo ausculta, Hans pide consejo sobre la rama del ejército a la que debe optar. “Eso depende —dice el galeno— ¿en qué rama sirvió usted durante la Gran Guerra?” “Oh no, doctor —responde Hans—, en ese entonces no me reclutaron. Estaba demasiado viejo.”

    —No entiendo por qué toda esa gente se lo toma con calma; hacen como si no pasara nada.

    —Me parece una postura más digna que volarte los sesos mientras tu esposa está usando el retrete.

    —Tengo un vecino que todos los días sale rumbo a su trabajo a la hora acostumbrada, pero el edificio donde estaba empleado se derrumbó hace meses. Se sienta frente a las ruinas hasta que es hora de volver a casa.

    —Quién sabe. Quizás es una forma de decirnos que no es cierto, que aún estamos vivos.

    —Hans ve venir a Fritz hecho un santocristo y, alarmado, pregunta: “¿Qué ha pasado? ¿Cayó una bomba cerca de tu casa? ¿Es disparo de un obús? ¿Fuego de metralla acaso?” “Nada de eso —le contesta—, es que entré en el búnker y saludé ‘Heil, Hitler’”

    —Yo le estreché la mano hace algunos años. Recuerdo que no pude reprimir las ganas de llorar.

    —Hay quien dice que sí lo asesinaron, que no salió con vida del atentado en la Wolfsschanze.

    —Él debería también pegarse un tiro y terminar con todo esto de una vez.

    —Hans pregunta a Fritz sobre sus planes para cuando la guerra haya acabado. “Me tomaré unas largas vacaciones y haré un viaje en bicicleta por toda Alemania.” “Muy bien —replica Hans—, ¿y qué harás por la tarde?”

    —Disfrutemos de la guerra mientras dure, porque la paz será terrible.)

     

    Empezaba a helar. Me subí el cuello del abrigo y eché a andar rumbo al zoológico. Pensaba en Jürgen, en el cadáver de Jürgen envuelto en las mantas y en las carcajadas de quienes fueron sus amigos. Me sentí nuevamente avasallado por el asco.

    Fue entonces cuando escuché el bramido.

    Venía del noroeste, del otro lado del Tiergarten. Los rusos habían llegado ya al corazón mismo de Berlín. Toda aquella carga de artillería no podía estar dirigida sino hacia el Reichstag. Me llevé las manos a los oídos para mitigar aquel estruendo que marcaba la ruina total de la esperanza. Creí que no me importaría, creí que recibiría contento el fin del Reich de los mil años; pero al escuchar aquello también yo caí desmoronado. Segundos después, aturdido como estaba, intenté en vano incorporarme; tuve que permanecer sentado, las manos aún en los oídos sordos. Pasaron varios minutos antes de que pudiera percibir que alguien lloraba.

    Era Anaïs. No muy lejos de mí, acuclillada junto al muro, lloraba con las manos sobre la cabeza, los dedos asiendo con fuerza el cabello aun castaño. Me levante, fui hacia ella y la ayudé a ponerse en pie. No bien lo hubo hecho, se arrojó a mis brazos, sollozando, apretando con fuerza su cabeza sobre mi hombro, lastimándome. Más doloroso que esa opresión fue el golpe de ternura que sentí en mi pecho y una vez más maldije a Jürgen.

    —Calma, ya pasó, ya está bien.

    Cuando se tranquilizó, recogí su bolso, la tomé del brazo y reemprendimos la marcha hacia el zoológico. Al principio creí que no le agradaría la idea, pues en lugar de alejarnos íbamos más cerca de la batalla, pero se interesó en mirar al elefante. Ignoraba, como casi todos, que aún quedaba uno. Dijo que abandonó la casa porque no soportaba más la triste dicha de toda aquella gente allá reunida. Había pedido a su amiga que se quedara junto a Jürgen mientras ella salía a dar un paseo; necesitaba un poco de aire fresco para pensar y prepararse para lo que vendría después.

    —Además, necesito pedirte algo.

    Respondí que me pidiera cualquier cosa, pues yo haría todo lo posible por hacerla sentir mejor. Pude sentirla temblar ligeramente.

    —Te lo diré más tarde. Ahora sigamos andando, me hace falta caminar, despejarme.

    No podría precisar durante cuánto tiempo caminamos sin decir una palabra. Sumido cada quien en sus reflexiones, anduvimos entre los sinuosos vericuetos que la ciudad proteica, reconfigurada por los escombros, nos ofrecía.

    Comenzaba a oscurecer cuando arribamos al zoológico. Aunque había muchas personas, nadie iba hacia los pocos animales que no habían muerto aún; todos corrían en dirección al Flakturm, a esconderse en el búnker bajo la torre. Nosotros doblamos a la izquierda con la vista alzada, para no ver las ruinas a nuestro alrededor, sino el maravilloso atardecer.

    —¿Es hermoso, verdad? —dije.

    —Sí. Y Jürgen jamás volverá a verlo.

    Seguimos caminando en silencio un buen rato.

    —Debe sentirse muy solo —dijo al fin.

    Nunca sabré si lo dijo en referencia a Jürgen o al elefante que vimos al final de la calzada, enorme y marmóreo como el Partenón, y como éste, una ruina magnífica. Tenía 26 años pero parecía más viejo, desgastado por el hambre y la soledad. Se acercó a la reja al vernos llegar y asomó la trompa por entre los barrotes. Lo hacía siempre, para que lo acariciara, para que le diera algo de comer. Por desgracia no tenía nada que darle. Al principio le traía algunas zanahorias o algo de pan; ahora mi despensa y la despensa de toda Alemania estaban vacías. Paseé mi mano por su trompa.

    —¿Hace cuánto tiempo que murieron los demás? —preguntó Anaïs. Lo sabía con exactitud: al día siguiente del bombardeo, cuando me enteré de que sólo un elefante había sobrevivido, decidí regresar al zoológico tras treinta y ocho años de no pasar siquiera por la Kürfurstendamm; la casa en forma de pagoda donde vivían los elefantes estaba en ruinas. Me senté a llorar en una banca cercana pensando en lo maravillosa que pudo ser mi vida.

    —Casi dos años, en noviembre del 43. Una bomba cayó en la pagoda y mató a siete, hembras todas. El otro macho se escapó y lo abatieron a tiros.

    —¿Por qué?

    —No sé, supongo que enloqueció de dolor y se volvió incontrolable.

    Sus ojos se anegaron de lágrimas, tomo un barrote con cada mano y agachó la cabeza.

    —Jürgen también enloqueció de dolor. Cuando los ivanes cruzaron el Óder intentó unirse al Volksturm, pero sólo se burlaron de él. Estaba casi ciego, ¿lo sabías?

    No respondí. El elefante retrocedió, alzó la trompa y barritó. Anaïs saltó hacia atrás, asustada. La tomé del brazo y la llevé hasta una banca cercana donde nos sentamos sin decir palabra. Sentía sobre mí los ojos del elefante, oteándome desde la penumbra de la jaula.

    —Le pedí que no me dejara, que si iba a hacerlo me llevara con él. No quiso escucharme —Dijo Anaïs, hurgando dentro de su bolso. Hizo una larga pausa antes de continuar—. Yo no tengo suficiente valor, no lo tengo.

    Me puse en pie de un salto, horrorizado. De la bolsa había sacado una pistola, la sauer de Jürgen. Comprendí entonces la atrocidad que Anaïs iba a pedirme. Me miró directo a los ojos mientras me tendía el arma.

    —Anaïs, yo no…

    —Dijiste que haría cualquier cosa.

    —Pero eso…

    Desde el norte, un gran número de cohetes Katyusha volaron sobre nosotros: los rusos disparaban hacia las baterías antiaéreas de la Flakturm. Anaïs se lanzó al piso y se escondió bajo la banca, abrazada a sus rodillas. Yo seguí sentado mirando hacia la jaula del elefante sin cubrirme siquiera los oídos. A mi cabeza regresó la frase hecha, la voz edulcorada: “Jürgen se ha pegado un tiro.”

    Pasados unos minutos, volví a escuchar de nuevo el llanto de Anaïs. Con gran trabajo logré levantarme y ayudarla a salir. Gritaba.

    —¡No quiero verlos! ¡No quiero estar aquí cuando ellos lleguen! ¡Tienes que ayudarme!

    Supe entonces que no podía negarme. Recogí del suelo la pistola y la sopesé. Estaba fría. Miré a Anaïs, sentada en la banca, sollozando con el rostro escondido entre las manos. Balbuceé una proposición:

    —Lo haré si tú me das a cambio un beso.

    Entonces su llanto se volvió una risilla, y esa risilla una carcajada. Volteó hacia mí su rostro sonriente, hermoso a pesar de los años y las penurias.

    —Lo siento mucho —dijo al fin, soltando un suspiro y limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Siento mucho no haber tenido el valor para avisarte que no vendría. ¿Cuántos elefantes había en aquel entonces?

    —Cuatro. Los conté un millón de veces.

    —Sí lo recuerdas. Lamento no haber podido corresponderte.

    Se levantó, puso sus manos sobre mis mejillas y me besó en la frente. Pude sentir la tibieza de su aliento, el calor de su piel. No tuve valor para devolverle la caricia.

    Nos sentamos, ella cerró los ojos y yo acerqué la sauer a su frente. El beso de metal la separó de mí, para siempre.

    Me quedé largo rato sentado junto a ella, peinando sus cabellos y acariciando su rostro, extrañado que no doleriera tanto. Después la recosté sobre la banca y volví a la jaula.

     

    No sé si he hecho bien o mal, no importa. Hay otra bala en la recámara del arma, pero no pienso usarla. Que otros se esfuercen por escapar, yo no; he decidido quedarme a acompañar al elefante, a compartir su dolor, su soledad y su destino. Agradezco tu gesto, Anaïs, pero no iré tras de ti, no esta vez. No hay lugar para mí en esa muerte que empareja a los amantes, debo quedarme a presenciar la ruina final y asumir el precio de nuestra indolencia. Nunca creí en esta locura, pero tampoco hice nada para evitarla; estaba demasiado viejo.

    También soy responsable.

    Llegan hasta mí los gritos de la muchedumbre que huye hacia la Flakturm: Der Iwankommt!, Der Iwankommt. Aquí estoy, aguardándolos. El elefante saca la trompa entre las rejas, me aferro a ella como mi último amuleto. Él es un sobreviviente y yo espero no morir antes de que tomen la ciudad. Sería demasiado fácil, y no debe serlo. Las cuentas son largas, y ha llegado la hora de pagar.

    * Obra ganadora del XL Concurso Latinoamericano de Cuento “Edmundo Valadés”.

    Texto publicado en la edición 151 de Crítica


    Escrito por Eduardo Felipe Sánchez García

  • Oráculo

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    Cuando José Miranda me llamó, yo no sospeché nada porque no había nada qué sospechar. Entiéndeme. Tenía años de no verlo, no sé cuántos, pero más de quince. Desde que comencé a trabajar en ese periódico de mierda perdí el contacto con mis compañeros de la universidad. No sé por qué. En una ocasión, José María, amigo de Miranda y de Lucrecia, del Chitos y del Loco (quizás no era tan amigo del Loco, pero de los demás sí) me dijo que Miranda y Lucrecia me habían perdido el respeto. Lo que pensara entonces Lucrecia no me importaba, pero sí sentí gacho que Miranda ya no me respetara. (Aunque esto es paradójico porque al mismo tiempo supe que antes me había respetado.) Al parecer, Miranda le había dicho a José María que yo era un tipo inteligente y con mucho potencial para ser un gran periodista o hasta un buen escritor, pero que me dejaba influenciar mucho por lo que pensaban los demás y que no tenía disciplina ni me preocupaba mi futuro. La verdad es que todo eso me sonó muy cursi y no supe si era invención de José María o de José Miranda. Le dije que ni mi papá me había dicho tanta estupidez en la adolescencia (la verdad es que siempre me decía esas cosas y otras rayanas en insultos, o más bien eran insultos, pero ya casi no me acuerdo, o sí me acuerdo, pero creo que no viene al caso contártelo) y que ya se vería con el tiempo quién era quién.

    Lo que pasa es que Miranda era muy raro: sacaba muy buenas calificaciones, pero no era matado; se ganaba el aprecio y el aborrecimiento de los maestros por igual y me cae que no era guapo, pero tenía varias viejas. Yo todo eso se lo reconozco, pero dime tú, si era tan chingón, entonces ¿por qué nunca tenía un quinto y siempre estaba de malas? Muy doctor y muchos estudios en el extranjero (porque el Loco me contó que Miranda se había ido a Estados Unidos a estudiar un posgrado) pero ni carro tenía. Siempre andaba en el metro.

    Yo no podía saber qué se traía porque si bien se me hizo raro que Miranda me llamara, tampoco era algo imposible. Al fin y al cabo fuimos compañeros de la universidad y, mal que bien, yo ya me había ganado cierto prestigio en mi trabajo. No, no éramos de la misma generación, simplemente fuimos compañeros. No sé, creo que él se graduó en el 98. No, yo no me titulé y ni falta me hizo. No se te olvide que estuve a punto de ganarme el Pullitzer. Los que hemos sido elegidos para escribir no necesitamos de títulos ni de esas cosas.

    Sin embargo, cuando me llamó, algo en mí se puso en alerta, pero mi confianza natural no le dio importancia y quedamos de vernos al día siguiente (era un viernes) para comer en una cantina del Centro. Lo reconocí de inmediato; estaba leyendo un libro en inglés como si quisiera impresionar a los otros comensales; a lo mejor era a mí a quien quería impresionar. En cuanto me vio cerró el libro y se puso de pie. Me abrazó (nada muy efusivo ni muy hipócrita). “¿Cómo has estado? Qué gusto verte”, me dijo.

    —No tan bien como tú —le dije— yo no tengo un doctorado, aunque ni falta me hace.

    —Me alegra, así nos dejas algo a los que sí lo necesitamos. Te ves muy bien —dijo no sé si refiriéndose a mi prematura calvicie o a los doce kilos que tengo de más.

    Comimos cinco tiempos, pero en realidad es como si fueran menos. Lo que pasa es que en esa cantina ya me conocen y nunca me sirven las botanas. Nos vamos directo a los platos fuertes, ya saben que dejo buenas propinas. No, no estábamos borrachos. Miranda había comido dos tiempos en realidad (una sopa y un guisado) y para entonces se había tomado unas tres cervezas. Yo no recuerdo cuánto bebí, pero tampoco iba a limitarme, él había dicho que me invitaba y era viernes.

    Durante la comida, Miranda me hizo preguntas que iban de anodinas a venenosas. Lo bueno es que yo iba siempre un paso adelante. Primero me preguntó que cómo estaba, cómo estaba mi esposa, el trabajo… hasta pretendió interesarse en mis textos. Comentó algo sobre dos artículos míos recientes (se ve que había hecho su tarea).

    —¿Sigues escribiendo? —me preguntó. Como tardé en responder dijo: —Me refiero a la literatura. Aunque no fuimos tan cercanos en la universidad y quizás por ello nunca te lo dije, siempre me pareció que eras de los que mejor escribían.

    —A veces —le dije— pero no he publicado nada.

    —¿Por qué?

    —Porque no me interesa. Ahora la gente sólo quiere basura y yo no escribo basura. Digo, sin ofender a los que publican —hice esta aclaración porque José María ya me había contado que Miranda había publicado un libro de cuentos en una edición de autor y que además tenía una columna en una revista universitaria. No sé qué es peor: la mediocridad de nuestras editoriales o publicarse a sí mismo.

    —Te entiendo —me dijo—. Lamentablemente yo no he resistido la tentación y escribo de vez en cuando.

    —Y aparte de eso, ¿qué más haces? —le pregunté.

    —Doy clases.

    —¿De qué?

    —De periodismo y derechos humanos.

    —¿En dónde?

    —En la Universidad Nacional.

    —¿Tienes una plaza de tiempo completo?

    —No.

    —¿Das clases en la mañana o en la tarde?

    —En la tarde.

    —¿Cada cuándo?

    —Tres veces por semana.

    Ya voy, lo que pasa es que no es lo mismo dar clases en la mañana que en la tarde en esa universidad. Todo mundo lo sabe. Te digo todo esto porque necesito reproducir el diálogo lo mejor que pueda para que veas que no me era posible sospechar nada de su locura o lo que fuera. Pero me voy a adelantar un poco para darte gusto. De hecho, ahora que lo mencionas, a lo mejor sí tomó más cervezas, pero yo no vi o no me di cuenta. Lo que pasa es que no lo vi borracho. En fin, de pronto me dijo que me agradecía mucho que hubiera aceptado la invitación a comer con él.

    —No tienes nada qué agradecer —le dije.

    —Al contrario, siempre voy a estarte agradecido porque ésta será la última vez que comamos juntos —así me lo dijo, muy seguro. Yo creí que me iba a decir que tenía alguna enfermedad muy grave o que se iba a vivir al extranjero. Pero no tenía los ojos llorosos ni el tono solemne. Hablaba como si ya supiera lo que yo iba a decirle, como si ensayáramos.

    —Te propongo que nos dejemos de tanto misterio —le dije— y me digas lo que te pasa porque para eso somos amigos. ¿Por qué no volveremos a comer juntos nunca más? —le pregunté.

    —No es fácil de decir, pero tienes razón: lo mejor es ir al punto. Después de lo que voy a decirte ya no comeremos juntos porque no vas a creer lo que te cuente. A lo mejor vas a pensar que estoy loco y ya no te quedarán ganas de que nos veamos de nuevo.

    En ese momento yo aún estaba sobrio porque recuerdo perfectamente lo que me dijo. Me emborraché después de que se fue, como a las ocho y en otra parte. Además, antes de que me dijera eso, todo había estado normal. Éramos dos amigos de la universidad, dos periodistas, dos colegas que se estiman mucho y se reúnen después de varios años de no verse.

    —Puedo predecir el futuro —me dijo. Me lo soltó a quemarropa. Le hice una seña que significaba que no lo había escuchado bien, pero el volvió a decírmelo.

    —Puedo predecir el futuro —repitió—. Me le quedé mirando. Hacía un gran esfuerzo por no mostrar mi sorpresa y mi decepción, pero al mismo tiempo hubo algo dentro de mí que me decía: “Esto confirma que tú eres más chingón que él”.

    No me reí. Ahora no sé si porque sentí pena por él o por los nervios. Él me sonrió, no parecía avergonzado. Tenía razón, después de todo. Era obvio que no le iba a creer y, por supuesto, no me quedaban ganas de verlo de nuevo.

    —Pues qué bien —le dije—. ¿Te importa si pedimos la cuenta?

    —Ya la pedí, cuando fui al baño —me respondió.

    —Menos mal, tú también tienes prisa.

    —No, pero sabía que ibas a pedirla en este momento y me adelanté.

    Ahí no pude más y me reí francamente.

    —Estás cabrón, Miranda, es cierto que adivinas el futuro —mi risa era deliberadamente una burla y un goce por verlo ahí, tan poca cosa. Sin embargo, él actuaba como si de verdad supiera lo que iba a ocurrir. Tal vez fue su impasibilidad lo que me hizo quedarme otro rato.

    —Pensándolo bien —le dije— ¿por qué no nos quedamos y pedimos algo más?

    —Me parece muy bien —respondió— aunque voy a cambiarle a la cerveza. ¿Tú quieres otra cuba?

    Saqué un cigarro de la cajetilla, me lo puse en los labios y evité mirarlo mientras buscaba el encendedor en las bolsas del saco. Cuando lo encontré le dije:

    —Casi, Miranda.

    —¿Qué cosa?

    —Casi te sale bien la broma.

    —No es una broma, pero no te culpo por no creerme. Yo mismo no me creería.

    —No me compares contigo, para empezar. Yo… te diré algo. Si ya sabías que no te iba a creer y que me iba a querer ir, entonces ¿por qué pediste la cuenta? ¿No sabías que me iba a arrepentir y que te iba a decir que nos quedáramos, que ibas a aceptar y que te iba a decir esto mismo en este momento?

    —Lo sabía.

    —¿Entonces?

    —Entonces nada. No pedí la cuenta, te mentí —me dijo. Se acercó el mesero dispuesto a encenderme el cigarro.

    —¿Te ha pedido la cuenta este señor? —le pregunté al mesero sin dejar de ver a Miranda, a través del humo.

    —No —dijo el mesero— ¿quiere que se la traiga?

    Negué con la cabeza, pedí otra cuba y Miranda, un tequila.

    —La verdad es que no es fácil creerme —me dijo— así que te ofrezco una disculpa si  te he incomodado al decírtelo, pero tenía que hacerlo.

    Nos miramos un largo rato, bebimos en silencio. Fui yo quien habló primero.

    —Vamos a suponer que es cierto —le dije—. ¿Cómo lo puedes probar?

    —Como quieras.

    Mi mente científica comenzó a trabajar y pensé en pedirle que me dijera cómo iba a terminar el mundo, cuándo se extinguiría la humanidad, pero me di cuenta de que no iba a saber si era cierto lo que Miranda me contara. Luego pensé en pedirle los resultados de la lotería, de las carreras de caballos, de algún encabezado en los periódicos y hasta que me dijera lo que yo estaba pensando. Opté por esto último.

    —A ver, dime, ¿qué acabo de pensar en estos últimos segundos? —le pregunté a manera de reto.

    —Eso no es adivinar el futuro sino el pasado —me dijo— pero está bien, te lo diré —y en efecto me repitió mis pensamientos. Ahí fue cuando la broma o lo que fuere dejó de ser graciosa. ¿Cómo supo? ¿Quién se iba a imaginar que esas eran las pruebas que se me iban a ocurrir? No, tienes razón, nadie.

    La verdad es que no supe muy bien cómo llevar el tema sin ofenderlo y sin pedirle más pruebas. Lo intenté, pero no pude desenmascararlo. Hasta adivinó un número que yo había escrito en un papel. Sin quitarle importancia a lo que en ese momento yo creía que podía tratarse de una facultad sobrenatural, a mí comenzaba a darme miedo. Así que le propuse hablar de otras cosas. Continuaron las copas y la conversación y cuando esta vez fui yo quien pidió la cuenta, me dijo:

    —Hay una razón por la que te he confiado mi mayor secreto. Es todavía más difícil de creer, pero tengo que decírtela.

    —Mejor ahí la dejamos, Miranda —le dije—. Me dio mucho gusto verte y hablar contigo, pero esto ya no me gusta nada.

    —Te prometo que será lo último que te diga y la última vez que te moleste —me contestó—. De verdad no ha sido mi intención incomodarte.

    Noté que ya arrastraba un poco las palabras, así que eso también me relajó, cierto compañerismo alcohólico me relajó.

    —Mejor —le dije— en lugar de que me cuentes más cosas del futuro, dime el número de la lotería del próximo martes. Si le atinas, te invito a comer y me cuentas todo lo que quieras, Miranda.

    —Eso no te lo puedo decir.

    —¿Por qué?

    —Por cuestiones éticas y por mi propia seguridad. Lo siento.

    Ya sabía que se iba a salir por la tangente. Nunca confíes en alguien que te hable de ética.

    —Te he confiado mi secreto porque primero necesitaba que me creyeras. No sé si lo he logrado (es decir, sí lo sé, pero tengo que decirte todo esto de igual manera). En todo caso no pierdes nada y puedes ganar mucho.

    Trajeron la cuenta, yo hice como que iba a pagar y saqué un billete, pero Miranda se adelantó y puso su tarjeta de crédito sobre la comanda.

    —Al menos ya sabes si va a pasar tu tarjeta —le dije y nos reímos.

    Guardé mi billete de doscientos pesos en la cartera y le pregunté: “¿De cuánto estamos hablando?”

    —De mucho.

    —¿Cincuenta mil?

    —Mucho más.

    —¿Cien mil, doscientos mil?

    —No se trata de dinero. Hablamos de las vidas de varias personas.

    Debió notar mi decepción (o ya sabía que me iba a desilusionar, como quieras verlo) porque me dijo para interesarme en el asunto: “Una de esas vidas es la tuya. Salvar tu vida debe valer más que cien o doscientos mil pesos, ¿no crees?”

    Le trajeron el pagaré y firmó.

    —Espero que no estés tratando de amenazarme, Miranda —le dije con absoluta seriedad— porque soy capaz de matarte.

    —Por favor, no te exaltes.

    —¡Cómo no quieres que me exalte! —exclamé dando un golpe sobre la mesa, pero nadie se volvió a mirarnos— ¿Qué tiene que ver mi vida con tu pinche locura?

    —Escúchame bien, por favor. En unas semanas van a llegar a tus manos ciertos documentos.

    —¿Qué documentos?

    —Son unos papeles que, como imaginarás, comprometen a gente con mucho poder. Su publicación provocaría un gran impacto que redundaría en un gran reconocimiento para el periodista que lo hiciera, pero el riesgo es muy alto. Tu vida y la de tu hijo están de por medio. Te hablo de secuestro y tortura. Sobre todo de la vida de tu hijo, él sufrirá cosas que no te puedes imaginar. He venido a hablar contigo y a pedirte que no publiques nada y que te olvides de ese asunto.