Devoción por la piedra de Jorge Ortega

Entre la revelación y el desengaño

Si tuviera que describir con una imagen —o mejor dicho con una metáfora explicativa— la poética que Jorge Ortega emplea en Devoción por la piedra (conaculta Chiapas, 2011, 139 p.) propondría la de un hombre que camina con una cámara portátil por diversos lugares tomando registro de cuanto la realidad le ofrece. Su cámara explora con fidelidad los itinerarios de un trayecto lo mismo azaroso que cotidiano y el hombre tras la cámara observa con devoción lo registrado. No es una serie de imágenes particularmente preestablecidas ni se ciñe a un guión cinematográfico: es la cámara al hombro de un viajero, un agudo observador y un testigo. Es por tanto la bitácora de un lector del alfabeto del mundo que reconoció Eugenio Montejo; o bien aquel explorador involuntario de lo visible y su reverso, como la cámara que se cuelga a la espalda el protagonista de la película Historia de Lisboa de Wim Wenders para recorrer y mirar desde otro punto de vista una ciudad. En todo caso Jorge Ortega propone que desde una imagen puede perseguirse y hasta descifrarse aquello que está más allá de tal imagen. La imagen es sólo una puerta de entrada a la realidad. Un vitral, por ejemplo, no es sólo la figura que el plomo y el cristal fijan allí, sino también la luz y la retina que los captan en un instante perdurable:

 

                                      El vitral

seguirá ahí, pero el fulgor no siempre

volverá de igual suerte a atravesarlo

para imprimir en la retina

un firmamento de nuevos esmaltes

que no podrás nombrar.

                                      (“Vitral”)

Los poemas de este libro surgen sin duda de un fino observador que se detiene, con admiración, ante los detalles irradiantes de un paisaje mediterráneo o ante una pequeña ruina a orillas de la ruta habitual; poemas que, al mismo tiempo, apelan el diálogo con aquello que mira tras la mirada, con aquello sin lo cual una imagen es sólo un hexagrama sin interpretación. Si el primer elemento en este trayecto poético es la imagen, el segundo es la reflexión. Las imágenes de las que parten los poemas son a su vez meditaciones. Así, el hombre que observa tras la cámara portátil es también un incansable intelecto que advierte lo que a la cámara se oculta o bien lo que se ha desvanecido de sus impresiones. El ojo que mira es también una mente que sueña o que recuerda:

 

La casa es uno mismo

y en la fisura de sus oquedades

anida la palabra milagrosa

que sólo a ti te sirve.

                                      (“Secreto seguro”)

Devoción por la piedra

Devoción por la piedra, la obra que mereció el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2010, es en cierta forma una larga meditación contemplativa en la cual todo lo inanimado circundante es, bajo la luz y el momento propicio, un secreto revelado. Creo particularmente certero el enunciado que, en la contraportada, la describe como un “humanismo que alumbra los misterios de la materia”.

En efecto, es la materia la que toma la voz en este libro. La materia que se rebela a su silencio ordinario y toma la palabra desde una dimensión distinta, desde una alteridad pensante, en resumen, desde otro reino de la naturaleza. Quizá por ello no hay personajes humanos —o las hay sólo sugeridos, oblicuamente entrevistos—, en esta obra. Los verdaderos protagonistas en la mayor parte de estos poemas son objetos, lugares y percepciones; son protagonistas las calles, los templos, los jardines, un jarrón, viejas diapositivas, olvidadas canciones… Pero todo tiene su lugar y su argumento en la marea de la memoria y en la última cuenta de la realidad.

Citar esa inmediata realidad y dar voz a la materia que la edifica es entonces —en los dos principales sentidos de la palabra— una emergencia. A este respecto hay un poema en particular, titulado “Primera llamada”, que bien podría anunciar por entero el arte poética del libro, o de una buena parte de él. Lo cito, por tanto, íntegramente:

 

Urge contar lo que sucede

no arriba en el lenguaje

y su costra de espuma

sino abajo, donde

la llama se doblega

o tiembla la raíz.

Urge invertir el cono

y denunciar su fondo,

atraer el clamor de las arenas

que la corriente submarina

ondula.

Respira y sumérgete.

Asciende y recupera lo que has visto

para alivio de quienes esperamos

en el espejo de la superficie.

Mucha tinta ha corrido

y seguimos en ascuas.

Alumbra un poco más tu circunstancia,

acerca la linterna a los abismos

para buscar la llave entre las rocas.

El spleen de la melancolía conduce las cavilaciones de la conciencia tras estos poemas. Una melancolía que nunca deja de ser elegante y que se afirma a cada paso, no como un impositivo anfitrión que pretende demostrar la ancestralidad de sus fundos, sino como un huésped amable y discreto que nos saluda desde el umbral del vestíbulo o bien al coincidir por la calle. Quizás incluso llamarla melancolía sea demasiado determinante. Se trata más bien de un espesor de la propia conciencia al contemplar el mundo, acaso la sombra de la sabiduría que se ha alargado tempranamente en las palabras del poeta. Se trata también de una atmósfera digamos otoñal, de un juego de tonalidades donde predominan los azules, los ocres y los grises. Una atmósfera tan sutil que dialoga incluso con el agua:

 

Dulce dicción del agua que no cesa

de transcurrir detrás de los postigos

como una serenata primitiva.

Danos, oh numen, el punto de apoyo

para sobrellevar este prodigio

aunque no comprendamos su lenguaje.

                                      (“Nocturno del Albaicín”)

Lo interesante a este respecto es que Jorge Ortega somete a sus diferentes temas a esta misma atmósfera otoñal o crepuscular logrando la unidad de tono que distingue a las obras maduras de un autor. Devoción por la piedra, qué duda cabe, es un libro de joven madurez en el cual ya la voz del poeta tiene su hondura y su medida. Lo que detiene su atención, en consecuencia, es alumbrado por la cámara y la luz de un inteligente testigo, por un viajero que ya nunca volverá a ser inocente:

 

No renuncies al margen

de azar que te convida el desacierto:

detrás del promontorio de la duda

aguarda la ganancia

de la revelación o el desengaño.

Anclado en la escasez y su llanura

no habrá ya laberinto en el cual extraviarse.

Elige, pues, el más largo trayecto

para volver a casa.

                                      (“Rutas alternas”)


Contenido exclusiva de la versión digital de Crítica


Escrito por Jorge Fernández Granados

Ciudad de México, 1965. Es autor, entre otros, de los libros de poesía Resurrección (1995), Los hábitos de la ceniza (2000), con el que obtuvo el prestigioso Premio de Poesía Aguascalientes, y El cristal (Era, 2000). Es autor asimismo de un volumen de cuentos, El cartógrafo (1996). Ha sido becario del Centro Mexicano de Escritores, y del Fonca. En 1995 obtuvo el Premio Jaime Sabines y es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.