Crítica 154

  • Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo de Ernesto Lumbreras

    La palabra en acto 

    Ernesto Lumbreras, Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo, Bonobos Editores. Toluca, 2012.

     

    Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo, el reciente poemario de Ernesto Lumbreras, es un libro vertebrado en el transcurrir del tiempo. A manera de diario, los poemas —numerados desde el uno hasta el cien— pasan como instantes, son instantáneas de una realidad fragmentada, percibida desde el presente fugaz al que sólo se accede desde el pasado: “Empezó el Ayer con los mejores clarines de querer alcanzarme. No lo logrará. Mi pasado es un nudo corredizo en el cuello del fantasma, montado a caballo y en pleno galope.”

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    En el libro, multiplicidad de instantes se entrelazan para lograr un entramado de anécdotas íntimas, de las cuales llegan a los lectores sólo destellos de su resplandor, la estela de las cosas contempladas; no las cosas sino su resonancia, la manera en que impactan en la percepción y desde allí —hechas añicos en aras de un nuevo nombrarlas— nos transmiten el temblor: estremecimiento.

    Las palabras tremolan, tiemblan en su sonoridad: cantan y significan, se yerguen dentro del poema como palabras en acto, en el instante mismo de su nacimiento se transfiguran, y lo hacen sin escenarios, sin tramoya, llegan directo a su decir. Así los instantes se alargan en un tiempo continuo, formando el tejido de esa mirada que los une —que los hace durar, extenderse desde el pasado hacia el futuro—, los vuelve espacio, morada.

    Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo es un viaje, camino dantesco en ascenso al Cielo que incluye un recorrido por la historia del poeta, historia de su propia palabra, de las vicisitudes de esa palabra, para lograr (lo dice él mismo al final del libro) “perturbar al Universo”, una ráfaga de luz, de aurora en el sentido en que lo querría María Zambrano: “no estar visible en lugar alguno del universo, presente siempre en la más ciega oscuridad”.

    Allí están las estrellas en el ojo del sapo en busca del abismo para brillar, para salir de sí mismas y conquistar otra manera de ser en el mundo. ¿No es eso lo que les va sucediendo a las palabras en el transcurso de un poema? Es signo y sentido unidos en el argumento sensible de la palabra vuelta música, tiempo, razón, rumor, límite y confín. En este libro Lumbreras traza el recorrido de un tiempo que se va aglutinando en cada poema, en cada fragmento, para ofrecernos una continuidad del ser de las cosas vividas, desde la infancia hasta el sexo, desde Adán y Eva hasta Marcial Maciel, desde el romancero hasta sus grandes maestros: Borges, Blanca Varela, Rafael Cadenas, Valerio Magrelli, Antonio Porta, Juan Bañuelos, Mario Luzi.

    El recorrido posee una topografía en tres planos: el “Pueblo de arriba” con un tono volátil: “Arroyo del Limbo donde se mira (con la garganta abierta) un jabalí”, para luego cambiar al tema de la patria en “Interludio con castillo de pólvora, calaveras lloronas y mariachi fantasma” con algunas postales de nuestro país a manera de corridos: “Con el guitarrón del ciego/ Rasgado hasta descarnarse/ Invocamos el lucero/ de la noctámbula patria.” La última parte, “Pueblo de arriba”, posee la densidad de quien ya recorrió y vivió y puede mirar de frente la infancia y la muerte: “En un umbral de las selvas vírgenes, respiró con violencia un tapir. Ese miedo animal me despertaría cinco noches seguidas durante mi infancia.”

    Continuidad: en este libro el universo dura porque hay una profundización del tiempo y, como lo dice Bergson,  “cuanto más profundicemos en la naturaleza del tiempo, tanto más comprenderemos que duración significa invención, creación de formas, elaboración continua de lo absolutamente  nuevo”. Por ello me parece un acierto que durante el transcurso de la lectura aparezcan enigmáticas fechas hacia el futuro y aunque el poeta nos explica el porqué, hay en ese juego una intuición que va más allá y que apunta en el viaje hacia un estado del alma.

    Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo podría pensarse una culminación de algunos elementos que ya se apuntalaban en El Cielo (1998) y en Encaminador de almas (1999), un viaje por lo desconocido del lenguaje para trazar rutas nuevas, y en ese andar reúne lo popular y lo mítico; hay un enfoque religioso o más bien místico pero que Lumbreras baja a las aceras. Podríamos decir que desde esos dos libros el autor sigue siendo un paisajista de sensaciones y que la forma mejor lograda es el collage: imágenes que se superponen a paisajes interiores.

    Ernesto Lumbreras busca romper lo poético en su fórmula externa, no copia ni repite, en su poema dieciocho leemos: “No me gusta la métrica del sí, el oleaje de todas las obligaciones (consteladas, vespertinas, adyacentes) y que en el mejor de los casos viene y va sin acabar de irse o de tocar para mí el aldabón de un libro cerrado, incómodo, de compartir una mesa con frutas del trópico”. Poeta de los objetos menores, de los espacios olvidados, de instantes inadvertidos o inacabados, Lumbreras forma una serie de cuadros que culminan justo con el mapa del cielo. Su juego es ese ir y venir de la inmensidad a lo intrascendente: los poemas son huellas del poeta, su caminar por aquí y por allá, colección de objetos de todo tipo que ha ido guardando y que uno a uno lo conectan con una vivencia, un recuerdo, una idea, una persona.

    Nostalgia y júbilo se van hilando a través de esa mirada ruda del sapo que no es más que una constelación de lo sutil e inalcanzable resguardados en la memoria, en las sensaciones, en el tiempo interior. Desde poemas líricos de un romancero que va enredándose a lo largo del libro (“Llevando un ramo/ de flores silvestres/ (y un coyote/ sobre mis huellas) / he cruzado el mundo/ de los vivos/ para decirte: te amo…”) hasta poemas de una prosa filosófica (“William Wordworth dijo: ‘La buena poesía es el desbordamiento espontáneo de sentimientos poderosos.’ En repetidos momentos he leído esta sentencia del poeta del Preludio; naturalidad y potencia, ni duda cabe, poseen mejores atributos que artificio y sutileza. Personalmente no descarto ni el primer par ni el segundo; me despierta gran simpatía el estado de alerta, la corazonada, el método de composición, el relámpago.”)

    La poética de Lumbreras linda con la oración, con la muerte, es una excavación de la voz para llegar a los ecos de ultratumba. Y va más allá a erigirse como un templo que le canta a la vida desde el asombro y la quietud.

    Texto publicado en la edición 154 de Crítica


    Escrito por Silvia Eugenia Castillero

    (Ciudad de México, 1963). Poeta y ensayista. Estudió la licenciatura en letras en la Universidad de Guadalajara y posteriormente un doctorado en letras hispanoamericanas en la Universidad Sorbonne Nouvelle de París. Tiene un libro de ensayos: “Entre dos silencios, la poesía como experiencia” (Tierra Adentro, Ciudad de México, 1992). En poesía ha publicado: “Como si despacio la noche” (Secretaría de Cultura de Jalisco, Guadalajara, 1993), “Nudos de luz” (con serigrafías de Rigoberto Padilla, Ediciones Sur y Universidad de Guadalajara, Guadalajara, 1995), “Zooliloquios” (edición bilingüe, traducción al francés de Claude Couffon, Indigo Editions, París, 1997) y “Zooliloquios – Historia no natural” (CONACULTA, colección Práctica Mortal, Ciudad de México, 2003). Ha sido becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en los períodos 1993-1994 y 1998-1999. En 2000 obtuvo la beca de estancia para traductores, otorgada por el Ministerio de Cultura de Francia, para traducir una muestra de “Nueva Poesía Francesa” de próxima aparición. Actualmente es directora de la revista literariaLuvina de la Universidad de Guadalajara.

  • El asombro por Rafael Mendoza

    Ir en busca de una explicación y admirarse, es reconocer que se ignora. Y así, puede decirse, que el amigo de la ciencia lo es en cierta manera de los mitos, porque el asunto de los mitos es lo maravilloso.

    Aristóteles, Metafísica.

     

    Yo por mi parte no conozco más que milagros.

    Walt Witman.

     

    En la vida, las personas encuentran novedosa la inmensidad del mundo nueva a cada instante. Se maravillan, por lo tanto; pero al mismo tiempo encuentran que es nueva cada una de sus partes. Pareciera, en consecuencia, que la novedad de los fenómenos externos es una expresión de la novedad de nuestro interior. Quizá por lo breve de la existencia, el destino se concreta por instantes, y es mediante ráfagas de lo insólito como se va conociendo esa vastedad que es lo desconocido del propio ser. Y antes de sufrir el vértigo de la profundidad de las constelaciones, sufrimos el vértigo de nuestro propio desconocimiento porque es un alivio: mientras tengamos vida, el mundo no cesará, porque antes nosotros no podremos terminar de recorrernos. read more

  • Aparece un instante, nevermore de Malva Flores

    Una sinfonía de Bruckner

    Malva Flores, Aparece un instante, nevermore, Bonobos / unam, México, 2012, 80 p.

     

    1

    Más o menos temprano en la historia de la música, los compositores descubrieron que la variedad es un poderoso elemento estético; así, comenzaron a buscar lo uno a través de lo múltiple, con lo que dieron pie a las estructuras armónicas; poco después, idearon piezas compuestas por diversos tempi, cada uno de los cuales recibió el nombre de movimiento (o danza, en el caso de las suites). Bach, por ejemplo, conjunta la variedad armónica con la rítmica en sus concerti grossi, obras tripartitas cuyo primer y último movimiento presentan una tonalidad mayor y un tempo relativamente acelerado, mientras que el movimiento intermedio se rige más bien por un tono menor y por un tempo despacioso. O bien, por el contrario, hallamos en los concerti grossi dos tempi lentos inicial y final en tono menor y uno intermedio rápido y en tono mayor.

    Más adelante, Haydn, considerado “el padre de la sinfonía”, utiliza la estructura del concerto grosso para convertirla en una pieza orquestal con cuatro movimientos: la sinfonía moderna. Mozart, Beethoven y Brahms continuarán desarrollando esta forma hasta que, con Bruckner, alcanza su máximo esplendor, por lo menos en el sentido tradicional de la palabra sinfonía. Y es que las obras de Bruckner tienen un sentido colosal, no sólo por su larga duración (cercana a los noventa minutos), sino por la complejidad armónica, tímbrica, rítmica y melódica con la que cada movimiento está escrito; Bruckner es el compositor de las sinfonías totales: en ellas, la experiencia estética se va construyendo a sí misma poco a poco, profundizándose en cada recoveco, para alcanzar, en un punto determinado, la plenitud espiritual, como un bosque en movimiento.

     

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    Si hemos iniciado con estas reflexiones sobre música es porque el libro que vamos a comentar (Aparece un instante, nevermore, de Malva Flores) ha generado en nosotros una vivencia análoga a la que experimentamos en la audición de algunas de las sinfonías de Bruckner. Esto, por dos razones fundamentales: en primer lugar, porque se trata de una obra compleja estructurada sinfónicamente: diversos “movimientos”, poseedores de distintas tonalidades, timbres y tempi, se conjuntan en un todo acompasado, bien ensamblado, para dar pie a un solo movimiento interior: una ola con sus crescendi y diminuendi que viene a desembocar en un solo y genial acorde unitivo. En segundo lugar, porque este movimiento, a causa de su fuerza interior misma, adquiere un carácter estético total, como en Bruckner. Queremos precisar esto último mediante el comentario analítico de las distintas partes o movimientos sinfónicos que integran Aparece un instante, nevermore

    El texto inicia con un “Preámbulo forzoso” que, al igual que el comienzo de una sinfonía, nos expone el tema principal y sus primeras variaciones, pero todavía de forma precaria. Así, Malva abre el “Préambulo” con una frase de Pound que, en nuestra lectura, es justo la que le da el sentido integrador al poema: “Make it new / dijo Pound.” Más adelante, la autora pone en práctica un tono ligeramente humorístico que, aunque logra su cometido de provocarnos una afable sonrisa, se queda como una simple potentia que no se desarrolla más a lo largo de la obra:

     

    y hoy la muchacha del mohín fruncido

    en el cibercafé

    habla con la jactancia de quien

    jamás salió de su colonia

    y está al tanto de todo

    (…)

    Ya no hay new

    hay news

     

    y sí:

    les falta anís,

     

    dice el yo poético, bromeando con el tema de la fugacidad. Se trata, pues, de un inicio tentativo que será abandonado para dar pie a otra línea poética.

    Ésta comienza en el canto I de la sección “Tropo”, cuerpo central del poema, y se extiende hasta el canto V, con lo que constituye el allegro, ma non troppo de esta sinfonía. La tonalidad que predomina aquí es la de si mayor: una diafanidad no plena, sino un tanto lúgubre y nostálgica, sin que por ello alcance un sentido elegiaco; es la felicidad de la niñez y el disfrute de la naturaleza que se saben constantemente amenazados por el re bemol de lo trágico que aparece en su estructura misma. Así nos lo da a entender el epígrafe mismo del canto I, en el que vida y muerte interactúan entre sí sin solución de continuidad:

     

    Por tu plateada orilla de eucaliptos

    salta el pez volador llamado alondra,

    mas yo estoy en la noche de tu fondo

    desvelado en la cuenta de mis muertos.

    Gilberto Owen.

     

    El tempo va construyendo aquí una imagen de la naturaleza (río, piedras, viento), pero una imagen oscura y melancólica, que añora el tiempo perdido:

     

    Nadie nos dijo

    nunca

    que eso era el amor

    y hoy lo adivino al otro lado del río

    brillando aún

    —en esa luz.

     

    Idílica, sí, pero sólo por algunos instantes:

     

    Corro en la magnitud del día

    y ya es de oro

    el sol

    en la ribera del río.

     

    Lo que impera, más bien, es un desencanto mesurado:

     

    Quiero alcanzar al ángel

    Con los ojos

    (…)

    Pero el ángel se aleja

    abandona

    la orilla lentamente.

     

    Esta contradicción emocional entre lo luminoso y lo terrible termina por explotar a favor del segundo elemento en el canto VI, “Diario ambulatorio”, que constituye el adagio fúnebre de la obra. Justo cuando todo parecía estar en completo orden:

     

    Lunes

    Con los ojos sumidos en cadencias

    del agua

    —en la verberación de todo

    lo que murmura el río

    nada perturba el gozo del sol en la ribera

    salvo un ave

    de brevísimas alas

     

    la muerte, hasta ahora sólo presencia virtual, hace su aparición irremisible[1]: “Ha venido a decirme que te estás muriendo / y no hay salvoconducto que me lleve / hasta ti.”

    Durante el resto del canto, las imágenes de la naturaleza serán desplazadas por las de la ciudad y sus aparatos burocráticos, símbolos en este contexto de la deshumanización y la oscuridad:

     

    “Pase o carnet”

    repite oblicuamente

    el centinela

    por cuyas venas corren piedras negras

    de tedio

    (…)

    —Y somos tantos.

    Filas de carne ordenada

    por un dolor sin habla

    que sólo tiene ojos.

     

    (…)

     

    La ciudad es un inmenso charco

    de aguas pardas

    como un charco de bilis

    es tu cuerpo

    y no entiendo por qué.

     

    En seguida principia el scherzo del poema, el cual, como todo scherzo, se compone de dos partes contrastadas: una que se despliega en los cantos VII y VIII, y la cual podemos denominar “la calma antes de la tormenta” (largo ralentando), y otra que se ubica en el canto IX y que constituye la liberación absoluta de las fuerzas del caos (allegro troppo). La primera parte abre con una estrofa que marca el retorno a la naturaleza, pero un retorno ya completamente desencantado:

     

    De nuevo frente al río

    sin Dánae

    sin Nilo

    sólo el hilo poderoso

    del agua donde viene a lavar

    su piedra el ángel mitigado.

     

    El tono del poema se mantiene en esta calma tensa (ralentando) hasta los últimos versos del canto VIII, que ya presagian la tormenta:

     

    Hoy me miro en el río

    que tan pausadamente ha perdido

    su sombra

    porque las nubes borran

    el oro del afluente

    y el horizonte es nudo

    —maraña de las nubes

    velando la nitidez del agua.

     

    El allegro troppo del scherzo da inicio con esta estrofa:

     

    Como si fuera brizna

    como semilla arrojada

    al torrente por el pico

    de un ave de gran envergadura

    —alas

    nubes

    recorren la cañada

    y se suelta la lluvia—

    voy.

     

    Y, al igual que el río con toda su fuerza “va derribando troncos / vacas / perros”, la voz torrencial del yo poético parece encontrar en el mantra la forma de liberarse de toda su culpa, su furia y sus penas. Por ello, repite obstinadamente: “Me equivoqué”. Aquí el poema alcanza su acorde más pleno: todo el desarrollo que se ha venido acumulando se concentra en este par de puntos, de gran intensidad poética:

     

    Me equivoqué

    de río

    de hora

    y es de agua

    la cortina sin aire

    que se hincha.

     

    (…)

     

    Sin la red

    de una sílaba

    caigo

    en la ciega corriente.

     

    Una vez realizada la catarsis, el texto vuelve a su cauce en el “Epílogo”, movimiento final en tempo lentissimo que representa la calma después de la devastación. Mediante el uso de las comillas en “Acuse de recibo”, primera parte del epílogo, la autora nos indica que le ha cedido la voz poética a otro personaje, el cual le aconseja:

     

    “Tira

    la flor

    de encantamiento

    —esa

    la veleidosa—

    la roja flor

    de la historia personal.

     

    Después del dolor, parece llegar la aceptación. Por ello, los últimos versos del poema, nuevamente en boca de otros personajes, poseen un carácter sumamente apacible, contemplativo: es la existencia que se manifiesta en sí, tal como es, diría Heidegger hablando de la revelación poética:

     

    Las cosas están siempre en su lugar

    me dice Adolfo:

    el columpio en la higuera

    la naranja en su cesta

    y el fulgor en las alas

    del manzano.

     

    Make it new

    dijo Pound:

     

    Oigo crecer

    la selva a ras del tragaluz

    Y recomienzo.

     

    El director de orquesta ha leído el último compás del pentagrama y comienza ya a bajar la batuta. Ha terminado la sinfonía. Es hora de los aplausos.

     

    3

    Malva Flores consigue toda esta construcción poética gracias a un verso corto (ocho sílabas en promedio) y a un periodo enunciativo simple, elementos que logran traducirse en este caso en una gran intensidad semántica y sintáctica. El poema tiene las palabras precisas, ni una más o menos. Fonéticamente, el verso está tan bien trabajado que Malva puede prescindir casi por completo de las comas: un corte en el lugar exacto sustituye la función prosódica de dicho signo de puntuación y, por añadidura, genera un ritmo fluido y sumamente deleitable. Hay que destacar asimismo el excelente uso del guión largo, recurso del que la autora echa mano en varias ocasiones y que le produce un beneficio prosódico múltiple: por una parte, el periodo enunciativo conserva su simplicidad diáfana y, por otra, no se destruye totalmente el ritmo sintáctico del mismo, como sí lo podrían hacer un punto o un punto y coma. Sólo a Nietzsche le habíamos visto un manejo tan adecuado del guión largo.

    Lo que no nos gusta del poema es su título. En sí mismo, es verdad, constituye un verso decasílabo armonioso y sugestivo: Aparece un instante, nevermore. Sin embargo, no concentra el sentido estético de la obra, como sí lo hace la cita de Pound colocada justo al principio y al final de la misma: Make it new. Esta cita, que bien pudo haberle dado título al texto, además de poseer el valor estético-estructural ya señalado, concentra en sí la idea de renovación cíclica que caracteriza estéticamente al poema y que contribuye en buena medida a darle la forma sinfónica total, unitaria, que en él hemos descubierto. De cualquier manera, por todo lo que hemos apuntado, el libro nos ha parecido grandioso.

     


    [1] Este brutal cambio de tono nos recuerda en demasía al Orfeo, de Monteverdi, en el que el anuncio de la muerte de Eurídice por parte de la mensajera constituye el parteaguas melódico, armónico, tímbrico y rítmico de la ópera.

    Texto publicado en la edición 154 de Crítica


    Escrito por Héctor M. Sánchez

  • Ezra Pound, filósofo de taberna

    Traducción de Armando Pinto

     

    Cuando escribimos sobre aquellos que conocimos años atrás y cuyo carácter, revelado en el ínterin por sus acciones, sufrió a ojos vistas una transformación o cambio radical, existe siempre la tentación de construir una retrospectiva elevada y superficial. Es esta tentación la que yo, al hablar de Ezra Pound, trato de evitar. Trataré de presentarlo tal como lo conocí en los años veinte y principios de los treinta, sin ningún ánimo moralizante motivado por el hecho de que hoy esté acusado de traición a su país y, si se le encuentra lo suficientemente cuerdo para ser sometido a juicio, pueda enfrentar la pena de muerte. Resulta desagradable, al ahondar en el pasado de un hombre así, decir con un aire de omnisciencia: siempre lo supe. No sólo es de mal gusto, también puede ser falaz. De hecho, no sólo no lo sabe uno siempre sino que nunca lo sabe uno. read more

  • Equivalencias

    DE PROFUNDIS

     

    Traducir es como interpretar una pieza musical a partir de una partitura ya escrita; si la música es una sublimación de los sonidos que hay en la vida, la literatura es música del lenguaje, una sublimación de las palabras que usamos en el día a día, dispuestas ahora en un orden distinto. No siempre encontramos, los traductores, el tono adecuado. Por eso hablo de la música: traducir implica encontrar el tono que pretendió fijar el autor de un texto. El traductor procede como un músico que busca esas notas. read more

  • Reseña literaria de `Ciudad fantasma. Relato fantástico de la ciudad de México´

    El regreso de la ensoñación

    Bernardo Esquinca y Vicente Quirarte (ants.), Ciudad fantasma. Relato fantástico de la ciudad de México (xix-xxi), Almadía, 2013, t. I, 276 p.

     

    La literatura fantástica ha cobrado popularidad en los últimos años. Uno de los ejemplos más visibles es la obra de J.R.R. Tolkien. A raíz de las adaptaciones cinematográficas, ha conseguido nuevos lectores en todo el mundo. Se han esbozado algunas explicaciones para este auge, quizá la más frecuente es la evasión cada vez más necesaria ante una cruda realidad: ante la sangre o la falta de oportunidades generada por las crisis económicas que marcan muchos países es mejor refugiarse en mundo imaginarios. Como sucede con cualquier fenómeno cultural, este boom ha sido acompañado de burdas imitaciones cuyo único propósito es vender historias predecibles aderezadas con elementos fantásticos.

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    México no es ajeno a este auge y es cada vez más frecuente encontrar libros con esta temática. La mezcla es bastante heterogénea: distopías, ciencia ficción, terror, surrealismo. Incluso se han revalorado autores que en su época pasaron desapercibidos como Francisco Tario o Emiliano González. Algunos han empezado a nombrar esta nueva ola como “literatura de la imaginación” o “ficción especulativa”, aunque todavía falta un análisis más concienzudo de esta tendencia y, sobre todo, que el filtro del tiempo separe las obras valiosas de aquellas cuya única intención es aprovechar la moda y encontrar un lugar en el mercado.

    En este contexto, Almadía publica el primer volumen de Ciudad fantasma. Relato fantástico de la ciudad de México (xix-xxi). Por principio de cuentas, la antología es interesante porque apuesta por el relato de fantasmas, una vertiente de la literatura fantástica que ha sido poco frecuentada en los últimos años por los escritores mexicanos. Sin embargo, si sondeamos el pasado, podremos comprobar una amplia tradición de estos relatos en las leyendas que se popularizaron en la época colonial. Mujeres fantasmales penando en las calles por un amor perdido; ahorcados en perpetuo lamento por su suerte; ánimas deambulando en busca de una venganza imposible. Con el tiempo quizá la imitación de la literatura mexicana de las vanguardias extranjeras, como el realismo o el decadentismo, hizo que las leyendas coloniales cayeran en desuso o, simplemente, fueran archivadas en el folclor.

    Ciudad fantasma no se plantea como una antología que seleccione lo mejor de esta narrativa en México, sino como una reunión de textos que invocan lo fantasmal teniendo como escenario y protagonista a la ciudad de México. El prólogo de Bernardo Esquinca y Vicente Quirarte —responsables de la selección— no pretende debatir la pertinencia de los autores compilados y sólo ofrece algunas líneas generales de su apuesta. Esto me parece positivo ya que evita discusiones ociosas y deja en el lector la crítica. El riesgo, como sucede en cualquier antología que aborda un tema y un contexto, es qué tanto se cumple con parámetros abstractos o sujetos a diversas interpretaciones. En el caso de Ciudad fantasma se apela a la ambigüedad del espectro y, además, a historias en las que la ciudad de México es telón de fondo o, incluso, protagonista. Estos requerimientos dejan fuera a autores que mencioné anteriormente, identificados con el género fantástico, como Tario, González y otros más que lo abordaron ocasionalmente pero cuyas tramas no tocan la figura del fantasma o no se ubican en la ciudad de México. Esto puede causar extrañeza en los lectores que esperan la inclusión de plumas afincadas en este terreno, sin embargo estas ausencias fueron suplidas por autores no tan conocidos como Rodolfo JM o Bibiana Camacho, cuya inclusión refresca el panorama de las antologías demasiado acostumbradas a reciclar una y otra vez al canon nacional.

    Hechas estas precisiones, la primera crítica que se le puede hacer a Ciudad fantasma es la selección de un fragmento de la novela La noche oculta, de Sergio González Rodríguez. La objeción no es por la calidad del texto sino porque rompe con la homogeneidad del libro. Esto resalta si consideramos que una buena historia de fantasmas debe tener, para resolver el suspenso creado por la atmósfera o la anécdota, una conclusión. En el caso del fragmento de González Rodríguez asistimos a una sesión espiritista y a un desarrollo demasiado largo, propio de la narrativa de largo aliento, que exige para su correcta apreciación la historia completa. Si a esto le sumamos que La noche oculta es el único fragmento de novela de la antología, el texto parece un tanto metido a fuerza.

    Pasando al resto de los autores incluidos resaltan, en primer lugar, los que abordan la clásica historia de fantasmas explotada por autores clásicos del género como Dickens, Algernon Blackwood o M.R. James. Tramas en las que el protagonista —escéptico en la mayor parte de los casos de lo sobrenatural— tiene un encuentro con un ente del más allá o con personajes extraños en escenarios en los que el tiempo parece detenerse. Cuentos como “Venimos de la tierra de los muertos”, de Rafael Pérez Gay; “La noche de la Coatlicue”, de Mauricio Molina, o “Los habitantes”, de Héctor de Mauleón, llevan el modelo clásico a tiempos y escenarios contemporáneos. Ambos delinean con mesura una anécdota que se enrarece gradualmente. También, no venden la trama de antemano, siembran pistas que dosifican el interés y dejan una sorpresa —una imagen en algunos casos— para redondear el final. “Lanchitas”, de José María Roa Bárcena, es el que más se apega a los viejos cuentos: el protagonista —un sacerdote— es requerido para dar auxilio espiritual a un moribundo. Los siguientes días regresa al lugar de los hechos que, como siempre sucede, está deshabitado. El sacerdote encuentra alguna señal irrebatible de que estuvo ahí y, entonces, se cierra el círculo. Roa Bárcena refleja en “Lanchitas” algunas características del romanticismo del siglo xix: una atmósfera lúgubre, paisajes desencantados y claroscuros que acompañan la mirada.

    Hay otro grupo de cuentos que se aleja de la tradición y busca lo fantasmal con una mezcla de fantasía y terror. En este punto es cuando no sabemos si la intención de los autores fue buscar la figura del fantasma desde otra perspectiva o si nos encontramos ante narraciones fantásticas que, simplemente, plantean un personaje extraño sin necesidad de vincularlo con un aparecido que aún merodea en el mundo de los vivos. Uno de los cuentos más interesantes es “Espejos”, de Bibiana Camacho: la trama va más allá del espejo como metáfora y lo utiliza como un objeto que moldea la locura del personaje. La anécdota se centra en una mujer que alquila un departamento y que, comisionada por sus vecinos, visita a sus caseros —una pareja madura— para comentarle los problemas del edificio. La plática comienza pero es interrumpida de inmediato por las apariciones y desapariciones del hombre y la mujer en los espejos que tapizan la habitación. Al final, desorientada, la inquilina tendrá dificultades para distinguir el mundo real y el condensado en la superficie de los espejos. Otro matiz tiene “El año de los gatos amurallados”, cuento de Ignacio Padilla, en el que plantea un territorio con tintes apocalípticos, con reminiscencias de los horrores cósmicos de Lovecraft, en donde los gatos asedian a los humanos que viven en un mundo oculto, subterráneo.

    “¿Con qué sueña el vampiro en su ataúd?”, de José Ricardo Chaves, y “A pleno día”, de Rodolfo J.M., apuestan por el relato de vampiros. El primero es, para mi gusto, la pieza más débil de Ciudad fantasma: un desempleado hereda una propiedad que le permite vivir sin trabajar y traficar ocasionalmente con drogas. Un día una muchacha lo visita esperando encontrar al antiguo dueño. El hombre le da hospedaje y ella se queda. Entablan una relación sentimental marcada por las drogas que consumen cada vez más. El autor dedica bastante espacio a narrar la vida de la pareja y llega un momento en que uno olvida que está leyendo una historia fantástica. Entonces entra en escena Henry Irving, un hombre que le renta una parte de la casa. Con el tiempo, el protagonista descubrirá a su inquilino como vampiro, ya que todas las noches chupa la sangre de la muchacha mientras está inconsciente por las drogas. El cuento llega a un clímax sexual entre los dos hombres y termina con la muerte de la muchacha y el vampiro. En todo el cuento hay una sensación de gratuidad, sobre todo en la segunda parte: los acontecimientos parecen valer sólo por su extravagancia pero no deparan ningún giro a la trama o plantean una relación más compleja entre los personajes.

    “A pleno día” basa su apuesta en un mosaico de perspectivas del asalto a un banco y en la caracterización de los asaltantes como exiliados españoles vampiros. El cuento maneja las voces de los testigos como elementos que descorren el misterio de los hombres que son sorprendidos por la luz solar que los destruye poco a poco.

    Por último, me gustaría destacar la selección de tres autores del canon nacional: José Emilio Pacheco, Salvador Elizondo y Artemio de Valle-Arizpe. El primero participa con “La fiesta brava”, el cual aborda el concepto del doble que, en muchas tradiciones, es vinculado con el fantasma. El relato de Elizondo es “Teoría del candingas”, que retoma a un ser en el límite de lo fantasmagórico y lo terrenal, un demonio citadino que se mueve en silencio y cuya figura es usada por las madres para asustar a sus hijos. Estos autores no son habitualmente relacionados con lo fantástico, sin embargo podemos encontrar en otras obras suyas referencias explícitas o más sutiles del género. En el caso de Pacheco, recuerdo “Langerhaus”: un hombre descubre que un amigo de la infancia nunca existió y que, incluso, podría ser él. Elizondo tiene aspectos en su narrativa que abrevan de lo fantástico en la evocación, con juegos temporales y oníricos. Cuentos como “Allá…”, incluido en Retrato de Zoé y otras mentiras parten de lo sensorial pero crean un mundo de ensueño. En “Allá…” el punto de partida es el ámbito íntimo de una mujer que cose un botón mientras mira por la ventana y se sumerge en un viaje por la memoria. Artemio de Valle-Arizpe es el más representativo de la antología por su labor recopilando leyendas de la Colonia o, como en su novela El canillitas, recreando con un lenguaje lúdico y humorístico la misma época. “La llorona”, cuento breve que forma parte de Historias, tradiciones y leyendas de calles de México, da cuenta de la clásica historia de fantasmas de la ciudad de México, cuyos orígenes se pueden rastrear hasta tiempos prehispánicos: la mujer que recorre las calles agobiada por la muerte de un hijo.

    Hecho este recuento, se puede ver una amplia temática y estilos de los autores seleccionados por Bernardo Esquinca y Vicente Quirarte. Como comenté al principio de esta nota, el tema fantasmal es un terreno ambiguo como para hacer una antología homogénea: algunos relatos son cuentos de fantasmas clásicos —siguiendo o renovando su tradición— y, otros, una buena cantidad, pertenecen a la narrativa fantástica que podría participar en cualquier compilación del género y cuyo acercamiento al fantasma ocurre sólo con una interpretación amplia. Me parece que la segunda parte de esta antología podrá dar más bases para el análisis. Ciudad fantasma. Relato fantástico de la ciudad de México (xix-xxi) es una pieza más de este reencuentro de la narrativa mexicana con lo fantástico. Sólo falta saber si los fantasmas, en particular, serán un tema importante en el futuro o si, por el contrario, seguirán como una vertiente marginal que aparece de vez en cuando en los aparadores.

    Texto publicado en la edición 154 de Crítica


    Escrito por Ale­jan­dro Badillo

    (Méx­ico DF, 1977) es nar­rador, ha pub­li­cado tres libros de cuen­tos: Ella sigue dormida (Fondo Edi­to­r­ial Tierra Adentro/ Conac­ulta), Tolvan­eras (Sec­re­taría de Cul­tura de Puebla) y Vidas volátiles (Uni­ver­si­dad Autónoma de Puebla). Es colab­o­rador habit­ual de la revista Crítica. En 2007 y 2010 fue becario del Fondo Estatal para la Cul­tura y las Artes. Tex­tos suyos han apare­cido en revis­tas como Punto en línea de la UNAM, Letralia.com y Tierra Aden­tro. Actual­mente es coor­di­nador del Taller de Creación Lit­er­aria en la Uni­ver­si­dad

  • Valientes muchachos

    Para Anne-Laure Beye, de su amigo escribidor.

    Les images choisies par le souvenir sont aussi arbitraires, aussi étroites, aussi insaisissables, que celles que l’imagination avait formées et la réalité détruites.

    Marcel Proust, Sodome et Gomorrhe

    Cuando Antonio regresó de un viaje que prometía su consagración literaria, todos se agitaron en el bar para recibirlo como debía ser. Recuerdo, como si hubiese sido ayer mismo, la manera en que todos se organizaron para esperarlo en el mismo aeropuerto, llevarlo al bar e incitarlo —entre la ceniza de los cigarrillos y los vasos a mitad vacíos— a que cumpliera el papel que le habíamos impuesto, es decir, que nos cuente en qué barrio había vivido, con qué escritor se había cruzado, en qué editorial publicaría su nuevo libro y tantas otras interrogantes que serían despejadas por sus palabras, luminosas, cristalinas y vencedoras. Muy secretamente, sin embargo, ese interés por el amigo lejano que regresaba no tenía tanto de amistad sincera y desinteresada como de resignación frente a la vida. En otras palabras, de ganas de verificar en el retorno del amigo triunfante nuestro exclusivo ocaso, nuestra inalienable derrota. Como esos lectores que al identificarse con los héroes novelescos viven por procuración las vidas que ellos jamás llegaron a vivir, nosotros viviríamos durante un instante infinito en el resplandor europeo que Antonio no sólo conoció sino que también conquistó. De esa manera le entregaríamos un sentido —ajeno pero sentido al fin y al cabo— a nuestras vidas renunciadas a todo ardor y entusiasmo. Desde luego que en algunos de nosotros esto era inconsciente mientras que en otros, los más distantes pero con todo presentes, se trataba de un sentimiento que los llenaba de fascinación frente a la perspectiva del amigo que vuelve. read more

  • Cazadores de invisible

    Venir al filo de las cosas,

    por la orilla

    doblar a cada paso, a ras

    de algo que fulgura, ser

    un cuerpo cuyo ser no encarna,

    ése que llega del umbral

    y en silencio cena con las sombras.

     

    *

     

    La luz del sol en otro tiempo,

    en sesgo por la sombra de las cosas,

    nos abría

    a la callada transparencia

    de la tarde; el nómada

    ayer en sueños de imposible

    regreso nos soñaba,

     

    y el silencio de la luz hoy roto

    por el rojo estallido de la sombra.

     

    *

     

    Oscuro y no la flor

    negra en venas de oro —imagen

    del poema según Nezahualcóyotl—

    ni el pan de arándano

    al pie de la angostura, el latigazo

    de sangre en las paredes, el tenaz

    fragor de cobras en la hoguera

    de la noche. A las rubias tuberías

    del tiempo nos abisma

    la prosa del ahora —y en la mar

    de ajenjo desemboca nuestra llama.

     

    *

     

    Sabe a flor de agave, pero

    no hablo la lengua del abuelo, él

    tampoco hablaba la del suyo, me

    precede, en cada muerto, la

    muerte de una lengua. A tepalcate

    sabe la memoria, en su vacío

    florece el hoy-calidoscopio, en sí

    arde y sueña y se deslíe. Savia

    no seré en las venas del sería, no

    abuelo del que ignora este poema.

     

    *

     

    No hay surco en flor, después

    de atar la tierra

    nómadas nacimos; el bisonte

    ido, en espagueti

    la resta del venado; cazadores

    de invisible, atravesamos

    no el viento de obsidiana, el coro

    de sirenas; ¿otra vez

    seremos, al son de los glaciares,

    mecate de perros a la orilla?

     

    *

     

    Vida interior o lo que sea

    no pidan, mis poemas

    yerran huérfanos de mí, no beben

    espejo ni sangre ni mañana, acaso

    un sorbo de vacío y tal vez

    agua fósil, herradura

    de silencio encabalgado; apura,

    inhóspito lector, este agonal

    vaso de fisuras; paraíso

    y poesía no doblan por el verso.

     

    *

     

    No muero, cada día

    hago máscaras de muerte,

    y con ellas un altar

    donde el sí acrisola

    un aria de árido laúd, quizá

    los vasos del vacío y, a veces,

    lirio en cardo y pies de colibrí,

    una silva de marfil, sonora

    soledad en la sed de mis arterias.

     

    *

     

    Quise tal vez decir el mundo,

    pulsar acaso alguna cuerda

    cuyo son viniera espejo

    del alba, del jaguar o de la nada

    —y líneas rotas de la blanca

    página surgieron, la blancura

    en esas líneas se vacía, tal vez

    dije el mundo y la nada, sin saberlo.

    Texto publicado en la edición 154 de Crítica


    Escrito por Felipe Vázquez

  • Fragmento del diario de a bordo del carabelo, empleado en el orangután

    IN NOMINE DOMINI NOSTRI IHESU CHRISTI

    Martes, 11 de septiembre

    Aquel día navegaron en el cibercafé, que era el Orangután, y anduvieron 20 horas y más, y vieron un gran trozo de culo de ciento veinte pixeles, y no lo pudieron descargar. En la noche anduvieron cerca de veinte horas, y el dueño del Orangután contó no más de diez y seis por la causa dicha.

     

    Viernes, 14 de septiembre

    Navegaron aquel día en el Orangután con su noche, y anduvieron 20 horas; el dueño contó alguna hora menos. Aquí dijeron los del cibercafé la Niña que habían visto un hacker y un phreacker; y estos nunca se apartan de entre sí, cuando más veinticinco cuadras.

     

    Jueves, 27 de septiembre

    Navegaron en el Orangután. Anduvieron entre día y noche 24 horas; el dueño contó a la gente: habían 20 usuarios. Los atacaron muchos virus; eliminaron uno. Vieron un rabo de famosa.

    Viernes, 28 de septiembre

    Navegaron en el Orangután. Anduvieron día y noche con calma 14 horas; el dueño contó trece horas. Fumaron poca hierba. Robaron dos pesos, y en los otros cibercafés un poco más.

     

    Jueves, 4 de octubre

    Navegaron en el Orangután. Anduvieron entre día y noche en 63 sitios web; el dueño contó a la gente: 46 interesados. Vinieron al local más de cuarenta warez juntas y dos gurús, y al uno dio un puñetazo uno de los hackers. Vino al Orangután un lamer y una black hat como gaviota.

     

    Viernes, 5 de octubre

    Navegaron en el Orangután. Andarían en once sitios web por hora. Por noche y día andarían en 57, porque apretó la noche algo de tráfico; el dueño contó a su gente: 45. El negocio estaba en bonanza y pleno. “A Dios –dice el propietario- muchas gracias sean dada”. Las coca-colas muy dulces y templadas: Hierba ninguna; hackers y phreakers muchos; crackers volaron al cibercafé.

     

    Lunes, 28 de enero

    Esta noche toda navegaron en el Orangután. Y andarían en treinta y seis reality sites, que son nueve horas. Después del sol salido, anduvieron hasta el sol puesto en el cibercafé la Selva en veinte reality sites, que son cinco horas. Las coca-colas las hallaron templadas y dulces. Vieron rabos de rubias y videos, y muchos DVD.

     

    Martes, 29 de enero

    Navegaron en el Orangután, y andarían en la noche los hackers en treinta y nueve sitios web, que son nueve horas y media. En todo el día andarían ocho horas. Las coca-colas muy templadas, como en abril en el estadio. El cibercafé muy tranquilo. El script-kiddie al que llaman El Dorado vino a joder.

     

    Miércoles, 30 de enero

    En toda esta noche andarían siete horas en el Orangután. De día entraron al chat trece horas y media. Vieron rabos de negras y muchos trailers y muchas tetas.

     

    Jueves, 31 de enero

    Navegaron esta noche en la Selva en treinta sitios web, y después en el cibercafé la Cabaña en treinta y cinco sitios, que son diez y seis horas. Salido el sol hasta la noche anduvieron en el Orangután trece horas y media. Vieron rabos de latinas y tetas.

     

    Miércoles, 20 de febrero

    Mandó el dueño aderezar las computadoras y henchir los refrigeradores de coca-colas porque estaban aquellas en muy pobre estado y temió que se le bajasen las ventas; y así fue…

     

    Jueves, 28 de febrero

    Anduvieron en la mesma manera esta noche con diversos motores de búsqueda en un sitio web y en otro sitio web, y en la Cabaña y en el Orangután, y de esta manera todo este día.

     

    Miércoles, 13 de marzo

    Hoy, a las ocho horas, con la mucha clientela y los motores de búsqueda Orno, dejé el local y di la vuelta para el bar Sevilla.

     

    DEO GRACIAS

    (Préstamo no. 1)

    Texto publicado en la edición 154 de Crítica


    Escrito por Rubén Gil

  • Envés del agua de Luis Armenta Malpica

    Los tantos nosotros

    Luis Armenta Malpica, Envés del agua, prólogo de Luis Alberto Arellano, Secretaría de Cultura de Jalisco, col. Clásicos Jaliscienses, Guadalajara, 2012, 249 p.

    En la colección Clásicos Jaliscienses han aparecido antologías y compilaciones de Paula Alcocer, Carmen Villoro, Ricardo Yáñez, Raúl Bañuelos y Jorge Esquinca, entre otros poetas. Tratándose, como se trata, de libros de considerable grosor, formato generoso y encuadernación de pastas duras, amén de una fotografía del autor y un prólogo que sitúa la obra en el contexto que le corresponde, lo normal es pensar que la más reciente publicación de Luis Armenta Malpica —aparecida en esta misma colección— es cualquiera de las dos cosas: un extracto selectivo de libros ya publicados o una reedición integral de poemarios anteriores. Envés del agua, sin embargo, no es antología ni compilación: es un libro extenso, ambicioso y original, algunos de cuyos apartados (tres de un total de seis) ya se habían editado antes como poemarios autónomos. read more