Crítica 151

  • El abismo. Asomos al terror hecho en México de Rodolfo J. M. (ant.)

    Variaciones sobre el miedo  

    La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Pero así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido. read more

  • Cosas de mis amigos

    CASIANO

    Desde niño, mi amigo Casiano intuyó que algún día, como el Quijote, podría perderse tras alguna heroína de sus sueños y se obsesionó con la idea de orientarse. Por eso les insistió a sus padres para que le regalaran una brújula, pero ellos siempre se negaron a comprársela. “¡Qué mejor orientación que ellos!”, decían.

    Y claro, un buen día, Casiano se perdió. Navegó por galaxias y universos; era capaz de saltar desde el brillo de una estrella hasta las brumas de una nebulosa lejana. Hasta que se cansó. Regresó de su largo y atropellado viaje y empezó a comprarse brújulas que ahora regala cada vez que se siente demasiado orientado. Y sale a vagar por ahí. Sigue siendo capaz de meterse entre los nervios de una hoja de margarita y asomar luego la cabeza en el corazón de algún amigo.

    Sus padres, en cambio, aquellos baluartes de la orientación, se marchitan ahora en su pisito, y de vez en cuando salen al balcón para ver si atisban a aquel hijo pródigo, amante de las brújulas, pero sólo se encaran con un viejo murallón de piedra.

     

    MANUEL

     

    Para mi amigo Manuel, un meandro no es un accidente geográfico, sino un abrazo del río a la tierra. Las aves, para él, no trinan, le preguntan por su estado de ánimo, se interesan por su salud o comentan el esplendor del día.

    Manuel dice que, en otra vida, hubiera querido ser astrofísico. Pero no para pasarse el día detrás de un telescopio o de montañas de libros, elucubrando teorías sesudas que luego serán la jaqueca de futuros estudiantes. No. En el lenguaje humano, demasiado humano de Manuel, ser astrofísico es poder convertirse en cuerpo volátil, ser una partícula de polvo cósmico, de mineral que navega por el espacio, que baja hasta las entrañas de la tierra y reaparece luego en la superficie, para servir de alimento a una planta, a un ave, a los meandros que abrazan la tierra, a las zanahorias o a las margaritas. Manuel sabe que la tarea es ardua, pero a veces consigue ser aquel astrofísico.

     

    MONCHO

     

    Mi amigo Moncho odia a los obispos y ve el mundo con la cabeza ladeada. No lo hace por arrogancia; el día que Moncho iba a nacer, traía la cabeza muy bien puesta, pero el niño ya intuía que en el mundo pululaban los obispos y se resistió demasiado a la hora de salir, y esa tardanza le torció el cuello para siempre. Y también le torció la lengua.

    Se la torció, sobre todo, para hablar sobre cualquier cosa injusta, para despotricar contra los obispos, contra las guerras, contra la hipocresía. Y dado que el mundo está lleno de obispos, de guerras y de hipocresías, la lengua torcida de Moncho no hace sino enderezar el mundo.

    Cada vez que atraviesa en invierno la Plaza de Santa María, donde está el Obispado, Moncho, que viene cargado con el anticongelante que ha bebido por barriles en el bar Nevada, se pone a despotricar contra el obispo de su ciudad, contra la guerra, contra la hipocresía. Pero el obispo, que vive en el lado derecho del mundo, no entiende la lengua torcida de Moncho. No la entiende.

     

    EL SEÑOR LINEALES

     

    El señor Lineales no es amigo mío. Y no lo es, porque a Lineales ya no le queda ningún amigo desde el día en que, siendo todavía lo bastante joven, decidió que la amistad podía convertirse en un enorme estorbo para su carrera. Fue también por esa fecha cuando comprendió que detestaba demasiado la justicia y decidió dejar la abogacía y hacerse funcionario público.

    Lineales odiaba tanto la diversidad, que sus superiores creyeron que era el hombre ideal para dirigir la Oficina de Extranjeros de una pequeña ciudad de provincias, una entidad un tanto extraña, creada para proteger a los nativos de una eventual invasión de gente rara, con costumbres poco convencionales como cantar, reír o bailar con demasiada frecuencia.

    Como corresponde a su importante cargo, el señor Lineales se aburre deliciosamente en dicha oficina, por lo que le ha pedido a su hijo mayor, un reconocido informático, que le cree un juego de ordenador que le permita matar el tiempo eliminando o haciendo desaparecer en la pantalla unas extrañas figuritas negras, amarillas y de otros colores exóticos.

    No obstante, para Lineales, uno de los mejores momentos del día, sin duda, es cuando vuelve a casa y allí lo espera su mujercita, que siempre le tiene a punto la comida y las mullidas pantuflas, la misma mujer que le almidona el rostro cada mañana antes de salir para el trabajo. Es entonces cuando Lineales se dice para sus adentros que no tiene motivos para quejarse: además de su mujer, tiene unos hijos y unas nueras que lo adoran, que se pasan todo el tiempo interesándose por su estado de salud y prestan una atención inusitada cada vez que él se pone a hablar con orgullo de los dos pisos en la playa que ha podido adquirir gracias a su cabal cumplimiento del plan de expulsiones humanitariamente concebido por sus jefes. Tiene, además, unas subordinadas que son un amor, que se interesan todo el tiempo por su estado de salud y están siempre atentas al menor síntoma de cansancio en su rostro, prestas para, a la primera señal de desgaste, reportarlo a los jefes de su jefe y ahorrarles así un disgusto a la almidonada mujercita y a los interesados hijos de Lineales. (Han elucubrado un plan secreto para, cuando eso suceda —¡y sucederá!—, entrar a hurtadillas en el despacho de su superior inmediato y cambiar un poco la anticuada y sobrecargada decoración, tan llena de retratos en los que se ve al otro Jefe y a Lineales, al Jefe del Jefe y a Lineales, al Jefe del Jefe del Jefe y a Lineales…)

    No obstante, como eso todavía no ha sucedido, la decoración del despacho de Lineales sigue siendo la de siempre, y el gran Lineales sigue haciendo sus purgas informáticas y, de vez en cuando, sale por los campos a dar conferencias sobre los derechos de los pieles rojas.

    Pero, sin duda, el momento del año que Lineales más disfruta es ese instante durante la cena de Navidad —después de la copita de orujo y mientras enciende el enorme puro que lo compensa de tantas cosas—, en que les cuenta a sus hijos y a su mujer, con una lagrimilla en los ojos, la palmadita de aprobación que le dio su jefe-jefe-jefe aquel día en que sobrecumplió todas sus disposiciones humanitarias y se superó a sí mismo en sus habilidades para mutilar lo diverso.

    Texto publicado en la edición 151 de Crítica


    Escrito por José Anibal Campos

  • El último elefante, abril 30, 1945

    “Jorge se ha pegado un tiro.”

    El teléfono, muerto hacía semanas, me sacó de un sueño feliz para golpearme con aquella noticia, con aquellas palabras que seguían rondando mi cabeza mientras iba de camino a casa de Anaïs. No había dolor en su voz cuando me lo dijo, en su lugar había cierta impersonalidad, el acartonamiento propio del lugar común, la frase hecha, tan habitual en estos días postreros. Muerte, suicidio, asesinato; palabras cuyo sentido se había desgastado después de oírlas repetir en todas partes. Primero había sido Heinz, después Gudrun, esta misma semana el hijo de Eva: todos ellos se habían pegado un tiro. El resto, más cobardes o indolentes, esperábamos.

    No, no había dolor en esa voz confitada que parecía más bien hablar consigo misma que conmigo. A mi proposición de hacerle compañía, respondió con un sonido gutural carente de significado. Colgué el teléfono, busqué mi abrigo y me puse en marcha. De cualquier modo nada tenía planeado hacer además de visitar al elefante; pensar, como todos los días, en el elefante.

    Los derrumbes me obligaron a hacer varios rodeos. Tardé más de una hora en llegar a Wilmersdorf. Todo Berlín era una ruina y sólo el silencio acompañó mis pasos; transitar por las calles en ruinas del otrora bullicioso Charlottenburg sin cruzarme con persona alguna me hizo sentir nuestro desamparo con toda su violencia. El mundo entero nos repudiaba, debíamos enfrentar la derrota en soledad: solo, en la cama donde había dormido con Anaïs durante cuarenta años, donde la había amado lenta, minuciosamente, Jürgen se había pegado un tiro; solo, andando por las calles infartadas de esta ciudad que habría de ser el corazón del mundo, yo pensaba en todo ello, estremecido.

    Fue en Wilmersdorf donde me topé por fin con otro hombre, un soldado que andaba a grandes zancos por la Lietzenburgerstrasse agitando la bandera amarilla. Lo seguí hasta la entrada al metro en Hohenzollernplatz, donde otras personas entraban ya, ordenadamente, como si fuese un día cualquiera y todos se dirigieran al trabajo. Minutos después los aviones aliados descargaban sobre nosotros toneladas de venganza. No sin sorpresa advertí que la mayoría miraba con fastidio su reloj: tan acostumbrados estábamos a vivir bajo los bombardeos que ya no sentíamos miedo, simplemente los considerábamos un inconveniente más en la vida moderna. Después de todo, aquellos bombardeos venían del oeste, y lo único que nos horrorizaba se hallaba al este: los rojos, como si la muerte entendiera de colores.

    Pasado el bombardeo, salimos a la superficie. El paisaje había sido reconfigurado y habría que buscar nuevas rutas. Por suerte me encontraba cerca de mi destino y quince minutos después llegaba a la casa de Anaïs, que había sido respetada por las bombas. Un bullicio odioso por inesperado me recibió: una muchedumbre se había congregado en el jardín armando tal barahúnda que, de no conocer la razón de aquel encuentro, habría pensado en una fiesta. Muchos rostros me eran conocidos: amigos que tenía en común con Jürgen, amigas de Anaïs a las que no había visto en décadas. Me sentí feliz al verlas viejas, acabadas, una vil caricatura de las beldades arrogantes que habían sido: me sentí avergonzado al no prever que Anaïs llamaría a otras personas. No faltó quien me indicara que ella estaba adentro, en la sala, donde la habían dejado al comenzar el bombardeo para refugiarse en el sótano y del cual habían salido tan entumecidos que por ello estaban afuera, celebrando aquel grotesco día de campo.

    Saludé con rapidez a unos cuantos, ignoré a otros muchos y entré en la casa. Envuelto en mantas, el cadáver se hallaba al centro del salón en el que tantas veces Jürgen y yo conversamos tardes enteras bajo la sombra solicita de Anaïs, de sus atenciones casi maternales. El cuadro de Hitler, que presidiera el salón durante trece años, había desaparecido; un gran rectángulo de papel tapiz un poco más marrón que el resto de la pared quedaba por único vestigio. ¿Qué marca quedará en los alemanes cuando los rusos aplasten a Herr Hitler? Jürgen prefirió matarse antes que afrontar ese vacío.

    Anaïs estaba tumbada en el viejo sillón de mi amigo, la cabeza descansando sobre el puño, la mirada de caoba perdida, abismada en los recuerdos. Llegué hasta ella, me acuclillé y tomé su mano libre.

    —Me abandonó, el muy cobarde. —susurró sin mirarme. Apretó con fuerza mi mano.

    —Yo estoy aquí, y no voy a dejarte, lo juro.

    Sonrió con tristeza y al fin me miró.

    —¿Ya lo viste?

    Negué con la cabeza. En realidad no me interesaba verlo. Pensaba entonces que mirar un cadáver es como mirar una piedra, nada especial; semanas de vivir entre ellos me habían insensibilizado. El buen Jürgen se había ido, no tenía caso ver sus despojos; pero Anaïs se puso en pie sin decir nada más y, de la mano, me condujo hasta el cuerpo, apartando las mantas que lo cubrían. Cerúleo y abotagado, mi amigo emprendía su lento viaje hacia la disolución enfundado en su traje de gala. Pude ver a la altura de la sien el lunar que la bala había dejado, el agujero por el cual se le coló la nada. En el brazo izquierdo llevaba el brazalete del Partido. Una oleada de asco rompió contra mi estómago y desvié la mirada hacia Anaïs, quien contemplaba embelesada el cadáver. Le pregunté si Jürgen había dejado alguna nota. Me señaló un papel sobre la mesita al otro extremo de la habitación. Solté su mano y me dirigí hacia allá.

    “Si ellos no vencen, la diosa de la guerra es una ramera. Sieg Heil!” Reconocí de inmediato la preciosa caligrafía de Jürgen. Cerré los ojos. Sólo eso había dejado: dos frases acuñadas por Goebbels, dos frases que se contradecían. Él no lo había notado y aquello me indicó que su espíritu había muerto mucho antes de aquel disparo. “Estábamos muy viejos para todo esto”, dije en voz baja; lo mismo le dije a Jürgen doce años antes, cuando la depravación apenas comenzaba. Me volví de nuevo hacia Anaïs y pude verla llorar en brazos de una mujer que entró en el salón mientras les daba la espalda. Al verla desahogarse así, con aquella desconocida, sentí que mi presencia ahí sobraba. Salí de aquella recámara mortuoria.

    Afuera, el ambiente se había animado. Los presentes formaban pequeños grupos por todo el jardín, unos charlaban y otros hasta reían, olvidados por completo de la muerte de Jürgen; no fue difícil juzgar que todos acudieron buscando olvidarse de la derrota; una vez juntos, la fiesta había sido inevitable. Fui llamado a uno de los corros, alegué un malestar intestinal y me retiré de aquella repugnante celebración de la vida.

     

    (—Deberiamos tratar de huir hacia Hamburgo, hacia los británicos.

    —mposible, los SS no nos dejarán salir de la ciudad, antes nos liquidan ellos mismos.

    —Cualquier cosa es mejor que esta angustia. Que pase lo que tenga que pasar; no soportaría otra noche en vela.

    —A mí quisieron enlistarme en el Volksturm, por suerte cumplí los setenta diez días antes.

    —Si yo pudiera hacerlo ahorita mismo estaría peleando, pero con esta artritis no podría empuñar un arma.

    —Hans es llamado a filas y lo mandan con el médico para un examen. Mientras el doctor lo ausculta, Hans pide consejo sobre la rama del ejército a la que debe optar. “Eso depende —dice el galeno— ¿en qué rama sirvió usted durante la Gran Guerra?” “Oh no, doctor —responde Hans—, en ese entonces no me reclutaron. Estaba demasiado viejo.”

    —No entiendo por qué toda esa gente se lo toma con calma; hacen como si no pasara nada.

    —Me parece una postura más digna que volarte los sesos mientras tu esposa está usando el retrete.

    —Tengo un vecino que todos los días sale rumbo a su trabajo a la hora acostumbrada, pero el edificio donde estaba empleado se derrumbó hace meses. Se sienta frente a las ruinas hasta que es hora de volver a casa.

    —Quién sabe. Quizás es una forma de decirnos que no es cierto, que aún estamos vivos.

    —Hans ve venir a Fritz hecho un santocristo y, alarmado, pregunta: “¿Qué ha pasado? ¿Cayó una bomba cerca de tu casa? ¿Es disparo de un obús? ¿Fuego de metralla acaso?” “Nada de eso —le contesta—, es que entré en el búnker y saludé ‘Heil, Hitler’”

    —Yo le estreché la mano hace algunos años. Recuerdo que no pude reprimir las ganas de llorar.

    —Hay quien dice que sí lo asesinaron, que no salió con vida del atentado en la Wolfsschanze.

    —Él debería también pegarse un tiro y terminar con todo esto de una vez.

    —Hans pregunta a Fritz sobre sus planes para cuando la guerra haya acabado. “Me tomaré unas largas vacaciones y haré un viaje en bicicleta por toda Alemania.” “Muy bien —replica Hans—, ¿y qué harás por la tarde?”

    —Disfrutemos de la guerra mientras dure, porque la paz será terrible.)

     

    Empezaba a helar. Me subí el cuello del abrigo y eché a andar rumbo al zoológico. Pensaba en Jürgen, en el cadáver de Jürgen envuelto en las mantas y en las carcajadas de quienes fueron sus amigos. Me sentí nuevamente avasallado por el asco.

    Fue entonces cuando escuché el bramido.

    Venía del noroeste, del otro lado del Tiergarten. Los rusos habían llegado ya al corazón mismo de Berlín. Toda aquella carga de artillería no podía estar dirigida sino hacia el Reichstag. Me llevé las manos a los oídos para mitigar aquel estruendo que marcaba la ruina total de la esperanza. Creí que no me importaría, creí que recibiría contento el fin del Reich de los mil años; pero al escuchar aquello también yo caí desmoronado. Segundos después, aturdido como estaba, intenté en vano incorporarme; tuve que permanecer sentado, las manos aún en los oídos sordos. Pasaron varios minutos antes de que pudiera percibir que alguien lloraba.

    Era Anaïs. No muy lejos de mí, acuclillada junto al muro, lloraba con las manos sobre la cabeza, los dedos asiendo con fuerza el cabello aun castaño. Me levante, fui hacia ella y la ayudé a ponerse en pie. No bien lo hubo hecho, se arrojó a mis brazos, sollozando, apretando con fuerza su cabeza sobre mi hombro, lastimándome. Más doloroso que esa opresión fue el golpe de ternura que sentí en mi pecho y una vez más maldije a Jürgen.

    —Calma, ya pasó, ya está bien.

    Cuando se tranquilizó, recogí su bolso, la tomé del brazo y reemprendimos la marcha hacia el zoológico. Al principio creí que no le agradaría la idea, pues en lugar de alejarnos íbamos más cerca de la batalla, pero se interesó en mirar al elefante. Ignoraba, como casi todos, que aún quedaba uno. Dijo que abandonó la casa porque no soportaba más la triste dicha de toda aquella gente allá reunida. Había pedido a su amiga que se quedara junto a Jürgen mientras ella salía a dar un paseo; necesitaba un poco de aire fresco para pensar y prepararse para lo que vendría después.

    —Además, necesito pedirte algo.

    Respondí que me pidiera cualquier cosa, pues yo haría todo lo posible por hacerla sentir mejor. Pude sentirla temblar ligeramente.

    —Te lo diré más tarde. Ahora sigamos andando, me hace falta caminar, despejarme.

    No podría precisar durante cuánto tiempo caminamos sin decir una palabra. Sumido cada quien en sus reflexiones, anduvimos entre los sinuosos vericuetos que la ciudad proteica, reconfigurada por los escombros, nos ofrecía.

    Comenzaba a oscurecer cuando arribamos al zoológico. Aunque había muchas personas, nadie iba hacia los pocos animales que no habían muerto aún; todos corrían en dirección al Flakturm, a esconderse en el búnker bajo la torre. Nosotros doblamos a la izquierda con la vista alzada, para no ver las ruinas a nuestro alrededor, sino el maravilloso atardecer.

    —¿Es hermoso, verdad? —dije.

    —Sí. Y Jürgen jamás volverá a verlo.

    Seguimos caminando en silencio un buen rato.

    —Debe sentirse muy solo —dijo al fin.

    Nunca sabré si lo dijo en referencia a Jürgen o al elefante que vimos al final de la calzada, enorme y marmóreo como el Partenón, y como éste, una ruina magnífica. Tenía 26 años pero parecía más viejo, desgastado por el hambre y la soledad. Se acercó a la reja al vernos llegar y asomó la trompa por entre los barrotes. Lo hacía siempre, para que lo acariciara, para que le diera algo de comer. Por desgracia no tenía nada que darle. Al principio le traía algunas zanahorias o algo de pan; ahora mi despensa y la despensa de toda Alemania estaban vacías. Paseé mi mano por su trompa.

    —¿Hace cuánto tiempo que murieron los demás? —preguntó Anaïs. Lo sabía con exactitud: al día siguiente del bombardeo, cuando me enteré de que sólo un elefante había sobrevivido, decidí regresar al zoológico tras treinta y ocho años de no pasar siquiera por la Kürfurstendamm; la casa en forma de pagoda donde vivían los elefantes estaba en ruinas. Me senté a llorar en una banca cercana pensando en lo maravillosa que pudo ser mi vida.

    —Casi dos años, en noviembre del 43. Una bomba cayó en la pagoda y mató a siete, hembras todas. El otro macho se escapó y lo abatieron a tiros.

    —¿Por qué?

    —No sé, supongo que enloqueció de dolor y se volvió incontrolable.

    Sus ojos se anegaron de lágrimas, tomo un barrote con cada mano y agachó la cabeza.

    —Jürgen también enloqueció de dolor. Cuando los ivanes cruzaron el Óder intentó unirse al Volksturm, pero sólo se burlaron de él. Estaba casi ciego, ¿lo sabías?

    No respondí. El elefante retrocedió, alzó la trompa y barritó. Anaïs saltó hacia atrás, asustada. La tomé del brazo y la llevé hasta una banca cercana donde nos sentamos sin decir palabra. Sentía sobre mí los ojos del elefante, oteándome desde la penumbra de la jaula.

    —Le pedí que no me dejara, que si iba a hacerlo me llevara con él. No quiso escucharme —Dijo Anaïs, hurgando dentro de su bolso. Hizo una larga pausa antes de continuar—. Yo no tengo suficiente valor, no lo tengo.

    Me puse en pie de un salto, horrorizado. De la bolsa había sacado una pistola, la sauer de Jürgen. Comprendí entonces la atrocidad que Anaïs iba a pedirme. Me miró directo a los ojos mientras me tendía el arma.

    —Anaïs, yo no…

    —Dijiste que haría cualquier cosa.

    —Pero eso…

    Desde el norte, un gran número de cohetes Katyusha volaron sobre nosotros: los rusos disparaban hacia las baterías antiaéreas de la Flakturm. Anaïs se lanzó al piso y se escondió bajo la banca, abrazada a sus rodillas. Yo seguí sentado mirando hacia la jaula del elefante sin cubrirme siquiera los oídos. A mi cabeza regresó la frase hecha, la voz edulcorada: “Jürgen se ha pegado un tiro.”

    Pasados unos minutos, volví a escuchar de nuevo el llanto de Anaïs. Con gran trabajo logré levantarme y ayudarla a salir. Gritaba.

    —¡No quiero verlos! ¡No quiero estar aquí cuando ellos lleguen! ¡Tienes que ayudarme!

    Supe entonces que no podía negarme. Recogí del suelo la pistola y la sopesé. Estaba fría. Miré a Anaïs, sentada en la banca, sollozando con el rostro escondido entre las manos. Balbuceé una proposición:

    —Lo haré si tú me das a cambio un beso.

    Entonces su llanto se volvió una risilla, y esa risilla una carcajada. Volteó hacia mí su rostro sonriente, hermoso a pesar de los años y las penurias.

    —Lo siento mucho —dijo al fin, soltando un suspiro y limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Siento mucho no haber tenido el valor para avisarte que no vendría. ¿Cuántos elefantes había en aquel entonces?

    —Cuatro. Los conté un millón de veces.

    —Sí lo recuerdas. Lamento no haber podido corresponderte.

    Se levantó, puso sus manos sobre mis mejillas y me besó en la frente. Pude sentir la tibieza de su aliento, el calor de su piel. No tuve valor para devolverle la caricia.

    Nos sentamos, ella cerró los ojos y yo acerqué la sauer a su frente. El beso de metal la separó de mí, para siempre.

    Me quedé largo rato sentado junto a ella, peinando sus cabellos y acariciando su rostro, extrañado que no doleriera tanto. Después la recosté sobre la banca y volví a la jaula.

     

    No sé si he hecho bien o mal, no importa. Hay otra bala en la recámara del arma, pero no pienso usarla. Que otros se esfuercen por escapar, yo no; he decidido quedarme a acompañar al elefante, a compartir su dolor, su soledad y su destino. Agradezco tu gesto, Anaïs, pero no iré tras de ti, no esta vez. No hay lugar para mí en esa muerte que empareja a los amantes, debo quedarme a presenciar la ruina final y asumir el precio de nuestra indolencia. Nunca creí en esta locura, pero tampoco hice nada para evitarla; estaba demasiado viejo.

    También soy responsable.

    Llegan hasta mí los gritos de la muchedumbre que huye hacia la Flakturm: Der Iwankommt!, Der Iwankommt. Aquí estoy, aguardándolos. El elefante saca la trompa entre las rejas, me aferro a ella como mi último amuleto. Él es un sobreviviente y yo espero no morir antes de que tomen la ciudad. Sería demasiado fácil, y no debe serlo. Las cuentas son largas, y ha llegado la hora de pagar.

    * Obra ganadora del XL Concurso Latinoamericano de Cuento “Edmundo Valadés”.

    Texto publicado en la edición 151 de Crítica


    Escrito por Eduardo Felipe Sánchez García

  • El por qué de muchos nombres

    Un día las cosas llegan

    a orillas de sí, no dudan,

    caen por el costado, lejos

    del hubiera, y de la hybris

    hoy esclavo, cavas

    en ti y no llegas a tus bordes ni

    ardes en lo oscuro, ¿no

    serás lo que cae fuera de ti? read more

  • Temblores de la espina

    Atrapado debajo de un cúmulo de cobijas. Sus manos combatían la orden de salir del calorcito quimérico. El aire se había cristalizado en filosas hojas heladas. El gallo murió unos días después de traído, pero se sabía que era de madrugada. Nada se movía adentro sino el glacial miedo por levantarse. Lino apartaba el peso de doce cobijas, sacaba las piernas temblorosas de la cama y se ponía de pie antes de que la escarcha apareciera en su nariz. A nadie se le hubiera ocurrido desvestirse la noche anterior. read more

  • Marat

    Traducción de Armando Pinto

    Los experimentos que anunciaba Marat sobre la luz y sobre el fuego picaron mi curiosidad; lo fui a ver, y la altivez de carácter que este hombre, vuelto después muy famoso, desplegó frente a mí me hizo tratar de conocerlo. Nos volvimos muy amigos. Marat me contó algunas circunstancias de su vida que aumentaron mi estimación por él; se proclamaba ferviente apóstol de la libertad. En 1775 escribió en Inglaterra una obra sobre este tema, la cual tenía por título Les chaînes de l’esclavage. En ella desenmascaraba la corrupción de la Corte y el Ministerio. Esa obra, me dijo, causó una gran sensación en esa isla, y por ella había sido recompensado con brillantes regalos y con su admisión a corporaciones y a la burguesía de algunos pueblos. Me habló de su relación con la célebre Kauffman, a quien no alababa menos por su talento para la música que para la pintura, y sobre la cual me contó varias anécdotas interesantes que he conservado; me habló de sus éxitos prodigiosos en la medicina, y contó que al llegar a París le pagaban treinta y seis francos por cada visita y que no se daba abasto para atender todas las consultas que día con día le demandaban. Sin embargo, aunque estaba bien alojado, no advertí en su casa el lujo que debía ser el resultado de la riquezas de las que se decía colmado; pero, lo he ya anticipado, siempre he sido crédulo, y fue sólo al repasar las diversas circunstancias de mi relación con este hombre odioso, al compararla con el papel que jugó en la Revolución, que me convencí del charlatanismo que, toda su vida, guío y encubrió sus acciones y sus escritos.

    Marat me dijo que habiendo hecho grandes descubrimientos en física abandonaba la medicina, que en París no era más que una profesión de charlatanes indigna de él; pero aun renunciando a esa profesión vendía de tanto en tanto remedios y pócimas cuyo efecto garantizaba, y era muy estricto al reclamar el pago. Recuerdo una verruga en mi mano que atrajo su mirada; me envió un frasco de un agua muy límpida, se lo agradecí preguntándole el precio: doce libras; no lo utilicé. Marat me había inspirado algo de desconfianza, si no de sus éxitos sí de sus conocimientos médicos, cuando un día me contó que para curarse de un cólico había querido abrirse el vientre. Felizmente para él, el cirujano no había sido complaciente con su, tal vez fingida, exigencia.

    Es preciso hacerle justicia: la dureza que tenía con los demás la ejercía sobre él mismo; insensible a los placeres de la mesa y a las amenidades de la vida, consagraba todos sus medios a sus experimentos de física. Noche y día se ocupaba de repetirlos; se habría contentado con pan y agua con tal de tener el placer de humillar a la Academia de las Ciencias: era el nec plus ultra de su ambición. Molesto porque los académicos habían desdeñado sus primeros experimentos, ardía en deseos de vengarse de ellos echando abajo a su ídolo más reverenciado: Newton. No se ocupaba más que de experimentos dirigidos a destruir sus principios de óptica. Combatir y destruir la reputación de los hombres célebres era su pasión dominante. Tal era el motivo que había dictado la más importante de sus obras, Traité sur les príncipes de l’homme, la cual apareció en 1775 en tres volúmenes, y de la que Voltaire se burló en un diario de la época.

    El sistema de Helvétius estaba entonces de moda, y contra Helvétius quería luchar Marat. Voltaire tenía razón al ridiculizar ciertas proposiciones y algunas extravagancias de Marat, pero no le rendía justicia a sus otros puntos de vista. Marat nunca la obtuvo en el curso de su vida, esta fatalidad singular se debió a su orgullo inmoderado y sus escandalosas diatribas. Por ejemplo, los académicos se han enconado contra sus experimentos con la luz, con el fuego y con la electricidad, y no he visto a ninguno distinguir y reconocer lo que había de nuevo en sus experimentos; no querían siquiera que su nombre fuera pronunciado: tanto temían contribuir a su fama con la crítica. Reconozco que esta injusta negativa de los físicos a reconocerlo fue lo que me sublevó durante mucho tiempo y me dictó un capítulo de mi Traité de la vérité sobre el prejuicio académico. Lo escribí después de una viva y larga disputa que tuve con el geómetra Laplace. No hay más que sustituir el nombre del escéptico con el mío y el del geómetra con el de Laplace.

    Tal vez en ese diálogo le respondí a Laplace con demasiada dureza; tal vez en el fondo él tenía razón; pero no podía soportar que tratara con dureza y despotismo a un físico sólo porque no tuviera una silla como él. Después seguí durante tres años los experimentos de Marat; creía que se le debía alguna estima a un hombre que se sepultaba en las tinieblas para hacer retroceder las fronteras de la ciencia. Yo no pretendo que esta fuera su intención; él sólo se veía a sí mismo; no especulaba con las ciencias más que para su propia gloria, pretendía a todo trance hacerse de una reputación a costa de la de los demás.

    Ocupado por completo de sí mismo, de sus descubrimientos y de la celebridad que él se imaginaba merecer, no me parecía que Marat fuera sensible a la belleza. Esculpido en mono, parecía poco hecho para agradar, y sin embargo había hallado el secreto para cautivar a Mme. la marquesa de L…, cuya riqueza de espíritu hacía su conversación sumamente seductora. Separada de su marido, quien, cubierto de deudas, deshonrado por estafas infames, había mancillado el lecho conyugal llevando a él una enfermedad infecta, se había sometido a la guía de Marat, el cual, no contento con su papel de médico, quería además suceder al marido. Una unión semejante me pareció sorprendente durante mucho tiempo. La dama era dulce, agradable, no tenía nada de la aspereza, de la violencia, del salvajismo en la vida doméstica de Marat.

    …Cuando dejé París para fundar el Liceo de Londres, la amistad de Marat me siguió a través del estrecho; la fijación de mi residencia podía serle útil en más de un aspecto. Me escribía con frecuencia. Hay una gran diferencia en el estilo de las cartas que me dirigió entonces y el de los infames artículos que después publicó en mi contra. Se puede verificar eso sobre todo con la primera carta que me envió después de la publicación del Traité de la verité. Esa fue, además, la única vez que se mostró sensible a los elogios, que a sus ojos eran siempre demasiado moderados.

    …Marat había enfatizado que los periodistas eran repartidores privilegiados de reputaciones; pero su altanería, su insolencia, sus pretensiones, evitaban que fuera recibido por aquellos que buscaba. Sabía que yo estaba relacionado con muchos y creo que fue debido a esta circunstancia, más que a su estimación, la suerte de apego que me mostró durante varios años. Me mandaba sin cesar extractos, elogios de sus obras escritos por su propia mano. Yo no podía concebir que se tuviera la impudicia de elogiarse a sí mismo de esa manera; pero sin considerar más que la injusticia de la cual lo creía yo víctima, desplegaba todo mi celo para hacerle publicidad a sus escritos; y lo logré a menudo. Apenas si me lo agradeció una vez, y he aquí por qué: además de mi estimación por sus conocimientos y hallazgos, no compartía del todo la admiración con la que él se honraba a sí mismo, y, dudando algunas veces de la veracidad de sus proposiciones, me permitía suprimir sus exageraciones, sobre todo en los elogios; a él no le agradaba la modestia, que yo me veía obligado a sentir en su lugar.

    Con un gran deseo de verlo prosperar, no dejaba de presentarle nuevos conocidos para que fueran testigos de sus experimentos. No sé debido a qué fatalidad siempre salían de su casa contentos de sus tours de force y poco contentos de él. Marat se expresaba con dificultad, sus ideas eran confusas, y su susceptibilidad se despertaba al menor indicio de menosprecio o de indiferencia. Esta susceptibilidad, inflamando también su espíritu, lo conducía a la violencia, confundía sus ideas y lo hacía perder el hilo. Yo vi un día el efecto impresionante de esa irascibilidad. Volta, tan célebre por sus experimentos sobre la electricidad, tenía curiosidad por ver los que anunciaba Marat para destruir la teoría de Franklin. Apenas hubo repetido algunos y escuchado una o dos observaciones cuando, sospechando de la incredulidad de Volta, Marat lo colmó de injurias en lugar de responder a sus objeciones.

    Él, sin embargo, se daba cuenta de la dificultad para hablar y moderarse dentro de la discusión. Buscó a un hombre de letras que tuviera el talento de la palabra y que pudiera revelar su teoría en su nombre. Después de la revelación, él habría aparecido en su templo, como un dios, para recibir las reverencias de los simples mortales. Me propuso muchas veces ser su suplente, su gran sacerdote; yo le ponía como objeción mi timidez, mi ignorancia de la física; él me prometía iniciarme en poco tiempo en los misterios más abstractos de sus descubrimientos.

    Persistí en mi negativa porque jamás me había sentido muy atraído por la física, porque no creía tener la presteza de pulso para hacer bien los experimentos, porque, en fin, mi sentido interior me alejaba más de lo que me acercaba a Marat. La curiosidad, el deseo de aprender, de conocer, me habían hecho buscarlo; el deseo de serle útil, porque me parecía oprimido, me había hecho conservar su cercanía; pero reconozco que él jamás me inspiró ninguno de los sentimientos que hacen las delicias de la amistad. Fue por un sentimiento de humanidad que le procuré la venta de sus libros y sus cajas de experimentos. El ardor que ponía por obtener el pequeño beneficio de sus obras me hacía pensar que estaba en la miseria, aunque él tenía demasiado orgullo para reconocerlo. ¡Y bien! Ese servicio que yo buscaba hacerle gratuitamente le proporcionó materia para las injurias más infames que me prodigó en uno de sus números. Lejos de retener el pago de sus obras, yo, de haberlo tenido, habría compartido mi dinero con él.

    Todo el tiempo le hice justicia a Marat, y se la hago ahora todavía, aunque a él le deba parte de las persecuciones que hoy sufro. Era infatigable en el trabajo, hábil en el arte de hacer experimentos. Yo escuché un día a Franklin rendirle ese homenaje. Sus experimentos sobre la luz le habían encantado. Yo no diría lo mismo de aquellos sobre el fuego o la electricidad. Marat creía haber hecho descubrimientos que destruían el sistema de Franklin; pero éste no fue víctima de su vanilocuencia. El académico Leroi, nombrado comisario para examinar sus descubrimientos sobre la luz, aceptó que aquéllos sobre el prisma eran ingeniosos, y que Marat poseía una destreza admirable para realizarlos. Su informe le fue en ciertos aspectos favorable, pero algunos académicos lo forzaron a suprimirlos.

    Marat estaba obsesionado en obtener el elogio de la Academia de las Ciencias, y esta obsesión le sugirió la idea de un ardid que le costó un trabajo inmenso. Emprendió una nueva traducción de los Principios de óptica de Newton. Ésa era la mejor manera de destruirlos, pues no tengo duda de que los alteró. Quería que la Academia aprobara esta traducción. Si la firmaba despertaría las sospechas y la obra sería examinada severamente. Para evitar esta dificultad, les propuso a varios de sus amigos que le prestaran su nombre. Lo logró con el gramático Bauzée, hombre débil y amable, que no desconfió de la maniobra de Marat. Bajo ese nombre los comisarios de la Academia no vacilaron en darle, sin leerlo, sus elogios y su aprobación al libro de su enemigo. No sé qué provecho habrá obtenido. Esta traducción ha sido ignorada a pesar de estar soberbiamente impresa. Marat me obsequió un ejemplar en papel vitela al comienzo de la Revolución.

    En esta época Marat era pobre y vivía miserablemente y, aunque después de mi retorno de América pocas veces lo vi en su casa, no creo que haya cambiado de principios. Se le acusó de venalidad, de corrupción. Yo no he cesado de decirlo, él estaba más allá de la corrupción. Marat no tenía más que una sola pasión, la de dominar la carrera que elegía. La ambición de la gloria era su enfermedad, no la del dinero. De un temperamento bilioso, de un carácter atrabiliario, era porfiado en sus sentimientos y constante en su marcha. Podemos juzgarlo por este rasgo: a pesar de su gran dificultad para hablar, él sin embargo se presentaba en todas las tribunas. Olvidaba todo para no ver más que su objeto.

    El deseo de alcanzar sus fines lo hacía emplear toda suerte de medios, mentiras, calumnias. En todo fue un comediante. Defendía al pueblo como había defendido la verdad en la física, no para serle útil al pueblo (Marat lo despreciaba), sino para llegar a su objetivo. La adulación a la multitud era el mejor medio, y la empleó. Si la tiranía hubiera sido más fácil, él la habría preferido. Pero tenía que ser tribuno antes de ser tirano.

    Todos sus movimientos eran los de un saltimbanqui. Parecía tener enfrente una polichinela a la que uno tira a veces de los brazos y a veces de la cabeza. Todo era seccionado, deshilvanado, tanto en sus discursos como en sus gestos. Nada salía de su alma, todo partía de su cabeza, todo era artificial.

    Marat no amaba a nadie, no creía en la virtud; sólo se amaba a sí mismo. Jamás elogió a ningún escritor. Le parecía que todo el talento, todo el genio, se había concentrado en él. Seriamente se creía el único capaz de gobernar a Francia; les hizo esa confidencia a varios amigos. Obligado a marchar tras Robespierre y Dantón, y de sostener al partido que lo protegía, sentía un profundo desprecio por sus jefes.

    He dicho que era audaz, y, sin embargo, no era valiente; carecía del coraje del espadachín o del filósofo. Aunque se había querido batir un día con el físico Charles porque no había manifestado el suficiente respeto por sus experimentos, aunque había amenazado un día a la Convención con saltarse la tapa de los sesos al pie de la tribuna con una pistola que no estaba cargada, aunque, en fin, hablaba siempre de sangre, y desafiaba a toda la tierra, jamás sus fanfarronadas me infundieron respeto. Yo lo había visto demasiado de cerca, era violento pero poco valiente. Bajo el despotismo temía las bastillas; en el reino de la libertad seguía temiendo las prisiones. Citaré dos ejemplos que permitirán conocer su conducta en este aspecto. Marat había concursado en 1780 por el premio fundado por la Sociedad Económica de Berna sobre el tema de las reformas a las leyes criminales. Esta sociedad difería cada año el pronunciamiento de su veredicto. En 1782, anuncié mi Bibliothèque des lois criminelles, en diez volúmenes. Marat me rogó que insertara el informe que había dirigido a la Sociedad. Ese discurso contenía atrevimientos que podían disgustar al gobierno. Le pregunté a Marat si quería que apareciese su nombre: “No, me dijo, no tengo ganas de parar en la Bastilla.” Me dejó a mí correr el riesgo, pues mi nombre aparecía a la cabeza de esa colección.

    Un día lo encontré en las Tullerías, en 1786 o 1787. Hacía mucho que no lo veía. Hablamos de sus obras. Le pregunté la razón de que se obstinara en seguir con la física cuando tenía en contra a todas las academias y a todos los físicos; lo exhorté a consagrar sus trabajos a la política. Es tiempo, le dije, de pensar en destruir el despotismo; une tu trabajo al mío, a los de la gente que ha jurado su perdición: esta empresa te cubrirá de gloria. Marat me respondió que prefería continuar tranquilamente sus experimentos ya que la física no conducía a la Bastilla, y dejó en claro que el pueblo francés no estaba lo suficiente maduro ni tenía el suficiente valor para sostener una revolución.

    Cuando la Bastilla fue destruida, Marat dejó de temerle y salió de su madriguera; incluso pretendió, dos o tres meses después de ese momento, merecer los honores de ese acontecimiento glorioso; y maquinando no sé qué historia de un coronel de dragones que lo había detenido sobre el Pont-Neuf, me urgió a publicarla en Le Patriote Français. Él se cubría a sí mismo de elogios tan extravagantes que no me atreví a complacerlo. Borré los elogios e imprimí los hechos; aun modificada la historia era sumamente increíble.

    …En ese trabajo, del que había suprimido comparaciones como las de Horatius Coclès “deteniendo, como Marat, a todo un ejército sobre un puente”, “el audaz Frente de Marat hacía palidecer a los dragones y a los húsares, como su genio por la física había hecho antes palidecer a la Academia,” quedaron, es verdad, suficientes elogios a Marat. Quería que mi amabilidad sirviese para hacerlo valorar; pero no quería que me hiciese, o lo hiciera a él, ridículo. Marat nunca me perdonó el pudor de mis supresiones.

    Al perder las esperanzas de encontrar periodistas aduladores, creó él mismo un periódico. Yo lo anuncié con elogios para atraerle suscriptores. Al rendirle ese servicio que no he rehusado a ninguno de mis colegas, creía serle útil al público. ¡Dios! ¡Qué grande fue mi error! ¡Qué grande fue mi sorpresa al leer algunos de sus números! ¿Cómo un escritor que se respete podía degradarse con un  tono tan vil, tan escandaloso, tan atroz? Lo reconozco, consideraba a Marat escritor mediocre, lógico inconsecuente, moralmente incrédulo, ambicioso y enemigo de todos los talentos; pero no creía que pudiese violar todos los principios, todas las leyes, al punto de calumniar a los hombres más virtuosos, de predicar la masacre y el pillaje. Me detengo aquí, y termino con esta reflexión: le perdono a Marat el mal que me hizo; pero no le perdonaré jamás el haber corrompido la moral del pueblo y haberle inspirado el gusto por la sangre.

    * Estos fragmentos pertenecen a las Mémoires de Brissot, y fueron seleccionados y publicados por Cioran en su Anthologie du portrait. De Saint-Simon à Tocqueville.

    Texto publicado en la edición 151 de Crítica


    Escrito por Jacques-Pierre Brisott

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    Palabra de poeta

    “¿Qué es más grande —nos cuestiona desde un genuino desconcierto el siempre viejo y siempre sabio poeta peruano Emilio Adolfo Westphalen—, el mar o la palabra con que lo nombramos?”

    Y él mismo aventura una respuesta: “decimos el mar y surgen diversos mares —los vistos experimentados gozados sufridos— e igualmente los apenas barruntados (acaso los más exaltantes) —pequeños o descomunales— plácidos o destrozándose a sí mismos en iras irreprimibles. / vemos en cambio el mar —y es el de siempre— irreconocible y desconcertante —una fantasmagoría de la realidad— pero igual al que por primera vez se interpuso en nuestro destino”. read more

  • Unas horas en la piel de Mabel

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    ULRICA

    Ulrica habría de morir,

    de un lado se creaban nuevas esferas,

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    del otro Ulrica amaba al último hombre.

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    Límites de lo humano

    JORGE ESQUINCA

    Si algo puede afirmarse en torno a la ubicuidad de la poesía es que ella, desde mucho tiempo antes que otros géneros literarios, ha dado testimonio de la aventura humana. Un testimonio compuesto por imágenes y símbolos cuyo origen se funde con el nacimiento mismo de la conciencia y el lenguaje. Dice George Steiner que con el surgimiento de la palabra, el hombre se apartó tanto del gruñido elemental de los animales como del silencio imperturbable de los reinos vegetal y mineral. ¿Vino, entonces, con la palabra, ese otro nacimiento simultáneo, el del espíritu que se manifiesta en la creación? Comoquiera que sea, es posible afirmar que ella, la poesía, no ha estado ausente nunca y ha seguido acompañándonos no sólo en los momentos de alta dicha y luz sino también y de manera constante en los otros, no escasos, en los que la desgracia y la catástrofe se instalan como sombras funestas en el horizonte de nuestro destino. read more