Crítica 149

  • Poemas de Maurizio Medo

    Este espacio que habito se llama el Perú.

    Limita por el Norte con las auroras boreales

    por el Sur con un galeón encallado en el Estrecho

    por el Este con océanos de lodo

    por el Oeste con el Laberinto.

    José Antonio Mazzotti

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  • El club de los hachisianos

    Trad. Pedro Santander

    I

    Una tarde de diciembre, obedeciendo a una misteriosa invitación redactada en términos enigmáticos, comprensibles para los afiliados e ininteligibles para los demás, llegué a un barrio lejano, especie de oasis de soledad en medio de París, al que el río, rodeándolo con sus dos brazos, parecía defender contra los intrusos provenientes de la civilización, pues era en una vieja mansión de la Isla de Saint-Louis, el hotel Pimodan, edificado por Lauzun, donde el extraño club del que yo formaba parte desde hacía poco, celebraba sus sesiones mensuales, a la que yo iba a asistir por primera vez.

    Théophile Gautier

    Aunque eran apenas las seis, la noche estaba oscura. La niebla, vuelta aún más espesa por la cercanía del Sena, difuminaba todos los objetos con su guata agujereada y desgarrada de trecho en trecho por las aureolas rojizas de las linternas y los hilos de luz que se escapaban de las ventanas iluminadas. El empedrado, mojado por la lluvia espejeaba bajo los faroles como el agua que refleja la luz; un cierzo acre, cargado de partículas heladas, azotaba el rostro, y silbidos guturales hacían el tiple de una sinfonía cuyas olas hinchadas que se batían contra los arcos de los puentes hacían el bajo: no faltaban en esta tardeada ninguna de las ásperas bellezas de invierno.

    Era difícil, a lo largo de ese muelle desierto, en esa masa de edificios sombríos, distinguir la mansión que buscaba; sin embargo, mi cochero, enderezándose sobre su asiento, alcanzó a leer en una placa de mármol el nombre casi borrado del antiguo hotel, lugar de reunión de los adeptos. Levanté el aldabón esculpido, el uso de campanillas con pomo de cobre no había penetrado en estas tierras remotas, y escuché varias veces el cordón rechinar sin éxito; por fin, gracias a un tirón más vigoroso, el viejo pestillo herrumbroso se abrió, y el portón con sus pesadas batientes pudo girar sobre sus goznes.

    Detrás de un cristal de una transparencia amarillenta apareció, a mi entrada, la cabeza esbozada por el temblor de una vela de una vieja portera, una pintura de Skalken. La cabeza me hizo un gesto singular, y un dedo magro se extendió fuera de la portería para indicarme el camino.

    Por lo que podía distinguir bajo la pálida luz que cae siempre incluso de los cielos más oscuros, el patio que atravesé estaba rodeado de construcciones de arquitectura antigua con aguilones agudos; sentí mis pies mojados como si estuviese caminando en un prado, pues los intersticios entre las baldosas estaban llenos de hierba.

    Las altas ventanas de estrechos cristales de la escalinata, que resplandecían sobre la fachada oscura, me servían de guía y no dejaron que me perdiera.

    Salvada la escalinata, me encontré al pie de una inmensa escalera como eran construidas en tiempos de Luis xiv, y en la que una mansión moderna bailaría con facilidad. Una quimera egipcia al estilo de Lebrun, cabalgada por un Amor, extendía sus patas sobre un pedestal y tenía una vela entre sus garras curvadas en arandela.

    La pendiente de los peldaños era suave; los descansos y escalones bien distribuidos atestiguaban el genio del viejo arquitecto y la vida grandiosa de los pasados siglos; al subir esa rampa admirable, vestido con mi ligero frac negro, sentía que desentonaba con el conjunto y que usurpaba un derecho que no era el mío; la escalera de servicio hubiera estado bien para mí.

    Muchas pinturas, copias de obras maestras de la escuela italiana y de la escuela española, la mayor parte sin marcos, tapizaban los muros, y en lo alto, en las sombras, se dibujaba vagamente un gran plafón mitológico pintado al fresco.

    Llegué al piso señalado. Un cancel de terciopelo de Utrech, aplastado y tornasolado, cuyos galones amarillentos y tachones abollados daban cuenta de un largo servicio, me hizo reconocer la puerta.

    Toqué; me abrieron con las precauciones usuales, y me encontré en una gran sala, iluminada en un extremo por algunas lámparas. Al entrar daba uno un paso de dos siglos hacia atrás. El tiempo, que pasa tan rápido, no parecía haber retrocedido en esta mansión, y, como un reloj de péndulo al que se ha olvidado dar cuerda, sus agujas marcaban siempre la misma hora.

    Los muros , revestidos de marquetería pintada de blanco, estaban cubiertos a medias de telones oscurecidos con el sello de la época; sobre la chimenea gigantesca se levantaba una estatua que podría uno creer hurtada de los cenadores de Versalles. En el techo redondeado en cúpula, se retorcía una alegoría al estilo de Lemoine, y que tal vez era de él.

    Me dirigí a la parte iluminada de la sala donde se agitaban alrededor de la mesa muchas formas humanas, y en el momento en que la claridad al alcanzarme hizo que fuera reconocido, una vigorosa hurra estremeció las profundidades sonoras del viejo edificio.

    ¡Es él, es él! Gritaron al mismo tiempo muchas voces; ¡que le den su parte!

     

    II. La mostaza antes de la cena

    El doctor estaba parado junto a un aparador sobre el que se encontraba una bandeja cargada de pequeños platos de porcelana de Japón. Un trozo de paté o pasta verdosa, del grueso de un pulgar, fue sacado por él con la ayuda de una espátula de un vaso de cristal, y colocado con la ayuda de una cuchara de plata dorada, en cada plato.

    El rostro del doctor resplandecía de entusiasmo; sus ojos destellaban, sus pómulos se teñían de púrpura, las venas de sus sienes se dibujaban en relieve, sus narinas dilatadas aspiraban el aire con fuerza

    -Esto le será deducido de su porción de paraíso, me dijo y me tendió la porción que me correspondía.

    A algunos que habían comido ya su parte, les sirvieron café a la manera árabe, es decir con la zurrapa y sin azúcar. Después se sentaron a la mesa.

    Esta inversión en las costumbres culinarias sin duda sorprenderá al lector; en efecto, no hay la costumbre de servir el café antes de la sopa, y en general es en el postre que se comen las confituras. La cosa merece sin duda su explicación.

     

    III. Paréntesis

    Antiguamente existía en Oriente una orden de sectarios temibles comandados por un jeque que adoptó el nombre de Viejo de la Montaña, o príncipe de los asesinos.

    Este Viejo de la Montaña era obedecido sin replica; los asesinos, sus súbditos, marchaban con una abnegación absoluta a ejecutar sus órdenes, cualesquiera que fuesen; ningún peligro los detenía, ni siquiera  la certeza de la muerte. Bastaba una señal de su jefe para que se precipitaran de lo alto de una torre y apuñalaran a un soberano en su palacio, en medio de los guardias.

    ¿Mediante qué artificios obtenía el Viejo de la Montaña una abnegación tan completa? Gracias a una droga maravillosa cuya receta él poseía, y que tenía la propiedad de procurar alucinaciones deslumbrantes. Aquellos que la habían tomado encontraban, al despertar de su embriaguez, la vida real tan triste y descolorida, que con gusto hacían el sacrificio para entrar al paraíso de sus sueños; puesto que todo hombre muerto en el cumplimiento de las órdenes del jeque iba al cielo directamente, o, si escapaba, era admitido de nuevo a disfrutar de la felicidad de la misteriosa composición.

    Ahora bien, la pasta verde que el doctor acababa de distribuirnos era precisamente la misma que antiguamente el Viejo de la Montaña hacía ingerir a sus fanáticos, sin que ellos se dieran cuenta, haciéndoles creer que él tenía a su disposición el cielo de Mahoma y las hurís de tres rasgos; es decir, el hachís, de donde proviene hachichin, comedor de hachís, raíz de la palabra asesino, cuya feroz acepción se explica perfectamente por los hábitos sanguinarios de los fieles del Viejo de la Montaña.

    Seguramente, las gentes que me vieron partir de mi casa a la hora en que los simples mortales toman sus alimentos no sospechaban que yo iba a la I’île Saint-Louis, lugar virtuoso y patriarcal, si lo hay, a consumir un manjar extraño que servía, hace muchos siglos, de medio de incitación a un jeque impostor para empujar a los iluminados al asesinato. Nada de mis vestimentas perfectamente burguesas me hubieran hecho sospechoso de este exceso de orientalismo; yo tenía más el aire de un sobrino que va a cenar con su vieja tía que de un creyente a punto de gustar las glorias del cielo de Mahoma en compañía de doce árabes, más francés no podía ser.

    Antes de esta revelación, si se hubiera dicho que en París existía en 1845, en esta época de agiotismo y ferrocarriles, una orden de hachisianos de la que M. de Hammer no ha escrito al historia, no se habría creído, y sin embargo nada hay más verdadero, como sucede con las cosas inverosímiles.

     

    IV. Ágape

    La comida fue servida de una manera extraña y en toda clase de vajillas extravagantes y pintorescas.

    Grandes vasos de Venecia, atravesados por espirales lechosas, velicomen alemanes adornados de blasones, de leyendas, cántaros flamencos de arenilla esmaltada, frascos de cuello delgado, todavía rodeados de pedazos de arpillera, reemplazaban a los vasos, las botellas y las jarras.

    La porcelana opaca de Louis Loebeuf y la loza floreada inglesa, adornos de las mesas burguesas brillaban por su ausencia; ningún asiento estaba parejo, pero cada uno tenía su mérito particular; China, Japón, Sajonia, tenían allí ejemplos de sus más bellas pinturas y de sus más ricos colores: el conjunto un poco desportillado, un poco cascado, pero de un gusto exquisito.

    Las fuentes eran, en su mayor parte, barnices de Bernard de Palissy, o imitaciones de Limoges, y algunas veces el cuchillo de trinchar encontraba bajo los platos reales, un reptil, una rana o un pájaro en relieve. La anguila comestible mezclaba su relleno con el de las culebras de molde.

    Un honesto filisteo habría sentido pavor al ver a estos comensales greñudos, barbudos, bigotones, o pelados de una forma singular, blandiendo dagas del siglo XVI, keris malayos, navajas, encorvados sobre alimentos a los cuales el reflejo vacilante de las lámparas prestaba una apariencia sospechosa.

    La cena llegaba a su fin, algunos de los más fervientes adeptos resentían ya los efectos de la pasta verde: yo, por mi parte, experimenté una trasposición completa del gusto. El agua que bebía me parecía tener el sabor del vino más exquisito, la carne se transformaba en mi boca en frambuesa, y recíprocamente. No habría podido distinguir un pescado de una chuleta.

    Mis vecinos comenzaron a parecerme peculiares, sus grandes párpados de autillo se abrían; su nariz se alargaba en proboscis; su boca se extendía como abertura de cascabel. Sus rostros se teñían de colores sobrenaturales. Uno de ellos, de rostro pálido y barba negra, reía de las hazañas de un espectáculo invisible; otro hacía esfuerzos increíbles para llevar un vaso a sus labios, y sus contorsiones para lograrlo provocaban abucheos ensordecedores. Aquel, agitado de movimientos nerviosos, giraba sus pulgares con una increíble agilidad; ese otro, volteado hacia el reverso de la silla, su mirada perdida, sus brazos muertos, se dejaba deslizar voluptuosamente al mar sin fondo del anonadamiento.

    Yo, acodado sobre la mesa, consideraba todo eso a la luz de un resto de razón que iba y venía por instantes, como una lámpara a punto de apagarse. Brutales calores me recorrían los miembros, y la locura, como una ola que revienta sobre una roca y se retira para abalanzarse de nuevo, alcanzaba y abandonaba mi cerebro, al que acabó por invadir por completo. La alucinación, esa extraña invitada, se había instalado en mí.

    -¡Al salón, al salón!, gritó uno de los comensales, ¿no oís esos coros celestiales? Los músicos están en sus atriles desde hace rato. En efecto, una harmonía deliciosa nos llegaba por arrebatos a través del tumulto de la conversación.

     

    V. Un señor que no fue invitado

    El salón era una enorme pieza de revestimientos esculpidos y dorados, de plafón pintado, de frisos adornados con sátiros persiguiendo  ninfas en los cañaverales, de una gran chimenea de mármol de color, de amplios cortinajes de brocatel que respiraban el lujo de los tiempos pasados. Muebles de tapicería, sofás, sillones y poltronas, lo suficientemente largos para permitir que las faldas de las duquesas y las marquesas se extendieran con comodidad, recibían a los hachisianos con los brazos abiertos. Una silla baja, en la esquina de la chimenea me hizo señas y yo me instalé y me abandoné sin resistencia a los efectos de la droga fantástica.

    Al cabo de algunos minutos, desparecieron mis compañeros, uno después de otro, sin dejar más vestigio que sus sombras sobre los muros, los cuales pronto las absorbieron; como las manchas pardas que el agua deja sobre la arena se secan y se desvanecen. Después de ese momento, pues no tengo conciencia de lo que ellos estuviesen haciendo, será necesario que os contentéis por esta vez con el recuento de mis simples impresiones personales. La soledad reina en el salón, constelada apenas por algunas claridades sospechosas; después, de pronto, cruza un relámpago rojo sobre mis párpados, una innumerable cantidad de velas se encendieron a sí mismas, y me sentí bañado por una luz tibia y blonda. El lugar en el que me encontraba era el mismo, pero, con la diferencia del esbozo de un cuadro, todo era más grande, más rico, más espléndido. La realidad no servía más que de punto de partida a la magnificencia de la alucinación.

    No veía a nadie, y sin embargo adivinaba la presencia de una multitud: oía rozamientos de telas , rechinidos de escarpines, voces que cuchicheaban, susurraban, seseaban y ceceaban, estallidos de risas ahogadas, ruidos de las patas de los sillones y de la mesa. Se movía la porcelana, se abrían y cerraban la puertas; algo insólito pasaba.

    Un personaje enigmático se me apareció de pronto. ¿Por dónde había entrado? Lo ignoro; sin embargo su visión no me causó ningún pavor: tenía una nariz encorvada como pico de ave, ojos verdes rodeados de tres círculos pardos que él secaba frecuentemente con un inmenso pañuelo; una gran corbata blanca almidonada, en el nudo de la cual se había puesto una carta de visita en la que se leían las palabras: Daucus-Carota, du Port d’or, oprimía su cuello delgado y hacía desbordar la piel de sus mejillas en pliegues rojizos; un frac negro de faldones cuadrados del que pendían racimos de dijes oprimía su cuerpo abombado por el pecho de capón. En cuanto a sus piernas, supe que estaban hechas de raíz de mandrágora, bifurcada, negra, rugosa, llena de nudos y de verrugas, la cual parecía recién arrancada pues había partículas de tierra adheridas todavía a los filamentos. Sus piernas se agitaban y retorcían con una actividad vertiginosa, y, cuando el pequeño torso que ellas sostenían estuvo frente a mí, el extraño personaje estalló en sollozos, y, enjugándose los ojos con el reverso del brazo, me dijo con la voz más doliente: “¡Hoy es cuando hay que morir de risa!”

    Y lágrimas gordas como guisantes rodaron sobre las alas de su nariz. “De risa…de risa…” repitieron como un eco coros de voces discordantes y nasales.

     

    VI. Fantasía

    Miré en ese momento el plafón, y percibí una multitud de cabezas sin cuerpo como las de los querubines, que tenían expresiones muy cómicas, fisonomías tan joviales y tan profundamente felices, que no pude evitar compartir su hilaridad. Sus ojos se fruncían, sus bocas se alargaban, y sus narinas se dilataban; eran gestos para alegrar al tedio en persona. Estas máscaras burlescas se movían por zonas volviendo en sentido inverso, lo que producía un efecto sorprendente y vertiginoso.

    Poco a poco el salón se llenó de figuras extraordinarias, como no las encuentran uno más que en los aguafuertes de Callot y las aguatintas de Goya: una confusión característica de oropel y de harapos, de formas humanas y bestiales; en cualquier otra ocasión, yo me habría sentido inquieto por tal compañía, pero no había nada de amenazante en esas monstruosidades. Era la malicia, y no la ferocidad lo que hacía chisporrotear sus pupilas. El buen humor sólo descubría sus desmedidos colmillos y sus puntiagudos incisivos.

    Como si yo fuera el rey de la fiesta, todas las figuras venían por turnos al círculo luminoso, en el cual yo ocupaba el centro, con un aire de compunción grotesca, me susurraban al oído bromas de las que no puedo recordar una sola, pero que en ese momento me parecían prodigiosamente inteligentes y me inspiraban la más loca alegría.

    A cada nueva aparición, una risa homérica, olímpica, inmensa, ensordecedora, que parecía resonar en el infinito, estallaba a mi alrededor con tronido de rayos. Voces, por turnos chillonas o cavernosas, gritaban: “¡No, es demasiado chistoso, basta! ¡Dios mío, Dios mío, qué divertido! ¡Es demasiado, demasiado! ¡Acabad, no puedo más… Jo, jo, ju,ju, ji,ji! ¡Qué buena broma! ¡Deteneos, que reviento, que me ahogo! No me miréis así… o hacedme enarcar que voy a estallar…” A pesar de las protestas, mitad burlescas, mitad suplicantes, la hilaridad iba creciendo, el estrépito aumentaba de intensidad, el suelo y las paredes de la casa se levantaban y palpitaban, como un diafragma humano, sacudidos por esa risa frenética, irresistible, implacable.

    Pronto, en lugar de venir presentarse a mí uno por uno, los grotescos fantasmas me asaltaron en masa, agitando sus anchas mangas de pierrot, tropezando con los pliegues de sus túnicas de magos, aplastando su nariz de cartón en choques ridículos, haciendo volar nubes de polvo de sus pelucas y cantando desafinadas canciones extravagantes de rimas imposibles. Todos los tipos inventados por la inspiración burlona de los pueblos y los artistas se hallaban reunidos allí, pero decuplicados, centuplicados de poder. Era una batahola extraña: el polichinela napolitano daba palmeaba familiarmente la joroba del punch inglés; el arlequín de Bérgamo frotaba su morro negro a la máscara enharinada del payaso francés que lanzaba gritos pavorosos; el doctor boloñés echaba tabaco en los ojos del padre Cassandre; Tartaglia galopaba a caballo sobre un payaso, y Gilles le daba de patadas en el trasero a don Spavento; Karagheuz, armado de un bastón obsceno, se batía en duelo con un bufón osco. Más lejos forcejeaban confusamente la fantasías de los sueños chistosos, creaciones híbridas , mezclas informes del hombre, de la bestia y de los utensilios, frailes con ruedas por pies y marmitas como vientres, guerreros con yelmos de vasijas blandían sables de madera con sus garras de pájaro, hombres de estado, movidos por engranajes de asadores, reyes zambullidos hasta la mitad del cuerpo en atalayas de pimienta, alquimistas de cabezas dispuestas en fuelles, con miembros contorneados en alambiques, busconas hechas de un agregado de calabazas hinchadas extrañamente, todo lo que podía trazar con el lápiz en el delirio un cínico a quien la embriaguez empujaba el codo. Eso se movía, reptaba, saltaba, correteaba, silbaba como decía Goethe en la noche de los walpurgis.

    Para sustraerme a la atención exagerada de esos barrocos personajes, me refugié en un rincón obscuro, desde donde podía verlos librarse a danzas que jamás conoció el Renacimiento en tiempos de Chicard, o la ópera bajo el reino de Musard, el rey de la contradanza desenfrenada. Estos danzantes, mil veces superiores a Molière, a Rabelais, a Swift y a Voltaire, escribían, en un trenzado o balance de comedias profundamente filosóficas con sátiras de un elevado alcance, con una finura tan mordaz, que yo tenía que sujetarme los costados en mi rincón.

    Daucus-Carota ejecutaba, siempre secándose los ojos, piruetas y cabriolas inconcebibles, sobre todo para un hombre que tenía piernas de raíz de mandrágora, y repetía con un sonsonete burlescamente lastimoso: “¡Hoy es cuando hay que morir de risa!”

    ¡Oh, vos que habéis admirado la sublime estupidez d’Odry, las enronquecidas tonterías de Alcide Tousez, las majaderías llenas de aplomo de Arnal, las muecas de Macaco de Ravel, y que creéis saber lo que es una máscara cómica, si vos asistís a este baile de Gustav evocado por el hachís, estaréis de acuerdo en que los cómicos más desternillantes de nuestros pequeños teatros serían buenos para representar a los ángeles de un catafalco o de una tumba!

    ¡Qué de rostros extrañamente convulsionados! ¡Qué de ojos parpadeantes y burbujeantes de sarcasmos bajo su membrana de pájaro! ¡Qué de rictus de alcancía! ¡Qué de bocas esculpidas a hachazos! Qué graciosas narices de dodecaedro! ¡Qué gordas barrigas pantagruélicas! ¡Cómo, a través de este hormigueo de pesadillas sin angustia se destacaban por relámpagos de semejanzas súbitas y de un efecto irresistible, caricaturas que envidiarían Daumier y Gavarni, fantasías para dejar pasmados a los maravillosos artistas chinos, a los Fidias de poussah y de magot!

    No todas las visiones eran sin embargo monstruosas o burlescas; la gracia se mostraba también en ese carnaval de formas; junto a la chimenea una pequeña cabeza de mejillas de melocotón rodaba sobre sus cabellos rubios, mostrando en un interminable acceso de alegría treinta y dos pequeños dientes gruesos como granos de arroz, lanzaba una risa aguda, vibrante, argentina, prolongada, adornada con trinos y notas de órgano, que me atravesaban los tímpanos, y, por un magnetismo nervioso, me forzaban a cometer un sinfín de extravagancias.

    El frenesí de alegría estaba en su más alto punto; no se oía otra cosa que suspiros convulsivos, cloqueos inarticulados. La risa había perdido su timbre y retornaba a los gruñidos, los espasmos sucedían al placer; la cantinela de Daucus-Carota iba a hacerse verdadera. Ya muchos hachisianos abatidos habían rodado a tierra con esa blanda pesadez de la embriaguez que hace a las caídas poco peligrosas; exclamaciones como: “¡Dios mío, qué feliz soy! ¡Qué alegría! ¡Nado en el éxtasis! ¡Estoy en el paraíso!, ¡Me sumerjo en el paraíso de las delicias!” se cruzaban, se confundían, se ahogaban. Roncos gritos brotaban de pechos oprimidos; los brazos se extendían temerariamente hacia alguna visión fugitiva; los talones y la nuca tamborileaban sobre el piso. Era hora de echar un poco de agua fría sobre ese vapor ardiente o la caldera explotaría.

    El envoltorio humano, que tiene tan poca fuerza para el placer, y que tiene tanta para el dolor, no habría podido soportar tan alta presión de felicidad. Uno de los miembros del club, que no había tomado parte en la voluptuosa intoxicación a fin de vigilar la fantasía y de evitar que se tirasen por la ventana aquellos de nosotros que creían tener alas, se levantó, abrió la tapa del piano y se sentó. Sus dos manos, cayendo juntas, se hundieron en el marfil del teclado, y un glorioso acorde resonó con la suficiente fuerza para acallar todos los rumores y cambiar la dirección de la embriaguez.

     

    VII. Kief

    El tema atacado era, creo, el aire de Agathe en Der Freyschütz, esta melodía celeste pronto disipó, como un viento que disipa las nubes deformes, las visiones ridículas que me atormentaban. Las larvas gesticulantes se retiraron arrastrándose bajo los sillones, o se escondieron entre los pliegues de las cortinas lanzando pequeños suspiros ahogados, y de nuevo me pareció que estaba solo en el salón.

    El órgano colosal de Friburgo no produciría, seguramente, una masa de sonidos más grande que el piano tocado por el vidente (así llamábamos al adepto sobrio). Las nota vibraban con tanta fuerza que penetraban en mi pecho como flechas luminosas; pronto el aire tocado pareció salir de mí; mis dedos bailaban sobre un teclado ausente; los sonidos brotaban azules y rojos, en destellos eléctricos; el alma de Weber había encarnado en mí. Cuando hubo acabado el fragmento, yo continué con improvisaciones interiores al estilo del maestro alemán, que me causaban arrobamientos inefables; que pena que un estenógrafo mágico no haya podido recoger esas melodías inspiradas, escuchadas sólo por mí, y que yo no dudaba, modestamente, en ponerlas a la altura de las obras maestras de Rossini, Meyerbeer, de Félicien David. ¡Oh Pillet! ¡Oh Vatel! Una de las treinta óperas que hice en diez minutos os enriquecería en seis meses.

    A la alegría un poco convulsiva del comienzo había sucedido un bienestar indefinible, una calma sin límites.

    Me encontraba en ese periodo bienaventurado del hachís que los orientales llaman el Kief. Ya no sentía mi cuerpo; las ligas de la materia y el espíritu se habían disuelto; me movía por propia voluntad en un medio que no ofrecía ninguna resistencia. Es así, me imagino, que actúan las almas en el mundo aromal a donde iremos después de nuestra muerte. Un vapor azuloso, un día Elíseo, un reflejo de la gruta azulada, formaban en la habitación una atmósfera en la que veía vagamente temblar contornos indecisos; esta atmósfera, a la vez fresca y tibia, húmeda y perfumada, me envolvía, como el agua de un baño, en un beso de una dulzura enervante; si quería cambiar de lugar, el aire acariciante hacía a mi alrededor mil molinos voluptuosos; una languidez deliciosa se apoderó de mis sentidos, y me envió al sofá, donde me desplomé como un traje que alguien abandona. Comprendí entonces el placer que sienten, de acuerdo con su grado de perfección, los espíritus y los ángeles al atravesar el éter y los cielos y del que la eternidad se ocupa en el paraíso.

    Nada material se mezclaba en este éxtasis; ningún deseo terrestre alteraba su pureza. Además, el mismo amor no hubiera podido aumentarlo, un Romeo hachisiano hubiera olvidado a Julieta. La triste niña inclinada hacia los jazmines hubiera tendido en vano desde lo alto del balcón, en medio de la noche, sus brazos de alabastro, Romeo se habría queda abajo junto a la escala de seda, y aunque yo estoy perdidamente enamorado del ángel de juventud y belleza creada por Shakespeare, tengo que aceptar que la más bella hija de Verona, para un hachisiano, no valdría la molestia.

    Así miraba, bien que encantado, la guirlanda de mujeres idealmente bellas que coronaban el friso en su divina desnudez; yo veía alumbrar espaldas de satín, destellar senos de plata, elevarse pequeños pies de plantas rosas, ondular caderas opulentas, sin sentir la mínima tentación. Los espectros encantadores que turbaban a san Antonio no habrían tenido ningún poder sobre mí.

    Por un extraño prodigio, al cabo de algunos minutos de contemplación, me fundí con el objeto enfocado y me convertí en ese objeto. Así me vi transformado en ninfa siringa, porque el fresco representaba en efecto a la niña del Ladón perseguida por Pan. Yo experimenté todos los terrores de la pobre fugitiva y traté de esconderme entre los cañaverales fantásticos para evitar al monstruo de pies de macho cabrío.

     

    VIII. El Kief se convierte en pesadilla

    Durante mi éxtasis, Daucus-Carota volvió a aparecer. Sentado como un sastre o como un pachá sobre sus raíces debidamente torcidas, fijó en mí sus ojos llameantes; su pico castañeaba de una forma tan sardónica, un tal aire de triunfo bromista prorrumpía en toda su pequeña persona contrahecha, que me estremecí a pesar mío. Adivinando mi temor, él redobló sus contorsiones y muecas, y se aproximó saltando como un segador lisiado o como el fondo de una escudilla.

    Entonces sentí un aliento frío en mi oreja , y una voz cuyo acento me era bien conocido, aunque no podía definir a quién pertenecía, me dijo: “¡Ese miserable Daucus-Carota, que vendió sus piernas para beber, te escamoteó la cabeza, y puso en su lugar, no una cabeza de asno como Puck a Bottom, sino una cabeza de elefante!”

    Extremadamente intrigado, me fui derecho al espejo, y vi que el anuncio no había sido falso. Me habrían tomado por un ídolo hindú o javanés: mi frente se había agrandado, mi nariz, alargada en trompa se curvaba sobre mi pecho, mis orejas barrían mis hombros, y , para aumentar la desagregación tenía un color índigo, como Shiva, el dios azul.

    Exasperado de furor, me puse a perseguir a Daucus-Carota, quien saltaba y chillaba, y mostraba todos los signos de un terror extremo; logré atraparlo, y lo golpee tan violentamente sobre el borde de la mesa que acabó por devolverme mi cabeza, a la que había envuelto en su pañuelo.

    Contento de esta victoria, retomé mi lugar en el canapé; pero la misma voz desconocida me dijo: “Ten cuidado, estás rodeado de enemigos; los poderes invisibles buscan atraerte y retenerte. Tu eres prisionero aquí: trata de salir y lo verás.”

    Un velo se rasgó en mi espíritu, y se hizo evidente para mí que los miembros del club no eran otra cosa que cabalista y magos que buscaban arrastrarme a la perdición.

     

    IX. Tread-Mill

    Me levanté con mucha dificultad y me dirigí hacia la puerta del salón, que alcancé después de un tiempo considerable, un poder desconocido me obligaba a recular uno de cada tres pasos. Según mis cálculos tardé diez años en hacer ese trayecto. Daucus-Carota me seguía, riendo burlonamente y mascullando con aire de falsa conmiseración: “Si avanza a ese paso, cuando llegue será viejo.”

    Sin embargo, alcancé a llegar a la pieza vecina, cuyas dimensiones me parecieron cambiadas e irreconocibles. Ella se alargaba, se alargaba…indefinidamente. La luz, que titilaba en el extremo parecía tan lejana como una estrella fija. La desesperanza me atrapó e iba a detenerme cuando la vocecita me dijo casi rosándome con los labios: “¡Valor, ella te espera a las once!”

    Haciendo un llamado desesperado a los poderes de mi alma, logré, mediante una enorme proyección de mi voluntad, levantar mis pies que se agarraban al piso y que me era preciso arrancar como troncos de árboles. El monstruo de piernas de mandrágora me escoltaba parodiando mis esfuerzos y cantando con un tono de monótona salmodia: “El mármol gana, el mármol gana!”

    En efecto, yo sentía a mis extremidades petrificarse, y el mármol envolverme casi hasta las caderas como la Dafne de las Tullerias; yo era una estatua, como los príncipes encantados de Las mil y una noches. Mis talones endurecidos resonaban formidablemente sobre el piso: hubiera podido interpretar el Comendador en Don Juan.

    Sin embargo llegué al rellano de la escalera que intenté descender; estaba poco iluminado y adquiría a través de mi sueño proporciones ciclópeas y gigantescas. Sus dos extremos parecían extenderse al cielo y al infierno, dos precipicios; al levantar la cabeza, percibí, indistintamente, en una perspectiva prodigiosa, superposiciones de escalones innumerables, rampas a escala como para llegar a la cima de la torre de Lylac; al bajarla presencié abismos de peldaños, remolinos de espirales, vahídos de circunvoluciones. Esta escalera parecía taladrar la tierra de extremo a extremo, me dije, al continuar mi marcha maquinal. Llegaría abajo la víspera del juicio final. Las figura de las pinturas me miraban con un aire de lástima, algunas se agitaban con contorsiones penosas, como si fueran mudos que quisieran trasmitir un aviso importante en una ocasión suprema. Podría uno decir que querían advertirme de que evitara una trampa, pero una fuerza inerte y tétrica me arrastraba; los escalones eran suaves y se hundían con mi peso, como las escalas misteriosas en las pruebas francmasonas. Las piedras viscosas y fofas se hundían como vientres de sapos; nuevos descansillos, nuevos escalones, se presentaban sin cesar ante mis pasos resignados, aquellos que había franqueado eran reemplazados por ellos mismos delante de mí. Esa maniobra duro mil años, según mis cuentas. Por fin llegué al vestíbulo, donde me esperaba otra persecución no menos terrible.

    La quimera que tenía una vela entre sus patas y había notado al entrar, me cerró el pasó con intenciones evidentemente hostiles; sus ojos verdosos chispeaban de ironía, su boca hipócrita sonreía con mala intención; avanzó hacia mí casi reptando sobre el vientre, arrastrando en el polvo su caparazón de bronce, pero no era por sumisión; temblores feroces agitaban su grupa de leona, y Daucus-Carota la incitaba como a un perro a quien quiere uno azotar: “¡Muerde, muerde! ¡La carne de mármol para una boca de bronce es un regalo soberbio!”

    Sin dejarme asustar por esta horrible bestia, pasé del otro lado. Una bocanada de aire frío me golpeó la cara, y el cielo nocturno limpio de nubes se me apareció de repente. Una siembra de estrellas empolvaba las vetas de ese gran bloc de lapislázuli. Estaba en el patio.

    Para trasmitiros el efecto que me produjo esta sombría arquitectura, haría falta el punzón que empleaba Piranese para rayar el barniz negro de sus cobres maravillosos: el patio había adquirido las dimensiones del Champ-de-Mars, y se había bordeado en algunas horas de edificios gigantes que recortaban sobre el horizonte una dentadura de aguilones, de cúpulas, de torres, de agujas, de pirámides dignas de Roma y de Babilonia.

    Mi sorpresa era extrema; jamás habría imaginado que l’île Saint-Louis contuviera tantas magnificencias monumentales, que además cubrieran veinte veces su superficie real; y no soñaba sin aprensión en los poderes de los magos que habían podido, en una tarde, elevar semejantes construcciones.

    -Tu eres víctima de vanas ilusiones; este patio es muy pequeño, murmuró la voz; tiene veintisiete pasos de largo por veinticinco de ancho.

    -Si, si, masculló el abortón bifurcado con botas de siete leguas. Jamás llegarás a las once; hace mil quinientos años que partiste. La mitad de tus cabellos son ya grises… Regresa allá arriba, es lo más razonable.

    Como no obedecí, el odioso monstruo me envolvió en las redes de sus piernas, y, ayudándose de sus manos como de garfios, me remolcó a pesar de mi resistencia, me hizo subir la escalera en la que había sufrido tanta angustia , y me reinstaló, para mi gran desazón, en el salón de donde con tanta dificultad me había escapado.

    Entonces el vértigo se apoderó completamente de mí; me enloquecí, deliré. Daucus-Carota hacía cabriolas hasta el plafón y me decía: “Imbécil, te he devuelto la cabeza, pero, antes, había sacado los sesos con una cuchara.” Sentí una enorme tristeza, porque, al llevar mi mano a mi cráneo, lo encontré abierto, y perdí la conciencia.

     

    X. No creáis en los cronómetros

    Al volver en mí, vi la habitación llena de gente vestida de negro, que se abordaban con aire de tristeza y se estrechaba la mano con una cordialidad melancólica, como personas afligidas por un dolor común. Ellas decían: -El tiempo ha muerto; en adelante ya no habrá ni años, ni meses, ni horas; el tiempo ha muerto y nosotros vamos en su cortejo.

    – Es verdad que está muy viejo, pero no me esperaba que esto sucediera; se portaba de maravilla para su edad, agregó una persona en duelo que reconocí por una pintura de mis amigos.

    -La eternidad se había desgastado, necesitaba acabar, prosiguió otro.

    – Gran Dios, grité, asaltado por una idea súbita, ¿si ya no existe el tiempo, cuando podrán ser las once?

    – Jamás, grito con una voz tonante Daucus-Dacota, acercándome su nariz al rostro, y mostrándose a mí bajo su verdadero aspecto…Jamás… siempre será las nueve menos un cuarto…La manecilla permanecerá en el minuto en que el tiempo cesó de existir, y tu tendrás como suplicio venir  a ver la manecilla inmóvil, y regresar a tu asiento para recomenzar una vez más, y así será hasta que marches con los huesos de los talones.

    Una fuerza superior me arrastraba, y yo ejecutaba cuatrocientos o quinientas veces el viaje, interrogando la carátula con una inquietud horrible. Daucus-Carota se había sentado a horcajadas sobre el reloj de péndulo y me hacía muecas espantosas.

    La guja no se movía.

    -¡Miserable! Tú has detenido el balancín, le grité ciego de rabia.

    -Para nada, el va y viene como de ordinario;… pero los soles caerán hechos polvo antes de que esta flecha de acero avance una millonésima de milímetro.

    -Vamos, veo que es necesario conjurar los malos espíritus, la cosa vuelve al tedio, dijo el vidente, haciendo un poco de música. El arpa de David será reemplazada esta vez por un piano de Erard.

    Y colocándose sobre el taburete, interpreto melodías de un movimiento vivo y de carácter alegre… Eso pareció contrariar al hombre mandrágora , que se empequeñeció, se aplastó, se decoloró y soltó gemidos inarticulados; al fin perdió toda apariencia humana, y rodó sobre el parquet con la forma de un salsifí de dos raíces. El encanto se había roto.

    -¡Aleluya! El Tiempo ha resucitado, gritaron voces infantiles y alegres; ¡ve a ver el péndulo ahora!

    La aguja marcaba las once horas.

    -Señor, su coche está abajo, me dijo el doméstico.

    El sueño había terminado. Los hachisianos se fueron, cada uno por su lado, como los oficiales tras el cortejo de Malbrouck.

    Yo descendí con paso ligero la escalera que tanto me había torturado, y algunos instantes después estaba en mi cuarto en plena realidad; los últimos vapores producidos por el hachís habían desaparecido. Mi razón había regresado, o al menos lo que llamo así a falta de otro término. Mi lucidez iba a rendir cuenta de una pantomima o de un vodevil o a hacer versos rimados de tres letras.

    Texto publicado en la edición 149 de Crítica


    Escrito por Théophile Gautier

    Poeta, crítico y novelista francés. Figura prominente, durante cuarenta años, de la vida artística y literaria de París.Gautier nació el 31 de agosto de 1811, en Tarbes, y estudió en París. Sus primeros poemas, escritos en la década de 1830, seguían fieles a los principios del romanticismo, pero en 1832 se alejó de estas doctrinas para abrazar la idea de l’art pour l’art (el arte por el arte), puesta de manifiesto en las obras Albertus (1832) y Esmaltes y camafeos (1852), su obra maestra. Gautier opinaba que el artista no tenía ningún compromiso con la ética y que, por el contrario, su obligación era alcanzar la perfección en la forma y la expresión. La impersonalidad y las cualidades técnicas de su poesía fue un antecedente para el parnasianismo, movimiento artístico que siguió al romanticismo dentro de la poesía francesa. Gautier se convirtió en uno de los principales parnasianos, los cuales pensaban que la poesía debía estar más atenta al efecto artístico que a la vida; Gautier influyó particularmente en el trabajo de uno de los miembros más importantes del grupo, Charles Baudelaire.Como novelista, a Gautier se le conoce principalmente por su Mademoiselle de Maupin (1835), expresión de la filosofía de vida hedonista. Escribió también magníficas narraciones cortas de carácter exótico, entre las cuales cabe destacar La muerta enamorada (1836) y El capitán Fracasa (1863). Además, se cuenta entre los mejores y más influyentes críticos de su época. Algunos de sus escritos de crítica son Historia del arte dramático en Francia en los últimos veinticinco años (1858-1859) e Historia del romanticismo, publicada póstumamente (1868). También escribió libros de memorias de viajes como Viajes por España (1845), Viajes por Constantinopla (1852) y Constantinopla (1854). Gautier murió el 23 de octubre de 1872, en Neuilly, a las afueras de Paris.

  • Jim bajo la lluvia

    Pasos mínimos, rápidos. Un corto avance hacia arriba. Corrección de rumbo hacia la derecha. Veloz roce de patas delanteras. Un vuelo circular, y de nuevo al cristal. La mosca estaba encerrada en el taxi desde que emprendieron el camino. Cada cierto tiempo volaba de nuevo en busca de una escapatoria.  Jim giró la perilla sólo tres veces para abrir un poco su ventana. A los pocos segundos, la mosca escapó por la abertura. Entró una cálida brisa de aire y Jim miró el Sol por la pequeña franja entre el vidrio y el marco de la puerta. read more

  • El amigo de mi padre

    Con mi prima íbamos de paseo por las tardes a la playa, corríamos las gaviotas y nos revolcábamos en los médanos, la arena se nos pegaba en todo el cuerpo. Era como estar dentro de una película. Un día le pasé la mano por la espalda con intenciones de limpiársela. Me duele, dijo, y yo paré, pero ella pidió que siguiera. Seguí, dijo. read more

  • Parlamas. Poesía reunida de Roberto Rico

    Ligero flete a pulso

    La frase que abre estas páginas proviene de “Romanza del trailero”, un poema del primer libro de Rico, Reloj de malvarena, publicado en 1991 por la UNAM en aquella colección un tanto irregular pero en la que aparecieron libros excelentes: El Ala del Tigre. Dicha un poco de paso, y seguramente sin proponérselo, la frase reúne tres elementos que me parecen fundamentales para delimitar la obra de Roberto Rico (Cintalapa, Chiapas, 1960). Está la idea de ligereza, el carácter volátil, la sensación de rapidez que transmiten los poemas desde su primera lectura y que se va convirtiendo, con la frecuentación posterior, en lo más cercano que se puede encontrar a una poética que controle toda la obra. El flete: la idea de llevar algo de un lugar a otro, algo que se nos da en préstamo pero no nos pertenece; no hay apropiación en estos poemas, Rico no es un poeta asertivo que le dé a sus lectores un mundo interpretado, mucho menos una ética o una estética que funcione como guía de lectura; hay un discurrir, un flujo natural. La idea del pulso: pulso para controlar un lenguaje brioso, pronto al desboque; pulso para cortar los versos al filo del sentido gramatical y sintáctico; pulso para que lo cotidiano tome la distancia que necesita el poema y para no caer en las trampas de la tradición reciente, sea ésta el coloquialismo sabiniano o el brillo promisorio de las vanguardias neobarrosas.

    Portada

    No en vano poblada de aves, peces, flechas, insectos y medusas, la poesía de Rico es huidiza, dúctil, resbalosa, poesía de paso ligero y elegante que juega a las escondidas con el lector, cuya complicidad reclama desde el inicio. Como los malentendidos y las etiquetas se transmiten fácilmente, se ha vuelto una especie de lugar común decir que se trata de una poesía barroca, difícil y vanguardista. No sé qué tipo de poesía estén acostumbrado a leer los que opinen esto, pero debe de ser una muy sencillita. A mí la poesía de Rico me parece todo menos eso: para el complejo sistema poético que pone en funcionamiento, Rico utiliza el lenguaje muy moderadamente y sin ningún alarde. No en vano escribe Rico muy cerca en el tiempo de la obra de Joaquín Vásquez Aguilar, mártir local del vanguardismo léxico, y de quien debe de haber aprendido muy pronto que la ruptura de la sintaxis y la invención léxica son dispositivos interesantes pero que no valen por sí solos para fundar un discurso, a menos que uno sea Vallejo. Rico dosifica la inventiva gramatical y la señala casi siempre con rasgos de humor. Es ese humor escéptico, con buenas dosis de ironía hacia el poema y quien lo escribe, lo que salva a Rico del preciosismo barroco. Al acentuar los elementos lúdicos y al utilizar a menudo un léxico coloquial que contrasta fuertemente con el léxico rebuscado, Rico se escapa de la tradición barroca y de la propia idea de vanguardia, y se instala en un terreno más moderno, cercano más a Girondo, a Rojas o a Parra que a los guarismos novísimos a los que remite la etiqueta de barroco. Lo que ocurre, para bien o para mal —yo creo que para mal—, es que cualquier poema que muestre una cierta habilidad compositiva es considerado hoy en día como barroco, vanguardista y difícil. Si Rico fuera barroco y vanguardista lo sería por eliminación, por vía inversa, como el virtuoso que contiene su discurso y aun así llega a soluciones que coinciden con las vanguardias recientes. Si fuera barroco, lo sería a su pesar, porque necesita ese léxico, no porque fatigue los diccionarios buscando la sorpresa.

    Mencioné también la idea de flete. La poesía de Rico no es una indagatoria ni un descubrimiento, no es una apropiación del mundo ni una revelación de lo que estaba oculto. Es más bien un reflejo gozoso de la realidad: a Rico le gusta escamotear lo visible y devolvérselo al lector en una textura insospechada. Veamos como ejemplo un solo poema, “Hipocampo de Troya”, de La escenográfica virtud del sepia:

     

    Con un corcel marino entre sus páginas

    a modo de lectura señalada,

    el corazón deviene frente a la coz del escocés con soda

    que merced a girante,

    locomovible mezclador de bebidas (emblema

    publicitario de la fonda)

    agita, esmero y égida, la zurda.

    En ocio la contraria mano

    pone en servicio al mondadientes,

    mala costumbre sana hoy en desuso.

     

    La tarde, meretriz entrada en huesos,

    arroja su siete de espadas

    a la carátula romana de un coliseo en bancarrota.

     

    Sobreviene la noche. En abandono

    de su suerte, el esbelto percherón de vinil celeste

    se rinde al trote de ácido derrotero. Su estampa de hipocampo

    galopa nudos incontables.

    Caleidoscópicas maquetas de acalorado iglú se resquebrajan.

     

    De allí que ostente enjundia el pura sangre

    sofrenado en hialinos bordes. Con ello a su jinete

    le fuera símil refrotar el seno caído de amazona

    que apoyada en escuadra de su codo porfiara gráfico helenismo

    desde el extremo opuesto de la barra.

     

    Vertebran luces diurnas

    la ciudad poseída, aliterada

    troyana sombra que al hundir espuelas

    con el agua hasta el cuello cambia de yegua a la mitad del río.

     

    ¿Cómo hubiera pintado El Greco la preparación de un cóctel en una noche ya casi madrugada de nuestro siglo? Probablemente de una manera similar a como la ha descrito Rico en este poema, que recuerda la argucia del pintor haciendo que la imagen de san Esteban se refleje en la bruñida armadura del conde de Orgaz y sirva como elemento de unión de dos mundos: uno terreno y otro más allá. Rico es de esa estirpe abstracta. En su poesía no tienen tanta relevancia los objetos, cuanto la discreta maravilla de su figura reflejándose. Ese reflejo es el que transporta, el que fleta Rico. No el objeto mismo, sino su reflejo en la armadura del lenguaje. Cargamento evasivo y lujoso, apto para quien sepa buscar los reflejos y no para quien embista de frente al bulto. El tránsito y el transporte, son, pues, los escenarios estéticos del poema; por eso el poeta y sus lectores, dice Rico en otro poema de Reloj de malvarena, son “huéspedes del virtuoso Filoctetes”, habitantes de una cueva en la que yace un hombre con una herida:

     

    Bajo cobijo de una gruta

    aguardamos dictamen del Egeo:

    los dioses en asueto,

    meridionales liras;

    una forma visible, un domicilio y un nombre;

     

    domesticar el canto en las aljabas del eco.

    Y en el pulso, en el que se concentra todo, como en el arco de Filoctetes, está, a su pesar, decidido todo el futuro. De nuevo la comparación pictórica ayuda: pinceladas, trazos finos y miniaturas, el placer de la abstracción y de los colores sepias, que incluso aparecen como declaración en el título de uno de los libros. El pulso administra y sostiene un cuadro, un marco para los reflejos; el poeta, si es responsable de algo, lo es de acomodar el ángulo en el que las formas se reflejen adecuadamente; es responsable de la profundidad de campo y del punto de fuga.

    Viene a cuento todo esto por la posibilidad de leer en un solo volumen los tres libros publicados por el autor: aparte del mencionado Reloj de malvarena, La escenográfica virtud del sepia (Juan Pablos-Unicach, México, 2000) y Nutrimento de Lázaro (CONECULTA, Tuxtla Gutiérrez, 2000), integrados ahora en Parlamas. Poesía reunida (1991-2000) (Secretaría de Educación, Tuxtla Gutiérrez, 2011). No es un libro, por desgracia, que vaya a tener una gran difusión, pero, para los lectores de Rico es mucho más que un ensayo general: es un pequeño acontecimiento. Las enormes posibilidades de la poesía de Rico habían sido percibidas ya por Eduardo Milán, que lo incluyó en Pulir huesos. Veintitrés poetas latinoamericanos (1950-1965) (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2007). La poesía, y sobre todo la que se resiste a las etiquetas, viaja despacio, tarda en llegar. Es como las parlamas que van dando brazadas en la arena, mitad pez, mitad cuadrúpedo, pero saben bien su camino al agua.

     

    Roberto Rico, Parlamas. Poesía reunida (1991-2000), Gobierno del estado de Chiapas, México 2011, 236 p.

    Texto publicado en la edición 149 de Crítica


    Escrito por Luis Arturo Guichard

    Nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas (México) en 1973 y reside en España desde 1997. Desde el año 2003 es profesor de Filología Griega en la Universidad de Salamanca. Sus libros de poesía son Los sonidos verdaderos (México, 2000), Nadie puede tocar la realidad (Béjar, 2008), Versión aérea (Girona, 2010) y Ocho cartas sin destino (México, 2012). Están por publicarse Margen de espejo, en España, y Campanas subterráneas, en México. También es autor del libro de ensayos Hacia el equilibrio. Lecturas de poesía española reciente (México, 2006) y de la edición de la Poesía reunida de Joaquín Vásquez Aguilar (México, 2010).

  • El soporte físico

    ordenar la parte baja para llegar rápido a las puertas de emergencia

    empujar otra palabra o sacar mano del basurero & repartir lo ganado

    al voltear esquinas demora una playa en un espacio de traslación

    el caleidoscopio

    y la mirada al fondo de un diagrama que se inclina read more

  • Los astros dictan el futuro. La historia impone el presente

    (Artaud vs. Cárdenas)

    O colegial lê o abecedário, e o astrólogo, o futuro contido nas estrelas. No primeiro exemplo, o ato de ler não se desdobra em seus dois componentes. O mesmo não ocorre no segundo caso, que torna manifestos os dois estratos da leitura: o astrólogo lê no céu a posição dos astros e lê ao mesmo tempo, nessa posição, o futuro ou o destino.

    Walter Benjamin, “A doutrina das semelhanças”

    (Traducción de Idalia Morejón Arnaiz)

     

    1. Dos extranjeros en México

    En 1936, el poeta y crítico de arte guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, autoexiliado en la Ciudad de México, traba amistad con otro exiliado, el poeta y dramaturgo francés Antonin Artaud. La imagen que guardó del viajero europeo durante su estadía de casi un año en aquel país es definitiva: “Antonin Artaud igual a ‘El Desdichado’ de su hermano Nerval.” Y carga con tintas violentas el retrato del artista, parafraseando los célebres versos del soneto simbolista: “El viudo, el inconsolado, príncipe de Aquitania de la torre abolida. El tenebroso, cuya sola estrella está muerta y cuyo laúd constelado lleva el sol negro de la melancolía.” Antes había observado: “[Artaud] Vino a México en busca de su esperanza. Expulsado de todas partes, vivió desangrándose, vivió atrozmente, la cabeza en llamas, gran señor de la miseria.” read more

  • La muerte del autor

    Ya en el hospital, mientras llega el día de la operación, muchos me preguntan: ¿y qué haces mientras tanto? ¿Escribes?

    La buena voluntad de suponerme escritor tenaz y luchador y buen profesional (y  en el fondo, el mito terapéutico de la palabra artística). No escribo nada, desde luego; me saldría, como siempre, el chorro elegiaco pero eso es lo que menos me conviene ahora. No necesito que ningún médico me lo diga: ya tengo bastante con mi propia muerte como para pensar en la de mis chavales, los personajes, que tienen tendencia a morírseme y a veces de manera poco agradable. Pienso, entre enfermera y enfermera, si me interesará pronto literaturizar la experiencia del hospital: rentabilizarla, en suma. read more

  • Los improbables orígenes del Yo

    En alguna parte de El oficio de perder (2004),[1] Lorenzo García Vega (Cuba, 1926) afirma que hay que “escribir para que escribir tenga sentido”. El narrador, habituado como está a la incomprensión más plena, la de no entender y no ser entendido, insiste en una escritura obstinadamente autista, una escritura imposible que lo lance a un más allá de las palabras y de la literatura. read more

  • Cholultecas

    ORIGEN

     

    Hay cholultecas desde hace cuatro mil años. De los primeros se sabe muy poco. Algo seguro es que les gustaban las puestas del sol, especialmente las del verano, cuando el sol desaparece entre los dos volcanes que, en aquella época, eran simplemente los dos volcanes. En Cholula los ocasos son apocalípticos, con la fumarola del volcán derramando rosáceos y rojos sobre el cielo, las dos moles de piedra alzándose sobre la noche como centinelas negros que no se dignarán ya a abrir las puertas. Algo se pierde en cada atardecer cholulteca, lucidez, astucia, viveza. Va invadiendo, en cambio, el pasmo, el misticismo.

    La segunda cosa que sabemos de ellos es que, a diferencia de los de ahora, eran bastante ricos. Nada más controlaban el negocio entre Teotihuacán, ciudad de dioses, y el resto del mundo con el que entonces valía la pena comerciar. ¿Eran aliados o colonia de Teotihuacán? No sé sabe. Baste con decir que tenían la pirámide más ancha del mundo de aquellos siglos y los de ahora.

    Colonia sí fueron, en el siglo viii, de un grupo extrañísimo llamado los olmecas-xicalancas. Cabezones, de nariz chata y labios gruesos, estos indios tenían más de africanos que de indios. Salvo la creencia de los franciscanos, según la cual los primeros pobladores de esta tierra eran la tribu perdida de Jerusalén, no encuentro otra explicación para estos negroides. ¿Cómo llegaron? ¿A dónde se fueron? Lo cierto es que, antes y después de Teotihuacán, ellos les marcaron el paso a las ciudades del valle de Puebla. Durante cuatro siglos a Cholula le tocó bailar al ritmo olmeca-xicalanca.

    Dato extraño. A los olmecas-xicalancas no les gustó la pirámide. Muy grande, muy colorida, muy bañada en sangre. O como Atila al saquear Roma, quizá no la entendieron. Se instalaron a un lado, sin tocarla, dejando que acumulara polvo y tierra. Y en menos de lo que se enciende un manojo de años, la pirámide se volvió un cerro.

    Nadie la desenterró, ni los cholultecas cuando recobraron el poder, ni los españoles ni los mexicanos. Los primeros la dejaron ser, los segundos le construyeron una iglesia encima y los últimos la usan para ir a volar papalotes. ¿Qué hubiera opinado Notre-Dame si la hubieran olvidado bajo tierra? Polvo eres, polvo serás: eso les pasa a los cholultecas por místicos.

    Tuvieron su oportunidad de desenterrarla en el xii, pero no los primeros pobladores; la oportunidad fue entonces de los toltecas-chichimecas. Eran siete tribus y salieron de Tula a matar. En un siglo poblaron todo el valle de México y Puebla; crearon la ciudad de Tenochtitlán, Tlaxcala, Huejotzingo y poblaron, de nueva cuenta, Cholula. Bajo los centinelas negros, los toltecas-chichimeas se preguntaron ¿para qué, cuándo se pueden construir tantas otras? Hicieron de Cholula su ciudad sagrada, construyeron cientos de templos y un puñado de pirámides: a ella iban a coronarse los señores del golfo, los valles de México, Morelos y del norte de la mixteca.

    Cuando los conquistadores llegaron a México, en Cholula, según Cortés, había alrededor de 20 000 casas; es decir, una población no muy lejana a la de ahora, 100 000 habitantes. París, en la misma época, tenía 150 000.

    CONQUISTADORES

    Los pobladores de las ciudades-estado del valle de México y Puebla provenían de Tula y hablaban la misma lengua, el náhuatl. No por ello dejaban de odiarse. Y cuando el odio es entre hermanos, no hay donde acabar. Con los toltecas-chichimecas las pirámides se bañaron en sangre de punta a punta, rojo parejo, con greñas atoradas entre las piedras donde habían lanzado los cuerpos exangües del enemigo, y el pellejo de las víctimas como vestimenta del día a día. De esta guerra, para el siglo xvi, había dos claros vencedores: Tenochtitlán y Cholula, la primera ganó por las armas, la segunda por la religión. La más jodida fue Tlaxcala.

    Asentada en un valle de tránsito accesible, a diferencia de Huejotzingo, protegida por las barrancas del Iztaccíhuatl, Tlaxcala era el paso obligado en la expansión imperial de los mexicas, la última tribu tolteca-chichimeca en asentarse en el valle que lleva su nombre. Sádicos como pocos, los mexicas se frotaban las manos tramando la estratagema a seguir contra sus hermanos de raza. Y lo primero que se les ocurrió fue… un embargo. Les bloquearon el mercado de la sal y el algodón. Tlaxcala, en náhuatl, significa, el lugar de las tortillas. Pues desde ahora, si se las querían tragar, que se las tragaran acedas.

    Pero, como todos saben, el que ríe al último ríe mejor. Cuando los españoles cruzaron la frontera de piedra construida alrededor de Tlaxcala por los mexicas (los imperios son dados a esos extremos, aunque ahora nos hagamos los sorprendidos), hubo asamblea de ancianos tlaxcaltecas, a la que se coló más de un joven guerrero. ¿Qué hacer, aliarse o pelear contra los barbados? Los de cabello oscuro pedían guerra, los de cabello cano extrañaban demasiado sus tortillas con sal. Optaron por una decisión timorata: enviar al ejército de otomíes a librar batalla, algo así como la fila de magrebíes luchando por Francia en la Segunda Guerra Mundial o los negros, latinos y guerrilleros de toda índole luchando por los Estados Unidos. Para mostrar aunque fuera un poco de dignidad, encabezaba el ejército de otomíes un noble tlaxcalteca: Xicoténcatl.

    A este Xicoténcatl le tocó recibir las primeras balas, que los conquistadores dispararon a distancia considerable. Después, en todo un despliegue de alta tecnología, embistieron los caballos. Las armas cortas de los indios no les daban ni para tocar los pies del jinete: se lanzaron en contra de las patas del animal. Bastaría haber conocido aunque fuera un poco al caballo para saber que ésa era mala estrategia. Al caer la noche, los tlaxcaltecas-otomíes yacían pisoteados, baleados y rematados con navajas de obsidiana. Todavía hubo otra batalla, casi escaramuza, antes de que Cortés fuera recibido en la misma asamblea donde, una semana antes, se había decidido probar el calibre de los conquistadores. Desde ese día, tlaxcaltecas y españoles se hicieron aliados; hasta el día de hoy no se han vuelto a separar.

    Terminado el festín de la alianza, vaciadas las vasijas de pulque, ahora sí. ¿A dónde quería ir Cortés?

    “A Cholula.”

    “Vamos pues”, respondieron los tlaxcaltecas. Pero acompañados de los huejotzincas, que la pólvora y los caballos estuvieron bien para espantar otomíes, pero Cholula era la ciudad sagrada. Allá se daban el lujo incluso de no desenterrar la pirámide que, para entonces, formaba un cerro lindo de verse. Cholula era otra cosa, y esto lo descubrió también Cortés después de unas horas de viaje, cuando divisó la ciudad y detuvo a sus huestes. Así lo describió a Carlos V, meses después: “Esta ciudad es muy fértil de labranzas porque tiene mucha tierra y se riega la más parte de ella y aun es la ciudad más hermosa de fuera que hay en España, porque es muy torreada y llana y certifico a vuestra alteza que yo conté desde una mezquita cuatrocientas treinta tantas torres en la dicha ciudad y todas son de mezquitas.”

    Aquí había que enviar a los embajadores, negociar, aplicar el arte de la guerra; aceptar la hospitalidad de los cholultecas, a condición de que entraran a su ciudad sólo los españoles; hacer oídos sordos a los tlaxcaltecas, totonacas y huejotzincas, quienes les aseguraban que iban directo a una emboscada; hacer oídos sordos a los mismos españoles que, para ponerlo en una expresión muy suya, se cagaban las patas de miedo, porque la pólvora, el metal y los caballos no quitaba que eran apenas quinientos hombres contra una ciudad del tamaño de Sevilla; y, por último, aguantar el frío en la sangre y mantenerle la mirada al indio cuando éste les dijo, muy quitado de la pena:

    “Bienvenidos a su muy humilde casa.”

    “Hombre, qué amable”, le respondió Cortés.

    Y con esa respuesta, y con lo que haría al día siguiente en la noche, se ganó su lugar en todos los libros de texto.

     

    LAS VERSIONES DE LA MASACRE

    Existen tres versiones distintas. La de un fraile que abogaba por los indios, la de un soldado que le reclamaba a la Corona lo que le debía, y la de Hernán Cortés, que le escribía al rey Carlos V. Todas narran un mismo hecho: la masacre de Cholula.

    Empecemos con los números. Bartolomé de las Casas refiere seis mil muertos, más los que, escondiéndose bajo los cuerpos exánimes fueron, dos días después, rematados. Cortés nos da la cifra en una frase que nos lo pinta a él cabalmente: “dímosles tal mano, que en dos horas más de tres mil murieron”. Bernal Díaz del Castillo es más prudente, y eso le costó fama marcial, pero se la granjeó como escritor. Él no abogó en números, “matamos muchos de ellos”, escribe, pero tacha después la segunda parte de su frase: “y otros se quemaron”. ¿Los quemaron vivos? ¿Quiénes los quemaron, ellos mismos, los tlaxcaltecas? ¿Los quemaron en el templo a Quetzalcóatl, al calor de la batalla? Tachado. De acuerdo con el historiador Lomelí Vanegas, los muertos debieron ser, ese día, entre 5 000 y 10 000.

    ¿Quién nos explica la masacre? Bartolomé la entendió como una lección marcial “o castigo (como ellos dicen) para poner y sembrar su temor e braveza en todos los rincones de aquellas tierras”. Los conquistadores negociando con el sadismo y la dignidad, azuzando para sacar después el matamoscas. Bernal se enfureció con esta acusación del para entonces obispo De las Casas. Ante todo un buen cristiano, Bernal se preocupó en decir que ellos hicieron lo correcto, de otra manera los indios seguirían en sus cúes, adorando demonios, Uichilobos, Tezcatepucas, sacrificando enemigos para comer sus carnes con sal y ají y tomates. Fue lo correcto, nos quiere convencer Bernal, y se quiere convencer a sí mismo. Ellos se lo ganaron, por infieles. Pero tacha la frase: “y otros se quemaron”.

    Cortés, por su parte, no da explicaciones.

    ¿Cómo sucedió? Según Bartolomé, los españoles mandaron llamar a los caciques principales de Cholula. Con la excusa de que emprendían el camino a Tenochtitlán, ordenaron les trajeran varios miles de tlamemes: indios de carga, único transporte en un mundo sin ganado. Llegaron cinco o seis mil de estos “corderos muy mansos”, los juntaron en un gran patio, y “ninguno pudo escaparse que no fuese trucidado”. Después tenemos, de nueva cuenta, la hoguera, atizada por los conquistadores para quemar en ella a los caciques. Aquí, Bartolomé se preocupa de darnos un detalle: nos cuenta que algunos lograron escapar de las llamas, subieron a la pirámide, y desde ella les dieron batalla a los conquistadores. Duraron poco.

    ¿Qué dice Cortés? Mató a tres mil en dos horas. Tampoco lo hizo por gusto. Si tal fuera, hubiera “trucidado” a totonacas, tlaxcaltecas, huejotzincas, otomíes. Fue estrategia marcial, que es casi decir estrategia de sobrevivencia. Quienes no han vivido una guerra, qué saben. Según él, los cholultecas, desde que entraron a su ciudad, los mantuvieron a agua y aire. Al llamarlos para ver dónde había quedado la hospitalidad prometida por los embajadores, se hicieron los enfermos: que están malitos. Pero entonces se supo. La lengua, Malinche, fue abordada por una india de la ciudad, noble de linaje; le dijo que a las afueras de Cholula se aprestaba un ejército para darles muerte a los españoles; que se viniera con ella, porque de otra manera no salvaba la vida. Pero Malinche prefirió a Cortés.

    Y cuando éste se enteró, mandó a llamar a los señores principales. De nueva cuenta la escena de su arresto, uno por uno, en una gran sala. Luego un disparo de escopeta como señal para que “diesen en mucha cantidad de indios que había junto al aposento y muchos dentro de él”. Aparece de nueva cuenta la hoguera, pero en este caso se trata de poner fuego a “algunas torres y casas fuertes donde se defendían y nos ofendían”. Concluida la masacre, pedidas las disculpas, los señores principales salieron de vuelta a sus casas, la cabeza gacha, y pisando al vecino, la comadre y al nieto. Al transcurrir las semanas, Cortés se sorprende, salomónico, de que la vida siga su curso: “en obra de quince o veinte días que allí estuve quedó la ciudad y tierra tan pacífica y tan poblada que parecía que nadie faltaba de ella, en sus mercados y tratos por la ciudad como antes lo solían tener e hice que los de esta ciudad de Churultecal y los de Tascaltecal fuesen amigos”. Ni mandado hacer para presidente priista.

    Por último, Bernal. El encomendero de cuarta, soldado sin insignias, sin dinero, con la única compañía de su hijo y los mosquitos de la selva lacandona, escribe, en su vejez, lo que nadie más en la historia podrá escribir antes y después de él: la primera invasión marciana en la Tierra. Y la escribe en primera persona porque, a diferencia del obispo De las Casas, al que no tragaba porque “dícelo de arte en su libro”, él sí lo vivió, en carne y hueso, y dícelo de verdad. Como marciano.

    Llegaron a Cholula invitados por los mismos cholultecas. En los primeros dos días comieron muy bien “y abastadamente”. Después las cosas se torcieron. Al cruzar una calle, el conquistador se topó con una sonrisa burlona de un indio. Otro día lograron librar el cerco los tlaxcaltecas, y se allegaron a sus aliados para informarles que en las cañadas había un ejército mexica. Después, hubo sacrificios en las pirámides. Llegaron de nuevo los tlaxcaltecas, ahora a decirles que las calles tenían trampas con hoyos “y albarradas para que no pudiesen correr los caballos”. Tenían que hacer algo. Cortés optó por sobornar a dos sacerdotes con chalchuis, cristales verdes. Los sacerdotes les hablaron a medias. Hablaron además como quien no les tenían miedo, y sí mucho resentimiento a Moctezuma; parecía ya no creer en sus dioses, un día escuchaba a uno que le decía una cosa y otro día a otro que le decía la contraria, y no hacía nada, que era casi confesar que ya no creía en ellos. Moctezuma ya no valía la pena, pero tampoco valdrían mucho los barbados, así que del supuesto plan de emboscada nada se supo, pero que algo tramaban los cholultecas, eso seguro.

    “¿Qué fue lo que dijeron?”, preguntó Cortés.

    “Que sí, pero que no saben.”

    Estuvo a punto de caer en la treta. Arrojó la moneda al aire y creyó que lo mejor sería esperar a que cayera en la palma de su mano. Fue en ese momento cuando la Malinche (Marina para Bernal) tomó la moneda. La misma anciana de noble linaje con la misma historia contada ya por Cortés fue quien inclinó la balanza.

    Despejadas las dudas, Cortés mandó llamar a los caciques, capitanes y sacerdotes. Burlados en su propia estrategia, encerrados a cal y canto, escucharon una a una las amonestaciones de un profesor con rifle y espada; colegiales desesperados, argumentaron que no habían sido ellos los de la idea, que los obligaron, Moctezuma y sus embajadores, los mexicas metieron cizaña, ellos no querían… Cortés disparó su escopeta. Señal de lo que ya sabemos.

    Bernal relata un detalle que olvidaron por igual De las Casas y Cortés. Se trata del hecho de que, en menos de dos horas, los tlaxcaltecas desbordaron las calles de Cholula e “iban por la ciudad robando y cautivando, que no les podíamos detener. Y otro día vinieron otras capitanías de las poblazones de Tlaxcala y les hace grandes daños, porque estaban muy mal con los de Cholula”.

    Los tlaxcaltecas se cobraron la frontera de piedra y los embargos de la sal y el algodón. Se cobraron una a una todas las humillaciones y carcajadas. Y todavía mandaron llamar al día siguiente a la gente que no había podido patear al muerto, para que viniera a darse gusto. Bernal, al recordar este y otros tantos detalles, le puso la sal a la historia.

     

    LA REINA DE CHOLULA

    Cinco a diez mil muertos, Cholula no pudo recuperarse, y se fue poblando a retazos. Un encaje de orgullosos tlaxcaltecas, un jirón de tepanecas, una borla de huejotzincas, dos mecates de mexicas. Llegaron a Cholula por costumbre: tantos peregrinajes, tantas coronaciones. Allí estaban además los templos y las pirámides para gritarles a los dioses. ¿Adónde se fueron desgraciados? ¿Por qué nos prueban de esta manera? ¿Nos les bastó la sangre de nuestros esclavos? Abajo, a pedradas y por órdenes del conquistador, con los dioses mudos y con Quetzalcoatl pelando los dientes de serpiente alada. Y arriba, en su lugar, la cruz y la Virgencita, la Patroncita, la Emperatriz, la Mamacita de usted.

    Cortés, Bernal y De las Casas, ¿qué fue de ellos?

    El primero conquistó Mesoamérica entera. Su coco: los indios nómadas del norte. Nunca le plantaron una batalla de frente, y así, a carreras, en la sierra, imposible. Ninguno de los territorios que conquistó lleva su nombre, lo tiene solamente un golfo, al norte de México, donde los gringos jubilados comen langostas y los jóvenes ven ballenas.

    Bernal se traspapeló entre los documentos del rey Burócrata, se quedó sin los privilegios que demandaba. Aunque su suerte tampoco fue tan adversa como él la retrata. Se casó con hija de conquistador, pudiente y de influencia en Guatemala. Tuvo varios hijos, hacienda “y abundancia de armas y caballos y criados, como muy buen caballero, y servidor de su Magestad”.

    Bartolomé de la Casas sufrió el peor castigo que imponían los atenienses, después de la muerte: el exilio. Lo removieron con engaños de su obispado en Chiapas y lo pasearon de audiencia en audiencia por toda España. Aliviaron la conciencia con sus palabras, redactaron nuevas leyes con sus argumentos, pero no lo dejaron regresar a la Nueva España, capaz de que les afectaba el negocio.

    ¿Las mujeres? Malinche: léase a Octavio Paz.

    Y la anciana que pudo haber desatado, sin saberlo, la masacre, no tiene hasta ahora nombre. Existe, sin embargo, uno muy sugerente: María Ylamateuhtli. María aparece en el Códice de Cholula de 1586, que trata, sobre todo, de la repartición de tierras; a ella se refieren como la reina de Cholula. Por las fechas, imposible que fuera la anciana que habló con Malinche. Pero por qué no hablar de su hija o su nieta. No era común una reina en ciudades indias, los mexicas no tuvieron una sola, ni tlaxcaltecas, ni huejotzincas, ni purépechas. Nadie, que yo sepa. Es probable que este reinado haya sido, pues, el pago a su traición involuntaria.

    Texto publicado en la edición 149 de Crítica


    Escrito por Alejandro Lámbarry