Crítica 148

  • El taller

    Asistí a un taller literario durante un año, pero tuve que dejarlo cuando me mudé de ciudad. El taller era en París y yo regresaba a vivir a Puebla. Cuando me vi en la forzosa necesidad de pedir o rogar a mis amigos un momento de su tiempo para que leyeran mis escritos, extrañé las tardes en las que un público atento me corregía por igual las comas y el registro narrativo. Por nostalgia, decidí empezar un taller yo mismo. Por motivos altruistas, lo empecé en la cárcel de San Pedro Cholula. read more

  • Prosas

    EL ESPÍA

    Hume es enviado como diplomático desde Inglaterra para que espíe a los franceses. En breve tiempo es considerado un simpatizante de Fran­cia. Con sus informes salva a los suyos de las ofensivas francesas que él mismo alienta y organiza; y entre los franceses nadie sospecha que un ferviente defensor y cronista de la Revolución pueda ser un espía. read more

  • Los glingrigianos: Génesis

    Scott & Robert T. Patterson

    Traducción de José Luis Ramírez Sierra

    Agradecemos a The New Foundation of ALT-GI Science el permiso para traducir y reproducir este artículo en beneficio de toda la comunidad de habla hispana. (N. del T.)

     

    Seremos breves, la relevancia del asunto así lo exige. Ya habrá tiempo para plantear hipótesis y debatir. Hoy nos limitaremos a presentar las pruebas de un asunto que nos ha ocupado por casi tres lustros: la existencia histórica de Brobdingnag y de los glingrigianos. Quienes nos siguen con frecuencia, imaginarán la dimensión de nuestra dicha.

    read more

  • Ese vicio impune, la lectura

    La expresión de un sentimiento muchas veces comprobado, resultado de una experiencia tenida a menudo por muchos de nosotros, se halla en el bonito poema de Logan Pearsall Smith que transcribimos aquí: read more

  • Diálogo en la fábrica

    Marcel Reich-Ranicki, el “especialista en ejecuciones”, el temido crítico de la literatura en lengua alemana, dijo en algún lugar que el apodo impuesto era una tontería ya que sus juicios lapidarios y comentarios cáusticos sobre los libros reseñados no deberían verse como agresiones hacia los autores, sino como muestras de amabilidad hacia sus lectores. Cuando afirmó que la claridad era “la cortesía de la crítica del crítico” parecía buscar que la palabra “claridad” remitiera no sólo a una buena divulgación de las ideas, a una escritura capaz de comunicar con sencillez y exactitud la complejidad de la literatura, sino también a la necesidad imperiosa de la franqueza en las valoraciones y juicios axiológicos. read more

  • Diáspora(s): memoria de la posguerra

    Virgilio Piñera

    Diáspora(s). La Habana, 1993-2002. Grupo literario. Proyecto de escrituras alternativas fundado por Rolando Sánchez Mejías (1959) junto a Carlos A. Aguilera (1970), Rogelio Saunders (1963), Pedro Marqués de Armas (1965), Ismael González Castañer (1961), Ricardo Alberto Pérez (1963), José Manuel Prieto (1962) y Radamés Molina (1968).

    read more

  • Tres poemas

    POÉTICA

    Escribo poesía porque sé que después no haré más nada.

    Mirando profundo en la zona que está

    entre el Bien y el Mal,

    uno sólo puede percatarse

    de que el Hombre sigue

    —como ha dicho Earth, Wind and Fire/

    Tierra, Viento y Fuego. read more

  • Los peligros de ofrecer la otra mejilla

    Pienso que uno de los peligros de la crítica, además de las palmadas fáciles y los lugares comunes, es interpretar de más, espulgar el texto buscando piezas a modo y expandirlas a tal grado que cualquier significado es posible. Muchos reseñistas recrean un libro, lo modifican hasta volverlo completamente distinto, pasan por alto elementos como el tono del lenguaje, la credibilidad de los personajes o el peso de las atmósferas. Entonces no hay un diálogo con el lector, sólo un monólogo que se regodea con sus descubrimientos. Imaginé estos peligros mientras leía Sobreperdonar, libro de aforismos de Armando González Torres (Ciudad de México, 1964), porque este género es el que más se abre a las interpretaciones. El aforismo es un clave para descifrar, un camino que puede ramificarse hasta el infinito. Julio Torri hablaba de los abismos que rodean al poema en prosa: ser una simpleza o un chascarrillo de almanaque. Estos referentes pueden aplicarse al género aforístico cuando es elaborado por manos poco pacientes, por autores que buscan un efecto que se diluye a las primeras de cambio y no deja un aguijón en la mente del lector.

    COMPRAR

    Me parece que Sobreperdonar evita los riesgos del aforismo fácil al partir de una reflexión que se baja del pedestal y reta las fronteras del género abrevando de la poesía, el ensayo e, incluso, la ficción. El tema elegido, el perdón, no está en los reflectores de la literatura demasiado embebida en las habituales historias de amor, en el realismo fácil o en los temas de moda. La disyuntiva del perdón, sus implicaciones y culpas, dan homogeneidad al libro y, al mismo tiempo, sirven como disparadores de distintas posibilidades formales de la escritura: cada uno de sus capítulos tiene su propia respiración y sondea distintas realidades. En el primero, “Donde se discute la pertinencia, o no, del perdón”, nos enfrentamos al aforismo encadenado, partes que gravitan en una estructura poética que se expande. El fondo de esta parte es el perdón como olvido, una forma de eliminar la memoria y ser iguales de nuevo. Sin embargo, borrar el recuerdo condena a repetir los errores y por eso la duda de ofrecer la mano, mirar al otro y empezar de nuevo. Este capítulo también enhebra el odio como un acto puro, racional, que se enlaza con el perdón: “Un rencor impersonal, como un perdón anónimo.” También el autor mira el perdón como un momento de superioridad, colocarse en un trono para, así, librar de culpas a los ofensores. Hay una imagen de González Torres que me seduce: Santos en orgías de perdones, la virtud convertida en aborrecible vicio. El autor apila sentencias como ladrillos y construye en esta primera parte un muro repleto de imágenes, espejos que deforman el poder de los sentimientos.

    En “Cosas que perdonar” el aforismo toma un matiz interesante: el diálogo narrativo que, de improviso, se abre a un coro de voces que, como espíritus en el limbo, hablan de su experiencia con el perdón. Aquí hay un peso mayor para la versión de los verdugos. Es inevitable recordar el fantasma del nazismo, las dictaduras modernas y las innumerables agresiones a las minorías en el mundo. Esto se complica en casos en los que el perdón pierde todo sentido pues la víctima coopera con su victimario, olvida su sufrimiento con tal de complacer al otro. Primo Levi, por ejemplo, escritor italiano que estuvo en un campo de concentración, hablaba del sistema nazi que consistía en despojar a los prisioneros de cualquier cualidad humana, volverlos objetos intercambiables o prescindibles. La dimensión del perdón para los sobrevivientes ya no se enfocaba en los agresores sino en los que quedaban atrás. ¿Cómo se puede pedir perdón a los muertos? ¿Cómo perdonarse uno mismo cuando la vida se siente como una ofensa que desmorona los días que quedan en el camino? Muchos pensaron esto cuando encontraron a Primo Levi muerto en el edificio donde había vivido casi toda su vida, en un aparente suicidio. Si las víctimas fueron despojadas de su conciencia, González Torres también deshumaniza a los verdugos en breves flashazos donde el sufrimiento del otro, su derrota, se desvincula de cualquier culpa y conduce a elementos estéticos, de goce macabro. ¿Cómo otorgar el perdón a alguien que no lo entiende?

    En el tercer capítulo, “El perdón denegado”, continúa la característica reflexiva pero ya no en un tono violento sino en un ciclo donde el concepto se aleja de territorios definidos y busca lo abstracto. La responsabilidad del que perdona es, quizá, aún mayor que la que tiene el que busca redimirse. Si anteriormente los aforismos entretejían la magnanimidad con la soberbia, aquí van en sentido opuesto y hablan del perdón como un acto de ignominia, de locura, de extrema debilidad del ser humano: “Esa patología altruista que aqueja la mente dividida del enamorado del perdón.” Incluso el autor va más allá y habla del perdón del hombre a Dios: José perdonándolo por hacerlo víctima de las burlas al no ser el padre legítimo de Jesús. Pienso también en Job reclamando al creador por la avalancha de plagas que lo destruyen o, incluso, al hombre perdonando a Dios por darle la vida e incluirlo en un proyecto para el cual nunca fue consultado.

    En “Del perdón otorgado”, las voces se mueven en un ámbito liberador. Asumiendo las culpas el territorio es más transparente y se ven los antiguos peligros, las injurias, a una sana distancia. Sin embargo, hay aforismos que previenen un posible espejismo, asumen que el odio sigue agazapado en el alma de los hombres: “Ningún perdón, ni el más generoso que me concedas, colmará la medida de mi culpa y de mi angustia.” También se retoma el perdón como un elemento volátil, cuyas dimensiones trascienden lo filosófico y se acercan a lo estético: “…se llega a decisiones más que éticas, poéticas”. En otras sentencias se contempla la redención desde un punto de vista social: educar a los niños para saber cuándo perdonar. La sociedad también puede ejercer el perdón desde la colectividad, sumando voluntades, pero también puede absorber las injurias, las acumula y las deja en libertad. Pienso en las masas que estudió Elías Canetti, llenas de ofensas que, ante la imposibilidad del perdón y la impunidad de sus victimarios, buscan la inercia de una revuelta para desprenderse de cada uno de sus temores. La venganza, entonces, se mueve en el ámbito de la violencia originaria y la vuelve cíclica, un movimiento que acabó con las esperanzas del positivismo, de la modernidad lineal puesta en jaque por las dos guerras mundiales y la imagen del hombre devorando al hombre.

    Sobreperdonar cierra con un capítulo muy interesante: “El idioma y el perdón”, una cadena de aforismos que nos recuerda el lazo indisoluble del pensamiento y el lenguaje: somos lo que podemos pronunciar, damos vida a palabras o las desmontamos letra por letra. ¿Cómo perdonar cuando no hay palabras o cuando éstas se han devaluado tanto que ya no dicen nada? El autor, sentencia a sentencia, habla sobre el lenguaje como bálsamo o como elemento destructor. El lenguaje es vínculo común, creador de la historia y el arte, sin embargo también es silencio, caos o agresión. Primo Levi apostaba por la memoria del lenguaje para no repetir los horrores del pasado; Gunter Grass habla de reinventar términos que fueron deformados por el nacionalsocialismo. ¿Cómo perdonar cuando la palabra, después de tanta sangre, no es suficiente? ¿De dónde sacar un nuevo término para sustituirla?

    COMPRA ESTE LIBRO

    En Sobreperdonar hay solvencia técnica, no hay palabras de más que pongan en crisis el mecanismo riguroso de lo breve. En cada fragmento hay un pensamiento fugaz pero con suficiente fuerza para latir en la mente después de la lectura. Hay que recordar que el aforismo, a pesar de su condición excéntrica en la literatura mexicana, ha sido cultivado por autores como Francisco Tario, Salvador Elizondo, Luis Ignacio Helguera o Carlos Díaz Dufoo Jr. Sobreperdonar se une a esta genealogía oculta por encausar reflexiones que adquieren diversos significados: en momentos nos topamos con una pared amarga y en otros sentimos la risa del cínico que sabe que todo está perdido. En todos los casos el perdón no se regodea en lugares comunes y se mira con diferentes perspectivas. Si la reflexión mínima puede quedar en sólo un arañazo a la superficie de la realidad, construida por palabras engañosamente sabias que pueden significar cualquier cosa, en Sobreperdonar hay una dirección que siempre punza en la mente del lector y le deja un mundo para interpretar siempre en los límites de la inteligencia.

    Armando González Torres, Sobreperdonar, Libros Magenta, 2011, 69 p.

    Texto publicado en la edición 148 de Crítica


    Escrito por Ale­jan­dro Badillo

    (Méx­ico DF, 1977) es nar­rador, ha pub­li­cado tres libros de cuen­tos: Ella sigue dormida (Fondo Edi­to­r­ial Tierra Adentro/ Conac­ulta), Tolvan­eras (Sec­re­taría de Cul­tura de Puebla) y Vidas volátiles (Uni­ver­si­dad Autónoma de Puebla). Es colab­o­rador habit­ual de la revista Crítica. En 2007 y 2010 fue becario del Fondo Estatal para la Cul­tura y las Artes. Tex­tos suyos han apare­cido en revis­tas como Punto en línea de la UNAM, Letralia.com y Tierra Aden­tro. Actual­mente es coor­di­nador del Taller de Creación Lit­er­aria en la Uni­ver­si­dad

  • Traducir a Beckett

    Alguna gente forja su propio destino, otra es arrojada a él por la oportunidad, la geografía o los dioses. En mi caso, fue una combinación de la oportunidad y la geografía, pues en el otoño de 1951 me mudé de mi aguilera del octavo piso (el cuarto de servicio) en una abominable pension de famille en la rue Jacob a un alojamiento mucho más amplio en el número 8 de la rue du Sabot, atrás de St.-Germain des Prés.

    Para llegar a St-Germain, con su multitud de acogedores cafés, tenía casi inevitablemente que atravesar la rue Bernard Palissy, una minúscula calle empedrada que albergaba una panadería, una verdulería, una lavandería, una carpintería y, sorprendentemente, una casa editora en ciernes, Les Editions de Minuit. Hasta hacía poco el local ocupado por Minuit había sido un burdel, el cual había sido cerrado tres años antes por una banda de cruzados antisexuales en un vano intento de limpiar el alma gala y, con ella, optimistamente, el cuerpo. Pero el punto clave de ese cambio de profesiones es que el local del número 7 de la rue Bernard Palissy estaba equipado con dos aparadores, uno a cada lada de la puerta; antiguamente llenos con las imágenes de atractivos cuerpos femeninos, ahora lo estaban con libros recién impresos. Como siempre pasaba frente al número 7 en mi camino a mis cuarteles en los cafés Deux Magots y Royale, no podía evitar checar los títulos, en especial dos puestos codo con codo, Molloy y Malone meurt, que portaban un nombre, Samuel Beckett, que hizo sonar algo en mí. Yo estaba muy metido con Joyce en ese tiempo, para mí el santo patrono de la literatura moderna, y el nombre de Beckett había aparecido frecuentemente en el contexto joyceano. Lo único que sabía era que él también era irlandés, había llegado, proveniente del Trinity College de Dublín, como lecteur a la Ecole Normale Supériore de París —un signo de distinción— y que él y un amigo francés, Alfred Péron, habían traducido el episodio “Ana Livia Plurabelle” de Finnegans Wake al francés, y que había contribuido con el ensayo introductorio a la colección de doce ensayos sobre el maestro, apropiadamente titulada Our exagmination round his factification for incamination of work in progress. Me pareció recordar también que había publicado una o dos novelas en inglés, con poco o ningún éxito. Pero lo que en mi mente me seguía preguntando era ¿qué hacía él, un escritor irlandés, en las vitrinas de Minuit, un editor francés? Ah, me dije, debe ser una traducción. De modo que me fui corriendo a la librería inglesa de la rue de Seine, donde el propietario, Gaït Frogé, me dijo que jamás había oído hablar de Molloy o Malone en inglés, luego fui a la librería Mistral de George Whitman y la respuesta fue la misma. Concluí, casi, que los libros debieron haber sido escritos en francés. Extraño…

    Aquí, si puedo citarme a mí mismo, un pasaje escrito treinta años antes: “Finalmente la curiosidad se impuso a la avaricia: una mañana, en mi recorrido a St-Germain des Prés, fui al número 7 y compré los dos libros. Más tarde, ese día, abrí Molloy y comencé a leer: ‘Je suis dans la chambre de ma mère. C’est moi qui y vis maintenant. Je ne sais comment j’y suis arrive…’ Antes de medianoche había acabado Molloy. No pretendo que entendí todo lo que leí, pero si existe algo como la conmoción de un descubrimiento, lo experimenté ese día. La simplicidad, la belleza, sí, y el terror de las palabras me impresionaron como pocas cosas lo habían hecho antes o lo hicieron desde entonces. Y la visión del hombre del mundo, su honesta y dolorosa descripción de la misma, su posición sin ilusiones. Y el humor; Dios, el humor… Esperé un día o dos, luego releí Molloy; estuve tentado de zambullirme en Malone, pero resistí la tentación como resiste uno la seducción. La segunda lectura fue más excitante que la primera. Seguí con Malone. Tan buena como la primera. Dos trabajos sorprendentes. Milagros.”

    Un poco después me vi involucrado en una nueva revista literaria publicada en París, Merlin, cuyo primer número apareció en la primavera de 1952 editada por un talentoso y carismático escocés, Alex Trocchi. Cuando nos vimos lo abrumé con mi exuberante, interminable descripción de la obra de Beckett. “Nunca había leído a nadie como él,” insistí. “Completamente nuevo, completamente diferente. Tal vez más importante que Joyce.” Finalmente, quizás para detener el torrente, Trochi dijo: “Bueno, si este hombre es tan maravilloso ¿por qué no escribes un ensayo sobre él?” Lo cual hice en el segundo número. Titulado “Samuel Beckett, una introducción”, comenzaba: “Samuel Beckett, hace largo tiempo establecido en Francia, ha publicado recientemente dos novelas que si bien desafían cualquier comentario, merecen la atención de todo aquel interesado en la literatura de este siglo…”

    Si exceptuamos la frase “si bien desafían cualquier comentario”, ese juicio es uno que sostengo todavía.

    Cuando apareció el número en otoño, llevé un ejemplar a Minuit con una nota para el editor, Jérôme Lindon, preguntando si podría hacérsela llegar, por favor, a Beckett. Cuando la secretaria le comunicó el propósito de mi visita, él le dijo que me hiciera pasar, pero lo que no sabía es que su opinión sobre su descubrimiento irlandés era semejante a la mía. Un hombre alto, ascético, con una línea de cabello que comenzaba a retroceder —estaba todavía en sus veinte— y una mirada intensa como jamás había visto, lucía un impecable traje oscuro y una corbata que hacía juego. En mi traje color caqui de fajina de desecho, me sentí un poco incómodo y fuera de lugar, pero él pronto me hizo sentir a gusto. Me aseguró que se lo haría llegar a Beckett, luego soltó que si bien estaba escribiendo en francés, durante la guerra había escrito una novela en inglés aún no publicada llamada Watt. Debo haber saltado de mi asiento. ¿Podía verla, con el fin de publicar un fragmento en la revista? Él no sabía de la situación de la novela, creía que estaba circulando en Inglaterra, pero preguntaría. Partí feliz con la noticia.

    Pasaron meses sin tener una respuesta de Beckett. O no le había gustado mi ensayo, pensé, o no le interesaba mostrarnos Watt. Para ese momento, al final del otoño, mi habitación en la rue Sabot se habían convertidos en las oficinas de Merlin, donde todos los involucrados nos reuníamos dos o tres veces por semana para discutir la revista, el estado del mundo y los seductores méritos de París. Casi habíamos perdido nuestras esperanzas con Beckett cuando al final de una tarde, en noviembre, durante un nada desacostumbrado aguacero parisino, alguien tocó a la puerta. Abrí y vi a un hombre alto, demacrado, con un impermeable chorreante, el cual sacó, de los pliegues de su impermeable, un paquete húmedo. ‘Entiendo que pidió usted esto.’ Se dio la vuelta y desapareció en la noche. Al abrir el paquete vi que era la largamente esperada Watt, entregada personalmente por el misterioso Mr. Beckett. La mayor parte de Merlin estaba ahí ese día, y he contado en otro lugar como nos quedamos casi toda la noche, leyendo por turnos las páginas hasta que nuestra garganta se cerraba o hasta que la risa o las lágrimas sellaba nuestros labios.

    Publicamos un largo fragmento de Watt en nuestro siguiente número. Beckett había señalado cuál fragmento podíamos usar: el inventario de Mr. Knott de las posibilidades de su atuendo (“En cuanto a sus pies, algunas veces usaba en cada uno de ellos un calcetín, o en uno un calcetín y en el otro una media, o una bota, o un zapato, o una pantufla, o un calcetín y una bota, o un calcetín y un zapato, o un calcetín y una pantufla, o nada en absoluto…”) y las diversas permutaciones de los muebles de su habitación (“Así, no era raro encontrar, los domingos, la cabecera de la cómoda junto al fuego, la cabecera del tocador junto a la cama, el taburete boca abajo junto a la puerta, y la palangana boca abajo junto a la ventana; y el lunes, la cómoda junto a la cama…” etc. ). Sospeché entonces, y más tarde lo confirmé, que al especificar ese pasaje, Beckett estaba sometiendo a prueba la fibra literaria de la revista, pues al sacarlo de contexto podría ser juzgado pedante o aburridamente experimental, lo cual en verdad, según algunos de nuestros lectores, sucedió. Pero no nos preocupó: teníamos una misión y Beckett era nuestro emblema. De hecho, en casi todos los números a partir de entonces, algo de Beckett honraba nuestras páginas. Lo que es más, después de perder pequeñas pero dolorosas cantidades en la revista, al siguiente año decidimos expandirnos y ver si podíamos liquidar nuestras deudas publicando libros. Y, por supuesto, el primer libro que elegimos fue Watt.

    Cuando investigaba para escribir el ensayo sobre Beckett, descubrí que había publicado antes dos cuentos largos escritos en francés, uno llamado “Suite”, en Les Temps Modernes de Sartre, y el otro, “L’expulsé”, en Fontaine. Ambos eran magníficos, y le pregunté a Beckett si podíamos publicar alguno de ellos. “El único problema, dijo, es que necesitan ser traducidos, y yo no tengo ni la inclinación ni el tiempo para hacerlo.” Luego sus ojos se iluminaron. “¿Por qué no intentas tú con uno?” Vacilé. “Cuando lo termines lo revisaremos juntos”, me aseguró. En la locura de mi juventud, dije que sí. Locura porque estaba sentado con un hombre cuyo dominio del inglés era extraordinario, tal vez único —lo había sostenido yo en letras de imprenta— y tenía que recrear, en su lengua materna, su propio lenguaje. Aún así, me puse a trabajar, seguro de que podía terminar la tarea en un par de semanas, apresurado por Trocchi que quería el cuento para el siguiente número. Dos meses después todavía batallaba con él, revisando, pensando: ¿cómo habría dicho Becket esto? Finalmente no pude hacer más y puse las páginas en el correo.

    Unos días después me envió una tarjeta postal que decía que yo había hecho un buen trabajo y me proponía que nos viéramos en el Dôme, para echarle un vistazo. Lo hicimos de inmediato a las 4:00 p.m., una hora en que los clientes eran escasos, en el fondo, donde estuvimos solos. Beckett tenía mis páginas y la edición francesa lado a lado, listo para comenzar. Con las cervezas que pedimos frente a nosotros, leímos mis primeras líneas: “Me vistieron y me dieron algo de dinero. Yo sabía para qué era el dinero, era para mis gastos de viaje. Cuando se acabe, me dijeron, tendría que conseguir más si quería seguir viajando.”

    Beckett estudiaba primero la versión en inglés, luego en francés, luego vuelta a lo mismo, sus lentes de aros de alambre empujados hacia el espeso mechón de cabellos grises, bizqueando, luego sacudiendo la cabeza. Mi corazón, para decirlo de algún modo, colgaba de un hilo. Era claro que mi traducción era inadecuada. Pero estaba equivocado; era el original lo que le disgustaba. “No se puede traducir esto, dijo en referencia al pasaje que seguía, no tiene sentido.” Más bizqueo y la comparación produjo una respuesta optimista. “Es bueno —dijo—, las primeras francés se dejan leer muy bien. Pero ¿qué te parece si empleamos la palabra ‘taparon’ en lugar de ‘vistieron’? ‘Me taparon y me dieron algo de dinero.’ ¿Te parece que suena mejor?

    ”Sí, claro, la palabra ‘taparon’ era mejor.

    ”‘En la siguiente frase —dijo—, estás en lo correcto literalmente. En francés lo escribí así ‘gastos de viaje’. Pero tal vez lo podemos hacer más estricto, decir algo como ‘era para que me fuera’ o ‘era para que comenzara a moverme.’ ¿Te gusta alguna de las dos?” Así seguimos, frase tras frase, Beckett elogiando mi traducción como preludio para moldearla como realmente quería, trabajando aquí con una palabra, ahí con una frase, eliminando, cortando, comprimiendo, siempre encontrando no sólo le mot juste, sino también la phrase juste, cambiando lo ordinario por lo poético, hasta que la prosa sangraba. Jamás para su satisfacción, estoy seguro, pero sí para mi oído. Bajo la varita mágica de Beckett el pasaje quedó como sigue: “Me taparon y dieron algo de dinero. Yo sabía para qué era el dinero, era para que me fuera. Si quería seguir viajando cuando se acabara, tendría que conseguir más.”

    Durante todas esas (para mí) instructivas sesiones, Beckett estuvo sufriendo visiblemente, pues revisar un texto que había dejado atrás varios años antes y a partir del cual había pasado a otros niveles y otras ideas, era sin duda doloroso. Finalmente, durante una de nuestras sesiones sabatinas, como respuesta a un largo momento particularmente desesperado de su parte, dejé escapar: “¿Pero, Mr. Beckett, no se da cuenta de lo importante que es usted como escritor? ¡Usted es mil veces más importante que… Albert Camus, por ejemplo!” En mis ansias por superlativos había caído en el escritor francés contemporáneo que era en ese entonces mundialmente famoso. Ante esa entusiasta declaración juvenil, obviamente extravagante, Beckett me miró con compasión; sus rasgos de halcón reflejaban una respuesta entre desesperada e incrédula: “No sabes lo que dices, Dick —dijo moviendo su cabeza tristemente—, nadie está interesado en esta… basura”, y señaló con desprecio al montón de páginas del manuscrito en la mesa. “Camus —rió—, ¡Camus es conocido hasta en la luna!”

    Su sincera actitud de automenosprecio me entristeció, pues tenía la convicción, que había conservado infaliblemente desde mi primer encuentro con su obra, de que, tarde o temprano, el mundo descubriría y reconocería como era debido a este gran hombre. Pero no es que su negativa opinión sobre su trabajo estuviera basada sólo en su predilección por el pesimismo. Después de todo, este hombre había estado escribiendo incesantemente desde los 22 años, y ahora alcanzaba los cincuenta con no más de un puñado de amigos y fanáticos como nosotros que se interesaba por su trabajo.

    Cuando finalmente terminamos a su satisfacción “The end” (título que finalmente adoptó “Suite”), Beckett me preguntó —para mi sorpresa y no menor placer, pues un voto de confianza de él restauraba en amplia medida la humilde experiencia de nuestra tarea conjunta— si me gustaría traducir otro cuento, “L’expulsé”. Vacilé. “¿Esta seguró de que no quiere hacerlo usted mismo?” Aventuré. “No, para nada —dijo—, no podría, sencillamente no podría. Es una gran ayuda, Dick, creeme.” Así que dije que lo haría, y lo hice.

    Lo que ninguno de los dos podía saber durante esas largas —y para mí privilegiadas— tardes de otoño, era que la vida de Beckett estaba a punto de cambiar, y de cambiar dramáticamente, pues su segunda obra de teatro, mucho tiempo mantenida lejos de las tablas por el destino y los caprichos teatrales, estaba a punto de estrenarse a principios del año siguiente, impulsándolo repentinamente a la fama que merecía y transformando su vida, pública y privada, para siempre. Adecuadamente llamada por un hombre que había esperado tanto La espera, luego fue modificada y llamada finalmente Esperando a Godot.

    Texto publicado en la edición 148 de Crítica


    Escrito por Richard Seaver

  • Los tuberculosos

    beril-viril… como si a posteriori ironizante del sodio

    rechazado, humillado, trastabilla loca de ansiedad, loca

    con lazos de flexiones pélvicas

    en los cachetes; y viene usted con ese laúd pobre,

    /empobrecido

    que carga el peso de esas cuerditas ñoñas,

    no entre compotas de mango ni mamey-caney,

    entre pequeños sorbos de aguardiente

    y putas sin status (la garrapata cabezona que no tiene

    /bastoncillo,

    ni siquiera crecimiento en las pestañas, anhela).

    escombreo onto-feminoide (oídos rotos de las sirenas):

    mosquitas, mosquita que perturba el tiempo del tic

    donde la memoria se contrae y baja

    su energía (mezcla de colores brillantes), quieres anular la otra,

    la que ha matado con su cruz de azufre, de humo,

    de olfato esclavizado a la membrana invertida,

    para que el movimiento del paisaje exterior

    siempre sea aparente, montada sobre esta tarima

    con lentejuelas y los maricas los otros que vienen a ser de

    padres o comadrones, quiero decir comadrejos; como si

    /no existiera

    una gravedad, una vasta luz que tintinea

    por los extensos pabellones de las cínicas: ¡oiga, de las clínicas!,

    o no se da cuenta que empieza a amputar las palabras,

    tal si se tratara de la pierna podrida del usurero,

    o del que viene por la noche

    con su andar desagradable a inyectar su duda,

    sus límites en el huevo tranquilo, blanco,

    donde la fe crece como una yema

    que gira y se interrumpe… hasta yo hablaría mejor de la blancura

    del espesor súbito que siempre va a arrancar

    /las máscaras

    de estos señores menesterosos

    que vienen con su física trasnochada

    a establecer una suerte de geometría

    que sirva para medir la angustia insular y controlarla

     

    pero aquí no hay corintios, ni coronas

    para esas palabras que saben a cucarachín, líquido, licor: el insecto

    tiene prometido el retorno de su alma, intacta, espejeante, lista para

    ser contemplada, autoviolada como si los desmayos quedaran

    para contarse como un apéndice del psicoanálisis…

    /ellos permanecen

    con sus parloteos como exquisitos ejemplares

    que la ornitología no va a rechazar

    porque esos aloncitos húmedos

    necesitan la payasada rosadita, con todos los flecos

    bien dispuestos de tal manera

    que cada espíritu de estos pájaros muertos

    pueda conservar su risita, su ironía,

    la infinita tersura de lo que abandona el cuerpo.

    y me sorprendo, creo que con razón, de que este ruido marítimo

    saturado del molusco y la simulación

    haya desviado mi ojo, mi voz del sitio

    donde ella reconoce su origen… pero lo legítimo siempre

    /prevalece,

    no necesita de la estructura, ni de la pecera

    con esos personajes plateados que van a adormecer

    a aquellos próceres que aún no han alcanzado

    el sosiego detrás de los retratos; y la extrañeza que transmiten

    estos huesudos y pálidos, culpables del movimiento armonioso

    de mi lengua, quizás se deba a que han logrado existir

    en un boceto que no se paraliza… ¿fético, cómo usted puede

    /ser fético

    nuevo cada cierto tiempo, sin que este sombrero enorme

    pierda el sentido de estar rodeado de la maldita circunstancia

    del aire por todas partes?

     

    ¿qué nos sucede…? la maldita circunstancia del

    aire por todas partes

     

    ellos conversan animosamente pero a intervalos callan,

    y escuchan a Paul Klee que dice a su padre: la

    posteridad, la posteridad,

    la posteridad, y no se preocupe siga con su humo,

    con su tabaco,

    con su rostro magro,

    con su rostro femenino su poetisa, cada vez más delicada,

    como el verso, como la luz declinatoria y absoluta.

    ¿y la potencia médica señor, y la potencia médica?

    no se da cuenta que está allí

    entre el murmullo de esos alienados,

    y no en este hermoso aparato de rayos X… mi vecino posee

    otro aparato de fabricar cigarrillos, también hermoso

    y torpe… ¿qué me dice de esa economía (como fragmen-

    ta al cuerpo),

    de esta picadura en residuas, inmanente?

     

    ¿qué sucede en la lomita soterrada de la isla, qué sucede allí

    donde todos hacen ejercicios

    indicados por un tibetano?

    ése es su sitio Fidelio, su sitio prevalece,

    aunque el congreso de especialistas haya acabado ayer,

    en el palacio, en el palacio…

     

    Texto publicado en la edición 148 de Crítica


    Escrito por Ricardo Alberto Pérez

    Nació en La Habana, Cuba, en 1963. Ha publicado los libros de poemas: Geanot (el otro ruido de la noche), Ediciones Abril, 1993; y Nietzsche dibuja a Cósima Wagner, Editorial Letras Cubanas, 1996. Obtuvo la Beca de Creación otorgada por el Parlamento Internacional de Escritores, con residencia en Brasil durante dos años. Con el libro Manía de Carcoma, obtuvo el VIII Premio de Poesía La Gaceta de Cuba, 2003. Es miembro del proyecto de Escritura Alternativa DIASPORAS, y del consejo de redacción de la revista, y del Parlamento Internacional de Escritores; y cumple actualmente un programa de acción cultural para defender la legitimidad de lo intelectual en la sociedad contemporánea. Autor de las antologías El jardín de los símbolos -Antología de poesía cubana (Santiago do Chile); Habana Medieval – Antología de Poesía Cubana – EDIUPF – Passo Fundo – Brasil.