Crítica 147

  • Ettore Schmitz (en arte Italo Svevo) en la vida cotidiana

    Traducción de Juan Leyva

    Conocí a Ettore Schmitz en mi juventud; no contaba yo aún con 17 años cuando me enamoré de quien sería mi esposa, que entonces tenía 15, y me correspondía.[1] Nos comprometimos prácticamente sin pedir la opinión de nuestros padres. Fue así como aprendí a conocer la profunda humanidad y falta de prejuicios de mi futuro suegro, los cuales demostró desde el primer momento (aunque no lo supe entonces, sino apenas recién casado). La mamá de Letizia, mi pequeña prometida, se preocupaba por mi asiduidad y por la disposición de su hija, y suplicó al marido que interviniera para que yo dejara en paz a la joven. En el fondo no era mala idea: éramos todavía unos muchachillos, y era de temerse que la mía fuera una pura infatuación y que Letizia acabara por sufrir. El marido vio la cosa desde un punto de vista muy sereno, y prometió hablar no conmigo, sino con su hija. Lo hizo con bonhomía, para hacerla afrontar el problema con seriedad, estudiando a fondo sus sentimientos; y con una especie de parábola (ya he contado el episodio, pero lo repito porque pienso que revela a un tiempo lo más profundo del hombre y del escritor). Habló a Letizia de un campesino que, habiendo ido a la feria para comprar un caballo y no habiéndolo encontrado, había vuelto a casa, naturalmente a disgusto, con un asno. “Ahora que te has comprometido con afecto tan precoz —le dijo—, trata de entender bien qué es lo que quieres, para no arriesgar tu porvenir; no decidas antes de una buena reflexión, no vayas a optar por el asno si en realidad lo que quieres es un caballo.” Parece que mi mujer no se equivocaba puesto que, a tantos años de distancia, todavía no se ha declarado insatisfecha.

    Les he contado un episodio que caracteriza a mi suegro, que tenía una personalidad profundamente humana e inspirada en un interés extensivo a todo ser viviente, hombres o animales. Por estos últimos cultivaba un afecto que se revela en muchos de sus textos, como “La madre”, “El perro Argos”, “La burla lograda” y otros. Solía decir que mientras más conocía a sus semejantes más se aficionaba a las bestias. Entre los hombres, le interesaban sobre todo los jóvenes. ¿Era su frescura lo que lo atraía? ¿O era una nostalgia que lo llamaba a la juventud, a él, mayor sí, pero que se sentía tan viejo? Es verdad que hacia mis amigos y yo, estudiantes imberbes que no alcanzábamos los 20 años, él, que tenía alrededor de 50 y había por tanto llegado a una madurez y una segura y cómoda posición social, demostraba una comprensión cordial, por lo general inexistente entre ambos grupos. Le complacía ocuparse de nuestras cosas, participar de nuestras vicisitudes, siempre generoso en consejos y, creo, incluso en ayudar a quien lo necesitara. Nos inspiraba una confianza en la vida que él mismo, en lo más hondo, estaba lejos de sentir.

    Era conmigo muy afable. Nos entreteníamos a menudo con literatura italiana y extranjera (estaba yo en tercero del liceo y me encantaba el tema), y Svevo me confesó que había escrito dos libros. Ante tal homenaje, los leí con toda atención. Cierto que entonces no entendí su arte en toda su novedad y sutileza, pero me gustó muchísimo Senilidad.

    Luego nuestras relaciones se interrumpieron por varios años. Yo me fui a Turín para asistir al Politécnico, y después a la guerra, como voluntario del ejército italiano. No volví a Trieste hasta 1918, para reencontrarme con aquel que en abril de 1919 se convertiría en mi suegro y para, más tarde, estar junto a mi mujer. Desde entonces, hasta su muerte, vivimos en la vieja Villa Veneziani, donde nacieron mis hijos ―sus nietos―, o en la villa de Opicina, que le era tan querida. Le fui muy próximo incluso en el trabajo, ya que entré yo mismo a la Veneziani. Nuestrarelación era, más que de suegro y yerno, la de dos amigos de distinta edad, en la cual el más viejo cargaba el peso de una innata y grande sabiduría, refinada por una profunda experiencia en la vida y aquel bondadoso humorismo tan suyo. En esos primeros años asistí a la resignada desilusión de Italo Svevo por la falta de éxito de sus dos primeros libros, y fui testigo de la vuelta a la escritura que nos premió con La conciencia de Zeno. Así vi nacer, uno a uno, los capítulos que escribía en su estancia aislada en Villa Veneziani y, en verano, en la Opicina, que hoy se llama Villa Tykha. Supe día a día de sus vanas tentativas por dejar el cigarro, del cual era un esclavo incondicional, y que acabó por acortarle la vida. Cada día hablaba de dejarlo y cada día volvía a las andadas. Yo apostaba a menudo con él a que no sería capaz de dominarse y, por supuesto, ganaba. Pero incluso en esta eterna lucha que, en el fondo, le causaba angustia, no se guiaba más que por el humorismo. Una mañana, antes de salir, apostó por enésima vez que habría de dejarlo. Por la tarde, a vuelta del trabajo, se encontró con mi mujer y conmigo y dijo: “ay, hijos, lo he logrado, no he fumado en todo el día”. “Bravo, papá” —le dijimos; y él: “me siento verdaderamente otro, y ese otro siente unas ganas locas de fumar” —añadió, y salió disparado a encender un nuevo cigarrillo. Este invencible sometimiento al tabaco dio origen al famoso capítulo de La conciencia de Zeno. Una noche fui con él a una excursión de pesca a la que nos había invitado el fino poeta triestino Ettore de Plankenstein, a quien le fascinaba la pesca. Nos acogió en su barcaza y navegamos sobre el espejo de agua hasta el baño Savoia. Y Svevo, que era por naturaleza poco diestro, fue, en cambio, muy afortunado. Luego de mil aventuras con cañas, carnadas y el hilo, que se enredaba, tiró abordo un magnífico robalo (especie de lubina) de unos buenos kilos. Mas, desde luego, cuando volvimos a casa por la mañana, mi suegra juraba que ese pez había sido pescado… en la pescadería. El escritor convirtió esa experiencia en un episodio de su obra.

    Así, el libro fue escrito capítulo tras capítulo, reelaborado, concluido y, finalmente, consignado al editor Cappelli para su publicación. Entonces era lector y asesor de Cappelli el escritor Attilio Frescura, autor entre otros libros de uno muy interesante que había causado sensación: El diario de un emboscado.[2] Frescura, de acuerdo con el editor, propuso a mi suegro algunos cortes, hasta donde recuerdo, muy sustanciosos, que fueron aceptados por Svevo muy a su pesar. Desafortunadamente, no quedó el menor rastro de aquellos fragmentos: ni el autor ni mi suegra tuvieron la precaución de recuperar la copia; tampoco se encontró nada entre los papeles que mi suegro dejara a su muerte, y ya era demasiado tarde cuando mi mujer y yo nos interesamos en ellos. El propio editor buscó en sus archivos, sólo para asegurarnos que no había encontrado nada. Es una lástima, repito, porque quién sabe qué cosas interesantes se perdieron así para siempre.

    Lo que caracterizaba a mi suegro era su enorme bondad y generosidad,  y, como ya he dicho, un humorismo bonachón. Y he aquí otra anécdota. Habitábamos en el primer piso de la Villa Veneziani, gran conjunto de casas construido por el abuelo para su familia, y que continuaba creciendo a medida que las hijas se casaban y venían a habitarlo. Así había llegado incluso Italo Svevo en 1896, luego de su matrimonio. La villa se servía de una instalación común para la calefacción. Dado que el piso bajo era ligeramente húmedo y el segundo, debido a la mayor exposición bajo techo, más frío, la caldera era forzada, en pleno invierno, a dar un mayor calor a aquellos dos apartamentos. Y nosotros, pegados uno a otro, teníamos en casa una temperatura excesiva. Ya de familia teníamos inclinación al refunfuño, mas no sabíamos que Svevo también la tuviera, pues una tarde, de regreso a casa, desahogó su protesta. Mientras se quitaba el abrigo espetó: “¡Fuera agosto!” “¿Por qué, papá”, le preguntamos, saliendo a su encuentro. “Oh, bella, para gozar un poco de fresco”. En otra ocasión, en Londres, al probarse un traje de un sastre que afectuosamente le había cuidado la línea, pidió que se lo ampliara. “Pero por qué” —preguntó el sastre casi ofendido. “Por fuerza” —respondió—, “soy bailarín de profesión y debo tener libertad de movimiento”. Hay que subrayar que mi suegro era algo corpulento y de movimientos más bien titubeantes. El sastre lo observó cuidadosamente y se quedó boquiabierto.

    Tenía un modo muy suyo, bromista y casi paradójico, de establecer un concepto. “El hombre de nuestro tiempo” —decía por ejemplo—, “cuando nace es todavía salvaje, o más bien un animalejo. Se nutre de comidas naturales y simples, y luego con dificultad se acostumbra a disfrutar aquellas más complicadas que la civilización le ofrece. Se afina por ello lentamente y deviene por completo civil sólo el día que llega a disfrutar en pleno… el gorgonzola”.

    Era incapaz de un rencor verdadero, aun ante aquellos que lo criticaban con saña. Sólo con Caprin se lo tomó muy a mal, y se quejó de Montale y Prezzolini. De un tal Ciarlantini que se había marchado a América del Sur a un viaje de propaganda fascista, y que hablando de la renovada vida literaria italiana había puesto pinto a Svevo (cierto, para el fascismo, sus personajes, que no pueden llamarse héroes, resultaban detestables), el autor se vengó deformando el nombre de Ciarlantini, y siempre que a él se refería lo cambiaba por Ciarlatani. Conseguía inmediatamente una atmósfera cordial en torno suyo. Y al propósito he aquí una anécdota más, ahora en torno a su verdadero apellido. Cuando, hacia 1910, la citada Veneziani pactó acuerdos con una gran firma alemana de Mülheim, cerca de Colonia, a fin de fabricar la pintura submarina, Schmitz fue comisionado para dirigir las tareas en aquella plaza.[3] Llegado a Mülheim, le fueron puestos a disposición siete colaboradores preseleccionados. Svevo se propuso darles el mejor trato, y les preguntó en tono cordial cómo se llamaban. El más viejo respondió: “somos cuatro Mueller y tres Schmitz”. “Bien”—respondió—, “ahora somos cuatro Mueller y cuatro Schmitz”, y el entendimiento se creó de inmediato.

    Era, como ya se ha dicho y escrito, enormemente distraído. Siempre inmerso en sus pensamientos, en sus lucubraciones; se apartaba a menudo de la vida real. De ello me parece particularmente instructivo el episodio de Villaco, adonde su familia había ido de vacaciones. Estaban por volver y la esposa debía hacer las maletas (él era del todo incapaz); por tanto, le encargó al marido que llevara a la hija de paseo. Durante éste Letizia se detuvo ante un aparador de juguetes. Mi suegro, inmerso en sus pensamientos, continuó por la calle, y después de un rato regresó solo al hotel. “¿Y la muchacha?” —preguntó  de pronto la esposa angustiada. “¿Qué muchacha?” —fue la respuesta tranquila del marido, que en aquel momento, de una muchacha, no se acordaba para nada.

    Svevo era muy musical, tenía un oído casi perfecto, y había estudiado violín. Sin embargo, no era manualmente hábil para la ejecución, por lo cual en ello dejaba algo que desear. En casa, junto con tres amigos diletantes pero excelentes músicos, se había conformado un cuarteto que interpretaba con frecuencia música clásica. Mi suegro era el segundo violín. Un día tomaron la decisión de afrontar un nuevo pasaje. En cierto momento, el segundo violín debía interpretar un solo. Svevo lo estudió concienzudamente, pero la noche que probaron juntos por primera vez su deficiente técnica lo traicionó. Luego de un par de compases se detuvo y preguntó casi irritado: “¿quién es el que desentona?”. ¡Era él! Y aquí conviene recordar que el primero que en Trieste entendió, apreció y difundió a Wagner fue Ettore Schmitz.

    También se interesaba mucho por las artes figurativas; mantenía estrecha amistad con el pintor Veruda y ayudaba, como podía, a otros pintores: Fittke, Rietti, etcétera. Tenía el don de un finísimo gusto casi pionero. Apreciaba las nuevas escuelas, las innovaciones de los jóvenes. Alrededor de 1900 hubo en Trieste una exposición  de cuadros entre los que figuraba “Las dos madres”, de Segantini, hoy en la galería de Brera. Svevo, junto con Veruda, le propusieron su adquisición al Museo Revoltella, e insistieron inútilmente, porque prefirió el “Beethoven” de Balestrieri, que en verdad no resiste la comparación.

    Tuve el privilegio de ser vecino de mi suegro incluso en el trabajo, y colaboré con él a lo largo de muchos años. Era un trabajador concienzudo, muy concienzudo y eficiente, aunque no puedo decir que amara el trabajo. Su gran pasión, en tanto reprimida, era la literatura, el escribir. Habitualmente se abstenía y cumplía las tareas asignadas con profundo sentido del deber para consigo mismo y su familia, y para quienes le habían dado la posibilidad de satisfacer las necesidades familiares. Lo dice con frecuencia él mismo en sus cartas y apuntes. Pero pese a su propósito de “eliminar… aquella cosa ridícula y dañina que se llama literatura” de su vida (Diario, 1902), apenas le quedaba un momento libre, garabateaba sus pensamientos sobre el primer papel que le caía a mano, a veces, joyas de observación y de filosofía.

    Ettore Schmitz fue un italiano impecable, y ocupó cargos directivos en asociaciones como la Liga Nacionaly la Gimnasia Triestina.Pero, más que a través de estos cargos, influyó en la vida ciudadana instruyendo, y querría decir, educando multitudes de jóvenes alumnos en el Instituto Superior Comercial Revoltella, donde enseñó por algunos años. Debe de haber todavía, más bien ya entrados en años, algunos de aquellos que disfrutaron de sus enseñanzas. Sería de veras interesante poderlos conocer y oír su opinión sobre su maestro.

    Luego de este rápido y fragmentario recorrido, me resta sólo hablar de su dramático fin, digno a cabalidad de un filósofo estoico. Gravemente herido en un banal accidente automovilístico (una patinada sobre una calle fangosa en Mota de Livenza), y después de ser rescatado junto con su esposa y su nietecito Paolo (incluso ellos no levemente heridos), mi mujer y yo lo encontramos, en plena noche, en la cama de aquel hospital, y de inmediato notamos que respiraba con dificultad. Junto a él, en otras dos pequeñas camas, descansaban —el sueño inquieto pese a los calmantes— la esposa, con fractura en la base del cráneo, y el nieto, con lesiones en la pelvis y heridas en el rostro. Estaba también el doctor Aurelio Finzi, sobrino preferido y médico de cabecera de Svevo. Para la mañana mi suegro había empeorado, el corazón no había resistido el choque y sufría de insuficiencia cardiaca. La escena era trágica y patética. La abuela permanecía semidormida, el abuelo luchaba con la respiración; el nieto, aislado por un biombo para que no se diera cuenta de lo que ocurría, jugaba con un canarito que le habían traído sus enfermeras en una jaula, para distraerlo. Mi suegro respiraba muy penosamente, pero a ratos se informaba de su esposa y de Paolo. “¿Como está mi Cioci?” —preguntaba, plenamente al tanto de la inminencia del fin. “Guardè fioi” —dijo en un momento—, “vardè come che se mori”.[4] Luego, volteando a ver al sobrino Aurelio, le pidió un cigarrillo, que el médico le negó. “Sería justo el último”[5]—exclamó. Después de un instante, al ver que su hija no podía contener las lágrimas, le dijo: “no pianzer Letizia, no xe niente morir”. Fueron sus últimas palabras. La respiración se hizo más difícil y, luego, se apagó para siempre.



    [1] He suprimido los párrafos iniciales y final del texto porque se refieren sobre todo al contexto inmediato de una exposición para la cual fue escrito en 1966; dejo, pues, únicamente aquello que constituye la semblanza biográfica del escritor. N. del T.

    [2] La palabra imboscato tiene el mismo valor que para nosotros en español, pero también designa a alguien que se oculta para evadir algún deber, y específicamente el militar. Por el contexto, bien podría ser éste el caso. N. del T.

    [3] La suegra de Svevo poseía la patente de una pintura para barcos que evitaba las adherencias corrosivas del casco; al parecer, la familia mantenía en secreto el componente clave, que sólo miembros de ella podían aportar en la fabricación; por eso, cuando el escritor se incorporó al clan Veneziani, pasó a jugar un importante papel en tareas gerenciales por distintas partes de Europa. N. del T.

    [4] Éstas y la frase de más abajo, en dialecto triestino, con el valor aproximado de “miren hijos, cómo se muere” y “no llorar Letizia, no es nada morir”. El estilo de su escritura, salpicado de dialecto y de esos infinitivos junto a nombres pese a la necesidad de declinación, fue uno de los motivos por los cuales la crítica se resistió al principio a aceptar la obra de Svevo; como en el caso de Gógol (ucraniano) con la literatura rusa, tocó a un marginal de la cultura renovar la novelística italiana. N. del T.

    [5] Svevo juega aquí con la frase recurrente de su personaje de La conciencia de Zeno, que, como el escritor, se proponía a menudo dejar de fumar y afirmaba siempre que la que tenía en mano era “la vera ultima sigaretta”.

  • Un cuento frustrado causa mal aliento

    Después de treinta minutos cuelgo el teléfono. Me asusto. ¡Ya me chingué! ¿Si Ricardo toma la idea para escribir el cuento antes que yo?

    —Pues apúrate, tontita —murmura Héctor, mi marido.

    Caigo pesadamente sobre la cama, junto a él. Miro el techo y manoteo furiosa: no es la primera vez que por buena gente platico sobre algo que quiero hacer y luego aparece publicado en algún lugar. Héctor sonríe, voltea hacía mí y me jala para besarme.

    —Más vale que te asegures de terminarlo antes que él.

    Héctor sabe bien que el problema es mi inconsistencia. Cuántas historias empezadas, guardadas, perdidas en varios cuadernos, incluso hojas sueltas o servilletas; cuántas más en mi computadora escondidas dentro de un archivo que está dentro de un archivo que está dentro de otro archivo y ninguna terminada. A lo mejor dos o tres sí, pero sólo porque él me lo ha exigido, pues se me ocurre a veces leerle mis cosas en voz alta y se enoja cuando no están listas.

    —¿Cuál es mi problema, Héctor? 28 años, licenciada en Letras…

    —Una sonrisa vendedora, dos ojos grandes y una cadera que… —interrumpe  mientras acaricia mi cara—. ¿Qué te detiene?

    —¡No lo sé, dime tú! —le contesto con fastidio—. Pero te lo juro, Héctor, ahora sí acabo porque acabo.

    Ricardo dejó de escribir. Seguro de haber cumplido con la labor del día, poco le importó describir en las primeras cuartillas al sujeto que por las noches le diría a María al oído “Te amo”, una y otra vez, mientras ella hacía un esfuerzo para no reaccionar y dejarse llevar a la primera provocación, apretando los ojos, apretando todo el cuerpo. Lo imaginaba viéndola dormir, disfrutar el olor dulzón que ella desprendía, que inundaba el cuarto, ese cuarto situado frente al mar, en cualquier playa del Mediterráneo (aún sin definir); lo imaginaba tocando su pelo largo abultado, sus piernas firmes y sus senos grandes apenas cubiertos por las sábanas. Enseguida sintió celos…

    Hacía apenas unas horas que por teléfono, y en buenos términos, se había despedido de su exmujer. En sus propias palabras: “Me es imposible dejar de saber de ti…” ¿Cuánto hace de esa historia? ¿Por qué no termina? Ni él mismo lo sabía con exactitud y no le importaba saber. Estaba de vuelta en su ciudad natal para recorrerla ahora sin ataduras; volvía para sortear sus calles viejas, sucias, que se vacían temprano; ciudad que él soñaba cada vez que estaba lejos; a donde siempre había estado y a donde acudiría aunque estuviera en cualquier otro lado.

    No obstante, de un rato para acá le incomodaba el hecho de que el sujeto del que escribía la estaba pasando de maravilla y él no. “No cabe duda, escribo sobre lo que no sé hacer…”, se dijo sin entenderse mientras sorbía de una botella de whisky comprada en alguna vinatería. Tras ello, y sentado en una vieja butaca de madera, se despojó de sus gafas, talló sus ojos con fuerza desmedida y se rindió ante el cansancio frente a la computadora…

    Estoy acostada pero estoy despierta. No puedo dormir. Héctor perdió el glamour. Ronca como oso. Se me ocurre mirar el reloj intuyendo que es de madrugada y sí, son las dos cuarenta y cinco.

    No puedo estar tranquila, doy de vueltas en la cama porque las ideas no se quedan quietas dentro de mi cabeza: la llamada, Ricardo, el cuento… En verdad me gustaría dormir en paz y sentir la brisa que flota en este cuarto; huele a fresco y las olas del mar no rompen con la calma de la habitación…

    Tres y diez de la mañana, falta mucho para que amanezca. No debo pensar. Una pregunta me asalta: ¿cómo consiguió mi número? ¿Amigos, el directorio, Internet, un detective? ¿Por qué le dije sobre mi idea para escribir un cuento? Después de un rato, reflexiono: Ricardo no es quién para eso de las historias de amor, sólo hay que hurgar en su vida personal: sin esposa, sin novia, sin hijos, sin reino, sin barco, sin tripulación…

    Desde la cama alcanzo a ver mi computadora. ¿Y si me levanto a seguir escribiendo? No, ya son las tres treinta y siete, debo descansar. Ya pasé horas tecleando luego de que colgué el teléfono.

    Cambio de lado y me encuentro a Héctor de frente. ¿Sus ojos están cerrados? Sí, sus ojos están cerrados, su boca abierta. Ronca y yo mirándolo dormir. Y pensar que hace un rato esta ternurita de marido estaba sobre mí, sujetándome las manos mientras me besaba; jugueteaba con mi pelo y mis mejillas; con el dedo hacía círculos sobre mis labios sólo para volverlos a besar mientras desabrochaba mi camisón, tocaba mis pechos. ¡Tócame, Héctor, tócame, así, así…!

    “¡Si apenas lo conociste!”, gritó mi madre cuando le dije que me iría a vivir con él. Meses después me preguntaba: “¿Lo amas o lo quieres?” “¿Eres feliz?”

    Las cinco veintitrés. Estoy boca arriba viendo hacia el techo.

    Seis de la mañana. Ahora sí me levanto para seguir escribiendo. Con cuidado que casi hago que Héctor se despierte. Susurro: Estoy escribiendo un cuento buenísimo… —Qué bueno —contestó—. Un cuento frustrado causa mal aliento… —me lanza un beso.

    Ricardo despertó de golpe. Se dio cuenta de que se había desmayado por el cansancio sobre el escritorio. Sorprendido porque si bien aún no amanecía del todo, se alcanzaba a ver ya un pedazo de cielo. Reparó en que sus cabellos estaban revueltos y tenía mal aliento. La botella de whisky estaba vacía.

    Seguramente, pensó, ya debe haber gente en la calle esperando el camión bajo este frío de la chingada. Tras colocarse las gafas, vio que el monitor de su computadora estaba encendido suponiendo que, mientras dormía, aquel sujeto del que escribía, se la pasó acicalándole el pelo a María, rozando sus mejillas, besándola con amor. Peor aún: le habría hecho el amor. No, sólo se la ha de haber cogido, corrigió.

    Con la calma que se requiere ante los mareos producidos por beber demasiado, Ricardo se acercó a la cocina para prepararse un café y buscar algún cigarro que anduviera perdido en su departamento. Encontró uno debajo de sus papeles, las llaves y algunas monedas sobre el refrigerador. Lo encendió.

    ¿El cuento, cómo empieza, cómo acaba? Ni idea, mientras aspiraba el humo. En su mente una frase (sin saber si era suya o no y si ya estaba escrita o no): “Aún la quiero porque nos conocimos en momentos muy difíciles de la vida y en algunos de ellos hasta llegué a extrañarla…” Y recordó que él también había dado besos con amor y que hubo un tiempo en que era dueño de un cuerpo hermoso que se resistía a la primera provocación…

    Un par de bocanadas bastaron para recobrar el equilibrio y regresar a su escritorio. En verdad que hace frío, murmuró amargamente mientras imaginaba a la pareja de su historia despertar en aquel paraíso tropical. Tomó un diccionario (¿qué quería buscar?), lo hojeó apuradamente y sin más lo botó al piso consciente de que, si no se sentaba a escribir, el hambre pasaría por él.

    Desde la ventana observo que las olas arrecian y dejo la computadora para mirarlas cómo se rompen en la playa. Generalmente no disfruto las mañanas. Me levanto de mal humor, pero es un hecho que la idea de Héctor de venir acá por unos días fue maravillosa. Junto a él me siento sensible a la naturaleza.

    Entumida por el tiempo que he pasado escribiendo, me paro y ando con ganas de sentir la arena. Hace un calor delicioso y no me importa si en el cuento taché una frase: “Aunque empeñados en soplar, hay llamas que ni con el mar”, aunque no es mía es parte del soundtrack de mi vida y seguirá conmigo por mucho tiempo.

    Tres o cuatro pasos rumbo al mar, recuerdo, sonrío y miro al horizonte; pienso: cariño, amistad, ternura, simpatía, afecto, atracción, adoración, veneración, pasión, cortejo, flechazo, flirteo, llama, celo, éxtasis y deleite, palabras todas como sinónimos de amor en el diccionario y que son tan distintas que puedo sentir muchas por Héctor pero una sola por Ricardo…

    Ricardo bostezó y un hedor se paseó por el lugar. Algo así como comida descompuesta. Era su boca. Después de varias horas se dio cuenta de que no terminaría su relato. Cada vez que cerraba una línea se abría otra trama y anexaba una línea más, que después tendría que editar.

    Ante la presión del estómago vacío y la falta de alcohol, marcó el teléfono y acordó la primera cita del día: “¿A comer? Claro, ya está. ¿De beber? Creo que sí, aún tengo algo por ahí…”

    Regresó a su computadora y entonces María, redactaría Ricardo, avanzó rumbo al mar mientras el viento le daba en la cara. Aquel día ella se levantó y se encontró con la vida. Sin duda respondería a su madre: sí, sí soy feliz. Y gritó decenas de veces: “Héctor, te amo”, pero mientras una ola se la tragaba, pensó: si pudiera sentir lo que yo, Ricardo escribiría un gran cuento y no estas líneas que terminarán en la computadora escondidas dentro de un archivo que está dentro de un archivo que está…

    Publicado en la edición 147 de Crítica


    Escrito por Oscar Ricardo Muñoz Cano

    Oscar Ricardo Muñoz Cano: nació en Puebla, Puebla, en 1975. Es escritor, actor y periodista. Es autor principalmente de cuento. Actualmente reside en Acapulco, Guerrero. Publicó el libro de cuentos “Sólo los alcatraces son felices” (2005) y prepara una primera novela así como su segundo libro de cuentos. Ha ganado dos segundos lugares en el concurso estatal/nacional de cuento “José Agustín” (2003 y 2004) así como el premio a la mejor obra terminada otorgado por el Ayuntamiento de Acapulco (2004). Ocasionalmente ha participado en encuentros literarios, tales como el encuentro regional “El Sur existe a pesar de todo” (2004 y 2005), y la convivencia con autores toluqueños (2007). Desde el 2006 y hasta este 2010 colaboró con el periódico Novedades Acapulco con diversas columnas de opinión.

  • Materias dispuestas: Juan Villoro ante la crítica

    La fiesta problemática por Gabriel Wolfson

    De entrada, el problema de esta situación concreta: un congreso sobre Juan Villoro (noticia que, según comentó, lo hizo sentirse viejo, si no es que póstumo), a partir del cual leo este enorme libro sobre Villoro. Y ahora, este texto sobre un libro lleno de textos sobre Villoro dentro de un congreso que generará otro buen puñado de textos sobre Villoro. Frente a ello se me ocurren dos opciones: decir algo más sobre Villoro, lo que sea, que contribuya a la celebración de su obra (¿a proseguir su transformación en zombi, aprovechando la reciente visita de George A. Romero a México?), o, con cierta incomodidad, como el tío que llega borracho a la cena para declamar el “Brindis del bohemio”, no tanto hablar de Villoro sino, propiamente, comentar el libro. Y es que el libro, me parece, casi pide, desde su mismo índice, que no lo glosemos simplemente, que no lo destinemos entre aplausos al librero, sino que, a partir de él, pensemos algunas cosas.[1]

    Materias dispuestas: Juan Villoro ante la crítica

    Antes de la lectura, la pura idea del libro sugirió unas cuantas preguntas: ¿es pertinente un libro así, conviene con una obra en plena marcha —más allá de que se sume a una colección, la de Candaya, que ya incluye volúmenes dedicados a Vila-Matas, Bolaño y Piglia, y que remite a los muy buenos tomos que Era, en México, ha dedicado a Rulfo, Paz, Revueltas, Pacheco, Monterroso—? ¿Da por hecho el libro que las coordenadas de esa obra ya están fijas, termina fijando una lectura? ¿Consigue dar la imagen de provisionalidad que, creo, se requeriría en un caso como el de Villoro, o lo consagra y embalsama, es decir: lo saca de la esfera del uso? Al final creo que no, después de leerlo me parece que, pese a todo, el libro no petrifica la obra de Villoro: de hecho, termina haciendo difícil hablar en tales términos de La Obra de Villoro, con esas lúgubres mayúsculas implícitas. Pero es importante decir qué es ese “pese a todo”.

    Un vistazo al índice muestra los tres grandes bloques en que se dividió el grueso del libro: “Villoro ante sus testigos literarios”, “Villoro ante la crítica cultural” y “Villoro ante la crítica académica”. Una clasificación curiosa, como si se dijera que los animales se dividen en vertebrados, invertebrados y aficionados a rasguñar sillones. En la Introducción los editores apuntan que los autores de la primera sección “se antojan interlocutores naturales de Villoro”: ¿por qué, de dónde viene el antojo? Es claro que los parámetros para organizar los textos de esta compilación pudieron haber sido otros: por ejemplo, de acuerdo con el libro de Villoro sobre el que trataran los textos críticos, o por orden cronológico. Pero no, se hizo de esta manera, reforzando una cierta pintura del campo cultural actual, y reforzando un poco la idea de que eso, esos rasgos del campo, son casi lo único de lo que aún podemos hablar. Más tarde los editores elogian las lecturas heterodoxas y profundas que ha hecho Villoro y que lo apartan de la búsqueda de nombre y lugar a pura base de antagonismos sociologizantes: punto que habría sido muy atractivo explorar más, a contracorriente de la tendencia general actual, y que no obstante parece negado, o sumamente cuestionado, por la pura concepción de este volumen, por la estructura que se le asigna desde el índice. Uno se pregunta: ¿qué distingue al primero del segundo grupo, el de los “testigos literarios” del de los “críticos culturales”? En la gran mayoría de los casos, no el tipo de texto (salvo los evidentes homenajes de la primera sección), sino el tipo social de sujeto: la representación social predominante de tales sujetos, que no termina por cierto de perfilarse más que justo a base de antagonismos sociologizantes. Observemos el primer bloque, donde despuntan los testimonios de Bolaño, Marías, Hiriart y Pitol, eminentemente consagratorios: más que textos en este libro, son medallas, otro de los signos que hacen de Materias dispuestas un mapa de los usos y costumbres actuales, ultrasociológicos, del medio literario: ¿no habla su inclusión a la entrada del libro, encabezando a los “testigos literarios”, de una especie de desesperación —contradictoria con los planteamientos de muchas críticas y estudios posteriores— en torno a la desaparición del Escritor, al desvanecimiento de sus contornos más claros, a la posibilidad de que se disuelva en otras figuras —el crítico, el cronista, el agente cultural—, desesperación que se traduciría en gestos de consagración, reconocimiento y reforzamiento de los contornos: agrupar al escritor con los otros escritores, hermanarlo con sus “testigos literarios” y así distinguir a ese conjunto del resto de productores culturales? Me refiero a que habría entendido que un primer bloque se dedicara únicamente a estos testimonios amistosos y admirativos de escritores notables, como pórtico para entrar en materia; pero resulta que la primera sección también reúne textos irrelevantes, reseñas normalitas y correctas como las de Martínez de Pisón, Skármeta o Fuentes: ¿no deberían estar, si acaso, en la sección de “crítica cultural”, donde se agrupan primordialmente reseñas? ¿Sólo porque sus autores son entidades socialmente aceptadas como escritores es que se los aleja de quienes sólo son vulgares críticos? O podría plantearse esto al revés: ¿por qué las muy buenas reseñas de González Rodríguez, Kohan y Enrigue aparecen también en el conjunto de los “testigos literarios”, zona del libro, digamos, más de pachanga que de trabajo?[2]

    En la Introducción, los editores deslizan algunos apuntes (que la obra de Villoro avanza “de modo transversal articulando genealogías ad hoc”, o bien que “revela como nadie la imposibilidad” de abarcar narrativamente una ciudad) cuyo interés mengua si se los contempla no imprecisos sino insuficientes: ¿quién no se mueve ahora de esa forma, qué escritor de valía en la actualidad —al menos en Latinoamérica— no surfea entre tradiciones o registros culturales? ¿Cuál no se ha resignado al menos a que una ciudad como el df, o en realidad cualquiera, rebasa todo intento de representarla teocráticamente a través de la narración? Sin embargo, en esa misma Introducción también se sugiere un elemento que, según yo, se ajusta mejor a la escritura de Villoro y que, además, aparece como una valerosa réplica al tópico crítico actual de la hibridez genérica: después de señalar cómo las novelas de Villoro retoman elementos de las crónicas de Monsiváis, Zavala y Ruisánchez claramente apuestan —lo que se confirmará en las páginas del libro— por la idea de que Villoro sí atiende los géneros, confía en ellos, al mismo tiempo que su prosa —y algo que podríamos llamar su performatividad editorial— confía en una no jerarquía de géneros.[3]

    Es claro que una cualidad de Materias dispuestas radica en que nos permite ver las muchas coincidencias de muchos lectores, en general buenos y confiables lectores, en torno a una misma obra. El libro como tal, pues, brinda un mapa para acercarse y recorrer la obra de Villoro; muestra los tópicos de su recepción y el modo en que se han ido construyendo. Por ejemplo, el carácter posnacionalista, aunque discutido, de su escritura; la habilidad aforística de su prosa; la riqueza de sus fuentes y de la forma en que las emplea. Es quizá más claro, sin embargo, que otra cualidad del libro (y que podría haberse potenciado aún más) descansa en hacer visibles las contradicciones o problemas de recepción. Así, en muchos textos se insiste en el carácter “posmoderno” de la escritura de Villoro, mientras que en otros, los menos, se caracteriza su voz como única, propia, una voz que organiza, juzga y dispone, para nada posmoderna; o bien, cómo muchos textos remarcan la desjerarquización de los géneros —y el trabajo deliberado de Villoro al respecto, diría yo—, mientras que un editor, en su contribución al volumen, apunta que a Villoro, como a Alan Pauls, “les faltaba quizá dar su do de pecho indiscutible en la novela”, de la misma manera que en otro texto se pretende elogiar —flaco favor— el último libro de Villoro, sobre el terremoto en Chile, diciendo que es “mucho más que una crónica periodística; yo diría —dice el autor—, en mi modesta opinión, que es una novela corta de soporte real”.

    Después de lo ya señalado, no será difícil comprobar que los textos más interesantes aparecen, en general, una vez comenzada la segunda sección del libro. Ahora bien, la primera, la de los “testigos literarios”, no deja de deparar hallazgos, sobre todo los que sencillamente nos brinda el puro tiempo transcurrido, ese tiempo que todo lo desenfoca, espejos que nos devuelven desfases que, en muchos casos, fueron y son los nuestros. Por ejemplo, en el texto de Juan Antonio Masoliver, que debe de ser de principios de los noventa, leemos esta frase que sería de risa loca si no fuera a la vez una invitación a la náusea: “También es cierto —dice Masoliver— que la agonía del pri es cada vez más clara.” O el de Ignacio Padilla, texto apenas de 1991, donde no sólo se afirma que las editoriales mexicanas son incapaces de “darle a los narradores un libro digno, armado con buen gusto”, sino donde se celebra exultantemente, como única solución literaria y vital, la publicación fuera de México, diagnóstico que en menos de diez, quince añitos, se vería contrastado con nociones como la de Víctor Barrera Enderle sobre la “alfaguarización” de la literatura hispanoamericana. Creo que para estimular en Materias dispuestas este carácter de crónica y no sólo de archivo, habría convenido no únicamente indicar las fechas de escritura de todos los textos compilados —y no sólo de algunos, pareciera que de forma aleatoria—, para entonces situarlos y situarnos en los distintos momentos y modos en que esta obra en proceso, la de Villoro, ha sido recibida, sino también incluir más material crítico de los primeros años ochenta, reseñas urgentes, riesgosas, candorosas o beligerantes, de los libros iniciales de Villoro antes de la consagración de Villoro, que nos hicieran ver justamente cómo se ha ido construyendo esa consagración.[4]

    Entonces, en torno a la mitad del volumen, aparece un texto clave, el primero plenamente cuestionador y problematizador —asunto esencial, para mi gusto, en un libro como el que nos ocupa—: la reseña de Christopher Domínguez, que recuerdo haber leído en El Ángel. ¿A qué me refiero? No es que comparta sus juicios e impresiones, pero su texto aparece de pronto, insisto, como la primera nota disonante, que no celebra los libros iniciales de Villoro sino que ofrece otra lectura de ellos, como “prolongaciones triviales y adolescentes” de Gazapo; que no se suma al coro imperial del “cuento clásico” y que, en la obra villoriana, prefiere las crónicas y los ensayos literarios; y que lee en El testigo una vuelta a la “Gran Novela Mexicana” y no obligadamente su superación —como ocurrirá en muchas otras colaboraciones del volumen—. Lo que en principio nos hace ver el texto de Christopher sobre Materias dispuestas es, en especial para su primera parte, su carácter fuertemente protocolario: no pido ni mucho menos un libro como un ring de box, con reseñas-bomba (pero tampoco reseñas-altar, habría que decir), matadoras y vengativas, sino textos que, ellos mismos y en conjunto, logren contextualizar y problematizar una obra: los juicios de Christopher pueden ser todo lo discutibles que se quiera, pero ése es justo el asunto: que a partir de ellos se puede discutir y no sólo asentir o girar aburridamente la cabeza. Y recurriré al lugar común: no hay mayor homenaje para una obra que discutirla, porque eso, me parece, es justamente tomarla en serio, tomarse tiempo real para pensarla en serio.

    Y si el texto de Christopher resume, en alza, la condición dominante en la segunda sección, la de los “críticos culturales”, el de Ignacio Sánchez Prado hace lo mismo con los de la tercera, la de los “críticos académicos”. Hay muchos puntos discutibles en su ensayo (la rapidez con que se interpreta el Centro y Coyoacán —en tanto colonias de la vieja narrativa nacionalista— y la Condesa —colonia del neoliberalismo literario—, el diagnóstico sobre el crack como aventura decidida y deliberadamente antineoliberal, en fin), y quien lo haya seguido en otros trabajos podrá pensar que éste es, digamos, un texto menor de Sánchez Prado; con todo, el suyo es, desde muy pronto, un texto sólido, pertinente e interesante, que cumple con uno de los dos objetivos que uno querría ver cumplidos en un libro así: la problematización de la obra celebrada. Y es que tampoco termina Sánchez Prado dando un dictamen inapelable: más que eso, genera preguntas y plantea ambigüedades y tensiones en la obra villoriana, pistas para estudios y calas posteriores. Ahora bien: ¿por qué ubicar su ensayo en la sección “académica”? No tanto por su retórica —no adolece de esa prosa previsible y tiesa en sus distintos disfraces seductores, tristemente característica de mucha crítica académica—, sino por su sustento y apuesta teóricos. En cambio, unos cuantos textos que lo acompañan sí parecen inscritos en el grupo académico sólo por su retórica académica, y porque esa es la única manera en que podrían estar en un libro como este —o en un libro, punto—: textos cuyo poco trabajo, muy poca reflexión y aún menor necesidad se redimen merced al manejo retórico, lo único que los hace existir en cuanto textos; o, en el mejor de los casos, textos que postulan interpretaciones más o menos obvias, que muchos lectores habrán construido de inmediato al concluir sus lecturas de las novelas villorianas, pero que aquí vienen revestidas de una terminología académica que las valida.[5] En realidad, en esta sección, una serie de términos —fragmentarismo, hibridez, inestabilidad, posmodernidad, mecanismos de subversión, intertextualidad, discurso, identidad…— revolotean como mantras. En todo caso, Materias dispuestas presenta en este sentido una virtud: no está nada mal contrastar una frase como “Al rechazar el modelo de masculinidad hegemónica, Mauricio [protagonista de Materia dispuesta] se apropia del espacio urbano en un sentido no falogocéntrico [y juro que las cursivas no son mías]”, con los juicios adversos de Christopher Domínguez, unas páginas atrás, sobre la misma novela de Villoro: se produce una especie de choque, o sin la especie: un encontronazo de posibilidades discursivas, de lugares desde donde se habla, de objetivos, de asuntos que desde una u otra plataforma pueden o no ser percibidos.

    En la sección académica aparecen, a mi juicio, algunos de  los mejores intentos por analizar y discutir la obra de Villoro, pero también —además de la prosa en general acartonada— otros dos rasgos más o menos extendidos: por una parte, la disposición a acatar las palabras del propio Villoro, a emplear su poética desgranada en entrevistas y prólogos como origen o comprobación de los análisis; por otra, el riesgo de que los libros de Villoro, en especial Materia dispuesta, terminen pareciendo un manual de conducta para jóvenes posmodernos, un catecismo progre del campus internacional. Por ello caen tan bien contribuciones como la ya citada de Sánchez Prado, la de Irma Cantú sobre la escritura de viajes[6] o el notable ensayo de Sarah Pollack sobre las traducciones literarias y culturales de Villoro, texto lúcido y sensato que, de pasada, refuta varios postulados biempensantes de textos anteriores. De la misma manera, no obstante, echo en falta algún texto, académico o no, que indagara en la figura del testigo a lo largo, o a través, de la obra completa de Villoro: el testigo de las crónicas, el testigo excéntrico de Materia dispuesta, el testigo impotente de muchos de sus cuentos, y claro, el testigo histórico de El testigo. Y sobre todo, que lo hiciera a la luz de la que, creo, fue la fuente principal de reflexión sobre esta figura para el propio Villoro: Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo, de Agamben.

    Paseo por el parque de las prácticas y las instituciones literarias actuales, Materias dispuestas, en sus descuidos y en sus rigores, termina ofreciendo una imagen de la obra de Villoro bastante más amplia de lo que el mero índice hacía imaginar, y sobre todo, la imagen de una obra conectada de múltiples y a menudo misteriosas formas con las cosas del mundo. Y al final, la coda, como confirmación de que un libro así, reunión de variados trabajos sobre la obra singular de un solo autor, valía la pena: una última sección con dos textos, el segundo de ellos un gran apunte autobiográfico de Villoro y, el primero, una conversación con Piglia: no es, digamos, una de las piezas supongo retrabajadas por Piglia para Crítica y ficción, no es tampoco un ensayo de Efectos personales, pero produce un efecto único: después de leer tantísimas páginas sobre Villoro y encontrarse al final con el propio Villoro, uno siente que de pronto aparece claramente una voz, una voz que, de una manera u otra, aun citada cientos de veces a lo largo de esas páginas, había sido casi transformada en antimateria y que, con todo, salió de la inmersión bien librada y hasta fortalecida.

    José Ramón Ruisánchez y Oswaldo Zavala (eds.), Materias dispuestas: Juan Villoro ante la crítica, Candaya, Barcelona, 2011, 482 p.

    Publicado en la edición 147 de Crítica


    [1] Por cierto que el libro me llegó ya muy tarde, cuando estaban casi listas estas notas. Leí el pdf, ese estado larvario, ni manuscrito ni libro, práctica que tanto entronca con esta época nuestra donde a menudo importa menos el libro —y las dioptrías del comentarista— que su presentación en sociedad. Lo menciono porque seguro que leer el pdf y no el libro —bien formado, bien impreso— me armó de cierta injustificada animadversión, y sobre todo porque el libro trae un dvd, cuyo comentario ya no cupo aquí.

    [2] Que lo que hizo posible la inclusión de algunos autores en el primer grupo no fue tanto, o no necesariamente, la calidad u oportunidad de sus respectivos textos sino su prestigio, el peso de su firma —algo que, en general, se consigue con la edad—, lo prueba por último el que las colaboraciones de autores más jóvenes aparezcan sobre todo en la sección “académica”, cuyo pase de ingreso, el doctorado, suele obtenerse ya al poco tiempo que la autorización para comprar y beber alcohol en Estados Unidos. Por cierto que no habría estado nada mal la inclusión de más autores jóvenes en los dos primeros apartados de Materias dispuestas, para ver no sólo cómo la obra de Villoro se ha movido en el tiempo, sino también cómo ahora el tiempo empieza a moverse en torno a ella.

    [3] Esta precisión crítica de los compiladores se apuntala al notar que muchos textos de la sección “académica” fueron encargados por ellos, y que en tales encargos ya se reflejaba la atención que debía ponerse en novelas, crónicas, relatos de viaje, traducciones. Con todo, echo de menos algún encargo sobre las espléndidas columnas de Villoro en el Reforma: ¿por qué no hacerles caso, ya que estábamos en plan de encargarlo todo? O bien, la literatura para niños, algo que yo en lo particular, en absoluto atento a ella, no echo de menos, pero que creo que habría merecido un acercamiento mayor que la brevísima nota de L. I. Helguera.

    [4] Las hay, pero muy pocas: la de Padilla, realmente candorosa, la de José Agustín y la muy buena reseña de Fabienne Bradu, cuando aún no existía casi ninguno de estos consensos o tópicos que ahora este libro nos muestra ya consolidados.

    [5] Un ejemplo: “Este ensayo propone que en Materia dispuesta  Juan Villoro efectúa una exploración crítica del ‘hábitus’ [sic] mexicano y, en particular, de su sistema de género.” Ahora bien, el texto de Tamara Williams, de donde proviene la frase, no deja de funcionar mejor que otros que aluden al mismo asunto (el análisis del género y la nación, sobre todo en Materia dispuesta): recurre a la historia cultural concreta del siglo xx mexicano y a miradas más específicas sobre las condiciones actuales de la masculinidad: al final, digamos, menos rollo y más investigación (que la casa pierde).

    [6] No sólo por su escritura no estandarizadamente académica, sino por su bien construido argumento sobre la forma en que Villoro se distancia del arquetipo del escritor-viajero contemporáneo: declaradamente anti-imperialista —para diferenciarse de sus predecesores decimonónicos— pero, al mismo tiempo, miembro de una comunidad internacional de privilegiados, que convierte cada viaje en una obligación de peripecias y a su escritura en una constante mediación entre el aquí (cosmopolita, confiable) y el allá (subdesarrollado). Villoro, según concluye Cantú, no hace en realidad “relato de viajes” —no se pliega a sus convenciones— sino, una vez más, pura crónica.


    Escrito por Gabriel Wolfson

    Gabriel Wolfson (Puebla, 1976) ha publicado el libro de cuentos Ballenas (Tierra Adentro), el de prosa Caja (UD-LAP) y el de crónica Ponte la del Puebla (Profética). Es colaborador habitual de la revista Crítica y profesor de la Universidad de las Américas-Puebla.

  • Tres poemas

    Reconstrucción de los hechos

     

    Dale, Edgar, sentido al suceso:

     

    El general en retiro

    duerme. En su catalepsia

    construye rompecabezas.

     

    Crímenes de extermino

    le provocan media sonrisa

    (nosotros —por supuesto—

    no la vemos).

     

    Está inmóvil. Mentalmente

    canturrea:

     

    That the ghastly extremes of agony are endured by man the unit, and never by man the mass— for this let us thank a merciful God!

     

     

     

    Lo dejaron por allá (en morro dos macacos).

     

    Eso que ves, Fabiola

     

    (camino a tu casa/después de la entrega/estacionado en la banqueta/partido en dos/tan mosqueado como las manos del carnicero/desnudo/putrefacto/rodeado de curiosos/entre ellos tú),

     

     

    es un policía

    dentro de un carro de supermercado.

     

     

    Tortura china

     

    La víctima

    : su hemorragia su hematoma

    casi pulcra. La

    ceremonia fue fugaz.

     

    Sólo cuando le llaman por su nombre

    —monosilábico—

    parece dar señales de vida.

     


    Escrito por Gerardo Villanueva

    (Guadalajara, 1978).Es abogado. Ha publicado fractura: rastro (Ediciones del Ornitorrinco, 2003) y Tranterra (Literal, 2009). Poemas suyos han sido publicados en diversos medios impresos y electrónicos, como “Gaceta Literal”, “Crítica” y “Metrópolis”. Actualmente vive en la Ciudad de México.

  • Drama de honor

    a Nacho Bravo

     

    Tania dejó a los niños encargados con la sirvienta y, al volante de una Suburban roja con vidrios polarizados, tomó la avenida Tetabiates rumbo al consultorio de su marido. Necesitaba descubrir la verdad por amarga que fuera, y sin embargo el temor de enfrentarse con ella le tensaba los músculos de la espalda. Por desgracia, sus intuiciones nunca fallaban: Ramiro se había enredado con alguna puta, quizá conocida suya, y esta vez no se trataba de un simple capricho. De un tiempo a esa parte andaba esquivo, distante, perdido en un limbo  de vanidad y egoísmo.  No cabía en su piel de tanta hinchazón, como si le hubieran inflado los huevos con gas butano. Se acicalaba horas frente al espejo, celebraba con desgano los éxitos escolares de los niños, perdía el hilo de la charla en las comidas familiares de los domingos y en la cama pagaba el débito conyugal con una destreza de autómata, economizando el ardor y la pasión que sin duda prodigaba en el lecho enemigo.

    Las calles de Ciudad Obregón, desiertas durante los calores diurnos, bullían de actividad tras la puesta de sol, y algunas parejas de ancianos sacaban sillas a la banqueta para ver pasar la vida desde los zaguanes. Tania envidió a esos viejos matrimonios inmunes a la desconfianza y a los celos, que sólo habían venido al mundo a criar hijos sanos y a gozar los placeres simples de la existencia. Desde la luna de miel hasta las bodas de oro ninguna zozobra debe de haberles quitado el sueño, pensó conmovida. Ella, en cambio, tenía que batirse como leona para defender su precaria felicidad familiar, amenazada en todo momento por los caprichos hormonales de Ramiro. Cuánto le hubiera gustado ser un ama de casa anodina, con un marido fiel y hogareño, aunque fuera un pobre diablo. Pero no, había tenido que enamorarse de un triunfador  mujeriego, de un don Juan engreído y estúpido, inseguro en el fondo de su propia virilidad, que había  llegado al adulterio por el camino del narcisismo.

    Bajó de la camioneta en la avenida Miguel Alemán con sombrero y lentes oscuros, para hacerse notar lo menos posible. Sorprendido por su visita a deshoras, el portero de la clínica no tuvo agallas para cerrarle el paso, ni Tania se dignó darle ninguna explicación. Era la señora esposa del doctor Encinas, y podía meterse hasta el quirófano cuando le viniera en gana. Subió por el elevador hasta el tercer piso y, con la copia de la llave que se había agenciado esculcando los trajes de Ramiro, abrió la puerta del consultorio 303. Sillones de cuero, litografías con paisajes de París y Florencia, olor a desinfectante de pino, revistas médicas desparramadas en la mesa de centro, el título de ortopedista graduado en Arizona State University colgado en la pared del fondo. Ya no estaba en la antesala el sofá cama color tabaco, retirado de ahí por exigencia suya, cuando descubrió que Ramiro usaba el consultorio como leonero, pero de cualquier modo Tania le había cogido tirria a ese maldito lugar, donde veía por doquier los odiados fantasmas de sus rivales. Con seguro paso de detective, atravesó la salita de cirugías ambulatorias, donde había un esqueleto de tamaño natural guardado en una vitrina, y entró al despacho privado de Ramiro, alfombrado y acogedor, con libreros de caoba llenos de gruesos tomos de medicina. Revisó los cajones en busca de evidencias, pero sólo halló folletos de propaganda farmacéutica, blocks de recetas y viejas radiografías. Se detuvo un momento a contemplar las fotos enmarcadas de sus hijos, que ocupaban la esquina izquierda del escritorio. Pobrecitos, si supieran la clase de canalla que era su padre. Las pruebas del adulterio debían estar en su computadora portátil, sí, a Ramiro lo ponían caliente los recados obscenos. Por suerte estaba encendida y no tuvo que anotar la clave de acceso. Le bastó una rápida ojeada a la lista de marcadores favoritos para descubrir la existencia de un email sospechoso: borisnewman@prodigy.net.mx. ¿Sería el seudónimo que usaba para ligar en la red? Con argucias cibernéticas aprendidas en anteriores pesquisas obtuvo la contraseña del correo y echó un vistazo a la libreta de direcciones .El hígado le dio un vuelco al revisar la bandeja de mensajes enviados.

    Very very strawberry:

    Todavía guardo en el paladar el sabor del helado de fresa que  lamí entre tus muslos. Mmmm, qué rico fue meter la lengua en ese botoncito  de rosa. Te estás convirtiendo en una peligrosa adicción, en una droga dura que no puedo dejar sin tener un horrible síndrome de abstinencia. Sueño contigo a todas horas, ando distraído en las consultas y hasta el apetito se me ha quitado de tanto desearte. Nos vemos el jueves, donde ya sabes.  Para alegrarme un poco la espera, dime cómo son los calzoncitos  que llevas hoy. ¿Te pusiste otra vez la tanga negra de encaje?

     

    Tania se desplomó sobre el teclado, con  arcadas muy similares a las que tuvo en sus embarazos. El repulsivo lenguaje de Ramiro lo retrataba de cuerpo entero. ¡Y pensar que escribía esas pestilencias en el mismo escritorio donde tenía las fotos de los niños! La profanación del altar familiar le dolió más aún que la procacidad de la carta. ¿Ya no había nada sagrado para ese malnacido? ¿Tan enamorado estaba de su propia verga que atropellaba todas las leyes divinas y humanas con tal de cumplirle el menor capricho? Los mensajes dirigidos a Very very Strawberry habían comenzado dos meses atrás y todos rezumaban humores venéreos. ¿Quién era esa puerca? ¿Una casada insatisfecha de su propio círculo de amigas, una morrita ambiciosa que le quería robar el marido, una vulgar encueratriz de table dance? Después de imprimir los tres mensajes más fétidos, que guardó en su bolsa con la punta de los dedos, como si fueran material radioactivo, manejó de vuelta a casa pasándose los semáforos  en una carrera suicida.

    En un estado de crispación aguda, apenas atemperado por media pastilla de Lexotán, se recostó en el sofá de la sala sin encender la luz, para esperar a oscuras la llegada de Ramiro, que oficialmente había ido al estadio de béisbol a ver el juego de los Yaquis. Cuál beisbol ni que la chingada: era jueves y sin duda estaba lamiendo helado de fresa en el clítoris de su amante. Palpó con las yemas de los dedos la hoja del cuchillo cebollero que había sacado de la cocina. Le asestaría la primera puñalada en los huevos, y después otras dos en el corazón, como había visto hacerlo a los psicópatas de las películas. Y si aún respiraba, otras dos en el hígado, para darle la puntilla. Cuando escuchó el ruido del motor y los goznes de la puerta electrónica del garage, corrió a esconderse en el vestíbulo, detrás de los macetones. El cuchillo temblaba en sus manos débiles, acobardadas por el temor y la duda. El traidor se merecía la muerte, pero ella no tenía la estatura trágica de una homicida, ni podía destrozar la vida de sus hijos  por una rabieta, y dejó caer el arma en la alfombra, derrotada por el sentido común. Cuando Ramiro cruzaba el recibidor, Tania encendió la luz y se le plantó delante con  una mirada de rencor helado.

    —Buenas noches, Boris, te estaba esperando. Ya sé por qué has andado tan raro conmigo, te pegó duro el enculamiento, ¿verdad? —se acercó para olerle la camisa—. Guácala, vienes apestando a panocha, dile a tu güila que por lo menos se bañe.

    Ramiro retrocedió hacia la pared, aterrorizado por su embestida. A pesar de ser alto y ancho de espaldas, a pesar de su porte gallardo de valentón campirano, en el fondo era un cobarde que se arrugaba en los momentos de crisis.

    —¿Pero qué te pasa, estás loca?

    —No grites, que vas a despertar a los niños —Tania lo llamó al orden con un sigilo rabioso—. Tengo todos tus recados apestosos y ahora mismo te los voy a leer.

    Comenzó la lectura con la respiración jadeante, pronunciando en tono burlesco las palabras obscenas.

    —Yo no escribí eso —intentó defenderse Ramiro, rascándose la calva con nerviosismo—. ¿De dónde lo sacaste?

    —De tu computadora. Acabo de estar en tu consultorio.

    —¿Entraste sin mi permiso? Eso se llama allanamiento de morada. ¿Cómo te atreves a espiar mis mensajes?

    —Entonces reconoces que son tuyos.

    —¡Yo no dije eso!

    —Cállate, imbécil, ya estás gritando otra vez. Si se despiertan los plebes te mato. ¿Vas a negar que escribiste esas marranadas?

    —Te juro que yo no fui —dijo Ramiro, sobándose la mejilla sin mirarla a los ojos—, ninguno de esos mensajes tiene mi firma.

    —Explícame entonces quién es Boris Newman y por qué tienes acceso  directo a su mail.

    —No sé, alguien debe estar usando la computadora sin mi permiso. A lo mejor Lauro, mi asistente.

    —Ahora le echas la culpa a un pobre empleado. Ya estás grandecito para hacerte responsable de tus actos, ¿no crees? Apuesto que ni siquiera te pones condón. Encima de todo quieres matarme de sida. ¿Verdad, pendejo?

    Tania rompió en llanto, la cara oculta entre las manos. Ramiro intentó atraerla hacia su pecho.

    —Estás montando un drama por una simple sospecha —dijo en tono paternal—. Esos mensajes no significan nada, te lo juro.

    —¡Soy una pendeja por haberte aguantado tantos años! —estalló Tania, indignada por su falsa ternura—. No es la primera vez que me engañas, pero será la última. Lárgate a dormir a un hotel y ve hablando con tu abogado, porque esto ya se acabó.

    —Por favor, Tania, no digas barbaridades. Ya te dije que yo no escribí esos correos.

    Parecía compungido y temeroso de perderla, pero su detector de mentiras le prohibió ablandarse.

    —Dije que te largaras. Fuera de aquí, mentiroso.

    Lo empujó hacia el garage de un violento empellón.

    —Siquiera déjame sacar un poco de ropa —Ramiro intentó oponer resistencia.

    —Mañana mandas al chofer por ella. Yo no quiero tocarla porque me das asco. Y te lo advierto, imbécil: ahora sí me voy a cobrar a lo chino. O todos coludos o todos rabones. Si el señor quiere variedad en la cama, yo también la voy a tener. ¿O qué? ¿Nomás tú te puedes divertir? Mañana mismo me cojo a alguno de tus amigos, al fin que todos quieren conmigo. ¿Lo oíste? ¡Todos!

    Cuando se fue, Tania bebió un largo trago de coñac, satisfecha por haber dejado en alto su dignidad. Nada de morderse el rebozo como una mujercita abnegada, de ahora en adelante ojo por ojo y cuerno por cuerno. Repasó la lista de hombres casados y solteros que se le habían insinuado en los últimos meses, empezando por Braulio, su compadre, siempre tan sobón en las pistas de baile. Pero no, Braulio era eyaculador precoz, lo sabía por las confidencias de su mujer. Mejor se tiraba a Julián, el sobrino chilango de los Moncada, un moreno atlético de manos grandes, con pinta de gigoló siciliano, que había tenido la osadía de acariciarle la rodilla por debajo del mantel en un banquete de bodas. Tamaña insolencia presagiaba un buen palo. Pero la mera verdad, quien más la calentaba era William, el marido gringo de Josefina, que le había untado el bronceador en una playa de San Carlos, mientras sus respectivos cónyuges llevaban a los niños a esquiar. De hecho, más de una vez había  evocado sus tocamientos al masturbarse en la ducha. Y ya entrada en liviandades, nada le costaba seducir a Néstor, el compañero de estudios de su hijo Alberto, un tierno palomo de 17 años, que la miraba estrábico y babeante cuando hacía pilates en el gimnasio. Si ella se había privado de tantas conquistas en nombre de la lealtad, ¿por qué Ramiro no podía aguantarse las ganas?

    Al diablo con los ideales románticos, el sexo sin amor los había vuelto monedas caducas, vestigios arqueológicos del pleistoceno. Muchas de sus amigas casadas se tiraban al chofer o al guardaespaldas, mientras sus maridos mantenían como reinas a putas húngaras de 18 años. Sabía, por ejemplo, que  dos consuegras de alta sociedad, La Chata Ortiz y Nelly Peña, se habían hecho amantes en secreto, manteniendo sin embargo una reputación intachable, que les permitía comulgar cada domingo y codearse con el señor obispo, otro cínico profesional aficionado a los efebos. El tedio provinciano era un ácido corrosivo de acción prolongada  y lenta, más pervertidor que el bullicio de las grandes ciudades. En ese pueblo cualquier depravado podía salir limpio de las ciénagas más nefandas, siempre y cuando pecara de puertas adentro y mantuviera un perfil discreto. La decencia era un fardo pesado que muchas veces había deseado mandar al diablo, por sentirse ridícula en medio de tanto libertinaje. Su lealtad al amor con mayúsculas, al proyecto de vida  traicionado por Ramiro, sólo había servido para excluirla de la orgía subterránea donde una mujer con su garbo se merecía todos los homenajes de la lujuria.

    El vértigo de la venganza la mantuvo despierta hasta las cuatro de la mañana.  Pero al día siguiente, cuando llevó a los niños al colegio, les dijo que papá había salido de viaje a un congreso médico, pues ya no estaba tan segura de  querer llevar ese pleito hasta el rompimiento, ni tenía tanta prisa por acostarse con otro. Más bien estaba triste y vacía, aturdida por la resaca del desamor. ¿De verdad era inevitable la separación? ¿No estaría siendo demasiado drástica? A las nueve de la mañana, el chofer que vino a recoger la ropa de Ramiro le trajo un arreglo floral de orquídeas, “para la reina de mi alma”, con una petición de clemencia: “No me condenes a muerte.” Las flores y el tono implorante del  mensaje la conmovieron sin vencer del todo su escepticismo. Ahora el cínico le soltaba frases de bolero, creía que todo se arreglaba con dos lagrimitas. Pero quizá estuviera arrepentido de verdad. No era para menos, perdería demasiado por una estúpida calentura. Me necesita, pensó con orgullo, soy la mujer que le da estabilidad y equilibrio.

    Aceptó escucharlo esa misma tarde, cuando los niños estaban en el club de natación, pero le advirtió de entrada que antes de iniciar el diálogo debía aceptar su culpabilidad.

    —Si de veras me quieres, confiésalo todo. Reconoce que andas enredado con esa tipa.

    Ramiro rechinó las muelas con impaciencia.

    —No tengo ninguna amante, ya te lo dije. Me estás acusando en falso.

    —¿Y tus correos qué? ¿Te los escribió un duende?

    —Sepa Dios quién los escribió.

    —No insultes mi inteligencia, Ramiro. Por el camino de la mentira no vas a conseguir nada.

    —Te estoy diciendo la verdad.

    —No sabes mentir, se te nota en la cara.

    Ramiro se desplomó en el sofá de la sala, las cejas anegadas en sudor frío.

    —Está bien, tuve una aventurita. Pero te juro que esa mujer no me importa: sólo la quería para un revolcón. Soy un imbécil, mi vida, cuando una vieja me hace un guiño no me puedo controlar.

    Eran las palabras que Tania necesitaba oír para recobrar la supremacía sobre su rival. Aunque Ramiro fuera un infiel contumaz, jamás había tenido la intención de largarse con otra, una virtud importante en esos tiempos de matrimonios volátiles y piratería sexual desaforada. Como los machos de antaño, quería tener una esposa de planta, o más bien una madre sustituta, y muchas amantes ocasionales, sin poner en riesgo la columna vertebral de su vida. Una manera de amar intolerable para cualquier esposa con amor propio, pero ¿acaso había otra clase de maridos en Ciudad Obregón? Salvo los impotentes y los maricas, en ese patriarcado ranchero  todos los varones aptos para la cama eran igual de cabrones. Suponiendo que tronara con Ramiro, ¿por quién lo iba a cambiar? ¿Por otro machote abusivo y gandaya que le daría el mismo trato y quizás hasta le pegara? Obtenida la confesión, ahora necesitaba reestablecer el equilibrio de poderes. Pero no podía perdonarlo así como así, la afrenta ameritaba un severo escarmiento.

    —¿No te basta conmigo? —se quejó—. ¿Por qué a mí no me untas helado? ¿Estoy de plano tan tirada a la calle?

    Tania puso los brazos en jarras, confiada en los encantos de su juventud tardía. Era una señora de porte distinguido, con cuello de garza, pelo castaño oscuro y ojos negros, que gracias al ejercicio se había conservado esbelta y lozana sin necesidad de cirugías. Aunque la opulencia carnal de la madurez empezaba a redondear las planicies de su abdomen, tenía muy bien repartidas las turgencias del cuerpo y les sacaba partido con una cadencia de movimientos que sólo puede dar la experiencia erótica. El vaporoso vestido de muselina gris perla realzaba la dulce prominencia de sus senos. Elegante y sexy al mismo tiempo, nadie hubiera sospechado que ya rondaba los 47.

    —Estás preciosa, mi amor —reconoció Ramiro—. Pero aunque tenga enfrente los manjares más deliciosos, a veces a uno se le antojan los cacahuates de la botana.

    —Pues tú te atiborras con ellos, como los changos del zoológico —Tania exhaló un suspiro irónico y chasqueó la lengua con desprecio—. No me extraña, siempre has tenido gustos vulgares. Si ya te cansaste de mí, dímelo francamente. No quiero retenerte a la fuerza.

    —Fue una canita al aire —Ramiro la tomó de la mano, tratando en vano de sonar convincente—. Te juro que esa mujer no me importa.

    —Quiero saber quién es.

    Ramiro se removió en el sofá con un gruñido de víctima.

    —¿Qué ganas con eso?

    —No quieras protegerla, ¿o que? ¿La vas a seguir viendo?

    Acorralado contra las cuerdas, Ramiro confesó que era una paciente divorciada a quien había atendido de una luxación en el hombro.

    —¿Cómo se llama?

    —Lucrecia Ríos.

    Tania no la conocía, y su anonimato la tranquilizó. Por los menos podía confiar en su círculo de amigas.

    —¿Jovencita?

    —Veinticuatro años.

    —Cerdo asqueroso, podría ser tu hija. Debe andar contigo para sacarte lana, mientras se acuesta con morros de su edad.

    Dolido por el insulto, Ramiro se mordió los cachetes.

    —No quiero perderte por un estúpido error —dijo en tono compungido—. Si quieres termino con ella mañana mismo.

    —No esperes tanto —un fulgor astuto brilló en la mirada de Tania—. Ahora mismo la vas a llamar para decirle que ya te caí en la maroma y que lo sientes mucho, pero no puedes volver a verla.

    Tania le pasó el teléfono inalámbrico y Ramiro lo miró con angustia, como si le hubieran entregado un revólver para suicidarse.

    —Voy a terminar con ella, te lo juro por ésta —besó la cruz—, pero déjame hacerlo en privado.

    —De ninguna manera, quiero ser testigo de la charla. Y mucho cuidado con las ambigüedades, al pan pan y al vino vino. Voy a escucharte por el otro teléfono.

    Quería darse el gusto de humillarlo, sabiendo que en el fondo era un niño y estaba esperando un castigo proporcional a su fechoría. ¿No era eso lo que secretamente deseaba en cada aventura? Tal vez desde el momento de ligar con la paciente soñaba con llegar a ese acto de contrición, porque sus regresiones al dulce mundo de la irresponsabilidad infantil siempre debían concluir con la restauración del orden violado. Después de exhalar un hondo suspiro, Ramiro marcó un número de teléfono, con un cardo atorado en la glotis.

    —Hola, Lucrecia, me da mucha pena pero tengo que darte una mala noticia. Mi mujer lo sabe todo y está furiosa conmigo…

    Tania no se conformó con obligarlo a romper con Lucrecia, dictándole sus palabras como un ventrílocuo. Además aprovechó la coyuntura para obtener prebendas económicas y sociales desde una posición de fuerza. Como requisito para readmitir a su marido en la cama, le hizo prometer que pasarían la Navidad con sus padres en Caborca, un compromiso familiar que Ramiro eludía año tras año con diferentes pretextos. Insatisfecha con esa victoria moral, se quejó con amargura de la indigencia de su guardarropa, y obtuvo un cheque de diez mil dólares para comprarse vestidos en las boutiques de Tucson. Alegando que en los últimos meses su camioneta cascabeleaba, logró convencerlo de cambiarla por una Toyota último modelo y le sacó cinco mil dólares más para un tratamiento facial con una dermatóloga suiza recién llegada a la ciudad. Ramiro soltaba el dinero a regañadientes, con cara de mártir, pero Tania no se compadeció de su cartera y siguió sacándole joyas, perfumes caros, cursos de verano para los niños, el nuevo modelo de Blackberry Storm con tres gigas, una flamante caminadora eléctrica para hacer ejercicio en casa. Cuanto más le doliera el codo, mejor, tal vez así lograría enfriarle los huevos. Y como había perdido la confianza en él, se obstinó en llevarlo a una terapia matrimonial con la doctora Guadalupe Nieto, una psicóloga feminista graduada en Los Ángeles, que ofrecía en su página de internet “reeducar a los maridos con tendencias patriarcales, motivándolos a desarrollar un nuevo tipo de masculinidad solidaria, respetuosa de los derechos femeninos, en la que el hombre, por convicción propia, anteponga el bien de la pareja a sus tendencias promiscuas y dominantes”.

    —Yo no creo en esas jaladas —se opuso Ramiro.

    —Tienes que madurar, gordito, pronto vas a cumplir 50 años y no puedes seguir persiguiendo morras como un rabo verde —lo reprendió Tania—. Siempre me has querido a medias porque tienes miedo a entregarte de verdad. Crees que resignarte a una sola mujer es el comienzo de la vejez, pero debes aceptarla como una etapa natural de la vida.

    Con una docilidad sorprendente, que denotaba un serio propósito de enmienda, Ramiro aceptó visitar el consultorio de la doctora Nieto, una cuarentona curtida en vinagre, de facciones duras y labios mezquinos, con la cara limpia de maquillaje, que desde el principio hizo causa común con su esposa para vapulearlo en cada sesión. A juzgar por la mansedumbre con la que aceptaba ser tachado de adolescente eterno, ególatra, sexópata y Edipo no resuelto, Ramiro parecía dispuesto a cambiar de vida, como un alcohólico arrepentido que acepta las penitencias más humillantes con tal de rehabilitarse. Tania estaba feliz, pues ahora su marido la amaba en exclusiva, con una ternura de potrillo retozón que no mostraba desde sus primeros años de casados. Como ya no tenía enredos de faldas, pasaba más tiempo con sus hijos y se los llevaba al boliche, al cine, a los juegos de béisbol, a pescar truchas en la presa de Chiculi. Compuso todos los desperfectos de la casa con sus herramientas de carpintero y recuperó el hábito de hacer paellas los domingos para un nutrido grupo de familiares. Era un deleite verlo con su mandil y su gorro de chef, dándole a probar el caldo del arroz a todas las visitas. ¿Está bien de sal, comadre, o le pongo más?

  • Escribir es multiplicar sombras

    Estuario, publicado en España hace cincuenta años, representó para la poesía colombiana una novedad; sin embargo, tal enseña no ha menguado y, de cierta manera, aún es un misterio para los lectores de poesía latinoamericana. Novedad, curiosidad, innovación, pueden constituir las palabras que mejor definan a este libro. Sin embargo, aún le puede convenir otra: su carácter mediterráneo. Por una parte, Estuario tiene ambiente solar y su lectura provoca una especie de visitación de la luz; por otra, está arraigado a la vida con una fuerza que se puede calificar de destructiva. Por todo lo anterior, la curiosidad que despierta es aún mayor cuando se intenta desentrañar su mensaje, porque para gran parte de sus pocos lectores, es evidente que lo terrígeno, lo solar, lo desencantado del peregrinaje que tensa a muchos de sus versos, son eco de una respuesta religiosa, esa que Carlos Obregón buscó, apartándose de las provincias de Colombia. Por mi parte, prefiero imaginarlo con su traje de turista, de dandi, de enamoradizo; lejos de la crujía, lejos de la oración, lejos de Dios, porque todo en su libro parece apuntar al aire, al vuelo, a la evocación de lo efímero. Antes que poemas transidos por una apertura religiosa, pienso que los de  Estuario son la conclusión, el límite que el viaje impone a un cuerpo herido por la melancolía del trance carnal. Con todo, la lectura que ofrezco a continuación no es más que un paréntesis escrito entre lo que se puede intuir de un libro, a cincuenta años de su aparición, y lo que lo hace un acontecimiento pertinaz para la comprensión del corpus de la poesía latinoamericana del siglo xx.

    hasta los últimos extremos[1]

    En 1961, año en que apareció Estuario, de Carlos Obregón (1929-1963), el panorama de la poesía colombiana era dominado por dos figuras, contemporáneas a él, y que también murieron de forma intempestiva: Jorge Gaitán Durán (1924-1962) y Eduardo Cote Lamus (1928-1964). Los tres, poetas ambiciosos, escribieron para que la poesía colombiana ganara profundidad; por eso, en un gesto de honradez poética, ninguno de los tres se apresuró a autoproclamarse descendiente de José Asunción Silva (1865-1896). Buscar una sensualidad difícil, oscura, había llevado a Gaitán Duran a escribir un libro emblemático, Amantes (1959); allí Gaitán Durán logró imágenes de una tersura lujuriosa que las han vuelto inolvidables (“Desnudos afrentamos el cuerpo / como dos ángeles equivocados, / como dos soles rojos en un bosque oscuro / como dos vampiros al alzarse el día”). Cote Lamus, que viajó a Europa como los otros dos, sin duda para librarse del ruralismo cultural de Colombia, también lo hizo para abrir su poesía a otros contextos; así fue forjando Estoraques (1963), escrito al mismo tiempo que Estuario, y guardando con él no sólo similitud fonética, sino temática. Porque tanto Obregón como Cote pueden ser poetas religiosos, si se comprende que el espíritu religioso se propone hacer del poema un espacio en que la existencia se ilumina en su autogenerarse. Quizá por esto, cuando se lee a Obregón o a Cote, es casi inmediata la presencia —el presentimiento— de estar ante escritores que conocían la poesía española, al grado de la mimetización. En tal sentido, es posible afirmar que para los poetas colombianos de medio siglo, el problema no era salirse sino permanecer fieles al camino, ese que va de san Juan de la Cruz y Miguel de Molinos a Emilio Prados y Jorge Guillen o, con otras palabras, ese surco punteado con sangre que va de La destrucción o el amor, el poemario de Vicente Aleixandre, a la Distancia destruida, el primer libro de Obregón (1957); por lo mismo, no es extraño que el tema eruptivo de Estoraques sea el canto de las ruinas, o que Gaitán Durán haya muerto en un accidente aéreo, Cote en un choque automovilístico y Obregón, acaso el más radical de los tres, suicidado. Por su parte, Álvaro Mutis (1923) —el gran superviviente de la generación de medio siglo en Colombia— tituló Los elementos del desastre (1953) a su segundo poemario. La destrucción puede ser la imagen deshilvanada, que se hace y se deshace, cuando se busca tender lazos entre Gaitán Durán, Cote y Obregón, tres poetas colombianos que casi nunca dejaron de serlo, pero haciéndose añicos.

     

    la poesía es una lanza guerrera

    La imagen del guerrero es decisiva en la configuración de Estuario: “Al fondo del silencio el mar renace / en el rezo infinito de sus olas / desligado de tiempo ante el ocaso / libre y perenne se despliega / en la luz soterrada del misterio / guerrero de sí mismo y de sus dioses.”[2] Es el segundo poema del libro. Aunque el resonar de endecasílabos está lejos de reflejar una servidumbre musical, Obregón pretende hacer de su libro un objeto que persigue un itinerario preciso. No es el eros de la locura que, por ejemplo, hizo de la ebriedad poética el don más preciado Raúl Gómez Jattin (1945-1997); sin embargo, el eros en Obregón también evoca una deidad antigua, celada por la distancia, y que en esa distancia llega a ser una presencia indescifrable, incluso dolorosa. Obregón es el poeta de las emociones consumadas; su poesía es la lanza que arroja el guerrero para consumir esa distancia:

     

    Primicia dura del viaje, viento antiguo

    en la altura del día como proa

    que cava entre la ausencia,

    como lanza guerrera del silencio.

     

    Despojado, el cuerpo palpa el mundo,

    los pasos se hacen tiempo

    y la soledad ya es ribera extensa

    donde la noche avanza hacia los ojos

    como un bosque incendiado.

     

    Con cada ola muere otra distancia,

    el espacio en el vértice del tacto,

    lugar nulo donde la danza brota

    vertical hasta el viento. Roca. Sueño.

    Voluntad profunda entre las

    algas y la aurora           y un diálogo de dioses

    Derrotados        y vestigios de un reino

    que despierta    un clamor luminoso en la

    piel del silencio.

    (“Peregrinaje: Elohim”, p. 77)

     

    La intención del poema es, por lo menos, inmediata: hablar de una desnudez hundida en el oleaje. Cuando ha naufragado la idea de dios, la piel es la sobreviviente. Quizá Obregón quiere dar a entender que la piel del poema es lo que viste, lo que reviste, lo que enviste el ir y venir, el trasegar que va de un cuerpo a otro cuerpo. Estuario es un libro de memorias: “Los poemas de este libro han sido escritos en Deyá, Ibiza, Marruecos, París, Poblet y Toledo entre 1957 y 1960”, señala Obregón. Es evidente que con esta aclaración, el autor busca delinear el carácter religioso de sus textos, teniendo en cuenta que, por ejemplo, Poblet es un monasterio cisterciense español fundado en el siglo XII. Y si, por una parte, cualquier libro de poemas es una especie de diario corporal, el de Obregón es, además, uno de inminencia corporal. El cuerpo es una llama de palabras, parece indicar Obregón, así que la imagen vertical tiende a proyectar y, a la vez, a complementar la imagen del estuario:

     

    Todo viaje es vestigio. Sólo

    el río posee su propia historia,

    su esfuerzo inveterado entre nubes y grutas,

    como un gigante tumbado a lo largo

    de cantantes riberas y horas suspendidas.

    Desde la noche, al filo de la carne,

    el hombre lanza su honda hacia el destino, reza,

    excava, y ciego espera sólo enfrente al fuego

    la llegada de las nieves perpetuas,

    sesgado en el ocaso, proyectado

    por su voz de cal desde los huesos

    hasta el viento que arrastra con violencia

    cenizas y árboles…

     

    […] El ojo

    busca el viento; el oído las torres, la espiga

    del silencio. Quizá sólo la piel

    vive de igual forma su doble intensidad,

    la raíz y la flor, la carne y la nostalgia:

    en ella explaya el tiempo el fervor de los ríos

    y al cruzar las lindes la hace estuario y abismo

    de su eterno regreso…

    (“Cantos”, pp. 125-127)

     

    Obregón no se dejó seducir por la poesía cotidiana. Lo suyo es introspectivo, pero de ningún modo es sentimental o autobiográfico. La poesía cotidiana invadió a Latinoamérica a comienzos de la década de los años sesenta del siglo xx, cuando, por ejemplo, Ernesto Cardenal (n.1925) publica Hora 0 (1960), promoviendo el auge de la poesía comprometida con la realidad inmediata. Por lo demás, llama la atención que Obregón recurra a la imagen de la verticalidad, pues, justamente, el poeta argentino Roberto Juarroz (1925-1995), también escapó de la seducción del lenguaje cotidiano, por medio de la verticalidad. Claro que Juarroz fue radical en su propuesta, así que llamó Poesía vertical a los catorce libros que de él se editaron entre 1958 y 1997. La poesía de Juarroz es una propuesta única en la historia de la poesía contemporánea, y el tono melancólico de su voz se corresponde con una escritura que busca en la profundidad interior el fruto de una pasión cristalina.

    Ahora bien, el simbolismo de la llama o del árbol, su relación con la ascensión espiritual, ha sido estudiado por Gastón Bachelard. La contemplación de la llama encendida, su verticalidad, suscita en quien medita una visión, una especie de vuelo interior. Tal vez el cuerpo y la llama son uno y lo mismo. Si el fuego limpia y desnuda los sentidos, Obregón —el cuerpo de Obregón— y su escritura, resistían lo intolerable con sus raíces incrustadas en el aire, porque, de cierta manera, su poesía puede semejar un árbol sin flores ni frutos, un tronco firme y desnudo, un esqueleto. El esqueleto del viento.

    Como a Luis Cernuda, me gusta imaginar a Obregón hundido en una playa española, bajo el sol, perdido, ensimismado, alejado de los problemas de la vida. Hundido en los rayos del sol y en los remolinos del agua y del viento, mientras al otro lado de la carne sucedía algo inaudito de lo que  ni siquiera valía la pena hablar:

     

    A mí me recogía a la salida del colegio con su coche inglés descapotable de volante a la derecha y su sonrisa amable y burlona siempre, aunque él la escondiese o velase con el humo de la pipa. De vuelta de sus viajes me traía discos con la última música, libros, collares exóticos y todo lo que por entonces no se encontraba en España. Me enseñó a conducir y a manejar el capote y la muleta. Me llevaba al cine y a los toros, y todos los años, sin fallar, a la corrida del Corpus en Aranjuez. Aunque lo recuerde también en invierno, con chaquetas de tweed y corbatas de lana, cuando pienso en él lo recuerdo sobre todo en primavera, en los campos y carreteras, llenos de sol y flores, por donde corríamos con su coche inglés de volante a la derecha.[3]

     

    las escarificaciones reales

    Ni rasguños ni quejidos, ni jadeos ni pedos, ni siquiera lágrimas. Por el contrario, Estuario es un canto sobrio, elegante, soberbio, a la desesperación amorosa. Sin embargo, la imagen del estuario podría hacer mella con otra cadena: la que va del deseo de un cuerpo al deseo de otro cuerpo. “El tiempo está en la carne”, dice Obregón. Por esto y, por otras razones, algunos poemas de Obregón participan de la propuesta que había sembrado Pablo Neruda en las lenguas de América. Leer a Neruda es fascinante; sus poemas pertenecen a la esfera de lo irrefutable y son lo más parecido a la muerte: no hay manera de escapar de su hechizo. De ahí  que de los poemas de Obregón se podría decir lo siguiente: “Tal vez está ya en estos poemas de mitad de siglo la influencia turbia y bienhechora de ese libro infatigablemente creador que es Residencia en la tierra.”[4] El tono de Neruda se siente en Mutis y, es innegable, en los poemas de Amantes. En cuanto a Obregón, trascribo un poema donde se conjuga el aliento nerudiano con otro personal, acaso auténtico, donde sopla el fantasma irreprochable del deseo:

     

    Pesada cae la tarde sobre mis ojos hondos

    con su fardo de muertos y planetas hundidos

    tras el idioma roto de la luna naciente,

    mientras avanzo solo por fatales dominios

    donde el ángel y el monstruo combaten y se odian,

    donde dulces madonas fugazmente me salvan

    con el soberbio orgullo de diosas infernales.

     

    ¿Quién habita en el fondo? ¿Con qué remoto fuego

    os acerca a mis labios? Humo sobre la frente:

    esa mi breve herencia. Y así, brujo en la tarde,

    pregunto en las iglesias bajo viejas campanas

    que rasgan el silencio, trashumante sin

    tregua   por un país maldito donde Cristo

    agoniza al fondo de la carne, y sigo y me

    santiguo           y cruzo lentos puentes sobre mi

    antigua muerte,            para siempre iniciado al

    odio soberano.

    (“Domingo”, p. 110)

     

    El combate entre la corporal y lo espiritual es el tema de los poetas místicos. Pero Obregón está lejos de ser uno de ellos. En él hay ardor y prisa por ser devorado, como en Gaitán Durán, uno de cuyos aforismos dice, “Guerrero sí, o loco, pero nunca inocente”. Gaitán Durán descubre en sus poemas la avidez, la premura de lo erótico, el choque trágico de dos que quieren ser uno. Tal actitud lo emparenta con Obregón. Más que un místico, de cierta manera Obregón es un Narciso que se ve en el mar o, con otras palabras, que desaparece en el mar. Narciso es el héroe hundido en el pozo blanco de las purificaciones mortales; el ángel de la rebelión y, por lo mismo, el ángel de la desaparición. Al contemplar  su cuerpo en el estuario, Obregón confía que el agua lo redima de lo efímero, pero allí donde cree ver un rostro lavado, sólo encuentra la carne; esa carne que es carne en todas partes, en todos los lugares, porque como el agua, la carne no se estanca, fluye:

     

    […] Quizá sólo la piel

    vive de igual forma su doble intensidad,

    la raíz y la flor, la carne y la nostalgia:

    en ella explaya el tiempo el fervor de los ríos

    y al cruzar las lindes la hace estuario y abismo

    de su eterno regreso; luego, el alma

    se entrega, participa, se difunde

    en los días mientras el viento unánime

    lleva las simientes el lugar de la

    espera  animando la oquedad con su

    noble leyenda,               bruñendo desiertos y

    ciudades lejanas.         Como llama en el

    árbol, de la savia           a las hojas, de las

    hojas al aire,    enciende el

    misterio que domina su origen,  y noche

    adentro, desandando el rumbo    de

    la sangre, nos abandona inermes           en

    la ceniza de los templos.

    (“Cantos”, p. 127)

     

    Piel ajena o propia que se filtra en el poema, allí donde los cuerpos negados, regados, violentados por el viaje carnal, encuentran un lugar que los refleja, aunque ese reflejo es turbio, ambiguo. La carne abre surcos en los poemas de Estuario. Al final de ellos, creo es posible imaginar una mano de dandi que sacude el abanico, mientras resbala el sudor y un auto descapotable se pierde en lo azul del mar Mediterráneo.

     


    [1] Hasta donde he podido averiguar, casi no hay crítica literaria sobre la poesía de Obregón. Al respecto, puedo nombrar  dos ensayos sobre el tema; el primero, de Juan Felipe Robledo,  “Poesía y mística: un acercamiento al universo simbólico de Carlos Obregón” (Cuadernos de Literatura, núm. 27, enero-junio 2010, pp. 118-129); y, el segundo, de Jairo Guzmán, “Carlos Obregón o la silenciosa visión de un mundo sumergido” (Meridiano 75, Medellín, 30 de mayo de 2011). El texto de Robledo indaga en la “experiencia mística” de Obregón, y, para ello, encuentra un punto de apoyo en George Bataille, para quien la perversidad es más divina, más hermosa que la inocencia. De ahí que Robledo insista en la “corporeidad mística” que anima la poesía de Obregón. En ese sentido, la lectura de Robledo es pudorosa, acude al lugar común, y sólo puede ser válida si se admite que el misticismo de Obregón es una impostura, la manera más perfecta de equivocar el camino que conduce al resplandor de la carne. Por su parte, Guzmán intenta hacer una reconstrucción social de la poesía escrita por Obregón y sus contemporáneos, relacionándola con algunos tópicos de la historia de Colombia. La idea es buena, incluso ambiciosa, pero su texto queda atrapado en una especie de jerga inocua (“es un autor que encarna la angustia de ser”, “Alguien cuyo devenir tiene algo tormentoso en su dimensión existencial”) que, prácticamente, le quita validez a su crítica. Cabe señalar que, según Guzmán, Obregón también era un místico y, como es esperarse, en su comentario también tiene cabida una cita de Bataille.

    [2] Estuario, prefacio de Gonzalo Torrente Ballester, prólogo de Víctor López Rache, epílogo de María Torrente Malvido, Universidad Nacional, Bogotá, 2004, p. 24. Los poemas citados pertenecen a esta edición. El poemario se divide en  seis partes: “El silencio de fuego”, “Días del monje”, “Peregrinaje: Elohim”, “El tiempo contemplado”, “Domingo” y “Cantos”. A continuación, en el texto consigno entre paréntesis la sección de donde proviene y el número de página. La primera edición de Estuario fue publicada por Papeles de Son Armadans (Madrid-Palma de Mallorca).

    [3] Marisa Torrente Malvido, “Epílogo: algunos recuerdos de mi amigo Carlos Obregón”, en Op. cit., p. 136.

     

    [4] William Ospina, “Mutis: agua persistente y vastísima”, El Espectador, sección “Cultura”, 27 de agosto de 2011.

    Publicado en la edición 147 de Crítica


    Escrito por Mario Eraso

    Mario Eraso (Pasto, 1967). Es Licenciado en Literatura y Lengua Española. Universidad del Cauca; Magister en Literatura, Pontificia Universidad Javeriana. Ganador del Segundo Lugar en el Concurso de Poesía ICFRS, 1988; Primer Lugar en la Convocatoria Departamental de Poesía «Luis Felipe de La Rosa», Pasto, 1993; Segundo Lugar en el Concurso Nacional de Cuento para Trabajadores, Medellín, 1998. Figura en la Antología Quién es quién en la poesía colombiana (Bogotá, 1998) y en la Antología de poetas y narradores nariñenses (Pasto, 2003). Invitado a la XI Feria Internacional del Libro (Caracas, 2004). Obtuvo el reconocimiento de la Asamblea Departamental de Nariño por sus méritos literarios en agosto de 2004. Sus poemas aparecen en Extravío (1993) y en la publicación del Cuarto Concurso Universitario de Poseía 1CFES. Desde el año 2002 vivió en la Ciudad de México donde realizó el doctorado en Literatura Hispánica en El Colegio de México.

  • Albert Camus y el suicidio

    Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado.

    E. M. Cioran, Breviario de podredumbre

    Hablar de cómo el existencialismo interpreta el suicidio parece, de entrada, una tarea imposible al menos por dos razones. La primera es que el existencialismo es un horizonte vastísimo en el que no hay consenso sobre esa posibilidad de lo imposible o esa imposibilidad de lo posible que resulta la muerte, la propia y voluntaria muerte. La segunda razón tiene que ver con lo ético, y es que, para cierto existencialismo, el suicidio no difiere mucho de cualquier otro tipo de muerte, encontrando incluso el suicidio igual de inútil que cualquier tipo de apego vital. Sin embargo escribo esta reflexión en torno a Camus no como una diatriba contra el suicidio sino como una apología de la vida. Ubicarse desde la óptica del ateísmo existencialista sin renunciar a la vida desemboca en el pensamiento de Albert Camus. En el ensayo El mito de Sísifo, Camus expone sus ideas sobre el suicidio.

    Albert Camus es el joven portero en la parte inferior con ropa oscura

    Para comenzar hay que decir que el pensamiento de Albert Camus no constituye una filosofía completa, no se trata de una visión del mundo que suponga una metafísica y una moral como el existencialismo sartreano. Camus no era un filósofo sistemático y, sin embargo, parte de un punto del cual bien podría partir cualquier filosofía que se precie auténtica: el absurdo. Todos hemos sentido al menos una vez, por breve que sea, esa sensación de sin sentido, de vacuidad, de absurdo. No es necesario leer un relato de Franz Kafka o Virgilio Piñera para estar en contacto con esa experiencia que en realidad la sufrimos a la vuelta de la esquina o en la puerta de un restaurante, como diría el propio Camus. En esa experiencia del absurdo, la irracionalidad de la muerte, el incomprensible sufrimiento del inocente y el deseo desolado de claridad hacen eco en lo más profundo de nosotros.

    Los que hemos sentido dolor, al poco tiempo de experimentarlo, descubrimos que el dolor fatiga porque es sustancialmente absurdo. La experiencia del absurdo surge cuando los decorados se vienen abajo. Es eso lo que Camus muestra en su novela de 1942, El extranjero. En el prefacio a la edición inglesa de L´étranger, Camus escribió: “El protagonista del libro es condenado porque se niega a entrar en el juego.” ¿En cuál juego se niega a entrar ese personaje? Meursault se niega a mentir, dice lo que es cierto, se niega a enmascarar sus sentimientos, esquiva con todas sus fuerzas lo que hacemos todos cada día para simplificar la vida. Se niega rotundamente a la simplificación, y está lejos de ser un ser a la deriva, un hombre sin alma o inhumano, como declara el procurador ante el tribunal; lejos de todo eso, una pasión tenaz y profunda lo anima: la pasión de lo absoluto y la verdad. Sin ninguna actitud heroica acepta morir por la verdad. Meursault es un extraño para la sociedad en que vive, se desliza por un mundo solitario y sensual, es escrupuloso con sus propios sentimientos, pero indiferente a la sociedad que lo rodea. Dicho sucintamente: no quiere, y los rechaza con toda su fuerza, los decorados.

    ¿No es acaso el suicida alguien que ya no quiere tampoco seguir actuando en los decorados de siempre? El suicida mejor que nadie sabe de la experiencia del absurdo, conoce el amurallamiento del absurdo. Camus trazaba la ruta de Sísifo: “Levantarse, tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica; comida, tranvía, cuatro horas de trabajo; comida, sueño, y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado al mismo ritmo”, pero un día nos preguntamos ¿por qué?, y entonces la rutina se viene abajo, nos despertamos, surge el movimiento de la conciencia. Ese choque del despertar nos obliga a decidir, matarse o seguir viviendo de otra forma. Suicidio o reestablecimiento.

    Un poco a la manera en que Descartes ocupaba la duda, el absurdo es para Camus un método: en el absurdo intenta poner a prueba cualquier tabla de valores. El absurdo implica una contradicción porque no se puede tener conciencia de él (o mantener esta conciencia) sin optar de hecho por la vida, y optar por la vida es darle a ésta un sentido. Por eso el mito de Sísifo es, para Camus, el mito de la conciencia humana. Hay que recordar que Sísifo fue castigado en los infiernos mediante una condena que lo obliga a subir una pesada piedra hasta la cumbre de una montaña. Una vez que llega a la cumbre, la piedra rueda cuesta abajo y Sísifo tiene que subirla nuevamente. La condena es infinita y circular. Esa ardua tarea que se realiza en vano se parece demasiado a nuestra existencia cuando hemos sido fulminados por el absurdo, cuando hemos entrado en el espesor del mundo con sus cosas cotidianas que de pronto nos resultan hirientes, vacías. Como Mersault en El extranjero, nos sumimos en ese abrupto despertar, en la tierna indiferencia del mundo, esa especie de extrañeza del mundo que Camus llama espesor, absurdo. Ese extrañamiento respecto al mundo, nos dice Camus, es como cuando en el rostro familiar de una mujer se encuentra como extraña a la que se había amado meses o años atrás. Aquello amado se nos presenta como extraño y nos sentimos vencidos, derrotados.

    Regresando al mito de Sísifo, hay que recordar que Sísifo intentó encadenar a la muerte, y lo logró. Sin embargo, Ares libró a la muerte de sus cadenas y las personas de nuevo comenzaron a morir. Eso ocurre míticamente, pero también nosotros comenzamos a morir cuando un encantamiento se ha roto. Cuando las cadenas que ataban nuestro ser en el mundo se rompen comenzamos a morir. Una fe, una religión, una vocación, una mujer amada, una filiación partidista, un mundo, que de pronto, se han convertido en “nada”. He ahí la gratuidad de nuestra existencia que de golpe se nos revela, en esa suerte de “náusea” sartreana. La disyuntiva entonces es ineludible: acabar de tajo con esa gratuidad o buscar el reestablecimiento de alguna manera. Camus se pregunta en El mito de Sísifo: “¿Será preciso morir voluntariamente o esperar a pesar de todo?”

    La absurdidad, esa enfermedad mortal como la llamaba Kierkegaard, nos ha arrojado a una decisión impostergable, matarse o seguir. “Muero para testimoniar que es imposible vivir”, decía uno de los personajes de Jean-Paul Sartre, Mateo Delarue en Los caminos de la libertad. Ése era precisamente uno de los puntos en los que difería Camus de Sartre. Precisamente porque es imposible de ser vivida, para Camus la vida vale la pena de ser vivida. Vivir es una rebeldía. Camus hubiera escrito: vivo para testimoniar rebeldemente que es imposible vivir. No es casualidad que Camus rescate esta cita de Kierkegaard: “el mutismo más seguro no es callarse, sino hablar”. Ante el mundo sordo y desolado, que pide nuestro suicidio lógico, hay que responderle con una negativa pasional y absurda, seguir viviendo, seguir oponiendo el llamamiento humano al silencio no razonable del mundo.

    En este punto quiero regresar al epígrafe de Cioran: “Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado.” En ese sentido, Camus comparte el pensamiento de Kierkegaard y de Cioran. Hay que convertir la experiencia del absurdo y su consecuencia, el pensamiento del suicidio, en una pasión que aliente la vida. No podemos hacer de cuenta que no hemos experimentado el absurdo; hemos perdido la “ingenuidad”, como diría Jaspers. Si en efecto somos presos de nuestras verdades, una vez reconocida la experiencia del absurdo y el pensamiento del suicidio como verdades, será imposible entonces apartarse de ellas. No podemos enterrar el pensamiento del suicidio, no podemos en una amnesia deseada borrar ese punto de nuestra existencia en el que todo se anuló y las certezas se convirtieron en piedras en el desierto. Lo que sí se puede hacer es transformar la contemplación del suicidio en un acto de libertad que me haga poner en juego mi ser en cada instante, de tal forma que me enraice con mucho mayor fuerza en el mundo. Podemos convertir la posibilidad de nuestra muerte en una pasión rebelde por la existencia. Por ejemplo, cada hora para un guerrillero vale quizá más en términos de vitalidad que un año de una vida monótona empantanada en la indiferencia. Y vale más porque no vale nada y porque cada segundo se está poniendo en juego toda posibilidad de ser. El acto suicida en sí se puede evitar pero el pensamiento del suicidio no. Pero es gracias a este pensamiento que el acto no se realiza, es gracias a la experiencia de la angustia en el absurdo como podemos rebelarnos a ese mismo absurdo y seguir viviendo con una pasión de la que estábamos desprovistos antes.

    Instalado en ese mundo injusto, incomprensible, acotado a diestra y siniestra por el absurdo, sólo queda un camino para Camus: el del hombre rebelde. No es que el hombre rebelde venza al absurdo sino que lo prolonga, lo extiende, porque sólo viviendo absurdamente se puede seguir vivo. Yo puedo gritar que no creo en nada, al borde del suicidio puedo gritar mi falta de fe en todos los discursos sobre la tierra, puedo gritar, como lo hacía John Lennon en aquella canción llamada “God”, que no creo en algo o en alguien. Puedo decir cínicamente, o con pesar, que todo es absurdo, pero aun así es necesario que crea en mi protesta. La primera y única evidencia que me ha sido dada en ese gritar, en este mundo, dentro de la experiencia absurda, es la rebelión. La rebelión, a pesar de que nace del espectáculo de lo irracional, de la experiencia injusta e incomprensible, reivindica el orden en medio del caos, exige que ese desorden  y ese escándalo se detengan. Por esto el absurdo es lo contrario de lo irracional. Mientras que lo irracional es un divorcio entre el caos del mundo y el deseo de orden que hay en mí, el absurdo nace de la confrontación de ese deseo y de ese caos. En primera instancia, Camus encuentra que la rebelión tiene un sentido individual. Cuando un esclavo se entrega a su rebelión, no rechaza solamente la humillación del tirano, sino también la condición misma de la esclavitud, aquella parte de sí que quería que la respetasen la pone entonces por encima de lo demás y la proclama preferible a todo, llega a ser para él el bien supremo. Así surge un valor que puede exigir el sacrificio de la propia vida individual del hombre. La libertad puede exigir que uno muera antes de ser esclavo. Pero ese hombre rebelde no se queda con un sentido solitario o individual, sino que aparece el sentido colectivo de la rebelión, el esclavo que lucha y que puede desprenderse de la vida para afirmar sus derechos no combate ni muere únicamente por sí mismo y por todos los esclavos, sino también por los opresores y tiranos. Ese bien supremo no es sólo mío, es común a todos los hombres. La rebelión tiene una naturaleza básicamente colectiva. Es, en palabras de Camus, la aventura de todos.

    Estos sentidos los vemos claramente en su obra. Así, por ejemplo, mientras que en El extranjero encontramos un sentido individual, en La peste se halla un sentido colectivo. No nos extrañe que la segunda se haya escrito en 1947, después de que el pueblo francés sufrió la ocupación alemana. El origen de la peste está en lo que se nos quiere hacer creer inexistente, el bacilo de la peste puede permanecer durante muchos años adormecido “en los muebles y en la ropa” y puede, algún día “despertar a sus ratas y hacerlas morir en una ciudad feliz”. Muy a nuestro pesar estamos contaminados del bacilo, y como el doctor Rieux, o quizá como Paneloux estamos condenados a seguir aquí, en esta tierra enferma y exiliada. Un antiguo paciente del doctor Rieux murmura: “Los demás dicen: Es la peste, o ha sido la peste. Poco falta para que pidan una medalla. Pero ¿qué significa esta palabra, la peste? Es la vida y nada más.” Camus ha fusionado en esta novela de 1947, sus experiencias de 1942 con la tuberculosis y de la ocupación alemana (1940-1944). Es decir la experiencia del absurdo en sus dos caras, la individual y la colectiva. Podría parecernos con justa razón que La peste es la novela de la desesperación, de la angustia, pero detrás de la crudeza del relato, del fobos que produce, se haya una sutil esperanza. Mediante la prosa, Camus logra transmitir, como en L’étranger, un sentimiento de liberación. En la configuración de los personajes el ímpetu contra el absurdo nos transmite el deseo de luchar contra el destino, de luchar contra la peste en cualquiera de sus formas.

    “It’s no secret that a conscience can sometimes be a pest”, canta una banda irlandesa contemporánea, y es precisamente aquí y ahora que debo rebelarme contra esa peste antes de morir. La rebelión nace de la conciencia de que el hombre es el portador de un valor que trasciende y juzga toda situación absurda, por eso debe ser reivindicado y defendido en el presente y no postergado a un futuro que escapa a la responsabilidad de su obrar. El cristianismo, por ejemplo, promete además de un thelos una guía de cómo actuar en el mundo, un orden superior, un paraíso por venir. El intento del creyente cae nuevamente en el intento de Sísifo de encadenar a la muerte, de encontrar una razón para vivir, como si en efecto hubiera razones para vivir. Quizá por eso Camus se relaciona, para algunos críticos, con la imagen del justo, del santo sin Dios. Simone de Beauvoir llegó a describirlo como un “justo sin justicia”. Esa suerte de “santidad laica” la encontramos en sus personajes despiadadamente rebeldes en donde la moral subjetiva parece más justa que cualquier orden social de valores. La misma crítica que se hace a la escatología cristiana es valedera para cualquier filosofía de la humillación y para cualquier discurso que hable de una tierra prometida o la recuperación de una infancia perdida: nirvana, dictadura del proletariado, promesas de liberación por la vía tecnológica, modernidad, etc. No hay ya símbolos en la tierra, y sería vano darle al suicida una razón para seguir viviendo, pues esa misma razón se puede convertir nuevamente en su razón para morir. La vida hay que vivirla precisamente porque no hay razones para ello; se trata de una rebelión metafísica que se actualiza en cada instante. La filosofía de la rebelión de Albert Camus no sólo se mueve a través del mito de Sísifo, sino también a través  del mito de Prometeo, el héroe encadenado de la rebelión que “mantiene, bajo el rayo y el trueno divinos, su fe tranquila en el hombre” y es “más duro que su roca y más paciente que su buitre”.

    El suicidio no puede ser la salida al absurdo, ya sea el suicidio corporal que elimina la conciencia, ya sea el suicidio moral del hombre con el sometimiento al absoluto irracional, llámese este Dios o Historia o moral colectiva. En lugar del suicidio, la rebelión. En lugar del suicidio lógico como respuesta al absurdo, la rebelión creadora que instaura una norma metafísica para equilibrar el delirio histórico. En el espectáculo desgarrador del mundo (guerras, enfermedades incurables, tragedias individuales y colectivas, un rompimiento amoroso, la falta de alimento, la miseria, la soledad), en el sentimiento de absurdidad y en el pensamiento del suicidio, Camus descubre la rebelión, la libertad y la pasión. Es en la contemplación de mi propia muerte como posibilidad que descubro mi rebelión, mi libertad y mi pasión. En Breviario de podredumbre, Cioran escribe a propósito de la autodestrucción como posibilidad: “hemos adquirido la conciencia de nuestra libertad, somos dueños de una resolución un tanto más atractiva cuanto que no la ponemos en práctica. Nos hace soportar todos los días y, más aún, las noches: ya no somos pobres, ni oprimidos por la adversidad: disponemos de recursos supremos. Y aunque no los explotásemos nunca, y acabásemos en la expiración tradicional, hubiéramos tenido un tesoro en nuestros abandonos: ¿hay mayor riqueza que el suicidio que cada cual lleva en sí?” Esa ética del hombre rebelde que se opone al suicidio Camus la encontró, al igual que Cioran, en la creación artística.

    El 4 de enero de 1960, Albert Camus murió en un accidente automovilístico a la edad de 47 años. Había muerto un hombre rebelde que dejaba huella en la imaginación y en la conciencia moral y política de toda una generación, se había ido el escritor humanista que durante toda su vida se negó a participar en la falsa retórica de la época. Tres días después de su muerte, Sartre publicó un artículo sobre este gran artista, con el que había mantenido una larga polémica y una gran amistad. Cito algunas líneas de ese artículo: “Llamo escándalo al accidente que mató a Camus, porque hace aparecer, en el seno del mundo humano, lo absurdo de nuestras exigencias más profundas. A los 20 años, atacado de pronto por una enfermedad que trastornaba su vida, Camus descubrió el absurdo: negación estúpida del hombre. Se fue acostumbrando a él, pensó su condición insoportable, salió del paso. Podría creerse, no obstante, que sólo sus primeras obras dicen la verdad de su vida, ya que este enfermo que recobró la salud había de ser aplastado por una muerte imprevisible y venida de fuera. El absurdo sería, pues, esa pregunta que ya nadie le hace, y que él ya no hace a nadie; este silencio que ni siquiera es ya un silencio, que ya no es absolutamente nada (…). En la medida en que el humanismo de Camus contiene una actitud humana ante la muerte que había de sorprenderlo, en la medida en que su búsqueda orgullosa de la felicidad suponía y reclamaba la necesidad inhumana de morir, reconocemos en esta obra y en la vida que no es separable de ella, el intento puro y victorioso de un hombre que luchó por rescatar cada instante de su existencia al dominio de su muerte futura.” Quien ha pensado en el suicidio está capacitado para expropiar cada instante de su existencia al dominio de esa muerte venidera que lo tomará por sorpresa y no de otra forma; para ser má duro que su roca y más paciente que su buitre.


    Escrito por Eduardo Sabugal

    Es maestro en Lengua y Literatura por la Universidad de la Américas. Ha publicado en revista y suplementos. En 2003 obtuvo la beca Foescap para jóvenes creadores. En 2010 la Secretaria de Cultura de Puebla le publicó su primer libro “Involuciones”.

  • Poema

    Nota de Sergio Téllez-Pon y versión de Nicolás Ruiz

    El autor de este poema es, sin duda, Xavier Villaurrutia (Ciudad de México, 1903-1950). Apareció publicado sin título y sin el nombre de su autor en el primer número de Ulises, revista de curiosidad y crítica (mayo de 1927, p. 30; FCE, Colecc. Revistas Literarias Mexicanas Modernas, 1980, p. 42.), la publicación que él y Salvador Novo hicieron entre 1927 y 1928. Villaurrutia era muy adepto a estos juegos, inspirado en los que hacía otro de sus escritores franceses predilectos, André Gide, quien publicaba sus cartas sin destinatario (porque ellos sabían a quién iban dirigidas). El poema alude a las ideas sobre el viaje que tenía el escritor francés Paul Morand a quien hace un claro homenaje en este poema y quien estuvo en México a principios de 1927: a partir de esa visita escribió su libro Viaje a México (Cvltvra, 1940; Aldus, 2008), traducido por el propio Villaurrutia; también de Morand le viene la influencia por la escritura de novelas breves como fue el caso de Dama de corazones (1928) consecuencia de la lectura de Fermé la nuit (1923), que Villaurrutia cita erróneamente en el poema. En una carta también de principios de 1927, Villaurrutia le escribe a Alfonso Reyes: “Paul Morand pasó unos días entre nosotros. Yo escribí un artículo para Revista de revistas y una poesía que Morand se llevó en el bolsillo muy agradado, después de perdonar la gramática de mi francés”. Casi con las mismas palabras es presentada esa poesía en la nota que la antecede en la sección “El curioso impertinente” de Ulises, que redactaban ellos mismos: “Un poeta de México deslizó en la cartera de Morand, a modo de conocimiento y saludo, estos versos”. La afinidad por la idea del viaje que tenía Villaurrutia con Morand, como puede notarse claramente en el poema, queda de manifiesto, además, en los epígrafes que encabezaban la revista (que escogía Villaurrutia), uno de los cuales es del propio Morand y hace referencia al “viaje alrededor de la alcoba”. Nicolás Ruiz no sólo ha vertido al español este poema sino que también lo ha corregido con acentos graves y circunflejos, tan propios de la lengua francesa, que al publicarse en la revista con puras mayúsculas no podían aparecer impresos. —Sergio Téllez-Pon.

     

     

    Immobile autour de ma chambre,

    J’ai fait avec vous le tour du monde.

    Alors je fus convaincu,

    Malgré toute la géographie,

    Que la terre n’était pas ronde.

     

    Lorsque j’ouvre votre Nuit close [sic]

    —éditions Nouvelle Revue Française

    J’entre dans un hôtel cosmopolite

    Plein de chambres de bruit et de paresse

     

    Les chambres des femmes

    —barbe bleue tout à fait rassuré—

    Aurore, Delphine et Clarisse,

    Noyées dans sa propre atmosphère.

    Et depuis les chambres des villes

    Avec son grand cabaret dynamique

    Qui tourne mon cerveau lent

    Comme un cerf-volant électrique.

     

    Maintenant vous êtes au Mexique,

    L’amère mère américaine

    Qui a une nocturne flore magnifique

    Et aussi un faune humaine

    Pour épater le monde entier

    Voulez-vous un exemple simple?

     

    Notre-votre Rousseau douanier.

     

    Je ne vous serrerai la main

    Car vous avez au lieu de doigts

    Des feuilles[1] de température:

    J’ai peur de me bruler, Morand.

     

    *

     

    Inmóvil alrededor de mi cuarto, / Hago con usted la vuelta al mundo. / Entonces estuve convencido, / A pesar de toda la geografía, / Que la tierra no era redonda. // Cuando abro su Noche cerrada / —ediciones de la Nouvelle Revue Française— / Entro en un hotel cosmopolita / Lleno de recámaras de ruido y pereza // Las recámaras de las mujeres / —Barba Azul totalmente seguro de sí— / Aurora, Delfina y Clarisa, / Ahogadas en su atmósfera propia. / Y más adelante las recámaras de las ciudades / Con su gran cabaret dinámico / Que gira mi lento cerebro / Como un papalote eléctrico. // Ahora usted está en México, / La amarga madre americana / Que tiene una magnifica flora nocturna / Y también una humana fauna / Para sorprender al mundo entero / ¿Quiere usted un ejemplo simple? // Nuestro-vuestro Rousseau aduanero. // No voy a estrechar su mano / Pues usted tiene en lugar de dedos / Hojas de temperatura: / Tengo miedo de quemarme, Morand.

     

    Texto publicado en la edición 147 de Crítica   


    [1] Aquí estaba escrito “fauilles” que podría entenderse como “failles” (fallas), como faucilles (hoces) o como feuilles (hojas). Si escogí esta última traducción fue simplemente basándome en el contexto del poema. Dejo, sin embargo, abierta la posibilidad a otra interpretación.

     


    Escrito por Xavier Villaurrutia

    Xavier Villaurrutia, nació en la Ciudad de México en 1903, y murió en su ciudad natal en 1951. Fue poeta, crítico literario y dramaturgo, realizó estudios de teatro en el Departamento de Bellas Artes y escribió varios guiones de cine. Junto a Salvador Novo y Torres Bodet, de quienes fue amigo desde la preparatoria, sentaron las bases de la generación de los poetas contemporáneos, que luego reunió a numerosos intelectuales del Siglo XX mexicano.

    Abandonó sus estudios de Derecho para dedicarse a la literatura y estudió teatro en la Universidad de Yale, becado por la Fundación Rockefeller.

    En su obra poética y teatral predomina el tema de la muerte. La angustia, la impotencia y la soledad se conjugan en este poeta y dramaturgo surrealista, que tuvo la influencia de López Velarde. Son ejemplos de este género en poesía: “Reflejos” (1926), “Nocturnos” (1933), “Nostalgia de la muerte” (1938), “Décima muerte” (1941) y “Cantos a la primavera y otros poemas” (1948).

    Entre sus obras teatrales pueden mencionarse: “Autos profanos” (1943), “Invitación a la muerte” (1944), “La mulata de Córdoba” (1948) y “Tragedia de las equivocaciones” (1951).

    Entre sus novelas debemos citar “Dama de corazones” (1928).

    Tradujo autores españoles y fundó dos revistas, junto a Salvador Novo: “Ulises” en 1927-1928 y “Contemporáneos” en 1928-1931. Fundó el Teatro Ulises en 1928.

    Entre 1943 y 1946 creó la revista “El hijo pródigo” junto a José Bergamín.

    Sus obras completas se publicaron en 1953.

    Póstumamente, fue homenajeado en 1955, denominando Xavier Villaurrutia al premio establecido para distinguir escritores.

  • Crítica 147

    La “Crítica” 147, febrero-marzo, es imperdible. Publicamos un poema inédito de Xavier Villaurrutía. Además un ensayo de Paul Valéry y un cuento de Enrique Serna. También nos acompaña Gabriel Bernal Granados, Eduardo Sabugal, Mario Eraso, Gerardo Villanueva, Ingrid Valencia, Adolfo Castañón, Federico Vite, Gabriel Wolfson, entre otros de nuestros autores ¡A disfrutar! 

    Haz clic en la imagen para leer la revista completa.

    SUMARIO:

    Antonio Fonda SavioEttore Schimitz 3

    Juan Soros

    El lugar del disenso 10

    Paul Valéry

    El porvenir de la literatura 16

    Eduardo Sabugal

    Albert Camus y el suicidio 21

    Gerardo Villanueva

    Tres poemas 29

    Gabriel Bernal Granados

    De donde se desprende que uno es la suma total del universo 31

    Óscar Ricardo Muñoz Cano

    Un cuento frustrado causa mal aliento 46

    Xavier Villarrutia

    Poema 51

    Enrique Serna

    Drama del honor 54

    Mario Eraso

    Escribir es multiplicar sombras 87

    Héctor Iván González

    Dos Poemas 96

    Raquel Aguilar

    Un amor como el café 102

    Alejandro Ferrero

    Causa de la noche 107

    Ingrid ValenciaCuatro Poemas 125

    Adolfo Castañón

    Octavio, querido Octavio 129

    Julio César Félix

    Dos poemas 144

    Magali Velasco Vargas

    Hermenéutica del miedo 147

    Iván Vázquez

    Tres poemas 156

    Federico Vite

    Dolce far niente 158

    Felipe Vázquez

    Literatura de la literatura 163

    Gabriel Wolfson

    La fiesta problemática 166

    Vicente Francisco Torres

    La muerte de Montaigne 173

    Alejandro Badillo

    Mirar hacia adentro 177

    Daniel Bencomo

    Lecciones de teratofilia 183

    Manuel de J. Jiménez

    Viajes de la nueva poesía mexicana 186