Crítica 146

  • Frágil memoria de muertos de Diego Tatián

    El peso de los recuerdos

    “Los muertos recuerdan siempre su casa de infancia, pero nunca completamente.” Con estas aseveración inicia el relato que da título a esta recopilación de relatos breves de Diego Tatián (Córdoba, Argentina, 1965). De manera paradójica, es también el último del volumen, por lo que pudiera ser considerado también como un epílogo que plantea el hilo conductor o, al menos, el motivo central de Frágil memoria de muertos.

    read more

  • Oráculo

    1

    Cuando José Miranda me llamó, yo no sospeché nada porque no había nada qué sospechar. Entiéndeme. Tenía años de no verlo, no sé cuántos, pero más de quince. Desde que comencé a trabajar en ese periódico de mierda perdí el contacto con mis compañeros de la universidad. No sé por qué. En una ocasión, José María, amigo de Miranda y de Lucrecia, del Chitos y del Loco (quizás no era tan amigo del Loco, pero de los demás sí) me dijo que Miranda y Lucrecia me habían perdido el respeto. Lo que pensara entonces Lucrecia no me importaba, pero sí sentí gacho que Miranda ya no me respetara. (Aunque esto es paradójico porque al mismo tiempo supe que antes me había respetado.) Al parecer, Miranda le había dicho a José María que yo era un tipo inteligente y con mucho potencial para ser un gran periodista o hasta un buen escritor, pero que me dejaba influenciar mucho por lo que pensaban los demás y que no tenía disciplina ni me preocupaba mi futuro. La verdad es que todo eso me sonó muy cursi y no supe si era invención de José María o de José Miranda. Le dije que ni mi papá me había dicho tanta estupidez en la adolescencia (la verdad es que siempre me decía esas cosas y otras rayanas en insultos, o más bien eran insultos, pero ya casi no me acuerdo, o sí me acuerdo, pero creo que no viene al caso contártelo) y que ya se vería con el tiempo quién era quién.

    Lo que pasa es que Miranda era muy raro: sacaba muy buenas calificaciones, pero no era matado; se ganaba el aprecio y el aborrecimiento de los maestros por igual y me cae que no era guapo, pero tenía varias viejas. Yo todo eso se lo reconozco, pero dime tú, si era tan chingón, entonces ¿por qué nunca tenía un quinto y siempre estaba de malas? Muy doctor y muchos estudios en el extranjero (porque el Loco me contó que Miranda se había ido a Estados Unidos a estudiar un posgrado) pero ni carro tenía. Siempre andaba en el metro.

    Yo no podía saber qué se traía porque si bien se me hizo raro que Miranda me llamara, tampoco era algo imposible. Al fin y al cabo fuimos compañeros de la universidad y, mal que bien, yo ya me había ganado cierto prestigio en mi trabajo. No, no éramos de la misma generación, simplemente fuimos compañeros. No sé, creo que él se graduó en el 98. No, yo no me titulé y ni falta me hizo. No se te olvide que estuve a punto de ganarme el Pullitzer. Los que hemos sido elegidos para escribir no necesitamos de títulos ni de esas cosas.

    Sin embargo, cuando me llamó, algo en mí se puso en alerta, pero mi confianza natural no le dio importancia y quedamos de vernos al día siguiente (era un viernes) para comer en una cantina del Centro. Lo reconocí de inmediato; estaba leyendo un libro en inglés como si quisiera impresionar a los otros comensales; a lo mejor era a mí a quien quería impresionar. En cuanto me vio cerró el libro y se puso de pie. Me abrazó (nada muy efusivo ni muy hipócrita). “¿Cómo has estado? Qué gusto verte”, me dijo.

    —No tan bien como tú —le dije— yo no tengo un doctorado, aunque ni falta me hace.

    —Me alegra, así nos dejas algo a los que sí lo necesitamos. Te ves muy bien —dijo no sé si refiriéndose a mi prematura calvicie o a los doce kilos que tengo de más.

    Comimos cinco tiempos, pero en realidad es como si fueran menos. Lo que pasa es que en esa cantina ya me conocen y nunca me sirven las botanas. Nos vamos directo a los platos fuertes, ya saben que dejo buenas propinas. No, no estábamos borrachos. Miranda había comido dos tiempos en realidad (una sopa y un guisado) y para entonces se había tomado unas tres cervezas. Yo no recuerdo cuánto bebí, pero tampoco iba a limitarme, él había dicho que me invitaba y era viernes.

    Durante la comida, Miranda me hizo preguntas que iban de anodinas a venenosas. Lo bueno es que yo iba siempre un paso adelante. Primero me preguntó que cómo estaba, cómo estaba mi esposa, el trabajo… hasta pretendió interesarse en mis textos. Comentó algo sobre dos artículos míos recientes (se ve que había hecho su tarea).

    —¿Sigues escribiendo? —me preguntó. Como tardé en responder dijo: —Me refiero a la literatura. Aunque no fuimos tan cercanos en la universidad y quizás por ello nunca te lo dije, siempre me pareció que eras de los que mejor escribían.

    —A veces —le dije— pero no he publicado nada.

    —¿Por qué?

    —Porque no me interesa. Ahora la gente sólo quiere basura y yo no escribo basura. Digo, sin ofender a los que publican —hice esta aclaración porque José María ya me había contado que Miranda había publicado un libro de cuentos en una edición de autor y que además tenía una columna en una revista universitaria. No sé qué es peor: la mediocridad de nuestras editoriales o publicarse a sí mismo.

    —Te entiendo —me dijo—. Lamentablemente yo no he resistido la tentación y escribo de vez en cuando.

    —Y aparte de eso, ¿qué más haces? —le pregunté.

    —Doy clases.

    —¿De qué?

    —De periodismo y derechos humanos.

    —¿En dónde?

    —En la Universidad Nacional.

    —¿Tienes una plaza de tiempo completo?

    —No.

    —¿Das clases en la mañana o en la tarde?

    —En la tarde.

    —¿Cada cuándo?

    —Tres veces por semana.

    Ya voy, lo que pasa es que no es lo mismo dar clases en la mañana que en la tarde en esa universidad. Todo mundo lo sabe. Te digo todo esto porque necesito reproducir el diálogo lo mejor que pueda para que veas que no me era posible sospechar nada de su locura o lo que fuera. Pero me voy a adelantar un poco para darte gusto. De hecho, ahora que lo mencionas, a lo mejor sí tomó más cervezas, pero yo no vi o no me di cuenta. Lo que pasa es que no lo vi borracho. En fin, de pronto me dijo que me agradecía mucho que hubiera aceptado la invitación a comer con él.

    —No tienes nada qué agradecer —le dije.

    —Al contrario, siempre voy a estarte agradecido porque ésta será la última vez que comamos juntos —así me lo dijo, muy seguro. Yo creí que me iba a decir que tenía alguna enfermedad muy grave o que se iba a vivir al extranjero. Pero no tenía los ojos llorosos ni el tono solemne. Hablaba como si ya supiera lo que yo iba a decirle, como si ensayáramos.

    —Te propongo que nos dejemos de tanto misterio —le dije— y me digas lo que te pasa porque para eso somos amigos. ¿Por qué no volveremos a comer juntos nunca más? —le pregunté.

    —No es fácil de decir, pero tienes razón: lo mejor es ir al punto. Después de lo que voy a decirte ya no comeremos juntos porque no vas a creer lo que te cuente. A lo mejor vas a pensar que estoy loco y ya no te quedarán ganas de que nos veamos de nuevo.

    En ese momento yo aún estaba sobrio porque recuerdo perfectamente lo que me dijo. Me emborraché después de que se fue, como a las ocho y en otra parte. Además, antes de que me dijera eso, todo había estado normal. Éramos dos amigos de la universidad, dos periodistas, dos colegas que se estiman mucho y se reúnen después de varios años de no verse.

    —Puedo predecir el futuro —me dijo. Me lo soltó a quemarropa. Le hice una seña que significaba que no lo había escuchado bien, pero el volvió a decírmelo.

    —Puedo predecir el futuro —repitió—. Me le quedé mirando. Hacía un gran esfuerzo por no mostrar mi sorpresa y mi decepción, pero al mismo tiempo hubo algo dentro de mí que me decía: “Esto confirma que tú eres más chingón que él”.

    No me reí. Ahora no sé si porque sentí pena por él o por los nervios. Él me sonrió, no parecía avergonzado. Tenía razón, después de todo. Era obvio que no le iba a creer y, por supuesto, no me quedaban ganas de verlo de nuevo.

    —Pues qué bien —le dije—. ¿Te importa si pedimos la cuenta?

    —Ya la pedí, cuando fui al baño —me respondió.

    —Menos mal, tú también tienes prisa.

    —No, pero sabía que ibas a pedirla en este momento y me adelanté.

    Ahí no pude más y me reí francamente.

    —Estás cabrón, Miranda, es cierto que adivinas el futuro —mi risa era deliberadamente una burla y un goce por verlo ahí, tan poca cosa. Sin embargo, él actuaba como si de verdad supiera lo que iba a ocurrir. Tal vez fue su impasibilidad lo que me hizo quedarme otro rato.

    —Pensándolo bien —le dije— ¿por qué no nos quedamos y pedimos algo más?

    —Me parece muy bien —respondió— aunque voy a cambiarle a la cerveza. ¿Tú quieres otra cuba?

    Saqué un cigarro de la cajetilla, me lo puse en los labios y evité mirarlo mientras buscaba el encendedor en las bolsas del saco. Cuando lo encontré le dije:

    —Casi, Miranda.

    —¿Qué cosa?

    —Casi te sale bien la broma.

    —No es una broma, pero no te culpo por no creerme. Yo mismo no me creería.

    —No me compares contigo, para empezar. Yo… te diré algo. Si ya sabías que no te iba a creer y que me iba a querer ir, entonces ¿por qué pediste la cuenta? ¿No sabías que me iba a arrepentir y que te iba a decir que nos quedáramos, que ibas a aceptar y que te iba a decir esto mismo en este momento?

    —Lo sabía.

    —¿Entonces?

    —Entonces nada. No pedí la cuenta, te mentí —me dijo. Se acercó el mesero dispuesto a encenderme el cigarro.

    —¿Te ha pedido la cuenta este señor? —le pregunté al mesero sin dejar de ver a Miranda, a través del humo.

    —No —dijo el mesero— ¿quiere que se la traiga?

    Negué con la cabeza, pedí otra cuba y Miranda, un tequila.

    —La verdad es que no es fácil creerme —me dijo— así que te ofrezco una disculpa si  te he incomodado al decírtelo, pero tenía que hacerlo.

    Nos miramos un largo rato, bebimos en silencio. Fui yo quien habló primero.

    —Vamos a suponer que es cierto —le dije—. ¿Cómo lo puedes probar?

    —Como quieras.

    Mi mente científica comenzó a trabajar y pensé en pedirle que me dijera cómo iba a terminar el mundo, cuándo se extinguiría la humanidad, pero me di cuenta de que no iba a saber si era cierto lo que Miranda me contara. Luego pensé en pedirle los resultados de la lotería, de las carreras de caballos, de algún encabezado en los periódicos y hasta que me dijera lo que yo estaba pensando. Opté por esto último.

    —A ver, dime, ¿qué acabo de pensar en estos últimos segundos? —le pregunté a manera de reto.

    —Eso no es adivinar el futuro sino el pasado —me dijo— pero está bien, te lo diré —y en efecto me repitió mis pensamientos. Ahí fue cuando la broma o lo que fuere dejó de ser graciosa. ¿Cómo supo? ¿Quién se iba a imaginar que esas eran las pruebas que se me iban a ocurrir? No, tienes razón, nadie.

    La verdad es que no supe muy bien cómo llevar el tema sin ofenderlo y sin pedirle más pruebas. Lo intenté, pero no pude desenmascararlo. Hasta adivinó un número que yo había escrito en un papel. Sin quitarle importancia a lo que en ese momento yo creía que podía tratarse de una facultad sobrenatural, a mí comenzaba a darme miedo. Así que le propuse hablar de otras cosas. Continuaron las copas y la conversación y cuando esta vez fui yo quien pidió la cuenta, me dijo:

    —Hay una razón por la que te he confiado mi mayor secreto. Es todavía más difícil de creer, pero tengo que decírtela.

    —Mejor ahí la dejamos, Miranda —le dije—. Me dio mucho gusto verte y hablar contigo, pero esto ya no me gusta nada.

    —Te prometo que será lo último que te diga y la última vez que te moleste —me contestó—. De verdad no ha sido mi intención incomodarte.

    Noté que ya arrastraba un poco las palabras, así que eso también me relajó, cierto compañerismo alcohólico me relajó.

    —Mejor —le dije— en lugar de que me cuentes más cosas del futuro, dime el número de la lotería del próximo martes. Si le atinas, te invito a comer y me cuentas todo lo que quieras, Miranda.

    —Eso no te lo puedo decir.

    —¿Por qué?

    —Por cuestiones éticas y por mi propia seguridad. Lo siento.

    Ya sabía que se iba a salir por la tangente. Nunca confíes en alguien que te hable de ética.

    —Te he confiado mi secreto porque primero necesitaba que me creyeras. No sé si lo he logrado (es decir, sí lo sé, pero tengo que decirte todo esto de igual manera). En todo caso no pierdes nada y puedes ganar mucho.

    Trajeron la cuenta, yo hice como que iba a pagar y saqué un billete, pero Miranda se adelantó y puso su tarjeta de crédito sobre la comanda.

    —Al menos ya sabes si va a pasar tu tarjeta —le dije y nos reímos.

    Guardé mi billete de doscientos pesos en la cartera y le pregunté: “¿De cuánto estamos hablando?”

    —De mucho.

    —¿Cincuenta mil?

    —Mucho más.

    —¿Cien mil, doscientos mil?

    —No se trata de dinero. Hablamos de las vidas de varias personas.

    Debió notar mi decepción (o ya sabía que me iba a desilusionar, como quieras verlo) porque me dijo para interesarme en el asunto: “Una de esas vidas es la tuya. Salvar tu vida debe valer más que cien o doscientos mil pesos, ¿no crees?”

    Le trajeron el pagaré y firmó.

    —Espero que no estés tratando de amenazarme, Miranda —le dije con absoluta seriedad— porque soy capaz de matarte.

    —Por favor, no te exaltes.

    —¡Cómo no quieres que me exalte! —exclamé dando un golpe sobre la mesa, pero nadie se volvió a mirarnos— ¿Qué tiene que ver mi vida con tu pinche locura?

    —Escúchame bien, por favor. En unas semanas van a llegar a tus manos ciertos documentos.

    —¿Qué documentos?

    —Son unos papeles que, como imaginarás, comprometen a gente con mucho poder. Su publicación provocaría un gran impacto que redundaría en un gran reconocimiento para el periodista que lo hiciera, pero el riesgo es muy alto. Tu vida y la de tu hijo están de por medio. Te hablo de secuestro y tortura. Sobre todo de la vida de tu hijo, él sufrirá cosas que no te puedes imaginar. He venido a hablar contigo y a pedirte que no publiques nada y que te olvides de ese asunto.

  • El estremecimiento de los intelectuales: entrevista a Idalia Morejón Arnaiz

    Radicada desde 1998 en Brasil, Idalia Morejón Arnaiz (Cuba, 1965), escritora y profesora de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de São Paulo, es ya desde hace un tiempo una de las voces autorizadas en la discusión sobre los años sesenta en Latinoamérica. read more

  • Poemas

    Constantinopla

     

    Vivo en las afueras del mundo,

    soy el peor histrión del vecindario.

    Considero una ventaja estratégica estar a la sombra de la Puerta Dorada,

    colosal atea que va siempre al grano y prefiere la desolación al adorno.

    La admiro por lo mismo.

    Cuando pienso que su muerte es mi muerte

    me doy por satisfecho,

    ya puedo anunciarle a todos que estoy en una relación sentimental.

    La raza de mi querencia no es importante, lo que cuenta es su sentido del diseño.

    No odio a los chinos por ser chinos, los odio

    por ser incapaces de inventar la belleza trascendental de un

    1950 Studebacker Champion Convertible.

    La imagen de dicho auto reside en el relicario de plata que habré de arrojar dese alguna cima

    el día de mi finiquito.

    Barajeando mis opciones, me inclino por la cima de aquel puente.

    Hay que entender que el puente sufre el peso del tiempo

    como ningún mártir jamás podría

    y además sin drama o

    mácula,

    sin ensuciar los pantalones.

    Golden Gate,

    en tu nombre rutila

    una grosera promesa

    que ya pienso capitalizar

    cuando sea hora de canjear mis fichas.

    ¡Tú no eres ningún vulgar puente, oh montaña servil!

    Las pelirrojas me estimulan a tal grado, y entre más heladas y utilitarias,

    más vivo es el rojo de mi entusiasmo.

    Habría que seguir tu ejemplo, mi humilde giganta,

    y soportar el plomo de los días

    con el gris acero de tu parsimonia.

     

     

     

    2.

     

    Bruto y astroso el jamelgo

    del lúgubre hidalgo

    (no aquel Hidalgo sino el genérico, el de noble abolengo)

    renquea cual oblea, tose cual tren

    y sangra escorbuto

    parodia tísica de locomoción clásica

    que de la sedición es el fruto.

     

    Un calambre lo tuerce y le trunca

    la carrera castrense

    (la carrera de un gato y su ovillo de estambre)

    y ahora lo tienen paseando a aquel fiambre

    en carroza, también a su esposa, la momia canalla.

    Tú espera en la esquina y seguro te tira

    confeti circense

    desde el asiento de alambre

    de esta seca antigualla.

     

     

     

    Sendai

     

    Tengo un sismógrafo junto a la silla giratoria,

    un globo terráqueo traspasado de agujas

    donde las placas tectónicas se ahorcan;

    tengo un mirador cónico donde el fin del mundo es un diorama

    con partes móviles y exquisitas réplicas de trenes

    y cochecitos a escala.

     

    La aguja brinca y baila con el trompo.

    La gran ola se mueve y devora a velocidad insólita.

     

    Los muertos fluyen, se revuelven

    en un cosmos piroclástico.

     

    No hay defensa. Todo corre

    menos las piernas,

    los relojes…

     

    …las moscas son moscas desde siempre.

    De su errar derivo

    una lección pasmosa

    una modesta constante

    un frugal ultraje

    y un prismático

    temblor-abismo.

     

     

     

    El paraíso era un baluarte circular

     

    El paraíso era un baluarte circular,

    sus habitantes felizmente parapetados en la certeza binaria

    de un estado de sitio.

    Nosotros o Yo

    adentro;

    Ellos o Él

    afuera.

    Él circundaba la muralla,

    su voluntad siempre idéntica a sí misma…

    al ritmo de un caracol sus jinetes

    circundaban la muralla

    afilando en ella sus dagas

    como después el agua

    cuando erosiona las rocas.

    Su nombre es multitud

    pero entre ellos brilla la hélice

    espiral

    el remolino abismal

    y el viejo escargot que deja su baba en el álbum de la familia.

    Adentro, Nosotros

    en unísono de serpentina

    pre-serpentina

    circulábamos el único signo posible,

    y esto Nosotros

    lo hacíamos sin manos o sin bocas.

     

    Hoy con justa razón sentimos repugnancia y buscamos no hundirnos en ninguna pantanosa monomanía

    pero en aquel entonces todo era simplonamente divino.

     

     

    El primer portero

    corrupto

    fue el primer agujero

    amoroso.

    El primer agujero corrupto

    fue el primer portero amoroso.

     

     

    Hoy reina la Moneda, la Rueda y el Fuego.

     

    El fuego es la manifestación visible de una rueda invisible.

    La rueda rueda con la simplona divinidad de la moneda.

    La moneda es el baluarte circular en el que la rueda existe y es consumida por el fuego.

     

    Y lo que queda fuera de la moneda,

    o todo lo que no es moneda,

    es lo único que habilita y sostiene la existencia de la moneda.

     

    Y

    amén

    entonces

    o etcétera

    pues.

     

     

     

    4.

     

    Doroteo, arenga a las tropas,

    hazlas subir por el filo de Marte,

    da la orden, que rasguen las ropas

    y a usar los jirones para un nuevo estandarte.

     

    Ya encarriladas en demás rasgaduras

    las huestes valientes violentan los lechos

    rasgando las faldas de nenas maduras

    los muertos vivientes se arrogan derechos.

     

    Feroz centauro, cazador de la enagua,

    bigote y carisma de fatal rabble-rouser,

    aunque ayer gobernabas Chihuahua

    hoy en Texas subastan tu Mauser.

     

    Texto publicado en la edición 146 de Crítica


    Escrito por Eduardo Padilla

  • La señal

    Después de una prolongada ingesta de pastillas Matías Blumfeld, recién jubilado, se sentó en el sillón de piel y miró la luz de la tarde en los edificios. Siempre tenía hormigueantes las manos después del vaso con agua, del temblor en la boca. La cura, una tras otra, bajaba en el torrente. La migraña lo acosaba desde la infancia. Las pastillas, antes de la garganta, las guardaba en diminutos frascos multicolores, apilados en el baño. Pero a pesar de los intentos la punzada en la cabeza persistía. Corto circuito. Zumbido casi imperceptible, mosquito que no se posa y sobrevuela. Y alrededor de Blumfeld, a pesar del zumbido, más nítidas las voces, la llave deteriorada y su goteo en la cocina amplificado, inmenso. Escuchaba los leves pasos del gato en el departamento de arriba. Las sigilosas huellas. Desde hacía tiempo desarrollaba una teoría de sus dolencias, íntimamente ligada a eventos en apariencia lejanos: la puesta del sol, la reciente humedad en los cristales, el camión de la basura en la mañana. Todo era motivo de análisis, hipótesis fundadas en la rigurosa cuenta de los hechos. Al final de la jornada, en la mesa de la cocina, Blumfeld llenaba una libreta con números y frases. Encontraba consuelo en el continuo garrapateo, en el movimiento del lápiz, en los detalles y en la memoria. Quizás era bueno saber que el 23 de junio de ese año el dolor había sido particularmente agudo, que treinta días antes había pasado inadvertido. Dispersos chispazos en el cerebro. Y la lengua sobre los labios, la goma borroneando un dato indeciso o equivocado. Con el tiempo estaba más convencido: aumentar la conciencia de su mal lo acercaba, de alguna forma, a la cura.

    Blumfeld, en el sillón de piel, esa tarde, era el único espectador, en primera fila, de la luz en los edificios de enfrente. En los techos antenas de televisión, algunas desvalidas, otras esqueletos. Miraba el amarillo que declinaba y evocó, casi sin querer, al gerente anunciando la liquidación que precedió su despido. “Muchos años de trabajo en la empresa.” “Ha cumplido con la edad.” “Es un proceso obligado por la ley.” Blumfeld tenía clara su edad, también la fatiga en las escaleras, el dolor de espalda escalón tras escalón y después, en la oficina, el jadeo, el temblor en las manos y las manchas de sudor en la camisa. Pero le disgustaba la imagen del gerente, sus maneras afectadas, la mano sosteniendo el cheque, tendida breves instantes, sin temblor, con suficiencia, como si fuera un anzuelo. El recién jubilado no supo encausar su odio. Es cierto que estaba harto de revisar papeles en la oficina. Custodiado por archiveros, parvadas enteras le llegaban. Y a veces, en el papelerío, se acrecentaba el odio a los formatos, a las casillas, a los infinitos sellos. La tinta sobre sus pulgares, casi indeleble en los puños de sus camisas. Huellas en la oficina, al final de la jornada, en la copiadora, en el piso. Pero ahora Blumfeld, en vez de papeles, tras el cristal, era solitario testigo en la ventana. Imaginaba su vida al otro lado de la calle. Su atención se concentró en las plantas del departamento, en el polvo sobre la mesita de luz. Porque el hábito del oficinista perduraba en la correspondencia. Rasgar el sobre y mirar las cifras, cotejarlas, compararlas con anteriores. Luego, agotado el descifre, poner el trofeo en un corcho. Uno más. Y otro y otro. Incluso, por el hastío, sobres ajenos, caducos en el buzón, revisados como propios.

    Blumfeld se levantó del sillón. Según los minuciosos registros había pocas probabilidades de jaqueca. Como garantía la reciente ingestión de pastillas y un historial que registraba, a esa hora, escasa incidencia. Más cómodo en el crepúsculo. Ligeras y libres las manos. Para revolver la oscuridad, para agitar las cortinas o verter agua en una jarra. Le gustaba llenar hasta el borde jarras, vasos y tazas. Una peculiaridad: esperar hasta el último momento, antes del derrame. En las tardes, como las pastillas, innumerables tazas de té. La perturbación después de una bolsita que gana peso, que se hunde poco a poco. El rostro hundido en el vapor, desvanecido, las agudas órbitas, demacrado el cuadro completo.

    Blumfeld caminó alrededor del sillón. Estuvo a punto de ir al cajón por la libreta y reseñar la primera incidencia del día. “El cartero pasó a primera hora de la mañana. Bajó de su bicicleta y un perro comenzó a ladrar motivado, quizás, por la campanilla que reverberaba en el manubrio.” Le pareció bien la frase, la última palabra. Pero se guardó la idea. Tiempo habría para escribir, para enfrascarse en largas disquisiciones, para ir al baño y hacer inventario de cajas. Revolverlas, mirar la fecha de caducidad, los colores. Se acercó a la ventana. Ahora, desde su posición, podía mirar a plenitud el inicio de la calle, el óxido acumulado en el techo de los buzones, las escasas nubes. Se sintió bien. Incluso era agradable el temblor de las hojas, recientes y desprendidas, en la orilla de la banqueta. El viento les daba vida, las agitaba. Blumfeld remiraba la tarde. Las lámparas de los postes, ante el inminente crepúsculo, empezaron —animales vivos— a parpadear.

    Blumfeld, paciente en la ventana, miraba y miraba. Los ojos a veces fijos, a veces en vuelo, indagando. A pesar de la monotonía, de la luz similar en color y el previsible instante de nubes, tenía esperanza de que algo sucediera. Entonces, al inicio de la calle, junto al semáforo, una lenta figura nació diminuta pero avanzaba y ganaba presencia. Similar a un buzón, pronto alcanzó un auto estacionado, no varió la dirección y aumentó de tamaño junto a un ciprés. Era un muchacho.

    Blumfeld miró: en la calle desierta el muchacho era una anomalía. Minutos antes, en el mismo lugar, se había escenificado la diaria migración de oficinistas después de la jornada, con los zapatos negros y los trajes arrugados. El muchacho caminaba lentamente. Husmeaba entre las casas, entre los autos. Con su mochila a cuestas, el andar lento. Al fin se detuvo y cruzó un jardín sin reja, una casa cercana al edificio donde era observado. Tocó la puerta. Esperó y esperó. También Blumfled. Pero nada.

    Imaginó la decepción del muchacho. Tocar el timbre y la tensa espera, casi siempre sin esperanza. El muchacho intentó en la casa adjunta. Tal vez en ese momento, después del timbre, alguna ilusión en los ojos y por eso pendiente de cualquier ruido: una volátil respiración, el acto de encender la luz, pasos sobre el piso de madera. De mujer, más evidentes, por los tacones. La suposición fue correcta. Y un foco se encendió en el portal y su bocanada de luz, blanca, amarilla, sobre una mujer ataviada con una bata roja, con vivos detalles. En el estampado, además del entramado de flores, destacaban unos animalillos dorados que Blumfeld —aguzando la vista— identificó como macacos japoneses, de la nieve. Sus cabezas de oro, los enrojecidos rostros, en una postal años antes. Entre las páginas de una novela, en su librero, según recordaba. La novela era muy mala, incluso la había dejado a la mitad, abandonada en el buró, en un caluroso verano. Blumfeld quiso seguir con la digresión pero la mujer reclamó su interés cuando dedicó unas palabras al muchacho. Desde la altura la escena era amplia, la mujer recargó la mano en la cintura y el movimiento de labios terminó. Muy similares los dos, en la estatura y en la complexión, incluso en los cabellos. Blumfeld pensó en una silueta, un cuerpo intacto en el espejo. Pero el muchacho rompió la imagen cuando se acercó y sacó un folleto de su mochila. Entonces la mano tendida, como la del gerente, días antes, ante Blumfeld. A la defensiva la mujer, la respiración, la rigidez en el cuerpo. Un paso atrás, precautorio. Sin embargo alargó la mano al papel y le dedicó una mirada. A la distancia se percibió un destello en la parte inferior del brazo. Tal vez un reloj o una pulsera. El brillo perduró hasta que la mano cambió de posición. El muchacho conservaba la figura erguida, los hombros un poco vencidos aunque dispuestos. Blumfeld lo miraba de espaldas pero imaginaba el ansia del semblante, los labios y la lengua que los recorría. Y todo en él precavido, esperando.

    La mujer empezó a leer el folleto. A la distancia era difícil saber su primera reacción, pero Blumfeld suponía que encontraba interés en el escrito, tal vez una promoción, una atractiva imagen en el papel, un anzuelo. El muchacho relajó el cuerpo. Blumfeld sintió pena por él, tendría toda la tarde tocando puertas, diligente con su mochila, caminando. Los rayos del sol, el sudor, la procesión casa por casa. Su sombra al principio corta, después alargada, ahora inerte junto a sus pies por la luz escasa. La misma tensión antes de abrir la puerta. La esperanza de una venta, entonces, en cualquier señal: una sonrisa, una acentuada respiración, los ojos avispados y abiertos. El muchacho dio un paso a la derecha. La mujer acabó de leer el folleto.

    Entonces ocurrió.

    Blumfeld observó el inicio del movimiento. Primero la mano alzada, del extremo el folleto con los dedos. Quedó ahí, suspendido en la luz, como pez acabado de sacar, con las letras, con los llamativos dibujos, con todo. Después el folleto regresó a la mano abierta y ésta, ayudada por el pulgar e índice de la opuesta, empezó a desmenuzar al cautivo. Rápidos movimientos, limpios, casi tijeretazos. La mujer, con la bata roja, con los inmóviles macacos, dedicó algunos segundos a la labor. Los fragmentos se conservaron un instante en la mano. La palma retomó su antigua posición y, abierta, dejó en escape, al viento, los infinitos papelitos. Blumfeld recorrió un poco más la cortina. Los papelitos siguieron varios rumbos. Y temblor en las manos, impotencia por no ver el rostro del muchacho. Sólo su espalda y la camisa a cuadros. Lo demás, como antes, en continuo anonimato.

    El muchacho inclinó la cabeza. La fiesta de papelitos terminó, apenas restos en el piso. Vagando. No se advertían desde la altura indicios de voz, aunque Blumfeld supuso algún murmullo, una palabra de decepción en el muchacho. La mujer cambió su postura. Intacto el rostro, adelantó un poco el cuerpo y la bata, entreabierta por la variación, mostró la luz de las piernas. Blumfeld, tentado por el deslumbre, inclinó la cabeza y dio un paso al frente, muy cerca el cristal. Partícipe de la escena, a su modo. Disfrutó la contemplación. Impaciente estaba por otro atisbo, ya olvidado del muchacho, cuando la mujer alzó la mirada y la dirigió a la ventana donde la espiaban, con suficiencia, como si siempre lo hubiera sabido. Después, con parco gesto, señaló a Blumfeld. La mano apuntó muy blanca, abierta, casi ala. Y perceptibles, incluso, por la intensidad, las uñas. Blumfeld se retiró de la ventana. Cerró las cortinas. No supo si el muchacho había volteado. La penumbra ocupó el ámbito. Una noche interior en el reloj, en el vaso, en todos lados. Blumfeld sintió el primer anuncio del dolor. Lo había aprendido a identificar. Primero los vivos ojos, las pupilas incandescentes, los objetos coronados por resplandores. Un paisaje alcalino en cualquier cuarto. Como cualquier atisbo de sol, en el horizonte. El doctor le había dicho que debía manejar la tensión. Su cabeza, insistió, era frágil registro del mundo, caja de resonancia, vulnerable a casi todo. Y entonces el ritual, el agua rebosante en el vaso y las pastillas, una por una, en la invitación de la mano abierta y en el rostro. Se sentó en el sillón, miró las cortinas cerradas. Las manos fueron a la mesita de luz, destaparon el frasco y las pastillas. El vaso en lo alto, no rebosante y sin reflejos. La inclinación de la mano y las pastillas de nuevo.

    Blumfed cerró los ojos, intactas las manos blancas de la mujer, la bata roja, las piernas. El asedio en la cabeza por la intensa luz. Sin embargo el dolor cedía con el tiempo, una onda apenas, como una piedra al fondo, su reminiscencia en un lago. Se levantó y rodeó el sillón. Encontró una rendija en la cortina. Segundos estuvo, indeciso de husmear, de un lado a otro. Al fin se decidió. Poco a poco se metió en la cortina, primero la nariz, luego los ojos. En la casa de enfrente no estaba la mujer. Tampoco el muchacho. Los papelitos desaparecidos. Blumfeld suspiró. Iba a terminar su exploración cuando la inclinación de la cabeza, suficiente por el ángulo, lo llevó a la reja del edificio. A los barrotes blancos, a la maceta de escasos geranios, al buzón que volvía y que obsesionaba. Entonces el muchacho. Estaba ahí, con su mochila, haciendo guardia, junto a la puerta. Blumfeld respingó. Obra de casualidad el muchacho, no. Era la mano blanca, los macacos, los papelitos dispersos. “Que se quede ahí, que toque las veces que quiera, no me importa”, pensó. Paseó caviloso, una vuelta al sillón, otra más. La noche casi completa en el exterior, sólo alegres las sombras, las ramas de los árboles. Temeroso pasó los siguientes minutos, en la cocina, esperando el sonido del timbre. Estaba sentado, con los brazos extendidos. Apenas parpadeaba. La mente inmóvil aunque no pasó mucho tiempo para que imaginara al muchacho abriendo la puerta, el rechinido del gozne, su sombra en la maceta de escasos geranios.

    Blumfled dio una vuelta a la cocina, orbitó una vez más el escenario. No había ruidos. Pensó en las pastillas, en que debía tener a la mano un vaso con agua. Guerra de nervios mientras abría el garrafón pero aun así pudo completar el vaso. Después, en el baño, el frasco mudó de los entrepaños a la bolsa de su camisa. Muy rápido, en un solo movimiento. Luego, incapaz de regresar al sillón, caminó por la sala, por el comedor, por el largo pasillo. Después del recorrido, más tranquilo, abandonó el vaso en la mesa y miró las cortinas. Tras ellas, una sola luz, el resplandor de las lámparas. Iba al sillón de piel cuando se dio cuenta que la ventana estaba abierta. Una anomalía era el espacio libre pues recordó que la había cerrado, incluso había puesto el seguro. Entonces se acercó y, antes de cerrar, bajó la vista a la reja. El muchacho en la misma posición. Blumfeld interrumpió su mirada. Increíble su perseverancia, su necedad, su locura. Iba a repetir su perorata mental, que no iba a abrir, que hiciera lo que gustara, cuando escuchó los pasos de un vecino en la escalera. Una mujer, con más precisión, pues eran nítidos los tacones. Podía seguir con claridad la trayectoria, descendiente en la escalera. Y escalón tras escalón el ordenado taconeo, primero la punta, luego el peso completo. Los pasos llegaron al primer piso y, retomando Blumfeld la visión, entró a escena la vecina, en la planta baja, a escasos metros del otro. El muchacho seguía inmóvil aunque había algo vivo en su semblante. En las cejas, bajo los ojos, quizá un temblor. Blumfeld apartó por completo la cortina. Recordó el vaso en la mesita de luz y en la camisa las pastillas. La vecina sacó de su bolsa las llaves. La pereza de la mano, el cuidadoso movimiento a la cerradura. Y así, después del leve giro, del rechinido del gozne, dirigió una sonrisa al muchacho. Mala señal, interpretó Blumfeld. Y todo se agravó cuando vinieron palabras que acabaron pronto. Tal vez una pregunta, un saludo. Los labios —a pesar de la brevedad— conservaban intacta la inercia y buscaron nuevo intercambio. El muchacho volvió a hablar. La vecina respondió. Un par de veces más. Blumfeld, desesperado en la ventana, el rostro cerca del viento, buscó alguna palabra. A pesar del silencio sólo murmullo como humo, indescifrable. Al fin la vecina se despidió y tomó su rumbo en la calle, pero dejó la puerta abierta y el muchacho quedó a mansalva, a pocos pasos de la escalera. Blumfeld cerró los ojos con el primer paso, cuando la puerta se cerró y la sombra sobre la maceta y los geranios. “¿Por qué no le dio un folleto a la vecina?”, pensó para distraerse, mientras se alejaba. Miró la puerta de entrada, la cerradura, la pequeña mirilla donde espiaba a los vecinos. Una onda en la superficie del vaso, apenas visible. Pero el movimiento no pasó inadvertido para Blumfeld que lo achacó a los pasos del muchacho en la escalera. Escalón tras escalón, como antes la mujer, ahora en sentido contrario. La misma perturbación en el vaso. Un poco de fosforescencias, casi flotando, anuncio de una nueva punzada en la cabeza. Diminutos insectos en el ardor de los ojos, en el cerebro. Sacó el frasco de la camisa. Con movimientos rápidos las pastillas de nuevo en su lengua y la inclinación veloz para apresurar el trago. El efecto fue rápido. ¿Qué le diría al muchacho? ¿Abriría la puerta? Esta última opción le pareció imposible. También la impune observación del extraño, por la mirilla. Durante algunos segundos se convenció de que el muchacho no llamaría a su puerta, que iría con otro vecino, que desistiría de su empresa. Sin embargo las esperanzas se vinieron abajo por los pasos ligeros, como ejército avanzando, pacientes y cercanos. La aproximación directa, tal vez en el piso inferior, lo puso en guardia. Volvió a meditar: una vez ofrecido el folleto no podría negarse, no podría decir “no” y tuvo miedo. Se dirigió al sillón, luego al comedor. De nuevo, como antes, orbitando. Pero ir de un lado a otro no era la solución. Necesitaba algo más, entre tanta nube en la mente una certeza. Aún cavilaba cuando los pasos llegaron a la puerta. Detenidos un instante, delatados por la sombra artificial de las lámparas. Blumfeld miró la puerta, la cerradura, la mirilla. Intuyó el cuerpo al otro lado, la mochila, el gesto. La atareada respiración por el cansancio. Incluso, formados en su mente, los latidos. Blumfeld fue a la sala, recogió una arrugada gabardina. No quiso esperar el toque. Supo que, al no haber timbre, la mano se convertiría en puño acercándose a la madera. Dos tímidos toques, luego la insistencia, más fuerte, la repetición. Blumfeld abrió la puerta de la cocina y cruzó el pequeño cuarto de lavado. Otra puerta ahí, que daba a una escalera y ésta a la azotea. Estableció la ruta, se puso la gabardina, aferró las manos al metal y comenzó la ascensión. En el trayecto tuvo miedo de un resbalón, la vacilación por una endeble soldadura, una caída. Una última imagen: su cabeza rota en el suelo y el silencio. Sin embargo siguió, peldaño tras peldaño, porque seguía el muchacho tras la puerta, inminentes los nudillos en la madera, quizás el contacto en ese momento.

    Blumfeld llegó a la azotea, relajó los brazos. Más libre, el escenario sin fronteras visibles, inabarcable con los ojos. Sintió el viento en las manos, en la cara, en los cabellos. Regresó el hormigueo. En medio del triunfo sintió pena por el muchacho, paciente junto a la puerta, tocando. La noche era plena en la ciudad. Por la altura los edificios parecían más cercanos, también las calles, las luces, los anuncios. Desde ahí podía ver el centro comercial, una clínica, escasos coches en fila. El ámbar del semáforo, a lo lejos, una estrella. Paciente como los autos miró y miró. Las antenas de televisión eran despojos. A unos metros distinguió la azotea de la casa de enfrente, donde había aparecido la mujer ataviada con la bata roja. Recordó la escena anterior, quiso imaginarla en la sala, despreocupada, quizás mirando la televisión, inmune al encuentro con el muchacho. Entonces observó el blanco inicio de su cuerpo, las manos aferradas a la escalera. La mujer llegó a la azotea. La bata roja parecía, por el leve viento, una bandera. Dedicó unos segundos a curiosear. Hubo un momento en que fijó la mirada en la zona más lejana de la calle, como si tuviera miedo al encuentro con otro muchacho. Blumfeld miró en la misma dirección. Cuando volvió a la mujer, ésta lo observaba tranquilamente, después extendió el brazo y lo señaló.


    Texto publicado en la edición 146 de Crítica


    Escrito por Ale­jan­dro Badillo

    (Méx­ico DF, 1977) es nar­rador, ha pub­li­cado tres libros de cuen­tos: Ella sigue dormida (Fondo Edi­to­r­ial Tierra Adentro/ Conac­ulta), Tolvan­eras (Sec­re­taría de Cul­tura de Puebla) y Vidas volátiles (Uni­ver­si­dad Autónoma de Puebla). Es colab­o­rador habit­ual de la revista Crítica. En 2007 y 2010 fue becario del Fondo Estatal para la Cul­tura y las Artes. Tex­tos suyos han apare­cido en revis­tas como Punto en línea de la UNAM, Letralia.com y Tierra Aden­tro. Actual­mente es coor­di­nador del Taller de Creación Lit­er­aria en la Uni­ver­si­dad

     

  • Estuario de Tomás Segovia

    El mundo es la verdad

    Tomás Segovia (Valencia, 1927-México, D. F., 2011) murió a principios del pasado mes de noviembre. Solo ocho meses antes había aparecido este Estuario, cuyo título y epígrafe inicial —el celebre “Nuestras vidas son los ríos…”, de Jorge Manrique— revelan, antes de que leamos un solo verso, su sentido de flujo que concluye, su naturaleza terminal. Estuario es un testamento poético, en el que Segovia recapitula melancólicamente su vida y proclama su amor al mundo, a un mundo que sabe ya próximo a su desembocadura. read more

  • Escribir cartas: pedir que el tiempo exista

    Lee cartas que no le están dirigidas. Trata, como yo, de descifrarlas. Trata, dijo, como yo, de descifrar el mensaje secreto de la historia.

    Ricardo Piglia, Respiración artificial

     

    Pertenecemos a la primera generación que vio desaparecer las cartas. Inmersos en los estímulos suplementarios de Internet y las redes sociales, aún no sabemos qué tan grave fue esa pérdida.

    read more

  • Confesiones de un racionalista

    Mi hermano murió hace siete años. Hasta la fecha no acepto el hecho de su muerte. Murió a los 40 años, a la mitad del camino, es decir con mucho camino delante de él. Habló, desde el helicóptero que lo trasladaba al Hospital General de Viena a casa de mis padres, emocionado y feliz porque disfrutaba como niño este viaje tan cerca del cielo. Doce horas después se rompió la aorta: una muerte silenciosa que no despertó a la enfermera que había asumido la tarea de vigilarlo durante su primera y última noche en la clínica. Un descuido médico mató a mi hermano, no una enfermedad genética de la que nadie sabía. Una muerte innecesaria originada por un hospital de tres mil camas, con las instalaciones técnicas más sofisticadas y el personal mejor preparado y más desvelado de todos los hospitales europeos. Hasta la fecha no puedo ver las torres gemelas del edificio sin el irracional deseo de que les espere el mismo destino que a las torres neoyorquinas.

    read more

  • Tres poemas

    CUANDO LLEGUE el tiempo dile que aún es temprano

    que hay una fiesta diminuta bajo el zapato

    que dejaron tirado y fue pescado como ombligo

    de innacido tirano desterrado

     

    dile sin embargo que nunca será demasiado tarde

    para aliviarle resaca al espantapájaros que baila

    con los cuervos de vicente volatilizándose al ras

    de aquel apuro por llegar a tiempo a su momento

     

    las campanas tibetanas no se cansan de alzar

    la suave alegría de la mañana intocada librada

    batalla en un detalle del follaje que sacude

    tan sólo un rumor que no ha llegado

     

    cuando pienses en quien te ha mordido

    no lo mates con el relámpago de tu dolor

    lo arrancado no se encuentra suelto

    del envío abisinio del esclavo sobrevivo

     

    a la penuria con su éxtasis salado

    a la migraña desde el poso de un abismo

    a la encrucijada con hambre de espantajo

    a la mordedura de lo mismo que te abre

     

    dile al emisario del abismo que he salido

    en busca de una senda en otras manos

    camino al lugar donde borra el destino

    a su predestinado a tiempo de ser a tiempo

     

    es el espejo clásico extraviado en el ático

    es la confianza ruda de una sola mano

    es el tráfico incendiado por las horas

    es la hoja que arrancaron los que amaron

     

    cuando escuches que algo llega a enredarte

    salta hacia la capital de la alegría

    se trata de un lugar que está en tu axila

    o entre los pliegues de esa prestada camisa

     

    cuando llegue el tiempo y se haya ido

    con los ojos dados vuelta como un zombi

    sobre el hilo eléctrico de las conexiones

    en un espejismo privado hacia la hora

     

    y se haya ido tu distancia con el frío

    hasta contarte la dulzura ríspida del sonar

    de la montaña tras la montaña de los años

    ellos mismos confundidos con sus sombras

     

    ser tan rápido como el abismo que imanta

    o tan agudo al desenvolver tus agonías

    para desplegarlas en el mantel del picnic

    mientras al mirarlas las hormigas muerden

     

    cuando el tiempo traiga su ángel sin guardia

    dispense al dragón por su inocencia tácita

    por el silencio fogoso que comprende

    los breves movimientos de guadaña

     

    rasga el cereal para el futuro pan de los colores

    sopla la paja del sombrero incrustación de velas

    tu autorretrato como mortaja de tu otro

    por un camino que se vuela y se difunde

     

    al sinfondo del campo sigue el pulso

    tallando la callada espesura paralela

    una espiga enredadera en una espina

    palabra vera para aquello que no vino

     

    el destino se propague por temblarte

    dile apenas que me fui a la playa

    con la canoa y unos remos habitados

    por la marea sin peso la marejada

     

     

     

     

     

     

     

    la incierta felicidad desprende un rumor de pátinas para la llovizna

    es la mañana siempre y la noche nunca se desgarró mientras crece

    la luz vacía sin vacilar estira los brazos novia inconstante del hambre

     

    se dividen las jornadas en un arremolinarse las hojas se conciben

    las preguntas del precipicio que suele aparecer a eso de las doce

    fatiga del viento contra los amplios entretelones con sus moscas

     

    me quedo mosca contra el atrapapeles contra el rol agusanado

    manzana en la boca del divino cerdo corazón del banquete

    pierdo confianza en el tiempo para encintar los labios de apagón

     

    la soledad es un puente pulpo en todas direcciones gira el muy

    soplón y atiende a cada una de las dudas que carcomen la pieza

    de estalactita pura como el abismo maternal incluso tierno

     

    con sus mansedumbres ovejíadas me deja en la estocada

    a un palmo de certeza a media distancia de vida íntima supurada

    diseminación de bordes de botellas verdes azules transparentes

     

    sobre todo los filos agudos de la transparencia antigua de embrujar

    en la inacabable cola del cometa oroboro que rodea con espinas

    el sagrado corazón de este zancudo

     

     

     

     

     

    llegó el ángel del deterioro el gran angular de diagonales

    con las alas apagándose en una pasión de sufrimiento tal

    que a palos de ciego mortificaba la yacente carne aguzada

    por los inminentes gusanos de seda que irían a deshilarla

    en los pasillos cada vez menos hospitalarios sacudíanse

    esas alas del cabrón con su campanita al cuello y su lirio

    en especie de ojal que rechinábale el rabillo perspicaz

     

    sus melenas cambiantes como un coral en plena espuma

    se agitaron un instante para que otros ojos habitasen

    aquella inmediación entre la zona viva y la que partirá

    en cualquier momento neutro se trata de la misma bronca

    con que las luces de las distancias agujerean el pecho

    la continencia espectral de un sucedáneo entre el daño

    al correr de esas distancias con sus dioseznos apretados

     

    iba corroyendo ese filón manantial que ensordecía

    traía catástrofe a la primera línea fugaz del trampolín

    desde donde saltaban sin sentidos los tres monos

    sus partos de susurro o labia o confidencia al oído

    de ese guardiancillo desmelenado sacudiendo adornos

    en todos los cuartos del cuchicheo adonde se posaran

    alas de murciélago sobre un lago esmeralda de la sed

     

    junto al martirio del lecho el lechoso légamo invernal

    raíz arrancada de linfas poderosas que discurren

    sin más por el zarpazo suave del hálito del ángel del

    desgaste con sus oros el orate de gas haciéndose

    parte de lo que arranca la carne de su nido adentro

    o su afuera en los campos inminentes

    en los afluentes de distancias que acaparan el ansia

     

    y al correr atravesaba murallas y a su dios tragaba

    y se atracó matraca de salva entre las alas de polilla

    olor a podre de frutas acidez amurallada suspicacia

    tan suspicaz el lenguaraz desangelado

    sus ojos niebla a punto de estallar nunca

    royendo el fémur del consuelo incrustación

    de zonas que se filtran por el disfraz del exangüe

     

    con túnica vertebral esa prisión de costillares

    ese costado a punto de hablar por dónde llegar otro

    al correr esas fragancias con los dones agitados

    presas en combustión a través de la salina que

    suspira párpados al fondo cuando el yacente

    en brazos de este ángel se abandona al ángulo

    justo a la cabecera de la cama junto a su relojeo

     

    hecho de huecos específicos

    compuesto como una orquesta de plumajes

    desasidos de la costura de la selva carnal

    del niño rosado que se lima los dientes

    de umbral en umbral el arpista en harapos

    entonaba su cántico a la sombra

    cristalina y vitalicia en su epicentro

     

    llegó el ángel y a su cobayo le dijo eres mío

    mi servidor eres y yo tu amortajador lo dijo

    con esa gracia de peso pluma que contiene a los

    ex presos con una especie de planicie en la voz

    resonador del juicio que habrá que abolir cuando

    sea por ahora sea hay un sudario y debajo

    antropomorfo el saltamontes su antro retuerce

     

    no querría irse no querría pasar al otro lado

    del espejuelo que lo ajustaba como un traje

    aprestado como una copia del rostro hecha

    trizas sobre una superficie de brisa terminal

    con la presión de los dientes y uñas

    el puño erizándose al contacto

    el ala perseguida por el ala

     

    pieza probable de la eternidad que se comía

    sin vergüenza alguna los rincones por entonces

    surgieron motines de ángeles amontonados

    del deterioro rondando desharrapando

    como la llama hacia la borrasca del rostro

    borra en el sudario inexorable se apolilla

    al deponer su ignorada copia sobre los rasgos

     

    Texto publicado en la edición 146 de Crítica


    Escrito por Reynaldo Jiménez

    Nació en Lima en 1959. Reside en Buenos Aires. Publicó Tatuajes (1980), Eléctrico y despojo (1984), Las miniaturas (1987), Ruido incidental/El té (1990), 600 puertas (1993), La curva del eco (1988, segunda edición, 2008), Musgo (2001), La indefensión (2001), Sangrado (2006). Dos antologías breves: Shatki (2005, selección, traducción al portugués y prólogo de Claudio Daniel) y Ganga (2007, selección y edición de Andrés Kurfirst y Mariela Lupi, prólogo de Mario Arteca.)

    También ha publicado, en prosa, Por los pasillos (1988) y Reflexión esponja (2001). Como antólogo: El libro de unos sonidos. 14 poetas del Perú (1989) y su versión ampliada El libro de unos sonidos. 37 poetas del Perú (2005). Compiló con Adrián Cangi Papeles insumisos de Néstor Perlongher (2004). Del portugués tradujo parcialmente la obra de varios poetas brasileños. Desde 1995, junto a Gabriela Giusti, produjo la revista-libro (y el sello editorial) tsé-tsé. Con Fernando Aldao, bajo el nombre de Atlanticopacífico, editó el cd La indefensión (2002), y como Ex puso a circular otra parte de sus grabaciones en internet, donde también publicó recientemente algunos videopoemas.

  • Capitalismo Gore de Sayak Valencia

    Con un cuerno de chivo en Wall Street

    La sensación que experimento con un libro de ensayos en el que, a primera vista, todo está dispuesto para la espectacularidad, es generalmente de desconfianza y en muchas ocasiones de rechazo inmediato. Hablo de aquel que intenta seducir al lector, no a partir de tesis, teorías y razones, sino echando mano de una retórica visual impactante, de destellos líricos en lugar de argumentación, y de palabrería académica en lugar de sólida aplicación teórica. read more