Crítica 145

  • Verde Shanghai de Cristina Rivera Garza

    La caja verde de Cristina por Eduardo Sabugal

    …esta vida, tal como la has vivido y estás viviendo, la tendrás que vivir otra vez, otras infinitas veces; y no habrá en ella nada nuevo, sino que cada dolor y cada placer y cada pensamiento y suspiro y todo lo indeciblemente pequeño y grande de tu vida te llegará de nuevo, y todo en el mismo orden de sucesión, también esta araña y este claro de luna entre los árboles, y este instante, y yo mismo. El eterno reloj de arena de la existencia es dado la vuelta una y otra vez, ¡y tú con él, polvillo de polvo!

    F. Nietzsche

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  • Una y fugaz de Pura López Colomé

    Del pasmo al movimiento por Víctor Alejandro Ramírez

    No es poeta aquel que no ha sentido la tentación de destruir o crear otro lenguaje

    Octavio Paz

     

    ¿Qué acontece cuando las palabras danzan en su musicalidad? Me permito decir que una bifurcación. En el destinatario de esas palabras danzantes se da el asombro; en la palabra un gesto de interioridad. Así, el pasmo proveniente del contacto con palabras que de tal manera se manifiestan deja un quiebre en la relación de la lectura con la interpretación. read more

  • El temple de Francisco Martínez Negrete

    Temple de alto octanaje por Víctor Cabrera

    Hace algunos años, en un ensayo cuya materia central no alcanzo a recordar, Eduardo Uribe elucubraba sobre la naturaleza posible de las conversaciones entre Joyce y Beckett. Conjeturaba el poeta, en aquellos párrafos, que, tocadas por el espíritu de la amistad o de la mera camaradería, las charlas entre ambos escritores debían de haber transitado entre la trascendencia y la banalidad, dibujado su periplo de las elevadas cimas de la cultura universal a los barriobajeros sótanos de la vulgaridad de los pubs dublineses.

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  • Ramón López Velarde: poeta del sol y la sombra

    Por Renato Leduc

    Un día —no recuerdo ya si claro o brumoso—, un día del melancólico mes de noviembre del año 1921, los personajes más eminentes de la vieja Universidad de México vistieron traje de luto para acompañar al cementerio los despojos de un joven catedrático de entre ellos que acababa de morir, angustiosamente, en el seno de la santa madre iglesia.

    El catedrático difunto, que en vida se llamó Ramón López Velarde, había nacido treinta y tres años antes —en 1888— en el corazón de la República Mexicana, en un pueblecito del Estado de Zacatecas, llamado Jerez, famoso en todos aquellos contornos por la opulencia de sus rosales y por la hermosura cándida y fuerte de sus mujeres.

    El catedrático difunto había nacido y había crecido en la paz, mitad campesina, mitad pequeño-burguesa de que disfrutaba en México la clase media provinciana de fines del siglo pasado y principios del presente.

    Hijo de una familia honesta, católica y tradicionalista; robusto de cuerpo y limpio y, en apariencia, un tanto simple de espíritu —en alguno de sus poemas declara que era entonces “un seminarista sin rima y sin olfato…”; robusto de cuerpo y limpio de corazón, Ramón López Velarde llegó a la adolescencia con el alma henchida ya por los gérmenes que más tarde, fermentando, habían de dar tan peculiar aroma a su poesía; llegó a la pubertad con el alma henchida de insondables dudas metafísicas y de graves crepúsculos cuaresmales y con la carne atenazada por impetuosas urgencias varoniles.

    “Eres un lampo —dice a una de sus amadas imaginarias—, eres un lampo ante las fauces lóbregas de mi apetito”. Y luego, más concretamente: “Era rapaz —y Agueda que tejía— mansa y perseverante en el sonoro corredor, me causaba- calosfríos ignotos -(Creo que hasta le debo la costumbre -heroicamente insana de hablar solo)…

    Y el pobre adolescente, como por lo demás todos los pobres adolescentes de su época, tenía, en efecto, que conformarse con hablar solo o cuando más, con las piedras de la calle, porque la vida del México de aquellos días y, sobre todo , la vida de la provincia mexicana de aquellos días, estrecha, mojigata y asustadiza, no le ofrecía ni podía ofrecerle la amable medicina que, por lo común, calma el género de ardor que padecen los adolescentes; pues sin la aquiescencia parroquial, sin el matrimonio —albur audaz— las decantadas doncellas provincianas, aquellas vírgenes hoscas y suaves, detentoras de “sexos como sañudos escorpiones” eran punto menos que inexpugnable para los jóvenes coetáneos de López Velarde.

    Pero mientras la generalidad de sus jóvenes coetáneos, de extracción ordinaria, encontraban con más o menos facilidad el sucedáneo de la medicina susodicha en el alcohol, en el matrimonio prematuro, en la carambola a tres bandas o en los sórdidos lupanares del lugar, la sensibilidad mórbida de Ramón, refrenada por una incurable timidez y por un gratuito sentido de culpabilidad ante el simple deseo, destilaba ya las estrofas quejumbrosas de La sangre devota, su primer libro: “Ser una casta pequeñez…”

     

    O bien:

    Imaginas acaso

    mi amargura impotente…?

    O la suplicante Epístola a su inolvidable Fuensanta:

    Yo no sé si estoy triste por el alma

    de mis fieles difuntos

    o porque nuestros mustios corazones

    nunca estarán sobre la tierra juntos…

    O el melancólico frenesí de:

    Y pensar que pudimos

    enlazar nuestras manos

    (…)

    y pensar que pudimos

    en una onda secreta

    de embriaguez, deslizarnos

    valsando un vals sin fin por el planeta.

     

    Podemos creer que el arte —y con el arte la poesía— es un don de la divinidad; podemos decir que es un resultado o producto de fuerzas físicas, fisiológicas, psicológicas, sociales, económicas o, incluso, metereológicas; podemos afirmar que la poesía es o debe ser la expresión de la razón pura o de la voluntad creadora o bien de los impulsos irreflexivos que bullen en la subconciencia. Puede uno tener sobre la poesía, como sobre todas las cosas de este mundo, una opinión modesta o pretenciosa, pero casi resulta obvio suponer que siendo la poesía una de tantas manifestaciones de la personalidad humana, debe estar, forzosamente tiene que estar influida, entre otras cosas, por las condiciones de vida del individuo, como —perdóneseme lo sobado del símil— la nota musical está condicionada, entre otras cosas, por la calidad del instrumento que la emite.

    Y tampoco cabe dudar que, en las voces que el instrumento hombre emite, tiene mucho que ver el funcionamiento normal o irregular de las vísceras, pues no reacciona lo mismo un hombre rebosante de salud que un hombre —poeta o no— que padece un dolor de muelas o que tiene el hígado congestionado.

    Ahora bien, resulta que en la primera década de este siglo en que, precisamente, Ramón López Velarde sufría los ineludibles ahogos de la pubertad, la vida de México estaba regida por la mano paternal y ya suficientemente callosa o encallecida del viejo dictador Porfirio Díaz.

    El viejo dictador había sido héroe de las guerras de Intervención y Reforma, había militado bajo el presidente Juárez en las filas del Partido Liberal que es tanto como decir que el viejo dictador era, si no precisamente enemigo personal de dios, sí, por lo menos, enemigo jurado de los ministros de dios sobre la Tierra.

    Pero es de sabios —reza el refrán— cambiar de opinión y tal vez por eso los dictadores de la América Española han manifestado siempre una pasmosa facilidad para mudar de convicciones o, como dice gráficamente el pueblo de México, para voltear chaqueta.

    Por otra parte, los dictadores de la América Española tienen, por lo común, un lado flaco: las mujeres o, si ustedes prefieren, la mujer, que a veces, cuando le da por colaborar con ellos, les resulta mujer fatal. (Parece que el ochenta por ciento de la incontestable fuerza política de Hitler le viene de que en sus decisiones nada tienen que ver las señoras.)

    Y así fue como por alguna de las dos razones apuntadas —señoras, cambio de chaqueta—, o por ambas a la vez, el antiguo perseguidor de curas permitió que en las postrimerías de su gobierno los curas, abierta o solapadamente, dirigieran las conciencias de los mexicanos.

    Y como el clero católico conoce, desde mucho tiempo antes que el doctor Goebels, los frutos que se recogen de una propaganda eficaz y no desaprovecha en un ápice las oportunidades que se le ofrecen, con la amable complicidad de las distinguidas damas del régimen, aprovechó admirablemente su posición para sembrar, en las ingenuas conciencias que le estaban confiadas, un santo horror al pecado, advirtiendo que el pecado en aquellos días iba desde mirar al soslayo a una mujer hasta murmurar del gobierno y sus satélites.

    Y como, además, por aquellos días no se habían descubierto aun las maravillosas propiedades terapéuticas de los arsenicales, el alma cándida y temerosa de los jóvenes católicos de la época oscilaba como un péndulo entre el susodicho santo horror al pecado y al infierno y el horror, no menos santo pero mucho más concreto, a la sífilis y al hospital.

    De manera es que conforme aquel adolescente salido del Seminario y nutrido de Biblia y Teología —Ramón López Velarde fue, parece, un estudiante de teología fracasado— se iba haciendo hombre; conforme aquel adolescente que llevaba “un encono de hormigas en las venas voraces” iba acrecentando su “experiencia licenciosa y fúnebre” el conflicto entre su “sangre briosa” y su “conciencia mojada por el hisopo” se iba haciendo más y más dramático y el deseo poderoso pero refrenado o mal satisfecho, le iba volviendo la voz más ronca, más opaca y más entrecortada y desde entonces sus poemas trascienden un erotismo fúnebre, a veces macabro, gemelo del de Baudelaire; y si no, oídlo:

     

    No soy más que una nave de parroquia en penuria,

    nave en que se celebran eternos funerales…

     

    Soy el mendigo cósmico y mi inopia es la suma

    de todos los voraces ayunos pordioseros…

    prosigue descubriendo mi pupila famélica

    más panes y más lindas mujeres.

     

    Mi única virtud es sentirme desollado

    en el templo y en Lacalle, en la alcoba y en el prado.

     

    Para volar a ti le dio su vuelo

    el Espíritu Santo a mi esqueleto…

     

    Y así por el estilo, como un camposanto, toda su poesía está sembrada de estas cruces y estelas funerarias. Toda su poesía está iluminada por la luz cenicienta de los relámpagos que produce el choque continuo de las electricidades contrarias que sacudían dolorosamente a este espíritu raro y tenebroso.

    Xavier Villaurrutia, el más atento de sus comentadores y el que indudablemente lo ha entendido mejor, dice de López Velarde: “Bien pronto se dio cuenta de que en su mundo interior se abrazaban en una lucha incesante, en un conflicto evidente, dos vidas enemigas y con ellas, dos aspiraciones extremas que imantándolo con igual fuerza lo ponían fuera de sí. Con una lucidez magnífica comprendió que su vida eran dos vidas. Y esta aguda conciencia, ante la fuerza misma de las vidas opuestas que dentro de él se agitaban, fue lo bastante clara para dejarlas convivir y, por fortuna, no lo llevó a la mutilación de una de ellas a fin de lograr, como lo hizo Amado Nervo, una coherencia simplista y, al fin de cuentas, una serenidad vacía.”

  • Renato Leduc

    Poeta, escritor y periodista mexicano nacido en Tlalpan en 1895. Estudió Jurisprudencia en la Universidad Nacional de México. Colaboró en periódicos y revistas culturales escribiendo poesía, cuentos y crónicas. En 1935, apoyado por la Secretaría de Hacienda, viajó a París donde se dedicó a perfeccionar su estilo literario entablando amistad con varios escritores surrealistas.

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  • El ocaso de los poetas intelectuales y la “generación del desencanto” de Malva Flores

    Ciencia y belleza por HÉCTOR M. SÁNCHEZ

    Dos son los principios articuladores que, casi con igual fuerza, aparecen en El ocaso de los poetas intelectuales, y dos, por tanto, las perspectivas desde las que tenemos que acercarnos a cada uno de ellos, a fin de poder comprenderlos con mayor exactitud: por una parte, me refiero a la vertiente de este ensayo que se encuentra orientada hacia la producción de cierto conocimiento científico y, por otra, a la que está orientada hacia la búsqueda de la belleza artística —otra forma de conocimiento, por lo demás.

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  • Treinta dólares de Oliverio Coelho

    1

    ¿Qué es eso irresistible que un hombre obtiene de un animal?

    A lo mejor lo mismo que de un niño: la posibilidad inmediata de amar.

    Esto escribe Park Chang-ho después de elaborar un extraño método para deshacerse de su mascota antes del viaje de su vida. A diferencia de otros amos que en ausencia proyectan lo mejor para su animal, él, harto de la demanda de una gata castrada de diez años llamada Lola, planea demorar un mes exacto en hacerla explotar, asesinarla sin culpa, concederle lo que siempre ha pedido su gula: sobrealimentación estricta, lácteos, hígado crudo.

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  • Tres poemas de Jorge Ortega

    SUBIDA AL MONTE URGULL

     

    Al fondo el mar,

    el sobrio mar de fondo

    que se nos desdibuja.

     

    Entre robles y helechos

    la espiral de piedra no pulida,

    las furtivas

    y onduladas

    terrazas del musgo.

     

    La espuma de la hiedra

    trepando por los troncos,

    los cauces de hojarasca

    crujiendo bajo una pisada en falso.

     

    Rampas. Escalones

    pacientemente relamidos

    por el inofensivo alud del vaho.

     

    Y el final en dónde o para cuándo:

    la cumbre se escabulle a nuestros ojos,

    pirámide borrada por la selva

    en una distracción.

     

    A mayor esfuerzo, menor la extenuación,

    mejor la claridad de los confines

    o pronta la llegada.

     

    El poema se hace en el trayecto,

    trata lo que tardamos

    en alcanzar la cima

    y descubrir ahí lo perseguido en vano,

    la veleidad del aire, el resbaloso pez de las alturas.

     

     

    HORTUS CONCLUSUS

     

    He mirado de cerca al colibrí

    y se ha puesto a flotar, activo en la quietud,

    con la velocidad de una milésima.

     

    En cada uno de sus aleteos

    caben las rotaciones de la luz y el tañido remoto

    de la cítara homérica en el jardín de Alcínoo;

     

    los viajes del reflejo en la piscina

    y las secretas músicas del día

    en las hondas cañadas de la hierba,

    lo que imaginas y percibes sin levantar un dedo.

     

    Qué podría añadir a su destreza

    sino estas apostillas, a manera de elogio,

    a lo que habla por sí con el hecho de ser.

     

    Afuera arde la épica de la sobrevivencia,

    marchan las multitudes, discurren los inventos

    y la historia se escribe con estruendo.

     

    Lejos de perecer en dicho intento

    me detengo a observar el picaflor

    cuya vivacidad baraja y aglutina los enigmas

    de todo el universo.

     

     

    BOSQUE DE NIEBLA

     

    Desescribir, borrar la exuberancia de esta línea

    hasta volver a lo blanco

    para decir la selva

    de otro modo.

     

    Para nombrar sin prodigar sus dones

    o tener que acabar de enumerarlos

    antes de que la lluvia nos alcance.

     

    Como si el lenguaje,

    como si la escritura nos bastara

    para impedir que el agua.

     

    Para reconocer las aves por su canto

    o la vegetación

    de golpe, a simple vista.

     

    Andamos sobrados de nombres

    o faltos de saber.

     

    Cómo decir lo verde

    y no hacerlo brotar en un color.

     

    Igual que la belleza, la magnitud del bosque

    cabe en la renuncia a proclamarlo.

     

    Texto publicado en la edición 145 de Crítica


    Escrito por Jorge Ortega

    Es poeta y ensayista mexicano. Nació en Mexicali, Baja California, en 1972. Es doctor en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Barcelona. El año de 2007 fue incorporado al Sistema Nacional de Creadores de Arte (SNCA) en la disciplina de letras. Obtuvo el Premio Estatal de Literatura de Baja California en 2000 y 2004 en los géneros de poesía y ensayo literario, respectivamente; el Premio Nacional de Poesía Tijuana en 2001; y en 2005 resultó finalista único del XX Premio Hiperión de poesía convocado en España.

    Durante los períodos 2000-2001 y 2002-2003 fue becario en la especialidad de poesía del programa de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.

    Colabora en diversos medios especializados de Iberoamérica, entre los que cabe destacar las revistas Alforja, Crítica, La Tempestad, Letras Libres, Luvina, Mandorla, Nexos, Quimera y Revista de Occidente.

    Actualmente es catedrático del centro de enseñanza técnica y superior CETYS en México.

     

  • Renato Leduc y la huella de López Velarde

    Por Juan Leyva

    Mito y verdad, vida y obra convirtieron a Leduc en un icono de humor, leyenda, transgresión y desfachatez que asustaba a incautos y pudibundos, y complacía a aquellos que sabían apreciar la ruptura de límites gastada por un hombre longilíneo, desfajado y rejoneador impermeable al patetismo. Desde sus recorridos con las tropas de la Revolución hasta su itinerario como miembro de una asociación mundial de periodistas; desde su experiencia del arrabal hasta la del palacio; desde sus vínculos con obreros y campesinos hasta su amistad con Lara, Frida Kahlo o el torero “Dominguín”, no dejaba de sorprenderle la admiración de la multitud por su obra ni de entusiasmarle el ejercicio de la provocación (incluso a costa de la poesía), ya fuera por medio de la risa, la altisonancia o la crítica al poder instituido. Por eso, un poco antes de morir se sorprendía ante Monsiváis: “no sé qué carajos hago en el Olimpo”.

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  • El arte de perdurar de Hugo Hiriart

    El factor Reyes por Antonio Moreno Montero

    Los ensayos de El arte de perdurar, de Hugo Hiriart (Ciudad de México, 1942), nos conducen a un territorio que no sólo fomenta el mito, el misterio y los dilemas, sino que pone en juego la atracción y repulsión literarias como un sistema de fuerzas antagónicas: por un lado, Alfonso Reyes, una de las figuras por antonomasia de la ensayística en lengua castellana; y por otro, Jorge Luis Borges, quien de cierta manera es dueño de una obra que sabe resistir y adaptarse mejor al paso del tiempo. read more