La voz agónica de la Revolución por Enrique Serna

Los movimientos culturales siempre van a la zaga de los estallidos sociales, porque hace falta una distancia temporal para calibrar su importancia histórica. La literatura de la Revolución dio sus mejores frutos a mediados del siglo XX, cuando Daniel Cosío Villegas y Jesús Silva Herzog ya daban por muerto el impulso libertario y justiciero de 1910. Su diagnóstico fue acertado, pues el apogeo de la corrupción en el sexenio de Miguel Alemán puso en marcha un proceso degenerativo que tocó fondo en el último tercio del siglo XX, cuando los gobiernos de Díaz Ordaz, Echeverría, López Portillo y Salinas de Gortari reprimieron salvajemente a la población y llevaron el país a la bancarrota. Los estertores de la dictadura del PRI han vacunado a varias generaciones contra la retórica de los logros revolucionarios, de manera que en la actualidad una importante corriente de opinión condena la Revolución en bloque y considera que no dejó nada bueno para el país. Pero al menos en el campo de la narrativa sí tuvo un efecto positivo, pues gracias a ella un pueblo tradicionalmente sumiso, condenado a la inexistencia, adquirió una fuerte personalidad literaria, aunque los encargados de modular y decantar el lenguaje de la tribu, el español rudimentario de los campesinos alzados en armas, hayan puesto en su boca una crítica acerba de la gesta social traicionada.

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