Crítica 138

  • Gabriel García Márquez de Gerald Martin

    Lectura íntima de Gabriel García Márquez por Marco Tulio Aguilera Garramuño

    Hay cuatro certezas que el libro de Gerald Martin, Gabriel García Márquez una vida, ha contribuido a reafirmar en mí: que Dios, si existe, debe ser mujer; que sólo los grandes mentirosos pueden ser buenos novelistas; que lo único que puede salvar al hombre de la miseria metafísica es la imaginación y que el gran arte sólo es posible en los países azotados por la desventura. Al presentar la biografía de Gabriel García Márquez en Bogotá, Gonzalo Mallarino, uno de los primeros amigos que Gabo tuvo en Bogotá, dijo que la vida de este autor es una mentira fantástica y maravillosa.

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  • La ciudad imaginada y otras historias de Alberto Chimal

    Ver y no ver lo fantástico por Fernando de León

    Es inquietante la relación que los argumentos fantásticos tienen con la vista: lo maravilloso, lo grotesco y lo increíble pasan casi siempre por la vista, pero atraviesan, van más allá de este sentido y se hospedan en alguna abstracta habitación de nuestra intrincada memoria. La palabra imaginación alude primordialmente a imágenes, pero no es la vista la que rige lo fantástico; por el contrario: la vista, como los demás sentidos, sucumben ante lo que tachamos de ficticio y de súbito se nos presenta. El nuevo libro de cuentos de Alberto Chimal, La ciudad imaginada y otras historias, aporta luces al esclarecimiento de esta oscura relación.

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  • Cratilismo, de la pesadilla mimética en literatura y discurso de Andreas Kurz

    El consuelo del melancólico por Gabriel Wolfson

    Hace un par de años y aquí mismo, en el número 126 de Crítica, reseñé un libro muy parecido en ciertos aspectos al que ahora me ocupa. Para empezar, por las erratas: como aquél de Frank Loveland, el libro de Andreas Kurz está lleno de ellas: espacios de más, sangrías ausentes, comas sobrantes, un “enronces” por “entonces”, un “ecsritor” por “escritor”, un “derribado” por “derivado”, etc. El problema no es, desde luego, una errata aquí y otra allá, un desliz en la página diez y otro en la ciento cuarenta: el problema es un error casi en cada página, un confiarse a que editar un libro sólo consiste (y ya es mucho, claro) en el olfato para detectar un texto valioso y luego en la pesada tarea de imprimirlo (y luego en la aún más pesada labor de venderlo). Pero más bien, como en el caso de Loveland, el problema real consiste en la discrepancia, en el tremendo contraste que se abre entre un libro notable y los numerosos descuidos que lo visten. Quiero decir que sí, en efecto, habría que cuidar la puntuación, la ortografía y la tipografía de cualquier texto, pero sinceramente no me importaría que la “plataforma electoral” del candidato victorioso a gobernador viniera llena de solecismos, gazapos e insensateces.

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