Conaculta

  • Estilo de Dolores Dorantes

    Los límites de la república

    En La república, Platón establece las preceptivas para alcanzar una ciudad ideal, la polis que estaría coronada por un filósofo-tirano protegido por una especializada y rabiosa guardia pretoriana. Uno de los pasajes más célebres del texto es aquel en el que, como uno de los primeros lineamientos, los poetas deben ser expulsados de dicha ciudad. Tal decisión se apoya en uno de los rasgos de la poesía: el de la mímesis, la imitación por parte del poeta de las voces de dioses y héroes, y en tal maniobra su humanización patética. Al mimetizar su voz con la de héroes o dioses, el poeta confunde, multiplica, es una y todas las cosas, produce y diferencia: fractura el posible ejemplo, virtud e ideal apolíneo, que tales figuras depararían a los jóvenes de la sociedad anhelada. Sólo aquellos autores que no falsearan la representación, que no fisuraran la voz con otras voces, estarían exentos del exilio. read more

  • Dos mínimos apuntes

    I

    “Aunque el objetivo de la forma no sea la belleza, al facilitar la comprensión, la produce”, afirma Arnold Schoenberg en “Adiestramiento del oído mediante la composición”. read more

  • Guardián de cementerios

    Para la escritura del presente texto partí del supuesto, muy cuestionable por cierto, de que quienes concurrirían a escucharme están familiarizados con los tres libros que he dedicado a la literatura policiaca: El cuento policial mexicano (Diógenes, 1982), Muertos de papel (Conaculta, 2003) y El que la hace… ¿la paga? (Editorial Cidcli, 2006).

    Antes que escribir un texto con lo ya dicho en los libros precitados, preferí responder a una pregunta que, muy a menudo, me hacen tras bambalinas sobre mi interés por un género sumamente cuestionado por gente como Ricardo Garibay quien llegó a decir, no sin razón, que la novela policiaca es una adivinanza para imbéciles que tiene más de 200 páginas.

    Los escritores dicen que ellos no escogen sus temas sino que los temas los escogen a ellos. Yo me agarro de ese clavo ardiendo y digo lo mismo: nunca me propuse escribir sobre esa narrativa; fue ella la que me eligió, como contaré en esta pequeña historia personal.

    En 1979, recién egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la unam, me vi precisado a trabajar o, a completar mi sueldo, mejor dicho, puesto que era profesor de primaria. Entré a trabajar en la revista Tiempo, que fundara Martín Luis Guzmán y que por aquel entonces dirigía uno de sus nietos, quien cargaba con provecho el mismo nombre.

    Antes de ser corrector de estilo, me dieron la chamba de reseñista y, como nadie me conocía, no me enviaban los libros sino que iba a las librerías, hojeaba los volúmenes y los compraba para escribir sobre ellos. Era el tiempo en que la editorial Bruguera nos hacía llegar sus novelas de la serie negra, con Hammett, Chandler y Horace McCoy a la cabeza. Venturosamente, por los mismos días llegaban a México las novelas que Ricardo Piglia difundía desde Buenos Aires en la editorial Tiempo Contemporáneo. Eran novelas que se le pegaban al lector a las manos y no las abandonaba hasta el final pues la amenidad, la garra expresiva, los diálogos como latigazos y la recreación de la vida en las grandes ciudades eran atributos que hacían adictos a los lectores. Y había un elemento adicional para un joven educado en la obra de José Revueltas, como lo era yo: el señalamiento social. Después de leer y reseñar decenas de esas novelas que incluían también los saldos de El Séptimo Círculo, que la editorial Emecé nos enviaba en traducciones de Victoria Ocampo, José Bianco, Bioy Casares, Borges y su señora madre, quien también era traductora, surgió la pregunta que tarde o temprano tenía que nacer en un  egresado de la licenciatura en Letras Hispánicas: ¿qué ha dado América Latina en este género?

    La pregunta quedó en el aire, pero no por muchos meses. La revista Tiempo estaba en la calle de Barcelona, en la colonia Juárez, y el día de pago caminaba hasta cruzar la calle de Bucareli y gastaba mi pequeño pago en un bar llamado La Reforma, que se encuentra en la calle de Humboldt, muy cerca del cine Palacio Chino.

    En esa calle de Humboldt había una enorme librería de viejo, un largo túnel que desembocaba en un conjunto de mesas y anaqueles. Allí me sumergí con los ojos nuevos de un muchacho de veintitantos años de edad y el destino me tenía reservado un libro que jamás he vuelto a ver en mi vida: El cuento policial latinoamericano  (Ediciones de Andrea, 1964) del profesor norteamericano Donald Alfred Yates, que me reveló los nombres de Alberto Edwards, Leonardo Castellani, Manuel Peyrou, Alfonso Ferraris, L. A. Isla, W.I. Eisen, Adolfo Pérez Zeleschi y, naturalmente, Jorge Luis Borges y Honorio Bustos Domecq que, como ustedes saben, era un seudónimo de Borges y Bioy Casares. Las fichas del volumen me dieron noticia de dos autores mexicanos: Antonio Helú y María Elvira Bermúdez.

    Un día de cobro en que esperaba, en la revista Tiempo, la salida de mi amigo Alejandro Pescador, mi condiscípulo y compañero de juerga, me devanaba los sesos pensando cómo encontrar a Antonio Helú o a María Elvira Bermúdez, y tuve la ocurrencia, simple y sencilla, de tomar el directorio telefónico y me fui a la letra B. Allí decía, llanamente, Bermúdez María Elvira, Calle de Flora, número 14, Colonia Roma. Marqué y me respondió una voz ronca de tanto fumar. Pregunté si allí vivía María Elvira Bermúdez, la escritora, y la misma voz dijo que ella era. Hicimos una cita para una entrevista y el destino me seguía empujando, pues para llegar a la casa de María Elvira sólo tenía que cruzar avenida Chapultepec y encontrarme en una vieja casona, digno escenario de una novela inglesa de enigma pues la pequeña puerta de madera, vieja y garigoleada conducía, por una escalera de madera, al estudio de María Elvira, quien como un gnomo travieso estaba sentada en un sillón lleno de cojines, frente a un escritorio colmado de libros y originales.

    Me recibió calurosamente y la entrevista que le hice me integró a un grupo de jóvenes en el que ella oficiaba como maestra. Allí estaban José María Espinasa, Agustín Ramos, Christopher Domínguez, Ignacio Trejo Fuentes, Arturo Trejo Villafuerte, Juan José Reyes, quien además era su nieto, y un largo etcétera. Todos llegábamos a su casa no sólo en busca de su conversación sabia y chispeante, sino también de los sándwiches y tragos de ron que María Elvira prodigaba generosamente a sus jóvenes amigos.

    Su antología, Los mejores cuentos policiacos mexicanos (Ediciones Libro Mex, 1955), amplió el horizonte a nombres como los de Rubén Salazar Mallén, Rafael Bernal, Salvador Reyes Nevares y Antonio Castro Leal. Con el tiempo, y siguiendo la divisa de que todos tenemos que aportar algo a nuestras letras, incorporé mis propios hallazgos con textos de Rafael Solana, Raymundo Quiroz Mendoza, Vicente Fe Álvarez, Juan E. Closas (quien resultó ser el papá de Chema Espinasa), Rafael Ramírez Heredia y Luis Arturo Ramos.

    En 1982, siendo un oscuro profesor del CCH-Azcapotzalco, recibí una inusual llamada en la dirección del plantel. Tomé el auricular y una voz siempre segura de ella misma me dijo: “Soy Emmanuel Carballo, no sé si usted me conozca.” Como ya lo dije alguna vez, se me cayeron los calzones porque en aquellos años Carballo era el crítico por antonomasia que sólo se hombreaba con Emir Rodríguez Monegal y Ángel Rama y había entrevistado, entre otros, a José Vasconcelos, Alejo Carpentier, José Gorostiza y era el editor de Ezequiel Martínez Estrada. “Voy a dirigir el suplemento El Gallo Ilustrado, del periódico El Día, y quiero preguntarle si quiere colaborar conmigo.” Inmediatamente dije que sí y me convocó a su casa de Contadero, en Cuajimalpa, en donde tuve mi primer coctel con periodistas y escritores ya reconocidos.

    He invocado la anécdota de Carballo porque el suplemento era antológico y  monográfico y a cada colaborador lo encaró para preguntarle qué tema de la literatura nacional dominaba cabalmente. Así nacieron suplementos sobre el indigenismo y la ficción científica; yo hice el dedicado al cuento policial mexicano y, meses después, al entrar a la librería del Palacio de Bellas Artes, llamó mi atención un libro blanco que en su portada tenía una pistola con forma de encendedor en cuya llama se consumía una abeja. Era el suplemento periodístico que yo había preparado y que Carballo, sin tomarse la molestia de preguntar nada, lo convirtió en una de las antologías temáticas que publicaba en su editorial Diógenes. Era mi primer libro, compré varios ejemplares y le llamé a Emmanuel para preguntarle por qué no me había avisado. Él no le dio importancia al asunto, me citó en su casa de Cuajimalpa y me pagó con un cheque que nunca he cambiado como recuerdo del pago por mi primer libro.

    Como consecuencia de esta antología, Enrique Llouvet me invitó a colaborar en su excelente revista Comunidad Conacyt y, cuando dirigía Revista de Revistas, de Excélsior, me pidió que hiciera una plana semanal sobre literatura policiaca, que con el tiempo sirvió para preparar mi libro Muertos de papel. Un paseo por la narrativa mexicana.

    Cuando había algún congreso de literatura  mexicana, siempre me pedían una ponencia sobre literatura policiaca, hecho que me permitió asistir, en 1986, a la fundación de la Asociación que catapultó, desde La Habana, a Paco Ignacio Taibo II.

    Siendo egresado de la carrera de Letras y periodista que ya había ganado varios espacios en medios como El Nacional, o Sábado, de Uno más Uno, empecé a sentirme encasillado y una tarde en que leía el prólogo del guión de El proceso, que Orson Wells hizo basado en la novela de Kafka, me sentí como un personaje del que allí se hablaba: era un abogado que se había propuesto elegir una rama en la que él reinara solo, en la que no tuviera competencia, y eligió el ámbito de la legislación de cementerios. Yo me sentía como ese personaje porque siempre me pedían que hablara de lo mismo, a pesar de que yo no me lo había fijado como un ámbito exclusivo. Y en el año 1988, al participar en el Premio Nacional de Periodismo Cultural, que convocaban el Instituto Nacional de Bellas artes (inba) y el Gobierno del Distrito Federal, para exorcizar mi situación, me presenté con el seudónimo de Guardián de Cementerios; y Dios me castigó porque gané el concurso.

    Mientras preparaba Muertos de papel aconteció en mi vida otro episodio que tiene que ver con las librerías de viejo. Esta vez con una de la calle Donceles.  Lo cuento porque tiene que ver con los orígenes de la narración policiaca en nuestro país.

    Yo sabía, por la Breve historia del cuento mexicano, de don Luis Leal, que la primera obra del género parecía ser un libro titulado Vida y milagros de Pancho Reyes. Sin embargo, don Luis no daba mayor información sobre el volumen de marras. Pues bien, al pasar junto a un montón de cancioneros y revistas de cocina, un folleto en tintas rojas y azules llamó mi atención porque su portada parecía una carta de la lotería mexicana; la de El Valiente, para ser exactos. Me tallé los ojos porque tanta coincidencia no podía ser posible. Allí estaba, encima de un montón de basura impresa, como un niño abandonado que le tiende los brazos al primer borracho que pasa —y conste que yo iba sobrio— un cuadernillo de 71 páginas titulado Vida y milagros de Pancho Reyes, detective mexicano. No tenía fecha pero en la última página aparece un recuadro que dice: “Lea usted el tercer episodio de la Vida y Milagros de Pancho Reyes titulado El secreto del calendario azteca o El misterioso tesoro del rey Moctezuma. Vale 25 centavos oro americano. Pídalo a la Librería de Quiroga. 714 Dolorosa Street. San Antonio, Texas.”

    El pequeño volumen que me regaló el genio protector de los investigadores literarios está constituido por un par de aventuras adscritas al relato de enigma y reproducen un esquema semejante al que creó Connan Doyle: Pancho Reyes, hombre hosco, observador y deductivo ostenta el mexicanísimo apodo del Tejón. Sus aventuras las narra Carlos Montero, confidente, compañero preparatoriano y ayudante, pero ante todo rico hacendado veracruzano que fuma puros Flores de Balsa.

    Pancho Reyes, con su sombrero de ala ancha, es asiduo de los teatros de arrabal y de los bailes de rompe y rasga. Fuma Chorritos y Mascota —arqueología que revelo por si alguien puede fechar las aventuras— y, excéntricamente, cita de memoria a Huysmans y a Schopenhauer. Es también un hijo de Vidocq: “admirador de la bohemia trashumante, frecuentador empedernido de sitios sospechosos de donde había salido más de una vez ileso gracias a su agilidad y a su buena estrella”.

    Las dos aventuras que reúne el volumen transcurren en la primera década del siglo xx porque encontramos frases como “Una mañana del mes de noviembre de 190…” El primer episodio protagonizado por el detective flacucho, lacio e imberbe que utiliza corbatas de mariposa a lo Montmartre, “La suicida invisible”, tiene lugar en una ciudad de México idílica, cuando los números telefónicos tenían cuatro cifras y Tlalpan era un pueblo al que se llegaba en tren. “El tres de espadas”, la segunda aventura, comienza en Torín, en el estado de Sonora, en donde amanece muerto el coronel Federico Núñez, quien había ido a combatir a los indios yaquis en las sierras del Bacatete. Luego el caso se traslada a la ciudad de México; observaremos aquí un dato curioso para este par de narraciones ágiles: el anónimo autor, en un gesto que indica que los términos de la literatura policiaca todavía no eran moneda corriente, entrecomilla la palabra detective. Paradojas de la historia literaria: cuando acababa de leer las aventuras de Pancho Reyes, encontré el número cuatro de la revista Aventura y Misterio (Originales en Castellano), correspondiente a 1957, en donde aparecía “El tres de espadas”, firmado por Santiago Méndez Armendáriz. Como si el genio de los baratillos me tuviera otra sorpresa, en la página inmediatamente anterior encontré un aviso que decía:

    “Editorial Novaro México S.A. se permite advertir a los autores que nos han enviado colaboración, así como a los que lo hagan para los siguientes volúmenes de Aventura y Misterio (Originales en Español), que toda similitud con cuentos, novelas, relatos, etc., de otros escritores, recaerá sobre su exclusiva responsabilidad.

    ”No es que supongamos que puede haber deliberada posibilidad de plagio, especialmente de obras publicadas en los países donde tanto se ha desarrollado la literatura policiaca, pero no es raro que, sin intentarlo, la impresión que deja la lectura haga incurrir a un autor en más de una coincidencia en tema o forma. En tales casos, ante la imposibilidad de un examen que no dejara lugar a dudas, no nos hacemos responsables ni legal ni moralmente. Aún más, publicaremos toda denuncia de plagio que se considere justificada.”*

    Para cerrar este paréntesis sólo quiero decir que Aventura y Misterio tenía un tiraje de 20 000 ejemplares.

    La aparición de Muertos de papel agregó un eslabón más a la cadena de casualidades que el género me ha regalado.

    La Editorial Cidcli, que tiene un convenio con la unesco para publicar libros juveniles en Latinoamérica, andaba buscando desde hacía tiempo una persona lo suficientemente enterada sobre cuento  policiaco para que preparara la antología correspondiente. Una persona que trabajaba en el Conaculta y revisó la edición de Muertos de papel llamó a las directivas para decirles que ya había encontrado quién les hiciera el volumen que estaba pendiente. Fue así como preparé El que la hace… ¿la paga?, una antología que apareció simultáneamente en doce países y que fue el primer trabajo que me pagaron en dólares. Y aquí le paro con la enumeración de empujones que me ha dado el destino con el género, porque también hay invitaciones a dar cursos y participación en jurados de concursos que han convocado las mismísimas instituciones de policía.

     


    * Aventura y Misterio (Originales en Castellano), Editorial Novaro, México, núm. 4, p. 62.

     


    Escrito por Vicente Francisco Torres

    Es profesor y coordinador de la cátedra de Literatura Mexicana del siglo XX, en la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco de Ciudad de México. Autor de varios libros, entre los que destacan La otra literatura mexicana (1994 y 2002) y Muertos de papel (2003). Además es colaborador permanente del semanario Siempre.

  • Autores muertos, bibliotecas muertas | Por Antonio Ramos Revillas

    En días recientes CONACULTA compró la biblioteca de Carlos Monsiváis por casi trece millones de pesos. No me imagino cuántos ejemplares cubren esa cantidad, porque ni siquiera sé a cuánto asciende el valor de mi biblioteca, tímida, creo yo, ya que no creo que pase de los mil quinientos ejemplares.

    Todo mundo sabe que cuando un escritor muere sus bibliotecas por lo general no tienen un buen fin: se rematan en las librerías de libros usados o simplemente aguardan la muerte que el polvo y los insectos le tienen preparada; pocas en realidad vuelven a ser consultadas: se vuelven como sus autores muertos, bibliotecas muertas.

    La noticia me hizo pensar en mis libros, no porque quiera que el CONACULTA me los compre al morir, sino porque tal vez a mi hermana lectora le pueden interesar. Me puse a revisar mi “biblioteca” y tan sólo en mi mesa de trabajo encontré 45 títulos de variado aspecto y género. A un costado de mi computadora están los dos volúmenes originales de Ocho mil kilómetros en campaña, del manco de la Bombilla, Álvaro Obregón Salido. En el lado opuesto están dos ejemplares de Gredos, Teoría y práctica de la traducción, de Valentín García Yebra. Casi encima de ellos hay un libro de 1913, primera edición, que se llama La decena roja, como se conocía antes a la hoy nombrada Decena trágica. Me puse a hacer las cuentas de mis libros y creo que si alguien me los quiere comprar (no están a la venta), bien podrían valer unos tres mil quinientos pesos.

    Toda biblioteca personal es también un ser vivo: se depura, crece, se lee, se desecha. Yo tenía un amigo escritor que cada año nos invitaba a su venta de saldos. Nos vendía libros muy baratos; los que no se lograban rematar o aquellos cuya lectura lo deprimían. “¿Éste es el gran escritor de mi generación?” se quejaba amargamente y después escupía el precio: “a veinte pesos”.

    No sé de cuáles de mis libros quisiera deshacerme, aunque en Facebook tengo una librería web compuesta básicamente por ellos. Tristemente, no es la primera vez que los vendo. Con el tiempo me he deshecho de verdaderas joyas para poder sortear fines de quincena. De todos mis libros vendidos me duele una selección completa de las novelas cortas de Juan García Ponce editada por Alfaguara. Lo que más me duele fue que me lo pagaron muy barato.

    Me gusta mucho “editar” mi biblioteca. A veces no sé porqué resguardo un libro durante tanto tiempo, aunque otros apenas los compro y una vez leídos ya sé que se irán a la librería de viejo de por mi casa.

    Pero vuelvo con Carlos Monsiváis y su biblioteca. Trece millones de pesos no es poca cosa. Imagínense cuántos libros nuevos se pueden comprar con esa cantidad, aunque no me imagino a Monsiváis vendiendo sus libros en Donceles para comprar nuevos… o tal vez sí.

    Para mí los libros son una inversión desde muchas perspectivas, sin duda alguna por lo que contienen, pero también por lo que pueden o no valer en el futuro. Una amiga compraba cuadros originales y firmados por el pintor para poderlos vender en su vejez: “yo no tengo AFORE—me decía—, espero que estos cuadros valgan algo más adelante”.

    Dicen que a todo se acostumbra uno, menos a no comer, como el personaje principal de El palacio de la luna, de Paul Auster, que va vendiendo sus cajas con libros para sortear el invierno hasta que finalmente queda desnudo, por así decirlo, y entonces sale a la calle a sufrir un poco más y después a renacer. Supongo que así pasa con las bibliotecas cuando uno se deshace de ellas: abren la posibilidad de un resurgimiento, pero también se les da a los libros la posibilidad de llegar a otros. ¿Cuántos de los libros que poseen no han vuelto a ser leídos? ¿Cuánta avara lectura hay por ahí?

    Al escribir esto pienso en los libros que los lectores matamos al leer. No los prestamos, los atesoramos como doblones españoles y nadie más vuelve a saber de ellos, como la inmensa biblioteca de Monsiváis. Se amontonan en nuestras bibliotecas, les limpiamos el polvo, los volvemos a hojear, a releer, pero definitivamente los matamos. Se convierten en un viejo y largo tesoro que una sobrina tal vez venderá tras nuestra muerte para comprarse una casa en el mejor de los casos y en el peor apenas unos jeans.

     

  • Cielo del perezoso de Daniel Téllez

    El cielo abierto en la palabra por Josu Landa.

    El cielo tiene su ignioma, su idioma de fuego, y en la lira írica de la mirada, en la intemperie absorta, en la explanada curva de nuestros ojos sedentes más sedientos, bruñe el aire el elemento luz. Eso es lo que constela y firma un firmamento y eso es lo que poemiza una niña con retina, un iris aun con pereza en la córnea, salvo cuando reseca ésta como escama, en la indiferencia de un cuerpo sirenaico inerte, que ha apurado una lefa oscura como sólo noche de nada, fondo anaeléctrico de antimateria.

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