columna

  • Jugo de manzana

    “—Porque me voy a Roma, ¿recuerdas? Me largo. Dejo el país. Vuelvo a mis raíces, a la cuna de la civilización, al significado del significado, al alfa y el omega. Adiós a Point Dume, a los hijos, a los perros y a una mujer que nunca me entendió y nunca me entenderá.”

    John Fante, Mi perro idiota.

     

     

    Minutos antes de abordar el avión, supe que no habría marcha atrás.

    Que el instante en que los dados del azar quedan suspendidos, en que parece resumirse el curso de una vida, culmina. Pero también comprobé que es posible decidir y más: que hay una posibilidad de entregarse en su totalidad a una opción por elección voluntaria. En el último momento, para darme valor en ese trance álgido, me hice acompañar de la mejor edición de la poesía de Gabriele D’Annunzio, así como del ejemplar del día del Corriere della Sera del día, mismo que pagué carísimo en el aeropuerto de la ciudad de México. Ignoro la causa de haberlo comprado, si en el avión, con toda seguridad, habría ejemplares de cortesía. Supongo fue el nerviosismo. En mi cabeza, entre imágenes cortadas, repasaba la lírica del poeta italiano y una secuencia de impresiones fabulosas me asaltaban de manera intermitente. Era tiempo de mostrar coraje. Pensé: si acceder a una vida elegida es posible, ésta sólo se alcanzaría en el trasfondo de un escenario elegido, poblado por las ilusiones que nos alimentaron durante los años duros, o que nos resucitaron después de muertes simbólicas—tal era mi creencia. read more

  • ¿Qué es la bobada?

    Estábamos tomando ron al fondo del billar, en un sótano ubicado a tres o cuatro cuadras de la Casa de Nariño, en Bogotá, cuando Leonardo Tangarife empezó a contar la historia:

    “Eranse un niño rico bobo y un niño pobre bobo. Porque la bobada no reconoce clases sociales”

    –Disculpame – interrumpí- primero aclaranos qué entendés por “bobada”.

    Leonardo miró como si le estuviera diciendo una completa bobada y siguió sin contestar.

    “El niño rico bobo era muy inteligente. Y el niño pobre bobo también. Porque la bobada no discierne intelectos. El niño rico bobo-inteligente se sentía muy orgulloso por ser rico e inteligente. Y el niño pobre bobo-inteligente también se sentía muy orgulloso por tener la inteligencia que tenía a pesar de ser pobre y a veces se sentía orgulloso de ser pobre. El niño rico bobo-inteligente-orgulloso era un consentido social y despreciaba al niño pobre-bobo-inteligente-orgulloso, que estaba resentido con la sociedad y a su vez odiaba al niño rico-bobo- inteligente-orgulloso.

    Esta historia nunca hubiera ocurrido si cada uno hubiera vivido por siempre en su mundo, rodeado de niños ricos el niño rico y de niños pobres el niño pobre. Porque durante mucho tiempo el niño rico bobo-inteligente-orgulloso-consentido vivió exclusivamente rodeado de los suyos; se limitaba a despreciar levemente a los niños ricos más pobres, que lo odiaban levemente y a odiar levemente a los niños ricos más ricos, que lo despreciaban levemente. El niño pobre-bobo-inteligente-orgulloso-resentido, por su parte, sin contacto con niños ricos, solo despreciaba levemente a los niños pobres más pobres que lo odiaban levemente y odiaba levemente a los niños pobres más ricos que lo despreciaban levemente

    -¿Me siguen? – preguntó Leonardo.

    Todos asintieron. Yo no.

    -Más o menos – dije.

    Leonardo dio otro sorbo a su ron y siguió sin prestarme atención.

    “Así fueron las cosas mientras en la Ciudad Boba existió un sector exclusivo para que nacieran, crecieran, se reprodujeran y murieran los niños ricos y otro sector donde solo nacían, crecían, se reproducían y morían los niños pobres. Sólo sabían los unos de los otros por la televisión y por las películas. Los niños ricos despreciaban a los niños pobres de lejos (aunque no levemente) y los niños pobres odiaban a los niños ricos a la distancia (aunque no levemente), como se desprecia o se odia a los personajes de las películas. Pero como la Ciudad Boba empezó a crecer con desmesura, cada vez hubo menos lugares exclusivos y el niño rico bobo-inteligente-orgulloso- consentido y el niño pobre bobo-inteligente-orgulloso-resentido, se tuvieron que encontrar en persona.

    Coincidieron una noche en la entrada al concierto de un grupo de rock que visitaba la ciudad. (Al niño rico bobo y al niño pobre bobo les gustaba la misma música). Ambos habían soñado largo rato con el concierto y ambos llegaron tarde ese día. El teatro se había llenado y solo quedaba cupo para una persona. El niño rico bobo había comprado una boleta carísima para la tribuna preferencial y el niño pobre bobo tenía una boleta para la misma tribuna, que se había ganado en el concurso de una marca de pasta dentífrica. Ambas boletas eran válidas pero, por equivocación o mezquindad, los organizadores habían vendido ese espacio a la empresa dentífrica y la habían vuelto a vender al público. Para el niño rico bobo no había confusión posible. Como no le cabía en la cabeza la idea de tener que disputar lo que para él era indisputable encaró hacia la entrada mirando de soslayo al niño pobre bobo.

    -Yo pagué esta boleta – dijo- el que no tiene para comprarla que no entre.

    El niño pobre bobo, con la boleta de cortesía en la mano, se quedó parado tratando de digerir lo que había escuchado. Luego corrió tras el niño rico bobo y lo tomó, apretándolo, del brazo.

    -¿Y esta nena para donde cree que va? Ese puesto es mío, pelao – dijo adelantándose.

    El niño rico se sintió violentado y se limitó a mirar desde arriba, con un desprecio tan auténtico y hondo que parecía venido de mucho antes de él y tan inapelable como la constatación de una ley de la naturaleza. Había en el desdén una convicción tan profunda que el niño pobre bobo se quedó turbado unos instantes. Esa mirada que lo borraba de plano, hasta entonces inédita para él, obró como un golpe físico en el estómago, que lo dejó sin aire. Se demoró unos segundos para reponerse y fue tras el niño rico bobo que ya avanzaba liberado de la incomodidad. El concierto había empezado.

     

    -¡Te dije que ese puesto es mío! –dijo el niño pobre bobo con un estrujón.

    -¡Seguridad! – gritó el niño rico bobo sin mirarlo. Pero los guardias estaban ocupados en otro sector del teatro.

    El niño rico bobo se soltó con fastidio y miró hacia el fondo del teatro, a través del otro, como si fuera transparente. Luego movió la mano con displicencia y exhaló un fastidiado “bahh” mientras seguía. El niño pobre, aturdido, solo atinó a contestar con un golpe brutal en el estómago. El niño rico bobo apenas pudo reaccionar y cayó pálido en el piso, sin poder concebir semejante deshonra. Hasta ahí llegó el altercado porque el niño rico bobo fue llevado a la enfermería y el niño pobre bobo al puesto de policía. Ninguno de los dos pudo entrar al concierto y más tarde, atendido uno y liberado el otro, se fueron, picados, cada uno a sus respectivas casas.

    Durante los días siguientes el niño rico bobo se la pasó tratando de digerir la burda ofensa de que había sido objeto. El recuerdo de la agresión no lo abandonó un slo momento y no pudo parar de pensar en el modo de reivindicar su honor. Una noche volvieron a coincidir en una fiesta. (Porque a ambos les gustaban los mismos tipos de fiestas). El niño rico bobo buscó la ocasión y cuando estuvo cerca del niño pobre bobo, sin darle tiempo de reaccionar, lo traspasó delante de los presentes con un sofisticado arsenal de palabras y gestos filosos como cuchillos, labrados con refinamiento, dirigidos no al cuerpo sino a la base del ser del niño pobre bobo, que revelaban ante los demás, con contundencia y sinuosidad, su tosca esencia y que dejaban en el aire la vaga idea de una naturaleza inferior.

    Las cuchilladas entraron directo y a fondo en el espíritu del niño pobre bobo, que no estaba preparado para librar batallas en esos terrenos. Embotado por los navajazos sin navaja salió del lugar y volvió quince minutos más tarde con un cuchillo de verdad. Fue directo hasta el niño rico bobo y le metió una puñalada en el pecho (el mismo sitio donde él había sentido sus estocadas). El niño rico bobo cayó al suelo brotando sangre. El niño pobre bobo se acercó lentamente, lo observó largo rato como si mirara a través de él y luego de hacer un “bahh” largo y artificial, le escupió la cara. El niño rico bobo sintió un doble impacto en el alma y en el cuerpo y por primera vez tuvo que mirar hacia arriba para ver al otro. Al hacerlo se encontró con unos ojos encendidos como brasas que se clavaban en los suyos ahítos de desprecio y chabacana arrogancia. La urgencia furibunda de defender su honor le hervía por dentro, pero no podía levantarse ni hablar. Esa impotencia hizo que eclosionara dentro de él estado del alma que desconocía: el resentimiento. Desde ese instante se convirtió en un niño rico bobo inteligente-orgulloso-consentido-resentido.

    Mientras se curaba de sus heridas el niño rico bobo se pasó rumiando el resentimiento recién surgido. Comprendió que las armas sutiles de las palabras y los gestos no eran suficientes frente a la contundencia de las armas concretas del niño pobre bobo. Se dedicó a aprender el manejo del cuchillo y fortaleció su cuerpo con ejercicios físicos. El niño pobre bobo, por su parte, no podía curarse de las palabras y gestos que lo seguían punzando, no porque los considerara verdaderos sino por la potencia violenta e inapelable con que habían sido dichas. Entonces se dio cuenta de que tenía que endurecer su espíritu y aguzar sofisticados puñales inmateriales si quería protegerse y herir de verdad a fondo, no solo en el cuerpo sino en la esencia del contrincante.

     

    Una tarde el niño pobre bobo se acercaba al cine municipal para ver una película norteamericana cuando vio al niño rico bobo. (Porque a ambos les gustaba el mismo tipo de películas). De inmediato hacia él y empezó a insultarlo con las palabras más alevosas y degradantes que había descubierto escarbando en los rincones más negros de sus adentro. El otro se quedó pretrificado y el niño pobre bobo se sorprendió al ver que lograba, solo con palabras, heridas más profundas y dolorosas que las que estaba acostumbrado a propiciar con el cuerpo. Al oír las injurias el niño rico bobo sintió que sus venas arrastraban torrentes de lava volcánica. Arremetió contra el agresor con toda la furia de su orgullo pisoteado y le metió una cuchillada en el mismo punto en que había recibido la suya en la fiesta. Luego se arrimó al cuerpo boqueante que se retorcía en el suelo, lo remató con una ráfaga de vejaciones que duplicaban las que había recibido, y terminó con un grueso escupitajo. Inmovilizado y adolorido, el niño pobre miró hacia arriba y se vio visto por los mismos ojos torvos de odio ciego y acribillado por la misma rabia sin matices, oscura, chiquita y sin fondo, que tantas veces había visto en el espejo.

    La cosa se volvió un toma y dame continuo. Con el tiempo cada uno aprendió a manejar a la perfección no solo sus propias armas sino las que inicialmente eran exclusivas del otro. Se herían y se degradaban por turnos. Si pasaban algunos días sin encontrarse se buscaban. Y así se convirtieron en una sola rabia a dos voces que andaba suelta por la ciudad. Se fueron rebosando el uno del otro. Los movía la urgencia de dañar, de hundir, de recuperar el orgullo vulnerado hundiendo el del otro, tirando por el suelo a quien le había derribado, hasta que un día el golpe fuera tan contundente que el adversario ya no pudiera levantarse.

    Y ese día llegó. Los ataques y contraataques se sucedieron sin pausa, cada vez más sofisticados y violentos. No volvieron a encontrarse ni en cine ni en teatros porque ambos abandonaron sus rutinas y gustos para dedicarse por completo a la tarea de acabar con el otro. Se les veía caminar por las calles de Ciudad Boba, ojerosos, huraños, mal trajeados, envejecidos de súbito, obcecados en pensamientos oscuros como sus presencias. Terminaron pareciéndose a tal punto que quien presenciara alguna de sus batallas no podía distinguir quién era quién.

    Llegó un momento en el que no tuvieron suficiente con ellos mismos. El niño pobre-bobo-inteligente-orgulloso-resentido convenció a otros cuatro niños pobres del peligro que representaba su enemigo. Juntos, lo buscaron y lo apalearon hasta dejarlo sin sentido. Días después el apaleado sorprendió a los agresores acompañado de diez niños de los suyos y tomó venganza sin compasión. El grupo del niño pobre bobo aumentó a veinte integrantes y el del niño rico bobo a cuarenta; el otro subió a sesenta y el enemigo a ochenta y así la rabia de los dos niños del principio se convirtió en un odio generalizado que dividió a la ciudad en dos.

    Despúes de una batalla, en la que el límite de la ofensa y el daño se había excedido hasta la deformación, el niño rico-bobo-inteligente-orgulloso-consentido-resentido decidió acabar de una vez por todas con el asunto. Se apareció en el barrio del niño pobre bobo (ya no había ningún espacio exclusivo en la ciudad) con un revólver. Y lo mató delante de sus amigos. Pero antes de hacerlo lo dejó mal herido en el suelo, se acercó y lo miró fijamente a los ojos para que ni en los insondables terrenos de la muerte se le olvidara el profundo desprecio que merecía. Antes de recibir el tiro de gracia en la cabeza el niño pobre bobo alcanzó a ver reflejada en la mirada oscura del otro, como en un espejo de aumento, sus propios ojos henchidos de una ira que ya no cabía en él. Luego murió.

    Hace algunos años en Ciudad Boba se usaba la expresión: “se murió de rabia”. Ahora se utiliza una más actual y precisa: “no pudo morir de la rabia”. Porque luego de que lo mataron, el niño pobre no pudo morir completamente. Se quedó a medio camino, carcomido por el resquemor, denso, en ese espacio intermedio que hay entre la vida y la muerte. Su rabia era tan pesada que no lo dejó despegarse de la tierra. Al día siguiente resucitó, buscó a su asesino y lo asesinó después de humillarlo delante de sus familiares. El niño rico, recién asesinado, tampoco murió del todo; resucitó a la mañana siguiente, buscó al resucitado y volvió a matarlo. Entonces el recién muerto volvió a resucitar para volver a matar y ser matado y resucitar y matar y ser muerto y resucitar y matar. Y así siguieron. Así siguen: matándose y resucitando, sin descanso, sin pausa, abrumados de desprecio y odio, víctimas y vengadores, con palabras y cuchillos, con gestos y pistolas, inteligentes y orgullosos, consentidos, resentidos y consentidos-resentidos, con su riqueza y su pobreza que ya son la misma cosa, hasta el fin de los tiempos, tal vez”

    Leonardo terminó su historia y miró el vaso. Se tomó lo último que quedaba y buscó al mesero con la mirada.

    -¡Joven! –gritó- hágame el favor y me trae otro ron doble.

    Luego hizo un gesto con la mano, abarcándonos a todos y volvió a hablarle al mesero.

    -Y lo que estén tomando todos estos bobos amigos míos.

    En sus palabras se sentía cierta irritación, como si su propia historia lo hubiera molestado.


    Escrito por Luis Miguel Rivas

    Luis Miguel Rivas, comunicador social, escritor y realizador audiovisual. Tanto en sus textos como en sus videos realza el poder de la palabra y demuestra su capacidad para tender puentes en los abismos de la soledad. Recrea el ambiente social de la Medellín de los años ochenta y comienzos de los noventa, con historias comunes de la gente que no es famosa ni vive grandes aventuras; historias que resaltan los conflictos, las dudas, los miedos y sentimientos de personajes sencillos. Como escritor, aunque permanece prácticamente inédito, sus relatos han servido para inspirar los guiones de diferentes producciones audiovisuales y ha recibido las siguientes distinciones: Segundo Puesto Concurso Nacional de Cuento Carlos Castro Saavedra (1996), Mención Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Barrancabermeja (1997), Mención Concurso Nacional de Cuento de Navidad (Bogotá – 1997).

  • Lecciones del otro maestro

    Con el vigor que lo define, J.G. Ballard afirmó: “la ciencia ficción es la verdadera literatura del siglo XX”, y remata: “tal vez sea la última forma literaria existente antes de la muerte de la palabra escrita y el dominio de la imagen visual.” read more

  • 319 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    En algún momento pensé que sería buena idea decidir cuáles son los libros y autores que han leído de los personajes de un cuento que voy a escribir. Incluso subrayarlo al inicio del texto. “Ninguno de los personajes aquí narrados conoce la obra de Juan José Arreola”. Es decir: serán sujetos con imaginación parca. Es decir: especulo que eso ayudaría a definir el carácter del personaje. Deseché la idea de hacerlo público, pero a veces realizo el ejercicio mentalmente para facilitarme ciertos desarrollos. read more

  • Poética y la palma de una mano: Kawabata

    Lector de Akutagawa y después consejero y amigo de Yukio Mishima, polígrafo y cineasta de vanguardia, solitario proverbial y acaso el glosador más entendido en La historia de Genji, organizador y principal artífice de la Escuela de la Nueva Sensibilidad, Yasunari Kawabata (1899-1972) rebasa con mucho la calidad de souvenir literario de oriente en tierras occidentales y se instala, con una delicadeza que sin ser impresionista no puede negar su trazo atmosférico, en el corazón de la modernidad literaria, amante de la pincelada y el dibujo suelto. read more

  • Antonio Di Benedetto. El silencio como persistencia

    Con sosiego, con dominio del pulso, entreverando silencios con un laconismo perplejo, Antonio Di Benedetto traza los mapas de una literatura excepcional. Si el espíritu se manifiesta luego de un arduo cuestionamiento existencial y esta operación de la conciencia brinda los frutos de las verdades propias y últimas, la obra de Di Benedetto es la destilación de esos frutos. En su caso, el desasosiego parece ser la voluntad que los rige. read more

  • Proyector para chacales. Memoria de parricidas en el cine

    Y desde entonces procuraron hacer lo que aún

    no habían probado: sudar un baño turco,

    robar en una tienda, vender diarios en la madrugada,

    apostar en el hipódromo, decapitar un gallo y

    matar al padre. Cada cual mató al suyo simbólicamente.

    Antonio Di Benedetto. Los suicidas

     

     

    No te burlarás de las preferencias cinematográficas de tus padres y respetarás en todo momento sus propensiones por muy abominables que te resulten. Lo anterior forma parte de un decálogo de autoayuda que comencé a escribir cierta vez que pensaba en el parricidio. No olvido que una de las primeras formas conscientes del parricidio simbólico es deplorar las filiaciones –o al menos los apegos— culturales de los progenitores. Distingo en mis expedientes un soplo parricida más antiguo a esto. En el moneto más rudamente glandular de mi adolescencia fue reestrenada La viuda negra de Ripstein. Había que verla, a costa de mentirles a los padres. Tras diseñar un plan criminalmente intachable, aduje un trabajo en equipo para la materia de Civismo y obtuve permiso y fondos para atreverme en el fragor barriobajero del cine Marina. En dominar la culpa y sujetar mis miedos invertí más de lo deseado, lo cual significó entrar a una sala en penumbras de piso pegajoso ya iniciada la película. Trastabillé en un pasillo con escalinata y di con la catedralicia humanidad de un hombre que buscaba asiento: era mi padre. El inciso “a” de mis opciones al percatarme de ello fue acometerle con fuerza y salir huyendo mientras sus cien kilos rodaban escaleras abajo, hecho que me hubiese precipitado de lleno a la orfandad completa porque mi madre iba delante de él. No fue necesaria esa medida tan rigurosa; por nuestro bien nos libró de ello la miopía del padre, que sólo espetó un sordo “¡quiubo!” Parricidio: matar a los Parra. read more

  • 217 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    31 de diciembre.

    Leí “Under the Volcano” gracias al encierro a que nos vimos obligados hace un par de años por culpa de la influenza. Hasta antes de la supuesta epidemia había intentado yo pasar la novela frente a mis ojos en cinco fallidas ocasiones. Algo en el inicio de ese libro me excluía. Pasa eso con ciertas novelas. Son un muro. Cada quien elige su infierno. Una de las que vengo arrastrando es “Noticias del Imperio”. Cuatro intentos en casi 10 años. No entiendo qué me ocurre. Jamás he pasado del segundo monólogo de Carlota. A ambas novelas las hermana el delirio. ¿Será eso? Me inquieto a las pocas páginas, me desespero, me abrumo, me aburro. No puedo. read more

  • Las virtudes del jaguar. Apuntes para una lectura de Efraín Bartolomé

    En el seno de todas las culturas de la humanidad siempre ha existido una verdad antigua: el que puede ver es el que está llamado a revelar. Y en esa antigüedad, acaso más lejana de lo que sabemos imaginar, el que veía era el individuo cuyo corazón estaba poseído por la verdad. La verdad y la sed infundían en él la capacidad de penetrar con la mirada la dureza de las cosas y la aún más pétrea dureza de las apariencias. Consagraba su actualidad a indagar en el misterio del mundo y luego sacrificaba sus visiones en la palabra, es decir, revelaba el Secreto. Las prendas de semejante exploración no eran la luz y la razón, como mucho después se habrían de consolidar en la tradición científica. El trabajo del visionario era el sentido mágico de la realidad, la imaginación delirante y la ebriedad oracular, en suma, el desgobierno de la sinrazón, única vía que permite el ingreso a la bóveda del enigma. La palabra entonces trascendía su estricta función comunicativa y adquiría una naturaleza ritual, religiosa; se incorporaba al pensamiento mágico, el que no nos explica pero nos llena de sentido. El que revela es el poeta. read more

  • 83 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    Imagino que un libro de cuentos es un puente de piedras que une una orilla con otra por encima de un caudaloso río. Cada cuento es un guijarro. Los hay pequeños, inmensos, frágiles, enraizados, bruñidos, etcétera. Pero siempre formando puente. Nos toca cruzarlo. read more