Bonobos

  • Aparece un instante, nevermore de Malva Flores

    Una sinfonía de Bruckner

    Malva Flores, Aparece un instante, nevermore, Bonobos / unam, México, 2012, 80 p.

     

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    Más o menos temprano en la historia de la música, los compositores descubrieron que la variedad es un poderoso elemento estético; así, comenzaron a buscar lo uno a través de lo múltiple, con lo que dieron pie a las estructuras armónicas; poco después, idearon piezas compuestas por diversos tempi, cada uno de los cuales recibió el nombre de movimiento (o danza, en el caso de las suites). Bach, por ejemplo, conjunta la variedad armónica con la rítmica en sus concerti grossi, obras tripartitas cuyo primer y último movimiento presentan una tonalidad mayor y un tempo relativamente acelerado, mientras que el movimiento intermedio se rige más bien por un tono menor y por un tempo despacioso. O bien, por el contrario, hallamos en los concerti grossi dos tempi lentos inicial y final en tono menor y uno intermedio rápido y en tono mayor.

    Más adelante, Haydn, considerado “el padre de la sinfonía”, utiliza la estructura del concerto grosso para convertirla en una pieza orquestal con cuatro movimientos: la sinfonía moderna. Mozart, Beethoven y Brahms continuarán desarrollando esta forma hasta que, con Bruckner, alcanza su máximo esplendor, por lo menos en el sentido tradicional de la palabra sinfonía. Y es que las obras de Bruckner tienen un sentido colosal, no sólo por su larga duración (cercana a los noventa minutos), sino por la complejidad armónica, tímbrica, rítmica y melódica con la que cada movimiento está escrito; Bruckner es el compositor de las sinfonías totales: en ellas, la experiencia estética se va construyendo a sí misma poco a poco, profundizándose en cada recoveco, para alcanzar, en un punto determinado, la plenitud espiritual, como un bosque en movimiento.

     

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    COMPRAR EN PROFÉTICA

    COMPRAR EN PROFÉTICA

    Si hemos iniciado con estas reflexiones sobre música es porque el libro que vamos a comentar (Aparece un instante, nevermore, de Malva Flores) ha generado en nosotros una vivencia análoga a la que experimentamos en la audición de algunas de las sinfonías de Bruckner. Esto, por dos razones fundamentales: en primer lugar, porque se trata de una obra compleja estructurada sinfónicamente: diversos “movimientos”, poseedores de distintas tonalidades, timbres y tempi, se conjuntan en un todo acompasado, bien ensamblado, para dar pie a un solo movimiento interior: una ola con sus crescendi y diminuendi que viene a desembocar en un solo y genial acorde unitivo. En segundo lugar, porque este movimiento, a causa de su fuerza interior misma, adquiere un carácter estético total, como en Bruckner. Queremos precisar esto último mediante el comentario analítico de las distintas partes o movimientos sinfónicos que integran Aparece un instante, nevermore

    El texto inicia con un “Preámbulo forzoso” que, al igual que el comienzo de una sinfonía, nos expone el tema principal y sus primeras variaciones, pero todavía de forma precaria. Así, Malva abre el “Préambulo” con una frase de Pound que, en nuestra lectura, es justo la que le da el sentido integrador al poema: “Make it new / dijo Pound.” Más adelante, la autora pone en práctica un tono ligeramente humorístico que, aunque logra su cometido de provocarnos una afable sonrisa, se queda como una simple potentia que no se desarrolla más a lo largo de la obra:

     

    y hoy la muchacha del mohín fruncido

    en el cibercafé

    habla con la jactancia de quien

    jamás salió de su colonia

    y está al tanto de todo

    (…)

    Ya no hay new

    hay news

     

    y sí:

    les falta anís,

     

    dice el yo poético, bromeando con el tema de la fugacidad. Se trata, pues, de un inicio tentativo que será abandonado para dar pie a otra línea poética.

    Ésta comienza en el canto I de la sección “Tropo”, cuerpo central del poema, y se extiende hasta el canto V, con lo que constituye el allegro, ma non troppo de esta sinfonía. La tonalidad que predomina aquí es la de si mayor: una diafanidad no plena, sino un tanto lúgubre y nostálgica, sin que por ello alcance un sentido elegiaco; es la felicidad de la niñez y el disfrute de la naturaleza que se saben constantemente amenazados por el re bemol de lo trágico que aparece en su estructura misma. Así nos lo da a entender el epígrafe mismo del canto I, en el que vida y muerte interactúan entre sí sin solución de continuidad:

     

    Por tu plateada orilla de eucaliptos

    salta el pez volador llamado alondra,

    mas yo estoy en la noche de tu fondo

    desvelado en la cuenta de mis muertos.

    Gilberto Owen.

     

    El tempo va construyendo aquí una imagen de la naturaleza (río, piedras, viento), pero una imagen oscura y melancólica, que añora el tiempo perdido:

     

    Nadie nos dijo

    nunca

    que eso era el amor

    y hoy lo adivino al otro lado del río

    brillando aún

    —en esa luz.

     

    Idílica, sí, pero sólo por algunos instantes:

     

    Corro en la magnitud del día

    y ya es de oro

    el sol

    en la ribera del río.

     

    Lo que impera, más bien, es un desencanto mesurado:

     

    Quiero alcanzar al ángel

    Con los ojos

    (…)

    Pero el ángel se aleja

    abandona

    la orilla lentamente.

     

    Esta contradicción emocional entre lo luminoso y lo terrible termina por explotar a favor del segundo elemento en el canto VI, “Diario ambulatorio”, que constituye el adagio fúnebre de la obra. Justo cuando todo parecía estar en completo orden:

     

    Lunes

    Con los ojos sumidos en cadencias

    del agua

    —en la verberación de todo

    lo que murmura el río

    nada perturba el gozo del sol en la ribera

    salvo un ave

    de brevísimas alas

     

    la muerte, hasta ahora sólo presencia virtual, hace su aparición irremisible[1]: “Ha venido a decirme que te estás muriendo / y no hay salvoconducto que me lleve / hasta ti.”

    Durante el resto del canto, las imágenes de la naturaleza serán desplazadas por las de la ciudad y sus aparatos burocráticos, símbolos en este contexto de la deshumanización y la oscuridad:

     

    “Pase o carnet”

    repite oblicuamente

    el centinela

    por cuyas venas corren piedras negras

    de tedio

    (…)

    —Y somos tantos.

    Filas de carne ordenada

    por un dolor sin habla

    que sólo tiene ojos.

     

    (…)

     

    La ciudad es un inmenso charco

    de aguas pardas

    como un charco de bilis

    es tu cuerpo

    y no entiendo por qué.

     

    En seguida principia el scherzo del poema, el cual, como todo scherzo, se compone de dos partes contrastadas: una que se despliega en los cantos VII y VIII, y la cual podemos denominar “la calma antes de la tormenta” (largo ralentando), y otra que se ubica en el canto IX y que constituye la liberación absoluta de las fuerzas del caos (allegro troppo). La primera parte abre con una estrofa que marca el retorno a la naturaleza, pero un retorno ya completamente desencantado:

     

    De nuevo frente al río

    sin Dánae

    sin Nilo

    sólo el hilo poderoso

    del agua donde viene a lavar

    su piedra el ángel mitigado.

     

    El tono del poema se mantiene en esta calma tensa (ralentando) hasta los últimos versos del canto VIII, que ya presagian la tormenta:

     

    Hoy me miro en el río

    que tan pausadamente ha perdido

    su sombra

    porque las nubes borran

    el oro del afluente

    y el horizonte es nudo

    —maraña de las nubes

    velando la nitidez del agua.

     

    El allegro troppo del scherzo da inicio con esta estrofa:

     

    Como si fuera brizna

    como semilla arrojada

    al torrente por el pico

    de un ave de gran envergadura

    —alas

    nubes

    recorren la cañada

    y se suelta la lluvia—

    voy.

     

    Y, al igual que el río con toda su fuerza “va derribando troncos / vacas / perros”, la voz torrencial del yo poético parece encontrar en el mantra la forma de liberarse de toda su culpa, su furia y sus penas. Por ello, repite obstinadamente: “Me equivoqué”. Aquí el poema alcanza su acorde más pleno: todo el desarrollo que se ha venido acumulando se concentra en este par de puntos, de gran intensidad poética:

     

    Me equivoqué

    de río

    de hora

    y es de agua

    la cortina sin aire

    que se hincha.

     

    (…)

     

    Sin la red

    de una sílaba

    caigo

    en la ciega corriente.

     

    Una vez realizada la catarsis, el texto vuelve a su cauce en el “Epílogo”, movimiento final en tempo lentissimo que representa la calma después de la devastación. Mediante el uso de las comillas en “Acuse de recibo”, primera parte del epílogo, la autora nos indica que le ha cedido la voz poética a otro personaje, el cual le aconseja:

     

    “Tira

    la flor

    de encantamiento

    —esa

    la veleidosa—

    la roja flor

    de la historia personal.

     

    Después del dolor, parece llegar la aceptación. Por ello, los últimos versos del poema, nuevamente en boca de otros personajes, poseen un carácter sumamente apacible, contemplativo: es la existencia que se manifiesta en sí, tal como es, diría Heidegger hablando de la revelación poética:

     

    Las cosas están siempre en su lugar

    me dice Adolfo:

    el columpio en la higuera

    la naranja en su cesta

    y el fulgor en las alas

    del manzano.

     

    Make it new

    dijo Pound:

     

    Oigo crecer

    la selva a ras del tragaluz

    Y recomienzo.

     

    El director de orquesta ha leído el último compás del pentagrama y comienza ya a bajar la batuta. Ha terminado la sinfonía. Es hora de los aplausos.

     

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    Malva Flores consigue toda esta construcción poética gracias a un verso corto (ocho sílabas en promedio) y a un periodo enunciativo simple, elementos que logran traducirse en este caso en una gran intensidad semántica y sintáctica. El poema tiene las palabras precisas, ni una más o menos. Fonéticamente, el verso está tan bien trabajado que Malva puede prescindir casi por completo de las comas: un corte en el lugar exacto sustituye la función prosódica de dicho signo de puntuación y, por añadidura, genera un ritmo fluido y sumamente deleitable. Hay que destacar asimismo el excelente uso del guión largo, recurso del que la autora echa mano en varias ocasiones y que le produce un beneficio prosódico múltiple: por una parte, el periodo enunciativo conserva su simplicidad diáfana y, por otra, no se destruye totalmente el ritmo sintáctico del mismo, como sí lo podrían hacer un punto o un punto y coma. Sólo a Nietzsche le habíamos visto un manejo tan adecuado del guión largo.

    Lo que no nos gusta del poema es su título. En sí mismo, es verdad, constituye un verso decasílabo armonioso y sugestivo: Aparece un instante, nevermore. Sin embargo, no concentra el sentido estético de la obra, como sí lo hace la cita de Pound colocada justo al principio y al final de la misma: Make it new. Esta cita, que bien pudo haberle dado título al texto, además de poseer el valor estético-estructural ya señalado, concentra en sí la idea de renovación cíclica que caracteriza estéticamente al poema y que contribuye en buena medida a darle la forma sinfónica total, unitaria, que en él hemos descubierto. De cualquier manera, por todo lo que hemos apuntado, el libro nos ha parecido grandioso.

     


    [1] Este brutal cambio de tono nos recuerda en demasía al Orfeo, de Monteverdi, en el que el anuncio de la muerte de Eurídice por parte de la mensajera constituye el parteaguas melódico, armónico, tímbrico y rítmico de la ópera.

    Texto publicado en la edición 154 de Crítica


    Escrito por Héctor M. Sánchez

  • Siemprevivas para el poeta futuro

    Hernán Bravo Varela, Realidad & Deseo Producciones, Bonobos, Toluca, 2012, 72 p

    Al inicio, en la habitación, llena de luz amarilla, sobre el escritorio junta a la ventana hay un libro de Cernuda. El poeta sevillano, descansa, tendido en impecable tweed y corbata de colores vivos. En la mesa de noche, una taza de café, los cigarros y unas azucenas que le dejó otro. Ida su figura, hay un hueco en las motas de polvo que trazan los contornos de los objetos familiares: una cena a fin de año: Un enfermo.  Un ejercito que abolió los clósets. read more