Debajo de la palabra debajo| Por Luis Vicente de Aguinaga

Baudelio Lara, Aquí no hay un bosque, México: Quimera / Universidad de Guadalajara, col. Bitácoras, 2013, 81 pp.

Los primeros tres libros de poemas de Baudelio Lara se publicaron entre 1992 y 1998, a un paso que, de tan rápido, hacía presagiar una producción voluminosa para los años que vendrían. El primero, La luz a tientas, apareció en 1992, y el segundo, Duermevela, en 1994. Sin embargo, tras publicar su tercer poemario, El ángel ebrio, en 1998, Lara se concedió una especie de largo fin de semana que sólo habría de concluir quince años más tarde, con la publicación de Aquí no hay un bosque. Pausas más largas, por supuesto, se han registrado en la historia de la poesía. Lo llamativo en ésta, la pausa entre un libro y otro de Baudelio Lara, no es tanto lo que haya durado ─una década y media─ sino el hecho de que no parece haber alterado el estilo del poeta ni la forma que desde un principio ha tenido de ordenar sus libros.
Aquí no hay un bosque tiene, grosso modo, la misma extensión que los poemarios anteriores de Lara (entre sesenta y ochenta páginas) y está organizado con arreglo al mismo patrón. A los poemas de temario más íntimo, tono más personal y prosodia más cotidiana siguen otros comparativamente más breves y experimentales, de fraseo entrecortado y contenido culturalista. Esta clase de mezcla puede confundir a los eternos defensores de la “unidad temática y formal”, verdadera plaga que, al menos en el México de las últimas décadas, amenaza con anclar a cada poeta en su propio metro cuadrado de monotonías y repeticiones poco interesantes. El estilo de Lara, en este sentido, es binario, no unitario. En él confluye la perspectiva de un sujeto inocente y hasta crédulo con la de un individuo maduro, escéptico y desconfiado.
Todo buen poeta logra convencer a su lector, así sea por un instante, de que la poesía debe ser escrita como él ha resuelto escribirla. Cuando yo leo a Baudelio Lara no me cabe ninguna duda respecto a que la poesía tiene que ser irónica. Pero, apenas lo pienso, me siento insatisfecho: decir que Lara es un poeta irónico es haberlo dicho todo sin haber dicho nada que valiera la pena. La ironía, en Lara, es una fatalidad, no una elección; una condición del ser, no una estrategia verbal; un principio, no un fin. El mundo es uno, diría Lara, pero el mundo y la palabra que lo nombra son dos (en los días optimistas) o ninguno (en días más optimistas todavía).
Me retracto una vez más e intento decir lo anterior de otra manera. Baudelio Lara no concibe la realidad en términos de mundo y palabra sino de cuerpo y deseo. Lara no entiende la realidad como el total abrumador de la materia sino, en todo caso, como su encarnación sintética en objetos e individuos concretos, palpables e irrepetibles. La palabra, por su parte, no designaría ese objeto, este individuo, aquel cuerpo, si no la moviera un deseo de aproximárseles. La ironía convencional, entendida como una insalvable distancia entre palabra y mundo, resultaría ser casi lo contrario de la ironía como la entiende Lara, fusión tenaz del cuerpo y el deseo:

Al cuerpo, el deseo le corresponde como la sombra al objeto, pegados él a ella y ella a él, como la impureza en el Espejo. Así, mientras el Sol dure y la claridad de la Luna permita entrever los cantos inciertos de la presencia esperada.

Si bien la experiencia personal brota de golpe, con intensidad, en diferentes momentos de la poesía de Lara, es la experiencia trivial, común a toda persona, la que termina seduciéndolo en la mayoría de los casos. Como el que intuye una profundidad oceánica en los humildes charcos de la calle, Lara percibe fondos vertiginosos en los muros desconchados, las parvadas de pájaros vulgares y las frases repetitivas de una conversación cualquiera, un paisaje cualquiera, una caminata cualquiera. Psicólogo de profesión, aplica ciertas pruebas de percepción multiestable (típicas de la escuela Gestalt) y adivina en ellas una invitación a perderse, pero también a reconocerse. Sobre una hoja ve impresos dos perfiles casi encontrados, frente a frente, pero también el contorno de una copa. Ve la razón de ser del primer plano en el segundo plano y olvida que su trabajo consistía en aplicar la prueba, no en averiguar qué dibujos ocultos unen y, al unir, separan todo el tiempo a todos los cuerpos en el espacio:

traer al frente
el segundo plano

el beso imposible
entre la copa y el rostro

qué hay debajo
de la palabra

debajo?

Aunque de vez en cuando escribe poemas autónomos (o, como suele decirse, “sueltos”), Baudelio Lara trabaja más bien, como acostumbran hacerlo numerosos artistas plásticos, por series. Nada raro, tratándose de un poeta que también es uno de los críticos más respetados en el medio del arte contemporáneo. Apartados enteros de sus libros, como el “Entreacto” de La luz a tientas, las “Migraciones” y las “Rilkeanas” de Duermevela o, ya en El ángel ebrio, la serie titulada “Noche: espejo”, dejan en su lector la sensación de haber visitado una galería. Uno llega incluso a preguntarse qué acaba de leer: ¿un grupo de poemas admirablemente secuenciados o un solo poema descompuesto en estrofas? La noción misma de poema, con ello, se vuelve objeto de cuestionamiento, y el espectador aprende a entrar en los capítulos de cada poemario como si fueran espacios habitados por fragmentos de un todo que al mismo tiempo es parte de otro todo: el volumen que los contiene.
Los rasgos más identificables de la poesía de Lara son llevados en Aquí no hay un bosque a un grado todavía mayor de acendramiento. No sólo cada sección es resultado de un juego de subdivisiones y multiplicaciones: también el volumen, leído en su conjunto, parece la consecuencia de un estado continuo de fragmentación y proliferación. Series como “Sale Selene”, de ineludible devoción lunar, o “Pre(posiciones)”, donde una conocida relación de mnemotecnia gramatical ampara una secuencia de bellas meditaciones eróticas, reproducen a escala menor el diseño que gobierna todo el poemario. El silencio y el diálogo con otras voces, la soledad y el anhelo de compañía física, la noche y el insomnio jalonan este libro de Baudelio Lara. Nitzscheano a fin de cuentas, el poeta sabe que detrás, al fondo, en las espaldas y entretelones de todas las historias, de todas las palabras, de todas las canciones, vibra y ruge y murmura un gran coro de sátiros indistinguibles unos de otros, ni ángeles ni demonios, y que nadie hay, hubo ni habrá que haya traspuesto nunca las tercas y resistentes, pero también flexibles y ondulantes fronteras de lo mismo.

Bosque Baudelio


Escrito por: Luis Vicente de Aguinaga

Ha pub­li­cado cinco libros de crítica y ensayo lit­er­ario y diez de poe­mas: Frac­tura expuesta (poe­mas), 2008; Trece (poe­mas), 2007; Otro can­tar. Invitación a la crítica lit­er­aria (ensayo), 2006; Sig­nos vitales. Verso, prosa y cas­carita (ensayo), 2005; La migración inte­rior. Abecedario de Juan Goyti­solo (crítica lit­er­aria), 2005; Lám­para de mano. Sobre poe­mas y poetas (crítica lit­er­aria), 2004; Reducido a polvo (poe­mas), 2004; Por una vez con­tra el otoño (poe­mas), 2004; Cien tus ojos (poe­mas), 2003; Rumor de la ciu­dad al hundirse. Lec­tura de ‘Paisajes después de la batalla’ de Juan Goyti­solo (crítica lit­er­aria), 2003; La cer­canía (poe­mas), 2000; El agua cir­cu­lar, el fuego (poema), 1995; Piedras hun­di­das en la piedra (poe­mas), 1992; Nom­bre (poe­mas), 1990; Noc­tam­bu­lario (poe­mas), 1989.