Balam Rodrigo

  • Balam Rodrigo: desplomados ángeles aúllan nostalgia | Por Ibán de León

    Leer la poesía de Balam Rodrigo (Villa de Comaltitlán, Chiapas, 1974) es un acto que invita al asombro. Sobresale en su obra una tendencia barroca, plagada de arcaísmos y de figuras como el hipérbaton: características que yo asocio con su pasado natal, al sur de nuestro país, muy cerca de la frontera con Guatemala, donde las lluvias son torrenciales y la vegetación exuberante es un elemento más del  diario vivir. Por otro lado, no puedo dejar de mencionar la arquitectura vernácula distintiva del sur de México, tan diversa y sorprendente al mismo tiempo. Más allá de estas influencias, digamos naturales, habría que añadir el conocimiento que sobre su tradición poética tiene Balam Rodrigo, quien echa mano de algunas formas (que corren subterráneamente por el paisaje de sus poemas) como el heptasílabo, el endecasílabo y el alejandrino: no son visibles, pero están ahí, latentes. Por si esto fuera poco, en su poesía se destaca una deslumbrante intensidad lírica, que más que tocar al lector lo invade y lo desborda, como un río en época de lluvias, o como la maleza, que al menor descuido regresa para recuperar su espacio vital.

    En Icarías, uno de sus libros más brillantes, el poeta ha tomado la determinación, desde una experiencia que se intuye reciente pero no por eso menos profunda, de nombrar la ciudad (esa criatura heterogénea que es el Distrito Federal), a partir de uno de sus personajes más emblemáticos: el perro. Dicho esto, en particular me inquieta el que yo considero un rasgo esencial del poemario: la nostalgia que recorre el libro en su totalidad. Balam Rodrigo camina las calles de la ciudad con los ojos apuntando hacia su pasado. En este punto uno no puede dejar de pensar en Efraín Huerta, quien hace suya esa misma ciudad y nos la devuelve íntima y dolorosa. Balam Rodrigo, luego de tocar esa herida que es la urbe, porque la ha recorrido, se reconoce extranjero, y su mirada, al descubrir que hay un vacío en el horizonte, se desdobla para encontrarse con la memoria:

     

    desplomados ángeles aúllan nostalgia

    en el asfalto , ambulan soledad

    entre las ruinas de un edén

    que diezmó su mar y un paraíso

    que prefiere verles muertos […][1]

     

    El fragmento anterior forma parte del poema “[ lascivo sarnar ]”: aquí, según mi lectura, el personaje del perro funciona como vínculo entre el pasado del poeta, en el sur del país, y la Ciudad de México: el perro es un recuerdo vivo que por alguna razón se encuentra estrechamente relacionado con la infancia del ser humano: es el guardián del primer hogar. A propósito de esto, la lectura de Icarías me hizo volver a la metrópoli, lugar en el que residí durante un par de años. Indagué en esa zona muerta llamada memoria, busqué en mis andanzas por sus calles durante ese tiempo, pero no di con el rastro de los perros callejeros. Recuerdo, sí, perros con correa paseando en los parques, perros pequeños y escandalosos detrás de los zaguanes. Por supuesto, mi memoria me engaña (el número de perros abandonados a su suerte en la urbe debe ser infinito), no obstante, este equívoco me llevó a pensar que los perros de Icarías formaban parte del pasado de la voz de los poemas. Y me di a la tarea de buscarlos en mi propio pasado: ahí estaban, recorriendo las calles, los charcos, de una pequeña ciudad de Oaxaca: sucios, sarnosos, vigilando carnicerías y puestos de comida, muriendo atropellados.

    El recuerdo me devolvió por completo a mi niñez, mi casa: en ese momento los textos de Icarías me desbordaron: sentí la presencia dolorosa de la ciudad porque me di cuenta que yo también fui un extranjero caminando sus banquetas, sus ruidos, y volví mis pasos al sur, y sentí, de igual forma, el peso de la nostalgia. Luego, he regresado al que considero uno de los poemas más entrañables del volumen, cuyo título, por extenso, he recortado: “esbozo de un poema apócrifo…”:[2]

     

    […] estoy el cuerpo en frontera #158 , col. roma ,

    sastrería “lópez mérida”, atrincherados la nostalgia

    y el terco corazón entre las viejas y las nuevas telas ,

    sitiado por pedazos de sombra zurcidos a los ojos

    con hilos de nostalgia y agujas de silencio ;

    la greda pinta su raya en el casimir de la memoria […][3]

     

    En este fragmento, lo dicho líneas atrás se vuelve más evidente. El yo lírico permanece en un aquí, la ciudad, mientras evoca su paraíso perdido: esto lo constatamos en la aparición, en dos ocasiones, de la palabra nostalgia, y una, de la palabra memoria. Las telas, nuevas y viejas, denotan esa metáfora, y al mismo tiempo antítesis, del pasado y el presente. El poema es así un constante ir y venir: el narrador se desplaza por la ciudad mientras evoca: esto es lo que sucede, según creo, a lo largo del libro, y yo, lector, agradezco ese hilo conductor que me permite, paralelamente, desplazarme hacia mi propio pasado mientras camino unas tierras extrañas: es en este punto donde la obra de Balam Rodrigo, desde mi perspectiva, cumple su cometido más importante: la empatía con el lector (a quien el yo lírico se dirige directamente en gran parte de los textos), el cual se mira a sí mismo mientras recorre las páginas del libro:

     

    […] y no sigo más no porque liento

    me falte , sino porque tú , quien lee , eres parte

    de esta cinta : tus ojos también han corrido de un lado

    a otro , acompañándome mientras corro y salto

    y capturo y vierto […][4]

     

    Antes de cerrar estas breves líneas, me gustaría añadir que Balam Rodrigo puede ser considerado ya un poeta necesario, inquietante, de nuestra poesía actual, poseedor de una voz reconocible, única, que lo sitúa como uno de los autores más destacados de su generación.

     

     

     


    [1] Balam Rodrigo, Icarías, Literal, México, 2010, p. 21.

    [2] El título completo es como sigue: [ esbozo de un poema apócrifo escrito en papel de estraza entre frontera #158 , colonia roma , y una fonda de caldos en la colonia doctores , año de Dios del dos mil dos o dos mil tres ].

    [3] Balam Rodrigo, op. cit., p. 31.

    [4] Ibid., p. 16.

     Texto exclu­sivo de la ver­sión dig­i­tal de esta revista.

     


    Escrito por: Ibán de León

    Licen­ci­ado en Letras His­páni­cas por la Uni­ver­si­dad Autónoma del Estado de More­los (UAEM). Fue becario del FOECA-Morelos (2004) y de la Fun­dación para las Letras Mex­i­canas (2009–2011). Es autor de Oscuri­dad del agua (ISC, 2012). Actual­mente es becario del PECDA-Oaxaca.

  • Tres poemas de Balam Rodrigo

    JOB PADECE GASTRITIS O DOBLE EPIFANÍA POR UN PLATO DE MOLE

     

    Llorar la digestión…

    Oliverio Girondo

     

    En el dolor, duele hasta la luz:

     

    He leído, Dios, la dulce llaga de tu ira

    el díptico amargo de tu sílaba

    reescrita con mole en mis entrañas.

     

    He leído, sí, tu luz, tu ácido punzón

    que labra en mi carne la impura cifra

    de mi breve sino, el signo terco del glotón.

     

    Caigo dentro del corazón del plato

    ahogado en luz.

     

    Ah, bilis de mi larva oscura

    el pájaro de amargo canto que silba

    en la mi tripa bebe tus cántaros de pus:

     

    La hiel de tu mercurio negro fatiga

    el aire en mis riñones

    cava señales de alquitrán

    y anuda fuegos de hulla

    en mis cansados intestinos.

     

    He leído, Dios, la dulce llaga de tu ira

    el díptico amargo de tu sílaba

    que muerde ¿para siempre?

    mis tripas, mis entrañas.

     

    (Las mismas vísceras que anhelan

    a pesar de los prazoles y el ardor

    su enésima ración de mole

    su masoquista pasión por el dolor).

     

     

    ESQUIRLAS

     

    Varado el corazón entre la niebla

    arrastra el hombre su muerta y esquirlada sombra.

     

    Pétrea opacidad de ángeles le tañe

    —fiel tañido— los moros, los ebúrneos labios.

     

    Piernas lleva sobre hombros:

     

    Ensueña y no camina, late.

     

    ¿Acaso no otra soledad más grande

    que la de sombrada bestia nos espera?

     

    Sueña entre la niebla y no camina:

     

    Posregresa.

     

    ¿Varados latidos le yerguen y pernoctan?

     

    Hundes la mano en esta página

    y azabachadas saltan sus esquirlas.

     

    Trina(r) o murmura(r)

    zurda sombra que latida, es:

     

    Reptante y nocticida, solo animal

    de ciego andar muy mudo:

     

    Vera solitud de pájaro cardígrado.

     

     

    EL PESO DEL DOLOR

     

    Un hombre. Su espalda atravesada

    por una alta constelación de vidrios

    que brillan como dientes o espinas de sangre

    en un espejo de agua.

     

    El cielo de su dorso lleva grabado

    un nombre de letras inconclusas.

     

    No sé qué aúlla ese glifo mordido por sus lomos.

     

    Quizá diga la noche o la forma de una daga.

     

    Echa en el piso —arúspice de sol—

    semillas de vidrio para germinar

    un peso o el peso del dolor.

     

    Dice que sólo nos pide una moneda.

     

    Un puñetazo —quizá tintineante—

    que alguien pudiera darle en el estómago

    para quitarle el hambre.

     

    De reojo y de resuello lo observa su hija

    recostada en una banca.

     

    Brinca en su pecho una mujer con los pies juntos

    y ensaya un doble paso

    para hundir límpidas esquirlas.

     

    Los tres nos miran: famélica trinidad.

     

    Él grita de nuevo lo del peso

    pero el peso del aire nos asfixia.

     

    Saca el cantor del bolsillo una paleta.

     

    Nada más amargo que un vidrio de miel

    ante el martirio:

     

    El poeta es el puñado de astillas

    que atraviesan la piel de aquel hombre

    y escriben un nombre sin acentos

    en su espalda.

    Texto publicado en la edición 154 de Crítica


    Escrito por: Balam Rodrigo

    Balam Rodrigo (Villa de Comaltitlán, Chiapas, 1974). Exfutbolista, diplomado en teología pastoral y biólogo por la UNAM. Ha publicado seis títulos de poesía: Hábito lunar (2005), Poemas de mar amaranto (2006), Libelo de varia necrología (2006), Silencia (2007), Larva agonía (2008) e Icarías (2008). Algunos de sus poemas forman parte de varias antologías. Ha obtenido diversos premios entre los que destacan el de Poesía Joven Ciudad de México 2006, el Regional de Poesía Rodulfo Figueroa 2007, el Nacional de Poesía San Román 2007 y el Nacional de Poesía Ciudad del Carmen 2008. Fue becario del Programa de Estímulo a la Creación y el Desarrollo Artístico (PECDA) del Coneculta-Chiapas, en el área de poesía, en 2005 y 2007. Ejerce la docencia en materia de Bioética, Religiones y Tradiciones de la muerte en México en instituciones del sector salud.

  • Crítica 154

    Revista-154

    Además de Juan Villoro, en el número más reciente de “Crítica”, mayo—junio, número 154, han sido publicados Matías Serra Bradford, Josu Landa, Leonarda Rivera, León Félix Batista, Felipe Vázquez, José Aníbal campos, Víctor Armando Cruz, Daniel Bencomo, Samuel Putman, Hugo César Moreno, Rocío Cerón, Rubén Gil, Balam Rodrigo, Félix Terrones, Álvaro Luquín, Rafael Mendoza y, en la sección de libros “La vigilia de la aldea” Luis Vicente de Aguinaga, Héctor M. Sánchez, Gregorio Cervantes, Ángel Ortuño, Alejandro Badillo, Miguel Hernández, Eduardo Sabugal y Silvia Eugenia Castillero.

    Haz clic en la imagen para leerla.

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