Armando Pinto

  • Los volcanes de Puebla | Kenneth Gangemi

    Traducción de Armando Pinto

     

    Alarma!

    Durante el tiempo que viví en México, la principal revista de nota roja era Alarma! Era muy popular y vi que la leían por todas partes. En los Estados Unidos nunca presté atención a ese tipo de revistas, pero por alguna razón lo hice en México. En parte se debió a que era prominentemente desplegada y las espeluznantes fotos atrapaban mi mirada. Mirar el Alarma! era también una breve lección de español. Rara vez tuve una en mis manos o pasé más allá de la primera página. Pero siempre me detenía en los kioscos, muy a menudo en las agitadas esquinas de la ciudad de México, a mirar las llamativas fotos y leer los encabezados y los pies de fotos. read more

  • Ezra Pound, filósofo de taberna

    Traducción de Armando Pinto

     

    Cuando escribimos sobre aquellos que conocimos años atrás y cuyo carácter, revelado en el ínterin por sus acciones, sufrió a ojos vistas una transformación o cambio radical, existe siempre la tentación de construir una retrospectiva elevada y superficial. Es esta tentación la que yo, al hablar de Ezra Pound, trato de evitar. Trataré de presentarlo tal como lo conocí en los años veinte y principios de los treinta, sin ningún ánimo moralizante motivado por el hecho de que hoy esté acusado de traición a su país y, si se le encuentra lo suficientemente cuerdo para ser sometido a juicio, pueda enfrentar la pena de muerte. Resulta desagradable, al ahondar en el pasado de un hombre así, decir con un aire de omnisciencia: siempre lo supe. No sólo es de mal gusto, también puede ser falaz. De hecho, no sólo no lo sabe uno siempre sino que nunca lo sabe uno. read more

  • Escribir una autobiografía por Doris Lessing

    Traducción de Armando Pinto

     

    Al final de su vida, Goethe dijo que leer era lo único que había aprendido. Era el hombre de letras más distinguido de Europa en una galaxia de eminencias literarias, de modo que no estaba hablando de su abecedario. Así que ¿de qué estaba hablando este anciano cuando dijo que leer era lo único que había aprendido? read more

  • Marat

    Traducción de Armando Pinto

    Los experimentos que anunciaba Marat sobre la luz y sobre el fuego picaron mi curiosidad; lo fui a ver, y la altivez de carácter que este hombre, vuelto después muy famoso, desplegó frente a mí me hizo tratar de conocerlo. Nos volvimos muy amigos. Marat me contó algunas circunstancias de su vida que aumentaron mi estimación por él; se proclamaba ferviente apóstol de la libertad. En 1775 escribió en Inglaterra una obra sobre este tema, la cual tenía por título Les chaînes de l’esclavage. En ella desenmascaraba la corrupción de la Corte y el Ministerio. Esa obra, me dijo, causó una gran sensación en esa isla, y por ella había sido recompensado con brillantes regalos y con su admisión a corporaciones y a la burguesía de algunos pueblos. Me habló de su relación con la célebre Kauffman, a quien no alababa menos por su talento para la música que para la pintura, y sobre la cual me contó varias anécdotas interesantes que he conservado; me habló de sus éxitos prodigiosos en la medicina, y contó que al llegar a París le pagaban treinta y seis francos por cada visita y que no se daba abasto para atender todas las consultas que día con día le demandaban. Sin embargo, aunque estaba bien alojado, no advertí en su casa el lujo que debía ser el resultado de la riquezas de las que se decía colmado; pero, lo he ya anticipado, siempre he sido crédulo, y fue sólo al repasar las diversas circunstancias de mi relación con este hombre odioso, al compararla con el papel que jugó en la Revolución, que me convencí del charlatanismo que, toda su vida, guío y encubrió sus acciones y sus escritos.

    Marat me dijo que habiendo hecho grandes descubrimientos en física abandonaba la medicina, que en París no era más que una profesión de charlatanes indigna de él; pero aun renunciando a esa profesión vendía de tanto en tanto remedios y pócimas cuyo efecto garantizaba, y era muy estricto al reclamar el pago. Recuerdo una verruga en mi mano que atrajo su mirada; me envió un frasco de un agua muy límpida, se lo agradecí preguntándole el precio: doce libras; no lo utilicé. Marat me había inspirado algo de desconfianza, si no de sus éxitos sí de sus conocimientos médicos, cuando un día me contó que para curarse de un cólico había querido abrirse el vientre. Felizmente para él, el cirujano no había sido complaciente con su, tal vez fingida, exigencia.

    Es preciso hacerle justicia: la dureza que tenía con los demás la ejercía sobre él mismo; insensible a los placeres de la mesa y a las amenidades de la vida, consagraba todos sus medios a sus experimentos de física. Noche y día se ocupaba de repetirlos; se habría contentado con pan y agua con tal de tener el placer de humillar a la Academia de las Ciencias: era el nec plus ultra de su ambición. Molesto porque los académicos habían desdeñado sus primeros experimentos, ardía en deseos de vengarse de ellos echando abajo a su ídolo más reverenciado: Newton. No se ocupaba más que de experimentos dirigidos a destruir sus principios de óptica. Combatir y destruir la reputación de los hombres célebres era su pasión dominante. Tal era el motivo que había dictado la más importante de sus obras, Traité sur les príncipes de l’homme, la cual apareció en 1775 en tres volúmenes, y de la que Voltaire se burló en un diario de la época.

    El sistema de Helvétius estaba entonces de moda, y contra Helvétius quería luchar Marat. Voltaire tenía razón al ridiculizar ciertas proposiciones y algunas extravagancias de Marat, pero no le rendía justicia a sus otros puntos de vista. Marat nunca la obtuvo en el curso de su vida, esta fatalidad singular se debió a su orgullo inmoderado y sus escandalosas diatribas. Por ejemplo, los académicos se han enconado contra sus experimentos con la luz, con el fuego y con la electricidad, y no he visto a ninguno distinguir y reconocer lo que había de nuevo en sus experimentos; no querían siquiera que su nombre fuera pronunciado: tanto temían contribuir a su fama con la crítica. Reconozco que esta injusta negativa de los físicos a reconocerlo fue lo que me sublevó durante mucho tiempo y me dictó un capítulo de mi Traité de la vérité sobre el prejuicio académico. Lo escribí después de una viva y larga disputa que tuve con el geómetra Laplace. No hay más que sustituir el nombre del escéptico con el mío y el del geómetra con el de Laplace.

    Tal vez en ese diálogo le respondí a Laplace con demasiada dureza; tal vez en el fondo él tenía razón; pero no podía soportar que tratara con dureza y despotismo a un físico sólo porque no tuviera una silla como él. Después seguí durante tres años los experimentos de Marat; creía que se le debía alguna estima a un hombre que se sepultaba en las tinieblas para hacer retroceder las fronteras de la ciencia. Yo no pretendo que esta fuera su intención; él sólo se veía a sí mismo; no especulaba con las ciencias más que para su propia gloria, pretendía a todo trance hacerse de una reputación a costa de la de los demás.

    Ocupado por completo de sí mismo, de sus descubrimientos y de la celebridad que él se imaginaba merecer, no me parecía que Marat fuera sensible a la belleza. Esculpido en mono, parecía poco hecho para agradar, y sin embargo había hallado el secreto para cautivar a Mme. la marquesa de L…, cuya riqueza de espíritu hacía su conversación sumamente seductora. Separada de su marido, quien, cubierto de deudas, deshonrado por estafas infames, había mancillado el lecho conyugal llevando a él una enfermedad infecta, se había sometido a la guía de Marat, el cual, no contento con su papel de médico, quería además suceder al marido. Una unión semejante me pareció sorprendente durante mucho tiempo. La dama era dulce, agradable, no tenía nada de la aspereza, de la violencia, del salvajismo en la vida doméstica de Marat.

    …Cuando dejé París para fundar el Liceo de Londres, la amistad de Marat me siguió a través del estrecho; la fijación de mi residencia podía serle útil en más de un aspecto. Me escribía con frecuencia. Hay una gran diferencia en el estilo de las cartas que me dirigió entonces y el de los infames artículos que después publicó en mi contra. Se puede verificar eso sobre todo con la primera carta que me envió después de la publicación del Traité de la verité. Esa fue, además, la única vez que se mostró sensible a los elogios, que a sus ojos eran siempre demasiado moderados.

    …Marat había enfatizado que los periodistas eran repartidores privilegiados de reputaciones; pero su altanería, su insolencia, sus pretensiones, evitaban que fuera recibido por aquellos que buscaba. Sabía que yo estaba relacionado con muchos y creo que fue debido a esta circunstancia, más que a su estimación, la suerte de apego que me mostró durante varios años. Me mandaba sin cesar extractos, elogios de sus obras escritos por su propia mano. Yo no podía concebir que se tuviera la impudicia de elogiarse a sí mismo de esa manera; pero sin considerar más que la injusticia de la cual lo creía yo víctima, desplegaba todo mi celo para hacerle publicidad a sus escritos; y lo logré a menudo. Apenas si me lo agradeció una vez, y he aquí por qué: además de mi estimación por sus conocimientos y hallazgos, no compartía del todo la admiración con la que él se honraba a sí mismo, y, dudando algunas veces de la veracidad de sus proposiciones, me permitía suprimir sus exageraciones, sobre todo en los elogios; a él no le agradaba la modestia, que yo me veía obligado a sentir en su lugar.

    Con un gran deseo de verlo prosperar, no dejaba de presentarle nuevos conocidos para que fueran testigos de sus experimentos. No sé debido a qué fatalidad siempre salían de su casa contentos de sus tours de force y poco contentos de él. Marat se expresaba con dificultad, sus ideas eran confusas, y su susceptibilidad se despertaba al menor indicio de menosprecio o de indiferencia. Esta susceptibilidad, inflamando también su espíritu, lo conducía a la violencia, confundía sus ideas y lo hacía perder el hilo. Yo vi un día el efecto impresionante de esa irascibilidad. Volta, tan célebre por sus experimentos sobre la electricidad, tenía curiosidad por ver los que anunciaba Marat para destruir la teoría de Franklin. Apenas hubo repetido algunos y escuchado una o dos observaciones cuando, sospechando de la incredulidad de Volta, Marat lo colmó de injurias en lugar de responder a sus objeciones.

    Él, sin embargo, se daba cuenta de la dificultad para hablar y moderarse dentro de la discusión. Buscó a un hombre de letras que tuviera el talento de la palabra y que pudiera revelar su teoría en su nombre. Después de la revelación, él habría aparecido en su templo, como un dios, para recibir las reverencias de los simples mortales. Me propuso muchas veces ser su suplente, su gran sacerdote; yo le ponía como objeción mi timidez, mi ignorancia de la física; él me prometía iniciarme en poco tiempo en los misterios más abstractos de sus descubrimientos.

    Persistí en mi negativa porque jamás me había sentido muy atraído por la física, porque no creía tener la presteza de pulso para hacer bien los experimentos, porque, en fin, mi sentido interior me alejaba más de lo que me acercaba a Marat. La curiosidad, el deseo de aprender, de conocer, me habían hecho buscarlo; el deseo de serle útil, porque me parecía oprimido, me había hecho conservar su cercanía; pero reconozco que él jamás me inspiró ninguno de los sentimientos que hacen las delicias de la amistad. Fue por un sentimiento de humanidad que le procuré la venta de sus libros y sus cajas de experimentos. El ardor que ponía por obtener el pequeño beneficio de sus obras me hacía pensar que estaba en la miseria, aunque él tenía demasiado orgullo para reconocerlo. ¡Y bien! Ese servicio que yo buscaba hacerle gratuitamente le proporcionó materia para las injurias más infames que me prodigó en uno de sus números. Lejos de retener el pago de sus obras, yo, de haberlo tenido, habría compartido mi dinero con él.

    Todo el tiempo le hice justicia a Marat, y se la hago ahora todavía, aunque a él le deba parte de las persecuciones que hoy sufro. Era infatigable en el trabajo, hábil en el arte de hacer experimentos. Yo escuché un día a Franklin rendirle ese homenaje. Sus experimentos sobre la luz le habían encantado. Yo no diría lo mismo de aquellos sobre el fuego o la electricidad. Marat creía haber hecho descubrimientos que destruían el sistema de Franklin; pero éste no fue víctima de su vanilocuencia. El académico Leroi, nombrado comisario para examinar sus descubrimientos sobre la luz, aceptó que aquéllos sobre el prisma eran ingeniosos, y que Marat poseía una destreza admirable para realizarlos. Su informe le fue en ciertos aspectos favorable, pero algunos académicos lo forzaron a suprimirlos.

    Marat estaba obsesionado en obtener el elogio de la Academia de las Ciencias, y esta obsesión le sugirió la idea de un ardid que le costó un trabajo inmenso. Emprendió una nueva traducción de los Principios de óptica de Newton. Ésa era la mejor manera de destruirlos, pues no tengo duda de que los alteró. Quería que la Academia aprobara esta traducción. Si la firmaba despertaría las sospechas y la obra sería examinada severamente. Para evitar esta dificultad, les propuso a varios de sus amigos que le prestaran su nombre. Lo logró con el gramático Bauzée, hombre débil y amable, que no desconfió de la maniobra de Marat. Bajo ese nombre los comisarios de la Academia no vacilaron en darle, sin leerlo, sus elogios y su aprobación al libro de su enemigo. No sé qué provecho habrá obtenido. Esta traducción ha sido ignorada a pesar de estar soberbiamente impresa. Marat me obsequió un ejemplar en papel vitela al comienzo de la Revolución.

    En esta época Marat era pobre y vivía miserablemente y, aunque después de mi retorno de América pocas veces lo vi en su casa, no creo que haya cambiado de principios. Se le acusó de venalidad, de corrupción. Yo no he cesado de decirlo, él estaba más allá de la corrupción. Marat no tenía más que una sola pasión, la de dominar la carrera que elegía. La ambición de la gloria era su enfermedad, no la del dinero. De un temperamento bilioso, de un carácter atrabiliario, era porfiado en sus sentimientos y constante en su marcha. Podemos juzgarlo por este rasgo: a pesar de su gran dificultad para hablar, él sin embargo se presentaba en todas las tribunas. Olvidaba todo para no ver más que su objeto.

    El deseo de alcanzar sus fines lo hacía emplear toda suerte de medios, mentiras, calumnias. En todo fue un comediante. Defendía al pueblo como había defendido la verdad en la física, no para serle útil al pueblo (Marat lo despreciaba), sino para llegar a su objetivo. La adulación a la multitud era el mejor medio, y la empleó. Si la tiranía hubiera sido más fácil, él la habría preferido. Pero tenía que ser tribuno antes de ser tirano.

    Todos sus movimientos eran los de un saltimbanqui. Parecía tener enfrente una polichinela a la que uno tira a veces de los brazos y a veces de la cabeza. Todo era seccionado, deshilvanado, tanto en sus discursos como en sus gestos. Nada salía de su alma, todo partía de su cabeza, todo era artificial.

    Marat no amaba a nadie, no creía en la virtud; sólo se amaba a sí mismo. Jamás elogió a ningún escritor. Le parecía que todo el talento, todo el genio, se había concentrado en él. Seriamente se creía el único capaz de gobernar a Francia; les hizo esa confidencia a varios amigos. Obligado a marchar tras Robespierre y Dantón, y de sostener al partido que lo protegía, sentía un profundo desprecio por sus jefes.

    He dicho que era audaz, y, sin embargo, no era valiente; carecía del coraje del espadachín o del filósofo. Aunque se había querido batir un día con el físico Charles porque no había manifestado el suficiente respeto por sus experimentos, aunque había amenazado un día a la Convención con saltarse la tapa de los sesos al pie de la tribuna con una pistola que no estaba cargada, aunque, en fin, hablaba siempre de sangre, y desafiaba a toda la tierra, jamás sus fanfarronadas me infundieron respeto. Yo lo había visto demasiado de cerca, era violento pero poco valiente. Bajo el despotismo temía las bastillas; en el reino de la libertad seguía temiendo las prisiones. Citaré dos ejemplos que permitirán conocer su conducta en este aspecto. Marat había concursado en 1780 por el premio fundado por la Sociedad Económica de Berna sobre el tema de las reformas a las leyes criminales. Esta sociedad difería cada año el pronunciamiento de su veredicto. En 1782, anuncié mi Bibliothèque des lois criminelles, en diez volúmenes. Marat me rogó que insertara el informe que había dirigido a la Sociedad. Ese discurso contenía atrevimientos que podían disgustar al gobierno. Le pregunté a Marat si quería que apareciese su nombre: “No, me dijo, no tengo ganas de parar en la Bastilla.” Me dejó a mí correr el riesgo, pues mi nombre aparecía a la cabeza de esa colección.

    Un día lo encontré en las Tullerías, en 1786 o 1787. Hacía mucho que no lo veía. Hablamos de sus obras. Le pregunté la razón de que se obstinara en seguir con la física cuando tenía en contra a todas las academias y a todos los físicos; lo exhorté a consagrar sus trabajos a la política. Es tiempo, le dije, de pensar en destruir el despotismo; une tu trabajo al mío, a los de la gente que ha jurado su perdición: esta empresa te cubrirá de gloria. Marat me respondió que prefería continuar tranquilamente sus experimentos ya que la física no conducía a la Bastilla, y dejó en claro que el pueblo francés no estaba lo suficiente maduro ni tenía el suficiente valor para sostener una revolución.

    Cuando la Bastilla fue destruida, Marat dejó de temerle y salió de su madriguera; incluso pretendió, dos o tres meses después de ese momento, merecer los honores de ese acontecimiento glorioso; y maquinando no sé qué historia de un coronel de dragones que lo había detenido sobre el Pont-Neuf, me urgió a publicarla en Le Patriote Français. Él se cubría a sí mismo de elogios tan extravagantes que no me atreví a complacerlo. Borré los elogios e imprimí los hechos; aun modificada la historia era sumamente increíble.

    …En ese trabajo, del que había suprimido comparaciones como las de Horatius Coclès “deteniendo, como Marat, a todo un ejército sobre un puente”, “el audaz Frente de Marat hacía palidecer a los dragones y a los húsares, como su genio por la física había hecho antes palidecer a la Academia,” quedaron, es verdad, suficientes elogios a Marat. Quería que mi amabilidad sirviese para hacerlo valorar; pero no quería que me hiciese, o lo hiciera a él, ridículo. Marat nunca me perdonó el pudor de mis supresiones.

    Al perder las esperanzas de encontrar periodistas aduladores, creó él mismo un periódico. Yo lo anuncié con elogios para atraerle suscriptores. Al rendirle ese servicio que no he rehusado a ninguno de mis colegas, creía serle útil al público. ¡Dios! ¡Qué grande fue mi error! ¡Qué grande fue mi sorpresa al leer algunos de sus números! ¿Cómo un escritor que se respete podía degradarse con un  tono tan vil, tan escandaloso, tan atroz? Lo reconozco, consideraba a Marat escritor mediocre, lógico inconsecuente, moralmente incrédulo, ambicioso y enemigo de todos los talentos; pero no creía que pudiese violar todos los principios, todas las leyes, al punto de calumniar a los hombres más virtuosos, de predicar la masacre y el pillaje. Me detengo aquí, y termino con esta reflexión: le perdono a Marat el mal que me hizo; pero no le perdonaré jamás el haber corrompido la moral del pueblo y haberle inspirado el gusto por la sangre.

    * Estos fragmentos pertenecen a las Mémoires de Brissot, y fueron seleccionados y publicados por Cioran en su Anthologie du portrait. De Saint-Simon à Tocqueville.

    Texto publicado en la edición 151 de Crítica


    Escrito por Jacques-Pierre Brisott