La columna de al lado

  • Los últimos hijos, de Antonio Ramos Revillas | Juan Carlos Reyes

    El tigre medirá un metro

     

    Antonio Ramos Revillas, Los últimos hijos, conaculta/Almadía, México, 2015, 259 p.

     

     

    El hijo que valga más que yo

    Es bien sabido que los epígrafes en la literatura pueden ir de lo presuntuoso a lo hermético. En este caso, el que Ramos Revillas emplea con mucho tino para su novela, es un fiel reflejo del tema central de la novela: el último verso del poema “Obra maestra”, de Ramón López Velarde. Paternidad, dolor, gozo, esperanza en el hijo que todavía no existe, angustia por la pérdida aún por ocurrir. Al mismo tiempo, creo que sería una simpleza decir que el único tema de la última novela de Antonio Ramos Revillas (1977), Los últimos hijos, es la paternidad. Puede ser la columna vertebral de la obra, pero ubicarla como único centro dejaría de lado otros temas como la venganza, la muerte, la presión social u otros temas sugestivos. Por ejemplo, la burbuja desde la que sus personajes hablan con distancia y apatía de la suciedad y el fango que se cuelan en su –sólo en apariencia– impoluta vida. read more

  • Parricidios

    Cada que se muere un escritor “famoso” o con “trayectoria”, entrecomillo porque ambas palabras se prestan a múltiples interpretaciones, los autores viejos lo lamentan y los jóvenes lo celebran… o tal vez no lo festejan, pero dicen comentarios que se parecen mucho a una celebración.

    Ahora que murió Carlos Fuentes hubo un desfile de alabanzas y descalificaciones que al final de cuentas, de nada servirán porque la dinámica de la obra de Fuentes hace años que es independiente de su autor.

    Cuando murió Octavio Paz recuerdo el rencor y las alabanzas fúnebres que dejó el paso de su féretro, pero lo cierto es que a Octavio Paz se le sigue leyendo y sigue siendo una figura de referencia de la literatura del México del siglo XX y conforme su estela continúe vigente lo será también del XXI.

    Pero, ha muerto un escritor y confrontar al muerto también es parte del duelo. De Carlos Fuentes se dijo mucho y se dirá aún más. No dejará de ser una de las figuras emblemáticas de la literatura mexicana con la que cada lector habrá de hacer, sino es que ya lo ha realizado, una especie de cierre de capítulo.

    Del Fuentes escritor me quedo con las sensaciones que me provocó su lectura. Leí Aura en la preparatoria y cuando entré a la facultad, después de una clase desastrosa, un maestro me dijo en claro que no podía decir que me gustaba Fuentes si no había leído toda su obra. Así que me empeñé en leer lo más que pude. Leí Cambio de piel, que me parece una novela estupenda, leí La muerte de Artemio Cruz, El naranjo y más tarde Gringo viejo y después Los días enmascarados. Tuve que revisar más de lo que hubiera querido, El Espejo enterrado y batallé con Terra nostra.

    Los lectores, creo, nos hacemos no sólo al libre albedrío, sino que somos la suma de los muchos tipos de lectores que hemos sido. Al leer a Carlos Fuentes me reconozco como ese joven lector que toma el libro de Aura y emprende un viaje casi inicial; soy ese lector que quiere empezar a leer obras de mayor dificultad (error de lector principiante) y al que le recomiendan Cambio de piel; soy el lector desencantado que toma El naranjo, pero al mismo tiempo el que revisa las pruebas tipográficas de Los días enmascarados o el que tras muchos años de no leerlo, decide comprarse Los años con Laura Díaz en una feria del libro y lee de corrido la novela. Soy también el lector que decide no comprar Instinto de Inés ni sus últimas novelas.

    Y al final, después de recordar mis lecturas de Carlos Fuentes, sólo por el pretexto de su muerte, pienso que estoy en paz con lo que he leído de él. No me mueve ni al escarnio ni a la oración fúnebre. Parafraseando el poema de “Alta traición” de José Emilio Pacheco, no amo la obra de Carlos Fuentes, aunque releería con gusto diez paisajes suyos, ciertos personajes, sus ciudades deshechas, varias figuras de su cuentistica y tres o cuatro novelas.

    Sé que con esta declaración me vuelvo tiro al blanco de quienes consideran a Fuentes no sólo una figura menor sino un error de las letras nacionales, pero ¿quién dijo que leer es democrático?

    Al contrario, leer es un acto de tiranía. Mal haría un lector si se deja llevar sólo por las reseñas y los comentarios de las revistas especializadas, por lo que los críticos definen que se debe o no leer. Mal haría un lector por permitir que sus lecturas dejen de ser recomendaciones para volverse en veladas imposiciones de la cultura editorial en turno, tanto la comercial como la literaria.

    Ha muerto Carlos Fuentes y es una lástima, pero todos nos habremos de morir; pero al menos para mí sigue vigente puesto que no he leído todo lo que ha escrito y la verdad no sé si llegue a hacerlo. Mientras eso no ocurra, el mejor Fuentes o el peor Fuentes siguen ahí, a la espera. ¿Para qué lo mato ya? ¿Para qué lo descalifico?

    Un autor no muere sino hasta que las últimas de sus paginas han sido no sólo leídas sino depositadas en el olvido –donde se encuentran en realidad todas las cosas- y creo que en el caso Fuentes, aún estamos lejos de atisbar ese horizonte.

  • Literatura y farándula

    Acaban de pasar en la televisión el comercial en el que Emmanuel y su hijo nos recomiendan leer. Dicen, entre otras cosas, que la lectura es importante, como si no lo supiéramos.

    Termina el comercial, pero me quedo pensando en una idea que me molesta desde hace meses: esa necedad de dotar a la lectura de atributos mágicos para venderla mejor: que es la puerta abierta a la imaginación, que tiene valores que todos podemos encontrar, que convierte a un ignorante en un intelectual, etcétera, etcétera.

    El problema de fondo es éste: venderla como un elíxir, esa botellita milagrosa que cura todos los males. Rodeamos a la lectura de actrices y actores que como merolicos nos intentan vender algo que todo mundo sabe que es mentira, así y sea la lectura.

    Incluso, en ese desesperado intento por hacer que los mexicanos leamos, hemos llegado a niveles faranduleros, grotescos y bizarros entre los propios escritores. Por ejemplo, tomemos los jams de escritura. Si la literatura existe en la intimidad, estos jams proponen que el autor demuestre qué tan bien puede escribir bajo la presión del público mientras un dj acompaña la escritura con los mejores compases que se le ocurren. Espectáculo, sin duda. El espectador común se aleja después de ver tal show y sin duda llega a su casa a ver la televisión.

    Otro intento por hacernos leer son los rings de letras. No tengo idea de a quién se le haya ocurrido tal cosa. El evento consiste en subir a dos escritores -la mayoría lee mal-, que se enfrentan a dos de tres caídas sin “límite de versos”. Cada escritor golpea al oponente y al público con sus mejores escritos y al final gana el que provoque más aplausos, aunque en realidad siempre “gana la literatura”.

    Estas estrategias, de las que debo decir, he participado, y los comerciales de Emmanuel o de Erik Rubín y Andrea Legarreta, que Dios me perdone si los denigro al decir que estoy seguro que sólo leen los guiones de sus programas de televisión y a veces ni eso, nos han conducido a una terrible verdad: hemos valorado más la promoción de la lectura como acto circense que en realidad como la comprensión del libro.

    Hacer que otro lea no es nada sencillo: se necesita comprender al otro como lector, realizar un estudio serio de uno como lector y saber cómo se pueden tender puentes entre ambos. No es sólo un “recomiéndame qué libro leo”, sino es acompañar también esa lectura, puntualizarla, hacer que el otro no sólo la lea de corrido, sino que se integre en ella. Sí, decimos a todo mundo: lee, lee, lee; pero ¿cómo leer?, ¿cómo comprender la ficción? ¿Qué tan lejos hay que estar cuando el otro termina de leer y tiene preguntas?

    Hemos generado promotores de lectura que prefieren salir en televisión o en entrevistas radiofónicas a ir al trabajo duro, en las faenas de campo.

    Pero al malestar se le impone el frágil optimismo. No todo está perdido, en este país hay mucha gente que ama los libros, que cede su tiempo y sus casas para que otros se acerquen a leer. Tan sólo el pasado fin de semana conocí a varios de ellos en el estado de Hidalgo.

    Uno, escritor y maestro del idioma ñañu, iba a ampliar una sala de lectura en su comunidad en el valle del Mezquital. Ya tiene libros y lectores cautivos con los que discute sobre novelas y poesía. Otra promotora es una chica, madre de casa y que trabaja de medio tiempo en una tortillería, también iba a poner una sala de lectura en su localidad, Mixquiahuala. La última vez que la vi estaba con sus maletas aguardando que pasara un micro que la llevara a la central de autobuses de Pachuca. Iba feliz después de tomar un curso de promoción de la lectura impartido por Salas de lectura.

    Son estas personas, con ese trabajo callado, los que van a cambiar la percepción de la lectura en este país. Ni los editores ni los escritores ni los críticos están en el frente de batalla, por decirlo de algún modo.

    Habitan en este país muchos tipos de promotores que facilitan y median la lectura, muchas no saldrán en la televisión ni serán aplaudidas, pero va desde aquí un aplauso a todos esos lectores silenciosos que invitan a sus vecinos a leer en sus casas, en las plazas, en las salas de lectura que se instalan en cementerios o en asilos. Ustedes son lo más importante de este país, Emmanuel y los rings de poesía qué.