Alejandro Silva Solís

  • El río reflexivo. Poesía y ensayo en Octavio Paz, de Anthony Stanton | Alejandro Silva Solís

    Cauces seguros hacia Paz

     

    Anthony Stanton, El río reflexivo. Poesía y ensayo en Octavio Paz (1931-1958). fce/El Colegio de México, México, 2015, 528 p.

     

    En el piso del puente peatonal que une calzada de Tlalpan con metro Nativitas, vi a la venta el libro Nazaret. Pasé de largo y, mientras bajaba las escaleras para salir, me percaté de que se acercaba Navidad y de que el muchacho que atendía el puesto improvisado había decidido llevar ese libro porque la combinación de título y época aumentaba sus probabilidades de venderlo. Nada más alejado de un libro de temporada que El río reflexivo.  Poesía y ensayo en Octavio Paz (1931-1958), de Anthony Stanton, el cual no se publicó durante los festejos del centenario de Octavio Paz, sino un año después, a fin de que sus páginas recibieran el cuidado necesario y de que vieran la luz lejos del aire enrarecido que se origina en las conmemoraciones a los escritores. read more

  • Ni sombra de disturbio, de Fernando Fernández | Por Alejandro Silva Solís

    Nueva visita a López Velarde

    Fernando Fernández, Ni sombra de disturbio, Auieo/Taller Ditoria, México, 2015, 192 p.

    La más reciente recopilación de ensayos de Fernando Fernández es un libro jugoso, fruto infrecuente de un investigador, escritor y editor diestro. Gracias a esta combinación, la prosa de FF (como nombraré de aquí en adelante al dos veces fricativo autor de Ni sombra de disturbio) refresca al lector y lo interesa en aspectos clave de la poesía de Ramón López Velarde vistos desde perspectivas novedosas. read more

  • Todo un pasado por vivir de Luis Vicente de Aguinaga | Por Alejandro Silva Solís

     Bajo un tenue resplandor plateado

    Luis Vicente de Aguinaga, Todo un pasado por vivir, La Zonámbula/Universidad de Guadalajara, Guadalajara, 2013, 160 p.

    En “Nuestro padre Sainte-Beuve” del libro El XIX en el XXI, Christopher Domínguez Michael se adhiere al método del crítico francés que: “prefería conocer la biografía del autor para juzgar su obra”, porque: “En la mayoría de los casos […] es imposible entender el crimen sin el criminal”. Concuerdo con Domínguez Michael en que, a veces, conocer datos sobre la vida del autor sirve para apreciar su obra, pues la literatura no está hecha de textos abstractos e inmutables que se trasladan, sin mediadores ni cambios, del autor al lector sino que está conformada por diversos agentes (editores, diseñadores, programadores, tipógrafos, bibliotecarios, entre otros) que hacen posible el paso del texto de éste a aquél, y que, al presentar el escrito bajo un cuidado editorial, en un diseño y unos materiales determinados, influyen en la experiencia de lectura que el texto depara.
    Uno de los mediadores más olvidados de la crítica moderna ha sido el cuerpo, tanto el del autor y del lector cuanto el del libro, olvido que ha reducido nuestra relación con las obras literarias. Y escribo “nuestra relación” en vez de “nuestra interpretación” porque nos vinculamos con los libros no sólo por medio de la mente sino también del cuerpo: oliendo sus páginas, admirando su diseño, deslumbrándonos con su tecnología, sonriendo o llorando ante lo que dicen, etcétera; y porque leer un texto cuando tenemos gripe no es lo mismo que hacerlo cuando estamos sanos, de igual modo que leer un poemario en su primera edición difiere de hacerlo en las Obras Completas o en una antología. Todo esto para decir que uno de los atractivos de Todo un pasado por vivir  —recopilación de ensayos, relatos y aforismos publicado por Editorial La Zonámbula— es la presencia del autor en sus textos. Mas no resalto el aspecto autobiográfico per sé —pues me daría lo mismo que lo que Luis Vicente De Aguinaga escribe sobre sí sea falso— sino el escuchar a alguien respirando en esas letras; alguien que me invita a acompañarlo y que habla mi lenguaje en lo que escribe —encuentro analogías entre su vida y la mía— y en cómo lo hace.
    Luis Vicente nos comparte, por ejemplo, algunos de sus músicos favoritos:  Ali Farka Touré, Ry Cooder, Bob Dylan, Arturo Meza, The Sensational Space Shifters, Robert Plant, George Harrison, J. J. Cale; Patti Smith, Charlie Musselwhite, Norah Jones, Leonard Cohen…; los momentos poéticos que vivió en un concierto de Paul McCartney: “Porque, si bien hay que pagarlo a precio de oro, uno acaba por instalarse dentro de una cápsula de casi tres horas de felicidad ininterrumpida, lo suficientemente amplia y reconocible para bailar, sonreír, cantar a gritos y verter un par de lágrimas…”; su admirable ignorancia olímpica: “No sé cuántos jugadores haya en los equipos de hockey sobre césped. […] No sé si en el bádminton y el ping-pong la cuenta se lleve como en el tenis […] No sé qué quiera decir ESPN.”; su reflexión sobre “la urgencia de renovar los textos de [las convocatorias para los concursos de obras literarias inéditas] en función del carácter que se le quiera imprimir a cada certamen”; algunas de las nochebuenas y navidades que añora en 2002: “las que mi hermano y yo pasamos en Tepic, la que ambos pasamos en Tijuana con mi padre, las que pasé con Teresa y nuestros amigos en Montpellier, o aquella del tren atiborrado entre Barcelona y Madrid, o la veracruzana con mi madre, Guillermo y mi abuela”; ciertos poetas que le gustan: Neruda, Vallejo; González Martínez, Rubén Bonifaz Nuño, Eduardo Lizalde, Octavio Paz; Paul Celán, Franc Ducros; y, lo más íntimo, algunas de sus vivencias como padre: que el parto en que nació Matías, su primer hijo, “fue largo y traumático”, mientras que el de su segundo hijo, Lucas, resultó “razonablemente breve y ágil”; que Lucas cumple años el mismo día que el abuelo paterno, esta escena con Matías:

    Merodeando entre mis cosas, Matías encuentra un cuaderno de apuntes y se pone a hojearlo.
    —Ese cuaderno es mío —le digo—. Me sirve para trabajar.
    —Sí, ya sé —me responde—. Aquí apuntas cosas para dar clases.
    —No. Más bien ahí tomo notas que después me sirven para escribir poemas.
    Guarda silencio un par de segundos, cosa rara en él, y dispara:
    —Pero ¿por qué tienes que ser poeta? Los poetas son muy feos: tienen los pelos parados.

    He escrito que encuentro analogías —similitudes colmadas de diferencias— entre mi vida y la de Luis Vicente de Aguinaga. Por ejemplo, que él nació en octubre y yo en abril; que a él le hacen “ojitos cariñosos”, además de los libros, los discos, pero a mí nada más los libros; que él ya es un escritor formado, mientras que yo soy apenas un “penoso rascatripas debutante” como se describe Luis Vicente, en el ensayo “Mark”, donde se compara con Mark Knopfler “alma, voz y razón de ser de un grupo muy famoso de los años ochenta, Dire Straits. Sin embargo, la niebla de estas oposiciones se disipa gracias a presencia de “cierta clase de luz”, a veces muy intensa, en su vida y la mía: los hijos.
    Se me dirá que si baso el valor de este libro en que me identifico con la vida de su autor, así como en que me conmovió hasta el escalofrío el párrafo: “Si algún deseo puedo formular, si tengo ese derecho, que sea nomás el de que un hipotético lector de las presentes líneas viva esta noche una experiencia parecida [a las de cualquiera de las navidades o nochebuenas que Luis Vicente recuerda en 2002]”, mi juicio está mal sustentado. Posible crítica con la que disiento por dos razones. Primero, ya que si bien desde 1949, en el ensayo “The Affective Fallacy”, Wimsatt y Beardslye “se opusieron a una tradición de crítica afectiva que se remonta a Geogrias, Horacio y  Longinus, y que todavía tenía importancia en los discursos de lo sublime del siglo XVIII, en los que la grandeza de la literatura se juzgaba por su capacidad para conmover al público”, y abogaron por un lector que no se deja llevar por sus emociones al leer un texto y, en cambio, lo analiza y valora según la manera en que se producen en él los significados. Wimsatt y Beardsley incurrieron  —como afirma Karim Littau en Teorías de la lectura. Libros, cuerpos y bibliomanía, libro del tomo también las citas anteriores— en otra falacia: la cognitiva, que hace de la literatura sólo “una ocasión para la interpretación”, al centrarse en la comprensión que el lector obtiene de un texto y relegar las sensaciones que experimenta. Y segundo, porque Todo un pasado por vivir me gustó, sí, porque me encuentro en él pero también, y sobre todo, por su estructura y lenguaje.
    Para abundar en la estructura de este libro debemos volver a los hijos, porque es precisamente esa clase de luz la que organiza no sólo mi vida sino también los textos de Todo un pasado por vivir. Libro que inicia con el relato del nacimiento de Lucas y tiene una estructura astrológica. Veámosla. Posee doce subcapítulos, que son los signos del zodiaco, y cada signo tiene un promedio de cuatro ensayos. Estos signos están situados en el libro de manera convencional excepto por un detalle: que Aries, en vez de ser el primer signo o subcapítulo del libro, es el último. Ahora bien, los signos —o subcapítulos— son un breve relato autobiográfico vinculado con la relación padre-hijo. Y si los signos zodiacales son los subcapítulos del libro, los “capítulos” son las estaciones del año. Las comillas en la palabra capítulos se deben a que más que eso, las reflexiones o aforismos que son las estaciones del año en Todo un pasado por vivir son como astros que atraen hacia sí a los signos zodiacales que les pertenecen, no de manera convencional, situando a los textos que les corresponden después del inicio del capítulo sino colocando algunos de esos textos antes del comienzo del capítulo y, otros después. Por ejemplo, en lugar de que después del inicio del capítulo Otoño sigan los relatos y los ensayos incluidos en los signos zodiacales que ocurren en otoño (Libra, Escorpio y Sagitario) antes del capítulo Otoño están los textos de Libra, y luego los de Escorpio y Sagitario. Esta relación: un signo antes de la estación, y dos después, ocurre en todos los capítulos.
    Con base en este orden, la estructura del libro es cíclica, porque Todo un pasado por vivir termina con el inicio del capítulo Primavera. De modo, que leemos los ensayos de Aries antes que el capítulo Primavera, mientras que, los de Tauro y Géminis después; pero este después es, en realidad, antes, porque luego del final del libro lo que sigue es el inicio. Y sí, los primeros ensayos que leemos son los de Tauro y Géminis. Aquí debemos agregar que, amén de por el nacimiento de los hijos, el libro se ordena según la fecha de escritura de los textos, que se sitúan de acuerdo con el mes en que nacieron: los terminados en noviembre se localizan en el subcapítulo Escorpión, los concluidos en junio, en el de  Géminis, y así de manera sucesiva, sin importar que entre el primero y el último ensayo de un signo medien años de diferencia ni que el primer ensayo que leemos de un signo haya sido escrito después que el último del mismo signo.
    ¿Tienen los ensayos concluidos en julio el carácter que, según el horóscopo, define a los cáncer?, ¿corresponde la personalidad de cada texto con las peculiaridades que el zodiaco señala para su signo? Ni lo creo ni mi flaco interés en el zodiaco me permite responderlo. Con todo,  lo que sí puedo decir es que la organización de los ensayos en el libro (y su portada, que es una representación de Acuario, con barbas derramando agua de un ánfora) obedece a la creencia de Luis Vicente de Aguinaga en la casualidad, la coincidencia, o lo que, en Signos vitales. Verso, prosa y cascarita, De Aguinaga describe como: “esta forma de necesidad, esta suerte de satisfacción o equilibrio de las cosas que sólo puede atribuirse a la dinámica del azar objetivo surrealista”. En ese otro libro de ensayos, Luis Vicente recurre a Breton para definir azar objetivo como el “azar a través del cual se manifiesta, de forma todavía misteriosa para el hombre, una necesidad cuyas razones le son desconocidas por más que vitalmente la sienta como tal”. Y añade que esta necesidad se revela en las casualidades, hechos en los que se concilian, de manera fortuita, un deseo con una realidad, como si nuestras vidas estuvieran determinadas por los caminos que trazan los astros y nosotros, lo ignoremos o sepamos, seguimos rutas ya andadas.
    Esta creencia, que se ejemplifica en varios relatos del libro y casi siempre tienen que ver con los hijos de Lui Vicente, se explicita en una de las reflexiones de Invierno: “Un amigo se refiere —mitad en broma, mitad en serio— a sus vidas anteriores. Yo me resigno a pensar que toda vida es anterior, incluso ésta. Todo cuanto hayamos vivido es irremediablemente anterior”. Pero es hasta el tercer párrafo que se nos aclara la antinomia del título Todo un pasado por vivir: “Envejecemos al tomar conciencia de todo el pasado que nos queda por vivir. Saber que se ha vivido es poca cosa junto a darse cuenta de que ha pasado el tiempo y no hemos podido averiguar qué significa ese transcurso”. O sea, todo futuro es pasado porque, al momento de vivirlo, el futuro se vuelve pretérito; de manera que la vida puede ser vista como una serie incesante de regalos que no revelan su contenido al ser abiertos, sino que, como los presentes que arrumbamos durante la fiesta, esperan a que regresemos a ellos para descubrirnos su significado. En otras palabras, en Todo un pasado por vivir se cree en que sólo columbramos el sentido de lo vivido en retrospectiva
    De ahí que, ante la imposibilidad de averiguar el significado de nuestra vida conforme la vivimos, Luis Vicente de Aguinaga opone el canto, la escritura como un medio de (auto)conocimiento. Pero una escritura que acepta al cuerpo y las emociones que produce, así como al azar y a la razón. Al final del libro nos enteramos de cómo quisiera, Luis Vicente de Aguinaga, cantar: “Primero me resigné a no saber leer ni escribir música; después me resigné a no saber tocarla ni cantarla. Hoy me conformaría con ser un instrumento musical. No un Steinway ni un Bösendofer Imperial; no el consabido Stradivarius ni una Gibson Les Paul del ’54. Me bastaría con ser un buen bajo eléctrico, tal vez el típico Fender Precision, y que mi voz fuera indistinguible del pulso cardiaco del bajista en turno”. Es decir, más que un súper instrumento musical, desea ser uno bueno y cotidiano, uno que pueda acompañar a otro ser humano y le permita expresarse. Deseo que, con Todo un pasado por vivir, conmigo se cumplió.
    Pero hablemos ahora del lenguaje: es conciso y claro. Cualidades que se ejemplifican en la sencilla y precisa manera en que Luis Vicente de Aguinaga describe, en “La contraseña”, su perspectiva del Nobel mexicano: “Paz, arbitrario y exacto, como una especie de cirujano clarividente que pudiera saltarse la toma de radiografías y hundiera el bisturí con rapidez y conocimiento de lo invisible, no titubeaba en la elección de sus asuntos: los determinaba, más que con rigor, con fiereza [ensayo que termina de la manera siguiente]: el entusiasmo que, de forma eslabonada, he sentido por otros autores y materias en los últimos veinte años no habría sido el  mismo de mantenerse mi exaltación original por Octavio Paz. Pero nunca he puesto en duda esa vehemencia. También es verdad que los primeros deslumbramientos, lejos de ahorrarnos deslumbramientos posteriores, nos ayudan a vivirlos con mayor intensidad y provecho” .
    En resumen, es la presencia de un ser humano caminando entre las líneas de Todo un pasado por vivir; así como la prestancia de un libro que permite una lectura ágil (márgenes amplios; formado en las fuentes Arno Pro para el cuerpo de texto —12 sobre 16—, y la sin serifa Avenir, para los títulos y las cornisas) lo que hizo que Todo un pasado por vivir me haya atrapado desde el primer párrafo y que, conforme lo iba leyendo, ese gusto (con pocas excepciones como ensayos que no me dijeron nada:  “James Bond en Atemajac”, “¡Zi-Zou!”, “La multitud en primera persona” y “El vals del astronauta”; o las erratas de las páginas: 96, 98 y 113) se mantuviera y creciera “bajo un tenue resplandor dorado” como el que perlaba las cosas en las madrugadas en que Luis Vicente llevaba en brazos a Matías y lo arrullaba, o aquel que ilumina mi casa durante las noches en que Yasmín y yo le canturreamos a Orso hasta que, a él o a nosotros, nos vence el sueño.

    Luis Vicente de Aguinaga, Todo un pasado por vivir

    Escrito por Alejandro Silva Solís