alejandro badillo

  • Objetos perdidos por Alejandro Badillo

    Uno

    Había una silla junto a la ventana. El calor se extendía en la pequeña estación de autobuses. Los pájaros eran infinitas figuras antes del vuelo. Un vaso sudaba su fiebre en la penumbra. La humedad del vidrio dejaba su huella en la mesa. Inútil esperanza porque era puro despojo, cosa inútil e inacabada. Las moscas formaron una nube inestable. Volátiles se movían en la escena. “Ayer dejaron algo”, dijo el viejo. Su compañero de trabajo —un muchacho— se acercó. El primero se balanceó en la mecedora. De gimnasta su vaivén por la precisión y el tino: los pies al aire y luego al suelo. Una secuencia donde destacaban la espalda, la camisa a cuadros y los pies alumbrados. Los pájaros, contraste entero del viejo, estaban prendidos al esqueleto de un árbol y desde ahí, al unísono, medraban. Los dos presentían nubes pero, por una absurda superstición, no lo decían. Las palabras del viejo, inacabadas todas, aún perduraban como la estela de humedad en el vaso. “¿Qué dejaron?”, preguntó el muchacho. La mano fue al vaso, pero no para beber, sólo era distracción del tacto mientras llegaba la respuesta. El viejo se levantó: imagínese su lento andar, su respiración que apenas rompía el silencio. La silla conservó la inercia del movimiento y su sombra anegó una parte del suelo. El viejo abrió un cajón y señaló con solemnidad un sobre amarillo. La mirada quedó ahí, en todo el cuerpo, vibrante y estancada. El muchacho abrió el sobre. El contenido era una hoja y una leyenda: “Vendrán más cosas”. Remiró la frase. Las palabras eran tres pájaros en la escena. En una delgada rama los imaginaba, listos para volar una vez seca la tinta de sus alas. read more

  • Reseña de `La bomba de San José´ de Ana García Bergua

    Contra la carcajada fácil

    De vez en cuando algún reseñista o crítico pone sobre la mesa la solemnidad de la literatura mexicana. Este reproche se hace cuando se analiza la tradición del género humorístico en el país y la poca atención que le dedican los autores contemporáneos. Parecería que el canon privilegia las obras plenas de simbolismo, de referencias intelectuales, juegos reservados para la academia. Los humoristas pasan como excéntricos que, simplemente, evitan hablar de asuntos más serios. Estos elementos me vinieron a la mente después de leer La bomba de San José, novela de Ana García Bergua (México DF, 1960), porque no había sido afortunado mi encuentro con obras publicadas en los últimos años que se promovían como humorísticas pero que, para mi gusto, sólo se quedaban en la caricatura. A contracorriente de la carcajada fácil vinculada a lo grotesco o la tendencia que lleva al extremo una trama hasta volverla inverosímil, La bomba de San José apela a una interesante construcción de personajes y a una historia que va in crescendo hasta desembocar en un carnaval del que nadie sale ileso. Antes de dar más referencias sobre el tema principal, debo señalar la habilidad de la autora para hilar un discurso creíble cuyos matices abarcan la oralidad, la confesión, la sátira y las claves de un misterio que, página tras página, alarga su resolución dejando enganchado al lector hasta las últimas páginas. read more

  • Crítica 152

    Revista-Portada Enrique Serna, Luis Miguel Rivas, Mauricio Uribe, Eduardo Sabugal, Daniel Bencomo, Claudina Domingo, Alejandro Badillo, Roxana Artal, Fernando de León, Minerva Reynoso, son algunos de los autores con los que arrancamos el 2013 en el número 152 de nuestra revista Crítica.Haz clic en la imagen o aquí para leer la versión digital de Crítica

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  • Crítica 151

    Portada-151 Para el número 151, correspondiente a Octubre-noviembre, publicamos ensayos, cuentos, poemas y reseñas de Jacques-Pierre Brisott, Gabriel Bernal Granados, Israel Ramírez, José Balza, Alejandra Gutiérrez Cruz, Alejandro Badillo, Gregorio Cervantes Mejía, Eduardo Sabugal, León Plasencia Ñol y Jorge Esquinca, entre otros escritores.Haz clic en la imagen o aquí para leer la versión digital de Crítica

    SUMARIO:

    Jacques-Pierre BrisottMarat 3Vicente Francisco Torres

    América y Emilio Salgari 10

    Gabriel Bernal Granados

    Editoriales independientes de poesía en los ochenta y los noventa 23

    Felipe Vázquez

    El porqué de muchos nombres 31

    Eduardo Felipe Sánchez García

    El último elefante (abril 30, 1945) 34

    Luis Vicente de Aguinaga

    Tres poemas 43

    Israel Ramírez

    Contemporáneos y la tutela de López Velarde 46

    Pablo Montes Castro

    Temblores de la espina 66

    Noé Blancas

    Dos poemas 70

    Alejandra Gutiérrez Cruz

    La señal 74

    Charles Simic

    Seis poemas 97

    Gustavo Ferreyra

    El hedor 102

    León Plascencia Ñol

    Tres poemas 110

    José Alberto GuerreroUnas horas en la piel de Mabel 118José Balza

    Domínguez Michael y la sobreescritura 123

    Silvia Eugenia Castillero

    Cuatro poemas 148

    José Aníbal Campos

    Casas de mis amigos 151

    Roxana Artal

    Variaciones sobre el miedo 155

    Víctor Hugo Martínez B.

    Reconstruir la experiencia 182

    Alejandro Badillo

    El acto colaborativo 170

    Eduardo Sabugal

    Bosquejo de un mal 173

    Víctor Manuel Torres

    Palabra de poeta 177

    Daniel Bencomo

    Donde cae la piedra de Spinoza 180

    Gregorio Cervantes Mejía

    Las puertas clausuradas 182

    Jorge Esquinca

    Límites de lo humano 186

    Rafael G. Vargas Pasaye

    La novela sera corta o no será 188

  • El acto colaborativo

    El primer acercamiento que tuve a la obra de Mario Bellatin (Ciudad de México, 1960) fue una reseña de Christopher Domínguez a la novela El jardín de la señora Murakami (2000) publicada en Letras Libres. El reseñista destacaba el estilo concentrado de Bellatin y, sobre todo, la temática de su literatura: la muerte, sectas, la atmósfera “plácida y tenebrosa” con la que el autor rendía homenaje a los viejos maestros japoneses como Kawabata y Tanizaki. A pesar de que en aquella reseña El jardín de la señora Murakami no salía muy bien parada, sirvió como aguijón para que comprara varios libros de Bellatin. read more

  • Crítica 150

    Para la “Crítica” 150, agosto-septiembre, nos acompañan los escritores Carmen Boullosa, Adolfo Castañón, Luis Felipe Fabre, Blaise Cendrars, Jean-Luc Nancy, Gabriel Wolfson, Alejandro Badillo, Martha Canfiel, entre otros…Haz clic en la imagen o aquí para leer la versión digital de Crítica

    SUMARIO:

    Francisco García GonzálezEl mundo perdido de Sigmund Jahn 3

    Jean-Luc Nancy

    Lengua apócrifa 12

    Alan Bennet

    Going round 17

    Blaise Cendrars

    Prosa del Transiberiano y de la pequeña Juana de Francia 23

    Samuel Serrano

    Borletti 42

    Rubén Gil

    Dos poemas 46

    Rafael Rojas

    Formas de lo siniestro cubano 49

    Carmen Boullosa

    El partido 71

    Jorge Juanes

    Nietzsche contra Heidegger 74

    Leonarda Rivera

    Contraépica 108

    Guy Davenport

    El señor Cementerio y el troll 111

    Luis Felipe FabreDos poemas 122

    Gabriel Wolfson

    Rima 126

    Martha Canfield

    Dos poemas 144

    Adolfo Castañón

    Visita al tesoro de los libros de la Biblioteca Histórica de Medicina Nicolás León 147

    Felipe Vázquez

    Cuando Amor vence a Sabiduría 171

    Isaura Leonardo

    La difícil convivencia 175

    Daniel Bencomo

    Pabellón Chandos 178

    Luis Vicente de Aguinaga

    Cada cosa se disgrega en palabras 181

    Alejandro Badillo

    Atisbar por el ojo de una cerradura 184

    Carolina Cuevas Parra

    Revolución mientras estemos vivos 187

  • Una búsqueda sin motivos

    En los últimos años se ha hablado mucho de la novela como género predominante en el mercado. El público devora con avidez novelas con temas políticos, históricos, o los que marque la agenda de los medios de comunicación. Si hacemos un análisis más minucioso podemos decir que es un subgénero, la novela realista, el que concentra casi todas las miradas. read more

  • Crítica 149

    Para el número 149 de la revista “Crítica” nos acompañan Alberto Chimal, Adolfo Castañón, Juan Antonio Masoliver, Carlos Ríos, Eduardo Saravia, Eusebio Ruvalcaba, Pablo Sánchez, Javier Munguía, Luis Felipe Lomelí, Gabriel Wolfson, Alejandro Badillo, entre otros escritores.Haz clic en la revista para leer la versión digital.

    SUMARIO:

    Matías Serra BradfordLa resurrección de las reliquias 3Alejandro  Lámbarry

    Cholultecas 6

    Alberto Chimal

    Tolstoi descubre las cualidades de la minificción 15

    Adolfo Castañón

    El variable peso de la risa 19

    Juan Antonio Masoliver Ródenas

    Seis poemas 29

    Javier Elizondo

    Somos lobas 40

    Silviano Santiago

    Los astros dictan el futuro 45

    Gustavo Cobo Borda

    Pasa Baudelaire 59

    Juan Carlos Reyes

    Jim bajo la lluvia 61

    Mauricio Medo

    Poemas 65

    Carlos Ríos

    El amigo de mi padre 73

    Eduardo Saravia

    Tres Poemas 88

    Eusebio Ruvalcaba

    Juego de luces 94

    Pablo Sánchez

    La muerte del autor 99

    Rosana RicárdezCuentos para dormir damiselas 108Willy Gómez Migliaro

    El soporte físico 111

    Javer Mungía

    E. Serna: el arte como una forma elevada de entretenimiento 116

    Luis Felipe Lomelí

    Una isla bajo el volcán 133

    Elkin Restrepo

    Tres Poemas 137

    Théophile Gautier

    El club de hashisianos 143

    Gabriel Wolfson

    El virus de la contingencia 161

    Daniel Bencomo

    De cómo en la fluorita cabe el universo 168

    Francesca Dennstedt

    De huecos, puertos y poesía 170

    Luis Arturo Guichard

    Ligero flete a pulso 174

    Ángel Ortuño

    Dos notas de dos 177

    Alejandro Badillo

    Una búsqueda sin motivos 180

    Margarita Pintado

    Los improbables orígenes del Yo 183

     

  • Los peligros de ofrecer la otra mejilla

    Pienso que uno de los peligros de la crítica, además de las palmadas fáciles y los lugares comunes, es interpretar de más, espulgar el texto buscando piezas a modo y expandirlas a tal grado que cualquier significado es posible. Muchos reseñistas recrean un libro, lo modifican hasta volverlo completamente distinto, pasan por alto elementos como el tono del lenguaje, la credibilidad de los personajes o el peso de las atmósferas. Entonces no hay un diálogo con el lector, sólo un monólogo que se regodea con sus descubrimientos. Imaginé estos peligros mientras leía Sobreperdonar, libro de aforismos de Armando González Torres (Ciudad de México, 1964), porque este género es el que más se abre a las interpretaciones. El aforismo es un clave para descifrar, un camino que puede ramificarse hasta el infinito. Julio Torri hablaba de los abismos que rodean al poema en prosa: ser una simpleza o un chascarrillo de almanaque. Estos referentes pueden aplicarse al género aforístico cuando es elaborado por manos poco pacientes, por autores que buscan un efecto que se diluye a las primeras de cambio y no deja un aguijón en la mente del lector.

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    Me parece que Sobreperdonar evita los riesgos del aforismo fácil al partir de una reflexión que se baja del pedestal y reta las fronteras del género abrevando de la poesía, el ensayo e, incluso, la ficción. El tema elegido, el perdón, no está en los reflectores de la literatura demasiado embebida en las habituales historias de amor, en el realismo fácil o en los temas de moda. La disyuntiva del perdón, sus implicaciones y culpas, dan homogeneidad al libro y, al mismo tiempo, sirven como disparadores de distintas posibilidades formales de la escritura: cada uno de sus capítulos tiene su propia respiración y sondea distintas realidades. En el primero, “Donde se discute la pertinencia, o no, del perdón”, nos enfrentamos al aforismo encadenado, partes que gravitan en una estructura poética que se expande. El fondo de esta parte es el perdón como olvido, una forma de eliminar la memoria y ser iguales de nuevo. Sin embargo, borrar el recuerdo condena a repetir los errores y por eso la duda de ofrecer la mano, mirar al otro y empezar de nuevo. Este capítulo también enhebra el odio como un acto puro, racional, que se enlaza con el perdón: “Un rencor impersonal, como un perdón anónimo.” También el autor mira el perdón como un momento de superioridad, colocarse en un trono para, así, librar de culpas a los ofensores. Hay una imagen de González Torres que me seduce: Santos en orgías de perdones, la virtud convertida en aborrecible vicio. El autor apila sentencias como ladrillos y construye en esta primera parte un muro repleto de imágenes, espejos que deforman el poder de los sentimientos.

    En “Cosas que perdonar” el aforismo toma un matiz interesante: el diálogo narrativo que, de improviso, se abre a un coro de voces que, como espíritus en el limbo, hablan de su experiencia con el perdón. Aquí hay un peso mayor para la versión de los verdugos. Es inevitable recordar el fantasma del nazismo, las dictaduras modernas y las innumerables agresiones a las minorías en el mundo. Esto se complica en casos en los que el perdón pierde todo sentido pues la víctima coopera con su victimario, olvida su sufrimiento con tal de complacer al otro. Primo Levi, por ejemplo, escritor italiano que estuvo en un campo de concentración, hablaba del sistema nazi que consistía en despojar a los prisioneros de cualquier cualidad humana, volverlos objetos intercambiables o prescindibles. La dimensión del perdón para los sobrevivientes ya no se enfocaba en los agresores sino en los que quedaban atrás. ¿Cómo se puede pedir perdón a los muertos? ¿Cómo perdonarse uno mismo cuando la vida se siente como una ofensa que desmorona los días que quedan en el camino? Muchos pensaron esto cuando encontraron a Primo Levi muerto en el edificio donde había vivido casi toda su vida, en un aparente suicidio. Si las víctimas fueron despojadas de su conciencia, González Torres también deshumaniza a los verdugos en breves flashazos donde el sufrimiento del otro, su derrota, se desvincula de cualquier culpa y conduce a elementos estéticos, de goce macabro. ¿Cómo otorgar el perdón a alguien que no lo entiende?

    En el tercer capítulo, “El perdón denegado”, continúa la característica reflexiva pero ya no en un tono violento sino en un ciclo donde el concepto se aleja de territorios definidos y busca lo abstracto. La responsabilidad del que perdona es, quizá, aún mayor que la que tiene el que busca redimirse. Si anteriormente los aforismos entretejían la magnanimidad con la soberbia, aquí van en sentido opuesto y hablan del perdón como un acto de ignominia, de locura, de extrema debilidad del ser humano: “Esa patología altruista que aqueja la mente dividida del enamorado del perdón.” Incluso el autor va más allá y habla del perdón del hombre a Dios: José perdonándolo por hacerlo víctima de las burlas al no ser el padre legítimo de Jesús. Pienso también en Job reclamando al creador por la avalancha de plagas que lo destruyen o, incluso, al hombre perdonando a Dios por darle la vida e incluirlo en un proyecto para el cual nunca fue consultado.

    En “Del perdón otorgado”, las voces se mueven en un ámbito liberador. Asumiendo las culpas el territorio es más transparente y se ven los antiguos peligros, las injurias, a una sana distancia. Sin embargo, hay aforismos que previenen un posible espejismo, asumen que el odio sigue agazapado en el alma de los hombres: “Ningún perdón, ni el más generoso que me concedas, colmará la medida de mi culpa y de mi angustia.” También se retoma el perdón como un elemento volátil, cuyas dimensiones trascienden lo filosófico y se acercan a lo estético: “…se llega a decisiones más que éticas, poéticas”. En otras sentencias se contempla la redención desde un punto de vista social: educar a los niños para saber cuándo perdonar. La sociedad también puede ejercer el perdón desde la colectividad, sumando voluntades, pero también puede absorber las injurias, las acumula y las deja en libertad. Pienso en las masas que estudió Elías Canetti, llenas de ofensas que, ante la imposibilidad del perdón y la impunidad de sus victimarios, buscan la inercia de una revuelta para desprenderse de cada uno de sus temores. La venganza, entonces, se mueve en el ámbito de la violencia originaria y la vuelve cíclica, un movimiento que acabó con las esperanzas del positivismo, de la modernidad lineal puesta en jaque por las dos guerras mundiales y la imagen del hombre devorando al hombre.

    Sobreperdonar cierra con un capítulo muy interesante: “El idioma y el perdón”, una cadena de aforismos que nos recuerda el lazo indisoluble del pensamiento y el lenguaje: somos lo que podemos pronunciar, damos vida a palabras o las desmontamos letra por letra. ¿Cómo perdonar cuando no hay palabras o cuando éstas se han devaluado tanto que ya no dicen nada? El autor, sentencia a sentencia, habla sobre el lenguaje como bálsamo o como elemento destructor. El lenguaje es vínculo común, creador de la historia y el arte, sin embargo también es silencio, caos o agresión. Primo Levi apostaba por la memoria del lenguaje para no repetir los horrores del pasado; Gunter Grass habla de reinventar términos que fueron deformados por el nacionalsocialismo. ¿Cómo perdonar cuando la palabra, después de tanta sangre, no es suficiente? ¿De dónde sacar un nuevo término para sustituirla?

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    En Sobreperdonar hay solvencia técnica, no hay palabras de más que pongan en crisis el mecanismo riguroso de lo breve. En cada fragmento hay un pensamiento fugaz pero con suficiente fuerza para latir en la mente después de la lectura. Hay que recordar que el aforismo, a pesar de su condición excéntrica en la literatura mexicana, ha sido cultivado por autores como Francisco Tario, Salvador Elizondo, Luis Ignacio Helguera o Carlos Díaz Dufoo Jr. Sobreperdonar se une a esta genealogía oculta por encausar reflexiones que adquieren diversos significados: en momentos nos topamos con una pared amarga y en otros sentimos la risa del cínico que sabe que todo está perdido. En todos los casos el perdón no se regodea en lugares comunes y se mira con diferentes perspectivas. Si la reflexión mínima puede quedar en sólo un arañazo a la superficie de la realidad, construida por palabras engañosamente sabias que pueden significar cualquier cosa, en Sobreperdonar hay una dirección que siempre punza en la mente del lector y le deja un mundo para interpretar siempre en los límites de la inteligencia.

    Armando González Torres, Sobreperdonar, Libros Magenta, 2011, 69 p.

    Texto publicado en la edición 148 de Crítica


    Escrito por Ale­jan­dro Badillo

    (Méx­ico DF, 1977) es nar­rador, ha pub­li­cado tres libros de cuen­tos: Ella sigue dormida (Fondo Edi­to­r­ial Tierra Adentro/ Conac­ulta), Tolvan­eras (Sec­re­taría de Cul­tura de Puebla) y Vidas volátiles (Uni­ver­si­dad Autónoma de Puebla). Es colab­o­rador habit­ual de la revista Crítica. En 2007 y 2010 fue becario del Fondo Estatal para la Cul­tura y las Artes. Tex­tos suyos han apare­cido en revis­tas como Punto en línea de la UNAM, Letralia.com y Tierra Aden­tro. Actual­mente es coor­di­nador del Taller de Creación Lit­er­aria en la Uni­ver­si­dad

  • Mirar hacia adentro

    1

    Siempre he pensado en la novela como una suerte de compilación, de archivo que acepta todo pero cuya flexibilidad puede ser peligrosa cuando conduce al lector a innumerables digresiones y callejones que no lo llevan a ningún lado y que, además, diluyen la tensión de las tramas. En los últimos años la novela escrita por jóvenes en México ha tendido a un realismo que abreva de la problemática del país: la violencia, el narcotráfico y la rampante degradación de la política. Hay varios registros y tonos, sin embargo abunda la parodia que, en los peores casos, conduce a la caricatura. En el lado opuesto, casi a contracorriente, advierto a jóvenes autores que plantean una narrativa de corte autobiográfico que se apoya en géneros como el ensayo o la crónica. Entre ellos, David Miklos (La vida triestina), Valeria Luiselli (Los ingrávidos), Guadalupe Nettel (El cuerpo en que nací) y Luis Jorge Boone (Las afueras). Estas obras comparten un lenguaje a veces contenido, a veces poético, que construye tersas atmósferas cuyos mecanismos funcionan con la reflexión y la búsqueda. A pesar de estos elementos en común, hay una gran diversidad en los temas y en las obsesiones. Después de los años sesenta la creación literaria se fue alejando cada vez más de moldes ideológicos y los autores buscaron su propia estética, que muchas veces no coincidía con la de sus coetáneos. Incluso la literatura hecha por mujeres ha dejado etiquetas como la “sensibilidad” o lo “femenino” para internarse en temas como la violencia o la política.

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    El mecanismo que echa a andar El cuerpo en que nací, obra de Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973), es un defecto en el ojo: un lunar blanco o mancha de nacimiento en la córnea derecha. Esta característica marca la infancia y la adolescencia de la autora. Como todos los ejercicios autobiográficos, Nettel aprovecha la memoria y la confesión para acercarse al lector con un monólogo que deviene, al pasar las páginas, en una plática con su psicoanalista, la doctora Sazlavski. Aquí es pertinente apuntar el artificio necesario para narrar una vida o una parte de ella: saber qué mostrar, dónde descorrer el telón, en qué momento guardar silencio. Nettel se mueve en la escenografía de sus días uniendo eslabones, buscando lo “novelesco” en su pasado. Sin embargo, no hay una anécdota principal, una gran aventura o una tragedia que atraigan, de inicio, la mirada. En El cuerpo en que nací hay un flujo que no se detiene, que apenas jerarquiza y que busca el interés del lector en la capacidad para seleccionar fragmentos que evadan el lugar común, lograr la singularidad que establezca un diálogo. Después del gancho inicial, seguimos los esfuerzos de los padres por remediar el defecto en el ojo haciendo ejercicios para no debilitar el nervio óptico. La fuerza de estos primeros momentos radica en la relación de la autora con su cuerpo, cómo percibir el mundo no de una manera íntegra, cristalina, sino velado por la niebla. Trepar a un árbol, por ejemplo, adquiere un significado distinto. Las cosas cotidianas tienen una nueva tonalidad. Esta extrañeza es vital porque, al avanzar las páginas, da coherencia a las reflexiones, la manera de asumir una desventaja, de reconstruir un pasado que tiene varios escenarios: las calles de la ciudad de México, la vida en Francia para un recién llegado, la escuela, los continuos cambios de domicilio. Pronto el foco narrativo se aleja de una lucha sorda con la naturaleza, la recuperación de una parte del cuerpo importantísimo para la percepción del mundo, y se concentra en la relación de la autora con sus padres, una pareja de clase alta, educada, que busca criar a sus hijos de una manera no convencional. Este elemento es fundamental en la primera parte del libro: el cambio en el modelo familiar que empezó en las familias mexicanas después de los años sesenta. Los padres que retrata Nettel buscan, en primera instancia, alejarse de la tradición pero, conforme pasa el tiempo y los hijos crecen, regresan a los moldes tradicionales.

    Una obra que me vino a la mente mientras leía El cuerpo en que nací fue Las partículas elementales, de Michel Houellebecq, en la que se narra la historia de dos hermanastros criados en una familia que siguió el sueño hippie a costa de todo. Michel y Bruno, abandonados por su madre para vivir en comunas, son criados por sus respectivas abuelas; se conocen en la adolescencia y, después de la madurez, aún intentan salvarse del naufragio de la revolución sexual y encontrar una relación humana de verdad. En Nettel y Houellebecq hay una crítica al narcisismo, a la huida del compromiso, la idolatría de la juventud y el cambio continuo. Ambos retratan los saldos de una generación que se rebeló contra la autoridad, que buscó una utopía social y que dejó hijos sin ningún molde confiable al cual asirse. Esta aparente libertad devino, al pasar los años, en la obsesión por buscar verdades absolutas, un sentido trascendente de la vida que muchas veces generó frustraciones y escepticismo. Por esta razón sus personajes se mueven en una franja desolada que alcanza, en el caso del francés, una ironía amarga. En Nettel el desencanto parte del alejamiento del núcleo familiar: el padre, después de un periodo de bonanza, es arrestado y confinado en una cárcel. La madre, por su parte, continúa con sus estudios y se muda con sus hijos a Francia. En este punto, hay otro acierto de la autora que da unidad a El cuerpo en que nací: el cuestionamiento del mundo ante la deficiencia física que continúa con las decisiones de su madre, las motivaciones que se ocultan y las preguntas que ya no se pueden hacer o que se responden a medias. La utopía familiar se destruye poco a poco, la vida ideal empieza a mostrar sus defectos. A esto se suma la introducción de la autora-personaje en un mundo nuevo: la escuela en un idioma casi desconocido y el paso de la niñez a la adolescencia. México permanece como telón de fondo, a veces más visible por algún acontecimiento que se anuncia por teléfono o por el noticiario. También queda atrás la figura paterna, que permanece como un esbozo a veces esperanzador. En esta fase la biografía pierde singularidad y se acerca más a la experiencia unidimensional. La reflexión o las miradas que desmenuzaban ceden ante el recuerdo a flor de piel que habla para sí mismo: las primeras salidas a escondidas de la madre, el despertar sexual, las amistades, la música, las drogas. Este proceso es desarrollado con solvencia pero la atmósfera, antes compleja, se aligera y se acerca a la página de un diario íntimo.

    El último trecho de El cuerpo en que nací aborda el regreso a México con los consabidos reencuentros. La madre se mantiene en Francia mientras los hijos conocen de nuevo un país que ha crecido. Nettel tiene la oportunidad de establecer una nueva relación con su abuela, mujer aparentemente inflexible que, al final de la historia, se convierte en su aliada. El padre consigue su liberación después de algunos años en la cárcel. La relación entre padre e hija se reanuda, sin embargo no hay mucha emotividad en el acontecimiento: como en los demás hechos narrados hay una especie de resignación, una voz que primero examina con curiosidad y que después acepta su destino.

    Hay un punto que Nettel no ancla con firmeza o que parece gratuito: el papel de la psicoanalista, la doctora Sazlavski. Me parece que en el ánimo de tomar distancia de los hechos, la autora busca recordar al lector o, mejor aún, recordarse a sí misma, que está ante un ejercicio narrativo y que necesita, muy de vez en cuando, un interlocutor además del lector. Sin embargo, las intervenciones o acotaciones en las que aparece la doctora son mínimas e interrumpen el flujo natural de la narración. La psicoanalista lleva la historia a una justificación sin mayores repercusiones porque no cuestiona la voz narrativa, es sólo una muleta para tomar aire a la mitad de un largo monólogo y seguir hilando palabras.

    Las partes más logradas e interesantes de El cuerpo en que nací son las que exploran la comunicación, los límites del cuerpo que van más allá de un defecto ocular y que parten de la individualidad y la reflexión constante en una biografía siempre en transición, en movimiento. Son estos fragmentos los que, naciendo de la experiencia personal, comunican a manera de símbolos muchos problemas actuales: el individualismo, la tendencia al aislamiento en las ciudades y el creciente desencanto de las nuevas generaciones.

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    2

    Otro integrante de los autores que cité anteriormente, Luis Jorge Boone (Coahuila, 1977), emprende con su novela Las afueras un ejercicio que, como el de Guadalupe Nettel, prefiere mirar hacia adentro. En el caso de Boone, su obra desde un inicio alterna historias contadas por un narrador omnisciente y por la primera persona. Este entretejido también aborda la cronología: si En el cuerpo en que nací apenas hay digresiones y la narración sigue una línea que va de pasado a presente, en Las afueras nos enfrentamos a un caleidoscopio, un cúmulo de historias donde el elemento en común es la atmósfera desértica que determina a personajes desesperanzados, que caminan siempre al borde del abismo. Muchos autores jóvenes del norte explotan la violencia del narcotráfico, la migración o el intercambio cultural entre México y Estados Unidos. El lenguaje de estas obras es cercano a lo coloquial, sin muchos rodeos, frases de primera intención. Los personajes de Boone apenas están determinados por estos artificios, sólo miran al interior de sí mismos, de sus coyunturas personales. Esta mirada que explora el amor, el desamor, las despedidas, hace que Coahuila –el lugar donde se desarrolla la novela- sea un personaje presente pero no determinante, incluso a veces el lector se olvida del escenario para atender la carga emocional de los seres que deambulan por calles desiertas, que están al frente de un casi anónimo programa de radio que habla de desaparecidos y fantasmas, que dan vueltas y más vueltas sobre hechos pasados. El desierto de la novela hierve en la mañana pero conforme avanzan las horas se enfría y el tiempo parece detenerse.

    Las afueras es, también, evitar la aventura o simplemente no continuarla. Por ello quizás la narración es fragmentaria, apenas centrada en la historia de dos hermanos: James y William. Alrededor de ellos gravitan mujeres, diálogos y deseos. En toda la novela el autor abandona historias que retoma capítulos más adelante y sólo algunas claves nos indican que estamos en el mismo paisaje, el mismo trayecto por la carretera o la misma charla incompleta. Planteadas estas características, podríamos pensar en una road novel en el tono de las novelas del norteamericano Cormac McCarthy o en la experimentación de voces y atmósferas del portugués António Lobo Antunes, sin embargo a Las afueras no le interesa cumplir con estas propuestas: los saltos en el tiempo, una búsqueda fragmentaria y el foco que sigue a varios personajes la alejan de la road novel; las voces no funcionan en un sentido coral, impresionista, como en Antunes, sino que se mueven en sus propios vericuetos, exigen un desarrollo y una resolución a sus claves. Las afueras no es —como apuntan algunos reseñistas— una obra transparente o que hilvana sus anécdotas con simpleza, pues la intención del autor es, desde la primera página, llevar el lenguaje a un plano principal, modelarlo en un tono lírico que se une a historias contadas poco a poco, que a ratos parecen inconclusas y que buscan un estado de ánimo para completarse.

    En la poesía, sin importar su estilo o influencias, hay contención, un espacio donde cada palabra tiene un peso único. Boone parece ir por el lado contrario: en su novela hay una abundancia sustentada por la acumulación de adjetivos. Rara vez se presenta un hecho desnudo, sin someterse a la calificación del que cuenta. Si hay una charla a medianoche, un desencuentro o una charla, el autor se apresura a llenarlas con adjetivos para asegurar el efecto deseado. Las mujeres que aparecen en Las afueras son pálidas y perfectas; los hombres son inseguros, melancólicos y llenos de remordimientos. El amor para ellos es, como el mito de Sísifo, una piedra que deben subir a la cima de una montaña para mirarla caer y después subirla de nuevo. Página tras página hay un tinte exaltado, sublimado, que eleva a los protagonistas y los lleva a un sitio donde parecen —a pesar de sus problemas— incorruptibles, cercanos al cliché romántico. En algunos momentos se roza el lugar común aunque en la mayoría de los casos se genera en el lector una dosis de escepticismo que hace que la novela requiera una mirada complaciente, alguien dispuesto a comprar el melodrama renunciando a esperar algo más y cautivarse sólo por el regodeo de las frases. Pongo un par de ejemplos que forman parte de los muchos desencuentros amorosos de la novela: “Frente a la escalera, sujetado por la mano de un desconocido, en su pecho crecía un vacío insoportable, construido con la misma dolorosa oscuridad del segundo piso, del frío que sitiaba la casa entera y del miedo que le subía por lo garganta. Miedo a perder algo. Miedo a que esa pérdida lo condenara a caminar tras una nostalgia cuya hondura ya presentía.” “Uno puede acercarse a ciertas mujeres en su vida, hablarles, conocerlas. A otras sólo es posible mirarlas en silencio, pasmarse ante el espíritu agreste que las posee, tener miedo incluso de que puedan verlo todo reflejado en tus ojos, de que noten el huracán que te devora al estar frente a ellas. Un viajero cuyo destino está en un lugar distinto de aquel en el que le fue dado presenciar una belleza absoluta y estremecedora.” En el primer ejemplo veo uno de los puntos que juegan en contra de la novela y que están en casi todas sus páginas: la oscuridad no puede ser sólo oscuridad, debe ser una “dolorosa oscuridad”, el vacío tiene que ser “insoportable”. En el segundo ejemplo Boone, después de presentar la escena, se esmera en comentarla con una sentencia perfecta, sin fisuras, que parece una enseñanza filosófica. Este tipo de recursos y su repetición párrafo tras párrafo enturbian la trama y focalizan la atención en un lenguaje que no cumple por completo y resta oxígeno a escenas que merecerían, para dialogar con el lector, un desarrollo más objetivo, menos sujeto al punto de vista del autor.

    Disponibles en Profética

    El cuerpo en que nací y Las afuerasson dos obras que, con resultados disparejos, ofrecen una versión distinta de los narradores de la generación de los setenta, autores que empiezan a publicar una obra que aún tiene mucho que decir y que ya ocupa espacios en muchas editoriales. Al contrario del grueso del contingente, estos autores no buscan los temas coyunturales que aparecen todos los días en los periódicos y prefieren mirar hacia adentro, en su biografía o en el interior de sus personajes, sin que esto quiera decir que no ofrezcan un panorama real, significativo, de la vida en México en los primeros años del nuevo siglo.

    Guadalupe Nettel, El cuerpo en que nací, Anagrama, México, 2011, 196 p.

    Luis Jorge Boone, Las afueras, Era/UNAM, México, 2011, 245 p.

    Publicado en la edición 147 de Crítica


    Escrito por Ale­jan­dro Badillo

    (Méx­ico DF, 1977) es nar­rador, ha pub­li­cado tres libros de cuen­tos: Ella sigue dormida (Fondo Edi­to­r­ial Tierra Adentro/ Conac­ulta), Tolvan­eras (Sec­re­taría de Cul­tura de Puebla) y Vidas volátiles (Uni­ver­si­dad Autónoma de Puebla). Es colab­o­rador habit­ual de la revista Crítica. En 2007 y 2010 fue becario del Fondo Estatal para la Cul­tura y las Artes. Tex­tos suyos han apare­cido en revis­tas como Punto en línea de la UNAM, Letralia.com y Tierra Aden­tro. Actual­mente es coor­di­nador del Taller de Creación Lit­er­aria en la Uni­ver­si­dad