alejandro badillo

  • Crítica 150

    Para la “Crítica” 150, agosto-septiembre, nos acompañan los escritores Carmen Boullosa, Adolfo Castañón, Luis Felipe Fabre, Blaise Cendrars, Jean-Luc Nancy, Gabriel Wolfson, Alejandro Badillo, Martha Canfiel, entre otros…Haz clic en la imagen o aquí para leer la versión digital de Crítica

    SUMARIO:

    Francisco García GonzálezEl mundo perdido de Sigmund Jahn 3

    Jean-Luc Nancy

    Lengua apócrifa 12

    Alan Bennet

    Going round 17

    Blaise Cendrars

    Prosa del Transiberiano y de la pequeña Juana de Francia 23

    Samuel Serrano

    Borletti 42

    Rubén Gil

    Dos poemas 46

    Rafael Rojas

    Formas de lo siniestro cubano 49

    Carmen Boullosa

    El partido 71

    Jorge Juanes

    Nietzsche contra Heidegger 74

    Leonarda Rivera

    Contraépica 108

    Guy Davenport

    El señor Cementerio y el troll 111

    Luis Felipe FabreDos poemas 122

    Gabriel Wolfson

    Rima 126

    Martha Canfield

    Dos poemas 144

    Adolfo Castañón

    Visita al tesoro de los libros de la Biblioteca Histórica de Medicina Nicolás León 147

    Felipe Vázquez

    Cuando Amor vence a Sabiduría 171

    Isaura Leonardo

    La difícil convivencia 175

    Daniel Bencomo

    Pabellón Chandos 178

    Luis Vicente de Aguinaga

    Cada cosa se disgrega en palabras 181

    Alejandro Badillo

    Atisbar por el ojo de una cerradura 184

    Carolina Cuevas Parra

    Revolución mientras estemos vivos 187

  • Una búsqueda sin motivos

    En los últimos años se ha hablado mucho de la novela como género predominante en el mercado. El público devora con avidez novelas con temas políticos, históricos, o los que marque la agenda de los medios de comunicación. Si hacemos un análisis más minucioso podemos decir que es un subgénero, la novela realista, el que concentra casi todas las miradas. read more

  • Crítica 149

    Para el número 149 de la revista “Crítica” nos acompañan Alberto Chimal, Adolfo Castañón, Juan Antonio Masoliver, Carlos Ríos, Eduardo Saravia, Eusebio Ruvalcaba, Pablo Sánchez, Javier Munguía, Luis Felipe Lomelí, Gabriel Wolfson, Alejandro Badillo, entre otros escritores.Haz clic en la revista para leer la versión digital.

    SUMARIO:

    Matías Serra BradfordLa resurrección de las reliquias 3Alejandro  Lámbarry

    Cholultecas 6

    Alberto Chimal

    Tolstoi descubre las cualidades de la minificción 15

    Adolfo Castañón

    El variable peso de la risa 19

    Juan Antonio Masoliver Ródenas

    Seis poemas 29

    Javier Elizondo

    Somos lobas 40

    Silviano Santiago

    Los astros dictan el futuro 45

    Gustavo Cobo Borda

    Pasa Baudelaire 59

    Juan Carlos Reyes

    Jim bajo la lluvia 61

    Mauricio Medo

    Poemas 65

    Carlos Ríos

    El amigo de mi padre 73

    Eduardo Saravia

    Tres Poemas 88

    Eusebio Ruvalcaba

    Juego de luces 94

    Pablo Sánchez

    La muerte del autor 99

    Rosana RicárdezCuentos para dormir damiselas 108Willy Gómez Migliaro

    El soporte físico 111

    Javer Mungía

    E. Serna: el arte como una forma elevada de entretenimiento 116

    Luis Felipe Lomelí

    Una isla bajo el volcán 133

    Elkin Restrepo

    Tres Poemas 137

    Théophile Gautier

    El club de hashisianos 143

    Gabriel Wolfson

    El virus de la contingencia 161

    Daniel Bencomo

    De cómo en la fluorita cabe el universo 168

    Francesca Dennstedt

    De huecos, puertos y poesía 170

    Luis Arturo Guichard

    Ligero flete a pulso 174

    Ángel Ortuño

    Dos notas de dos 177

    Alejandro Badillo

    Una búsqueda sin motivos 180

    Margarita Pintado

    Los improbables orígenes del Yo 183

     

  • Los peligros de ofrecer la otra mejilla

    Pienso que uno de los peligros de la crítica, además de las palmadas fáciles y los lugares comunes, es interpretar de más, espulgar el texto buscando piezas a modo y expandirlas a tal grado que cualquier significado es posible. Muchos reseñistas recrean un libro, lo modifican hasta volverlo completamente distinto, pasan por alto elementos como el tono del lenguaje, la credibilidad de los personajes o el peso de las atmósferas. Entonces no hay un diálogo con el lector, sólo un monólogo que se regodea con sus descubrimientos. Imaginé estos peligros mientras leía Sobreperdonar, libro de aforismos de Armando González Torres (Ciudad de México, 1964), porque este género es el que más se abre a las interpretaciones. El aforismo es un clave para descifrar, un camino que puede ramificarse hasta el infinito. Julio Torri hablaba de los abismos que rodean al poema en prosa: ser una simpleza o un chascarrillo de almanaque. Estos referentes pueden aplicarse al género aforístico cuando es elaborado por manos poco pacientes, por autores que buscan un efecto que se diluye a las primeras de cambio y no deja un aguijón en la mente del lector.

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    Me parece que Sobreperdonar evita los riesgos del aforismo fácil al partir de una reflexión que se baja del pedestal y reta las fronteras del género abrevando de la poesía, el ensayo e, incluso, la ficción. El tema elegido, el perdón, no está en los reflectores de la literatura demasiado embebida en las habituales historias de amor, en el realismo fácil o en los temas de moda. La disyuntiva del perdón, sus implicaciones y culpas, dan homogeneidad al libro y, al mismo tiempo, sirven como disparadores de distintas posibilidades formales de la escritura: cada uno de sus capítulos tiene su propia respiración y sondea distintas realidades. En el primero, “Donde se discute la pertinencia, o no, del perdón”, nos enfrentamos al aforismo encadenado, partes que gravitan en una estructura poética que se expande. El fondo de esta parte es el perdón como olvido, una forma de eliminar la memoria y ser iguales de nuevo. Sin embargo, borrar el recuerdo condena a repetir los errores y por eso la duda de ofrecer la mano, mirar al otro y empezar de nuevo. Este capítulo también enhebra el odio como un acto puro, racional, que se enlaza con el perdón: “Un rencor impersonal, como un perdón anónimo.” También el autor mira el perdón como un momento de superioridad, colocarse en un trono para, así, librar de culpas a los ofensores. Hay una imagen de González Torres que me seduce: Santos en orgías de perdones, la virtud convertida en aborrecible vicio. El autor apila sentencias como ladrillos y construye en esta primera parte un muro repleto de imágenes, espejos que deforman el poder de los sentimientos.

    En “Cosas que perdonar” el aforismo toma un matiz interesante: el diálogo narrativo que, de improviso, se abre a un coro de voces que, como espíritus en el limbo, hablan de su experiencia con el perdón. Aquí hay un peso mayor para la versión de los verdugos. Es inevitable recordar el fantasma del nazismo, las dictaduras modernas y las innumerables agresiones a las minorías en el mundo. Esto se complica en casos en los que el perdón pierde todo sentido pues la víctima coopera con su victimario, olvida su sufrimiento con tal de complacer al otro. Primo Levi, por ejemplo, escritor italiano que estuvo en un campo de concentración, hablaba del sistema nazi que consistía en despojar a los prisioneros de cualquier cualidad humana, volverlos objetos intercambiables o prescindibles. La dimensión del perdón para los sobrevivientes ya no se enfocaba en los agresores sino en los que quedaban atrás. ¿Cómo se puede pedir perdón a los muertos? ¿Cómo perdonarse uno mismo cuando la vida se siente como una ofensa que desmorona los días que quedan en el camino? Muchos pensaron esto cuando encontraron a Primo Levi muerto en el edificio donde había vivido casi toda su vida, en un aparente suicidio. Si las víctimas fueron despojadas de su conciencia, González Torres también deshumaniza a los verdugos en breves flashazos donde el sufrimiento del otro, su derrota, se desvincula de cualquier culpa y conduce a elementos estéticos, de goce macabro. ¿Cómo otorgar el perdón a alguien que no lo entiende?

    En el tercer capítulo, “El perdón denegado”, continúa la característica reflexiva pero ya no en un tono violento sino en un ciclo donde el concepto se aleja de territorios definidos y busca lo abstracto. La responsabilidad del que perdona es, quizá, aún mayor que la que tiene el que busca redimirse. Si anteriormente los aforismos entretejían la magnanimidad con la soberbia, aquí van en sentido opuesto y hablan del perdón como un acto de ignominia, de locura, de extrema debilidad del ser humano: “Esa patología altruista que aqueja la mente dividida del enamorado del perdón.” Incluso el autor va más allá y habla del perdón del hombre a Dios: José perdonándolo por hacerlo víctima de las burlas al no ser el padre legítimo de Jesús. Pienso también en Job reclamando al creador por la avalancha de plagas que lo destruyen o, incluso, al hombre perdonando a Dios por darle la vida e incluirlo en un proyecto para el cual nunca fue consultado.

    En “Del perdón otorgado”, las voces se mueven en un ámbito liberador. Asumiendo las culpas el territorio es más transparente y se ven los antiguos peligros, las injurias, a una sana distancia. Sin embargo, hay aforismos que previenen un posible espejismo, asumen que el odio sigue agazapado en el alma de los hombres: “Ningún perdón, ni el más generoso que me concedas, colmará la medida de mi culpa y de mi angustia.” También se retoma el perdón como un elemento volátil, cuyas dimensiones trascienden lo filosófico y se acercan a lo estético: “…se llega a decisiones más que éticas, poéticas”. En otras sentencias se contempla la redención desde un punto de vista social: educar a los niños para saber cuándo perdonar. La sociedad también puede ejercer el perdón desde la colectividad, sumando voluntades, pero también puede absorber las injurias, las acumula y las deja en libertad. Pienso en las masas que estudió Elías Canetti, llenas de ofensas que, ante la imposibilidad del perdón y la impunidad de sus victimarios, buscan la inercia de una revuelta para desprenderse de cada uno de sus temores. La venganza, entonces, se mueve en el ámbito de la violencia originaria y la vuelve cíclica, un movimiento que acabó con las esperanzas del positivismo, de la modernidad lineal puesta en jaque por las dos guerras mundiales y la imagen del hombre devorando al hombre.

    Sobreperdonar cierra con un capítulo muy interesante: “El idioma y el perdón”, una cadena de aforismos que nos recuerda el lazo indisoluble del pensamiento y el lenguaje: somos lo que podemos pronunciar, damos vida a palabras o las desmontamos letra por letra. ¿Cómo perdonar cuando no hay palabras o cuando éstas se han devaluado tanto que ya no dicen nada? El autor, sentencia a sentencia, habla sobre el lenguaje como bálsamo o como elemento destructor. El lenguaje es vínculo común, creador de la historia y el arte, sin embargo también es silencio, caos o agresión. Primo Levi apostaba por la memoria del lenguaje para no repetir los horrores del pasado; Gunter Grass habla de reinventar términos que fueron deformados por el nacionalsocialismo. ¿Cómo perdonar cuando la palabra, después de tanta sangre, no es suficiente? ¿De dónde sacar un nuevo término para sustituirla?

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    En Sobreperdonar hay solvencia técnica, no hay palabras de más que pongan en crisis el mecanismo riguroso de lo breve. En cada fragmento hay un pensamiento fugaz pero con suficiente fuerza para latir en la mente después de la lectura. Hay que recordar que el aforismo, a pesar de su condición excéntrica en la literatura mexicana, ha sido cultivado por autores como Francisco Tario, Salvador Elizondo, Luis Ignacio Helguera o Carlos Díaz Dufoo Jr. Sobreperdonar se une a esta genealogía oculta por encausar reflexiones que adquieren diversos significados: en momentos nos topamos con una pared amarga y en otros sentimos la risa del cínico que sabe que todo está perdido. En todos los casos el perdón no se regodea en lugares comunes y se mira con diferentes perspectivas. Si la reflexión mínima puede quedar en sólo un arañazo a la superficie de la realidad, construida por palabras engañosamente sabias que pueden significar cualquier cosa, en Sobreperdonar hay una dirección que siempre punza en la mente del lector y le deja un mundo para interpretar siempre en los límites de la inteligencia.

    Armando González Torres, Sobreperdonar, Libros Magenta, 2011, 69 p.

    Texto publicado en la edición 148 de Crítica


    Escrito por Ale­jan­dro Badillo

    (Méx­ico DF, 1977) es nar­rador, ha pub­li­cado tres libros de cuen­tos: Ella sigue dormida (Fondo Edi­to­r­ial Tierra Adentro/ Conac­ulta), Tolvan­eras (Sec­re­taría de Cul­tura de Puebla) y Vidas volátiles (Uni­ver­si­dad Autónoma de Puebla). Es colab­o­rador habit­ual de la revista Crítica. En 2007 y 2010 fue becario del Fondo Estatal para la Cul­tura y las Artes. Tex­tos suyos han apare­cido en revis­tas como Punto en línea de la UNAM, Letralia.com y Tierra Aden­tro. Actual­mente es coor­di­nador del Taller de Creación Lit­er­aria en la Uni­ver­si­dad

  • Mirar hacia adentro

    1

    Siempre he pensado en la novela como una suerte de compilación, de archivo que acepta todo pero cuya flexibilidad puede ser peligrosa cuando conduce al lector a innumerables digresiones y callejones que no lo llevan a ningún lado y que, además, diluyen la tensión de las tramas. En los últimos años la novela escrita por jóvenes en México ha tendido a un realismo que abreva de la problemática del país: la violencia, el narcotráfico y la rampante degradación de la política. Hay varios registros y tonos, sin embargo abunda la parodia que, en los peores casos, conduce a la caricatura. En el lado opuesto, casi a contracorriente, advierto a jóvenes autores que plantean una narrativa de corte autobiográfico que se apoya en géneros como el ensayo o la crónica. Entre ellos, David Miklos (La vida triestina), Valeria Luiselli (Los ingrávidos), Guadalupe Nettel (El cuerpo en que nací) y Luis Jorge Boone (Las afueras). Estas obras comparten un lenguaje a veces contenido, a veces poético, que construye tersas atmósferas cuyos mecanismos funcionan con la reflexión y la búsqueda. A pesar de estos elementos en común, hay una gran diversidad en los temas y en las obsesiones. Después de los años sesenta la creación literaria se fue alejando cada vez más de moldes ideológicos y los autores buscaron su propia estética, que muchas veces no coincidía con la de sus coetáneos. Incluso la literatura hecha por mujeres ha dejado etiquetas como la “sensibilidad” o lo “femenino” para internarse en temas como la violencia o la política.

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    El mecanismo que echa a andar El cuerpo en que nací, obra de Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973), es un defecto en el ojo: un lunar blanco o mancha de nacimiento en la córnea derecha. Esta característica marca la infancia y la adolescencia de la autora. Como todos los ejercicios autobiográficos, Nettel aprovecha la memoria y la confesión para acercarse al lector con un monólogo que deviene, al pasar las páginas, en una plática con su psicoanalista, la doctora Sazlavski. Aquí es pertinente apuntar el artificio necesario para narrar una vida o una parte de ella: saber qué mostrar, dónde descorrer el telón, en qué momento guardar silencio. Nettel se mueve en la escenografía de sus días uniendo eslabones, buscando lo “novelesco” en su pasado. Sin embargo, no hay una anécdota principal, una gran aventura o una tragedia que atraigan, de inicio, la mirada. En El cuerpo en que nací hay un flujo que no se detiene, que apenas jerarquiza y que busca el interés del lector en la capacidad para seleccionar fragmentos que evadan el lugar común, lograr la singularidad que establezca un diálogo. Después del gancho inicial, seguimos los esfuerzos de los padres por remediar el defecto en el ojo haciendo ejercicios para no debilitar el nervio óptico. La fuerza de estos primeros momentos radica en la relación de la autora con su cuerpo, cómo percibir el mundo no de una manera íntegra, cristalina, sino velado por la niebla. Trepar a un árbol, por ejemplo, adquiere un significado distinto. Las cosas cotidianas tienen una nueva tonalidad. Esta extrañeza es vital porque, al avanzar las páginas, da coherencia a las reflexiones, la manera de asumir una desventaja, de reconstruir un pasado que tiene varios escenarios: las calles de la ciudad de México, la vida en Francia para un recién llegado, la escuela, los continuos cambios de domicilio. Pronto el foco narrativo se aleja de una lucha sorda con la naturaleza, la recuperación de una parte del cuerpo importantísimo para la percepción del mundo, y se concentra en la relación de la autora con sus padres, una pareja de clase alta, educada, que busca criar a sus hijos de una manera no convencional. Este elemento es fundamental en la primera parte del libro: el cambio en el modelo familiar que empezó en las familias mexicanas después de los años sesenta. Los padres que retrata Nettel buscan, en primera instancia, alejarse de la tradición pero, conforme pasa el tiempo y los hijos crecen, regresan a los moldes tradicionales.

    Una obra que me vino a la mente mientras leía El cuerpo en que nací fue Las partículas elementales, de Michel Houellebecq, en la que se narra la historia de dos hermanastros criados en una familia que siguió el sueño hippie a costa de todo. Michel y Bruno, abandonados por su madre para vivir en comunas, son criados por sus respectivas abuelas; se conocen en la adolescencia y, después de la madurez, aún intentan salvarse del naufragio de la revolución sexual y encontrar una relación humana de verdad. En Nettel y Houellebecq hay una crítica al narcisismo, a la huida del compromiso, la idolatría de la juventud y el cambio continuo. Ambos retratan los saldos de una generación que se rebeló contra la autoridad, que buscó una utopía social y que dejó hijos sin ningún molde confiable al cual asirse. Esta aparente libertad devino, al pasar los años, en la obsesión por buscar verdades absolutas, un sentido trascendente de la vida que muchas veces generó frustraciones y escepticismo. Por esta razón sus personajes se mueven en una franja desolada que alcanza, en el caso del francés, una ironía amarga. En Nettel el desencanto parte del alejamiento del núcleo familiar: el padre, después de un periodo de bonanza, es arrestado y confinado en una cárcel. La madre, por su parte, continúa con sus estudios y se muda con sus hijos a Francia. En este punto, hay otro acierto de la autora que da unidad a El cuerpo en que nací: el cuestionamiento del mundo ante la deficiencia física que continúa con las decisiones de su madre, las motivaciones que se ocultan y las preguntas que ya no se pueden hacer o que se responden a medias. La utopía familiar se destruye poco a poco, la vida ideal empieza a mostrar sus defectos. A esto se suma la introducción de la autora-personaje en un mundo nuevo: la escuela en un idioma casi desconocido y el paso de la niñez a la adolescencia. México permanece como telón de fondo, a veces más visible por algún acontecimiento que se anuncia por teléfono o por el noticiario. También queda atrás la figura paterna, que permanece como un esbozo a veces esperanzador. En esta fase la biografía pierde singularidad y se acerca más a la experiencia unidimensional. La reflexión o las miradas que desmenuzaban ceden ante el recuerdo a flor de piel que habla para sí mismo: las primeras salidas a escondidas de la madre, el despertar sexual, las amistades, la música, las drogas. Este proceso es desarrollado con solvencia pero la atmósfera, antes compleja, se aligera y se acerca a la página de un diario íntimo.

    El último trecho de El cuerpo en que nací aborda el regreso a México con los consabidos reencuentros. La madre se mantiene en Francia mientras los hijos conocen de nuevo un país que ha crecido. Nettel tiene la oportunidad de establecer una nueva relación con su abuela, mujer aparentemente inflexible que, al final de la historia, se convierte en su aliada. El padre consigue su liberación después de algunos años en la cárcel. La relación entre padre e hija se reanuda, sin embargo no hay mucha emotividad en el acontecimiento: como en los demás hechos narrados hay una especie de resignación, una voz que primero examina con curiosidad y que después acepta su destino.

    Hay un punto que Nettel no ancla con firmeza o que parece gratuito: el papel de la psicoanalista, la doctora Sazlavski. Me parece que en el ánimo de tomar distancia de los hechos, la autora busca recordar al lector o, mejor aún, recordarse a sí misma, que está ante un ejercicio narrativo y que necesita, muy de vez en cuando, un interlocutor además del lector. Sin embargo, las intervenciones o acotaciones en las que aparece la doctora son mínimas e interrumpen el flujo natural de la narración. La psicoanalista lleva la historia a una justificación sin mayores repercusiones porque no cuestiona la voz narrativa, es sólo una muleta para tomar aire a la mitad de un largo monólogo y seguir hilando palabras.

    Las partes más logradas e interesantes de El cuerpo en que nací son las que exploran la comunicación, los límites del cuerpo que van más allá de un defecto ocular y que parten de la individualidad y la reflexión constante en una biografía siempre en transición, en movimiento. Son estos fragmentos los que, naciendo de la experiencia personal, comunican a manera de símbolos muchos problemas actuales: el individualismo, la tendencia al aislamiento en las ciudades y el creciente desencanto de las nuevas generaciones.

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    2

    Otro integrante de los autores que cité anteriormente, Luis Jorge Boone (Coahuila, 1977), emprende con su novela Las afueras un ejercicio que, como el de Guadalupe Nettel, prefiere mirar hacia adentro. En el caso de Boone, su obra desde un inicio alterna historias contadas por un narrador omnisciente y por la primera persona. Este entretejido también aborda la cronología: si En el cuerpo en que nací apenas hay digresiones y la narración sigue una línea que va de pasado a presente, en Las afueras nos enfrentamos a un caleidoscopio, un cúmulo de historias donde el elemento en común es la atmósfera desértica que determina a personajes desesperanzados, que caminan siempre al borde del abismo. Muchos autores jóvenes del norte explotan la violencia del narcotráfico, la migración o el intercambio cultural entre México y Estados Unidos. El lenguaje de estas obras es cercano a lo coloquial, sin muchos rodeos, frases de primera intención. Los personajes de Boone apenas están determinados por estos artificios, sólo miran al interior de sí mismos, de sus coyunturas personales. Esta mirada que explora el amor, el desamor, las despedidas, hace que Coahuila –el lugar donde se desarrolla la novela- sea un personaje presente pero no determinante, incluso a veces el lector se olvida del escenario para atender la carga emocional de los seres que deambulan por calles desiertas, que están al frente de un casi anónimo programa de radio que habla de desaparecidos y fantasmas, que dan vueltas y más vueltas sobre hechos pasados. El desierto de la novela hierve en la mañana pero conforme avanzan las horas se enfría y el tiempo parece detenerse.

    Las afueras es, también, evitar la aventura o simplemente no continuarla. Por ello quizás la narración es fragmentaria, apenas centrada en la historia de dos hermanos: James y William. Alrededor de ellos gravitan mujeres, diálogos y deseos. En toda la novela el autor abandona historias que retoma capítulos más adelante y sólo algunas claves nos indican que estamos en el mismo paisaje, el mismo trayecto por la carretera o la misma charla incompleta. Planteadas estas características, podríamos pensar en una road novel en el tono de las novelas del norteamericano Cormac McCarthy o en la experimentación de voces y atmósferas del portugués António Lobo Antunes, sin embargo a Las afueras no le interesa cumplir con estas propuestas: los saltos en el tiempo, una búsqueda fragmentaria y el foco que sigue a varios personajes la alejan de la road novel; las voces no funcionan en un sentido coral, impresionista, como en Antunes, sino que se mueven en sus propios vericuetos, exigen un desarrollo y una resolución a sus claves. Las afueras no es —como apuntan algunos reseñistas— una obra transparente o que hilvana sus anécdotas con simpleza, pues la intención del autor es, desde la primera página, llevar el lenguaje a un plano principal, modelarlo en un tono lírico que se une a historias contadas poco a poco, que a ratos parecen inconclusas y que buscan un estado de ánimo para completarse.

    En la poesía, sin importar su estilo o influencias, hay contención, un espacio donde cada palabra tiene un peso único. Boone parece ir por el lado contrario: en su novela hay una abundancia sustentada por la acumulación de adjetivos. Rara vez se presenta un hecho desnudo, sin someterse a la calificación del que cuenta. Si hay una charla a medianoche, un desencuentro o una charla, el autor se apresura a llenarlas con adjetivos para asegurar el efecto deseado. Las mujeres que aparecen en Las afueras son pálidas y perfectas; los hombres son inseguros, melancólicos y llenos de remordimientos. El amor para ellos es, como el mito de Sísifo, una piedra que deben subir a la cima de una montaña para mirarla caer y después subirla de nuevo. Página tras página hay un tinte exaltado, sublimado, que eleva a los protagonistas y los lleva a un sitio donde parecen —a pesar de sus problemas— incorruptibles, cercanos al cliché romántico. En algunos momentos se roza el lugar común aunque en la mayoría de los casos se genera en el lector una dosis de escepticismo que hace que la novela requiera una mirada complaciente, alguien dispuesto a comprar el melodrama renunciando a esperar algo más y cautivarse sólo por el regodeo de las frases. Pongo un par de ejemplos que forman parte de los muchos desencuentros amorosos de la novela: “Frente a la escalera, sujetado por la mano de un desconocido, en su pecho crecía un vacío insoportable, construido con la misma dolorosa oscuridad del segundo piso, del frío que sitiaba la casa entera y del miedo que le subía por lo garganta. Miedo a perder algo. Miedo a que esa pérdida lo condenara a caminar tras una nostalgia cuya hondura ya presentía.” “Uno puede acercarse a ciertas mujeres en su vida, hablarles, conocerlas. A otras sólo es posible mirarlas en silencio, pasmarse ante el espíritu agreste que las posee, tener miedo incluso de que puedan verlo todo reflejado en tus ojos, de que noten el huracán que te devora al estar frente a ellas. Un viajero cuyo destino está en un lugar distinto de aquel en el que le fue dado presenciar una belleza absoluta y estremecedora.” En el primer ejemplo veo uno de los puntos que juegan en contra de la novela y que están en casi todas sus páginas: la oscuridad no puede ser sólo oscuridad, debe ser una “dolorosa oscuridad”, el vacío tiene que ser “insoportable”. En el segundo ejemplo Boone, después de presentar la escena, se esmera en comentarla con una sentencia perfecta, sin fisuras, que parece una enseñanza filosófica. Este tipo de recursos y su repetición párrafo tras párrafo enturbian la trama y focalizan la atención en un lenguaje que no cumple por completo y resta oxígeno a escenas que merecerían, para dialogar con el lector, un desarrollo más objetivo, menos sujeto al punto de vista del autor.

    Disponibles en Profética

    El cuerpo en que nací y Las afuerasson dos obras que, con resultados disparejos, ofrecen una versión distinta de los narradores de la generación de los setenta, autores que empiezan a publicar una obra que aún tiene mucho que decir y que ya ocupa espacios en muchas editoriales. Al contrario del grueso del contingente, estos autores no buscan los temas coyunturales que aparecen todos los días en los periódicos y prefieren mirar hacia adentro, en su biografía o en el interior de sus personajes, sin que esto quiera decir que no ofrezcan un panorama real, significativo, de la vida en México en los primeros años del nuevo siglo.

    Guadalupe Nettel, El cuerpo en que nací, Anagrama, México, 2011, 196 p.

    Luis Jorge Boone, Las afueras, Era/UNAM, México, 2011, 245 p.

    Publicado en la edición 147 de Crítica


    Escrito por Ale­jan­dro Badillo

    (Méx­ico DF, 1977) es nar­rador, ha pub­li­cado tres libros de cuen­tos: Ella sigue dormida (Fondo Edi­to­r­ial Tierra Adentro/ Conac­ulta), Tolvan­eras (Sec­re­taría de Cul­tura de Puebla) y Vidas volátiles (Uni­ver­si­dad Autónoma de Puebla). Es colab­o­rador habit­ual de la revista Crítica. En 2007 y 2010 fue becario del Fondo Estatal para la Cul­tura y las Artes. Tex­tos suyos han apare­cido en revis­tas como Punto en línea de la UNAM, Letralia.com y Tierra Aden­tro. Actual­mente es coor­di­nador del Taller de Creación Lit­er­aria en la Uni­ver­si­dad

  • Una finestra che guarda tramontana de Gabriel Bernal Granados

    El viaje, la mirada y el desencanto

     

    Los libros de viajes han sufrido varias metamorfosis a lo largo de la historia. Desde los descubrimientos deslumbrantes consignados en El libro de las maravillas, de Marco Polo, a la guía de turistas actualizada, que ofrece al viajero una experiencia uniforme, controlada y libre de sorpresas, quedan varias preguntas para un lector que afronta un libro del género: ¿qué queda por descubrir? ¿Cómo rescatar para la literatura un mundo cada vez más estrecho, que ofrece sus enigmas en televisión o, etiquetados, tras un escaparate? La respuesta en las páginas de Una finestra che guarda tramontana, libro de Gabriel Bernal Granados (México, DF, 1973), que mezcla el ensayo, la entrevista y la crónica de viajes, es el escepticismo, una mirada íntima que, al estilo del flâneur de Baudelaire, se sumerge en los desgastados engranajes de la civilización apartándose de cuando en cuando para reflexionar, para cultivar en cada paso un saludable sentido de extrañeza. La mirada de Bernal Granados concuerda con una prosa que transcurre sin sobresaltos, privilegiando a veces la imagen, añadiendo un dato, la luz de un detalle mínimo pero trascendente en el peso total de la obra. read more

  • La señal

    Después de una prolongada ingesta de pastillas Matías Blumfeld, recién jubilado, se sentó en el sillón de piel y miró la luz de la tarde en los edificios. Siempre tenía hormigueantes las manos después del vaso con agua, del temblor en la boca. La cura, una tras otra, bajaba en el torrente. La migraña lo acosaba desde la infancia. Las pastillas, antes de la garganta, las guardaba en diminutos frascos multicolores, apilados en el baño. Pero a pesar de los intentos la punzada en la cabeza persistía. Corto circuito. Zumbido casi imperceptible, mosquito que no se posa y sobrevuela. Y alrededor de Blumfeld, a pesar del zumbido, más nítidas las voces, la llave deteriorada y su goteo en la cocina amplificado, inmenso. Escuchaba los leves pasos del gato en el departamento de arriba. Las sigilosas huellas. Desde hacía tiempo desarrollaba una teoría de sus dolencias, íntimamente ligada a eventos en apariencia lejanos: la puesta del sol, la reciente humedad en los cristales, el camión de la basura en la mañana. Todo era motivo de análisis, hipótesis fundadas en la rigurosa cuenta de los hechos. Al final de la jornada, en la mesa de la cocina, Blumfeld llenaba una libreta con números y frases. Encontraba consuelo en el continuo garrapateo, en el movimiento del lápiz, en los detalles y en la memoria. Quizás era bueno saber que el 23 de junio de ese año el dolor había sido particularmente agudo, que treinta días antes había pasado inadvertido. Dispersos chispazos en el cerebro. Y la lengua sobre los labios, la goma borroneando un dato indeciso o equivocado. Con el tiempo estaba más convencido: aumentar la conciencia de su mal lo acercaba, de alguna forma, a la cura.

    Blumfeld, en el sillón de piel, esa tarde, era el único espectador, en primera fila, de la luz en los edificios de enfrente. En los techos antenas de televisión, algunas desvalidas, otras esqueletos. Miraba el amarillo que declinaba y evocó, casi sin querer, al gerente anunciando la liquidación que precedió su despido. “Muchos años de trabajo en la empresa.” “Ha cumplido con la edad.” “Es un proceso obligado por la ley.” Blumfeld tenía clara su edad, también la fatiga en las escaleras, el dolor de espalda escalón tras escalón y después, en la oficina, el jadeo, el temblor en las manos y las manchas de sudor en la camisa. Pero le disgustaba la imagen del gerente, sus maneras afectadas, la mano sosteniendo el cheque, tendida breves instantes, sin temblor, con suficiencia, como si fuera un anzuelo. El recién jubilado no supo encausar su odio. Es cierto que estaba harto de revisar papeles en la oficina. Custodiado por archiveros, parvadas enteras le llegaban. Y a veces, en el papelerío, se acrecentaba el odio a los formatos, a las casillas, a los infinitos sellos. La tinta sobre sus pulgares, casi indeleble en los puños de sus camisas. Huellas en la oficina, al final de la jornada, en la copiadora, en el piso. Pero ahora Blumfeld, en vez de papeles, tras el cristal, era solitario testigo en la ventana. Imaginaba su vida al otro lado de la calle. Su atención se concentró en las plantas del departamento, en el polvo sobre la mesita de luz. Porque el hábito del oficinista perduraba en la correspondencia. Rasgar el sobre y mirar las cifras, cotejarlas, compararlas con anteriores. Luego, agotado el descifre, poner el trofeo en un corcho. Uno más. Y otro y otro. Incluso, por el hastío, sobres ajenos, caducos en el buzón, revisados como propios.

    Blumfeld se levantó del sillón. Según los minuciosos registros había pocas probabilidades de jaqueca. Como garantía la reciente ingestión de pastillas y un historial que registraba, a esa hora, escasa incidencia. Más cómodo en el crepúsculo. Ligeras y libres las manos. Para revolver la oscuridad, para agitar las cortinas o verter agua en una jarra. Le gustaba llenar hasta el borde jarras, vasos y tazas. Una peculiaridad: esperar hasta el último momento, antes del derrame. En las tardes, como las pastillas, innumerables tazas de té. La perturbación después de una bolsita que gana peso, que se hunde poco a poco. El rostro hundido en el vapor, desvanecido, las agudas órbitas, demacrado el cuadro completo.

    Blumfeld caminó alrededor del sillón. Estuvo a punto de ir al cajón por la libreta y reseñar la primera incidencia del día. “El cartero pasó a primera hora de la mañana. Bajó de su bicicleta y un perro comenzó a ladrar motivado, quizás, por la campanilla que reverberaba en el manubrio.” Le pareció bien la frase, la última palabra. Pero se guardó la idea. Tiempo habría para escribir, para enfrascarse en largas disquisiciones, para ir al baño y hacer inventario de cajas. Revolverlas, mirar la fecha de caducidad, los colores. Se acercó a la ventana. Ahora, desde su posición, podía mirar a plenitud el inicio de la calle, el óxido acumulado en el techo de los buzones, las escasas nubes. Se sintió bien. Incluso era agradable el temblor de las hojas, recientes y desprendidas, en la orilla de la banqueta. El viento les daba vida, las agitaba. Blumfeld remiraba la tarde. Las lámparas de los postes, ante el inminente crepúsculo, empezaron —animales vivos— a parpadear.

    Blumfeld, paciente en la ventana, miraba y miraba. Los ojos a veces fijos, a veces en vuelo, indagando. A pesar de la monotonía, de la luz similar en color y el previsible instante de nubes, tenía esperanza de que algo sucediera. Entonces, al inicio de la calle, junto al semáforo, una lenta figura nació diminuta pero avanzaba y ganaba presencia. Similar a un buzón, pronto alcanzó un auto estacionado, no varió la dirección y aumentó de tamaño junto a un ciprés. Era un muchacho.

    Blumfeld miró: en la calle desierta el muchacho era una anomalía. Minutos antes, en el mismo lugar, se había escenificado la diaria migración de oficinistas después de la jornada, con los zapatos negros y los trajes arrugados. El muchacho caminaba lentamente. Husmeaba entre las casas, entre los autos. Con su mochila a cuestas, el andar lento. Al fin se detuvo y cruzó un jardín sin reja, una casa cercana al edificio donde era observado. Tocó la puerta. Esperó y esperó. También Blumfled. Pero nada.

    Imaginó la decepción del muchacho. Tocar el timbre y la tensa espera, casi siempre sin esperanza. El muchacho intentó en la casa adjunta. Tal vez en ese momento, después del timbre, alguna ilusión en los ojos y por eso pendiente de cualquier ruido: una volátil respiración, el acto de encender la luz, pasos sobre el piso de madera. De mujer, más evidentes, por los tacones. La suposición fue correcta. Y un foco se encendió en el portal y su bocanada de luz, blanca, amarilla, sobre una mujer ataviada con una bata roja, con vivos detalles. En el estampado, además del entramado de flores, destacaban unos animalillos dorados que Blumfeld —aguzando la vista— identificó como macacos japoneses, de la nieve. Sus cabezas de oro, los enrojecidos rostros, en una postal años antes. Entre las páginas de una novela, en su librero, según recordaba. La novela era muy mala, incluso la había dejado a la mitad, abandonada en el buró, en un caluroso verano. Blumfeld quiso seguir con la digresión pero la mujer reclamó su interés cuando dedicó unas palabras al muchacho. Desde la altura la escena era amplia, la mujer recargó la mano en la cintura y el movimiento de labios terminó. Muy similares los dos, en la estatura y en la complexión, incluso en los cabellos. Blumfeld pensó en una silueta, un cuerpo intacto en el espejo. Pero el muchacho rompió la imagen cuando se acercó y sacó un folleto de su mochila. Entonces la mano tendida, como la del gerente, días antes, ante Blumfeld. A la defensiva la mujer, la respiración, la rigidez en el cuerpo. Un paso atrás, precautorio. Sin embargo alargó la mano al papel y le dedicó una mirada. A la distancia se percibió un destello en la parte inferior del brazo. Tal vez un reloj o una pulsera. El brillo perduró hasta que la mano cambió de posición. El muchacho conservaba la figura erguida, los hombros un poco vencidos aunque dispuestos. Blumfeld lo miraba de espaldas pero imaginaba el ansia del semblante, los labios y la lengua que los recorría. Y todo en él precavido, esperando.

    La mujer empezó a leer el folleto. A la distancia era difícil saber su primera reacción, pero Blumfeld suponía que encontraba interés en el escrito, tal vez una promoción, una atractiva imagen en el papel, un anzuelo. El muchacho relajó el cuerpo. Blumfeld sintió pena por él, tendría toda la tarde tocando puertas, diligente con su mochila, caminando. Los rayos del sol, el sudor, la procesión casa por casa. Su sombra al principio corta, después alargada, ahora inerte junto a sus pies por la luz escasa. La misma tensión antes de abrir la puerta. La esperanza de una venta, entonces, en cualquier señal: una sonrisa, una acentuada respiración, los ojos avispados y abiertos. El muchacho dio un paso a la derecha. La mujer acabó de leer el folleto.

    Entonces ocurrió.

    Blumfeld observó el inicio del movimiento. Primero la mano alzada, del extremo el folleto con los dedos. Quedó ahí, suspendido en la luz, como pez acabado de sacar, con las letras, con los llamativos dibujos, con todo. Después el folleto regresó a la mano abierta y ésta, ayudada por el pulgar e índice de la opuesta, empezó a desmenuzar al cautivo. Rápidos movimientos, limpios, casi tijeretazos. La mujer, con la bata roja, con los inmóviles macacos, dedicó algunos segundos a la labor. Los fragmentos se conservaron un instante en la mano. La palma retomó su antigua posición y, abierta, dejó en escape, al viento, los infinitos papelitos. Blumfeld recorrió un poco más la cortina. Los papelitos siguieron varios rumbos. Y temblor en las manos, impotencia por no ver el rostro del muchacho. Sólo su espalda y la camisa a cuadros. Lo demás, como antes, en continuo anonimato.

    El muchacho inclinó la cabeza. La fiesta de papelitos terminó, apenas restos en el piso. Vagando. No se advertían desde la altura indicios de voz, aunque Blumfeld supuso algún murmullo, una palabra de decepción en el muchacho. La mujer cambió su postura. Intacto el rostro, adelantó un poco el cuerpo y la bata, entreabierta por la variación, mostró la luz de las piernas. Blumfeld, tentado por el deslumbre, inclinó la cabeza y dio un paso al frente, muy cerca el cristal. Partícipe de la escena, a su modo. Disfrutó la contemplación. Impaciente estaba por otro atisbo, ya olvidado del muchacho, cuando la mujer alzó la mirada y la dirigió a la ventana donde la espiaban, con suficiencia, como si siempre lo hubiera sabido. Después, con parco gesto, señaló a Blumfeld. La mano apuntó muy blanca, abierta, casi ala. Y perceptibles, incluso, por la intensidad, las uñas. Blumfeld se retiró de la ventana. Cerró las cortinas. No supo si el muchacho había volteado. La penumbra ocupó el ámbito. Una noche interior en el reloj, en el vaso, en todos lados. Blumfeld sintió el primer anuncio del dolor. Lo había aprendido a identificar. Primero los vivos ojos, las pupilas incandescentes, los objetos coronados por resplandores. Un paisaje alcalino en cualquier cuarto. Como cualquier atisbo de sol, en el horizonte. El doctor le había dicho que debía manejar la tensión. Su cabeza, insistió, era frágil registro del mundo, caja de resonancia, vulnerable a casi todo. Y entonces el ritual, el agua rebosante en el vaso y las pastillas, una por una, en la invitación de la mano abierta y en el rostro. Se sentó en el sillón, miró las cortinas cerradas. Las manos fueron a la mesita de luz, destaparon el frasco y las pastillas. El vaso en lo alto, no rebosante y sin reflejos. La inclinación de la mano y las pastillas de nuevo.

    Blumfed cerró los ojos, intactas las manos blancas de la mujer, la bata roja, las piernas. El asedio en la cabeza por la intensa luz. Sin embargo el dolor cedía con el tiempo, una onda apenas, como una piedra al fondo, su reminiscencia en un lago. Se levantó y rodeó el sillón. Encontró una rendija en la cortina. Segundos estuvo, indeciso de husmear, de un lado a otro. Al fin se decidió. Poco a poco se metió en la cortina, primero la nariz, luego los ojos. En la casa de enfrente no estaba la mujer. Tampoco el muchacho. Los papelitos desaparecidos. Blumfeld suspiró. Iba a terminar su exploración cuando la inclinación de la cabeza, suficiente por el ángulo, lo llevó a la reja del edificio. A los barrotes blancos, a la maceta de escasos geranios, al buzón que volvía y que obsesionaba. Entonces el muchacho. Estaba ahí, con su mochila, haciendo guardia, junto a la puerta. Blumfeld respingó. Obra de casualidad el muchacho, no. Era la mano blanca, los macacos, los papelitos dispersos. “Que se quede ahí, que toque las veces que quiera, no me importa”, pensó. Paseó caviloso, una vuelta al sillón, otra más. La noche casi completa en el exterior, sólo alegres las sombras, las ramas de los árboles. Temeroso pasó los siguientes minutos, en la cocina, esperando el sonido del timbre. Estaba sentado, con los brazos extendidos. Apenas parpadeaba. La mente inmóvil aunque no pasó mucho tiempo para que imaginara al muchacho abriendo la puerta, el rechinido del gozne, su sombra en la maceta de escasos geranios.

    Blumfled dio una vuelta a la cocina, orbitó una vez más el escenario. No había ruidos. Pensó en las pastillas, en que debía tener a la mano un vaso con agua. Guerra de nervios mientras abría el garrafón pero aun así pudo completar el vaso. Después, en el baño, el frasco mudó de los entrepaños a la bolsa de su camisa. Muy rápido, en un solo movimiento. Luego, incapaz de regresar al sillón, caminó por la sala, por el comedor, por el largo pasillo. Después del recorrido, más tranquilo, abandonó el vaso en la mesa y miró las cortinas. Tras ellas, una sola luz, el resplandor de las lámparas. Iba al sillón de piel cuando se dio cuenta que la ventana estaba abierta. Una anomalía era el espacio libre pues recordó que la había cerrado, incluso había puesto el seguro. Entonces se acercó y, antes de cerrar, bajó la vista a la reja. El muchacho en la misma posición. Blumfeld interrumpió su mirada. Increíble su perseverancia, su necedad, su locura. Iba a repetir su perorata mental, que no iba a abrir, que hiciera lo que gustara, cuando escuchó los pasos de un vecino en la escalera. Una mujer, con más precisión, pues eran nítidos los tacones. Podía seguir con claridad la trayectoria, descendiente en la escalera. Y escalón tras escalón el ordenado taconeo, primero la punta, luego el peso completo. Los pasos llegaron al primer piso y, retomando Blumfeld la visión, entró a escena la vecina, en la planta baja, a escasos metros del otro. El muchacho seguía inmóvil aunque había algo vivo en su semblante. En las cejas, bajo los ojos, quizá un temblor. Blumfeld apartó por completo la cortina. Recordó el vaso en la mesita de luz y en la camisa las pastillas. La vecina sacó de su bolsa las llaves. La pereza de la mano, el cuidadoso movimiento a la cerradura. Y así, después del leve giro, del rechinido del gozne, dirigió una sonrisa al muchacho. Mala señal, interpretó Blumfeld. Y todo se agravó cuando vinieron palabras que acabaron pronto. Tal vez una pregunta, un saludo. Los labios —a pesar de la brevedad— conservaban intacta la inercia y buscaron nuevo intercambio. El muchacho volvió a hablar. La vecina respondió. Un par de veces más. Blumfeld, desesperado en la ventana, el rostro cerca del viento, buscó alguna palabra. A pesar del silencio sólo murmullo como humo, indescifrable. Al fin la vecina se despidió y tomó su rumbo en la calle, pero dejó la puerta abierta y el muchacho quedó a mansalva, a pocos pasos de la escalera. Blumfeld cerró los ojos con el primer paso, cuando la puerta se cerró y la sombra sobre la maceta y los geranios. “¿Por qué no le dio un folleto a la vecina?”, pensó para distraerse, mientras se alejaba. Miró la puerta de entrada, la cerradura, la pequeña mirilla donde espiaba a los vecinos. Una onda en la superficie del vaso, apenas visible. Pero el movimiento no pasó inadvertido para Blumfeld que lo achacó a los pasos del muchacho en la escalera. Escalón tras escalón, como antes la mujer, ahora en sentido contrario. La misma perturbación en el vaso. Un poco de fosforescencias, casi flotando, anuncio de una nueva punzada en la cabeza. Diminutos insectos en el ardor de los ojos, en el cerebro. Sacó el frasco de la camisa. Con movimientos rápidos las pastillas de nuevo en su lengua y la inclinación veloz para apresurar el trago. El efecto fue rápido. ¿Qué le diría al muchacho? ¿Abriría la puerta? Esta última opción le pareció imposible. También la impune observación del extraño, por la mirilla. Durante algunos segundos se convenció de que el muchacho no llamaría a su puerta, que iría con otro vecino, que desistiría de su empresa. Sin embargo las esperanzas se vinieron abajo por los pasos ligeros, como ejército avanzando, pacientes y cercanos. La aproximación directa, tal vez en el piso inferior, lo puso en guardia. Volvió a meditar: una vez ofrecido el folleto no podría negarse, no podría decir “no” y tuvo miedo. Se dirigió al sillón, luego al comedor. De nuevo, como antes, orbitando. Pero ir de un lado a otro no era la solución. Necesitaba algo más, entre tanta nube en la mente una certeza. Aún cavilaba cuando los pasos llegaron a la puerta. Detenidos un instante, delatados por la sombra artificial de las lámparas. Blumfeld miró la puerta, la cerradura, la mirilla. Intuyó el cuerpo al otro lado, la mochila, el gesto. La atareada respiración por el cansancio. Incluso, formados en su mente, los latidos. Blumfeld fue a la sala, recogió una arrugada gabardina. No quiso esperar el toque. Supo que, al no haber timbre, la mano se convertiría en puño acercándose a la madera. Dos tímidos toques, luego la insistencia, más fuerte, la repetición. Blumfeld abrió la puerta de la cocina y cruzó el pequeño cuarto de lavado. Otra puerta ahí, que daba a una escalera y ésta a la azotea. Estableció la ruta, se puso la gabardina, aferró las manos al metal y comenzó la ascensión. En el trayecto tuvo miedo de un resbalón, la vacilación por una endeble soldadura, una caída. Una última imagen: su cabeza rota en el suelo y el silencio. Sin embargo siguió, peldaño tras peldaño, porque seguía el muchacho tras la puerta, inminentes los nudillos en la madera, quizás el contacto en ese momento.

    Blumfeld llegó a la azotea, relajó los brazos. Más libre, el escenario sin fronteras visibles, inabarcable con los ojos. Sintió el viento en las manos, en la cara, en los cabellos. Regresó el hormigueo. En medio del triunfo sintió pena por el muchacho, paciente junto a la puerta, tocando. La noche era plena en la ciudad. Por la altura los edificios parecían más cercanos, también las calles, las luces, los anuncios. Desde ahí podía ver el centro comercial, una clínica, escasos coches en fila. El ámbar del semáforo, a lo lejos, una estrella. Paciente como los autos miró y miró. Las antenas de televisión eran despojos. A unos metros distinguió la azotea de la casa de enfrente, donde había aparecido la mujer ataviada con la bata roja. Recordó la escena anterior, quiso imaginarla en la sala, despreocupada, quizás mirando la televisión, inmune al encuentro con el muchacho. Entonces observó el blanco inicio de su cuerpo, las manos aferradas a la escalera. La mujer llegó a la azotea. La bata roja parecía, por el leve viento, una bandera. Dedicó unos segundos a curiosear. Hubo un momento en que fijó la mirada en la zona más lejana de la calle, como si tuviera miedo al encuentro con otro muchacho. Blumfeld miró en la misma dirección. Cuando volvió a la mujer, ésta lo observaba tranquilamente, después extendió el brazo y lo señaló.


    Texto publicado en la edición 146 de Crítica


    Escrito por Ale­jan­dro Badillo

    (Méx­ico DF, 1977) es nar­rador, ha pub­li­cado tres libros de cuen­tos: Ella sigue dormida (Fondo Edi­to­r­ial Tierra Adentro/ Conac­ulta), Tolvan­eras (Sec­re­taría de Cul­tura de Puebla) y Vidas volátiles (Uni­ver­si­dad Autónoma de Puebla). Es colab­o­rador habit­ual de la revista Crítica. En 2007 y 2010 fue becario del Fondo Estatal para la Cul­tura y las Artes. Tex­tos suyos han apare­cido en revis­tas como Punto en línea de la UNAM, Letralia.com y Tierra Aden­tro. Actual­mente es coor­di­nador del Taller de Creación Lit­er­aria en la Uni­ver­si­dad

     

  • Crítica 146

     

    El último número de la Crítica del 2011 es el 146. La abre el escritor colombiano Luis Miguel Rivas, que participará en el programa de la FIL, “Los 25 secretos mejor guardados de América Latina”. Además nos acompañan Andrea Kurtz, Idalia Mojerón Arnaiz, Reynaldo Jiménez, Juan Villoro, Rafael Zamudio, Alberto Chimal, Eduardo Padilla, Gerardo Piña, Pablo Sánchez, Julián Herbert, Carlos A. Aguilera, Fabio Morábito, Felipe Vázquez, Alejandro Badillo, Carmen Boullosa, David Cortés Cabán, Luis Fernando Cruz Carrillo, Carlos Ulises Mata, Daniel Bencomo, Gregorio Cervantes Mejía, Víctor Hugo Martínez Bravo, Eduardo Sabugaln y Francesca Dennstedt.

    SUMARIO:

    Luis Miguel Rivas
    Escribo para que no se me olvide 3Andreas Kurz
    Confesiones de un racionalista 9Idalia Morejón Arnaiz
    Elogio del folletín 18

    Reynaldo Jiménez
    Tres Poemas 23

    Juan Villoro
    Escribir cartas: pedir que el tiempo exista 30

    Rafael Zamudio
    Las vías insomnes 54

    Alberto Chimal
    Generación Z 64

    Eduardo Padilla
    Cuatro poemas 77

    Gerardo Piña
    Oráculo 83

    Pablo Sánchez
    El liderazgo de la ficción 97

    Julián Herbert
    Cuatro poemas 105

    Carlos A. Aguilera
    El estremecimiento de los intelectuales:
    entrevista a Idalia Morejón Arnaiz 115

    Fabio Morábito
    Prosas 124Felipe Vázquez
    Seis notas sobre la poesía de Morábito 127Alejandro Badillo
    La señal 137

    Carmen Boullosa
    Cincuenta cuerpos extraordinarios 145

    David Cortés Cabán
    Seis poemas 156

    Luis Fernando Cruz Carrillo
    Diablo 159

    Carlos Ulises Mata
    La mirada hermenéutica 167

    Daniel Bencomo
    La dicha de lo dicho 173

    Gregorio Cervantes Mejía
    El peso de los recuerdos 176

    Víctor Hugo Martínez Bravo
    Con un cuerno de chivo en Wall Street 178

    Eduardo Sabugal
    La caja verde de Cristina 184

    Francesca Dennstedt 
    Un ejemplar de chotería 188

  • Decencia de Álvaro Enrigue

    Poner en crisis la memoria por Alejandro Badillo

    La novela de la Revolución Mexicana fue influencia decisiva para varias generaciones de escritores que crecieron bajo su cobijo y que usaron su experiencia en el frente de batalla o en la política para construir sus obras. El reflejo de la Revolución en la literatura abarcó aspectos como la denuncia social, la biografía, la novela de costumbres o de aventuras. Sin embargo, al paso de los años, este movimiento literario fue perdiendo frescura sobre todo por la apropiación de los ideales y del discurso revolucionario por la estructura política del partido en el poder. read more

  • Crítica 145

     

    En la Crítica 145 recordamos a Eliseo Diego, entrevistamos a Luis Felipe Fabre y recomendamos el cuento de Oliverio Coelho. También nos acompañan Juan Leyva, Renato Leduc, Luis Vicente de Aguinanga, Rafael Cadenas, Alejandro Badillo entre otros colaboradores.

    SUMARIO:

    Juan Leyva
    Renato Leduc y la huella de López Velarde 3Renato Leduc
    Ramón López Velarde: poeta de sol y de sombra 10

    Luis Vicente de Aguinaga
    La memoria inconforme 19

    Rafael Cardenas
    Poema 31

    Yanira B. Paz
    Poesía, Lenguaje y poder 32

    Marianne Gruber
    Hacia el castillo 40

    Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco
    Heredar a Eliseo Diego 51

    Josu Landa
    Extinciones 69

    Elkin Restrepo
    Una pareja del campo 73

    Jorge Ortega
    Tres poemas 102

    Oliverio Coelho
    Treinta dólares 106

    Gabriel Wolfson y Octavio Moreno Cabrera
    Entrevista a Luis Felípe Fabre

    Luis Alberto Arellano
    Tres poemas 138Gabriel Rodríguez Líceaga
    Dioses con ojeras 142

    Agustín Calvo Galán
    Dos poemas 149

    Alejandro García
    Andrés Henestrosa, el último liberal 153

    Daniel Bencomo
    La hoja fresca entre la hierba que arde 167

    Alejandro Badillo
    Poner en crisis la memoria 171

    Víctor Cabrera
    Temple de alto octanaje 174

    Héctor Iván González
    Un espacio donde nada florece 176

    Héctor M. Sánchez
    Ciencia y belleza 179

    Víctor Alejandro Ramírez
    Del pasmo al movimiento 183

    Judith Castañeda Suari
    Completar el rompecabezas 186

    Antonio Moreno Montero
    El factor Reyes 189