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  • Las bestias negras, de Jaime Mesa | Alejandro Badillo

    Tradición y modernidad

    Jaime Mesa, Las bestias negras, Alfaguara, México, 2015, 253 p.

    La narrativa contemporánea en México, en particular la novela, se ha enfrentado a dos caminos: la experimentación con el lenguaje y la estructura; y la utilización de las recetas clásicas que privilegian un lenguaje funcional y personajes atractivos. En el primer caso tenemos, quizás como un ejemplo extremo, a Mario Bellatin. Obras recientes como El libro uruguayo de los muertos, que abordé en una reseña anterior, ponen en jaque el mismo concepto de novela. No hay una historia o historias a seguir; tampoco una trama que escale en tensión, sino apenas pensamientos dispersos, divagaciones fragmentarias que evaden cualquier secuencia o concatenación de hechos. Se le llama novela pero también podría llamarse “prosa”. En el segundo grupo tenemos a un gran número de escritores que prefieren no sacrificar las convenciones del género y se enfocan en temas, grandes épicas, dramas históricos, contados, todos ellos, para un público que prefiere un territorio seguro en lugar de ambiguedades. Lo que predomina en este tipo de obras es sustentar una historia que no deje cabos sueltos, que cuente de manera eficaz usando al lenguaje como una herramienta y no como protagonista. read more

  • Casa de locos, de Francisco Laguna Correa | Alejandro Badillo

    Desde el exilio

     

     

    Francisco Laguna Correa (comp.), Casa de locos. Narradores latinoamericanos que estudian un doctorado en Estados Unidos, Paroxismo, Estados Unidos, 2015, 294 p.

     

    Parece un ejercicio frecuente la publicación de antologías literarias, en particular de poesía y de cuento. Una de las razones de este auge es que ambos géneros son poco atendidos por las grandes editoriales que están enfocadas en la novela. De esta forma los apoyos –cada vez más escasos– del gobierno, instituciones culturales, además de uno que otro proyecto independiente, tienden a apoyar estos esfuerzos no solamente con la producción de libros sino promoviendo concursos y premios. read more

  • Cavernas, de Luis Jorge Boone | Alejandro Badillo

    Viejos trucos

     

    Luis Jorge Boone, Cavernas, Era, México, 2015, 116 p.

     

    Conocí el trabajo de Luis Jorge Boone (Coahuila, 1977) gracias a la lectura de su novela Las afueras, publicada en 2011, y que reseñé en estas mismas páginas. Resalto dos características que me llamaron la atención de ese libro y que se repiten en el volumen de cuentos Cavernas: fragmentación y una prosa que busca construir un estado de ánimo, sentimientos que tienen mucho de añejo y de romántico. read more

  • La espera | Alejandro Badillo

    Los de afuera, suponiendo que existan, quizás puedan considerar nuestro comportamiento demencial. Sin embargo no podemos controlar el temor cuando el crepúsculo llega y se extiende por las habitaciones de la residencia. Entonces nos acercamos a las ventanas y miramos el camino que sale de la entrada principal y se interna en el bosque read more

  • Distancia de rescate, de Samanta Schweblin | Alejandro Badillo

    Promesas incumplidas

     

    Samanta Schweblin, Distancia de rescate, Almadía, México, 2014, 126 p.

     

    Algo que me llamó la atención en el primer acercamiento a la obra de Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) fue su visión iconoclasta del cuento. Pájaros en la boca, libro publicado en México por Almadía en el 2010, muestra varias piezas narrativas breves en las que la tensión parte de escenarios reales, aparentemente cotidianos, que esconden un elemento absurdo, en algunos casos matizado con un sutil surrealismo, que alejan las anécdotas de lo predecible y de las estructuras argumentales frecuentadas una y otra vez por narradores que asumen pocos riesgos. read more

  • Emma de Francisco Hinojosa | Por Alejandro Badillo

    Humor sin fondo

    Francisco Hinojosa, Emma, Almadía, México, 2014, 176 p.

    El nombre de Francisco Hinojosa se asocia con la literatura infantil. Obras como La peor señora del mundo se han vuelto referencia en un mercado editorial en crecimiento gracias a que los jóvenes lectores buscan historias cercanas a ellos, contadas desde las ciudades que habitan y que tocan problemáticas que viven día a día. read more

  • El espejo del solitario de Víctor Roberto Carrancá | Por Alejandro Badillo

    Un mundo con sus propias reglas

    Víctor Roberto Carrancá, El espejo del solitario, Ficticia/ Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Puebla, 2014, 142 p.

    Luciano de Samosata, escritor sirio nacido en el año 125 de nuestra era, refiere en la introducción de su extraordinaria Historia verdadera que las páginas que ofrece al lector están llenas de mentiras. Al contrario de otros autores que basan sus libros en ambigüedades y verdades a medias, Luciano acepta desde el principio que no tiene ningún respaldo verídico y que todo es fruto de su imaginación. read more

  • Atlas del frío en el cuerpo | Por Alejandro Badillo

    El campo de futbol que colindaba con el fraccionamiento había permanecido casi sin cambios a través de los años. Algunos vecinos recordaban los primeros tiempos y la extensión de pradera que iba más allá de las porterías. read more

  • La fila india de Antonio Ortuño | Por Alejandro Badillo

    Entre la denuncia y el arte

    Antonio Ortuño, La fila india, Océano, México, 2013, 232 p.

    Un rápido vistazo a las reseñas que han sido publicadas sobre La fila india, de Antonio Ortuño (Guadalajara, 1976), muestra una preferencia por la veta social, la denuncia, de la novela. Algunos apuntan que la obra muestra lo que otros quieren ocultar. Otros destacan su mordaz crítica a las instituciones del país. Me parece que estas lecturas caen en el territorio demasiado fácil, incluso obvio, de esta novela: el cruel retrato de los migrantes centroamericanos que cruzan territorio mexicano buscando llegar a los Estados Unidos. Es decir, hay un consenso sobre los problemas que afrontan los migrantes: vejaciones, secuestros, asesinatos, violaciones. Casi cualquier escritor puede recolectar datos, empaparse un poco de las últimas noticias y escribir una novela en la que deje mal parado al gobierno y, por supuesto, no escatime adjetivos para describir la dura vida de las víctimas. Destaco esta perspectiva porque me parece que la obra de Ortuño debe analizarse desde el terreno literario, sin poner en primer plano la denuncia implícita que, efectivamente, existe en la historia. Si sólo se pone en relieve la novedad del tema, la sentencia de que “pocos escriben sobre los migrantes centroamericanos”, la obra de Ortuño quedaría corta ante estudios académicos o, incluso, trabajos periodísticos que retratan de forma más amplia y sistematizada el dilema de estas personas. La literatura, por supuesto, se nutre de estos temas, pero nunca debe olvidar su prioridad: contar una historia, crear un mundo, un lenguaje que vaya más allá de una postura social o política. Me viene a la mente el relato fallido de Cortázar en el que intentó hacer una elegía de la revolución cubana o la ahora casi desconocida “Trilogía bananera”, de Miguel Ángel Asturias, que pretendía denunciar la explotación de las compañías norteamericanas en los países centroamericanos, la cual palidece ante libros mucho más redondos como Hombres de maíz o El señor presidente.
    La fila india es, por vocación, una obra que trata de equilibrar el tema y la forma de contarlo: la forma y el fondo. A riesgo de equivocarme ya que es el primer libro que leo del autor, y apoyándome en algunos textos que reseñan su trabajo anterior, parece que en esta novela Ortuño rompe con algunas líneas que lo identifican: el humor negro, una prosa directa y ácida que se mantiene en los límites de lo funcional y que no se desborda en la experimentación. La fila india –si mis suposiciones son correctas– busca su propia estética desde la estructura del texto hasta los tonos y matices del lenguaje. La historia, contada por varios protagonistas, tiene vertientes que tratan de construir un escenario coral en el que cada voz cuenta desde su experiencia. La línea más clara y que lleva la voz cantante es la de Irma, una mujer que llega a Santa Rita –pueblo imaginario que busca representar la provincia mexicana abandonada a su suerte entre autoridades corruptas y grupos delincuenciales– con su hija para trabajar en la atención de víctimas de la CONAMI (Comisión Nacional de Migración). La primera anécdota, surgida casi inmediatamente en las primeras páginas, involucra un atentado con fuego contra un refugio que acoge migrantes. A partir de ese momento Irma se involucra con Yein, una mujer sobreviviente. En los capítulos siguientes se desarrolla una serie de intereses de las autoridades que buscan minimizar o manipular la noticia. También Irma lucha por encontrar a los familiares de la víctima. En medio de estos elementos salen a la luz personajes que juegan papeles engañosos: funcionarios que buscan sacar ventaja de los centroamericanos, delincuentes coludidos con el sistema que enturbian y llenan de sangre las supuestas investigaciones de la CONAMI. Intercalada, aparece la voz de la expareja de Irma, un académico que, desde el rencor y la rabia, se dedica a exponer sus ideas sobre el país, la violencia y los migrantes centroamericanos que llegan en oleadas cada vez más nutridas. Me interesa detenerme en este personaje porque en él el discurso se exacerba, utilizando como anzuelo el abandono de su mujer y un viaje a Estados Unidos que él paga pero que ella no realiza con su hija por un compromiso en Santa Rita. Después de contar su vida diaria, emprende una crítica despiadada de las personas que lo rodean y de la mujer que lo ha abandonado. Más adelante el hombre encuentra a una centroamericana cuya necesidad le lleva a tocar su puerta en busca de ayuda. Él primero la toma como sirvienta para después someterla a distintas vejaciones. Aquí el lenguaje lleva la trama a una atmósfera que apela a lo grotesco. En esta parte el autor da rienda suelta a la mordacidad y encadena largas frases, las cuales, más que una historia, encadenan sentencias, agresiones que se regodean en el absurdo y forman el retrato de un hombre culto que no tiene empacho en confesar sus prejuicios. Analizado de forma independiente, resulta valioso el papel de este personaje, pero en el contexto de la novela vuelve demasiado explícitas las críticas que se desprenden de los acontecimientos que rodean a los otros protagonistas. Pareciera que el autor se apropiara de esa voz y quisiera remachar, una y otra vez, la pudrición de la sociedad mexicana y, sobre todo, la doble moral que enmarca las acciones del gobierno, el cual, escudado en la retórica de los comunicados que condenan los estropicios generados por la violencia, fingen emprender acciones para combatir los males del país. La intención es clara: llevar al límite este aspecto de la novela con la provocación. Quizás otro factor que incomoda en esta parte es que el hombre no añade gran cosa al desarrollo de Irma y el resto de los personajes; los fragmentos en los que participa sirven como un añadido demasiado visible, con un peso que debería ser menor para que no perdieran fuerza las escenas de los migrantes, de Yein y de su exmujer. Esto no sería percibido como un defecto si La fila india planteara desde un principio completamente la ruptura con cualquier linealidad y propusiera un collage en el que la visión general, de larga distancia, es la que gana; sin embargo el autor tiene muy claro su foco narrativo en Irma y dispone por ello de escenas que concentran la atención en lo que le ocurrirá, si va a cumplir su misión y qué obstáculos encontrará en el organismo en el que trabaja.
    A pesar de estos desencuentros que tuve con la La fila india, destaco su capacidad plástica, la recreación de imágenes que llevan la narración a un nivel pocas veces visto en la novelística que trata la violencia en sus distintas manifestaciones. Ortuño sabe que se ha intentado todo, o casi todo, en la escritura de novelas y que, parece, las vanguardias de hace décadas agotaron la sorpresa; sin embargo, a pesar de esto, intenta ofrecer una visión que rete al lector, un diálogo en el que se sienta incluido. Al terminar el libro se tiene la seguridad de estar ante una obra literaria que evita caer en maniqueísmos y que muchas veces adquiere la textura de un documental. Mención aparte merece el tema del lenguaje: párrafo tras párrafo, página tras página, el lector disfruta una prosa muy cuidada que, por momentos, lleva más allá su pericia y endilga frases demasiado elegantes a contextos que no lo ameritan por su crudeza o por su oralidad. En Ortuño encontramos a un autor que atiende el detalle, el ritmo y la forma, logrando que muchas de sus escenas, a pesar de su cuota de sangre, destaquen también por su estética verbal. De esta manera el autor se separa de aquellos que sólo piensan en contar una historia efectiva, con personajes creíbles, dejando para el último la prosa cuyo mecanismo se limita a lo estrictamente funcional. La fila india se une a obras como Trabajos del reino, de Yuri Herrera, o Falsa liebre de Fernanda Melchor. Una y otra, además de explorar un tema socialmente relevante, se esfuerzan en crear un mundo, un lenguaje que muchas veces retrata la realidad de mejor forma que los medios habituales, y cuyas palabras llegan a niveles más profundos.

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    Escrito por Alejandro Badillo

  • Falsa liebre de Fernanda Melchor | Por Alejandro Badillo

    La violencia de los sentidos

    Fernanda Melchor, Falsa liebre, Almadía, México, 2013, 203 p.

    Las primeras referencias que tuve de Fernanda Melchor (Veracruz, 1983) fueron en el terreno de la crónica, género que ha tenido auge en los últimos años. Fenómenos como la violencia y el narcotráfico han visto nacer una nueva generación de escritores que, desde el periodismo, han contado una realidad que supera la censura de las pantallas televisivas. Fernanda Melchor es parte de este grupo de escritores cuyo trabajo servirá de testimonio y referencia cuando se analicen, en retrospectiva, los problemas del México de principios de siglo. La aportación de Melchor se concentra en su libro Aquí no es Miami publicado por Almadía, Producciones El Salario del Miedo y la Universidad Autónoma de Nuevo León. En esta obra la autora desmenuza la realidad veracruzana asediada por el narcotráfico, la pobreza y la marginación.
    Por estos antecedentes me interesó la aparición de Falsa liebre, su primera novela. Debo admitir que, al principio, antes de empezar la lectura, supuse que la narrativa de Melchor sería una simple prolongación de sus crónicas. Este prejuicio viene, sin duda, de la gran cantidad de novelas que se han aprovechado del narcotráfico y la violencia como grandes temas para vender. Anteponer el mercado a la literatura suele producir obras cuya huella se desvanece rápido por más promoción que hagan las editoriales. Fernanda Melchor superó un riesgo importante en su ópera prima: no distinguir la frontera entre los géneros, es decir, querer trasladar una de tantas crónicas al ámbito de la novela con algunas adecuaciones. Este riesgo involucra también el lenguaje: una crónica, a pesar del estilo, siempre conserva la realidad como máximo referente y, por lo tanto, su expresión siempre privilegia lo funcional, lo unívoco. Una novela abre el abanico de posibilidades ya que en su entramado pueden convivir distintas búsquedas estilísticas, planos temporales, voces narrativas. En Falsa liebre el interés es crear personajes que no sólo dependan del contexto sino que tengan vida a partir de una atmósfera, palabras que sondean el interior de ellas
    La novela aborda dos historias que transcurren de forma independiente hasta llegar a un encuentro final: Andrik y Zahir, dos hermanos adolescentes que dependen de una vieja que los trata mal; la otra línea la conforma Pachi, un joven que vive con su pareja embarazada y que trabaja como repartidor en el puerto. El planteamiento inicial basado en dos vertientes unidas tan sólo por un vago contexto me remitió a novelas como Las palmeras salvajes de William Faulkner. Según recuerdo, el escritor norteamericano justificó esta estructura diciendo que, mientras escribía los primeros capítulos de su obra, sintió la necesidad de un contrapunto, una segunda historia que se entretejiera y que no fuera un satélite de la primera sino que tuviera su propio peso. En el caso de Falsa liebre no podemos hablar de un contrapunto exacto en el sentido de dos líneas con características diferentes. Fernanda Melchor plantea dos atmósferas similares y con la misma apuesta en el lenguaje que buscan, ante todo, dar un efecto general, visiones que funcionan como complementos y no como antagonistas. Estos elementos marcan la diferencia entre Falsa liebre y las novelas de otros narradores nacidos en los setenta o en los ochenta enfrascados en un realismo que no violenta el lenguaje o las estructuras narrativas sino que recicla los viejos moldes y sólo los contextualiza en un ámbito actual: internet, tráfico de drogas, intrigas políticas o historias de época con afán didáctico.
    Entrando en materia las dos historias de Falsa liebre se desarrollan en Veracruz. Aquí encuentro el primer acierto: el puerto no es retratado desde la postal turística o desde la crónica que le interesa ubicar calles, ofrecer días y horas precisos. El puerto al que nos adentramos apenas tiene nombres y es identificado por elementos sutiles: el calor que contamina todo y entorpece pensamientos; playas penumbrosas que arrastran algas y desperdicios. Sin ser una novela atmosférica en la que las motivaciones de los personajes pasan a un segundo término, Falsa liebre tiene en el puerto de Veracruz a un protagonista más que actúa desde su anonimato. El escenario que dispone Fernanda Melchor no renuncia a mostrar los lugares en donde se desarrollan sus crónicas y, al mismo tiempo, los vuelve profundos al vincularlos con estados de ánimo: la humedad, el calor, cierta noción de podredumbre funcionan como otras justificaciones, otras maneras de convencer al lector y envolverlo.
    De las dos historias la que más me gustó fue la primera: Andrik, un adolescente que se prostituye en las calles del puerto, es presentado con su último amante, un hombre mayor que lo mantiene preso en su casa, sometido a una especie de secuestro en el que la víctima, como en el famoso Síndrome de Estocolmo, llega a ser cómplice del victimario. Dejando por el momento a un lado el tema sexual, desde las primeras páginas se encuentra una de las primeras claves u obsesiones narrativas que pueblan las páginas de Falsa liebre: la violencia. Si en líneas anteriores hablaba de la violencia como un leitmotiv de la narrativa reciente, aquí se repite esta tendencia pero con connotaciones íntimas y más profundas. En cada una de las escenas de esta primera vertiente se advierte una obsesión por lo carnal, por un mundo basado en la fuerza. Andrik sufre cada golpe como un rito iniciático interminable, un rito que es registrado con minucia: lenguas que recorren costras de sangre, el doloroso aviso de un hueso roto, una cuchillada en la penumbra. Andrik tiene alivio y culpa por dejar a su amante que, por momentos, pasa de agresor a un ser indefenso que le pide no abandonarlo. Esta dualidad se mantiene en casi todos los personajes del libro: seres que tienen actitudes violentas y que, sin embargo, matizan esos rasgos con momentos en los que parecen regresar a una condición primitiva que los libera de cualquier moral. Andrik da vueltas por el puerto, camina por calles sin ley, banquetas peleadas por tribus urbanas que buscan consolidar su sobrevivencia. El adolescente huye sin saber muy bien a dónde ir, a veces la narración se sumerge en eventos pasados hasta que se encuentra con Zahir, su hermano, que lo protegerá hasta el desenlace de sus caminos. En todo el trayecto Andrik apenas reflexiona, sus expectativas son a corto plazo, sólo intenta aferrarse a la emoción del instante, al placer o al dolor que llegan sin muchas explicaciones. En esta primera historia la autora modula su lenguaje: logra transmitir los deseos y pulsiones sin abandonarse a lo explícito o a lo caricaturesco. Esto se agradece en las escenas que sondean un erotismo complejo, sobre todo en la relación fraternal-amorosa entre Andrik y Zahir. Hay, es cierto, una voluntad por lograr una exactitud en las descripciones que tienen mucho de secuencia cinematográfica, pero también hay una intención lírica, un sondeo en el ritmo y en la atmósfera.
    La segunda historia narra las vicisitudes de Pachi, un joven que trabaja en el puerto mientras espera la llegada de su primer hijo. Al contrario del primer trecho, en el que se construye una tensión progresiva gracias a las amenazan que se ciernen sobre Andrik, en Pachi no hay un gran conflicto más allá de las insatisfacciones de un asalariado con muchas frustraciones y que busca evadirse con cualquier cosa. La aproximación a este personaje y otros que lo rodean es con estampas en las que se asoma tímidamente el ejercicio de la crónica. Sin llegar a esos amplios ejercicios naturalistas, en los que hay una demostración sociológica de causa-efecto sobre el origen y destino de los personajes, en la segunda historia de Falsa liebre hay una intención testimonial, una fotografía extraída de la realidad y aderezada con diálogos vívidos, secuencias bien logradas que, incluso, hacen espacio a un poco de humor, elemento poco utilizado en la primera historia. Uno de las constantes en Pachi es la evasión y los recuerdos. Alrededor de ellos giran sus días en el puerto en el que las anécdotas se concentran en discusiones familiares, peleas con su pareja, el dinero que no alcanza y la visita a algún amigo para tomar alcohol como único pasatiempo. En cada párrafo hay un personaje cuyo objetivo parece más deambular que dirigirse a un momento en específico. Esta característica hace que elevemos la mirada y sigamos la narrativa sin esperar un efecto dramático importante o un punto de crisis del que no hay retorno.
    Me parece que quedará para la reflexión y las subjetividades el último trecho de la novela en la que Andrik, Zahir y Pachi coinciden en una playa. Logro percibir cierta necesidad de Fernanda Melchor por amarrar los hilos al final después de conducir de forma independiente a los personajes principales. Las historias de Andrik, Zahir y Pachi están tan bien logradas que, en mi caso, se pudieron dejar de forma paralela, sin ninguna convergencia. Debo reconocer que la autora no saca el final como un truco de magia ya que, páginas antes, siembra algunas claves que justifican el encuentro y, sobre todo, el conflicto con el que concluye la novela. El lector decidirá si le convence este último recurso. A pesar de este punto que puede dividir opiniones, la prosa de Fernanda Melchor tiene las suficientes cualidades, la riqueza necesaria, para encandilar al lector. Destaco su lenguaje siempre exacto, con una vocación visual muy interesante en la que percibo ecos de autores como Cormac McCarthy. Con Falsa liebre hay una valiosa aportación para entender la realidad desde la ficción y el ejercicio imaginativo. Si en algunos medios se afirma que la crónica ha desplazado a la novela y al cuento como espejo de lo que sucede en el país, Falsa liebre es una contestación que rescata el poder de la ficción y su capacidad para retratar el mundo actual.

    falsa liebre


    Escrito por Alejandro Badillo

    (Méx­ico DF, 1977). Ha pub­li­cado los libros: Ella sigue dormida, Tolvan­eras, Vidas volátiles, La mujer de los maca­cos, La Her­rum­bre y las Huel­las. Es colab­o­rador de la revista Crítica y cervecero.