Adolfo Castañón

  • Tres poemas  | Adolfo Castañón

     

    Desde Beaugency

     

    Cuando pienso en Europa

    me pongo a llorar

    No sé si lloro

    por los europeos

    que son tantos

    entre entenados y naturales

    O si lloro por el pensamiento

    lágrimas por los silogismos

    llanto por las antinomias

    lamento entre paradojas read more

  • Como quien quita la piel a un fruto | Adolfo Castañón

    Si eres fruta

    come los labios que te comen

    y dibujan rombos entre dos lenguas

    que se trenzan en su bóveda boca read more

  • Encuentros entre Alfonso Reyes y Octavio Paz | Adolfo Castañón

     

     

    a Jesús Silva Herzog-Márquez, andante entre la Ciudad y letra,

    leyente de Reyes y Paz, lector de Ifigenia y Antígona

     

    I. Paralelos iniciales entre Alfonso Reyes y Octavio Paz

    Provienen ambos de familia liberal ilustrada, tienen lazos con el mundo militar, político e intelectual. Bernardo Reyes e Ireneo Paz combaten contra los franceses durante el Imperio, contra el guerrillero Manuel Lozada y tienen vínculos con Porfirio Díaz; pertenecen a la minoría rectora que modela las instituciones, redes e imágenes del país; Reyes y Paz se adhieren a valores nacionales, participan de un conjunto de creencias, valores y esperanzas modelados por la Revolución Francesa y el Imperio de Napoleón; se nutren de la ilustración francesa, sufren la invasión norteamericana, pero admiran la democracia del vecino país del Norte; hombres de armas, letras, libros, duelos, caballos. read more

  • De la vocación (Gaos-Paz-Blanco) | Por Adolfo Castañón

    I
    En el paisaje envolvente de la uniformidad física y mental a que está sometido el mundo, el tema de la vocación cobra una intensidad acuciante. La publicación y lectura de obras como Filosofía y vocación, Seminario de la filosofía moderna de José Gaos resulta por ello más que oportuno. Componen el libro cinco trabajos y comentarios de José Gaos, Ricardo Guerra, Alejandro Rossi, Emilio Uranga y Luis Villoro, a los que se añade un resumen del propio Gaos y un “dictamen de publicación de Luis Villoro”. La edición se debe al cuidado de Aurelia Valero e incluye un sugerente e informado epílogo de Guillermo Hurtado. La cuestión que plantea José Gaos se refiere a la vocación por la filosofía. ¿Cabe decir —se pregunta Gaos— que dedicarse a la enseñanza de la filosofía o de la historia de la filosofía equivale a entregarse a “una auténtica vocación filosófica”? ¿Es la vocación del filósofo una vocación marcada por la soberbia, es decir, por el sentido de superioridad de que está imbuida la filosofía? ¿Son soberbios quienes se dedican a la filosofía? Estas preguntas sinceras arraigadas en la experiencia y a una auténtica preocupación personal fueron recogidas y acogidas por los discípulos y compañeros de Gaos —Guerra, Rossi, Uranga, Villoro—.
    Cada uno de los entonces jóvenes filósofos recogió la provocación del maestro y respondió a la pregunta sobre la vocación filosófica con la provocación de una réplica. Este juego entre vocación y provocación imprime al libro un movimiento peculiar, un ritmo refrescante, pues en él corre el aire de la pasión intelectual. Los textos de Alejandro Rossi y Emilio Uranga resultan por diversas causas los más provocadores en este “Tablero de divagaciones” centrado en torno a la vocación filosófica. El resumen que hace Gaos del seminario resulta intelectualmente conmovedor pues en él el maestro desmenuza los argumentos de los replicantes discípulos en torno a los temas que mueven la discusión: la posibilidad o imposibilidad de la filosofía como confesión. Guillermo Hurtado registra con acierto el carácter trágico de esta discusión —la de la vocación filosófica— promovida por alguien que se ha dedicado toda su vida a la enseñanza de la filosofía y que, al provocar esta discusión, expone a la luz pública sus dudas acerca de lo que ha constituido su propia vida. José Gaos, el director de este seminario —escenario— da muestra de que otra virtud del que se dedica a la filosofía como del que se dedica a la medicina, es la probidad y, otra más, la valentía. Filosofía y vocación es un libro valioso en muchos sentidos, y en no pocas acepciones: valiente, valeroso. Es, desde luego, también un libro ejemplar.

    II
    Octavio Paz toca el tema de la vocación literaria en distintos momentos, uno particularmente expresivo es el que dedica a los collages y ensamblajes de Marie José Paz:
    “La vocación comienza con un llamado. Es un despertar de facultades y disposiciones que dormían adentro de nosotros, y que, convocadas por una voz que viene de no sabemos dónde, despiertan y nos revelan una parte de nuestra intimidad. Al descubrir nuestra vocación nos descubrimos a nosotros mismos. Es un segundo nacimiento. Por esto muchos artistas cambian el nombre que les dieron sus padres por otro, el de su vocación. El nuevo nombre es una señal, mejor dicho, una contraseña que les abre el camino hacia una región oculta de su persona. Vocación viene de vocatio: llamamiento; a su vez, vocatio es un derivado de vox. La palabra designó al principio, dice el Diccionario de Autoridades, «a la inspiración con que Dios llama a un estado de perfección, especialmente al de religión». Dios tiene distintas maneras de llamar y, como refiere la Biblia, muchas son mudas: señales silenciosas, signos que debemos descifrar.
    Aunque el significado religioso de vocación se ha extendido a otros campos, sobre todo a los del arte y el pensamiento, la palabra designa, en todos los casos, a dos actos correlativos: el llamado y la respuesta. ¿Quién o qué nos llama? no lo sabemos a ciencia cierta; es un agente exterior, una fuerza, un hecho en apariencia insignificante pero cargado de sentido, una palabra oída al azar, qué sé yo; no obstante, aunque viene de fuera, se confunde con nosotros mismos. La vocación es el llamado que un día, señalado entre todos, nos hacemos y al que no tenemos más remedio que responder, si queremos realmente ser, El llamado nos obliga a salir de nosotros mismos. La vocación es un puente que  nos lleva a otros mundos que son nuestro verdadero mundo.”

    III
    La vocación es un regalo de los dioses, un don que el hombre tiene que recibir “como un inspirado regalo venido de lo alto…” dice Goethe a Eckermann. La cita está en El llamado y el don, en el ensayo inicial y que le da título al libro (Ed. AUEIO/Taller Ditoria MMXI. 2011) de Alberto Blanco. El ensayo hormiguea de citas oportunas, empezando por las del indio sioux Alce Negro (Black Elk) y pasando por los Evangelios y las citas de poetas como Federico García Lorca, Walt Whitman, Borges, Rilke, Celan, Paz y Pacheco, entre muchos otros.
    El don traduce un llamado, impone una responsabilidad, exige al que lo soporta o lleva cuentas, cuentos, fábulas…
    La vocación viene de una visión e impone una misión, como señala Javier Gómez Lanzón en su ensayo sobre la vocación literaria “Raptado por las musas” (El País Babelia, Sábado 17 de agosto, 2013, p. 4-6)
    Originalmente, la palabra vocación tiene un origen místico y religioso: el que es llamado y elegido, opta, como Abraham por Dios, por la ley de Dios que consiste en el servicio a los otros o para los otros. La vocación es predestinación. En cierto modo, está predeterminada. Pone por ello sobre el tapete de la discusión la idea de libre albedrío, la eterna disputa entre cerebro y libertad. Es claro que en un modo mecanizado y uniformado mental y físicamente, la idea de vocación filosófica, científica, poética, literaria y artística o religiosa está en riesgo. La posibilidad de existencia del hombre eminente está en riesgo desde la intensa intercomunicación: “Esta más intensa intercomunicación de pueblos y de hombres disminuye necesariamente la magnitud del Genio, anula esa razón de vacío que lo separaba de sus semejantes, lo disemina entre ellos y lo asimila a todos, lo hace más inmediatamente útil a sus contemporáneos por lo mismo que lo obliga a derramarse entre ellos a medida que acumula sus riquezas. Y, por iguales motivos, su tesoro parece menos voluminoso, menos genial en suma”.

    IV
    Me permito transcribir algunas líneas que le mandé a Alberto Blanco con motivo de la publicación de El llamado y el don.

    Sat, 11 Aug 2012
    Querido Alberto:
    Gracias por tu correo… gracias por tus palabras… no he podido leer tu libro El llamado y el don… Si no soy capaz de leer los libros que van publicando mis amigos queridos —como tú—, menos lo soy de leer cuanto se publica a pesar de tener una cierta posibilidad para acuñar fórmulas como la de Enjambre de silencios… que es tan noble y elástica para servir de pantalla a mi no-lectura hasta ahora de este libro de ensayos sobre artes plásticas, creo recordar que tal es su tema, escrito por ti… Te pido disculpas por estas letras suspensivas que son lo único que hasta ahora he podido expresar sobre tus letras,
    Te saluda con aprecio y estima tu amigo
    Adolfo Castañón

    El Domingo, 26 de agosto, 2012
    Alberto:
    Querido Alberto.
    Gracias por insistirme en asomarme a tu libro El llamado y el don. No sé bien a bien qué decir o qué decirme de tus meditaciones, fundadas o respaldadas en la experiencia de lector de poemas y de ensayos.
    La historia de Alce Negro es algo que no puede dejar de llamar la atención…, el recuerdo de la clasificación que hace García Lorca me gusta y convence, el museo poético que vas dando con referencias y enunciados en apariencia sorprendentes como la de que “El poeta utiliza las palabras para escuchar” … A medida que he ido interrumpiendo la lectura de tu libro, se me va dibujando un libro paralelo, diría Barthes, un “texto paróptico”, por ejemplo, sobre El llamado y el don —palabras cuya etimología me gustaría escuchar o que quizá leí entrelineadas sin darme cuenta. …
    …Me imagino una edición futura, didáctica, donde vinieran señalados los nombres de los traductores, por ejemplo, de Goethe o de Rilke, para conocer el nombre de los jockey fantasmas del pensamiento que, parafraseando a José Martí, citado por ti, p. 83, montan el caballo de la lengua y que algún papel tienen en el Credo de las pp. 141-142.
    Una edición futura con índice de nombres para que el lector sea capaz de poder seguir mejor el juego de tu baraja, creo advertir que el autor más citado es Octavio Paz, y que en cierto modo se da al soslayo un diálogo con algunos de sus textos… imagino tu libro editado de otra forma. Una secuencia de citas escoltadas o espiadas por apostillas…
    Sobre el tema de leer en voz alta o en silencio se me vinieron a la mente los estudios de Margit Frenk sobre El Quijote. Creo advertir que hay más referencias sobre artes plásticas que sobre música. Pero interrumpo la interrupción, querido Alberto Blanco, la semana que entra iré a Salamanca y allá trataré de respirar —respirar es una forma de tomar prestado— la luz de Fray Luis de León y de Miguel de Unamuno. Seguiré tratando de estar a la altura de mi oficio de lector y de su dignidad —una de las etimologías colaterales de “don”… tratando de no traicionar la dignidad leyente y elocuente de los antiguos bardos irlandeses que citas p. 117.
    Me divertiré con mi ejemplar apuntando a lápiz al final, en la página 192 y en la 190 los nombres mencionados y los que aquí faltan.
    Gracias, saludos de vuelta


  • A la nueva hora por Adolfo Castañón

    A la nueva hora[1]

     

    Comíamos a la una de la tarde, a la
    francesa, para desesperación e irritación
    de mi padre, que seguía el bárbaro horario
    mexicano y español.

    Octavio Paz, “Silueta de Ireneo Paz”.
    Postfacio a Algunas Campañas.

     

    Adolfo Castañón[2]

    Las grandes mudanzas vienen con paso de paloma y un solo acto puede acarrear con su reiteración con su reiteración transformaciones incalculables. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si Uno, digamos el Presidente de la República —sea cual sea su nombre, credo y filiación partidaria— en lugar de sentarse a comer “a mediodía” a las 3 ó 4 de la tarde consumiera sus alimentos entre las 12 y las 13 horas? ¿Cómo se transformaría el país si la institución del desayuno político fuese abolida y ya no se observase ese curioso horario de trabajo que inicia a las 11 a.m. (“después del desayuno”) y concluye “por la mañana” a las 14 p.m., hora en que es preciso salir corriendo para atravesar la ciudad y llegar a las 15.30 p.m. angustiado y hambriento a una “comida de negocios”? ¿Y si el tiempo de juntas se aprovechase para masticar en lugar de abreviarlas para salir disparado a quién sabe qué festín remoto? read more

  • Adolfo Castañón: La sombra y su vuelo

    adolfo-castañonPara Adolfo Castañón la escritura es la gran sombra. Como crítico, como lector, como poeta, creo que le inquietan los pasos por los cuales esa gran sombra se transforma en algo más real que lo real, aunque a veces esa sombra de sombras se diluya, se licue o se queme; en tal sentido, puede despertar su obsesión el juego de imágenes opacas que una letra proyecta sobre otra, pero también el que se yergue de una línea, una hoja, un autor o una época. América sintaxis tiende a ser una de las manifestaciones de ese juego, porque allí Adolfo Castañón muestra que quien quiera escribir sobre América está obligado a escuchar una pluralidad de voces, entremezcladas en un conjunto de ecos, de secretos y de figuras tan o más antiguos que el idioma. Desde 1507 es lugar común de la historia aceptar que con la palabra “América”, usada para nombrar a todo un continente, se rinde homenaje al viajero italiano Américo Vespucio; pero el poeta colombiano William Ospina piensa que es probable que esa palabra, “América”, ya existiera en antiguas lenguas de este lado del mundo antes del encuentro de civilizaciones ocurrido en 1492, y significaba “El país del viento”. Es evidente que con esta conjetura Ospina no pone en duda la veracidad de la historia sino que, por el contrario, quiere reforzar la memoria de los habitantes de América con una imagen más auténtica y, por qué no decirlo, más hermosa. Si nacimos aquí somos hijos del país del viento. read more

  • Primera visita al tesoro de libros de la Biblioteca Histórica de Medicina Nicolás León

    In memoriam Enrique Cárdenas de la Peña

     

    a la presencia y lección de Ruy Pérez Tamayo

     

    He aquí tesoros ante los cuales el oro, la plata y las

    ricas mercaderías  descubiertas en la gruta

    por Alí Babá no podrían considerarse

    más que escoria

    H.H. Bancroft[1]

     

    Biblioteca Histórica de Medicina Nicolás León

     

    La vida pasa y el mundo rueda/

    Siempre hay algo que se nos queda/

    de tanto y tanto que se nos va.

    Juan de Dios Peza

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  • Crítica 150

    Para la “Crítica” 150, agosto-septiembre, nos acompañan los escritores Carmen Boullosa, Adolfo Castañón, Luis Felipe Fabre, Blaise Cendrars, Jean-Luc Nancy, Gabriel Wolfson, Alejandro Badillo, Martha Canfiel, entre otros…Haz clic en la imagen o aquí para leer la versión digital de Crítica

    SUMARIO:

    Francisco García GonzálezEl mundo perdido de Sigmund Jahn 3

    Jean-Luc Nancy

    Lengua apócrifa 12

    Alan Bennet

    Going round 17

    Blaise Cendrars

    Prosa del Transiberiano y de la pequeña Juana de Francia 23

    Samuel Serrano

    Borletti 42

    Rubén Gil

    Dos poemas 46

    Rafael Rojas

    Formas de lo siniestro cubano 49

    Carmen Boullosa

    El partido 71

    Jorge Juanes

    Nietzsche contra Heidegger 74

    Leonarda Rivera

    Contraépica 108

    Guy Davenport

    El señor Cementerio y el troll 111

    Luis Felipe FabreDos poemas 122

    Gabriel Wolfson

    Rima 126

    Martha Canfield

    Dos poemas 144

    Adolfo Castañón

    Visita al tesoro de los libros de la Biblioteca Histórica de Medicina Nicolás León 147

    Felipe Vázquez

    Cuando Amor vence a Sabiduría 171

    Isaura Leonardo

    La difícil convivencia 175

    Daniel Bencomo

    Pabellón Chandos 178

    Luis Vicente de Aguinaga

    Cada cosa se disgrega en palabras 181

    Alejandro Badillo

    Atisbar por el ojo de una cerradura 184

    Carolina Cuevas Parra

    Revolución mientras estemos vivos 187

  • El variable peso de la risa

    I

     

    Un fantasma recorre México. El de la risa. Habría que preguntarse por qué y debido a qué circunstancias no tan evidentes se ha venido a cristalizar en torno al tema del humor y de la risa una cauda bibliográfica que ahora se consolida con la aparición de esta colección Relámpago la Risa que ya ampara bajo su lema tres, si no es que cuatro libros a la espera de un quinto que por fuerza refranera no podrá ser malo. Apenas hace unos meses se presentó el libro Nin reír, ensayo literario, entre humorístico y melancólico, que la noble Bárbara Jacobs publicó en la selecta colección gobernada para sus suscriptores por Marco Perilli. Casi al mismo tiempo se publicaba un ejercicio curioso de ese historiador de la caricatura, disfrazado de caricaturista llamado el Fisgón, nom de plume del monero o dibujante que hereda a su vez el temple y memoria de nuestros abuelos liberales, tan admirados por su amigo y maestro, ese hombre de burlas que fue el hombre llamado ciudad, Carlos Monsiváis. El libro se llamaba Sólo me río cuando me duele. La cultura del humor en México;[1] mientras tanto, la periodista Tere Vale lanzaba al aire público otro titulado De qué se ríen las hienas y otros misterios del cerebro, prologado por René Drucker.[2] No hablaré de otros ensayos y oficios narrativos que andan recorriendo las editoriales en busca de papel, tinta y exhibición, pero doy fe de que hay más de uno en el burladero que se ocupa de las burlas, cite o no a Alfonso Reyes. Cite o no a Octavio Paz, quien publicó en Xalapa, Ver., en 1962, el luminoso ensayo “Risa y penitencia” para hablar de las totonacas caritas sonrientes del Tajín. Vaya en prenda de este termómetro hilarante el ensayo de Ernestina Quiroz, “La risa hace muchos años: la comedia en Roma”, publicado en la revista Ágora, editada por los estudiantes de El Colegio de México.

    Primera observación: el tema está en el aire del territorio y el tiempo mexicanos. Y ésa es mi primera observación sobre esta colección Relámpago la Risa —que tiene paisaje, que pronto agarra calle como dicen los publicistas o que algo hay en el aire de esta república que concita a los ingenios a hacer enjambre en torno del panal de la risa, el humor y el humorismo, para entresacar una línea de investigación dictada por el sospechosismo—, voz que, por cierto, al César lo que es del César, no se le debe a Santiago Creel, sino a Daniel Cosío Villegas en sus Memorias.

    Segunda observación previa: la risa, señoras y señores, es tan peligrosa como el sol o la mítica medusa. No se le puede mirar fijamente y a ojo pelón, so pena de ceguera o deslumbramiento. Sólo se pueden ver las solares manchas, llamaradas explosivas y combustiones si se está provisto de lentes oscuros, velados quevedos o negros espejuelos. De ahí que, en principio, sea bienvenida la estampa de esta colección de opúsculos, librillos amables y portátiles que lanzan al unísono coeditor la Universidad de Sonora, el conacyt y hasta me dicen que la Universidad Veracruzana por obra y designio, proyecto y propuesta de un equipo encabezado por doña Martha Elena Munguía Zataraín, coordinadora de la colección, quien logró convencer a los elusivos editores de Ediciones Sin Nombre, nuestros finos amigos Ana María Jaramillo y José María Espinasa, no siempre susceptibles de reclutamiento académico.

    Tercera observación: La colección incluye por lo pronto una tercia de títulos:

    a) Anatomía de la risa, del profesor español y teórico de la literatura, el Dr. Luis Beltrán Almería, quien estrena una primicia en la serie y hace su primera salida al ruedo mexicano en su condición de diestro proveniente de Zaragoza.

    b) El traslado al español hablado y escrito en México de la fantasía en prosa que Voltaire bautizó con el gracioso oximorón de Micromegas, por la estudiosa Elizabeth Corral, conocida por sus trabajos y ediciones de Fernando del Paso y reconocida por sus trabajos sobre Sergio Pitol, y

    c) El mini-tractatus antológico intitulado El humor y la risa en el discurso aforístico gestado por Irma Munguía Zataraín y Gilda Rocha Romero.[3]

    A la tercia contante y sonante, han de añadirse otros pliegos prometedores:

    d) La risa en los cantares del pueblo ecuatoriano, compilado por don Juan Luis Mena —libro que de lejos huele a humor negro o, mejor, de negros.

    e) La risa y el cuerpo, ¿un estallido de flores?, obra armada por Martha Elena Munguía Zataraín, coordinadora de la colección, estudiosa de ese Andersen nacido en El Salvador llamado Salarrué y autora de unos  prometedores Juegos de absurdo y risa en el drama.

    El breve texto de presentación editorial que se planta no tanto como un bando forense, sino como una tarjeta de visita en la bandeja de la entrada, más bien en la segunda solapa razona y profesa: “La risa, ese ingrediente transgresor y antisolemne, catártico y vitalizador, nos muestra una perspectiva liberadora de la vida y del arte. Relámpago la risa es una colección dedicada a difundir breves ensayos originales y textos clásicos que indagan sobre la presencia de la risa en la historia de la filosofía la literatura. La colección ofrece, además, traducciones y escritos olvidados de diversos momentos y latitudes animados por el espíritu festivo. Con Relámpago la risa buscamos ampliar las posibilidades de comprensión de nuestra cultura.”

    La bien diseñada y bien formada colección —tomen nota— forma parte del proyecto apoyado por el conacyt, “Manifestaciones estéticas de la risa”. Sin embargo, quizá habría que decir que la presentación más amplia, ponderada y reflexiva de la colección la proporciona Luis Beltrán Almería en su portátil Anatomía de la risa —subrayo, al paso, que de hecho esta serie de libros sobre la levedad y la ligereza participan de una condición casi ingrávida que no pondrá en problemas al viajero agobiado por el exceso de equipaje, pues los tres volúmenes pesan juntos apenas 200 gramos (60 el de Voltaire, 70 cada uno de los otros dos).

     

    II

    Al breviario de Beltrán[4] lo componen siete partes. Si se prescinde del “Preliminar” y del “Apéndice bibliográfico”, las siete partidas se concentran en cinco capítulos o tramos. “Tiempo y risa”, “Fiesta y risa”, “Figuras de la risa”, “Los géneros de la risa”, “Epílogo”, y si seguimos en el quite y quite y prescindimos del “Preludio”, “Tiempo y risa” y del “epílogo”, la obra se puede reducir, como una almeja, a dos conchas o capítulos principales: el correspondiente a las “Figuras de la risa” y el relativo a “Los géneros de la risa”.

    Y, al examinar el opúsculo con ojo teatral, podría decirse que el reparto o casting toca al tramo bautizado como “Figuras de la risa” —que a su vez y conste que no traigo pentagrama, son cinco: la del niño, la del tonto, la del cínico —dizque trickster en inglés—, aunque mi yo castizo prefiera la del trampas, la del ahorcado que yo actualizaría como la del endrogado y la del loco. El otro capítulo, “Los géneros de la risa” corresponderían a la sintaxis o fisiología del reír, a las posibilidades de desarrollo, acción, enlace y desenlace de la risa a través de esas categorías o formas que son —cosquillas para Aristóteles— la tragicomedia, la comedia; el más allá de la comedia, el idilio.

    El breviario de Beltrán se plantea con discreción y sin aspavientos, al sesgo y en plano oblicuo, como una historia de la cultura occidental, aunque hay que advertir que para nosotros, mexicanos, y antes de oír a Jim Morrison —por aquello de east is west—, la cultura llamada occidental sea en México en realidad oriental, pues si Europa está al oriente, cuando estamos presentando un libro a las 7 de la noche, en el Viejo Continente ya amaneció otro día. A esa historia de la cultura, el profesor Beltrán le ha puesto algunas pinceladas, unos retoques o concesiones al inframundo americano, como pueden ser las menciones ocasionales a La Catrina en el mural de Diego Rivera, “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, o la invocación a las deidades lugareñas como son la Fiesta de Día de Muertos o el popular Cantinflas, anterior a su galvanización por la industria de la cultura pop. Quizás el Breviario de Beltrán podría considerarse como un desprendimiento, derrumbe o divertimento caído de la obra mayor de don Luis: La imaginación literaria, la seriedad y la risa en la literatura occidental (2002) y quizá también como un risueño retoño o aggiornamento de la obra clásica y perdurable de Friedrich Schiller, Sobre poesía ingenua y sentimental (1795-1796), citada por Beltrán en la traducción de Juan Prost y de Raimundo Lida.

    La otra fuente teórica de grave ascendiente la representan las obras del pensador e historiador ruso Mijaíl Bajtin: Problemas de la poética de Dostoyesky y La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento. Entre corchetes y paréntesis, doble cinturón de castidad, diré que esta obra parece ser la sustancia que, en última instancia, habla a través de los libros que aquí intentamos comentar, aunque por alguna razón los nombres de los traductores de Bajtin hayan sido objeto de una pudorosa omisión en los tres libros. Además de estos ingredientes conceptuosos, el Dr. Beltrán cuenta en su farmacia conceptual con las obras de Cervantes, José Ortega y Gasset, Gabriel García Márquez y Julio Cortázar, únicos estandartes escribientes en castellano que se permite citar en su lección en prosa.

    Se da, en la escritura de don Luis Beltrán, en su prosódico procedimiento, una curiosa mezcla de exposición didáctica (cosa no siempre aburrida en principio) y andadura en zig-zag —cosa divertida en última instancia, pues que sabe pasar y pasear por entre la historia de la cultura en el sentido duro y correoso del saber antropológico duro y el conocimiento historiográfico más refractario y la evaluación clínica del fenómeno expuesto—. Por ejemplo, el capítulo “Fiesta y risa” donde, para citar a Víctor Hugo, citado por Beltrán y recetado a éste por Castañón, “mezcla sin confundirlos lo grotesco con lo sublime, la sombra con la luz, el cuerpo con el alma, la bestia y el espíritu”, dice Hugo acerca del drama y diríamos nosotros, con menos bestia y menos sombra, casi lo mismo acerca de este tratadillo que se bebe como agua, aunque sea de lenta digestión. “Lo trágico y lo cómico mezclado / y Terencio con Séneca aunque sea/como otro minotauro de Pasífae / harán grave una parte/otra ridícula / que aquesta variedad deleita mucho…”, dice Lope de Vega en el Arte nuevo de hacer comedias (versos 174 y ss.), que tal vez leyó el Hugo citado por Beltrán prescrito a éste por el de la voz. Un poco porque, en rigor y realidad, la sombra, la bestia, el cuerpo y lo grotesco —oh dioses de Vargas Vila— aparecen en esta pastilla de letras a la distancia y a lo lejos. Y es que, señoras y señores, hay que tomar en serio, —y no en broma— el título: Anatomía de la risa, poniendo el acento en la primera palabra, “Anatomía”, y leer la advertencia preliminar como a la luz de una cierta mirada clínica, desvelada por hacer un diagnóstico de la cultura, un examen médico épocal. Las líneas finales del “Epílogo”, “Un mundo feliz”, dicen: “Nuestro tiempo ha fracasado en la tarea de construir un mundo igualitario, está fracasando en construir uno libre. Ni siquiera ha intentando emprender un mundo fraterno. En estas condiciones no puede ofrecer la risa plena, la risa que da la vida.” Estas palabras pesimistas, al pie de la letra de epilogal espíritu quizá autorizan a pensar al lector que el libro Anatomía de la risa debería llamarse “autopsia de la risa”. Dije quizá, si se prescinde del epílogo, que cabría leer como una moraleja al estilo de los viejos fabulistas españoles, para esta erudita y noble fábula sobre esa instancia solar y abrasadora, disolvente, que es la risa.

    En la página 55, a propósito de Luciano y de Aristófanes, Beltrán da un salto mortal o más bien virtual de veinticinco siglos para abordar esa especie de carnaval que son las Fiestas de las Fallas de Valencia, animadas por unas titánicas figuras cómicas llamadas Ninots, en que se mezclan figuras tradicionales con personajes de la actualidad histórica y aún política, que son al final echados al fuego. Estas figuras, apreciado Luis Beltrán Almería, existen también en México: las llamamos “Judas”, y fueron muy populares en la primera mitad del siglo xx, a partir de que Diego Rivera y un grupo de pintores de San Carlos decidieron recuperar la tradición popular y echarla a andar por las calles para luego volarla con la explosión del cohete, que cada Judas lleva por dentro. Todavía hoy, en la Semana Santa, en la ciudad de Toluca, gracias al pintor mexicano-japonés Luis Nishizawa, de estirpe samurái, se da un festivo concurso de Judas y toma la calle un desfile prodigioso de micromegas de cartón pintado y disfrazado al gusto de la historia ambiente, esos monotes serán luego quemados en medio del regocijo de los artesanos que los hicieron, en su mayoría albañiles, gente muy humilde, como para alimentar las fantasías de los lectores de Mijaíl Bajtin. Ahí conviven —los he visto— el “chupacabras” con el monstruo tentacular del narco, la “barbie” grotesca de la contaminación con el monstruo de los bosques que devora a la mariposa monarca. Antes, esas figuras, remedaban y caricaturizaban a los antihéroes de la política. Como se puede ver, los vasos  comunicantes entre los usos festivos de la antigua Europa y los verificados en español del relajo y el choteo americanos hay conexiones imprevistas. Hoy, en virtud viciosa de la autocensura, practicada por nuestro “mundo feliz”, esa intención popular y satírica va menguando. Así que quizá tienes razón, estimado Luis Beltrán Almería, quizás en nuestro “mundo feliz” ya no hay lugar para la risa sino apenas para los libros sobre la risa. ¡Sea por ello triplemente bienvenida la colección “Relámpago la risa”. Lentes oscuros para el sol producidos en una edad sin sol.

     

    III

     

    Micromegas,[5] el cuento de Voltaire, puede ser leído de muchas formas. Puede ser leído, desde luego, como una sátira a los astrónomos y científicos de su hora, y más allá como una rara combinación de parodia y conjetura, que nos abre la puerta o levanta el telescopio hacia el firmamento originario de la risa. Es uno de los textos clásicos —es decir que se estudian en clase— de las letras francesas de su siglo. Tiene en la historia de las letras escritas en español una larga historia. Elisabeth Corral decidió traducirlo ella misma para apropiárselo más y mejor —“con la traducción la lectura se convierte en escritura que enseña”, dice. Tengo a la mano al menos otras cinco traducciones. La que hizo para la Universidad de Puerto Rico en San Juan el escritor español y volteriano Antonio Espina en 1956, la que editó para Siruela y coeditó el fce en 2006 de Mauricio Armino y M. Domínguez, las dos versiones de Micromegas que se incluyen en la Biblioteca de Babel dirigida por Jorge Luis Borges, debida a Francisco Lafarga en 1986, y la que Carlos Pujol trasladó y anotó para la Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges en 1988.[6] ¿Cómo traducir a Voltaire? ¿Cómo traducir a Voltaire desde México? ¿Es posible traducir un texto escrito en la tercera mitad del siglo xviii, en los albores del siglo xxi como si nada? ¿No hay en ese empeño una engañosa ilusión de transparencia, por más que lo sea Voltaire? A las versiones arriba enunciadas añadiría una quinta, que por fuerza refranera no puede ser mala. Me refiero a la traducción que hizo ese famoso arlequín de la filología y tramposo literario que fue el abate Marchena; ese admirable y travieso helenista que engañó a los eruditos de su tiempo “traduciendo” unos poemas griegos perdidos, como lo haría Pierre Loüys cien años después. El abate Marchena fue un hombre ilustrado, y a él se debe una de las traducciones más rápidas y certeras que haya producido la lengua española. Su versión, que no pierde nada de la llamarada genial de Voltaire, fue reproducida en nuestro desgarrado México en 1918, en la colección Cultura, tomo VI, núm. 5, con prólogo y selección del poeta y médico Enrique González Martínez. De las versiones enumeradas, la que prefiero es la del abate Marchena,[7] se me hace la más noble por su idioma; por lo que hace a las notas, me inclino por la de Pujol, que enriquece las de las ediciones francesas académicas. La versión de la doctora Elizabeth Corral no hace una recapitulación ni acompaña su texto de apostillas y notas.

     

    IV

     

    Aforismo. (Del lat. aphorismus, y éste del gr. Αφορισμός.) m. Sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o rotura de alguna arteria. (Diccionario RAE, 2001, vigésima segunda edición.)

    Sobre el libro El humor y la risa en el discurso aforístico, debo confesar que lo leí de manera desobediente, es decir no haciendo caso de las elaboraciones de las autoras, sino deteniéndome en los aforismos mismos (como los niños que al leer un libro con estampas sólo se quedan viéndolas, sin prestar atención al texto) para tratar de ver o saber si construían si no un discurso al menos una atmósfera en sí mismos que intentar meter en cintura lo que no la tiene. Sí, sí lo hacen. Se desprende tanto de los aforismos como de la exposición un arte de vivir y de sobrevivir. Pero la lectura me dejó con ganas de más lecturas. Y la selección de los aforistas se me hizo humorística o dictada un poco por el humor o, más bien, por las ideas o creencias en agraz de las autoras. El tema para mí central del espíritu de la lengua, o del pensamiento que se desprende de ella —en este caso, la castellana o española—, no fue registrado por su órbita ocular, apresuradas como estaban por alzar un discurso dizque universal. Así, aforistas o sentenciosos hispánicos como Gracián o Larra, o acertados lanzadores de flechas verbales como Eugenio D’Ors, Ortega y Gasset, Octavio Paz, Julio Torri, Xavier Villaurrutia, Luis Cardoza y Aragón o José Bergamín, no fueron convocados a este torneo académico presidido por las ideas del intocable y brumoso Mijail Bajtin, cuyos compatriotas rusos, por lo demás, como Herzen, tampoco fueron llamados a esta fiesta. Pero este razonamiento es abusivo, pues incurre en la petición de principio de pedir al texto lo que no ofrece. Así que me tuve que consolar rumiando un par de greguerías de Ramón Gómez de la Serna y del lector mexicano de Cioran que es ese joven amigo nuestro llamado Francisco León González, quien por cierto acaba de presentar al público los subrayados que entresacó como aforismos de los papeles del llorado Yorick mexicano Carlos Monsiváis, cuya ausencia todavía saca humo a los espejos.

     


    [1] Sólo me río cuando me duele. La cultura del humor en México, Planeta, México, 2009, 237 p.

    [2] De qué se ríen las hienas y otros misterios del cerebro, prólogo del Dr. René Drucker Colín, Planeta, México, 2010, 208 p.

    3 Ernestina Quiroz, “La risa hace muchos años: la comedia en Roma”, en Ágora, Año VI, núm. 9, otoño de 2010, pp. 45-52.

    4 Irma Munguía Zatarían y Gilda Rocha Romero, El humor y la risa en el discurso aforístico, Ediciones Sin Nombre, CONACYT, Universidad de Sonora, México, 2011, 98 pp.

    5 Luis Beltrán Almería, Anatomía de la risa, Ediciones Sin Nombre, conacyt, Universidad de Sonora, México, 2011, 87 pp.

    6 Voltaire, Micromegas, traducción y estudio introductorio de Elizabeth Corral, Ediciones Sin Nombre, conacyt, Universidad de Sonora, México, 2011, 72 pp.

    7 Voltaire, Cuentos, prólogo de Jorge Luis Borges, traducción y notas de Carlos Pujol, Hyspamérica Ediciones, Argentina, 1987, 254 pp.

     

    Publicado en la edición 149 de Crítica


    Escrito por Adolfo Castañón

    Adolfo Castañón nace en 1952 en México, pero es un pensador universal. En un sentido borgiano, se trata de un autor del gozo, pues según decía el ciego visionario “no hay placer más profundo que el que provoca el pensamiento”. Aurelio Asián, asimismo, ha dicho: “Quizá no hay más puro escritor que Castañón, quizá no haya persona más esencialmente literaria que él. En Castañón, oralidad y literatura, pensamiento y expresión, intuición y sintaxis, surgen como simultánea profundidad y superficie”. Cultivador de poesía, ensayo y crítica, entre su obra destaca La gruta tiene dos entradas (Paseos II), con la que obtuvo el Premio Mazatlán de Literatura, La batalla perdurable y Alfonso Reyes: caballero de la voz errante.

  • Crítica 149

    Para el número 149 de la revista “Crítica” nos acompañan Alberto Chimal, Adolfo Castañón, Juan Antonio Masoliver, Carlos Ríos, Eduardo Saravia, Eusebio Ruvalcaba, Pablo Sánchez, Javier Munguía, Luis Felipe Lomelí, Gabriel Wolfson, Alejandro Badillo, entre otros escritores.Haz clic en la revista para leer la versión digital.

    SUMARIO:

    Matías Serra BradfordLa resurrección de las reliquias 3Alejandro  Lámbarry

    Cholultecas 6

    Alberto Chimal

    Tolstoi descubre las cualidades de la minificción 15

    Adolfo Castañón

    El variable peso de la risa 19

    Juan Antonio Masoliver Ródenas

    Seis poemas 29

    Javier Elizondo

    Somos lobas 40

    Silviano Santiago

    Los astros dictan el futuro 45

    Gustavo Cobo Borda

    Pasa Baudelaire 59

    Juan Carlos Reyes

    Jim bajo la lluvia 61

    Mauricio Medo

    Poemas 65

    Carlos Ríos

    El amigo de mi padre 73

    Eduardo Saravia

    Tres Poemas 88

    Eusebio Ruvalcaba

    Juego de luces 94

    Pablo Sánchez

    La muerte del autor 99

    Rosana RicárdezCuentos para dormir damiselas 108Willy Gómez Migliaro

    El soporte físico 111

    Javer Mungía

    E. Serna: el arte como una forma elevada de entretenimiento 116

    Luis Felipe Lomelí

    Una isla bajo el volcán 133

    Elkin Restrepo

    Tres Poemas 137

    Théophile Gautier

    El club de hashisianos 143

    Gabriel Wolfson

    El virus de la contingencia 161

    Daniel Bencomo

    De cómo en la fluorita cabe el universo 168

    Francesca Dennstedt

    De huecos, puertos y poesía 170

    Luis Arturo Guichard

    Ligero flete a pulso 174

    Ángel Ortuño

    Dos notas de dos 177

    Alejandro Badillo

    Una búsqueda sin motivos 180

    Margarita Pintado

    Los improbables orígenes del Yo 183