Cuentos de la mala memoria: escribo para que no se me olvide

24
nov

Por Luis Miguel Rivas

Les voy a con­tar una his­to­ria de la que no me acuerdo. Y por eso mismo quiero con­tarla. No sé cómo es el mecan­ismo que lleva a otras per­sonas a escribir, pero en mi caso es el deseo de acor­darme de cosas que no sé, de cosas que están en la base de mí, por debajo de los datos que he olvi­dado. Por eso en la may­oría de cosas que escribo parto de recuer­dos, de asun­tos que he visto o vivido o escuchado o que he escuchado o visto vivién­do­los. Y luego trato de recon­struir las situa­ciones con base en los reta­zos que han quedado en mi memo­ria. No recon­struir tal cual, como si se tratara de un caso judi­cial o de una nota peri­odís­tica, sino como quien trata de inter­pre­tar sus sueños y sabe que la anéc­dota, la his­to­ria, es sólo el vehículo sobre el que cabalga lo ver­dadera­mente impor­tante, las cosas que somos y no sabe­mos, esa esen­cia, el “por debajo” de uno. ¿Han tenido esa expe­ri­en­cia jabonosa y deses­per­ante de tratar de recor­dar lo que acabamos de soñar? ¿De saber que el recuerdo está ahí en uno de los primeros cajones de nue­stro archivo, sólo que no sabe­mos en cuál cajón y ni siquiera qué cajones ten­emos? ¿Esa sen­sación de impo­ten­cia esper­an­zada ante el recuerdo inmi­nente, que bau­ti­zamos con la expre­sión: “lo tengo en la pun­tica de la lengua”?

Así que, tratando de acor­darme de lo que me pasó, leí, vi, escuché, gusté o toqué y que nunca volveré a recon­struir lit­eral­mente, busco acer­carme un poco a lo que ya sabía desde chiq­uito, al recuerdo ver­dadero. Al tema esen­cial: a mí. En el pro­ceso de escrit­ura de guiones cin­e­matográ­fi­cos lla­man a eso “el concepto”.

Les cuento un ejem­plo que tam­bién está rela­cionado con la memo­ria. En una nov­ela de Manuel Mejía Vallejo que leí hace años (¿tal vez Aire de tango?) hay un per­son­aje que va a aban­donar su pueblo y se despide de su novia. Ella le dice lo que dicen todas las novias o novios cuando el otro debe irse a regiones lejanas por tiempo indefinido:

—¿Me prometés que nunca me vas a olvi­dar? —le dice, pal­abras más pal­abras menos, la chica a su hombre.

—No sé, amor —con­testa el novio—, sabés que tengo muy mala memoria.

Más o menos es así la anéc­dota, creo, porque no la recuerdo bien y no he querido bus­car el libro para cor­rob­o­rar las pal­abras pre­cisas, porque lo que quiero plantear­les es lo sigu­iente: me acuerdo mala­mente de una situación, de dos per­son­ajes; pero para mí lo impor­tante es la ver­dad que sub­y­ace en el espíritu de esa anéc­dota, no el rigor de los datos. No las pal­abras lit­erales del diál­ogo. A través de esa breve situación chis­tosa, debajo de ella, hay todo un cues­tion­amiento de los clichés del amor, tal vez una crítica a los lugares comunes con los que se expre­san los enam­ora­dos. Una vuelta de cabezas a val­ores y prác­ti­cas, a través de ese efec­tivo método que es la mamadera de gallo.

Y les puedo dar el ejem­plo de var­ios baches en mi memo­ria, de var­ios recuer­dos defor­ma­dos a través de los cuales he lle­gado a encon­trar intu­iciones, rayos de luz, tal vez cuchilla­zos de con­cien­cia. Hace más de veinte años leí Qué viva la música, de Andrés Caicedo, y no la he vuelto a leer. Y tengo un recuerdo que tam­poco he querido cor­rob­o­rar, pero que me dice cosas. Ricardito el mis­er­able, que se embor­racha en todas las fies­tas, siem­pre ter­mina haciendo escán­da­los, insul­tando a la gente, aca­bando con la reunión. Y siem­pre a la mañana sigu­iente se con­sigue el número tele­fónico de todas las per­sonas que asistieron y las llama, sin­ce­ra­mente aver­gon­zado, una por una, a pedirles com­pungi­das dis­cul­pas, hasta la próx­ima ocasión en que se vuelve a tirar en la fiesta para lla­mar al día sigu­iente a todo el mundo, y así ad infini­tum. Tengo dudas con ese recuerdo. Alguien en mí dice que quizás no ocurre así en la nov­ela y que he defor­mado el recuerdo hasta hal­larle el sen­tido que quiero. No he querido volver a Qué viva la música para mirar si eso pasa real­mente, porque ese sen­tido que he hal­lado con base en mi recuerdo incierto me parece más impor­tante. La pequeña his­to­ria de Ricardito es para mí, además de patética y gra­ciosa (gra­ciosa por lo patética), rev­e­ladora de un asunto humano que me interesa: la pul­sión, la fuerza del mon­struo interno que tengo; la imposi­bil­i­dad de dejar de ser el que se es, acom­pañada de la vergüenza de serlo. Algo que ya había dicho san Pablo con otras pal­abras: “Veo lo que debo hacer y hago lo que no quiero.” Entonces, inde­pen­di­en­te­mente de que mi recuerdo sea rig­uroso, la exis­ten­cia de esa nov­ela y mi lec­tura per­sonal de ella, fun­dada en mis propias pre­gun­tas, inqui­etudes, lim­ita­ciones y dra­mas (inde­pen­di­en­te­mente del rigor de los datos recor­da­dos), derivó en una inter­pretación que me ofre­ció pis­tas sobre mí. O sea sobre las demás per­sonas. Ya no importa si el recuerdo es pre­ciso, porque con los reta­zos de él creé o des­cubrí un nuevo sen­tido. Y así en muchas oca­siones se hace la lit­er­atura. Como esas can­ciones que uno ha can­tado mal toda la vida y después de los años alguien le da la noti­cia de que no dicen lo que uno siem­pre ha creído que dicen. Desde niño, por ejem­plo, escuché una can­ción de música román­tica en español, can­tada por Sabú cuyo coro decía: “San­dra rosa sasan­dra, que se va de la ciu­dad.” Y luego, casi a mis cuarenta años, alguien me hizo saber que el coro decía: “Manda rosas a San­dra, que se va de la ciu­dad.” ¿Estaba yo equiv­o­cado? Creo que no. Sólo que, sin saberlo, me inventé una nueva can­ción con base en la de Sabú, que ya no me importa. Es mi ver­sión, ¿quién dijo que la mía tenía que ser como la de Sabú?

En el extremo opuesto está el mito de la memo­ria en dos sen­ti­dos: como sinón­imo de inteligen­cia, de capaci­dad int­elec­tual y como garan­tía de la ver­dad, de veraci­dad. Se supone que el que se acuerda bien sabe en real­i­dad cómo fueron las cosas y cómo es la ver­dad. ¿Pero quién se acuerda bien? Quién recuerda las cosas tal como son si ni siquiera sabe­mos cómo son las cosas tal como son. Si incluso vién­dolas y recordán­dolas sólo ten­emos un acer­camiento frag­men­tario a ellas, medi­ado por nue­stros pre­juicios, gus­tos, aver­siones. “Usted no se acuerda sino de lo que le con­viene”, dice mi madre porque nunca sé donde dejo las llaves, ni cuál es el número de mi celu­lar, ni la hora de un compromiso.

Sí, incluso quien se acuerda de todo puede incur­rir en los errores de la pre­cisión, y pre­sen­tar unos recuer­dos “rig­urosos” de acuerdo con su con­ve­nien­cia incon­sciente, su necesi­dad o su visión del mundo (“A mí nunca se me va a olvi­dar la man­era como coqueteaste con mi prima el jueves 3 de noviem­bre del 2006 a las cua­tro y cinco de la tarde en la Ori­en­tal con La playa cuando vos tenías una camisa amar­illa y unos jeans rotos”). O una memo­ria rig­urosa sin ningún énfa­sis, que sim­ple­mente recu­pera datos, como ese autista de la película Rain man, que se aprendió de memo­ria el direc­to­rio tele­fónico. O como Funes el mem­o­rioso, que para recor­dar un día lo hacía con tal rigor que se podía gas­tar un día entero recordándolo.

En ese cuento Borges habla de la His­to­ria nat­ural de Plinio y cita el capí­tulo XXIV del libro VII (yendo al libro de Plinio me doy cuenta de que no es el capí­tulo XXIV sino el XXIII, como si se tratara de un olvido o una sutil ironía que quería dejar Borges, el otro mem­o­rioso, entre las líneas del cuento): “Ciro, rey de los per­sas, que sabía lla­mar por su nom­bre a todos los sol­da­dos de sus ejérci­tos; Mitrí­dates Eupa­tor, que admin­is­traba la jus­ti­cia en los 22 idiomas de su impe­rio.” Y si vamos directo a la His­to­ria nat­ural encon­tramos otros ejem­p­los: “Tam­bién cuen­tan del emper­ador Adri­ano que tenía tan grande memo­ria que todo cuanto leía una vez lo torn­aba a recitar con las mis­mas pal­abras sin errar en una sola y que al hom­bre que alguna vez le hablara no le desconocía jamás.” Pero Plinio cita además prodi­gios de desmemo­ria: “El emper­ador Clau­dio —según escribe Sue­to­nio Tran­quilo— era tan falto de memo­ria que teniendo a su mujer echada a su lado, pre­gunt­aba por ella y mand­aba que la lla­masen y habi­endo man­dado dar muerte a un con­se­jero suyo, le mando otro día a lla­mar para que viniese a consejo.”

Volva­mos al pro­pio Funes y al caso de la memo­ria por sí misma, como destreza men­tal que retiene y recuerda infor­ma­ciones y situa­ciones del pasado. A esa memo­ria que no busca la sín­te­sis, las rela­ciones entre los recuer­dos, el sen­tido hondo de los hechos. Dice el mismo nar­rador del cuento refir­ién­dose a Funes: “Éste, no lo olvidemos, era inca­paz de ideas gen­erales, platóni­cas. No sólo le costaba com­pren­der que el sím­bolo genérico perro abarca tan­tos indi­vid­uos dis­pares de diver­sos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de per­fil) tuviera el mismo nom­bre que el perro de la tres y cuarto (visto de frente)… Notaba los pro­gre­sos de la muerte, de la humedad. Era el soli­tario y lúcido espec­ta­dor de un mundo mul­ti­forme, instan­tá­neo y casi intol­er­a­ble­mente pre­ciso…” Sí, Funes podía men­tir porque record­aba la vida en todos sus frag­men­tos pero no la com­prendía. Y sufría por ello. Decir los datos de la ver­dad no es ser ver­dadero. Muchas veces la min­u­ciosi­dad es la mejor man­era de ocul­tar la falta de rigor. Como si con­tar algo con pelos y señales fuera dar cuenta de ello.

Pero hay una defini­ción que me interesa. La psi­cología cog­ni­tiva destaca la fac­ul­tad adap­ta­tiva de la memo­ria y dice que “su impor­tan­cia no rad­ica sólo en con­ser­var el pasado sino en hacer que a par­tir del pasado el futuro sea más orde­nado para, si es posi­ble, influir en él”. Ése es el tipo de recuerdo al que me refiero, el tipo de uso de la memo­ria que busco con los cuen­tos o las cróni­cas. Una creación de nuevos sen­ti­dos a par­tir de los sig­nifi­ca­dos de mi pasado. Una com­pren­sión de mi vida y de la de los demás a par­tir del recuerdo de las cosas que he visto, oído, gus­tado, tocado, hecho, recibido y de la man­era como he reac­cionado a ellas. Y como casi todo eso me pasa afuera, en relación con la gente, en las calles de las ciu­dades en que he vivido, en el con­texto del país en el que nací y crecí, se trata tam­bién de mi ver­sión de la his­to­ria de la sociedad y de la ciu­dad en donde me crié. La mía. Porque una ciu­dad es muchas ciu­dades y mis recuer­dos sólo tocan el pedazo de ciu­dad que me cor­re­spondió vivir. Para pre­tender hacer la ver­dadera his­to­ria de un país habría que recoger las memo­rias (no los recuer­dos pre­cisos, no los datos, sino los sen­ti­dos) de todos y cada uno de sus habi­tantes y expon­er­las en un gran mural que pudiera ver todo el mundo. Tal vez así sabríamos quiénes somos como sociedad, tal vez así no ten­dríamos una sola ver­sión de la vida (la de los medios masivos de comu­ni­cación, la de los his­to­ri­adores ofi­ciales, la de los dueños de todo), sino la ver­sión múlti­ple de una real­i­dad com­pleja, caótica, des­or­de­nada e inapre­hen­si­ble, pero mucho más cer­cana a la real­i­dad. Siem­pre me he pre­gun­tado cuál sería la ver­sión que de los hechos históri­cos tienen los que nunca son tenidos en cuenta. ¿Cómo sería la ver­sión de la señora del ser­vi­cio de la Quinta de San Pedro Ale­jan­drino, sobre la muerte de Bolí­var? ¿Agon­i­zando y diciendo: “Si mi muerte con­tribuye a que cesen los par­tidos y se con­solide la unión yo bajaré tran­quilo a sepul­cro”? No creo. A lo sumo Bolí­var diría: “dame agua” o “adiós, par­randa de mal­pari­dos ingratos” o “se acabó esta vaina” o nada.

Pienso en una sociedad que estu­viera regida por este cri­te­rio de escritor y tratara de recor­darse y cono­cerse a través de las memo­rias y los olvi­dos de las mil­lones de dis­ímiles per­sonas que la con­for­man. Una búsqueda del sen­tido de lo que nos ha pasado. Una memo­ria ver­dadera y más pare­cida a nues­tra real­i­dad. ¿Alguien se acuerda de la masacre de Oporto? ¿Algunos no saben qué es eso? ¿No les tocó? Con mayor razón deberían saberlo, sus padres debieron habérselo con­tado. Fue el 23 de junio de 1990, en un restau­rante lla­mado Oporto, entre Envi­gado y Medel­lín: var­ios hom­bres arma­dos sac­aron a las per­sonas que había en el nego­cio, los tiraron bocabajo en el par­queadero y le dis­pararon en la cabeza. Fueron 26 muer­tos. Tam­poco creo que sea muy útil recor­dar los detalles, las cifras (insumo de los peri­odis­tas). Más bien habría que con­ser­var en la memo­ria el sig­nifi­cado de ese evento para darnos cuenta de que nue­stro pre­sente es una ver­sión actu­al­izada de lo mismo de siem­pre. Y habría que escribirlo para que no se nos olvide el carác­ter atroz de las atrocidades.

Sí, ya he oído que la vida siem­pre sigue y que no hay que quedarse en lo ocur­rido. “Ay, qué pesado, qué pesado, siem­pre pen­sando en el pasado”, dice una can­ción de un grupo ochen­tero. ¿Pero están ust­edes seguros de que vivi­mos en el pre­sente? ¿Lo vivi­mos, lo trata­mos de com­pren­der? Yo me inven­taría una can­ción que dijera: “Ay, qué demente, qué demente, sólo pen­sando en el pre­sente.” Si uno no sabe de dónde viene el pre­sente per­manece en un tiempo sin sen­tido, como el de los noticieros de tele­visión. Incluso cuando hace­mos bor­rón y cuenta nueva, queda el bor­rón, nunca la página en blanco del prin­ci­pio. Caer para lev­an­tarse sí es caer: es “caer” para “lev­an­tarse”. Y quienes tanto propen­den porque olvidemos y sig­amos como si nada, creo que son los que siem­pre han vivido como si nada y se han ben­e­fi­ci­ado de lo que quieren que olvidemos.

Al cineasta Víc­tor Gaviria se le crit­ica por su insis­ten­cia en tratar los temas de la vio­len­cia, la pobreza y la mar­gin­al­i­dad, arguyendo que los colom­bianos no somos sólo eso y que esas épocas ya pasaron. No han pasado. E incluso si hubieran quedado atrás como hecho fác­tico, siguen ocur­riendo en sus con­se­cuen­cias, en la estela que dejaron. Las pul­siones oscuras, egoís­tas y agre­si­vas están en la base del ser humano y recor­darlo puede servir para pro­te­gernos de nosotros mis­mos. Los argenti­nos siguen escri­bi­endo libros, haciendo can­ciones y fil­mando pelícu­las sobre una dic­tadura que ter­minó hace casi treinta años. En los Estado Unidos se siguen haciendo pelícu­las sobre Viet­nam. En todas partes se sigue hablando y anal­izando la Segunda Guerra Mundial, que ter­minó en 1945. Nada de eso ha dejado de ser. Hace unos meses el escritor chileno Anto­nio Skármeta pub­licó una nov­ela sobre los últi­mos días de la dic­tadura de Pinochet y algún peri­odista le pre­guntó por qué otra vez con el mismo tema manido de los últi­mos años. Son­riendo, Skármeta con­testó que los humanos somos olvi­dadi­zos por nat­u­raleza y que una de las fun­ciones del escritor es evi­tar que olvidemos lo impor­tante. Jesu­cristo murió hace más de dos mil años, dijo, y los católi­cos siguen yendo a misa todos los domin­gos a escuchar las mis­mas pal­abras del mismo hom­bre. Por eso para mí la prin­ci­pal fuente de his­to­rias es esa gran enci­clo­pe­dia de lo que no me acuerdo. De lo mío que es tam­bién lo de quienes vivieron lo mismo o algo pare­cido. Y mis cuen­tos tienen razón de ser en la medida en que me ayu­dan a recor­dar el sen­tido de las cosas que voy olvi­dando. Nada más, el resto me parece infor­ma­ción o sim­ple vanidad.

Texto pub­li­cado en la edi­ción 146 de Crítica


Escrito por Luis Miguel Rivas

Luis Miguel Rivas, comu­ni­cador social, escritor y real­izador audio­vi­sual. Tanto en sus tex­tos como en sus videos realza el poder de la pal­abra y demues­tra su capaci­dad para ten­der puentes en los abis­mos de la soledad. Recrea el ambi­ente social de la Medel­lín de los años ochenta y comien­zos de los noventa, con his­to­rias comunes de la gente que no es famosa ni vive grandes aven­turas; his­to­rias que resaltan los con­flic­tos, las dudas, los miedos y sen­timien­tos de per­son­ajes sen­cil­los. Como escritor, aunque per­manece prác­ti­ca­mente inédito, sus relatos han servido para inspi­rar los guiones de difer­entes pro­duc­ciones audio­vi­suales y ha recibido las sigu­ientes dis­tin­ciones: Segundo Puesto Con­curso Nacional de Cuento Car­los Cas­tro Saave­dra (1996), Men­ción Con­curso Nacional de Cuento Ciu­dad de Bar­ran­caber­meja (1997), Men­ción Con­curso Nacional de Cuento de Navi­dad (Bogotá — 1997).

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