Por Luis Miguel Rivas
Les voy a contar una historia de la que no me acuerdo. Y por eso mismo quiero contarla. No sé cómo es el mecanismo que lleva a otras personas a escribir, pero en mi caso es el deseo de acordarme de cosas que no sé, de cosas que están en la base de mí, por debajo de los datos que he olvidado. Por eso en la mayoría de cosas que escribo parto de recuerdos, de asuntos que he visto o vivido o escuchado o que he escuchado o visto viviéndolos. Y luego trato de reconstruir las situaciones con base en los retazos que han quedado en mi memoria. No reconstruir tal cual, como si se tratara de un caso judicial o de una nota periodística, sino como quien trata de interpretar sus sueños y sabe que la anécdota, la historia, es sólo el vehículo sobre el que cabalga lo verdaderamente importante, las cosas que somos y no sabemos, esa esencia, el “por debajo” de uno. ¿Han tenido esa experiencia jabonosa y desesperante de tratar de recordar lo que acabamos de soñar? ¿De saber que el recuerdo está ahí en uno de los primeros cajones de nuestro archivo, sólo que no sabemos en cuál cajón y ni siquiera qué cajones tenemos? ¿Esa sensación de impotencia esperanzada ante el recuerdo inminente, que bautizamos con la expresión: “lo tengo en la puntica de la lengua”?
Así que, tratando de acordarme de lo que me pasó, leí, vi, escuché, gusté o toqué y que nunca volveré a reconstruir literalmente, busco acercarme un poco a lo que ya sabía desde chiquito, al recuerdo verdadero. Al tema esencial: a mí. En el proceso de escritura de guiones cinematográficos llaman a eso “el concepto”.
Les cuento un ejemplo que también está relacionado con la memoria. En una novela de Manuel Mejía Vallejo que leí hace años (¿tal vez Aire de tango?) hay un personaje que va a abandonar su pueblo y se despide de su novia. Ella le dice lo que dicen todas las novias o novios cuando el otro debe irse a regiones lejanas por tiempo indefinido:
—¿Me prometés que nunca me vas a olvidar? —le dice, palabras más palabras menos, la chica a su hombre.
—No sé, amor —contesta el novio—, sabés que tengo muy mala memoria.
Más o menos es así la anécdota, creo, porque no la recuerdo bien y no he querido buscar el libro para corroborar las palabras precisas, porque lo que quiero plantearles es lo siguiente: me acuerdo malamente de una situación, de dos personajes; pero para mí lo importante es la verdad que subyace en el espíritu de esa anécdota, no el rigor de los datos. No las palabras literales del diálogo. A través de esa breve situación chistosa, debajo de ella, hay todo un cuestionamiento de los clichés del amor, tal vez una crítica a los lugares comunes con los que se expresan los enamorados. Una vuelta de cabezas a valores y prácticas, a través de ese efectivo método que es la mamadera de gallo.
Y les puedo dar el ejemplo de varios baches en mi memoria, de varios recuerdos deformados a través de los cuales he llegado a encontrar intuiciones, rayos de luz, tal vez cuchillazos de conciencia. Hace más de veinte años leí Qué viva la música, de Andrés Caicedo, y no la he vuelto a leer. Y tengo un recuerdo que tampoco he querido corroborar, pero que me dice cosas. Ricardito el miserable, que se emborracha en todas las fiestas, siempre termina haciendo escándalos, insultando a la gente, acabando con la reunión. Y siempre a la mañana siguiente se consigue el número telefónico de todas las personas que asistieron y las llama, sinceramente avergonzado, una por una, a pedirles compungidas disculpas, hasta la próxima ocasión en que se vuelve a tirar en la fiesta para llamar al día siguiente a todo el mundo, y así ad infinitum. Tengo dudas con ese recuerdo. Alguien en mí dice que quizás no ocurre así en la novela y que he deformado el recuerdo hasta hallarle el sentido que quiero. No he querido volver a Qué viva la música para mirar si eso pasa realmente, porque ese sentido que he hallado con base en mi recuerdo incierto me parece más importante. La pequeña historia de Ricardito es para mí, además de patética y graciosa (graciosa por lo patética), reveladora de un asunto humano que me interesa: la pulsión, la fuerza del monstruo interno que tengo; la imposibilidad de dejar de ser el que se es, acompañada de la vergüenza de serlo. Algo que ya había dicho san Pablo con otras palabras: “Veo lo que debo hacer y hago lo que no quiero.” Entonces, independientemente de que mi recuerdo sea riguroso, la existencia de esa novela y mi lectura personal de ella, fundada en mis propias preguntas, inquietudes, limitaciones y dramas (independientemente del rigor de los datos recordados), derivó en una interpretación que me ofreció pistas sobre mí. O sea sobre las demás personas. Ya no importa si el recuerdo es preciso, porque con los retazos de él creé o descubrí un nuevo sentido. Y así en muchas ocasiones se hace la literatura. Como esas canciones que uno ha cantado mal toda la vida y después de los años alguien le da la noticia de que no dicen lo que uno siempre ha creído que dicen. Desde niño, por ejemplo, escuché una canción de música romántica en español, cantada por Sabú cuyo coro decía: “Sandra rosa sasandra, que se va de la ciudad.” Y luego, casi a mis cuarenta años, alguien me hizo saber que el coro decía: “Manda rosas a Sandra, que se va de la ciudad.” ¿Estaba yo equivocado? Creo que no. Sólo que, sin saberlo, me inventé una nueva canción con base en la de Sabú, que ya no me importa. Es mi versión, ¿quién dijo que la mía tenía que ser como la de Sabú?
En el extremo opuesto está el mito de la memoria en dos sentidos: como sinónimo de inteligencia, de capacidad intelectual y como garantía de la verdad, de veracidad. Se supone que el que se acuerda bien sabe en realidad cómo fueron las cosas y cómo es la verdad. ¿Pero quién se acuerda bien? Quién recuerda las cosas tal como son si ni siquiera sabemos cómo son las cosas tal como son. Si incluso viéndolas y recordándolas sólo tenemos un acercamiento fragmentario a ellas, mediado por nuestros prejuicios, gustos, aversiones. “Usted no se acuerda sino de lo que le conviene”, dice mi madre porque nunca sé donde dejo las llaves, ni cuál es el número de mi celular, ni la hora de un compromiso.
Sí, incluso quien se acuerda de todo puede incurrir en los errores de la precisión, y presentar unos recuerdos “rigurosos” de acuerdo con su conveniencia inconsciente, su necesidad o su visión del mundo (“A mí nunca se me va a olvidar la manera como coqueteaste con mi prima el jueves 3 de noviembre del 2006 a las cuatro y cinco de la tarde en la Oriental con La playa cuando vos tenías una camisa amarilla y unos jeans rotos”). O una memoria rigurosa sin ningún énfasis, que simplemente recupera datos, como ese autista de la película Rain man, que se aprendió de memoria el directorio telefónico. O como Funes el memorioso, que para recordar un día lo hacía con tal rigor que se podía gastar un día entero recordándolo.
En ese cuento Borges habla de la Historia natural de Plinio y cita el capítulo XXIV del libro VII (yendo al libro de Plinio me doy cuenta de que no es el capítulo XXIV sino el XXIII, como si se tratara de un olvido o una sutil ironía que quería dejar Borges, el otro memorioso, entre las líneas del cuento): “Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio.” Y si vamos directo a la Historia natural encontramos otros ejemplos: “También cuentan del emperador Adriano que tenía tan grande memoria que todo cuanto leía una vez lo tornaba a recitar con las mismas palabras sin errar en una sola y que al hombre que alguna vez le hablara no le desconocía jamás.” Pero Plinio cita además prodigios de desmemoria: “El emperador Claudio —según escribe Suetonio Tranquilo— era tan falto de memoria que teniendo a su mujer echada a su lado, preguntaba por ella y mandaba que la llamasen y habiendo mandado dar muerte a un consejero suyo, le mando otro día a llamar para que viniese a consejo.”
Volvamos al propio Funes y al caso de la memoria por sí misma, como destreza mental que retiene y recuerda informaciones y situaciones del pasado. A esa memoria que no busca la síntesis, las relaciones entre los recuerdos, el sentido hondo de los hechos. Dice el mismo narrador del cuento refiriéndose a Funes: “Éste, no lo olvidemos, era incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarca tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de la tres y cuarto (visto de frente)… Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso…” Sí, Funes podía mentir porque recordaba la vida en todos sus fragmentos pero no la comprendía. Y sufría por ello. Decir los datos de la verdad no es ser verdadero. Muchas veces la minuciosidad es la mejor manera de ocultar la falta de rigor. Como si contar algo con pelos y señales fuera dar cuenta de ello.
Pero hay una definición que me interesa. La psicología cognitiva destaca la facultad adaptativa de la memoria y dice que “su importancia no radica sólo en conservar el pasado sino en hacer que a partir del pasado el futuro sea más ordenado para, si es posible, influir en él”. Ése es el tipo de recuerdo al que me refiero, el tipo de uso de la memoria que busco con los cuentos o las crónicas. Una creación de nuevos sentidos a partir de los significados de mi pasado. Una comprensión de mi vida y de la de los demás a partir del recuerdo de las cosas que he visto, oído, gustado, tocado, hecho, recibido y de la manera como he reaccionado a ellas. Y como casi todo eso me pasa afuera, en relación con la gente, en las calles de las ciudades en que he vivido, en el contexto del país en el que nací y crecí, se trata también de mi versión de la historia de la sociedad y de la ciudad en donde me crié. La mía. Porque una ciudad es muchas ciudades y mis recuerdos sólo tocan el pedazo de ciudad que me correspondió vivir. Para pretender hacer la verdadera historia de un país habría que recoger las memorias (no los recuerdos precisos, no los datos, sino los sentidos) de todos y cada uno de sus habitantes y exponerlas en un gran mural que pudiera ver todo el mundo. Tal vez así sabríamos quiénes somos como sociedad, tal vez así no tendríamos una sola versión de la vida (la de los medios masivos de comunicación, la de los historiadores oficiales, la de los dueños de todo), sino la versión múltiple de una realidad compleja, caótica, desordenada e inaprehensible, pero mucho más cercana a la realidad. Siempre me he preguntado cuál sería la versión que de los hechos históricos tienen los que nunca son tenidos en cuenta. ¿Cómo sería la versión de la señora del servicio de la Quinta de San Pedro Alejandrino, sobre la muerte de Bolívar? ¿Agonizando y diciendo: “Si mi muerte contribuye a que cesen los partidos y se consolide la unión yo bajaré tranquilo a sepulcro”? No creo. A lo sumo Bolívar diría: “dame agua” o “adiós, parranda de malparidos ingratos” o “se acabó esta vaina” o nada.
Pienso en una sociedad que estuviera regida por este criterio de escritor y tratara de recordarse y conocerse a través de las memorias y los olvidos de las millones de disímiles personas que la conforman. Una búsqueda del sentido de lo que nos ha pasado. Una memoria verdadera y más parecida a nuestra realidad. ¿Alguien se acuerda de la masacre de Oporto? ¿Algunos no saben qué es eso? ¿No les tocó? Con mayor razón deberían saberlo, sus padres debieron habérselo contado. Fue el 23 de junio de 1990, en un restaurante llamado Oporto, entre Envigado y Medellín: varios hombres armados sacaron a las personas que había en el negocio, los tiraron bocabajo en el parqueadero y le dispararon en la cabeza. Fueron 26 muertos. Tampoco creo que sea muy útil recordar los detalles, las cifras (insumo de los periodistas). Más bien habría que conservar en la memoria el significado de ese evento para darnos cuenta de que nuestro presente es una versión actualizada de lo mismo de siempre. Y habría que escribirlo para que no se nos olvide el carácter atroz de las atrocidades.
Sí, ya he oído que la vida siempre sigue y que no hay que quedarse en lo ocurrido. “Ay, qué pesado, qué pesado, siempre pensando en el pasado”, dice una canción de un grupo ochentero. ¿Pero están ustedes seguros de que vivimos en el presente? ¿Lo vivimos, lo tratamos de comprender? Yo me inventaría una canción que dijera: “Ay, qué demente, qué demente, sólo pensando en el presente.” Si uno no sabe de dónde viene el presente permanece en un tiempo sin sentido, como el de los noticieros de televisión. Incluso cuando hacemos borrón y cuenta nueva, queda el borrón, nunca la página en blanco del principio. Caer para levantarse sí es caer: es “caer” para “levantarse”. Y quienes tanto propenden porque olvidemos y sigamos como si nada, creo que son los que siempre han vivido como si nada y se han beneficiado de lo que quieren que olvidemos.
Al cineasta Víctor Gaviria se le critica por su insistencia en tratar los temas de la violencia, la pobreza y la marginalidad, arguyendo que los colombianos no somos sólo eso y que esas épocas ya pasaron. No han pasado. E incluso si hubieran quedado atrás como hecho fáctico, siguen ocurriendo en sus consecuencias, en la estela que dejaron. Las pulsiones oscuras, egoístas y agresivas están en la base del ser humano y recordarlo puede servir para protegernos de nosotros mismos. Los argentinos siguen escribiendo libros, haciendo canciones y filmando películas sobre una dictadura que terminó hace casi treinta años. En los Estado Unidos se siguen haciendo películas sobre Vietnam. En todas partes se sigue hablando y analizando la Segunda Guerra Mundial, que terminó en 1945. Nada de eso ha dejado de ser. Hace unos meses el escritor chileno Antonio Skármeta publicó una novela sobre los últimos días de la dictadura de Pinochet y algún periodista le preguntó por qué otra vez con el mismo tema manido de los últimos años. Sonriendo, Skármeta contestó que los humanos somos olvidadizos por naturaleza y que una de las funciones del escritor es evitar que olvidemos lo importante. Jesucristo murió hace más de dos mil años, dijo, y los católicos siguen yendo a misa todos los domingos a escuchar las mismas palabras del mismo hombre. Por eso para mí la principal fuente de historias es esa gran enciclopedia de lo que no me acuerdo. De lo mío que es también lo de quienes vivieron lo mismo o algo parecido. Y mis cuentos tienen razón de ser en la medida en que me ayudan a recordar el sentido de las cosas que voy olvidando. Nada más, el resto me parece información o simple vanidad.
Texto publicado en la edición 146 de Crítica
Escrito por Luis Miguel Rivas
Luis Miguel Rivas, comunicador social, escritor y realizador audiovisual. Tanto en sus textos como en sus videos realza el poder de la palabra y demuestra su capacidad para tender puentes en los abismos de la soledad. Recrea el ambiente social de la Medellín de los años ochenta y comienzos de los noventa, con historias comunes de la gente que no es famosa ni vive grandes aventuras; historias que resaltan los conflictos, las dudas, los miedos y sentimientos de personajes sencillos. Como escritor, aunque permanece prácticamente inédito, sus relatos han servido para inspirar los guiones de diferentes producciones audiovisuales y ha recibido las siguientes distinciones: Segundo Puesto Concurso Nacional de Cuento Carlos Castro Saavedra (1996), Mención Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Barrancabermeja (1997), Mención Concurso Nacional de Cuento de Navidad (Bogotá — 1997).


































