Traducir a Beckett

06
jun

Alguna gente forja su pro­pio des­tino, otra es arro­jada a él por la opor­tu­nidad, la geografía o los dioses. En mi caso, fue una com­bi­nación de la opor­tu­nidad y la geografía, pues en el otoño de 1951 me mudé de mi aguil­era del octavo piso (el cuarto de ser­vi­cio) en una abom­inable pen­sion de famille en la rue Jacob a un alo­jamiento mucho más amplio en el número 8 de la rue du Sabot, atrás de St.-Germain des Prés.

Para lle­gar a St-Germain, con su mul­ti­tud de acoge­dores cafés, tenía casi inevitable­mente que atrav­esar la rue Bernard Palissy, una minús­cula calle empe­drada que alber­gaba una panadería, una ver­d­ulería, una lavan­dería, una carpin­tería y, sor­pren­den­te­mente, una casa edi­tora en ciernes, Les Edi­tions de Minuit. Hasta hacía poco el local ocu­pado por Minuit había sido un bur­del, el cual había sido cer­rado tres años antes por una banda de cruza­dos anti­sex­u­ales en un vano intento de limpiar el alma gala y, con ella, opti­mis­ta­mente, el cuerpo. Pero el punto clave de ese cam­bio de pro­fe­siones es que el local del número 7 de la rue Bernard Palissy estaba equipado con dos aparadores, uno a cada lada de la puerta; antigua­mente llenos con las imá­genes de atrac­tivos cuer­pos femeni­nos, ahora lo esta­ban con libros recién impre­sos. Como siem­pre pasaba frente al número 7 en mi camino a mis cuar­te­les en los cafés Deux Magots y Royale, no podía evi­tar checar los títu­los, en espe­cial dos puestos codo con codo, Mol­loy y Mal­one meurt, que porta­ban un nom­bre, Samuel Beck­ett, que hizo sonar algo en mí. Yo estaba muy metido con Joyce en ese tiempo, para mí el santo patrono de la lit­er­atura mod­erna, y el nom­bre de Beck­ett había apare­cido fre­cuente­mente en el con­texto joyceano. Lo único que sabía era que él tam­bién era irlandés, había lle­gado, prove­niente del Trin­ity Col­lege de Dublín, como lecteur a la Ecole Nor­male Supéri­ore de París —un signo de dis­tin­ción— y que él y un amigo francés, Alfred Péron, habían tra­ducido el episo­dio “Ana Livia Plura­belle” de Finnegans Wake al francés, y que había con­tribuido con el ensayo intro­duc­to­rio a la colec­ción de doce ensayos sobre el mae­stro, apropi­ada­mente tit­u­lada Our exag­mi­na­tion round his fac­t­i­fi­ca­tion for incam­i­na­tion of work in progress. Me pare­ció recor­dar tam­bién que había pub­li­cado una o dos nov­e­las en inglés, con poco o ningún éxito. Pero lo que en mi mente me seguía pre­gun­tando era ¿qué hacía él, un escritor irlandés, en las vit­ri­nas de Minuit, un edi­tor francés? Ah, me dije, debe ser una tra­duc­ción. De modo que me fui cor­riendo a la libr­ería inglesa de la rue de Seine, donde el propi­etario, Gaït Frogé, me dijo que jamás había oído hablar de Mol­loy o Mal­one en inglés, luego fui a la libr­ería Mis­tral de George Whit­man y la respuesta fue la misma. Con­cluí, casi, que los libros debieron haber sido escritos en francés. Extraño…

Aquí, si puedo citarme a mí mismo, un pasaje escrito treinta años antes: “Final­mente la curiosi­dad se impuso a la avari­cia: una mañana, en mi recor­rido a St-Germain des Prés, fui al número 7 y com­pré los dos libros. Más tarde, ese día, abrí Mol­loy y comencé a leer: ‘Je suis dans la cham­bre de ma mère. C’est moi qui y vis main­tenant. Je ne sais com­ment j’y suis arrive…’ Antes de medi­anoche había acabado Mol­loy. No pre­tendo que entendí todo lo que leí, pero si existe algo como la con­mo­ción de un des­cubrim­iento, lo exper­i­menté ese día. La sim­pli­ci­dad, la belleza, sí, y el ter­ror de las pal­abras me impre­sion­aron como pocas cosas lo habían hecho antes o lo hicieron desde entonces. Y la visión del hom­bre del mundo, su hon­esta y dolorosa descrip­ción de la misma, su posi­ción sin ilu­siones. Y el humor; Dios, el humor… Esperé un día o dos, luego releí Mol­loy; estuve ten­tado de zam­bul­lirme en Mal­one, pero resistí la tentación como resiste uno la seduc­ción. La segunda lec­tura fue más exci­tante que la primera. Seguí con Mal­one. Tan buena como la primera. Dos tra­ba­jos sor­pren­dentes. Milagros.”

Un poco después me vi involu­crado en una nueva revista lit­er­aria pub­li­cada en París, Mer­lin, cuyo primer número apare­ció en la pri­mav­era de 1952 edi­tada por un tal­en­toso y caris­mático escocés, Alex Troc­chi. Cuando nos vimos lo abrumé con mi exu­ber­ante, inter­minable descrip­ción de la obra de Beck­ett. “Nunca había leído a nadie como él,” insistí. “Com­ple­ta­mente nuevo, com­ple­ta­mente difer­ente. Tal vez más impor­tante que Joyce.” Final­mente, quizás para detener el tor­rente, Trochi dijo: “Bueno, si este hom­bre es tan mar­avil­loso ¿por qué no escribes un ensayo sobre él?” Lo cual hice en el segundo número. Tit­u­lado “Samuel Beck­ett, una intro­duc­ción”, comen­z­aba: “Samuel Beck­ett, hace largo tiempo estable­cido en Fran­cia, ha pub­li­cado recien­te­mente dos nov­e­las que si bien desafían cualquier comen­tario, mere­cen la aten­ción de todo aquel intere­sado en la lit­er­atura de este siglo…”

Si excep­tu­amos la frase “si bien desafían cualquier comen­tario”, ese juicio es uno que sostengo todavía.

Cuando apare­ció el número en otoño, llevé un ejem­plar a Minuit con una nota para el edi­tor, Jérôme Lin­don, pre­gun­tando si podría hacérsela lle­gar, por favor, a Beck­ett. Cuando la sec­re­taria le comu­nicó el propósito de mi visita, él le dijo que me hiciera pasar, pero lo que no sabía es que su opinión sobre su des­cubrim­iento irlandés era seme­jante a la mía. Un hom­bre alto, ascético, con una línea de cabello que comen­z­aba a retro­ceder —estaba todavía en sus veinte— y una mirada intensa como jamás había visto, lucía un impeca­ble traje oscuro y una cor­bata que hacía juego. En mi traje color caqui de fajina de dese­cho, me sentí un poco incó­modo y fuera de lugar, pero él pronto me hizo sen­tir a gusto. Me ase­guró que se lo haría lle­gar a Beck­ett, luego soltó que si bien estaba escri­bi­endo en francés, durante la guerra había escrito una nov­ela en inglés aún no pub­li­cada lla­mada Watt. Debo haber saltado de mi asiento. ¿Podía verla, con el fin de pub­licar un frag­mento en la revista? Él no sabía de la situación de la nov­ela, creía que estaba cir­cu­lando en Inglaterra, pero pre­gun­taría. Partí feliz con la noticia.

Pasaron meses sin tener una respuesta de Beck­ett. O no le había gus­tado mi ensayo, pensé, o no le interesaba mostrarnos Watt. Para ese momento, al final del otoño, mi habitación en la rue Sabot se habían con­ver­tidos en las ofic­i­nas de Mer­lin, donde todos los involu­cra­dos nos reuníamos dos o tres veces por sem­ana para dis­cu­tir la revista, el estado del mundo y los seduc­tores méri­tos de París. Casi habíamos per­dido nues­tras esper­an­zas con Beck­ett cuando al final de una tarde, en noviem­bre, durante un nada desacos­tum­brado aguacero parisino, alguien tocó a la puerta. Abrí y vi a un hom­bre alto, demacrado, con un imper­me­able chor­re­ante, el cual sacó, de los pliegues de su imper­me­able, un paquete húmedo. ‘Entiendo que pidió usted esto.’ Se dio la vuelta y desa­pare­ció en la noche. Al abrir el paquete vi que era la larga­mente esper­ada Watt, entre­gada per­sonal­mente por el mis­te­rioso Mr. Beck­ett. La mayor parte de Mer­lin estaba ahí ese día, y he con­tado en otro lugar como nos quedamos casi toda la noche, leyendo por turnos las pági­nas hasta que nues­tra gar­ganta se cerraba o hasta que la risa o las lágri­mas sell­aba nue­stros labios.

Pub­li­camos un largo frag­mento de Watt en nue­stro sigu­iente número. Beck­ett había señal­ado cuál frag­mento podíamos usar: el inven­tario de Mr. Knott de las posi­bil­i­dades de su atuendo (“En cuanto a sus pies, algu­nas veces usaba en cada uno de ellos un cal­cetín, o en uno un cal­cetín y en el otro una media, o una bota, o un zap­ato, o una pantu­fla, o un cal­cetín y una bota, o un cal­cetín y un zap­ato, o un cal­cetín y una pantu­fla, o nada en abso­luto…”) y las diver­sas per­muta­ciones de los mue­bles de su habitación (“Así, no era raro encon­trar, los domin­gos, la cabecera de la cómoda junto al fuego, la cabecera del tocador junto a la cama, el tabu­rete boca abajo junto a la puerta, y la palan­gana boca abajo junto a la ven­tana; y el lunes, la cómoda junto a la cama…” etc. ). Sospeché entonces, y más tarde lo con­firmé, que al especi­ficar ese pasaje, Beck­ett estaba some­tiendo a prueba la fibra lit­er­aria de la revista, pues al sacarlo de con­texto podría ser juz­gado pedante o abur­ri­da­mente exper­i­men­tal, lo cual en ver­dad, según algunos de nue­stros lec­tores, sucedió. Pero no nos pre­ocupó: teníamos una mis­ión y Beck­ett era nue­stro emblema. De hecho, en casi todos los números a par­tir de entonces, algo de Beck­ett honraba nues­tras pági­nas. Lo que es más, después de perder pequeñas pero dolorosas can­ti­dades en la revista, al sigu­iente año decidi­mos expandirnos y ver si podíamos liq­uidar nues­tras deu­das pub­li­cando libros. Y, por supuesto, el primer libro que elegi­mos fue Watt.

Cuando inves­ti­gaba para escribir el ensayo sobre Beck­ett, des­cubrí que había pub­li­cado antes dos cuen­tos lar­gos escritos en francés, uno lla­mado “Suite”, en Les Temps Mod­ernes de Sartre, y el otro, “L’expulsé”, en Fontaine. Ambos eran mag­ní­fi­cos, y le pre­gunté a Beck­ett si podíamos pub­licar alguno de ellos. “El único prob­lema, dijo, es que nece­si­tan ser tra­duci­dos, y yo no tengo ni la incli­nación ni el tiempo para hac­erlo.” Luego sus ojos se ilu­mi­naron. “¿Por qué no inten­tas tú con uno?” Vac­ilé. “Cuando lo ter­mines lo revis­are­mos jun­tos”, me ase­guró. En la locura de mi juven­tud, dije que sí. Locura porque estaba sen­tado con un hom­bre cuyo dominio del inglés era extra­or­di­nario, tal vez único —lo había sostenido yo en letras de imprenta— y tenía que recrear, en su lengua materna, su pro­pio lenguaje. Aún así, me puse a tra­ba­jar, seguro de que podía ter­mi­nar la tarea en un par de sem­anas, apresurado por Troc­chi que quería el cuento para el sigu­iente número. Dos meses después todavía batal­laba con él, revisando, pen­sando: ¿cómo habría dicho Becket esto? Final­mente no pude hacer más y puse las pági­nas en el correo.

Unos días después me envió una tar­jeta postal que decía que yo había hecho un buen tra­bajo y me pro­ponía que nos viéramos en el Dôme, para echarle un vis­tazo. Lo hici­mos de inmedi­ato a las 4:00 p.m., una hora en que los clientes eran esca­sos, en el fondo, donde estu­vi­mos solos. Beck­ett tenía mis pági­nas y la edi­ción francesa lado a lado, listo para comen­zar. Con las cervezas que ped­i­mos frente a nosotros, leí­mos mis primeras líneas: “Me vistieron y me dieron algo de dinero. Yo sabía para qué era el dinero, era para mis gas­tos de viaje. Cuando se acabe, me dijeron, ten­dría que con­seguir más si quería seguir viajando.”

Beck­ett estu­di­aba primero la ver­sión en inglés, luego en francés, luego vuelta a lo mismo, sus lentes de aros de alam­bre empu­ja­dos hacia el espeso mechón de cabel­los grises, bizque­ando, luego sacu­d­i­endo la cabeza. Mi corazón, para decirlo de algún modo, col­gaba de un hilo. Era claro que mi tra­duc­ción era inade­cuada. Pero estaba equiv­o­cado; era el orig­i­nal lo que le dis­gustaba. “No se puede tra­ducir esto, dijo en ref­er­en­cia al pasaje que seguía, no tiene sen­tido.” Más bizqueo y la com­para­ción pro­dujo una respuesta opti­mista. “Es bueno —dijo—, las primeras francés se dejan leer muy bien. Pero ¿qué te parece si empleamos la pal­abra ‘taparon’ en lugar de ‘vistieron’? ‘Me taparon y me dieron algo de dinero.’ ¿Te parece que suena mejor?

”Sí, claro, la pal­abra ‘taparon’ era mejor.

”‘En la sigu­iente frase —dijo—, estás en lo cor­recto lit­eral­mente. En francés lo escribí así ‘gas­tos de viaje’. Pero tal vez lo podemos hacer más estricto, decir algo como ‘era para que me fuera’ o ‘era para que comen­zara a moverme.’ ¿Te gusta alguna de las dos?” Así seguimos, frase tras frase, Beck­ett elo­giando mi tra­duc­ción como pre­lu­dio para mold­earla como real­mente quería, tra­ba­jando aquí con una pal­abra, ahí con una frase, elim­i­nando, cor­tando, com­prim­iendo, siem­pre encon­trando no sólo le mot juste, sino tam­bién la phrase juste, cam­biando lo ordi­nario por lo poético, hasta que la prosa san­graba. Jamás para su sat­is­fac­ción, estoy seguro, pero sí para mi oído. Bajo la varita mág­ica de Beck­ett el pasaje quedó como sigue: “Me taparon y dieron algo de dinero. Yo sabía para qué era el dinero, era para que me fuera. Si quería seguir via­jando cuando se acabara, ten­dría que con­seguir más.”

Durante todas esas (para mí) instruc­ti­vas sesiones, Beck­ett estuvo sufriendo vis­i­ble­mente, pues revisar un texto que había dejado atrás var­ios años antes y a par­tir del cual había pasado a otros nive­les y otras ideas, era sin duda doloroso. Final­mente, durante una de nues­tras sesiones sabati­nas, como respuesta a un largo momento par­tic­u­lar­mente deses­per­ado de su parte, dejé escapar: “¿Pero, Mr. Beck­ett, no se da cuenta de lo impor­tante que es usted como escritor? ¡Usted es mil veces más impor­tante que… Albert Camus, por ejem­plo!” En mis ansias por superla­tivos había caído en el escritor francés con­tem­porá­neo que era en ese entonces mundial­mente famoso. Ante esa entu­si­asta declaración juve­nil, obvi­a­mente extrav­a­gante, Beck­ett me miró con com­pasión; sus ras­gos de hal­cón refle­ja­ban una respuesta entre deses­per­ada e incré­dula: “No sabes lo que dices, Dick —dijo moviendo su cabeza tris­te­mente—, nadie está intere­sado en esta… basura”, y señaló con des­pre­cio al mon­tón de pági­nas del man­u­scrito en la mesa. “Camus —rió—, ¡Camus es cono­cido hasta en la luna!”

Su sin­cera acti­tud de automenos­pre­cio me entris­te­ció, pues tenía la con­vic­ción, que había con­ser­vado infal­i­ble­mente desde mi primer encuen­tro con su obra, de que, tarde o tem­prano, el mundo des­cubriría y recono­cería como era debido a este gran hom­bre. Pero no es que su neg­a­tiva opinión sobre su tra­bajo estu­viera basada sólo en su predilec­ción por el pes­imismo. Después de todo, este hom­bre había estado escri­bi­endo ince­san­te­mente desde los 22 años, y ahora alcan­z­aba los cin­cuenta con no más de un puñado de ami­gos y fanáti­cos como nosotros que se interesaba por su trabajo.

Cuando final­mente ter­mi­namos a su sat­is­fac­ción “The end” (título que final­mente adoptó “Suite”), Beck­ett me pre­guntó —para mi sor­presa y no menor placer, pues un voto de con­fi­anza de él restau­raba en amplia medida la humilde expe­ri­en­cia de nues­tra tarea con­junta— si me gus­taría tra­ducir otro cuento, “L’expulsé”. Vac­ilé. “¿Esta seguró de que no quiere hac­erlo usted mismo?” Aven­turé. “No, para nada —dijo—, no podría, sen­cil­la­mente no podría. Es una gran ayuda, Dick, creeme.” Así que dije que lo haría, y lo hice.

Lo que ninguno de los dos podía saber durante esas largas —y para mí priv­i­le­giadas— tardes de otoño, era que la vida de Beck­ett estaba a punto de cam­biar, y de cam­biar dramáti­ca­mente, pues su segunda obra de teatro, mucho tiempo man­tenida lejos de las tablas por el des­tino y los capri­chos teatrales, estaba a punto de estre­narse a prin­ci­p­ios del año sigu­iente, impul­sán­dolo repenti­na­mente a la fama que merecía y trans­for­mando su vida, pública y pri­vada, para siem­pre. Ade­cuada­mente lla­mada por un hom­bre que había esper­ado tanto La espera, luego fue mod­i­fi­cada y lla­mada final­mente Esperando a Godot.

Texto pub­li­cado en la edi­ción 148 de Crítica


Escrito por Richard Seaver

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