Alguna gente forja su propio destino, otra es arrojada a él por la oportunidad, la geografía o los dioses. En mi caso, fue una combinación de la oportunidad y la geografía, pues en el otoño de 1951 me mudé de mi aguilera del octavo piso (el cuarto de servicio) en una abominable pension de famille en la rue Jacob a un alojamiento mucho más amplio en el número 8 de la rue du Sabot, atrás de St.-Germain des Prés.
Para llegar a St-Germain, con su multitud de acogedores cafés, tenía casi inevitablemente que atravesar la rue Bernard Palissy, una minúscula calle empedrada que albergaba una panadería, una verdulería, una lavandería, una carpintería y, sorprendentemente, una casa editora en ciernes, Les Editions de Minuit. Hasta hacía poco el local ocupado por Minuit había sido un burdel, el cual había sido cerrado tres años antes por una banda de cruzados antisexuales en un vano intento de limpiar el alma gala y, con ella, optimistamente, el cuerpo. Pero el punto clave de ese cambio de profesiones es que el local del número 7 de la rue Bernard Palissy estaba equipado con dos aparadores, uno a cada lada de la puerta; antiguamente llenos con las imágenes de atractivos cuerpos femeninos, ahora lo estaban con libros recién impresos. Como siempre pasaba frente al número 7 en mi camino a mis cuarteles en los cafés Deux Magots y Royale, no podía evitar checar los títulos, en especial dos puestos codo con codo, Molloy y Malone meurt, que portaban un nombre, Samuel Beckett, que hizo sonar algo en mí. Yo estaba muy metido con Joyce en ese tiempo, para mí el santo patrono de la literatura moderna, y el nombre de Beckett había aparecido frecuentemente en el contexto joyceano. Lo único que sabía era que él también era irlandés, había llegado, proveniente del Trinity College de Dublín, como lecteur a la Ecole Normale Supériore de París —un signo de distinción— y que él y un amigo francés, Alfred Péron, habían traducido el episodio “Ana Livia Plurabelle” de Finnegans Wake al francés, y que había contribuido con el ensayo introductorio a la colección de doce ensayos sobre el maestro, apropiadamente titulada Our exagmination round his factification for incamination of work in progress. Me pareció recordar también que había publicado una o dos novelas en inglés, con poco o ningún éxito. Pero lo que en mi mente me seguía preguntando era ¿qué hacía él, un escritor irlandés, en las vitrinas de Minuit, un editor francés? Ah, me dije, debe ser una traducción. De modo que me fui corriendo a la librería inglesa de la rue de Seine, donde el propietario, Gaït Frogé, me dijo que jamás había oído hablar de Molloy o Malone en inglés, luego fui a la librería Mistral de George Whitman y la respuesta fue la misma. Concluí, casi, que los libros debieron haber sido escritos en francés. Extraño…
Aquí, si puedo citarme a mí mismo, un pasaje escrito treinta años antes: “Finalmente la curiosidad se impuso a la avaricia: una mañana, en mi recorrido a St-Germain des Prés, fui al número 7 y compré los dos libros. Más tarde, ese día, abrí Molloy y comencé a leer: ‘Je suis dans la chambre de ma mère. C’est moi qui y vis maintenant. Je ne sais comment j’y suis arrive…’ Antes de medianoche había acabado Molloy. No pretendo que entendí todo lo que leí, pero si existe algo como la conmoción de un descubrimiento, lo experimenté ese día. La simplicidad, la belleza, sí, y el terror de las palabras me impresionaron como pocas cosas lo habían hecho antes o lo hicieron desde entonces. Y la visión del hombre del mundo, su honesta y dolorosa descripción de la misma, su posición sin ilusiones. Y el humor; Dios, el humor… Esperé un día o dos, luego releí Molloy; estuve tentado de zambullirme en Malone, pero resistí la tentación como resiste uno la seducción. La segunda lectura fue más excitante que la primera. Seguí con Malone. Tan buena como la primera. Dos trabajos sorprendentes. Milagros.”
Un poco después me vi involucrado en una nueva revista literaria publicada en París, Merlin, cuyo primer número apareció en la primavera de 1952 editada por un talentoso y carismático escocés, Alex Trocchi. Cuando nos vimos lo abrumé con mi exuberante, interminable descripción de la obra de Beckett. “Nunca había leído a nadie como él,” insistí. “Completamente nuevo, completamente diferente. Tal vez más importante que Joyce.” Finalmente, quizás para detener el torrente, Trochi dijo: “Bueno, si este hombre es tan maravilloso ¿por qué no escribes un ensayo sobre él?” Lo cual hice en el segundo número. Titulado “Samuel Beckett, una introducción”, comenzaba: “Samuel Beckett, hace largo tiempo establecido en Francia, ha publicado recientemente dos novelas que si bien desafían cualquier comentario, merecen la atención de todo aquel interesado en la literatura de este siglo…”
Si exceptuamos la frase “si bien desafían cualquier comentario”, ese juicio es uno que sostengo todavía.
Cuando apareció el número en otoño, llevé un ejemplar a Minuit con una nota para el editor, Jérôme Lindon, preguntando si podría hacérsela llegar, por favor, a Beckett. Cuando la secretaria le comunicó el propósito de mi visita, él le dijo que me hiciera pasar, pero lo que no sabía es que su opinión sobre su descubrimiento irlandés era semejante a la mía. Un hombre alto, ascético, con una línea de cabello que comenzaba a retroceder —estaba todavía en sus veinte— y una mirada intensa como jamás había visto, lucía un impecable traje oscuro y una corbata que hacía juego. En mi traje color caqui de fajina de desecho, me sentí un poco incómodo y fuera de lugar, pero él pronto me hizo sentir a gusto. Me aseguró que se lo haría llegar a Beckett, luego soltó que si bien estaba escribiendo en francés, durante la guerra había escrito una novela en inglés aún no publicada llamada Watt. Debo haber saltado de mi asiento. ¿Podía verla, con el fin de publicar un fragmento en la revista? Él no sabía de la situación de la novela, creía que estaba circulando en Inglaterra, pero preguntaría. Partí feliz con la noticia.
Pasaron meses sin tener una respuesta de Beckett. O no le había gustado mi ensayo, pensé, o no le interesaba mostrarnos Watt. Para ese momento, al final del otoño, mi habitación en la rue Sabot se habían convertidos en las oficinas de Merlin, donde todos los involucrados nos reuníamos dos o tres veces por semana para discutir la revista, el estado del mundo y los seductores méritos de París. Casi habíamos perdido nuestras esperanzas con Beckett cuando al final de una tarde, en noviembre, durante un nada desacostumbrado aguacero parisino, alguien tocó a la puerta. Abrí y vi a un hombre alto, demacrado, con un impermeable chorreante, el cual sacó, de los pliegues de su impermeable, un paquete húmedo. ‘Entiendo que pidió usted esto.’ Se dio la vuelta y desapareció en la noche. Al abrir el paquete vi que era la largamente esperada Watt, entregada personalmente por el misterioso Mr. Beckett. La mayor parte de Merlin estaba ahí ese día, y he contado en otro lugar como nos quedamos casi toda la noche, leyendo por turnos las páginas hasta que nuestra garganta se cerraba o hasta que la risa o las lágrimas sellaba nuestros labios.
Publicamos un largo fragmento de Watt en nuestro siguiente número. Beckett había señalado cuál fragmento podíamos usar: el inventario de Mr. Knott de las posibilidades de su atuendo (“En cuanto a sus pies, algunas veces usaba en cada uno de ellos un calcetín, o en uno un calcetín y en el otro una media, o una bota, o un zapato, o una pantufla, o un calcetín y una bota, o un calcetín y un zapato, o un calcetín y una pantufla, o nada en absoluto…”) y las diversas permutaciones de los muebles de su habitación (“Así, no era raro encontrar, los domingos, la cabecera de la cómoda junto al fuego, la cabecera del tocador junto a la cama, el taburete boca abajo junto a la puerta, y la palangana boca abajo junto a la ventana; y el lunes, la cómoda junto a la cama…” etc. ). Sospeché entonces, y más tarde lo confirmé, que al especificar ese pasaje, Beckett estaba sometiendo a prueba la fibra literaria de la revista, pues al sacarlo de contexto podría ser juzgado pedante o aburridamente experimental, lo cual en verdad, según algunos de nuestros lectores, sucedió. Pero no nos preocupó: teníamos una misión y Beckett era nuestro emblema. De hecho, en casi todos los números a partir de entonces, algo de Beckett honraba nuestras páginas. Lo que es más, después de perder pequeñas pero dolorosas cantidades en la revista, al siguiente año decidimos expandirnos y ver si podíamos liquidar nuestras deudas publicando libros. Y, por supuesto, el primer libro que elegimos fue Watt.
Cuando investigaba para escribir el ensayo sobre Beckett, descubrí que había publicado antes dos cuentos largos escritos en francés, uno llamado “Suite”, en Les Temps Modernes de Sartre, y el otro, “L’expulsé”, en Fontaine. Ambos eran magníficos, y le pregunté a Beckett si podíamos publicar alguno de ellos. “El único problema, dijo, es que necesitan ser traducidos, y yo no tengo ni la inclinación ni el tiempo para hacerlo.” Luego sus ojos se iluminaron. “¿Por qué no intentas tú con uno?” Vacilé. “Cuando lo termines lo revisaremos juntos”, me aseguró. En la locura de mi juventud, dije que sí. Locura porque estaba sentado con un hombre cuyo dominio del inglés era extraordinario, tal vez único —lo había sostenido yo en letras de imprenta— y tenía que recrear, en su lengua materna, su propio lenguaje. Aún así, me puse a trabajar, seguro de que podía terminar la tarea en un par de semanas, apresurado por Trocchi que quería el cuento para el siguiente número. Dos meses después todavía batallaba con él, revisando, pensando: ¿cómo habría dicho Becket esto? Finalmente no pude hacer más y puse las páginas en el correo.
Unos días después me envió una tarjeta postal que decía que yo había hecho un buen trabajo y me proponía que nos viéramos en el Dôme, para echarle un vistazo. Lo hicimos de inmediato a las 4:00 p.m., una hora en que los clientes eran escasos, en el fondo, donde estuvimos solos. Beckett tenía mis páginas y la edición francesa lado a lado, listo para comenzar. Con las cervezas que pedimos frente a nosotros, leímos mis primeras líneas: “Me vistieron y me dieron algo de dinero. Yo sabía para qué era el dinero, era para mis gastos de viaje. Cuando se acabe, me dijeron, tendría que conseguir más si quería seguir viajando.”
Beckett estudiaba primero la versión en inglés, luego en francés, luego vuelta a lo mismo, sus lentes de aros de alambre empujados hacia el espeso mechón de cabellos grises, bizqueando, luego sacudiendo la cabeza. Mi corazón, para decirlo de algún modo, colgaba de un hilo. Era claro que mi traducción era inadecuada. Pero estaba equivocado; era el original lo que le disgustaba. “No se puede traducir esto, dijo en referencia al pasaje que seguía, no tiene sentido.” Más bizqueo y la comparación produjo una respuesta optimista. “Es bueno —dijo—, las primeras francés se dejan leer muy bien. Pero ¿qué te parece si empleamos la palabra ‘taparon’ en lugar de ‘vistieron’? ‘Me taparon y me dieron algo de dinero.’ ¿Te parece que suena mejor?
”Sí, claro, la palabra ‘taparon’ era mejor.
”‘En la siguiente frase —dijo—, estás en lo correcto literalmente. En francés lo escribí así ‘gastos de viaje’. Pero tal vez lo podemos hacer más estricto, decir algo como ‘era para que me fuera’ o ‘era para que comenzara a moverme.’ ¿Te gusta alguna de las dos?” Así seguimos, frase tras frase, Beckett elogiando mi traducción como preludio para moldearla como realmente quería, trabajando aquí con una palabra, ahí con una frase, eliminando, cortando, comprimiendo, siempre encontrando no sólo le mot juste, sino también la phrase juste, cambiando lo ordinario por lo poético, hasta que la prosa sangraba. Jamás para su satisfacción, estoy seguro, pero sí para mi oído. Bajo la varita mágica de Beckett el pasaje quedó como sigue: “Me taparon y dieron algo de dinero. Yo sabía para qué era el dinero, era para que me fuera. Si quería seguir viajando cuando se acabara, tendría que conseguir más.”
Durante todas esas (para mí) instructivas sesiones, Beckett estuvo sufriendo visiblemente, pues revisar un texto que había dejado atrás varios años antes y a partir del cual había pasado a otros niveles y otras ideas, era sin duda doloroso. Finalmente, durante una de nuestras sesiones sabatinas, como respuesta a un largo momento particularmente desesperado de su parte, dejé escapar: “¿Pero, Mr. Beckett, no se da cuenta de lo importante que es usted como escritor? ¡Usted es mil veces más importante que… Albert Camus, por ejemplo!” En mis ansias por superlativos había caído en el escritor francés contemporáneo que era en ese entonces mundialmente famoso. Ante esa entusiasta declaración juvenil, obviamente extravagante, Beckett me miró con compasión; sus rasgos de halcón reflejaban una respuesta entre desesperada e incrédula: “No sabes lo que dices, Dick —dijo moviendo su cabeza tristemente—, nadie está interesado en esta… basura”, y señaló con desprecio al montón de páginas del manuscrito en la mesa. “Camus —rió—, ¡Camus es conocido hasta en la luna!”
Su sincera actitud de automenosprecio me entristeció, pues tenía la convicción, que había conservado infaliblemente desde mi primer encuentro con su obra, de que, tarde o temprano, el mundo descubriría y reconocería como era debido a este gran hombre. Pero no es que su negativa opinión sobre su trabajo estuviera basada sólo en su predilección por el pesimismo. Después de todo, este hombre había estado escribiendo incesantemente desde los 22 años, y ahora alcanzaba los cincuenta con no más de un puñado de amigos y fanáticos como nosotros que se interesaba por su trabajo.
Cuando finalmente terminamos a su satisfacción “The end” (título que finalmente adoptó “Suite”), Beckett me preguntó —para mi sorpresa y no menor placer, pues un voto de confianza de él restauraba en amplia medida la humilde experiencia de nuestra tarea conjunta— si me gustaría traducir otro cuento, “L’expulsé”. Vacilé. “¿Esta seguró de que no quiere hacerlo usted mismo?” Aventuré. “No, para nada —dijo—, no podría, sencillamente no podría. Es una gran ayuda, Dick, creeme.” Así que dije que lo haría, y lo hice.
Lo que ninguno de los dos podía saber durante esas largas —y para mí privilegiadas— tardes de otoño, era que la vida de Beckett estaba a punto de cambiar, y de cambiar dramáticamente, pues su segunda obra de teatro, mucho tiempo mantenida lejos de las tablas por el destino y los caprichos teatrales, estaba a punto de estrenarse a principios del año siguiente, impulsándolo repentinamente a la fama que merecía y transformando su vida, pública y privada, para siempre. Adecuadamente llamada por un hombre que había esperado tanto La espera, luego fue modificada y llamada finalmente Esperando a Godot.
Texto publicado en la edición 148 de Crítica




































