Es Leduc un poeta adverso al modernismo y su romanticismo tardío, y tampoco se apega al posmodernismo de López Velarde: comparte con el poeta de Jerez un tono jovial e inclusivo, escéptico e irónico; pero en Leduc la calle y el arrabal, la ilustración francesa de origen paterno, el andar citadino, el baile de salón, la chocarrería popular inundan los sistemas poéticos provenientes de la cultura letrada, y no menos el catolicismo que se les asocia; va en contra de óleos beatíficos y princesas guiñol, faunos de jardinería o metafísicas de seminario. Y, más allá de la poesía, se opone a un México que resulta hostil a quien carezca de ánimo para acomodarse a la corrupción y sus circuitos de ineficiencia. El México racista e intolerante, reacio al diálogo y el respeto a la diferencia. El México de la alegría corporativista que Huerta y el estridentismo aplauden y Leduc observa de soslayo y a distancia, y que nos mantiene atados a la herencia de un intermediarismo caciquil propio de la nobleza indígena, argamasa entre el invasor y los macehuales, y hoy entre el capital y el paisanaje.
Leduc no se resigna, pero tampoco se flagela; ríe, critica, es solidario, amplía el espacio de la cantina y el burdel hasta las esferas de la poesía y la diplomacia: como escribió Iduarte (citando a Bassols), pese a ser un bohemio incurable, era el primero en llegar a su oficina la pagaduría de Hacienda en París para que todos tuvieran su cheque a tiempo, en aquellos años de ascenso fascista y todavía unos meses luego de la ocupación alemana (antes de irse a Bruselas y más tarde emprender la retirada a Lisboa). También era capaz de frenar las riñas más violentas e incluso convertir en amigos a fatuos púgiles de cuadrilátero escolar.
Se trata de una jovialidad igualatoria que viene de lejos, de la herencia paterna y el relativismo milenario y campesino en scorzo rabelesiano, pero también de la vida en vecindad y la noción abierta del otro, por más diverso que fuera; de la tropa y el baile, de la fiesta y el aula, de la guerra y la oficina, de Tlaxcala y París (madre y abuelo). La antisolemnidad de El aula… brillará en Breve glosa al Libro de buen amor, con cierta burla de la poesía pura (que el autor conocía bien), y enlazará los barrios urbanos con la risa medieval, luego de un intermedio reluctante (Algunos poemas…) y otro obsceno (Prometeo…). Por último vendrían las XV fabulillas… y los Catorce poemas burocráticos y un corrido reaccionario para solaz y esparcimiento de las clases económicamente débiles.
[Ramón López Velarde: poeta de sol y sombra], el ensayo de Leduc que aquí publicamos, es una conferencia dada en Columbia University en noviembre de 1941. El poeta había llegado a Nueva York un par de meses antes en compañía de Leonora Carrington, huyendo de la situación precaria y peligrosa que cundía en Europa. La historia ha sido contada, pero recordemos que la pareja se había casado en Lisboa como solución ante la dificultad para actualizar la visa de la pintora y la lentitud de los arreglos para embarcarse (Leduc incluso había escrito a Miguel Alemán, entonces secretario de Gobernación, para tratar de ayudarla, mas la respuesta nunca llegó). No del todo a disgusto pese a la circunstancia, vivieron unos meses en Nueva York y finalmente llegaron a México, donde el poeta iba a iniciarse en el oficio de periodista, que hasta entonces sólo había ejercido de forma incidental.
Habían sido recibidos en Manhattan por Andrés Iduarte, muy ligado a esa universidad y organizador de encuentros entre hispanohablantes y la comunidad local. Ambos mexicanos se conocían desde los veinte, y cuando Iduarte se marchó a España sostuvieron correspondencia para, más tarde, encontrarse en París. En sus Semblanzas Iduarte dedica una a Leduc y menciona la conferencia, extraviada por décadas entre los papeles de este último, admirador del jerezano, a quien se refería como su maestro. La huella de López Velarde es clara en la “Oda a la ciudad” y en otros poemas (“¿Quién no insinuó a su prima con violetas / u otra flor, esperanzas tan concretas / cual dormir una noche entre sus tetas?”), pero, además, en 1921 Leduc estuvo inscrito en Literatura Castellana, materia que el poeta de Jerez empezó a impartir ese año (murió al poco, no en noviembre, como recordaba Leduc, sino en junio, y no era el único en impartirla).
La carrera universitaria de ambos sólo pudo cruzarse en 1921. Leduc ingresó a las aulas de la Preparatoria en 1911, como oyente, a una clase de matemáticas, pero sus estudios formales de bachillerato van de 1919 a 1925 (andanzas, trabajo, primer matrimonio y dificultades económicas hicieron que de 1923 a 1925 aprobara materias rezagadas); y cerró su trayectoria en octubre de 1936, a casi dos años de vivir en Francia (luego de pasar de la carrera de Economía a Derecho sin concluirla). López Velarde recibió su primer nombramiento en la Nacional Preparatoria con el “2º Curso de Literatura” en 1914. Y las únicas dos materias de literatura cursadas por Leduc son de 1921 (hay otras de lengua castellana, además de latín, italiano, inglés y francés, pero no de literatura). La clase de López Velarde cuyo título figura en el certificado de Leduc se inicia en marzo y termina en junio, con su muerte, de manera que hay sólo cuatro meses para el encuentro. (Inimaginable que Leduc hubiera ido de oyente a alguna clase previa del zacatecano, con los deberes y distracciones que tenía de sobra; de hecho, la mayor parte del tiempo parece haber estado inscrito de la Preparatoria Libre, modalidad creada entre 1917 y 1918 para resistir la política carrancista en torno a la Universidad e inicio de una lucha que desembocaría en la autonomía diez años más tarde.)
Además de lo que sugiere el ensayo, una declaración de Leduc señala aquel contacto: “mire usted, López Velarde fue mi maestro de literatura, y López Velarde decía que le debía mucho a Aguascalientes, que él se sentía de allá, porque allí hizo su bachillerato…”. Sin embargo, hasta ahora es difícil probarlo: tanto en la modalidad libre como en la convencional había dos cursos de lengua y uno de literatura castellanas, más uno de literatura “General”, pero no he hallado a Leduc en las actas de exámenes ni en las listas de inscripción de Castellana, como figura en su certificado, mientras que en el papeleo de López Velarde un día se escribe Lengua y Literatura Castellana como una sola materia y otro, como dos distintas, e incluso como Literatura Española (así la recordaba Villaurrutia, que, a sus 15 años y habiendo leído Zozobra, en compañía de Novo se asomaba por ahí para esperar a la salida de clase al profesor). Habría posibilitado el encuentro una transferencia súbita del jerezano de la Facultad de Altos Estudios a la Nacional Preparatoria, debida a dos causas: grupos saturados para esa materia en la Preparatoria, y cero alumnos en Literatura Mexicana e Hispano-Americana, que tenía asignada en Altos Estudios. En su ensayo Leduc dice que las clases de López Velarde eran aburridas, según “la mayoría de sus jóvenes alumnos”. ¿No concordaba o no había sido testigo?
Por entonces, el autor jerezano gozaba ya de cierta fama gracias a La sangre devota (1916) y Zozobra (1919); y su temprano éxito había llegado incluso a convertirlo en objeto de parodia en la revista estudiantil San Ev Ank (1918), fundada y dirigida por Luis Enrique Erro (y redactada en parte por algunos de quienes iban a ser los Contemporáneos):
Como los oradores pueblerinos
a vosotras, también, gatas eclécticas,
gala de mis destinos,
llegan mis estrofas irrevocables.
Usáis de la paciencia a cada paso,
gatas anónimas y es cuando el “niño”
con desprecio cursi pide un pedazo
de salchicha o un beefsteak a la parrilla
en bisoño pambazo…
De modo que Leduc pudo haber visto en persona a López Velarde sabiendo ya de sus libros, y haberlo oído en charla casual (no sólo en clase), pero el magisterio sería una combinación de la breve experiencia escolar, el impacto de la muerte de un profesor joven y famoso (sin siquiera concluir el curso), y la inmediata aparición en la revista El Maestro de “La Suave Patria” (más próxima a su temperamento que las dos primeras obras): “Oda a la ciudad”, de El aula…, muestra una temprana lectura del poema y, pese a lo dicho, habría sido el primero de su autor leído por Leduc. La experiencia de contacto, incluso precaria, se habría tornado relevante.
Leduc no escribía crítica literaria y seguramente no pensó en publicar la conferencia, de la que se conservan dos versiones, una inconclusa y con introducción alusiva al contexto político y de guerra. Agradecemos a su hija Patricia la autorización para publicar la versión acabada. El autor suprimió aquella página inicial; nosotros añadimos palabras suyas a manera de título.
Texto publicado en la edición 145 de Crítica
Escrito por Juan Leyva




































