Renato Leduc y la huella de López Velarde

03
oct

Es Leduc un poeta adverso al mod­ernismo y su roman­ti­cismo tardío, y tam­poco se apega al pos­mod­ernismo de López Velarde: com­parte con el poeta de Jerez un tono jovial e inclu­sivo, escép­tico e irónico; pero en Leduc la calle y el arra­bal, la ilus­tración francesa de ori­gen paterno, el andar citadino, el baile de salón, la chocar­rería pop­u­lar inun­dan los sis­temas poéti­cos prove­nientes de la cul­tura letrada, y no menos el catoli­cismo que se les aso­cia; va en con­tra de óleos beat­í­fi­cos y prince­sas guiñol, faunos de jar­dinería o metafísi­cas de sem­i­nario. Y, más allá de la poesía, se opone a un Méx­ico que resulta hos­til a quien carezca de ánimo para aco­modarse a la cor­rup­ción y sus cir­cuitos de ine­fi­cien­cia. El Méx­ico racista e intol­er­ante, rea­cio al diál­ogo y el respeto a la difer­en­cia. El Méx­ico de la ale­gría cor­po­ra­tivista que Huerta y el estri­den­tismo aplau­den y Leduc observa de soslayo y a dis­tan­cia, y que nos mantiene ata­dos a la heren­cia de un inter­me­di­arismo caciquil pro­pio de la nobleza indí­gena, arga­masa entre el inva­sor y los mace­huales, y hoy entre el cap­i­tal y el paisanaje.

Leduc no se res­igna, pero tam­poco se fla­gela; ríe, crit­ica, es sol­i­dario, amplía el espa­cio de la can­tina y el bur­del hasta las esferas de la poesía y la diplo­ma­cia: como escribió Iduarte (citando a Bas­sols), pese a ser un bohemio incur­able, era el primero en lle­gar a su ofic­ina la pagaduría de Hacienda en París para que todos tuvieran su cheque a tiempo, en aque­l­los años de ascenso fascista y todavía unos meses luego de la ocu­pación ale­m­ana (antes de irse a Bruse­las y más tarde empren­der la reti­rada a Lis­boa). Tam­bién era capaz de fre­nar las riñas más vio­len­tas e incluso con­ver­tir en ami­gos a fatuos púgiles de cuadrilátero escolar.

Se trata de una jovi­al­i­dad iguala­to­ria que viene de lejos, de la heren­cia paterna y el rel­a­tivismo mile­nario y campesino en scorzo rabele­siano, pero tam­bién de la vida en vecin­dad y la noción abierta del otro, por más diverso que fuera; de la tropa y el baile, de la fiesta y el aula, de la guerra y la ofic­ina, de Tlax­cala y París (madre y abuelo). La anti­solem­nidad de El aula… bril­lará en Breve glosa al Libro de buen amor, con cierta burla de la poesía pura (que el autor conocía bien), y enlazará los bar­rios urbanos con la risa medieval, luego de un inter­me­dio reluc­tante (Algunos poe­mas…) y otro obsceno (Prom­e­teo…). Por último ven­drían las XV fab­ulil­las… y los Catorce poe­mas buro­cráti­cos y un cor­rido reac­cionario para solaz y esparcimiento de las clases económi­ca­mente débiles.

 

[Ramón López Velarde: poeta de sol y som­bra], el ensayo de Leduc que aquí pub­li­camos, es una con­fer­en­cia dada en Colum­bia Uni­ver­sity en noviem­bre de 1941. El poeta había lle­gado a Nueva York un par de meses antes en com­pañía de Leonora Car­ring­ton, huyendo de la situación pre­caria y peli­grosa que cundía en Europa. La his­to­ria ha sido con­tada, pero recordemos que la pareja se había casado en Lis­boa como solu­ción ante la difi­cul­tad para actu­alizar la visa de la pin­tora y la lenti­tud de los arreg­los para embar­carse (Leduc incluso había escrito a Miguel Alemán, entonces sec­re­tario de Gob­er­nación, para tratar de ayu­darla, mas la respuesta nunca llegó). No del todo a dis­gusto pese a la cir­cun­stan­cia, vivieron unos meses en Nueva York y final­mente lle­garon a Méx­ico, donde el poeta iba a ini­cia­rse en el ofi­cio de peri­odista, que hasta entonces sólo había ejer­cido de forma incidental.

Habían sido recibidos en Man­hat­tan por Andrés Iduarte, muy lig­ado a esa uni­ver­si­dad y orga­ni­zador de encuen­tros entre his­panoh­ab­lantes y la comu­nidad local. Ambos mex­i­canos se conocían desde los veinte, y cuando Iduarte se marchó a España sos­tu­vieron cor­re­spon­den­cia para, más tarde, encon­trarse en París. En sus Sem­blan­zas Iduarte ded­ica una a Leduc y men­ciona la con­fer­en­cia, extravi­ada por décadas entre los pape­les de este último, admi­rador del jerezano, a quien se refería como su mae­stro. La huella de López Velarde es clara en la “Oda a la ciu­dad” y en otros poe­mas (“¿Quién no insinuó a su prima con vio­le­tas / u otra flor, esper­an­zas tan conc­re­tas / cual dormir una noche entre sus tetas?”), pero, además, en 1921 Leduc estuvo inscrito en Lit­er­atura Castel­lana, mate­ria que el poeta de Jerez empezó a impar­tir ese año (murió al poco, no en noviem­bre, como record­aba Leduc, sino en junio, y no era el único en impartirla).

La car­rera uni­ver­si­taria de ambos sólo pudo cruzarse en 1921. Leduc ingresó a las aulas de la Prepara­to­ria en 1911, como oyente, a una clase de matemáti­cas, pero sus estu­dios for­males de bachiller­ato van de 1919 a 1925 (andan­zas, tra­bajo, primer mat­ri­mo­nio y difi­cul­tades económi­cas hicieron que de 1923 a 1925 apro­bara mate­rias reza­gadas); y cerró su trayec­to­ria en octubre de 1936, a casi dos años de vivir en Fran­cia (luego de pasar de la car­rera de Economía a Dere­cho sin con­cluirla). López Velarde recibió su primer nom­bramiento en la Nacional Prepara­to­ria con el “2º Curso de Lit­er­atura” en 1914. Y las úni­cas dos mate­rias de lit­er­atura cur­sadas por Leduc son de 1921 (hay otras de lengua castel­lana, además de latín, ital­iano, inglés y francés, pero no de lit­er­atura). La clase de López Velarde cuyo título figura en el cer­ti­fi­cado de Leduc se ini­cia en marzo y ter­mina en junio, con su muerte, de man­era que hay sólo cua­tro meses para el encuen­tro. (Inimag­in­able que Leduc hubiera ido de oyente a alguna clase pre­via del zacate­cano, con los deberes y dis­trac­ciones que tenía de sobra; de hecho, la mayor parte del tiempo parece haber estado inscrito de la Prepara­to­ria Libre, modal­i­dad creada entre 1917 y 1918 para resi­s­tir la política car­rancista en torno a la Uni­ver­si­dad e ini­cio de una lucha que desem­bo­caría en la autonomía diez años más tarde.)

Además de lo que sug­iere el ensayo, una declaración de Leduc señala aquel con­tacto: “mire usted, López Velarde fue mi mae­stro de lit­er­atura, y López Velarde decía que le debía mucho a Aguas­calientes, que él se sen­tía de allá, porque allí hizo su bachiller­ato…”. Sin embargo, hasta ahora es difí­cil pro­barlo: tanto en la modal­i­dad libre como en la con­ven­cional había dos cur­sos de lengua y uno de lit­er­atura castel­lanas, más uno de lit­er­atura “Gen­eral”, pero no he hal­lado a Leduc en las actas de exámenes ni en las lis­tas de inscrip­ción de Castel­lana, como figura en su cer­ti­fi­cado, mien­tras que en el papeleo de López Velarde un día se escribe Lengua y Lit­er­atura Castel­lana como una sola mate­ria y otro, como dos dis­tin­tas, e incluso como Lit­er­atura Española (así la record­aba Vil­lau­r­ru­tia, que, a sus 15 años y habi­endo leído Zozo­bra, en com­pañía de Novo se asomaba por ahí para esperar a la sal­ida de clase al pro­fe­sor). Habría posi­bil­i­tado el encuen­tro una trans­fer­en­cia súbita del jerezano de la Fac­ul­tad de Altos Estu­dios a la Nacional Prepara­to­ria, debida a dos causas: gru­pos sat­u­ra­dos para esa mate­ria en la Prepara­to­ria, y cero alum­nos en Lit­er­atura Mex­i­cana e Hispano-Americana, que tenía asig­nada en Altos Estu­dios. En su ensayo Leduc dice que las clases de López Velarde eran abur­ri­das, según “la may­oría de sus jóvenes alum­nos”. ¿No con­cord­aba o no había sido testigo?

Por entonces, el autor jerezano goz­aba ya de cierta fama gra­cias a La san­gre devota (1916) y Zozo­bra (1919); y su tem­prano éxito había lle­gado incluso a con­ver­tirlo en objeto de par­o­dia en la revista estu­di­antil San Ev Ank (1918), fun­dada y dirigida por Luis Enrique Erro (y redac­tada en parte por algunos de quienes iban a ser los Contemporáneos):

 

Como los oradores pueblerinos

a voso­tras, tam­bién, gatas eclécticas,

gala de mis destinos,

lle­gan mis estro­fas irrevocables.

 

Usáis de la pacien­cia a cada paso,

gatas anón­i­mas y es cuando el “niño”

con des­pre­cio cursi pide un pedazo

de salchicha o un beef­steak a la parrilla

en bisoño pambazo…

 

De modo que Leduc pudo haber visto en per­sona a López Velarde sabi­endo ya de sus libros, y haberlo oído en charla casual (no sólo en clase), pero el mag­is­te­rio sería una com­bi­nación de la breve expe­ri­en­cia esco­lar, el impacto de la muerte de un pro­fe­sor joven y famoso (sin siquiera con­cluir el curso), y la inmedi­ata apari­ción en la revista El Mae­stro de “La Suave Patria” (más próx­ima a su tem­pera­mento que las dos primeras obras): “Oda a la ciu­dad”, de El aula…, mues­tra una tem­prana lec­tura del poema y, pese a lo dicho, habría sido el primero de su autor leído por Leduc. La expe­ri­en­cia de con­tacto, incluso pre­caria, se habría tor­nado relevante.

Leduc no escribía crítica lit­er­aria y segu­ra­mente no pensó en pub­licar la con­fer­en­cia, de la que se con­ser­van dos ver­siones, una incon­clusa y con intro­duc­ción alu­siva al con­texto político y de guerra. Agrade­ce­mos a su hija Patri­cia la autor­ización para pub­licar la ver­sión acabada. El autor suprimió aque­lla página ini­cial; nosotros añadi­mos pal­abras suyas a man­era de título.

Texto pub­li­cado en la edi­ción 145 de Crítica


Escrito por Juan Leyva

 

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