La cosmogonía de Philip K. Dick

12
jul

Philip K. Dick

En tiem­pos de la Guerra Fría, cuando Philip K. Dick pub­licó su primera nov­ela, Solar Lot­tery (1955), la lit­er­atura de cien­cia fic­ción había encon­trado una fór­mula de éxito infal­i­ble: proyec­tar al futuro las ten­siones entre las dos super­po­ten­cias, enfrentadas en un con­flicto inter­plan­e­tario donde los inva­sores de otro plan­eta reem­plaz­a­ban al ene­migo rojo. Se trataba de reci­clar un género viejo, la nov­ela de aven­turas, en un esce­nario futur­ista pero esen­cial­mente idén­tico al del pre­sente, para explotar la xeno­fo­bia del gran público estadunidense, vol­cada ahora en los mar­cianos o en los seres de otras galax­ias. Aunque la ince­sante repeti­ción de los argu­men­tos había despres­ti­giado a la cien­cia fic­ción en los cír­cu­los int­elec­tuales de Esta­dos Unidos, algunos escritores empez­a­ban a adver­tir que el género podía revi­talizar la lit­er­atura fan­tás­tica, si alguien lo lib­er­aba de sus cade­nas. Lec­tor infan­til de Love­craft, Poe y Wells, Dick des­cubrió en la ado­les­cen­cia a los autores que esta­ban ren­o­vando la cien­cia fic­ción (Robert Sheck­ley, Fred­eric Brown, Richard Math­e­son), y de ellos aprendió, en primer lugar, que para escribir buenos relatos futur­is­tas era más impor­tante tener una imag­i­nación poderosa que abru­mar al lec­tor con expli­ca­ciones cien­tí­fi­cas. Sus conocimien­tos en ese campo siem­pre fueron esca­sos, en cam­bio era un apa­sion­ado de la filosofía, la teología y la his­to­ria de las reli­giones, a con­trapelo de las modas int­elec­tuales de entonces (el marx­ismo, el exis­ten­cial­ismo) que habían uni­for­mado bajo un solo credo a la comu­nidad académica de Berke­ley, donde pasó la infan­cia y la juven­tud, sin tomar jamás ningún curso universitario.

Según Borges, la teología es una rama de la lit­er­atura fan­tás­tica; y aunque Philip K. Dick des­cubrió a Borges cuando ya había pub­li­cado más de 20 nov­e­las, avan­z­aba sin saberlo por el mismo sendero, pues más que un nov­el­ista fue un teól­ogo de la cien­cia fic­ción, intri­gado por el mis­te­rio de la nat­u­raleza div­ina, que intentó descifrar desde ángu­los muy dis­tin­tos, sin el pasmo rev­er­en­cial que impo­nen los grandes temas. Lle­var a cabo esa inda­gación metafísica en un género con leyes muy estric­tas, donde la trama debe atra­par al lec­tor desde la primera página, requería poseer en partes iguales dos vir­tudes difí­ciles de con­ju­gar: la capaci­dad de abstrac­ción y el vuelo imag­i­na­tivo. Dick había empren­dido una de las empre­sas lit­er­arias más ard­uas y sin embargo, durante muchos años, creyó que sus nov­e­las de teología-ficción eran meros diver­ti­men­tos que escribía por necesi­dad, mien­tras se adies­traba para dar el salto a la lit­er­atura “seria”. En el medio hiper­cul­ti­vado de Berke­ley, los pedantue­los uni­ver­si­tar­ios son­reían con indul­gen­cia cuando Dick se pre­sentaba como un humilde escritor de cien­cia fic­ción. Pre­sion­ado por su primera mujer, una his­to­ri­adora marx­ista que le exigía limpiar su rep­utación lit­er­aria, a prin­ci­p­ios de los sesenta Dick aban­donó por un tiempo los cauces nat­u­rales de su imag­i­nación para escribir nov­e­las de corte auto­bi­ográ­fico, en las que describía con crudeza sus con­flic­tos conyu­gales o psi­cológi­cos. Pero el real­ismo no era su fuerte y ninguna edi­to­r­ial quiso pub­li­car­las. Frustrado, empezó a con­sumir anfe­t­a­m­i­nas y en una cri­sis nerviosa acudió por primera vez al psiquiatra.

Ni el pre­mio Víc­tor Hugo que obtuvo en 1962 con The man in the high cas­tle, con­ce­dido a la mejor obra de cien­cia fic­ción del año, pudo aliviar su sen­sación de fra­caso: creía que estaba con­de­nado a escribir lit­er­atura barata y a no ser recono­cido jamás. Pero a medi­ad­nos de los sesenta, la rev­olu­ción juve­nil y el movimiento con­tra­cul­tural trans­for­maron de modo tal el gusto lit­er­ario que las nov­e­las “baratas” de Dick empezaron a leerse con una men­tal­i­dad más abierta y menos pre­jui­ci­ada con­tra los géneros pop­u­lares. Hasta entonces había sido un loco soli­tario; repenti­na­mente la sociedad entera había enlo­que­cido y sin­toniz­aba su misma fre­cuen­cia. El resul­tado fue una cele­bri­dad instan­tánea que lo con­vir­tió en guía invol­un­tario de toda una gen­eración. En The three stig­mata of Palmer Eldritch, Dick había imag­i­nado la vida de los primeros colonos ter­restres de Marte, con­fi­na­dos en inhóspi­tas madrigueras por temor a la irres­pirable atmós­fera del plan­eta. En ese vasto y gélido desierto, la única diver­sión del género humano es jugar con los muñe­cos Pat y Walt, dobles paródi­cos de Bar­bie y Ken, y con­sumir la droga D-Liss, para ver la vida como si habitaran el mundo idílico de esos muñe­cos. Llega a Marte el aven­turero Palmer Eldritch, mitad hom­bre, mitad robot, y lanza al mer­cado una droga más potente, el K-Priss, anun­ci­ada con el slo­gan: “Dios prom­ete la vida eterna, nosotros la dis­pen­samos.” Conec­ta­dos con el cere­bro de Eldritch como si fueran criat­uras soñadas por él, los con­sum­i­dores de la droga quedan pre­sos en una alu­ci­nación colec­tiva y se entabla entre ellos y su amo una relación seme­jante a la del hom­bre con su Creador. Elo­giada por John Lennon y por el pro­feta del ácido, Tim­o­thy Leary, la nov­ela se con­vir­tió en un libro de culto porque los lec­tores jóvenes la inter­pre­taron como un viaje psi­codélico, a pesar de que su autor no había probado el LSD cuando la escribió.

Recono­cido por la crítica under­ground y rodeado de jóvenes admi­radores, Dick entendió al fin que la cien­cia fic­ción no era un sub­género desech­able, sino el ter­ri­to­rio fic­ti­cio que más le aco­mod­aba, y los sel­los de pres­ti­gio lit­er­ario dejaron de pre­ocu­parle. Ven­drían luego las tra­duc­ciones y las pelícu­las basadas en sus obras, entre ellas la céle­bre BladeRun­ner, adaptación de la nov­ela Do androids dream with elec­tric sheep?, que le dio fama inter­na­cional, espe­cial­mente entre los lec­tores cul­tos de Europa. No obstante ser con­sid­er­ado un fab­u­lador de alta escuela, en ningún momento Dick perdió de vista el carác­ter arte­sanal de sus nar­ra­ciones. No se tomaba demasi­ado en serio como nov­el­ista y sin embargo creía que los géneros humildes como la cien­cia fic­ción eran instru­men­tos que un poder supe­rior había elegido para abrir los ojos a la humanidad: “Los sím­bo­los de lo divino se mues­tran ini­cial­mente en nue­stro mundo en los estratos de la basura”, apunta en su nov­ela auto­bi­ográ­fica Valis, y en varias de sus obras (Ubik, Radio Free Albe­muth, The divine invasión) los dioses hacen lle­gar sus men­sajes a la humanidad por medio de pelícu­las, can­ciones pop­u­lares y anun­cios tele­vi­sivos. La mod­es­tia de Dick era un tanto engañosa, pues si bien creía que su obra estaba muy lejos de la exce­len­cia artís­tica, como pro­feta y vision­ario se con­sid­er­aba por­ta­dor de una ver­dad sobre­nat­ural, mis­ión que lo elev­aba por encima de cualquier lit­er­ato. Arte­sano orgul­loso de serlo, con­cedía un gran valor al tra­bajo de los ceramis­tas, los orfebres y los com­pos­i­tores de música folk, que apare­cen con­stan­te­mente en sus nov­e­las como sím­bo­los del espíritu creador opuesto al impe­rio de la uni­formi­dad men­tal y la pro­duc­ción en serie. Eran ellos, pens­aba, los encar­ga­dos de abrir los ojos a los hom­bres, en vir­tud del cre­ciente abismo entre el arte elit­ista y las masas.

Quizá la mayor aportación lit­er­aria de Dick fue la mul­ti­pli­ci­dad de hipóte­sis que for­muló para explicar la orfan­dad espir­i­tual del hom­bre mod­erno y la lóg­ica interna del uni­verso. Gen­eral­mente, los escritores de cien­cia fic­ción inven­tan un mundo con fron­teras bien delim­i­tadas, en el que tran­scur­ren todas sus his­to­rias. Por el con­trario, Dick inventaba un esce­nario futur­ista dis­tinto en cada nov­ela. “Ya sabes cuánto me gus­tan las teorías —afirma el pro­tag­o­nista de Radio Free Albe­muth—, lle­gan a mi mente como los aviones al aerop­uerto de Los Ánge­les: una nueva a cada min­uto.” Gra­cias a esa for­mi­da­ble capaci­dad para teorizar, su nar­ra­tiva nunca se estanca ni se repite, como tam­poco dis­min­uye el ren­o­vado asom­bro de leerlo. Aunque algunos temas recur­rentes rea­pare­cen en varias nov­e­las (el azar cós­mico, el solip­sismo inducido, la exis­ten­cia de mun­dos alter­na­tivos donde nue­stros dobles viven una exis­ten­cia para­lela), Dick solía ofre­cer más de una solu­ción para el mismo dilema teológico. A pesar de los ade­lan­tos cien­tí­fi­cos, creía que el hom­bre era una especie invo­lu­tiva, cada vez más ale­jada de Dios, y en sus nov­e­las rep­re­senta la ceguera de la humanidad por medio de situa­ciones que repro­ducen a escala sim­bólica nue­stro papel sub­or­di­nado en la maquinaria del universo.

Así ocurre, por ejem­plo, en Time out of joint, la his­to­ria de RagleGumm, un hom­bre anodino de medi­ana edad que se gana la vida resolviendo con tino infal­i­ble los acer­ti­jos del diario local en un pueblo del medio oeste, a medi­a­dos de los años cin­cuenta. La som­no­lienta rutina de Gumm se resque­braja de pronto cuando des­cubre, con ayuda de un radio-transmisor, que a unos kilómet­ros de su casa hay un aerop­uerto donde ater­rizan aviones de guerra. Intenta salir del pueblo para ver la base mil­i­tar, pero antes de que pueda hac­erlo es detenido en la car­retera y oblig­ado a retro­ceder por agentes del gob­ierno. A par­tir de entonces empieza a notar cosas extrañas en la con­ducta de sus veci­nos y famil­iares, que pare­cen actuar como si obe­decieran las instruc­ciones de un libreto prestable­cido. Tras una serie de inci­dentes, Gumm logra burlar la vig­i­lan­cia del gob­ierno via­jando de polizón en un tráiler y en las afueras del pueblo encuen­tra un mundo con otras mon­edas, cos­tum­bres y for­mas de vestir, el mundo de los años noventa, donde se libra una guerra entre los habi­tantes de la tierra y los colonos humanos de Marte. El pueblo donde lo habían encer­rado era un set mon­tado ex pro­feso para evi­tarle ten­siones, pues el resolver los acer­ti­jos del diario local, estaba en real­i­dad indi­cando al ejército de los ter­rí­co­las el lugar donde caerían diari­a­mente los mis­iles de los rebeldes, gra­cias a un don adiv­ina­to­rio que desar­rolló cuando der­rib­aba aviones con un cañón anti­aéreo en la Segunda Guerra Mundial. Lo más sor­pren­dente de esta fan­tasía ultra­bar­roca, pla­giada sin darle crédito a Dick en la película The Tru­man show, es el para­lelismo entre la igno­ran­cia de Gumm sobre el poder que lo uti­liza como un arma estratég­ica y la indifer­en­cia de los hom­bres ante el poder supe­rior que deter­mina sus vida. Como Calderón de la Barca en El gran teatro del mundo, pero sin propósi­tos de adoc­tri­namiento, Dick rep­re­senta por medio de una ale­goría el carác­ter ilu­so­rio del mundo ter­re­nal y la ena­je­nación de los hom­bres ocu­pa­dos de tiempo com­pleto en las bagate­las del micro­cos­mos, de espal­das al supremo arqui­tecto que los mira desde lo alto.

A prin­ci­p­ios de los setenta, aban­don­ado por su ter­cera esposa, Dick cayó en una depre­sión sin fondo y se excedió como nunca en el con­sumo de anfe­t­a­m­i­nas, que altern­aba con sedantes y bar­bi­túri­cos. Su casa en Orange County, con las ven­tanas pin­tadas de negro, era una guar­ida de yon­quis, traf­i­cantes en pequeño y putil­las ado­les­centes, en donde siem­pre había música, botel­las abier­tas y una espesa nube de mariguana. Dick recibía bue­nas sumas por sus regalías, pero ninguna can­ti­dad le hubiera alcan­zado para man­tener a esa cofradía de parási­tos. Ago­b­i­ado por las deu­das, y con el cere­bro a punto de estal­lar por el exceso de estim­u­lantes, en 1975 escribió Ubik, la más extraña y per­tur­badora de sus nar­ra­ciones, y tam­bién las más bril­lantes, a juicio del polaco Stanis­lawLem (el autor de la gran nov­ela fan­tás­tica Solaris, lle­vada al cine por Andre­iTarkovsky). Hechizado por la magia de Ubik, en un ensayo sobre la nar­ra­tiva norteam­er­i­cana de cien­cia fic­ción, Lem dic­t­a­m­inó: “Todos los expo­nentes del género son nul­i­dades, salvo Philip K. Dick.”

De prin­ci­pio a fin, Ubik tiene una atmós­fera deli­rante porque en esta nov­ela el tras­fondo real­ista desa­parece casi por com­pleto y, de hecho, el con­flicto cen­tral de los per­son­ajes queda exclu­ido de la real­i­dad. Su estruc­tura se ase­meja al vien­tre fagoc­i­toso de las muñe­cas rusas: una pesadilla con­tiene otra pesadilla, y el mecan­ismo que las gob­ierna per­manece oculto hasta el final de la nov­ela, cuando Dick exhibe sus car­tas guardadas bajo la mesa. Un grupo de telé­patas y adi­vi­nos con­trata­dos por una com­pañía de seguri­dad viaja a la Luna en una mis­ión de espi­onaje. Los rebeldes adueña­dos de la Luna los reciben con una bomba que mata al jefe de la expe­di­ción, Glen Runciter, quien es con­ducido a un hos­pi­tal suizo, donde se con­gela a los muer­tos para pro­lon­gar­les la vida cere­bral y es posi­ble con­ver­sar con ellos por medio de un telé­fono inalám­brico. Los sobre­vivientes del bom­bazo creen haber salido ile­sos, pero al tomar un ele­vador en Nueva York uno de ellos enve­jece treinta años en cinco segun­dos, hasta quedar con­ver­tido en un saco de hue­sos y vísceras. El tiempo retro­cede para todos y, de pronto, se encuen­tran viviendo en los años treinta sin enten­der qué les pasa. Sólo tienen una pista: los men­sajes que Runciter les va dejando en los lugares más extraños (super­me­r­ca­dos, uri­nar­ios públi­cos, taxis) para indi­car­les que la única pro­tec­ción con­tra el virus con­traído en la luna es rocia­rse con un aerosol marca Ubik. Encon­trar ese pro­ducto es toda una ordalía en la que pier­den la vida casi todos los miem­bros de la mis­ión, hasta que el último sobre­viviente con­sigue el aerosol y cree haber sal­vado la vida. Des­cubre entonces que son ellos los muer­tos en estado veg­e­ta­tivo y Runciter el único sobre­viviente de la explosión. La pesadilla que han estado viviendo es obra de un joven con­ge­lado en el mismo hos­pi­tal donde se encuen­tran sus cuer­pos, cuyo pasatiempo con­siste en invadir las mentes de los demás para robar­les la poca vida cere­bral que les queda.

La visión de la exis­ten­cia como un truco de ilu­sion­ismo en la mente de alguien que nos está pen­sando es un efecto car­ac­terís­tico del pey­ote y otros alu­cinógenos. Aunque la cul­tura de la droga desem­peña un papel fun­da­men­tal en la obra de Philip K. Dick, jamás nubla la lucidez del explo­rador que observa con la mente en frío los paraí­sos o los infier­nos arti­fi­ciales. Mien­tras los escritores con­ven­cionales de cien­cia fic­ción bus­ca­ban vis­lum­brar los prodi­gios tec­nológi­cos del mañana, sigu­iendo la ruta antic­i­pa­to­ria de Julio Verne, Dick creía que lo más fab­u­loso y ater­rador de la vida futura sería la expan­sión de la mente alcan­zada por medio de rev­ela­ciones o fár­ma­cos. Buena parte de sus hal­laz­gos se debe al hecho de haber inter­ro­gado el futuro con el mist­i­cismo icon­o­clasta de los jóvenes sesen­teros. Pero la efi­ca­cia lit­er­aria de Dick des­cans­aba en la lucidez y pre­cisión con que encuadraba esas visiones den­tro de una intriga nov­e­l­esca y, hacia el final de su vida, el pro­feta le fue ganando ter­reno al nov­el­ista. Abis­mado en la con­tem­plación del arcano, la lit­er­atura pasó a ocu­par un segundo plano en sus intere­ses, hasta con­ver­tirse en un mero instru­mento para exponer sus creencias.

En la biografía de Dick, Je suis vivant et vous êtes morts (Seuil, 1993), Emmanuel Car­rère narra esa caída en el autismo espir­i­tual con la tris­teza de un admi­rador que ve der­rum­barse a su ídolo. Según Car­rère, en 1980, dos años antes de morir, Dick se pre­sentó a dar una con­fer­en­cia en la uni­ver­si­dad de Metz y, ante los ojos atóni­tos de sus lec­tores galos, declaró tener comu­ni­cación directa con Dios. Los suce­sos que lo lle­varon a esta cer­tidum­bre for­man parte de otra nov­ela cuyo argu­mento ya no tuvo necesi­dad de imag­i­nar, pues en ella desem­peñó el papel pro­tagónico. Aban­don­ado por su séquito de crápu­las, a finales de los setenta Dick ingresó por primera vez como interno en un hos­pi­tal psiquiátrico, tras haber inten­tado sui­ci­darse con som­níferos en un motel de Van­cou­ver. Ahí se desin­tox­icó para siem­pre, pero la necesi­dad de encon­trarle un sen­tido a la vida y su para­noide reli­giosi­dad lo apartaron de la fic­ción. Una serie de aparentes mila­gros, atribuibles quizás a los trastornos neu­rológi­cos cau­sa­dos por su pro­lon­gada ingesta de dro­gas, lo con­ven­ció de que el uni­verso le hablaba: en momen­tos de ten­sión veía una intensa luz rosa, por su cere­bro des­fi­l­aba una suce­sión inter­minable de pin­turas abstrac­tas, hablaba dormido en griego antiguo, la radio lo insultaba, se creía vig­i­lado por la KGB. Un día presin­tió que su hijo padecía una peli­grosa her­nia inguinal, rev­elación que resultó con­fir­mada cuando lo llevó al hospital.

El inven­tor inagotable de teorías no tardó en for­mu­lar una para explicar sus fac­ul­tades para­nor­males: por medio de una estación radial situ­ada en la órbita ter­restre, Dios trans­mitía men­sajes dirigi­dos a las mentes sen­si­bles y él era uno de los elegi­dos para tra­ducir ese código a los mor­tales. Cada men­saje encerraba una com­pleja sim­bología y, en su afán por descod­i­fi­carla, Dick se con­sagró en cuerpo y alma a escribir una especie de suma teológ­ica com­puesta de frag­men­tos dis­per­sos, con la que bus­caba cumplir un papel anál­ogo al del Mesías. Las pocas nov­e­las que escribió en ese peri­odo (Valis, The divine invasión) refle­jan su cre­ciente difi­cul­tad para dis­tin­guir la fan­tasía de la rev­elación, pues Dick las ati­borró con citas del mamotreto ileg­i­ble que ningún edi­tor quería pub­li­carle. El tras­fondo teológico de sus tra­mas ahora qued­aba en la super­fi­cie del texto y el nar­rador asumía el papel de predicar:

El mundo fenoménico no existe; es una hipós­ta­sis de la infor­ma­ción que procesa la mente.”

La infor­ma­ción cam­biante que exper­i­men­ta­mos como mundo es el desar­rollo de un dis­curso en la mente de una mujer, la div­ina zigo­sis, una de las mitades de los geme­los primordiales.”

La raza oculta que desciende de Ijna­ton rige nue­stro mundo y lo que ellos cono­cen es la infor­ma­ción de la macromente.”

Haría falta com­par­tir la fe de Dick para juz­gar si estos aforis­mos con­tienen ver­dadera lumi­nosi­dad, pues a menudo la oscuri­dad del lenguaje esotérico es una valla infran­que­able para los lec­tores pro­fanos. Pero es indud­able que el trans­for­marse en fe, la teología imag­i­naria de Dick perdió su capaci­dad de seduc­ción. Moraleja: no puede hacer lit­er­atura fan­tás­tica quien cree demasi­ado en sus fan­tasías. Como don Qui­jote, en algún momento de su trayec­to­ria lit­er­aria y vital, Dick quedó atra­pado en el reino fab­u­loso que había imag­i­nado. La vul­gata esotérica ha pro­ducido toneladas de chatarra pseu­do­filosó­fica y sus últi­mas obras quizá merez­can cat­a­log­a­rse bajo este rubro. Sin embargo, las grandes nov­e­las que logró escribir antes de perder la chaveta (Ubik, Time out of joint, Blade Run­ner) son el mayor salto en la lit­er­atura de antic­i­pación desde los tiem­pos de Julio Verne y H. G. Wells. Sin pro­ponérselo, Dick escribió la Come­dia Humana del futuro, pues su prin­ci­pal foco de aten­ción, por encima del con­texto político y social, fueron los dra­mas per­son­ales de la gente común o, como diría Balzac, “la his­to­ria de la vida pri­vada de las naciones”. Desde luego, en sus nov­e­las hay apuntes sobre la división geopolítica, los sis­temas de gob­ierno, la mar­ginación y la desigual­dad de las sociedades futuras, pero ese paisaje de fondo sólo le interesa por sus efec­tos en el alma humana, cuyas muta­ciones pre­vió con una mez­cla de ter­ror y fascinación.

En el ter­reno de la vida domés­tica —la más impor­tante para todos los mor­tales—, la real­i­dad ha con­fir­mado ya muchas de sus pro­fecías. Por ejem­plo, la fab­ri­cación masiva de juguetes inteligentes que sostienen con­ver­sa­ciones con los niños y exi­gen ser trata­dos con amor, o la venta masiva de una droga para pro­ducir orgas­mos, que oca­siona la muerte a quienes abu­san de ella. Dick pre­vió tam­bién las con­se­cuen­cias de usar la real­i­dad vir­tual y el cibere­s­pa­cio como un medio de evasión. En Do androids dream with elec­tric sheep?, los per­son­ajes pro­gra­man por com­puta­dora el estado de ánimo que más les con­viene para enfrentar el día: opti­mismo mod­er­ado, eufo­ria, melan­colía, agre­sivi­dad. A juicio de Dick, la fal­si­fi­cación de las emo­ciones iría en aumento hasta instau­rar el impe­rio de la irre­al­i­dad: “El poder del mal es hacer que la real­i­dad cese de exi­s­tir —advir­tió en The divine invasión—. Es el lento diluirse de todo lo exis­tente hasta que la vida se difumine como un fantasma.”

Pero, sin duda, el tema fun­da­men­tal de su obra, y en el que caló más a fondo, fue la paradójica relación entre la raza humana y sus criat­uras arti­fi­ciales, que ahora, con la clonación y la era de los robots a la vuelta de la esquina, se ha vuelto un dilema cru­cial del hom­bre con­tem­porá­neo. En dos de sus nov­e­las más mem­o­rables, Flow my tears, the police man said, y la que Rid­dley Scott llevó al cine con el título de Blade Run­ner, una humanidad cada vez más hun­dida en la vida vir­tual se enfrenta en una guerra sin cuar­tel con las huestes de humanoides que no acep­tan quedar rel­e­ga­dos en el sub­suelo de la sociedad o en las colo­nias mar­cianas. De algún modo, el hom­bre ha usurpado las fun­ciones de Dios, pero esa deifi­cación ocurre, pre­cisa­mente, cuando la vida humana se ha vuelto más arti­fi­cial y fic­ti­cia, lo que degrada al hom­bre por debajo de sus engen­dros y le resta autori­dad moral para com­bat­ir­los. “La may­oría de los androides que conozco tienen más vital­i­dad que mi esposa —reconoce Rick Deckard, el pro­tag­o­nista de Blade Run­ner—. Ella no tiene nada que ofre­cerme.” En la línea de Mary Shel­ley, pero con un hor­i­zonte más som­brío, Dick vis­lum­bró que el cas­tigo del nuevo Dr. Frankestein no sería morir a manos de sus criat­uras, sino pare­cerse demasi­ado a ellas, al grado de no poder dis­tin­guir­las. Un hom­bre deshu­man­izado no puede ejercer las fun­ciones de Dios sino, cuando mucho, actuar como su car­i­catura grotesca. Hacia esa encru­ci­jada nos con­duciría tarde o tem­prano el endiosamiento de la razón. Por eso el con­tenido reli­gioso es tan impor­tante en las nov­e­las de Dick: para él era evi­dente que la humanidad —más engreída cuanto más esquizoide— no podría detener su pro­ceso degen­er­a­tivo mien­tras se negara a escuchar las voces del cosmos.”

Texto pub­li­cado en la edi­ción 90 de Crítica


Escrito por Enrique Serna

Nació en la Ciu­dad de Méx­ico en 1959. Nar­rador y ensay­ista. Estudió lengua y lit­er­at­uras his­páni­cas en la FFyL de la UNAM. Colab­o­rador de Con­fab­u­lario de Novedades, Crítica, La Jor­nada Sem­anal, Letras Libres, y Sábado. Pre­mio Mazatlán de Lit­er­atura 2000 por El seduc­tor de la patria. Pre­mio Nacional de Nar­ra­tiva Col­ima para Obra Pub­li­cada 2004 por Ánge­les del abismo.

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