Herta Müller: ‘El faisán rumano ha estado siempre más cerca de mí que el faisán alemán´

02
sep

Escrito por Car­los A. Aguil­era — Tra­duc­ción de Jorge A. Pomar

Con una boquilla color nácar, un abrigo de piel de conejo y una línea negra gruesa alrede­dor de todo el ojo aparece Herta Müller (Rumanía, 1953) en la puerta de la Lit­er­aturhaus de Berlin. Sus gestos, su ironía, su acento, dela­tan a esa per­sona que con­fiesa sen­tirse sobre todo rumana, “rumana antes que ale­m­ana”, aunque su idioma lit­er­ario y materno sea el alemán, y que ha ganado algunos de los pre­mios lit­er­ar­ios más impor­tantes que se conce­den ahora mismo en Europa. Frau Müller —como invari­able­mente le digo— estudió Filología Ger­mánica y Románica en la Uni­ver­si­dad de Timisoara y, por su activi­dad política con­tra el gob­ierno de Ceaucescu en los años ochenta, fue elegida Rep­re­sen­tante de la Minoría Suaba en Rumanía, razón por la que tuvo que aban­donar el país. De esto y de sus libros (algunos ya tra­duci­dos al español), de política y lit­er­atura, le digo, es que me gus­taría pre­gun­tarle. Hace un gesto afir­ma­tivo con la cabeza y me sug­iere hag­amos primero el pedido. Empiezo a con­tar las mesas, a mirar hacia la ven­tana, a pen­sar en las nubes, la arqui­tec­tura, la gente. Aparece defin­i­ti­va­mente el camarero. Café? Frau Müller lev­anta uno de sus dedos lar­gos y blan­cos. Café, responde. Café, respondo, e incrusto la grabadora en medio de nosotros. Sonrío.

—En libros suyos como La piel del zorro, El hom­bre es un gran faisán en el mundo, La bes­tia del corazón…, hay una gran ten­sión entre escrit­ura, política y vida cotid­i­ana (esa vida cotid­i­ana casi ridícula que se establece bajo los regímenes total­i­tar­ios). ¿Es usted con­sciente de esta ten­sión? Cómo lle­gan estos tres temas a su obra?

—Teóri­ca­mente no puedo expli­carlo. Me parece que no puede ser de otra man­era; esas tres cosas están siem­pre inter­conec­tadas. La lit­er­atura es un espejo de la cotid­i­an­idad y, por ende, de la política. La política entra en la vida cotid­i­ana y, aunque no se con­vierta pre­cisa­mente en ésta, ella misma es fic­ción. Sólo se puede escribir lit­er­atura a par­tir de lo vivido, de la expe­ri­en­cia. Por ejem­plo, nunca he escrito sobre un inter­roga­to­rio de la policía sec­reta, pero después de haber pasado por cin­cuenta de éstos, sé de qué hablaría si lo hiciese. Por des­gra­cia, las per­sonas que han vivido bajo dic­taduras han tenido que apren­der de forma muy conc­reta que la lit­er­atura tiene que ver con la real­i­dad y que tal vez, tam­bién, cumple una tarea, aunque no lo pre­tenda. Describe real­i­dades, real­i­dades inven­tadas, y con ello inter­viene en la vida de los que leen esos libros. Así lo he sen­tido siem­pre. He apren­dido mucho de los libros. He leído —y eso de seguro lo han vivido muchas per­sonas— a deter­mi­nada edad un deter­mi­nado libro que, de repente, se volvió muy impor­tante y me abrió los ojos. No era en abso­luto nece­sario que el libro tuviese relación directa con el país donde vivía o con mi situación de vida. Eso es lo incom­pren­si­ble y lo fasci­nante de la lit­er­atura. Establece seme­jan­zas entre cam­pos total­mente dis­tin­tos. No hay que ser un autor del pro­pio país para escribir un libro sobre “ese” país. Por ejem­plo, Thomas Bern­hard describió para mí de man­era más conc­reta el banat rumano y su minoría ale­m­ana que cualquier otro escritor de cualquier otro lugar. O Gar­cía Márquez, con sus Cien años de soledad. Macondo era para mí Nitzky­dorf, porque era un pueblu­cho sim­i­lar con mucha soledad den­tro. O aquel páramo en El otoño del patri­arca. No en balde, algunos países sudamer­i­canos esta­ban tam­bién mar­ca­dos por dic­taduras. Biografías pare­ci­das lle­van a cosas pare­ci­das que luego te asaltan y dejan enseguida fasci­nada. Con Aus­tria me sucedió lo mismo. La lit­er­atura aus­tri­aca fue siem­pre para todos nosotros mucho más pen­e­trante, sen­sual, veraz, que la may­oría de la lit­er­atura ale­m­ana. Lo cual, desde luego, guarda relación tam­bién con el idioma, incluso con la gramática de las frases, que en defin­i­tiva es Gramática Real e Impe­r­ial –el banat rumano perteneció antes a Austria-Hungría–, que trans­porta una cierta intim­i­dad de la cual no podría en abso­luto definir en qué con­siste, pero que de pronto se le hace a uno famil­iar. Eso sólo lo con­sigue la lit­er­atura; la cual es tam­bién capaz de describir sociedades, incluso cuando no se lo proponga.

—El mundo dic­ta­to­r­ial es ante todo un mundo de fron­teras. En sus libros, los per­son­ajes muchas veces dan la impre­sión de que se encuen­tran asfix­i­a­dos pre­cisa­mente por el peso de esta fron­tera (que no sólo es geográ­fica o política, sino civil, lingüís­tica, men­tal…). Rep­re­sen­tan estos per­son­ajes un reto? ¿Cómo lee u observa usted a sus pro­pios personajes?

—En las dic­taduras todo está muy desnudo, uno ve todo lo que no debe ver o aque­llo que en otras sociedades no está a la vista con tanta nitidez. Y uno ve tam­bién cómo reper­cute esto en la lit­er­atura. Sobre todo en neg­a­tivo: ape­nas has descrito algo y ya viene la policía sec­reta. Es el miedo de los aparatos repre­sivos frente a la lit­er­atura, frente a la urgen­cia con que se leen los libros. Y es que bajo las dic­taduras las fron­teras de las per­sonas son trazadas inten­cional­mente y vig­i­ladas por los aparatos repre­sivos. Tienen una final­i­dad. Ésta con­siste en pro­hibir la lib­er­tad, impedir que surja la idea de lib­er­tad. La fun­ción de esas fron­teras es dañar a las per­sonas, destru­ir­las psíquica­mente, hac­er­las depen­di­entes del miedo, domar­las. Fun­ciona en cada dic­tadura, pre­cisa­mente porque éstas tra­ba­jan el día entero en esa direc­ción, per­fec­cio­nan cada vez más su método hasta reducirlo al absurdo, hasta que se viene abajo por sí mismo. Pero las dic­taduras euror­i­en­tales se colap­saron, implo­sion­aron, no explotaron. Creo que, en parte, reven­taron a causa de su delirio per­fec­cionista, del delirio de afi­nar tanto la repre­sión que había un sec­tor cre­ciente de la sociedad que no era pro­duc­tivo, que sólo se ded­i­caba a la vig­i­lan­cia, que gen­er­aba per­se­cu­ción y temor. La única labor pro­duc­tiva que merecía la pena era la fab­ri­cación del miedo y, al final, sólo se tenía un mon­tón de miedo. La indus­tria era un depósito de chatarra; la agri­cul­tura estaba destru­ida. Así les había ido tam­bién a los soviéti­cos. Al fin y al cabo, los soviéti­cos no dis­olvieron su impe­rio por altru­ismo o por bon­dad, sino porque sen­cil­la­mente ya no había modo de sol­ven­tarlo. La ocu­pación de Europa Ori­en­tal les resultaba demasi­ado cara.

En la Rumanía de entonces yo no notaba más que fron­teras; no había lugar donde no existiese una. Todo era fron­tera, ¡hasta las fron­teras reales del país con el exte­rior! Junto a esas fron­teras nacionales se mató a mucha gente. (De hecho, más que fron­teras son cemente­rios.) Las fron­teras eran el Danu­bio y los con­fines verdes con Ser­bia y Hun­gría. Allí murieron mil­lares de per­sonas que huían sen­cil­la­mente por hastío y que les daba igual pere­cer o no. Cada sem­ana escuch­aba uno decir fulano o mengano fueron fusila­dos. Sin embargo, eso no dis­uadió a nadie, porque la gente estaba harta y ya no soporta­ban la vida cotid­i­ana. La fron­tera era un imán, y todo el mundo ansi­aba estar fuera, fuera, fuera. Vivir en Rumanía desde la mañana hasta la noche sólo se soportaba con la idea de que no era para siem­pre, sino algo pro­vi­sional de lo que alguna vez saldríamos.

Bajo las dic­taduras de Europa Ori­en­tal la pobreza era un instru­mento al ser­vi­cio de la opre­sión, como la policía sec­reta, el ejército o el par­tido. Creo que así mismo es en los esta­dos teocráti­cos. A la pobreza se añade el anal­fa­betismo. A decir ver­dad, el anal­fa­betismo en Rumanía no era tan alto; la may­oría de las per­sonas sabían leer y escribir. Pero de qué sirve eso si la may­oría no entendía abso­lu­ta­mente nada. Conocían las letras, pero cuando has sido edu­cado para no pen­sar, eres anal­fa­beto de otra man­era. De ahí que los per­son­ajes lit­er­ar­ios sean como las per­sonas reales.

Tra­bajé tres años en una fábrica de maquinar­ias. Allí todo estaba cemen­tado, la vida estaba cemen­tada, y he visto cómo viven las per­sonas en un mundo así, casi con­ge­la­dos a merced del viento junto a una jodida banda trans­porta­dora den­tro de una nave sin cale­fac­ción donde las ven­tanas no tenían páne­les de vidrio. Tenían que empezar a tomar alco­hol desde por la mañana para desen­tu­me­cerse los dedos. Y había que romperse el lomo. Muchos llev­a­ban ya 30 o 40 años tra­ba­jando en ese lugar; aldeanos que debían lev­an­tarse a las dos de la madru­gada, cam­i­nar hasta alguna estación de trenes y via­jar cua­tro o cinco horas hasta alcan­zar la fábrica. Una vez allí tra­ba­ja­ban hasta las cinco de la tarde y luego regresa­ban en tren hasta la estación. Lle­ga­ban a sus casas a las diez de la noche, muer­tos de can­san­cio. ¿Qué vida es ésa? Sin con­tar que se lab­oraba tam­bién sábado y domingo, pues no existía la sem­ana de cua­tro o cinco jor­nadas. Nunca cumplíamos el plan y cada vez que se incumplía había que tra­ba­jar tam­bién el fin de sem­ana. No se pro­ducía nada, no había nada, nadie lle­gaba a viejo. Cuando los obreros alcan­z­a­ban la edad de retiro ya esta­ban enfer­mos y, un poquito después, muer­tos. Por entonces esa situación me aterraba sobre­man­era y me hacía sen­tir respeto por aque­lla gente. Me parecía incon­ce­bible. Al cabo de sólo dos años, pens­aba yo que no daba más, que aque­llo era inso­portable, y cuando extrap­o­laba el asunto a los 30 o 40 años que muchos llev­a­ban ya en aque­lla fábrica, de ver­dad es que sen­tía espanto.

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