Enrique Serna: el arte como una forma elevada de entretenimiento

17
jul

Entretener, diver­tir, dis­traer: muchos escritores mod­er­nos se indig­narían si alguien les recuerda que ésa es tam­bién obligación de la lit­er­atura. (…) El com­pro­miso y la exper­i­mentación son muy respeta­bles, desde luego, pero cuando una fic­ción es abur­rida no hay doc­t­rina que la salve.

Mario Var­gas Llosa

 

La rev­olu­ción for­mal en la nar­ra­tiva de fic­ción de prin­ci­p­ios del siglo xx, fuerte­mente influ­ida por Freud y las van­guardias artís­ti­cas, nos legó una doble heren­cia: por un lado, dotó a la fic­ción de un nivel de osadía, sofisti­cación y sutileza nunca antes visto; por otro, legit­imó una impre­cisa y engañosa dico­tomía que aún per­dura: la del lec­tor avezado, dotado de una enorme cul­tura, capaz de desen­trañar los retos int­elec­tuales más arduos, opuesto al lec­tor común, indifer­ente a lo for­mal, intere­sado sobre todo en pasar un buen rato leyendo. Es ver­dad que exis­ten nar­ra­ciones fic­ti­cias maes­tras, inda­gado­ras de lo humano, de una com­ple­ji­dad tal que nunca estará al alcance del gran público, así como cuen­tos y nov­e­las tra­ma­dos con gran astu­cia, pletóri­cos de ten­sión y sus­penso, cuyo único fin es diver­tir. Sin embargo, la escisión men­cionada, impens­able en el siglo xix, cuando la gran lit­er­atura era acce­si­ble a un amplio audi­to­rio, se presta a con­fusión: puede pre­dispon­er­nos a favor de cualquier fic­ción con cierto tufillo int­elec­tual y en con­tra de todo relato entretenido. No es inteligente reducir la lit­er­atura a dos polos divor­ci­a­dos. En medio están las obras de aque­l­los autores con una doble pre­ocu­pación: diver­tir y explo­rar los recov­ecos del ser. En esta cat­e­goría se inscriben los libros de Enrique Serna (Ciu­dad de Méx­ico, 1959).

Com­puesta por siete nov­e­las, dos libros de cuen­tos y dos recopi­la­ciones de ensayos y notas peri­odís­ti­cas, la obra de Serna es una de las más sol­i­das del panorama lit­er­ario mex­i­cano de las últi­mas décadas. Su exce­lente recep­ción crítica, la buena respuesta de los lec­tores y los pre­mios que ha mere­cido la avalan. Se trata de un con­junto het­erogé­neo que no rehúye su deber de retener al lec­tor con los ardides de las his­to­rias mem­o­rables sin sac­ri­ficar por ello agudeza ni pro­fun­di­dad; la obra de un autor que no tiene prisa por pub­licar (mal que aqueja no sólo a los escritores bisoños, sino a var­ios de los con­sagra­dos) y que evita cada vez con mayor ahínco el ripio y las for­mas que recla­man aten­ción sobre sí mis­mas. Al respecto, Serna ha dicho lo sigu­iente en una entre­vista para Revista de Letras: “No me gusta el vir­tu­o­sismo for­mal forzado. He bostezado mucho leyendo ese tipo de exper­i­men­tos. (…) En mis comien­zos yo quería hac­erme notar en mis nar­ra­ciones; ahora he madu­rado y pre­fiero desa­pare­cer tras bam­bali­nas. A los cuarenta años com­prendí que la vol­un­tad de estilo no es una vir­tud sino un defecto.”

En varias de sus notas peri­odís­ti­cas, Serna ha declar­ado su antipatía ante aque­l­las élites int­elec­tuales que pre­tenden estable­cer una línea sev­era e inamovi­ble que divida la alta y la baja cul­tura, como si el arte no con­sistiera en un per­ma­nente mes­ti­zaje, así como ante aque­l­los autores que bus­can dis­frazar con afectación y bar­ro­quismo for­mal su abso­luta vacuidad. Además, se ha pro­nun­ci­ado a favor del tan vilipen­di­ado lec­tor “común”, que ve en la lit­er­atura una forma de enten­der mejor el mundo que habita y de vivir las vidas que nunca ten­drá; ha crit­i­cado con dureza, en cam­bio, al lec­tor exquis­ito, que sólo busca en los libros ref­er­en­cias a otros libros y un bagaje cul­tural estéril, sin sus­tan­cia. Aspi­rar a un público amplio y diverso no le parece una clau­di­cación como escritor. En su ensayo sobre Patri­cia High­smith ha apun­tado: “Hay una enorme difer­en­cia entre escribir para el público (algo que siem­pre ter­mina en fra­caso) y escribir lo que uno quiere de la man­era en que el público pueda acep­tarlo, como en el caso de Patri­cia.” Estas obser­va­ciones no pueden tomarse como inci­den­tales; en real­i­dad, con­for­man toda una poética que el autor tiene muy pre­sente a la hora de escribir sus ficciones.

Uno de los escritores que parece haber dejado una huella más honda en la obra de Serna es Manuel Puig. En un ensayo de Las car­i­cat­uras me hacen llo­rar, Enrique le rinde hom­e­naje al gran nar­rador argentino, invita a sus edi­tores a poner de nuevo en cir­cu­lación sus libros, crit­ica a sus detrac­tores (que quer­rían reducir sus nov­e­las a sim­ples diver­ti­men­tos) y reconoce el gran aporte de Puig a la nar­ra­tiva lati­noamer­i­cana: la incor­po­ración de la cul­tura pop­u­lar, llámese melo­drama, bolero, tango o revis­tas de modas, a la lit­er­atura “seria”, estu­di­ada por académi­cos. Pese a que, en un prin­ci­pio, autores tan emi­nentes como Borges, Cortázar y Var­gas Llosa des­deñaron la obra de Puig, este lograría pronto su inscrip­ción en el canon de la lit­er­atura his­panoamer­i­cana. El mismo Var­gas Llosa delataría su influ­en­cia en La tía Julia y el escribidor.

Serna asim­iló desde los ini­cios de su car­rera la lec­ción del autor de El beso de la mujer araña, que tam­poco ignora Haruki Murakami, otro gran admi­rador de Puig: la cul­tura pop­u­lar no debe estar dis­tante de la “alta” lit­er­atura, pues hace parte de nues­tra edu­cación sen­ti­men­tal; igno­rarla sería cerce­nar todo un sis­tema de ref­er­en­cias que incide de man­era sus­tan­cial en la con­for­ma­ción de los indi­vid­uos. Serna ha estado siem­pre muy cerca de esa cul­tura: ha sido guion­ista de telen­ov­e­las y bió­grafo de ído­los del pueblo; var­ios de sus libros lle­van como título nom­bres o ref­er­en­cias de can­ciones pop­u­lares (Fruta verde, Las car­i­cat­uras me hacen llo­rar, Uno soñaba que era rey); una de sus pro­tag­o­nistas es una exreina de belleza; se ha ocu­pado con mucho respeto, además, de autores y géneros con­sid­er­a­dos de segundo orden por algunos, como la nov­ela negra.

En su nota “Lágri­mas en el clóset”, Serna con­suma una defensa del melo­drama: con­sid­era que las emo­ciones son un mate­r­ial artís­tico válido y defiende las telen­ov­e­las, las cuales, en sus pal­abras, con­tribuyen a que sus espec­ta­dores exper­i­men­tan una catar­sis “sin la cual la vida sería inso­portable para mil­lones de seres, incluyendo a los int­elec­tuales más analíti­cos y abstraí­dos”. En su opinión, no habría que rec­hazar el melo­drama, sino, en todo caso, pedirle que con­mueva sin falsear la real­i­dad, refle­jando la com­ple­ji­dad de la vida amorosa; sólo así podrá ampliar los hor­i­zontes cul­tur­ales de su público y darle ele­men­tos de juicio para exi­gir un mejor entreten­imiento. De lo ante­rior podemos con­cluir que, desde la per­spec­tiva del autor, no hay géneros menores, sino eje­cu­ciones defec­tu­osas de esos géneros.

Otro de los ras­gos que car­ac­ter­iza a la obra de Serna es el humor negro. Enrique ha con­fe­sado su afi­ción al cuento cruel, entre cuyos cul­tores men­ciona a Vil­liers de L’Isle Adam, Baude­laire, Vir­gilio Piñera y Rubem Fon­seca. Observa que el género lo atrae desde la ado­les­cen­cia por “su capaci­dad de sub­ver­tir la real­i­dad y provo­car emo­ciones encon­tradas, pues el lec­tor muchas veces no sabe si se ríe de lo que está leyendo o se ríe de sí mismo”. Esa sen­sación agridulce es la que ten­emos ante varias de las obras de Serna: el autor suele ser despi­adado con sus crea­t­uras fic­ti­cias, vapule­ando sus defec­tos pero sin caer en la car­i­catura, que ter­mina por restar cred­i­bil­i­dad a los per­son­ajes; se burla de las taras de sus per­son­ajes a la vez que pro­fun­diza en sus com­ple­jas car­ac­ter­i­za­ciones, de modo que el lec­tor se ríe a la vez que se iden­ti­fica y con­mueve con ellos.

Tanto en sus fic­ciones como en su obra peri­odís­tica, Enrique Serna no duda en fusti­gar nue­stros más acen­dra­dos vicios sociales, como el machismo, el fem­i­nismo exac­er­bado y malen­ten­dido, la cor­rup­ción, el nacional­ismo, la falsa cari­dad y el arribismo, entre otros de nue­stros tesoros, pero ataca con espe­cial ahínco la repre­sión de los más ínti­mos deseos en favor de la moral con­ser­vadora. Serna parece con­ce­bir ésta como la artí­fice de nues­tras grandes frus­tra­ciones, por lo que sug­iere una lib­eración de las cos­tum­bres, de los estereoti­pos: si algunos de sus per­son­ajes se frus­tran por seguir los dic­ta­dos de la moral retrógrada, otros son trans­gre­sores y explo­ran fac­etas poco aprobadas de la sex­u­al­i­dad, como la bisex­u­al­i­dad y las rela­ciones múlti­ples. Como Wilde, el autor opina que la mejor man­era de librarse de la tentación es caer en ella; como Bataille, que las pro­hibi­ciones estim­u­lan el deseo. Serna es, pues, un moral­ista, pero no uno que pre­tenda mor­alizar car­i­ca­tur­izando a sus per­son­ajes, de modo que resul­ten tan ridícu­los como irreales, ni que se coloque en una ata­laya para señalar los vicios ajenos. Por el con­trario, mues­tra una gran empatía con sus per­son­ajes fra­casa­dos. Además, en oca­siones él mismo resulta blanco de sus burlas: si uno sigue sus notas en per­iódi­cos y revis­tas, podrá verlo en situa­ciones muy cómi­cas, como pade­ciendo una incon­ti­nen­cia gaseosa frente a María Félix o car­gando, por odiosa cortesía, con un arse­nal de libros de los que quer­ría deshac­erse como de la peste.

El grueso de la obra de Enrique Serna está com­puesto por nov­e­las. Señorita Méx­ico (1987) Uno soñaba que era rey (1989), El miedo a los ani­males (1995), El seduc­tor de la patria (1999), Ánge­les del abismo (2004), Fruta verde (2006) y La san­gre erguida (2010) son sus tra­ba­jos en este rubro. Como él mismo ha dicho, en sus primeras nov­e­las perseguía la inno­vación for­mal; pese a ello, nunca olvidó que el cen­tro de la fic­ción reside en con­tar his­to­rias que emo­cio­nen y atrapen al lec­tor. Después tendió a la invis­i­bil­i­dad como nar­rador: se valió de estruc­turas y esti­los que no se hicieran notar, sino que fueran vehícu­los dis­cre­tos pero efi­caces para contar.

Su nov­ela debut, Señorita Méx­ico, está nar­rada a través de dos planos enfrenta­dos: por un lado, el relato de vida que la pro­tag­o­nista, una exreina de belleza caída en des­gra­cia, le hace a un peri­odista; por otro, un nar­rador omni­sciente relata esce­nas cru­ciales que la pro­tag­o­nista escamotea. De la con­frontación de estos dos planos, de su ten­sión, resulta, además de humor, un retrato despi­adado a la vez que entrañable del per­son­aje cen­tral, cuya visión está con­for­mada en buena parte de ingenuidad, friv­o­l­i­dad y ton­tería, pero tam­bién de ilu­siones per­di­das que no con­vo­can la burla sino el entendimiento. Hay en la men­cionada oposi­ción un con­traste entre lo que Selene Sepúlveda había soñado ser y las mis­e­rias que la vida le tenía deparadas. Lo nove­doso de la estruc­tura del libro con­siste, sobre todo, en la inver­sión tem­po­ral en el plano del nar­rador omni­sciente, que ini­cia con la muerte de la pro­tag­o­nista y ter­mina con su nacimiento. La prosa de Serna, fun­cional, pre­cisa, despo­jada de inútil retórica, está pre­sente ya en su ópera prima, como tam­bién lo está su interés por los seres mar­ginales: ele­gir a una exreina de belleza como pro­tag­o­nista, si no es un caso único en la lit­er­atura mex­i­cana, sí es inusual. Serna parece rescatar a Selene de vie­jas revis­tas de espec­tácu­los, de la cul­tura pop­u­lar a la que nunca des­deña, para decirnos que la condi­ción humana está en todos lados, incluso en aque­l­los rin­cones con fre­cuen­cia des­deña­dos por los escritores “serios”.

En su segunda nov­ela, Serna amplía sus alcances: no se pro­pone ya con­tar la vida de un per­son­aje, sino per­pe­trar un fresco de la Ciu­dad de Méx­ico con diver­sos focos y per­spec­ti­vas alter­nadas que den cuenta de una sociedad com­pleja y desigual. Un proyecto de tales car­ac­terís­ti­cas remite de inmedi­ato a la céle­bre primera nov­ela de Car­los Fuentes, La región más trans­par­ente (1958). Hay, sin embargo, difer­en­cias nota­bles entre ésta y Uno soñaba que era rey. El libro de Fuentes pre­senta una ingente can­ti­dad de per­son­ajes de todos los estratos sociales para rep­re­sen­tar una sociedad caótica, en plena expan­sión. Extenso y for­mal­mente sofisti­cado, es un proyecto ambi­cioso y, sin duda, digno de aplauso. Sin embargo, adolece de impor­tantes defec­tos: fra­casa en su búsqueda de una esen­cia inex­is­tente de la ciu­dad; en oca­siones sus per­son­ajes, más que seres de carne y hueso, resul­tan abstrac­ciones, ideas, con un alto nivel de inverosimil­i­tud; los per­son­ajes con cierta impor­tan­cia son tan numerosos que resulta muy difí­cil seguir­los a todos, ya no dig­amos involu­crarse con sus dra­mas y tribu­la­ciones. Pero la mayor falla de la nov­ela está en su lenguaje. A pesar de que Fuentes maneja con soltura var­ios reg­istros lingüís­ti­cos, con fre­cuen­cia se cuela en ellos la voz autoral, que, en vez de dejar al lec­tor la grata tarea de glosar los episo­dios que lee, se torna juez y nos ati­borra con apre­cia­ciones líri­cas sobre todo lo exis­tente. Además, la retórica, uno de los peo­res defec­tos del autor como nar­rador, se impone en esta obra, de modo que la infla sin necesi­dad y vuelve pesada la lec­tura. En dicha retórica está la clave de que, leída en este siglo xxi, la nov­ela parezca cosa vieja, afec­tada flor de antaño.

Serna parece haber apren­dido del descal­abro de su com­pa­tri­ota al plantearse un proyecto sim­i­lar. Uno soñaba que era rey tam­bién aspira a con­fig­u­rar una visión panorámica de la cap­i­tal mex­i­cana, pero esta vez esculp­ida con instru­men­tos más modestos en apari­en­cia, pero mucho más pre­cisos. En vez de emu­lar a Fuentes emu­lando a Balzac en su designio de com­pe­tir en la fic­ción con el reg­istro civil, Serna real­iza una cuida­dosa selec­ción de per­son­ajes rep­re­sen­ta­tivos de la sociedad que dis­ec­ciona: un niño pobre y dro­ga­dicto, un mil­lonario, una humilde mujer frustrada, un exrev­olu­cionario que se pudre en vida tra­ba­jando para sus peo­res ene­mi­gos, un ras­trero empleado de un cine, una anciana mori­bunda y un niño rico son los per­son­ajes prin­ci­pales. A lo largo de la nov­ela, todos ellos resul­tan rela­ciona­dos de alguna u otra man­era y su par­tic­i­pación es nece­saria para el desar­rollo de la trama. Alrede­dor de estos per­son­ajes está un grupo no demasi­ado extenso de secun­dar­ios que refuerza las car­ac­ter­i­za­ciones de los pro­tag­o­nistas, así como sus con­flic­tos. Cada capí­tulo cor­re­sponde, por lo gen­eral, a la per­spec­tiva de uno de los per­son­ajes prin­ci­pales. Estas per­spec­ti­vas no aspi­ran a ago­tar los arqueti­pos de una sociedad, sino que, de forma implícita o explícita, chocan entre ellas, con lo cual gen­eran ten­sión e interés. Los recur­sos de los que se vale Serna son diver­sos: supuesta tran­scrip­ción de graba­ciones y pro­gra­mas de radio, estruc­tura de guión cin­e­matográ­fico, capí­tu­los con­stru­i­dos en forma de diál­o­gos cruza­dos, episo­dios donde los delirios más dis­parata­dos se consignan como si en ver­dad ocur­ri­eran. A pesar de esta vari­ada demostración de vir­tu­o­sismo for­mal, Serna no olvida que su mis­ión es con­tar una his­to­ria que le estalle en la cara al lec­tor, dejando al des­cu­bierto sus tremen­das flaque­zas, sus locos sueños, sus dolores mejor guarda­dos. El libro adopta dis­tin­tos lengua­jes según el per­son­aje en turno y no hay en ellos inter­ven­ción vis­i­ble de su autor. Si bien se nota la difer­en­cia entre un reg­istro lingüís­tico y otro, la prosa siem­pre es flu­ida, sin afecta­ciones que, además de volverla lenta, la mar­carían con fecha de caduci­dad. Uno soñaba que era rey es un efi­caz mural de la Ciu­dad de Méx­ico, con sus tremen­dos extremos y desigual­dades; pero es sobre todo un retablo de per­son­ajes escru­ta­dos por la angus­tia, cuyo valor lit­er­ario va mucho más allá de la ciu­dad imag­i­naria que los cobija.

El miedo a los ani­males es la única incur­sión, hasta el momento, de su autor en la nov­ela poli­ci­aca, un género des­pre­ci­ado por algunos exquis­i­tos por con­sid­er­arlo, pre­jui­ci­ada­mente, baja lit­er­atura, pero muy admi­rado por algunos de los grandes nar­radores lati­noamer­i­canos, como Borges, Bioy Casares y Onetti. Este libro inau­gura una etapa en la obra de Serna que con­tin­uaría hasta la fecha: una en la que, más que un armazón lla­ma­tivo, bus­cará la dis­cre­ción for­mal, de modo que el lec­tor no sea nunca con­sciente de la téc­nica y nada lo dis­traiga de la his­to­ria que se le cuenta; lo ante­rior no sig­nifica que el autor no se esfuerce por con­seguir una forma lograda: ahora lo hace bus­cando por todos los medios pasar desapercibido. La his­to­ria está pro­tag­on­i­zada por Evaristo Reyes, expe­ri­odista y nov­el­ista frustrado, que, con­trar­iando sus con­vic­ciones, ha acep­tado tra­ba­jar como policía judi­cial bajo las órdenes de un coman­dante cor­rupto y cínico a más no poder. Cuando a Reyes se le encomienda que inves­tigue la muerte de un escritor y peri­odista mar­ginal que había insul­tado en uno de sus artícu­los al pres­i­dente de la república, la labor le entu­si­asma, pues le parece una buena opor­tu­nidad para rein­vidi­carse ante sí mismo, antes ese yo humil­lado y per­dido. Al infil­trarse en el medio lit­er­ario, como pide la inves­ti­gación, Reyes encuen­tra un mundo no menos degradado que el poli­cial: envidias, com­padraz­gos, soborno, cor­rup­ción, hipocre­sía, mafias. Como nov­ela de detec­tives, El miedo a los ani­males es muy com­pe­tente: el interés por el enigma nunca decae y el final está bien resuelto. Además, el libro es una crítica feroz al medio lit­er­ario mex­i­cano, lo que le da una dimen­sión supe­rior al mero entreten­imiento. El único defecto que cabría achacársele es la exce­siva car­i­ca­tur­ización de cier­tos per­son­ajes, como Palmira Jack­son, que ter­mina por volver inverosímil un par de esce­nas del volumen.

La nov­ela histórica ha sido cul­ti­vada por Serna en El seduc­tor de la patria (1999) y Ánge­les del abismo (2004). En ambos casos, se esmera el autor en no abru­mar a su lec­tor con la exhaus­tiva inves­ti­gación histórica que está detrás de sus obras, y evita referir hechos con impor­tan­cia histórica pero ninguna sig­nifi­cación para la trama.  Estas dos nov­e­las son las más exten­sas de Serna, y prob­a­ble­mente intimi­den a algunos lec­tores por su vol­u­men, pero, tal como las grandes nov­e­las dec­i­monóni­cas, no requieren de may­ores conocimien­tos para su dis­frute y prove­cho. La primera recrea la vida de uno de los vil­lanos favoritos de los mex­i­canos: Anto­nio López de Santa Anna, pres­i­dente del país en once oca­siones, cuyo acto más son­ado fue la venta forzada a Esta­dos Unidos de medio país. Al ini­cio de la nov­ela, vemos a un Santa Anna viejo y enfermo, apartado de la política, que busca reivin­dicar su nom­bre ante la his­to­ria, para lo cual pide a su hijo Manuel que funja como su bió­grafo. Luego de que su peti­ción pros­pera, Santa Anna escribe car­tas a su bió­grafo en las que cuenta una ver­sión edul­co­rada y hero­ica de su vida. A esta ver­sión se le opo­nen doc­u­men­tos ofi­ciales y car­tas que con­tradi­cen la ver­sión del dic­ta­dor. El recurso es muy sim­i­lar al uti­lizado en Señorita Méx­ico: se enfrentan, con efec­tos humorís­ti­cos, dos ver­siones de una misma vida que estable­cen no sólo lo que fue el pro­tag­o­nista, con toda la mis­e­ria de sus fra­ca­sos y renun­cias, sino lo que habría deseado ser, esa ver­sión hero­ica de sí mismo que quer­ría dar por buena. La con­fig­u­ración del per­son­aje se conc­reta a través de la ten­sión entre esos dos planos. Si bien Serna nunca hace de abo­gado del dia­blo, ya que no busca aten­uar las cul­pas del dic­ta­dor, sí lo human­iza al mostrárnoslo viejo, cas­cado y vul­ner­a­ble, de modo que luego de leer el libro no podremos recor­darlo como un irreal vil­lano, sino como un ser humano der­ro­tado por sus defectos.

Ánge­les del abismo está pro­tag­on­i­zada por una pareja de trans­gre­sores, una falsa beata y un indio após­tata, enfrenta­dos a la Inquisi­ción y a la cer­rada y cla­sista sociedad colo­nial en la Nueva España del siglo xvii. El autor dice haberse tomado muchas lib­er­tades con los mod­e­los históri­cos de ambos per­son­ajes. Como en la nov­ela picaresca española, los pro­tag­o­nistas de esta nov­ela se valen de medios ilíc­i­tos, como el engaño, para sub­si­s­tir en una sociedad que no les deja mucha más alter­na­ti­vas: Crisanta de la Cruz finge éxta­sis mís­ti­cos, mien­tras que su novio sim­ula ser cris­tiano cuando en real­i­dad adora a los dioses de sus antepasa­dos. Este par de pícaros goza de las sim­patías del lec­tor, así como sus detrac­tores le son odiosos. Entre estos, uno de los prin­ci­pales es el cura Juan de Cár­camo, recal­ci­trante defen­sor del orden imper­ante que, a la vez, tiene la dia­bólica tentación de la sodomía, la cual sólo puede paliar con lava­ti­vas para no caer en pecado mor­tal. Aun cuando, sin duda, este per­son­aje nos resulta abor­reci­ble, nunca está sat­i­rizado al extremo de pare­cer irreal: se nos mues­tran sus dos caras, la pública y la pri­vada, siem­pre en ten­sión, y eso nos invita a la com­pren­sión, más que a la cen­sura inflex­i­ble. El humor del libro surge de la burla, sus­ten­tada en las men­ti­ras de Crisanta y Tla­cotzín, de una sociedad moji­gata y cor­rupta. La crítica social es evi­dente, pero se hace desde un tono fes­tivo. Al prin­ci­pio, el libro está estruc­turado con base en dos planos nar­ra­tivos alter­na­dos (uno cor­re­sponde a la beata; el otro, al indio) que aca­ban convergiendo.

Fruta verde es la nov­ela del autor más inspi­rada en su propia biografía, aunque, según ha declar­ado Serna, se ha tomado todas las lib­er­tades nece­sarias para con­struir una trama nov­e­l­esca que no repro­duzca el pasado sino que lo trans­fig­ure. Los tres pro­tag­o­nistas están inspi­ra­dos en el pro­pio autor, su madre y su amigo Car­los Olmos, que en la nov­ela son Ger­man Lugo, un joven izquier­das, pub­licista, apa­sion­ado por la lit­er­atura y apren­diz de escritor; Paula Recil­las, su madre, lec­tora voraz y ene­miga acér­rima de cualquier acto que no esté den­tro de sus estre­chos pre­cep­tos morales; y Mauro Lla­mas, dra­maturgo homo­sex­ual atraído física e int­elec­tual­mente por Ger­mán, a quien intenta seducir. La estruc­tura pre­senta tres líneas nar­ra­ti­vas alter­nadas, cada una de las cuales cor­re­sponde a uno de los per­son­ajes cen­trales. Cada línea se desar­rolla teniendo muy claro su con­flicto cen­tral, que azuza la curiosi­dad del lec­tor y que está muy lig­ado con los con­flic­tos nodales de los otros planos. El título es el mismo de un bolero de Luis Alcaraz, pop­u­lar­izado en voz de Javier Solís, cuyo cen­tro, como el del libro, es la caída en la tentación de un amor pro­hibido. En esta nov­ela de apren­dizaje, Serna dirige sus dar­dos de nuevo con­tra la moral con­ser­vadora, que pre­tende nor­mar incluso los ámbitos más ínti­mos de sus víc­ti­mas, y defiende la diver­si­dad sex­ual con humor y emo­tivi­dad, sin recur­rir nunca al panfleto.

La san­gre erguida es la nov­ela más reciente de su autor. Como Fruta verde, el libro tiene tres pro­tag­o­nistas que se nos pre­sen­tan a través de líneas nar­ra­ti­vas alter­nadas: Bul­maro Díaz, un mex­i­cano que ha dejado su esta­bil­i­dad económica y su país para escapar a España con una volup­tu­osa domini­cana que avasalla su vol­un­tad; el actor porno argentino Juan Luis Ker­low, quien, en una época árida de su car­rera, recibe una oferta para fil­mar una serie de pelícu­las en Barcelona y ter­mina engan­chado, por primera vez en su vida, en las arteras redes del amor; y el español Fer­rán Miralles, que desde prisión nos cuenta cómo, a raíz de una mala expe­ri­en­cia en su juven­tud, quedó imposi­bil­i­tado de tener rela­ciones sex­u­ales nor­males, por lo cual se con­vir­tió en un solterón frustrado y en un canalla con­de­nado a quince años de cár­cel. Los tres tienen en común ser cuar­en­tones cuyas vidas ter­mi­nan sig­nadas por las haz­a­ñas, ape­ten­cias o miedos de sus respec­tivos penes; los tres, inquili­nos de la misma ciu­dad, se cruzarán en más de una ocasión a lo largo del libro. Además de ser una nov­ela jocosa, intri­g­ante, de esas que se leen sin ningún dolor, La san­gre erguida invita a la reflex­ión sobre el lugar pre­pon­der­ante que suele tener el pene en la vida de muchos varones, al grado de que se impone a la lib­er­tad de elec­ción de su por­ta­dor. De los tres pro­tag­o­nistas, el más logrado es, quizá, Fer­rán Miralles: a través del giro que da su his­to­ria cuando al fin, a una edad madura, deja de ser vir­gen y salta de una cama femenina a otra, el autor recrea la tiranía del miem­bro gen­i­tal mas­culino, que marca la per­son­al­i­dad de su dueño según su desem­peño sex­ual y que se con­vierte, cuando está sat­is­fe­cho, en un sím­bolo de poder y suprema­cía que puede con­ducir a la soledad o a la trage­dia. El caso de José Luis Ker­low rep­re­senta el des­cubrim­iento tardío de la conex­ión entre amor y sexo, que hace estra­gos en un hom­bre acos­tum­brado a no mezclar­los. Aunque este plano no carece de interés, tam­poco llega a la pro­fun­di­dad en el son­deo de las taras mas­culi­nas que sí alcanza el ded­i­cado a Miralles. Lo mismo se puede decir de la línea cor­re­spon­di­ente a Bul­maro Díaz, entretenidísima pero un tanto vaga en sus sug­eren­cias y res­olu­ción. A pesar de ello, en con­junto los tres relatos acier­tan al exponer al hom­bre desnudo, vul­ner­ado, sometido a las servidum­bres de su sexo.

En 2001, año de la pub­li­cación de su segunda reunión de relatos, El orgas­mó­grafo, Serna per­petró en Letras Libres una reivin­di­cación del cuento, ese género lit­er­ario tan impop­u­lar entre los lec­tores, pese a haber dado a la fic­ción algunos de sus máx­i­mos expo­nentes: piéns­ese en Poe, en Gogol, en Chéjov, en Mau­pas­sant, en Borges, en Cortázar y en Carver, por men­cionar sólo algunos. En su nota, “Especie pro­te­gida”, Serna da cuenta de una paradoja vis­tosa en relación con los esca­sos lec­tores de cuento: siendo este un género breve, no es el predilecto de la gente con poco tiempo para leer, que suele preferir abis­marse en gor­dos nov­el­ones ligeros antes que hacer el esfuerzo de cam­biar de tono y de his­to­ria con fre­cuen­cia, y de llenar los vacíos con la imag­i­nación, como exi­gen los libros de relatos. Serna refiere, además, cómo el cuento se ha ido volviendo una “sec­reta pasión de una minoría cada vez más exigua”, a tal grado que incluso en los países más cul­tos de Europa las edi­to­ri­ales evi­tan indis­crim­i­nada­mente la pub­li­cación de cuen­tar­ios, excepto si el autor ha escrito antes nov­e­las de éxito; de ahí que el género se haya con­ver­tido en una especie pro­te­gida, que no podría sobre­vivir sin la sub­ven­ción de mece­nas estatales o privados.

Quizás la sim­patía de Serna por ese género minori­tario, tan nece­si­tado de pro­mo­ción, lo lleva a la bien­in­ten­cionada hipér­bole de afir­mar que, en las últi­mas décadas, tanto en Méx­ico como en toda Lati­noamérica el número de cuen­tis­tas nota­bles es supe­rior al de nov­el­is­tas descol­lantes. Dada su difusión, la nov­ela siem­pre pre­dom­ina en los recuen­tos de la mejor fic­ción  lati­noamer­i­cana de los dece­nios recientes; el género en nue­stros países, además, goza de muy buena salud. Lo cierto es que, aunque parezca escribirse poco y pub­li­carse menos, el cuento entre nosotros sigue cul­tiván­dose con bril­lantez, sin reba­jarse a nivel de ejer­ci­cio prepar­a­tivo para enfrentarse a obras nar­ra­ti­vas de mayor exten­sión. En Méx­ico, Eduardo Anto­nio Parra y el pro­pio Serna están entre sus may­ores expo­nentes actuales.

Los cuen­tos de Enrique Serna apare­cen com­pi­la­dos en dos volúmenes, Amores de segunda mano (1994) y El orgas­mó­grafo (2001), a los que pronto se les sumará Parábo­las egoís­tas, que reunirá relatos inédi­tos y otros ya apare­ci­dos en revis­tas. Da la impre­sión de que Serna procura lo mismo en sus cuen­tos que en sus nov­e­las: la redondez y la auto­su­fi­cien­cia. Sus fic­ciones largas exhiben la misma prosa con­tenida y efi­caz que sus relatos. Por lo gen­eral, el nivel de aque­l­las no está por debajo del de estos, que han fig­u­rado, con jus­ti­cia, en varias antologías de lo más granado de la nar­ra­tiva breve mex­i­cana. Tanto Amores de segunda mano como El orgas­mó­grafo rehúyen la unidad temática y for­mal, y más bien le apues­tan a la diver­si­dad. Al entre­gar un libro de cuen­tos a la imprenta, Serna parece operar como, según sus propias con­fe­siones, lo hacía el gran Julio Cortázar: escribía cuen­tos sin pen­sar en un proyecto con­junto, y cuando tenía una can­ti­dad con­sid­er­able de ellos los reunía en un libro.

Amores de segunda mano posee un título feliz que, sin embargo, no parece cubrir su vari­ado con­tenido. Se trata de una buena reunión de relatos con algunos trope­zones. El afán exper­i­men­tal, car­ac­terís­tico de la primera etapa nar­ra­tiva de Serna, está pre­sente en “Amor pro­pio”, relato escaso de sig­nos de pun­tuación (muy a lo Joyce), en el cual una actriz y el trav­esti que la imita cuen­tan su his­to­ria a dos voces, sin mar­cas que dis­tin­gan una de la otra. Tal exhibi­ción for­mal­ista intenta escon­der la falta de hon­dura del relato, que, fuera de un guiño a El lugar sin límites, de José Donoso, no resulta mem­o­rable, sino más bien enmarañado y cansado. El libro incluye tam­bién una primera ver­sión de Fruta verde: el cuento “La glo­ria de la repeti­ción”, que tiene un argu­mento muy pare­cido al de la nov­ela que su autor pub­li­caría doce años después, pero que se queda ape­nas en esbozo de un proyecto al que todavía le faltaba madu­rar. Uno de los cuen­tos más inqui­etantes del libro es “La noche ajena”, en el que la familia de un niño ciego le hace creer que el sen­tido de la vista no existe para que no sufra esa caren­cia. Este cuento sería redondo si al final el autor no cediera a la tentación de explicar lo que el lec­tor debería inter­pre­tar por su cuenta. Entre los mejores relatos de la colec­ción están “La última visita”, estruc­turado por com­pleto a través de diál­o­gos, que narra una diver­tida y con­move­dora his­to­ria sobre las retor­ci­das for­mas en que una madre y sus dos hijos ali­vian su soledad; “Extremaun­ción”, sobre una ven­ganza sin­gu­lar, con una res­olu­ción ines­per­ada y catár­tica, y dar­dos enve­ne­na­dos con­tra la doble moral; “Eufemia”, cuyo bien lle­vado desar­rollo gira en torno a la frus­tración; y “El ali­mento del artista”, la jocosa his­to­ria de unos amantes que, para sen­tirse plenos, nece­si­tan de la mirada ajena.

Las siete his­to­rias que con­for­man El orgas­mó­grafo, además de estar escritas con un pulso nar­ra­tivo envidi­a­ble, cues­tio­nan el autori­tarismo, la repre­sión, la cor­rup­ción, la cobardía y la ambi­ción, entre otros asun­tos, con el buen tino de no pre­sen­tar per­son­ajes car­i­ca­turescos, con los que el lec­tor no podría iden­ti­fi­carse, sino seres pletóri­cos de anh­e­los que nunca alcan­zarán, como muchos per­son­ajes de otras fic­ciones de Serna. Es este un libro mucho más acabado que Amores de segunda mano. No sería exager­ado cal­i­fi­carlo de impeca­ble. Dis­tin­tos entre sí en tono y exten­sión, los cuen­tos de El orgas­mó­grafo cap­tan la aten­ción del lec­tor al primer golpe, tienen buenos desar­rol­los y res­olu­ciones con­vin­centes, mane­jan con tino los silen­cios elocuentes y son, aunque for­mal­mente diá­fanos, den­sos de contenido.

Vaca­ciones pagadas” cuenta el pro­gre­sivo declive de un come­di­ante mimado por el éxito económico, pero impe­dido para explotar su tal­ento. Gra­cias a esta paradoja, Serna nos invita a reflex­ionar sobre la riqueza y la falta de con­trariedad: ¿en ver­dad son tan deseables como a veces imag­i­namos? ¿No será el con­flicto, motor de las his­to­rias, tam­bién el motor de la vida? “La fuga de Tadeo” pre­senta a un escritor que cree en el arte puro, desli­gado de la real­i­dad exte­rior, al grado de que escribe obras inin­tel­igi­bles que con­sid­era maes­tras y se va apartando cada vez más del mundo para con­sagrarse a una escrit­ura que ter­mina por ser ris­i­ble y lo va con­sum­iendo lit­eral­mente. Aunque este cuento es una burla a los escritores que sólo saben mirarse el ombligo, tema explo­rado por Serna en sus notas peri­odís­ti­cas, el lec­tor no dejará de sen­tir cierta sim­patía por el per­son­aje prin­ci­pal y su loco designio, que ter­mina por sumirlo en el fra­caso y sobre todo en la más espan­tosa soledad. “El orgas­mó­grafo” es un destern­il­lante relato dis­tópico que nos pre­senta una sociedad patas arriba: en vez de fomen­tar la decen­cia, la casti­dad, el con­trol de los impul­sos, el gob­ierno bom­bardea de estí­mu­los sex­u­ales a sus gob­er­na­dos y les exige una cuota de orgas­mos sem­anal. A sim­ple vista esta pare­cería una sociedad lib­er­ada; en real­i­dad, no es menos repre­sora que la nues­tra. Por ello, sur­girán rebeldes que lucharán por la lib­er­tad indi­vid­ual. Estos luchadores no sólo deberán enfrentarse al aparato de gob­ierno que los per­sigue, sino a sus propias necesi­dades e instin­tos, en con­tradic­ción con la utopía de un mundo sin sexo. “Tía Nela” es un cuento nar­rado en segunda per­sona: la tía le escribe a su sobrino trav­esti reprochán­dole su pref­er­en­cia sex­ual y tratando siem­pre de sabotear su sueño de ser una mujer. El final es sor­pren­dente e inqui­etante, y nos ubica en un ámbito fan­tás­tico poco fre­cuen­tado por su autor.

Parte de la obra peri­odís­tica y crítica de Serna, asiduo colab­o­rador de revis­tas y suple­men­tos lit­er­ar­ios, está com­pi­lada en los volúmenes Las car­i­cat­uras me hacen llo­rar (1996) y Giros negros (2008). En ellos, el autor se mues­tra como un per­spi­caz obser­vador de la sociedad mex­i­cana, de sus ris­i­bles ambi­ciones y pre­juicios, así como un crítico lit­er­ario lúcido y vehe­mente. Entre sus notas no lit­er­arias, tiene lugar la crónica y la columna de opinión. Sus blan­cos de ataque sue­len ser la moral con­ser­vadora y las taras de diver­sos per­son­ajes de la vida pública. Aunque muy bien escritas y con fre­cuen­cia ami­gas de la car­ca­jada (Serna se ha per­mi­tido incluso pergeñar poe­mas satíri­cos y algún decál­ogo irónico para los jóvenes críti­cos), estas notas prob­a­ble­mente vayan per­di­endo vigen­cia con­forme pasen los años, pues están sig­nadas por la actu­al­i­dad, y que­den sólo como el tes­ti­mo­nio de un moral­ista agudo y mor­daz sobre el país que le tocó. Su crítica lit­er­aria, en cam­bio, inclu­ida en Las car­i­cat­uras me hacen llo­rar, es caso aparte. En su obra crítica, Serna rehúye el lenguaje esotérico de otros comen­taris­tas, tan pre­ten­ciosos como inin­tel­igi­bles, y opta por la clar­i­dad sin sac­ri­ficar la per­spi­ca­cia. Sus ensayos no bus­can ser neu­trales ni quedar bien con nadie, sino exhibir un tem­pera­mento apa­sion­ado y encon­trar en la lit­er­atura un sen­tido que rebase el texto mismo. Son mem­o­rables sus tex­tos ded­i­ca­dos a algunos de sus autores admi­ra­dos como Manuel Puig, Car­los Olmos, Mario Arturo Ramos, Inés Arredondo, Vir­ginio Piñera y José Agustín. No menos impor­tantes son aque­l­los tex­tos en los que explica sus dis­gus­tos lit­er­ar­ios sin ani­mad­ver­sión pero sin eufemis­mos. Tres autores, en espe­cial, son blanco de sus críti­cas más pun­zantes: Homero Arid­jis, Fer­nando del Paso y Car­los Fuentes. Al referirse a 1492, la nov­ela del primero, reconoce a su autor su gran eru­di­ción sobre el siglo recreado en su fic­ción, el xv, pero le recrim­ina no saber escribir diál­o­gos ni man­tener el interés del lec­tor ni crear per­son­ajes. Del Fer­nando del Paso lamenta que su ambi­ción no esté a la altura de sus crea­ciones, como Pal­in­uro de Méx­ico, que, en pal­abras de Serna, abusa del col­lage y de la pacien­cia de sus lec­tores. A Fuentes le reprocha el haber sucumbido a la “nov­ela del lenguaje”, despre­ocu­pada de la creación de per­son­ajes y una trama con­vin­cente, y cen­trada en inno­va­ciones for­males afec­tadas y vacías de sig­nifi­cado.  Así como no le tiem­bla la pluma a la hora de enfrentarse a fig­uras con­sagradas o al menos cel­e­bradas por el ámbito lit­er­ario mex­i­cano, Serna tam­bién ha sabido ser gen­eroso con algunos de los cole­gas de su gen­eración o más jóvenes: Héc­tor de Mauleón, Jorge Volpi, Eduardo Anto­nio Parra, Xavier Velasco, Julián Her­bert y San­ti­ago Roncagli­olo, entre otros, le han mere­cido comen­tar­ios elo­giosos o reseñas positivas.

En su nota “La fisura del tém­pano”, inclu­ida en Giros negros, Enrique Serna refiere que hace cua­tro sig­los los escritores de genio, entre quienes men­ciona a Shake­speare y Lope de Vega, eran capaces de cau­ti­var a un público masivo sin sac­ri­ficar la altura poética de un drama, pese a que su audi­to­rio careciera de instruc­ción e incluso fuera zafio. Men­ciona que los int­elec­tuales de cenáculo creen que la masa está con­de­nada a con­sumir sub­pro­duc­tos cul­tur­ales por su inep­ti­tud para desen­trañar el sofisti­cado lenguaje del arte mod­erno. Y agrega: “Pero la rus­ti­ci­dad del público no es un obstáculo insalv­able para los nov­el­is­tas, cineas­tas y dra­matur­gos que con­ciben el arte como una forma ele­vada de entreten­imiento.” Sin duda, es en este grupo en el que Serna quer­ría inscribirse. Resulta evi­dente que su obra, ajena a los vaivenes del mer­cado, siem­pre fiel a los demo­nios más acu­ciantes de su autor, busca diver­tir, provo­car, fasci­nar, cues­tionar y con­mover a un público amplio, deseoso de his­to­rias, pero nunca a costa de con­de­scen­der con la friv­o­l­i­dad o las fór­mu­las exi­tosas. Los libros de Serna apues­tan por la rec­on­cil­iación entre el entreten­imiento y la capaci­dad de la lit­er­atura de hus­mear en los abis­mos del ser, tal como lo han con­seguido quienes con­sid­era los más grandes nov­el­is­tas vivos en lengua española, Mario Var­gas Llosa y Gabriel Gar­cía Márquez, y otros de sus autores de cabecera. No es for­tu­ito que su obra haya con­seguido el aplauso tanto de los académi­cos como de los mal lla­ma­dos “lec­tores comunes”, pues ella es capaz, con recur­sos dig­nos de Sherezada, de embru­jar sus lec­tores y a la vez radi­ografiar “el corazón humano en con­flicto con­sigo mismo”, en pal­abras de William Faulkner.

Texto pub­li­cado en la edi­ción 149 de Crítica


Javier Munguía

(Sonora, Méx­ico, 1983) es papá de Marcela y Marisol, y amante de los libros. Escribe fic­ción y crítica. Autor de los volúmenes de relatos Gen­tario (Uni­son, 2006), Mas­carada (ISC, 2007) y Modales de mi piel (Jus, 2011). Es licen­ci­ado en lit­er­at­uras his­páni­cas y estudió una maestría en lit­er­atura his­panoamer­i­cana. Escribe el blog Libroa­d­icto y edita la revista Letrarte.

  • Danatkt_7092002

    que per­son­aje de la repub­lica mex­i­cana par­tisipo enla obra de enrique serna

  • Ricardo Camarena Castellanos

    Felic­ita­ciones sobre tu panorama crítico sobre Serna, Javier Munguía. Di por azar con este sobrio inven­tario de la obra ser­ni­ana, y es del tipo de reseñís­tica que extraño en la crítica lit­er­aria actual de Méx­ico (leyén­dola fuera y lejos de él, es decir, mejor): no europeizante a ultranza, no embadur­nada de aber­rante aca­d­e­mi­cismo deter­min­ista ni de nove­do­sis­tas apotegmas pos­mod­er­nos de moda o en desuso. El tuyo es un doc­u­mento crítico bien artic­u­lado y vin­cu­lado al tópico cen­tral –la obra global de Serna– sin con­ce­siones críti­cas ni amigu­ismo, ni mucho menos con lucimien­tos eru­di­toides ni “evi­dente pan­fleto” (Sil­vio dixit) sobre la prop­uesta de la nar­ra­tiva de Serna. Es grato que a ti tam­poco te tiem­ble la pluma (la tecla, pues) para los señalamien­tos críti­cos de los “Insti­tu­cional­iza­dos en Piedra” de las (aquí, en letri­tas doradas) Letras Mex­i­canas. Y es jus­ta­mente lo que expones y enco­mias de la prosa y pos­tura de Serna ante la lit­er­atura mex­i­cana y uni­ver­sal. Bien. En suma, invi­tas ade­cuada­mente a una búsqueda lec­tora del resto de la obra de Serna

    Desde “Señorita Méx­ico” hallé a un Serna que jovi­al­iza sin inmadurez la nar­ra­tiva mex­i­cana pos­ton­dera, divor­cián­dose de “la vac­ilada y el croniquismo urbano” de algunos peri­odis­tas cul­tur­ales meti­dos a nar­radores (o vicev­ersa, o peor; algunos proce­den de la locu­ción ama­teur). Con­sidero que Serna está salud­able­mente lejos de ello, y su prosa gen­uina­mente diver­tida lo confirma.

    Recuierdo que en algu­nas tran­si­tadas por los HHH pasil­los de FyLU­NAM, a finales de los 80, topé a Serna y su prisa ansiosa, con su mirada redonda siem­pre bus­cando algo más que lo que tenía enfrente. Creo que era su vocación literaria.

    Recibe un saludo desde Ottawa.

  • Adán Cas­tro

    Com­ple­ta­mente de acuerdo con el comen­tario de Ricardo Camarena. Esta reseña global sobre Enrique Serna, en lugar de abru­mar como tan­tas que por allí se ven, invita con autén­tico entu­si­asmo a leer por el sim­ple placer de hac­erlo, va al grano y lo hace con sen­cilla fran­queza. Ya había tenido el gusto de leer reseñas de Javier Munguía, me pare­cen esplén­di­das y ésta no fue la excepción.

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