Un fantasma recorre México. El de la risa. Habría que preguntarse por qué y debido a qué circunstancias no tan evidentes se ha venido a cristalizar en torno al tema del humor y de la risa una cauda bibliográfica que ahora se consolida con la aparición de esta colección Relámpago la Risa que ya ampara bajo su lema tres, si no es que cuatro libros a la espera de un quinto que por fuerza refranera no podrá ser malo. Apenas hace unos meses se presentó el libro Nin reír, ensayo literario, entre humorístico y melancólico, que la noble Bárbara Jacobs publicó en la selecta colección gobernada para sus suscriptores por Marco Perilli. Casi al mismo tiempo se publicaba un ejercicio curioso de ese historiador de la caricatura, disfrazado de caricaturista llamado el Fisgón, nom de plume del monero o dibujante que hereda a su vez el temple y memoria de nuestros abuelos liberales, tan admirados por su amigo y maestro, ese hombre de burlas que fue el hombre llamado ciudad, Carlos Monsiváis. El libro se llamaba Sólo me río cuando me duele. La cultura del humor en México;[1] mientras tanto, la periodista Tere Vale lanzaba al aire público otro titulado De qué se ríen las hienas y otros misterios del cerebro, prologado por René Drucker.[2] No hablaré de otros ensayos y oficios narrativos que andan recorriendo las editoriales en busca de papel, tinta y exhibición, pero doy fe de que hay más de uno en el burladero que se ocupa de las burlas, cite o no a Alfonso Reyes. Cite o no a Octavio Paz, quien publicó en Xalapa, Ver., en 1962, el luminoso ensayo “Risa y penitencia” para hablar de las totonacas caritas sonrientes del Tajín. Vaya en prenda de este termómetro hilarante el ensayo de Ernestina Quiroz, “La risa hace muchos años: la comedia en Roma”, publicado en la revista Ágora, editada por los estudiantes de El Colegio de México.
Primera observación: el tema está en el aire del territorio y el tiempo mexicanos. Y ésa es mi primera observación sobre esta colección Relámpago la Risa —que tiene paisaje, que pronto agarra calle como dicen los publicistas o que algo hay en el aire de esta república que concita a los ingenios a hacer enjambre en torno del panal de la risa, el humor y el humorismo, para entresacar una línea de investigación dictada por el sospechosismo—, voz que, por cierto, al César lo que es del César, no se le debe a Santiago Creel, sino a Daniel Cosío Villegas en sus Memorias.
Segunda observación previa: la risa, señoras y señores, es tan peligrosa como el sol o la mítica medusa. No se le puede mirar fijamente y a ojo pelón, so pena de ceguera o deslumbramiento. Sólo se pueden ver las solares manchas, llamaradas explosivas y combustiones si se está provisto de lentes oscuros, velados quevedos o negros espejuelos. De ahí que, en principio, sea bienvenida la estampa de esta colección de opúsculos, librillos amables y portátiles que lanzan al unísono coeditor la Universidad de Sonora, el conacyt y hasta me dicen que la Universidad Veracruzana por obra y designio, proyecto y propuesta de un equipo encabezado por doña Martha Elena Munguía Zataraín, coordinadora de la colección, quien logró convencer a los elusivos editores de Ediciones Sin Nombre, nuestros finos amigos Ana María Jaramillo y José María Espinasa, no siempre susceptibles de reclutamiento académico.
Tercera observación: La colección incluye por lo pronto una tercia de títulos:
a) Anatomía de la risa, del profesor español y teórico de la literatura, el Dr. Luis Beltrán Almería, quien estrena una primicia en la serie y hace su primera salida al ruedo mexicano en su condición de diestro proveniente de Zaragoza.
b) El traslado al español hablado y escrito en México de la fantasía en prosa que Voltaire bautizó con el gracioso oximorón de Micromegas, por la estudiosa Elizabeth Corral, conocida por sus trabajos y ediciones de Fernando del Paso y reconocida por sus trabajos sobre Sergio Pitol, y
c) El mini-tractatus antológico intitulado El humor y la risa en el discurso aforístico gestado por Irma Munguía Zataraín y Gilda Rocha Romero.[3]
A la tercia contante y sonante, han de añadirse otros pliegos prometedores:
d) La risa en los cantares del pueblo ecuatoriano, compilado por don Juan Luis Mena —libro que de lejos huele a humor negro o, mejor, de negros.
e) La risa y el cuerpo, ¿un estallido de flores?, obra armada por Martha Elena Munguía Zataraín, coordinadora de la colección, estudiosa de ese Andersen nacido en El Salvador llamado Salarrué y autora de unos prometedores Juegos de absurdo y risa en el drama.
El breve texto de presentación editorial que se planta no tanto como un bando forense, sino como una tarjeta de visita en la bandeja de la entrada, más bien en la segunda solapa razona y profesa: “La risa, ese ingrediente transgresor y antisolemne, catártico y vitalizador, nos muestra una perspectiva liberadora de la vida y del arte. Relámpago la risa es una colección dedicada a difundir breves ensayos originales y textos clásicos que indagan sobre la presencia de la risa en la historia de la filosofía la literatura. La colección ofrece, además, traducciones y escritos olvidados de diversos momentos y latitudes animados por el espíritu festivo. Con Relámpago la risa buscamos ampliar las posibilidades de comprensión de nuestra cultura.”
La bien diseñada y bien formada colección —tomen nota— forma parte del proyecto apoyado por el conacyt, “Manifestaciones estéticas de la risa”. Sin embargo, quizá habría que decir que la presentación más amplia, ponderada y reflexiva de la colección la proporciona Luis Beltrán Almería en su portátil Anatomía de la risa —subrayo, al paso, que de hecho esta serie de libros sobre la levedad y la ligereza participan de una condición casi ingrávida que no pondrá en problemas al viajero agobiado por el exceso de equipaje, pues los tres volúmenes pesan juntos apenas 200 gramos (60 el de Voltaire, 70 cada uno de los otros dos).
II
Al breviario de Beltrán[4] lo componen siete partes. Si se prescinde del “Preliminar” y del “Apéndice bibliográfico”, las siete partidas se concentran en cinco capítulos o tramos. “Tiempo y risa”, “Fiesta y risa”, “Figuras de la risa”, “Los géneros de la risa”, “Epílogo”, y si seguimos en el quite y quite y prescindimos del “Preludio”, “Tiempo y risa” y del “epílogo”, la obra se puede reducir, como una almeja, a dos conchas o capítulos principales: el correspondiente a las “Figuras de la risa” y el relativo a “Los géneros de la risa”.
Y, al examinar el opúsculo con ojo teatral, podría decirse que el reparto o casting toca al tramo bautizado como “Figuras de la risa” —que a su vez y conste que no traigo pentagrama, son cinco: la del niño, la del tonto, la del cínico —dizque trickster en inglés—, aunque mi yo castizo prefiera la del trampas, la del ahorcado que yo actualizaría como la del endrogado y la del loco. El otro capítulo, “Los géneros de la risa” corresponderían a la sintaxis o fisiología del reír, a las posibilidades de desarrollo, acción, enlace y desenlace de la risa a través de esas categorías o formas que son —cosquillas para Aristóteles— la tragicomedia, la comedia; el más allá de la comedia, el idilio.
El breviario de Beltrán se plantea con discreción y sin aspavientos, al sesgo y en plano oblicuo, como una historia de la cultura occidental, aunque hay que advertir que para nosotros, mexicanos, y antes de oír a Jim Morrison —por aquello de east is west—, la cultura llamada occidental sea en México en realidad oriental, pues si Europa está al oriente, cuando estamos presentando un libro a las 7 de la noche, en el Viejo Continente ya amaneció otro día. A esa historia de la cultura, el profesor Beltrán le ha puesto algunas pinceladas, unos retoques o concesiones al inframundo americano, como pueden ser las menciones ocasionales a La Catrina en el mural de Diego Rivera, “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, o la invocación a las deidades lugareñas como son la Fiesta de Día de Muertos o el popular Cantinflas, anterior a su galvanización por la industria de la cultura pop. Quizás el Breviario de Beltrán podría considerarse como un desprendimiento, derrumbe o divertimento caído de la obra mayor de don Luis: La imaginación literaria, la seriedad y la risa en la literatura occidental (2002) y quizá también como un risueño retoño o aggiornamento de la obra clásica y perdurable de Friedrich Schiller, Sobre poesía ingenua y sentimental (1795–1796), citada por Beltrán en la traducción de Juan Prost y de Raimundo Lida.
La otra fuente teórica de grave ascendiente la representan las obras del pensador e historiador ruso Mijaíl Bajtin: Problemas de la poética de Dostoyesky y La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento. Entre corchetes y paréntesis, doble cinturón de castidad, diré que esta obra parece ser la sustancia que, en última instancia, habla a través de los libros que aquí intentamos comentar, aunque por alguna razón los nombres de los traductores de Bajtin hayan sido objeto de una pudorosa omisión en los tres libros. Además de estos ingredientes conceptuosos, el Dr. Beltrán cuenta en su farmacia conceptual con las obras de Cervantes, José Ortega y Gasset, Gabriel García Márquez y Julio Cortázar, únicos estandartes escribientes en castellano que se permite citar en su lección en prosa.
Se da, en la escritura de don Luis Beltrán, en su prosódico procedimiento, una curiosa mezcla de exposición didáctica (cosa no siempre aburrida en principio) y andadura en zig-zag —cosa divertida en última instancia, pues que sabe pasar y pasear por entre la historia de la cultura en el sentido duro y correoso del saber antropológico duro y el conocimiento historiográfico más refractario y la evaluación clínica del fenómeno expuesto—. Por ejemplo, el capítulo “Fiesta y risa” donde, para citar a Víctor Hugo, citado por Beltrán y recetado a éste por Castañón, “mezcla sin confundirlos lo grotesco con lo sublime, la sombra con la luz, el cuerpo con el alma, la bestia y el espíritu”, dice Hugo acerca del drama y diríamos nosotros, con menos bestia y menos sombra, casi lo mismo acerca de este tratadillo que se bebe como agua, aunque sea de lenta digestión. “Lo trágico y lo cómico mezclado / y Terencio con Séneca aunque sea/como otro minotauro de Pasífae / harán grave una parte/otra ridícula / que aquesta variedad deleita mucho…”, dice Lope de Vega en el Arte nuevo de hacer comedias (versos 174 y ss.), que tal vez leyó el Hugo citado por Beltrán prescrito a éste por el de la voz. Un poco porque, en rigor y realidad, la sombra, la bestia, el cuerpo y lo grotesco —oh dioses de Vargas Vila— aparecen en esta pastilla de letras a la distancia y a lo lejos. Y es que, señoras y señores, hay que tomar en serio, —y no en broma— el título: Anatomía de la risa, poniendo el acento en la primera palabra, “Anatomía”, y leer la advertencia preliminar como a la luz de una cierta mirada clínica, desvelada por hacer un diagnóstico de la cultura, un examen médico épocal. Las líneas finales del “Epílogo”, “Un mundo feliz”, dicen: “Nuestro tiempo ha fracasado en la tarea de construir un mundo igualitario, está fracasando en construir uno libre. Ni siquiera ha intentando emprender un mundo fraterno. En estas condiciones no puede ofrecer la risa plena, la risa que da la vida.” Estas palabras pesimistas, al pie de la letra de epilogal espíritu quizá autorizan a pensar al lector que el libro Anatomía de la risa debería llamarse “autopsia de la risa”. Dije quizá, si se prescinde del epílogo, que cabría leer como una moraleja al estilo de los viejos fabulistas españoles, para esta erudita y noble fábula sobre esa instancia solar y abrasadora, disolvente, que es la risa.
En la página 55, a propósito de Luciano y de Aristófanes, Beltrán da un salto mortal o más bien virtual de veinticinco siglos para abordar esa especie de carnaval que son las Fiestas de las Fallas de Valencia, animadas por unas titánicas figuras cómicas llamadas Ninots, en que se mezclan figuras tradicionales con personajes de la actualidad histórica y aún política, que son al final echados al fuego. Estas figuras, apreciado Luis Beltrán Almería, existen también en México: las llamamos “Judas”, y fueron muy populares en la primera mitad del siglo xx, a partir de que Diego Rivera y un grupo de pintores de San Carlos decidieron recuperar la tradición popular y echarla a andar por las calles para luego volarla con la explosión del cohete, que cada Judas lleva por dentro. Todavía hoy, en la Semana Santa, en la ciudad de Toluca, gracias al pintor mexicano-japonés Luis Nishizawa, de estirpe samurái, se da un festivo concurso de Judas y toma la calle un desfile prodigioso de micromegas de cartón pintado y disfrazado al gusto de la historia ambiente, esos monotes serán luego quemados en medio del regocijo de los artesanos que los hicieron, en su mayoría albañiles, gente muy humilde, como para alimentar las fantasías de los lectores de Mijaíl Bajtin. Ahí conviven —los he visto— el “chupacabras” con el monstruo tentacular del narco, la “barbie” grotesca de la contaminación con el monstruo de los bosques que devora a la mariposa monarca. Antes, esas figuras, remedaban y caricaturizaban a los antihéroes de la política. Como se puede ver, los vasos comunicantes entre los usos festivos de la antigua Europa y los verificados en español del relajo y el choteo americanos hay conexiones imprevistas. Hoy, en virtud viciosa de la autocensura, practicada por nuestro “mundo feliz”, esa intención popular y satírica va menguando. Así que quizá tienes razón, estimado Luis Beltrán Almería, quizás en nuestro “mundo feliz” ya no hay lugar para la risa sino apenas para los libros sobre la risa. ¡Sea por ello triplemente bienvenida la colección “Relámpago la risa”. Lentes oscuros para el sol producidos en una edad sin sol.
III
Micromegas,[5] el cuento de Voltaire, puede ser leído de muchas formas. Puede ser leído, desde luego, como una sátira a los astrónomos y científicos de su hora, y más allá como una rara combinación de parodia y conjetura, que nos abre la puerta o levanta el telescopio hacia el firmamento originario de la risa. Es uno de los textos clásicos —es decir que se estudian en clase— de las letras francesas de su siglo. Tiene en la historia de las letras escritas en español una larga historia. Elisabeth Corral decidió traducirlo ella misma para apropiárselo más y mejor —“con la traducción la lectura se convierte en escritura que enseña”, dice. Tengo a la mano al menos otras cinco traducciones. La que hizo para la Universidad de Puerto Rico en San Juan el escritor español y volteriano Antonio Espina en 1956, la que editó para Siruela y coeditó el fce en 2006 de Mauricio Armino y M. Domínguez, las dos versiones de Micromegas que se incluyen en la Biblioteca de Babel dirigida por Jorge Luis Borges, debida a Francisco Lafarga en 1986, y la que Carlos Pujol trasladó y anotó para la Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges en 1988.[6] ¿Cómo traducir a Voltaire? ¿Cómo traducir a Voltaire desde México? ¿Es posible traducir un texto escrito en la tercera mitad del siglo xviii, en los albores del siglo xxi como si nada? ¿No hay en ese empeño una engañosa ilusión de transparencia, por más que lo sea Voltaire? A las versiones arriba enunciadas añadiría una quinta, que por fuerza refranera no puede ser mala. Me refiero a la traducción que hizo ese famoso arlequín de la filología y tramposo literario que fue el abate Marchena; ese admirable y travieso helenista que engañó a los eruditos de su tiempo “traduciendo” unos poemas griegos perdidos, como lo haría Pierre Loüys cien años después. El abate Marchena fue un hombre ilustrado, y a él se debe una de las traducciones más rápidas y certeras que haya producido la lengua española. Su versión, que no pierde nada de la llamarada genial de Voltaire, fue reproducida en nuestro desgarrado México en 1918, en la colección Cultura, tomo VI, núm. 5, con prólogo y selección del poeta y médico Enrique González Martínez. De las versiones enumeradas, la que prefiero es la del abate Marchena,[7] se me hace la más noble por su idioma; por lo que hace a las notas, me inclino por la de Pujol, que enriquece las de las ediciones francesas académicas. La versión de la doctora Elizabeth Corral no hace una recapitulación ni acompaña su texto de apostillas y notas.
IV
Aforismo. (Del lat. aphorismus, y éste del gr. Αφορισμός.) m. Sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o rotura de alguna arteria. (Diccionario RAE, 2001, vigésima segunda edición.)
Sobre el libro El humor y la risa en el discurso aforístico, debo confesar que lo leí de manera desobediente, es decir no haciendo caso de las elaboraciones de las autoras, sino deteniéndome en los aforismos mismos (como los niños que al leer un libro con estampas sólo se quedan viéndolas, sin prestar atención al texto) para tratar de ver o saber si construían si no un discurso al menos una atmósfera en sí mismos que intentar meter en cintura lo que no la tiene. Sí, sí lo hacen. Se desprende tanto de los aforismos como de la exposición un arte de vivir y de sobrevivir. Pero la lectura me dejó con ganas de más lecturas. Y la selección de los aforistas se me hizo humorística o dictada un poco por el humor o, más bien, por las ideas o creencias en agraz de las autoras. El tema para mí central del espíritu de la lengua, o del pensamiento que se desprende de ella —en este caso, la castellana o española—, no fue registrado por su órbita ocular, apresuradas como estaban por alzar un discurso dizque universal. Así, aforistas o sentenciosos hispánicos como Gracián o Larra, o acertados lanzadores de flechas verbales como Eugenio D’Ors, Ortega y Gasset, Octavio Paz, Julio Torri, Xavier Villaurrutia, Luis Cardoza y Aragón o José Bergamín, no fueron convocados a este torneo académico presidido por las ideas del intocable y brumoso Mijail Bajtin, cuyos compatriotas rusos, por lo demás, como Herzen, tampoco fueron llamados a esta fiesta. Pero este razonamiento es abusivo, pues incurre en la petición de principio de pedir al texto lo que no ofrece. Así que me tuve que consolar rumiando un par de greguerías de Ramón Gómez de la Serna y del lector mexicano de Cioran que es ese joven amigo nuestro llamado Francisco León González, quien por cierto acaba de presentar al público los subrayados que entresacó como aforismos de los papeles del llorado Yorick mexicano Carlos Monsiváis, cuya ausencia todavía saca humo a los espejos.
[1] Sólo me río cuando me duele. La cultura del humor en México, Planeta, México, 2009, 237 p.
[2] De qué se ríen las hienas y otros misterios del cerebro, prólogo del Dr. René Drucker Colín, Planeta, México, 2010, 208 p.
3 Ernestina Quiroz, “La risa hace muchos años: la comedia en Roma”, en Ágora, Año VI, núm. 9, otoño de 2010, pp. 45–52.
4 Irma Munguía Zatarían y Gilda Rocha Romero, El humor y la risa en el discurso aforístico, Ediciones Sin Nombre, CONACYT, Universidad de Sonora, México, 2011, 98 pp.
5 Luis Beltrán Almería, Anatomía de la risa, Ediciones Sin Nombre, conacyt, Universidad de Sonora, México, 2011, 87 pp.
6 Voltaire, Micromegas, traducción y estudio introductorio de Elizabeth Corral, Ediciones Sin Nombre, conacyt, Universidad de Sonora, México, 2011, 72 pp.
7 Voltaire, Cuentos, prólogo de Jorge Luis Borges, traducción y notas de Carlos Pujol, Hyspamérica Ediciones, Argentina, 1987, 254 pp.
Publicado en la edición 149 de Crítica
Escrito por Adolfo Castañón
Adolfo Castañón nace en 1952 en México, pero es un pensador universal. En un sentido borgiano, se trata de un autor del gozo, pues según decía el ciego visionario “no hay placer más profundo que el que provoca el pensamiento”. Aurelio Asián, asimismo, ha dicho: “Quizá no hay más puro escritor que Castañón, quizá no haya persona más esencialmente literaria que él. En Castañón, oralidad y literatura, pensamiento y expresión, intuición y sintaxis, surgen como simultánea profundidad y superficie”. Cultivador de poesía, ensayo y crítica, entre su obra destaca La gruta tiene dos entradas (Paseos II), con la que obtuvo el Premio Mazatlán de Literatura, La batalla perdurable y Alfonso Reyes: caballero de la voz errante.




































