El variable peso de la risa

25
jul
I

 

Un fan­tasma recorre Méx­ico. El de la risa. Habría que pre­gun­tarse por qué y debido a qué cir­cun­stan­cias no tan evi­dentes se ha venido a cristalizar en torno al tema del humor y de la risa una cauda bib­li­ográ­fica que ahora se con­sol­ida con la apari­ción de esta colec­ción Relám­pago la Risa que ya ampara bajo su lema tres, si no es que cua­tro libros a la espera de un quinto que por fuerza refran­era no podrá ser malo. Ape­nas hace unos meses se pre­sentó el libro Nin reír, ensayo lit­er­ario, entre humorís­tico y melancólico, que la noble Bár­bara Jacobs pub­licó en la selecta colec­ción gob­er­nada para sus suscrip­tores por Marco Per­illi. Casi al mismo tiempo se pub­li­caba un ejer­ci­cio curioso de ese his­to­ri­ador de la car­i­catura, dis­frazado de car­i­ca­tur­ista lla­mado el Fis­gón, nom de plume del mon­ero o dibu­jante que hereda a su vez el tem­ple y memo­ria de nue­stros abue­los lib­erales, tan admi­ra­dos por su amigo y mae­stro, ese hom­bre de burlas que fue el hom­bre lla­mado ciu­dad, Car­los Mon­siváis. El libro se llam­aba Sólo me río cuando me duele. La cul­tura del humor en Méx­ico;[1] mien­tras tanto, la peri­odista Tere Vale lan­z­aba al aire público otro tit­u­lado De qué se ríen las hienas y otros mis­te­rios del cere­bro, pro­lo­gado por René Drucker.[2] No hablaré de otros ensayos y ofi­cios nar­ra­tivos que andan recor­riendo las edi­to­ri­ales en busca de papel, tinta y exhibi­ción, pero doy fe de que hay más de uno en el burladero que se ocupa de las burlas, cite o no a Alfonso Reyes. Cite o no a Octavio Paz, quien pub­licó en Xalapa, Ver., en 1962, el lumi­noso ensayo “Risa y pen­i­ten­cia” para hablar de las totonacas car­i­tas son­ri­entes del Tajín. Vaya en prenda de este ter­mómetro hila­rante el ensayo de Ernestina Quiroz, “La risa hace muchos años: la come­dia en Roma”, pub­li­cado en la revista Ágora, edi­tada por los estu­di­antes de El Cole­gio de México.

Primera obser­vación: el tema está en el aire del ter­ri­to­rio y el tiempo mex­i­canos. Y ésa es mi primera obser­vación sobre esta colec­ción Relám­pago la Risa —que tiene paisaje, que pronto agarra calle como dicen los pub­licis­tas o que algo hay en el aire de esta república que concita a los inge­nios a hacer enjam­bre en torno del panal de la risa, el humor y el humorismo, para entre­sacar una línea de inves­ti­gación dic­tada por el sospe­chosismo—, voz que, por cierto, al César lo que es del César, no se le debe a San­ti­ago Creel, sino a Daniel Cosío Vil­le­gas en sus Memo­rias.

Segunda obser­vación pre­via: la risa, seño­ras y señores, es tan peli­grosa como el sol o la mítica medusa. No se le puede mirar fija­mente y a ojo pelón, so pena de ceguera o deslum­bramiento. Sólo se pueden ver las solares man­chas, lla­ma­radas explo­si­vas y com­bus­tiones si se está pro­visto de lentes oscuros, vela­dos queve­dos o negros espe­jue­los. De ahí que, en prin­ci­pio, sea bien­venida la estampa de esta colec­ción de opús­cu­los, lib­ril­los amables y portátiles que lan­zan al uní­sono coed­i­tor la Uni­ver­si­dad de Sonora, el cona­cyt y hasta me dicen que la Uni­ver­si­dad Ver­acruzana por obra y designio, proyecto y prop­uesta de un equipo encabezado por doña Martha Elena Munguía Zataraín, coor­di­nadora de la colec­ción, quien logró con­vencer a los elu­sivos edi­tores de Edi­ciones Sin Nom­bre, nue­stros finos ami­gos Ana María Jaramillo y José María Espinasa, no siem­pre sus­cep­ti­bles de reclu­tamiento académico.

Ter­cera obser­vación: La colec­ción incluye por lo pronto una ter­cia de títulos:

a) Anatomía de la risa, del pro­fe­sor español y teórico de la lit­er­atura, el Dr. Luis Bel­trán Almería, quien estrena una prim­i­cia en la serie y hace su primera sal­ida al ruedo mex­i­cano en su condi­ción de die­stro prove­niente de Zaragoza.

b) El traslado al español hablado y escrito en Méx­ico de la fan­tasía en prosa que Voltaire bau­tizó con el gra­cioso oxi­morón de Micromegas, por la estu­diosa Eliz­a­beth Cor­ral, cono­cida por sus tra­ba­jos y edi­ciones de Fer­nando del Paso y recono­cida por sus tra­ba­jos sobre Ser­gio Pitol, y

c) El mini-tractatus antológico inti­t­u­lado El humor y la risa en el dis­curso aforís­tico ges­tado por Irma Munguía Zataraín y Gilda Rocha Romero.[3]

A la ter­cia con­tante y sonante, han de añadirse otros plie­gos prometedores:

d) La risa en los cantares del pueblo ecu­a­to­ri­ano, com­pi­lado por don Juan Luis Mena —libro que de lejos huele a humor negro o, mejor, de negros.

e) La risa y el cuerpo, ¿un estal­lido de flo­res?, obra armada por Martha Elena Munguía Zataraín, coor­di­nadora de la colec­ción, estu­diosa de ese Ander­sen nacido en El Sal­vador lla­mado Salarrué y autora de unos  prom­ete­dores Jue­gos de absurdo y risa en el drama.

El breve texto de pre­sentación edi­to­r­ial que se planta no tanto como un bando forense, sino como una tar­jeta de visita en la ban­deja de la entrada, más bien en la segunda solapa razona y pro­fesa: “La risa, ese ingre­di­ente trans­gre­sor y anti­solemne, catár­tico y vital­izador, nos mues­tra una per­spec­tiva lib­er­adora de la vida y del arte. Relám­pago la risa es una colec­ción ded­i­cada a difundir breves ensayos orig­i­nales y tex­tos clási­cos que inda­gan sobre la pres­en­cia de la risa en la his­to­ria de la filosofía la lit­er­atura. La colec­ción ofrece, además, tra­duc­ciones y escritos olvi­da­dos de diver­sos momen­tos y lat­i­tudes ani­ma­dos por el espíritu fes­tivo. Con Relám­pago la risa bus­camos ampliar las posi­bil­i­dades de com­pren­sión de nues­tra cultura.”

La bien dis­eñada y bien for­mada colec­ción —tomen nota— forma parte del proyecto apoy­ado por el cona­cyt, “Man­i­festa­ciones estéti­cas de la risa”. Sin embargo, quizá habría que decir que la pre­sentación más amplia, pon­der­ada y reflex­iva de la colec­ción la pro­por­ciona Luis Bel­trán Almería en su portátil Anatomía de la risa —sub­rayo, al paso, que de hecho esta serie de libros sobre la levedad y la ligereza par­tic­i­pan de una condi­ción casi ingrávida que no pon­drá en prob­le­mas al via­jero ago­b­i­ado por el exceso de equipaje, pues los tres volúmenes pesan jun­tos ape­nas 200 gramos (60 el de Voltaire, 70 cada uno de los otros dos).

 

II

Al bre­viario de Bel­trán[4] lo com­po­nen siete partes. Si se pre­scinde del “Pre­lim­i­nar” y del “Apéndice bib­li­ográ­fico”, las siete par­tidas se con­cen­tran en cinco capí­tu­los o tramos. “Tiempo y risa”, “Fiesta y risa”, “Fig­uras de la risa”, “Los géneros de la risa”, “Epíl­ogo”, y si seguimos en el quite y quite y pre­scindi­mos del “Pre­lu­dio”, “Tiempo y risa” y del “epíl­ogo”, la obra se puede reducir, como una almeja, a dos con­chas o capí­tu­los prin­ci­pales: el cor­re­spon­di­ente a las “Fig­uras de la risa” y el rel­a­tivo a “Los géneros de la risa”.

Y, al exam­i­nar el opús­culo con ojo teatral, podría decirse que el reparto o cast­ing toca al tramo bau­ti­zado como “Fig­uras de la risa” —que a su vez y con­ste que no traigo pen­ta­grama, son cinco: la del niño, la del tonto, la del cínico —dizque trick­ster en inglés—, aunque mi yo cas­tizo pre­fiera la del tram­pas, la del ahor­cado que yo actu­alizaría como la del endro­gado y la del loco. El otro capí­tulo, “Los géneros de la risa” cor­re­spon­derían a la sin­taxis o fisi­ología del reír, a las posi­bil­i­dades de desar­rollo, acción, enlace y desen­lace de la risa a través de esas cat­e­gorías o for­mas que son —cosquil­las para Aristóte­les— la tragi­co­me­dia, la come­dia; el más allá de la come­dia, el idilio.

El bre­viario de Bel­trán se plantea con dis­cre­ción y sin aspavien­tos, al sesgo y en plano oblicuo, como una his­to­ria de la cul­tura occi­den­tal, aunque hay que adver­tir que para nosotros, mex­i­canos, y antes de oír a Jim Mor­ri­son —por aque­llo de east is west—, la cul­tura lla­mada occi­den­tal sea en Méx­ico en real­i­dad ori­en­tal, pues si Europa está al ori­ente, cuando esta­mos pre­sen­tando un libro a las 7 de la noche, en el Viejo Con­ti­nente ya amaneció otro día. A esa his­to­ria de la cul­tura, el pro­fe­sor Bel­trán le ha puesto algu­nas pince­ladas, unos reto­ques o con­ce­siones al infra­mundo amer­i­cano, como pueden ser las men­ciones oca­sion­ales a La Cat­rina en el mural de Diego Rivera, “Sueño de una tarde domini­cal en la Alameda Cen­tral”, o la invo­cación a las dei­dades lugareñas como son la Fiesta de Día de Muer­tos o el pop­u­lar Can­ti­n­flas, ante­rior a su gal­va­nización por la indus­tria de la cul­tura pop. Quizás el Bre­viario de Bel­trán podría con­sid­er­arse como un desprendimiento, der­rumbe o diver­ti­mento caído de la obra mayor de don Luis: La imag­i­nación lit­er­aria, la seriedad y la risa en la lit­er­atura occi­den­tal (2002) y quizá tam­bién como un risueño retoño o aggior­na­mento de la obra clásica y per­durable de Friedrich Schiller, Sobre poesía ingenua y sen­ti­men­tal (1795–1796), citada por Bel­trán en la tra­duc­ción de Juan Prost y de Raimundo Lida.

La otra fuente teórica de grave ascen­di­ente la rep­re­sen­tan las obras del pen­sador e his­to­ri­ador ruso Mijaíl Bajtin: Prob­le­mas de la poética de Dos­toyesky y La cul­tura pop­u­lar en la Edad Media y el Renacimiento. Entre corchetes y parén­te­sis, doble cin­turón de casti­dad, diré que esta obra parece ser la sus­tan­cia que, en última instan­cia, habla a través de los libros que aquí inten­ta­mos comen­tar, aunque por alguna razón los nom­bres de los tra­duc­tores de Bajtin hayan sido objeto de una pudorosa omisión en los tres libros. Además de estos ingre­di­entes con­cep­tu­osos, el Dr. Bel­trán cuenta en su far­ma­cia con­cep­tual con las obras de Cer­vantes, José Ortega y Gas­set, Gabriel Gar­cía Márquez y Julio Cortázar, úni­cos estandartes escri­bi­entes en castel­lano que se per­mite citar en su lec­ción en prosa.

Se da, en la escrit­ura de don Luis Bel­trán, en su prosódico pro­ced­imiento, una curiosa mez­cla de exposi­ción didác­tica (cosa no siem­pre abur­rida en prin­ci­pio) y andadura en zig-zag —cosa diver­tida en última instan­cia, pues que sabe pasar y pasear por entre la his­to­ria de la cul­tura en el sen­tido duro y corre­oso del saber antropológico duro y el conocimiento his­to­ri­ográ­fico más refrac­tario y la eval­u­ación clínica del fenó­meno expuesto—. Por ejem­plo, el capí­tulo “Fiesta y risa” donde, para citar a Víc­tor Hugo, citado por Bel­trán y rec­etado a éste por Cas­tañón, “mez­cla sin con­fundir­los lo grotesco con lo sub­lime, la som­bra con la luz, el cuerpo con el alma, la bes­tia y el espíritu”, dice Hugo acerca del drama y diríamos nosotros, con menos bes­tia y menos som­bra, casi lo mismo acerca de este tratadillo que se bebe como agua, aunque sea de lenta digestión. “Lo trágico y lo cómico mez­clado / y Teren­cio con Séneca aunque sea/como otro mino­tauro de Pasí­fae / harán grave una parte/otra ridícula / que aque­sta var­iedad deleita mucho…”, dice Lope de Vega en el Arte nuevo de hacer come­dias (ver­sos 174 y ss.), que tal vez leyó el Hugo citado por Bel­trán pre­scrito a éste por el de la voz. Un poco porque, en rigor y real­i­dad, la som­bra, la bes­tia, el cuerpo y lo grotesco —oh dioses de Var­gas Vila— apare­cen en esta pastilla de letras a la dis­tan­cia y a lo lejos. Y es que, seño­ras y señores, hay que tomar en serio, —y no en broma— el título: Anatomía de la risa, poniendo el acento en la primera pal­abra, “Anatomía”, y leer la adver­ten­cia pre­lim­i­nar como a la luz de una cierta mirada clínica, desve­lada por hacer un diag­nós­tico de la cul­tura, un exa­men médico épocal. Las líneas finales del “Epíl­ogo”, “Un mundo feliz”, dicen: “Nue­stro tiempo ha fra­casado en la tarea de con­struir un mundo igual­i­tario, está fra­casando en con­struir uno libre. Ni siquiera ha inten­tando empren­der un mundo fraterno. En estas condi­ciones no puede ofre­cer la risa plena, la risa que da la vida.” Estas pal­abras pes­imis­tas, al pie de la letra de epi­lo­gal espíritu quizá autor­izan a pen­sar al lec­tor que el libro Anatomía de la risa debería lla­marse “autop­sia de la risa”. Dije quizá, si se pre­scinde del epíl­ogo, que cabría leer como una moraleja al estilo de los viejos fab­u­lis­tas españoles, para esta eru­dita y noble fábula sobre esa instan­cia solar y abrasadora, dis­ol­vente, que es la risa.

En la página 55, a propósito de Luciano y de Aristó­fanes, Bel­trán da un salto mor­tal o más bien vir­tual de vein­ticinco sig­los para abor­dar esa especie de car­naval que son las Fies­tas de las Fal­las de Valen­cia, ani­madas por unas titáni­cas fig­uras cómi­cas lla­madas Ninots, en que se mez­clan fig­uras tradi­cionales con per­son­ajes de la actu­al­i­dad histórica y aún política, que son al final echa­dos al fuego. Estas fig­uras, apre­ci­ado Luis Bel­trán Almería, exis­ten tam­bién en Méx­ico: las lla­mamos “Judas”, y fueron muy pop­u­lares en la primera mitad del siglo xx, a par­tir de que Diego Rivera y un grupo de pin­tores de San Car­los deci­dieron recu­perar la tradi­ción pop­u­lar y echarla a andar por las calles para luego volarla con la explosión del cohete, que cada Judas lleva por den­tro. Todavía hoy, en la Sem­ana Santa, en la ciu­dad de Toluca, gra­cias al pin­tor mexicano-japonés Luis Nishizawa, de estirpe samurái, se da un fes­tivo con­curso de Judas y toma la calle un des­file prodi­gioso de micromegas de cartón pin­tado y dis­frazado al gusto de la his­to­ria ambi­ente, esos monotes serán luego que­ma­dos en medio del rego­cijo de los arte­sanos que los hicieron, en su may­oría albañiles, gente muy humilde, como para ali­men­tar las fan­tasías de los lec­tores de Mijaíl Bajtin. Ahí con­viven —los he visto— el “chu­pacabras” con el mon­struo ten­tac­u­lar del narco, la “bar­bie” grotesca de la con­t­a­m­i­nación con el mon­struo de los bosques que devora a la mari­posa monarca. Antes, esas fig­uras, remed­a­ban y car­i­ca­tur­iz­a­ban a los anti­héroes de la política. Como se puede ver, los vasos  comu­ni­cantes entre los usos fes­tivos de la antigua Europa y los ver­i­fi­ca­dos en español del relajo y el choteo amer­i­canos hay conex­iones impre­vis­tas. Hoy, en vir­tud viciosa de la auto­cen­sura, prac­ti­cada por nue­stro “mundo feliz”, esa inten­ción pop­u­lar y satírica va men­guando. Así que quizá tienes razón, esti­mado Luis Bel­trán Almería, quizás en nue­stro “mundo feliz” ya no hay lugar para la risa sino ape­nas para los libros sobre la risa. ¡Sea por ello triple­mente bien­venida la colec­ción “Relám­pago la risa”. Lentes oscuros para el sol pro­duci­dos en una edad sin sol.

 

III

 

Micromegas,[5] el cuento de Voltaire, puede ser leído de muchas for­mas. Puede ser leído, desde luego, como una sátira a los astrónomos y cien­tí­fi­cos de su hora, y más allá como una rara com­bi­nación de par­o­dia y con­je­tura, que nos abre la puerta o lev­anta el tele­sco­pio hacia el fir­ma­mento orig­i­nario de la risa. Es uno de los tex­tos clási­cos —es decir que se estu­dian en clase— de las letras france­sas de su siglo. Tiene en la his­to­ria de las letras escritas en español una larga his­to­ria. Elis­a­beth Cor­ral decidió tra­ducirlo ella misma para apropiárselo más y mejor —“con la tra­duc­ción la lec­tura se con­vierte en escrit­ura que enseña”, dice. Tengo a la mano al menos otras cinco tra­duc­ciones. La que hizo para la Uni­ver­si­dad de Puerto Rico en San Juan el escritor español y volte­ri­ano Anto­nio Espina en 1956, la que editó para Siru­ela y coed­itó el fce en 2006 de Mauri­cio Armino y M. Domínguez, las dos ver­siones de Micromegas que se incluyen en la Bib­lioteca de Babel dirigida por Jorge Luis Borges, debida a Fran­cisco Lafarga en 1986, y la que Car­los Pujol trasladó y anotó para la Bib­lioteca Per­sonal de Jorge Luis Borges en 1988.[6] ¿Cómo tra­ducir a Voltaire? ¿Cómo tra­ducir a Voltaire desde Méx­ico? ¿Es posi­ble tra­ducir un texto escrito en la ter­cera mitad del siglo xviii, en los albores del siglo xxi como si nada? ¿No hay en ese empeño una engañosa ilusión de trans­paren­cia, por más que lo sea Voltaire? A las ver­siones arriba enun­ci­adas añadiría una quinta, que por fuerza refran­era no puede ser mala. Me refiero a la tra­duc­ción que hizo ese famoso arle­quín de la filología y tram­poso lit­er­ario que fue el abate Marchena; ese admirable y travieso helenista que engañó a los eru­di­tos de su tiempo “tra­duciendo” unos poe­mas grie­gos per­di­dos, como lo haría Pierre Loüys cien años después. El abate Marchena fue un hom­bre ilustrado, y a él se debe una de las tra­duc­ciones más ráp­i­das y cert­eras que haya pro­ducido la lengua española. Su ver­sión, que no pierde nada de la lla­ma­rada genial de Voltaire, fue repro­ducida en nue­stro des­gar­rado Méx­ico en 1918, en la colec­ción Cul­tura, tomo VI, núm. 5, con pról­ogo y selec­ción del poeta y médico Enrique González Martínez. De las ver­siones enu­mer­adas, la que pre­fiero es la del abate Marchena,[7] se me hace la más noble por su idioma; por lo que hace a las notas, me inclino por la de Pujol, que enriquece las de las edi­ciones france­sas académi­cas. La ver­sión de la doc­tora Eliz­a­beth Cor­ral no hace una reca­pit­u­lación ni acom­paña su texto de apos­til­las y notas.

 

IV

 

Aforismo. (Del lat. apho­ris­mus, y éste del gr. Αφορισμός.) m. Sen­ten­cia breve y doc­tri­nal que se pro­pone como regla en alguna cien­cia o rotura de alguna arte­ria. (Dic­cionario RAE, 2001, vigésima segunda edición.)

Sobre el libro El humor y la risa en el dis­curso aforís­tico, debo con­fe­sar que lo leí de man­era des­obe­di­ente, es decir no haciendo caso de las elab­o­ra­ciones de las autoras, sino detenién­dome en los aforis­mos mis­mos (como los niños que al leer un libro con estam­pas sólo se quedan vién­dolas, sin prestar aten­ción al texto) para tratar de ver o saber si con­struían si no un dis­curso al menos una atmós­fera en sí mis­mos que inten­tar meter en cin­tura lo que no la tiene. Sí, sí lo hacen. Se desprende tanto de los aforis­mos como de la exposi­ción un arte de vivir y de sobre­vivir. Pero la lec­tura me dejó con ganas de más lec­turas. Y la selec­ción de los aforis­tas se me hizo humorís­tica o dic­tada un poco por el humor o, más bien, por las ideas o creen­cias en agraz de las autoras. El tema para mí cen­tral del espíritu de la lengua, o del pen­samiento que se desprende de ella —en este caso, la castel­lana o española—, no fue reg­istrado por su órbita ocu­lar, apresuradas como esta­ban por alzar un dis­curso dizque uni­ver­sal. Así, aforis­tas o sen­ten­ciosos his­páni­cos como Gracián o Larra, o acer­ta­dos lan­zadores de fle­chas ver­bales como Euge­nio D’Ors, Ortega y Gas­set, Octavio Paz, Julio Torri, Xavier Vil­lau­r­ru­tia, Luis Car­doza y Aragón o José Bergamín, no fueron con­vo­ca­dos a este tor­neo académico pre­si­dido por las ideas del into­ca­ble y bru­moso Mijail Bajtin, cuyos com­pa­tri­o­tas rusos, por lo demás, como Herzen, tam­poco fueron lla­ma­dos a esta fiesta. Pero este razon­amiento es abu­sivo, pues incurre en la peti­ción de prin­ci­pio de pedir al texto lo que no ofrece. Así que me tuve que con­so­lar rumiando un par de greguerías de Ramón Gómez de la Serna y del lec­tor mex­i­cano de Cio­ran que es ese joven amigo nue­stro lla­mado Fran­cisco León González, quien por cierto acaba de pre­sen­tar al público los sub­raya­dos que entre­sacó como aforis­mos de los pape­les del llo­rado Yorick mex­i­cano Car­los Mon­siváis, cuya ausen­cia todavía saca humo a los espejos.

 


[1] Sólo me río cuando me duele. La cul­tura del humor en Méx­ico, Plan­eta, Méx­ico, 2009, 237 p.

[2] De qué se ríen las hienas y otros mis­te­rios del cere­bro, pról­ogo del Dr. René Drucker Colín, Plan­eta, Méx­ico, 2010, 208 p.

3 Ernestina Quiroz, “La risa hace muchos años: la come­dia en Roma”, en Ágora, Año VI, núm. 9, otoño de 2010, pp. 45–52.

4 Irma Munguía Zatarían y Gilda Rocha Romero, El humor y la risa en el dis­curso aforís­tico, Edi­ciones Sin Nom­bre, CONACYT, Uni­ver­si­dad de Sonora, Méx­ico, 2011, 98 pp.

5 Luis Bel­trán Almería, Anatomía de la risa, Edi­ciones Sin Nom­bre, cona­cyt, Uni­ver­si­dad de Sonora, Méx­ico, 2011, 87 pp.

6 Voltaire, Micromegas, tra­duc­ción y estu­dio intro­duc­to­rio de Eliz­a­beth Cor­ral, Edi­ciones Sin Nom­bre, cona­cyt, Uni­ver­si­dad de Sonora, Méx­ico, 2011, 72 pp.

7 Voltaire, Cuen­tos, pról­ogo de Jorge Luis Borges, tra­duc­ción y notas de Car­los Pujol, Hys­pamérica Edi­ciones, Argentina, 1987, 254 pp.

 

Pub­li­cado en la edi­ción 149 de Crítica


Escrito por Adolfo Castañón

Adolfo Cas­tañón nace en 1952 en Méx­ico, pero es un pen­sador uni­ver­sal. En un sen­tido bor­giano, se trata de un autor del gozo, pues según decía el ciego vision­ario “no hay placer más pro­fundo que el que provoca el pen­samiento”. Aure­lio Asián, asimismo, ha dicho: “Quizá no hay más puro escritor que Cas­tañón, quizá no haya per­sona más esen­cial­mente lit­er­aria que él. En Cas­tañón, oral­i­dad y lit­er­atura, pen­samiento y expre­sión, intu­ición y sin­taxis, sur­gen como simultánea pro­fun­di­dad y super­fi­cie”. Cul­ti­vador de poesía, ensayo y crítica, entre su obra destaca La gruta tiene dos entradas (Paseos II), con la que obtuvo el Pre­mio Mazatlán de Lit­er­atura, La batalla per­durable y Alfonso Reyes: caballero de la voz errante.

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