Una noche en Oaxaca de Eusebio Ruvalcaba

23
ago

para Teresa Mondragón

Y abier­ta­mente con­sagré mi corazón a la tierra grave y doliente, y con fre­cuen­cia, en la noche sagrada, le prometí que la amaría fiel­mente hasta la muerte, sin temor, con su pesada carga de fatal­i­dad, y que no des­pre­cia­ría ninguno de sus enig­mas. Así me ligué a ella con un lazo mortal.

Johann Chris­t­ian Friedrich Hölder­lin, La muerte de Empédocles

I

Siem­pre lo supe. No quiero que se piense que soy idiota, que la vida habría de darme esa lec­ción como se alec­ciona a un apren­diz de carpin­tería. Sin duda la vida se la pasa dando lec­ciones, y yo soy el primero en acep­tar­las, y me man­tengo con los bra­zos abier­tos a su espera, pero aquí no se está hablan­do de dar o recibir lec­ciones sino más bien de asumirse como una cucaracha cuando le encien­den la luz a la mitad del trayecto del bote de la basura al fre­gadero y no le queda más reme­dio que cor­rer y refu­gia­rse. O morir.

Y yo opté por morir.

La vi venir desde las primeras veces que hacía el amor con ella. Nos entregábamos con tanta pasión como si nos hubiesen quitado las amar­ras. Y los dos nos com­portábamos exac­ta­mente como per­ros. Yo tengo más de 59 años y Ama­ranta ape­nas ha rebasado los treinta. La gente se nos queda viendo cuando cam­i­namos en la calle —algo hay en nue­stros cuer­pos que nos delata, aunque ni siquiera vayamos toma­dos de la mano—. O cuando comemos o bebe­mos en un bar. Porque de inmedi­ato nos calen­ta­mos. Yo más que ella. O es que Ama­ranta sabe exac­ta­mente qué mecan­ismo accionar en mi cabeza que me acelero y me dis­paro como proyec­til en lla­mas arro­jado por una catapulta.

Hubo varias pis­tas que debieron haberme alertado.

En el automóvil ―de ella, yo pre­fiero no sacar mi carro si no es total­mente nece­sario― suf­rimos una expe­ri­en­cia atroz. Estábamos en mi bar­rio ―bar­rio es un decir, vivo en la colo­nia Cuauhté­moc―, en el fragor de la noche, dig­amos hacia las once, cuando nos sor­prendió una patrulla. No es difí­cil imag­i­narse lo que pasó. Ama­ranta se encon­traba prac­ticán­dome una felación cuando la luz de la lám­para de los patrulleros ilu­minó la escena. Por supuesto que no alcancé a cubrirme con la sufi­ciente rapi­dez. Pero lo curioso, lo ver­dadera­mente curioso, es que los patrulleros nos dis­pen­saron de come­ter fal­tas a la moral sólo y nada más por mi edad. Entre bro­mas de mal gusto, miradas de franca obscenidad dirigi­das a Ama­ranta ―que no hal­laba cómo cubrir su escote, y que sin embargo se reía, muy sutil­mente pero lo hacía―, me palmearon la espalda y me dijeron, no sin un dejo de admiración, que yo no era cualquier viejo, que más bien tenía acti­tudes de ado­les­cente, y que de cuáles camarones comía para man­ten­erme en forma. Todo quedó en doscien­tos pesos, cien por cabeza. Cuando nos subi­mos al auto e intenté arran­carlo ―Ama­ranta pre­fiere que yo maneje porque de noche su vista falla por los bril­los de las luces―, se aprox­imó y volvió a extraerme el pene, aun con más furia que como lo había hecho antes. Quise apartarla pero no pude. Le rogué que se estu­viera en paz, que no tar­darían los patrulleros en regre­sar, que fuera sen­sata. Pero fue como si mis pal­abras hubiesen sig­nifi­cado exac­ta­mente lo con­trario. Se prendió peor. Me suc­cionaba como si fuera nues­tra última opor­tu­nidad. Yo intentaba mirar los espe­jos. Per­catarme de lo que sucedía a nues­tras espal­das. Inútil­mente. Si los patrulleros nos des­cubrían ahora sí no habría dinero que nos sacara del apri­eto. Por el espejo retro­vi­sor vi pasar las luces azules de una patrulla, pero siguió su camino hacia la derecha. Decidí guardar mis temores en la guan­tera y dejarme ir. Y juro que ha sido de las fela­ciones que más he gozado. Por cierto, cuando esa noche llegué a casa, mi esposa Carmina quiso que la amara. Increíble que eso haya acon­te­cido. Cada vez esta­mos más sep­a­ra­dos, pero final­mente se impuso. Estaba con ella, y lo que yo veía era la boca de Ama­ranta. La oía gemir y lo que yo escuch­aba eran los gemi­dos de Ama­ranta. Sen­tía sus manos ásperas y grandes ―Carmina ha tra­ba­jado toda su vida― y lo que yo sen­tía eran las manos pequeñas y frágiles de Ama­ranta. Supongo que gra­cias a estas intro­proyec­ciones logré exci­tarme y concluir.

Viene a mi mente otra experiencia.

Ama­ranta vive en casa propia. Miguel, su padre, se la heredó en vida por la sim­ple razón de que su hija viva en un lugar seguro. Pues bien. En cierta ocasión invité a un par de ami­gos a beber a la casa. Está en la colo­nia Escan­dón, sobre las calles de Martí, a unos pasos de Patri­o­tismo. Bebi­mos bas­tante. Como siem­pre. Digo que tengo casi 60 años, pero por mi tra­bajo —soy dueño de un taller de motos― estoy rodeado de jóvenes. Y los jóvenes ―y algunos viejos, como yo― siem­pre están ávi­dos de viven­cias, de tocar fondo. Aque­lla vez Ama­ranta llev­aba una falda que casi en su total­i­dad dejaba al desnudo sus mus­los. Pero no he dicho lo her­mosísima que es. De ver­dad. Esto puede sonar exager­ado, e insi­s­tiré en que no lo es. Hasta las mis­mas mujeres ―una mesera, una empleada de libr­ería― han pon­der­ado su belleza; sin más le han dicho lo bonita que es. Así pues, invité a dos de estos ami­gos a beber de un tequila que recién había adquirido yo en un viaje fugaz que hice a Ciu­dad Guzmán, Jalisco. Ella tam­bién bebió, y mucho. Todo era cor­dial­i­dad y buena vibra, pero de pronto el tequila empezó a hacer de las suyas. La mirada sin dobles inten­ciones de aque­l­los hom­bres pronto se tornó grave y torva, y de sus labios escur­rían pal­abras que más son­a­ban a pro­caci­dad que a gen­tileza. La con­ver­sación de ella, en cam­bio, era demasi­ado ale­gre, demasi­ado gen­til. Como si en lugar de poner un hasta aquí a la pres­en­cia de los intru­sos, los ani­mara a no aban­donar la casa por los sig­los de los sig­los. Yo me enfurecí. ¿Qué esper­aba de ella?: ¿un gesto de sol­i­dari­dad?, ¿una mueca en la que me diera a enten­der que no había que guardar temor alguno? No lo sé, aunque con­fieso que alcancé a percibir una son­risa que a mí me pare­ció de com­pli­ci­dad. En fin. Clara­mente me per­caté de que estaba radi­ante, de que para ella esa noche era el esce­nario de su estrel­lato. A la primera opor­tu­nidad los despedí. Desde luego ella se molestó, y casi los obligó a beber más con tal de que se quedaran otro rato.

II

La ciu­dad de Oax­aca siem­pre ha rep­re­sen­tado para mí una extraña mix­tura del cielo y el infierno. Conozco ciu­dades que tienen fama de inten­sas, como Chicago, Nápoles, Estam­bul, pero Oax­aca no les pide nada. No sé por qué razón, pero todo en Oax­aca roza en el extremo. O la gente es amable y cál­ida, o descon­fi­ada y hos­til. Y esta misma sen­sación se res­pira en sus calles. En el mer­cado. En sus rin­cones y recov­ecos. Aunado al mez­cal. Para los tur­is­tas el mez­cal es algo así como el guía insoborn­able. El mez­cal es un demo­nio. Quien lo bebe, sabe que va a empren­der un viaje hacia sus inte­ri­ores más pro­fun­dos, a su pro­pio precipi­cio, allí donde nadie se atreve a meter la nariz más de la cuenta.

Y yo lo hice. Al lado de Ama­ranta. Puse en sus labios la copa de mez­cal con que Oax­aca nos dio la bienvenida.

Fuimos por insis­ten­cia de ella. Desde hacía mucho me lo había estado pidi­endo. Quería cam­i­nar de mi cin­tura por aque­l­las esquinas, por aque­l­las avenidas peatonales. Y aclaro que de mi cin­tura porque en la ciu­dad de Méx­ico siem­pre pesa sobre nosotros ―más sobre ella que sobre mí― la som­bra de Carmina, mi esposa. En cualquier momento se nos va a apare­cer, dice, son­ríe con cierto desafío, y me suelta la mano. Yo mismo sé que eso podría acon­te­cer. Pero me la juego porque tam­bién sé que la vida es una mon­eda al aire. Que todo se puede venir abajo por cir­cun­stan­cias aje­nas a nues­tra vol­un­tad. Aunque todo esté armado a la per­fec­ción. Que hay cónyuges que se cuidan hasta rayar en la demen­cia y que, de pronto, se atraviesa algún inci­dente que nadie hubiera supuesto. Así que decidí echar todo eso por la borda y exhibirme con Ama­ranta sin ninguna pre­cau­ción. Comérmela a besos donde se me diera la gana. Si la mon­eda caía águila o sol ya no era asunto mío sino del azar. Y si esto lo hacía en la ciu­dad de Méx­ico, con mayor razón en Oax­aca. Desde los ami­gos con los que me topé, oax­aque­ños de buena cepa, cuyas mujeres son ami­gas de mi esposa, hasta los lugares que visi­ta­mos. Galerías que suelo vis­i­tar pre­cisa­mente con Carmina para adquirir pin­turas de artis­tas ori­un­dos de aque­l­las tier­ras. Acaso alguien se pre­gunte cómo es posi­ble que el dueño de un taller de moto­ci­cle­tas colec­cione pin­turas, y yo podría con­tes­tarle que el arte siem­pre me ha fasci­nado. Quizás porque mi padre fue un escritor frustrado que jamás en la vida pub­licó un libro, pero que siem­pre me inculcó el gusto por la lit­er­atura y la plás­tica. Toda mi vida he devo­rado libros. Mi casa está abar­ro­tada de volúmenes de poesía y de nov­ela, y he com­prado tan­tas pin­turas que ya no caben. Llegó un momento en que las pare­des fueron insu­fi­cientes. Hasta el baño fueron a dar. Y en la mis­ma medida el moto­ci­clismo me atrae. Creo que es de las pocas sen­sa­ciones ver­dadera­mente emo­cio­nantes a las cuales puede aspi­rar un hom­bre de nue­stros días. Tuve una edu­cación que iba de la uni­ver­si­dad a la con­duc­ción y arreglo de motos. Me vana­glo­rio de no haber seguido la car­rera de comu­ni­cación. Los gril­letes vienen por otro lado.

III

Llevábamos var­ios mez­cales cuando el ham­bre me hizo pen­sar en mi condi­ción de dia­bético. No puedo sobrepasarme más de unas cuan­tas horas sin ali­mento, así que nos pro­pusi­mos bus­car un sitio donde comer. Nos encon­trábamos en el Insti­tuto de Artes Grá­fi­cas de Oax­aca, y alguien nos recomendó un restau­rante de comida itsmeña. Nos fuimos para allá —con un pin­tor oax­aqueño que se nos unió en el insti­tuto—, y ape­nas pusi­mos un pie en el restau­rante, el mesero nos ofre­ció un mez­cal de prodi­gio (ésas fueron sus pal­abras). Bebi­mos y casi de inmedi­ato orde­n­amos de comer. Todo tran­scur­rió sobre ruedas, como se esper­aba; aunque, para ser sin­ceros, yo no le quitaba la vista a mi amigo el pin­tor. Ama­ranta lo había inqui­etado. De vez en cuando depositaba sus ojos en los ojos de ella ―pro­fun­da­mente verdes, si es que el verde puede ser pro­fundo―; por segun­dos, porque de inmedi­ato los míos se inter­ponían. La botella de mez­cal fue bajando osten­si­ble­mente. Si hubiése­mos lle­vado la cuenta por copa, estoy seguro de que la habríamos extravi­ado sig­los ha. Pero no sé este comen­tario a qué viene, porque a quién le puede impor­tar lle­var la cuenta cuando lo que se con­sume es mez­cal. Sin embargo, por muy bor­ra­cho que estu­viera, me repetía que Ama­ranta no me podía en­gañar. Que encima de todo mi amigo el pin­tor me era leal. Leal como una car­retera que no cam­bia al paso de los años.

Por fin ter­mi­namos y nos sal­imos de ahí. Más bien sum­i­dos en el silen­cio nos ale­jamos del restau­rante. La avenida Mace­do­nio Alcalá se abrió ante nosotros como un mar de posi­bil­i­dades. Aunque mi amigo salía sobrando.

Cierto es que siem­pre he sido pro­clive a com­par­tir a las mujeres con las que ando. Sea el tipo de relación que sea. Lo mismo si se trata de la esposa que de la novia, de la amante que de la amiga oca­sional. Y curiosa­mente ellas han acce­dido. Como si el hecho las atra­jera. Como si desafiar cier­tas nor­mas les resul­tara inequívo­ca­mente atrac­tivo. Acaso por peli­groso. Pero en este ¿juego?, ¿deporte?, ¿entreten­imiento?, siem­pre hay un lado de dolor y con­goja, de descon­suelo y des­dicha: ver a la mujer que amas en bra­zos de otro, o imag­inártela, es un estí­mulo increíble para tu adren­a­lina sex­ual, pero tam­bién es un golpe a tu estruc­tura: sientes que todo está per­dido, que en medio de ese placer todo se está desmoro­nando. Y sobre­vienen los celos más abyec­tos y dev­as­ta­dores. Quedas hecho polvo, mejor aún: ácido cor­ro­sivo del que gota a gota per­fora metal y gran­ito. Me pre­gunto por qué es tan fuerte y tan bru­tal. Y por qué no puedo dejar de hac­erlo. O cuando menos de provocarlo.

En cuanto lo perdi­mos de vista, Ama­ranta me empezó a echar en cara por qué había des­pe­dido a mi amigo. Me dijo que yo era un cobarde y que en el fondo de mi corazón todo en mí era pusi­la­n­im­i­dad. Que ni había sido artista ni corre­dor de moto­ci­cle­tas ―aspiración, ésta última, que alguna vez, en mi juven­tud, había con­tem­plado―, y que final­mente no era yo más que un mediocre y un cobarde ―pal­abras que decía en un tono cantadito.

Yo ni le respondía. Qué caso hubiera tenido. Ya la conozco. No era la primera ni sería la última que afloraba una parte suya desagrad­able y provo­cadora. Dejé que el tiempo tran­scur­ri­era y nue­stros pasos nos lle­varon a una can­tina que se le conoce como La Muralla, que está enfrente del mer­cado 20 de Noviem­bre. No es pre­cisa­mente la más recomend­able para lle­var a una mujer her­mosa y dis­tin­guida. Pero esas cosas tam­poco se pien­san cuando el alco­hol ha tomado el poder. Nos meti­mos y lo primero que hice fue pre­gun­tar por mi amigo, el dueño: Ale­jan­dro Cabr­era. Pero no estaba. Nos sen­ta­mos hasta el fondo y ped­i­mos nues­tra jor­nada de mez­cales. Que final­mente fueron cua­tro. Cua­tro ron­das. La mirada libidi­nosa de los bor­ra­chos revolote­aba alrede­dor de la mesa. A tal punto que me empezó a inqui­etar más de la cuenta. Y eso para no hablar de las ganas de ori­nar de Ama­ranta. Cada vez que iba al baño me oblig­aba a lev­an­tarme e ir tras ella. Hasta que me harté. Pagué y sal­imos de allí.

IV

Una vez más, emprendi­mos la cam­i­nata. Sin des­tino alguno. La quería abrazar y me quitaba el brazo de encima. Le quería hacer con­ver­sación y me eludía. Siem­pre me ha pare­cido incom­pren­si­ble esta acti­tud de muchas mujeres, que se encier­ren en sí mis­mas y que no sea posi­ble sacar­les una pal­abra. Aun ebrias. Como si de ese modo las cosas fueran a resolverse.

Seguimos la ori­entación que caía de las estrel­las y de pronto ya estábamos orde­nando un mez­cal más, pero ahora en un restau­rante caro: Los Dan­zantes. Ordené además una botella de vino. Ella miraba hacia todos lados. Me voy, dijo. Pues lár­gate, repuse yo. Can­celé el vino, pedí un whisky —según yo, para con­trar­restar el efecto del mez­cal— y un sir­loin. Cené con la serenidad de un monarca que tiene todo resuelto en la vida, pedí mi cuenta —que obvi­a­mente no revisé— y me dirigí al hotel.

Pero he aquí que Ama­ranta no estaba.

Sentí que un relám­pago me partía en dos.

Regresé una vez más a la calle y comencé a bus­carla. Cada vez más pre­ocu­pado, entraba a cuanto antro veía y revis­aba el lugar. Nada. Nada de nada. A la pre­ocu­pación sobrevino la ira y luego el nervio­sismo más acu­ciante. ¿Dónde dia­b­los se había metido? ¿Estaría con algún hijo de puta? ¿Me merecía yo eso? ¿O en ese momento, justo en ese momento, cor­rería algún peli­gro? El alco­hol —mejor dicho, el mez­cal— no me dejaba pen­sar con clar­i­dad. Com­pré un whisky doble en algún antro y me lo llevé en un vaso de­sechable hasta el hotel. Intenté esper­arla en el lobby, pero no aguanté más. Subí a mi habitación, bebí de un trago el whisky que restaba y caí dormido en cal­i­dad de fardo.

V

No sentí cuando entró, no sentí cuando se acostó, pero sí sentí cuando se metió bajo las sábanas y me abrazó. No lo hubiera hecho. De inmedi­ato me llegó el olor a semen. Hue­les a hom­bre, le dije. No, no huelo a nada, bésame, hazme el amor. ¿Con quién estu­viste cogiendo?, ¿quién te cogió, hija de tu puta madre?, le pre­gunté y le solté un golpe en la cara. Un hom­bre, un hom­bre me la metió hasta el fondo y me encantó. Pero no dejaba de pen­sar en ti. En que nos estabas espiando tras la ven­tana. Si lo hice, fue por ti, porque eso te gusta y te excita. Y yo estoy para com­plac­erte. Ahora te amo más. Lo hice porque te amo, porque vine al mundo a hacer real­i­dad tus fan­tasías. ¿Crees que lo hubiera hecho de no ser así? La puse en cua­tro y la pen­etré. Con­forme mi miem­bro se atas­caba en su ano, no dejaba de gri­tarme que me amaba. Que lo nue­stro era para siem­pre. Y yo sabía que estaba diciendo la verdad.

VI

Dos años han tran­scur­rido desde entonces. Dejé a mi esposa y no me he arre­pentido. Respecto de Ama­ranta, no es posi­ble lle­varse la fiesta en paz con ella. Vive cada día hasta las últi­mas con­se­cuen­cias. Gol­pearnos, embria­gar­nos, herirnos con cuanta maledi­cen­cia exista, se ha vuelto el pan cotid­i­ano. Aunque no nos insul­ta­mos, jamás. Sí suelo meter un bil­lete bajo su calzón, pero no nos insul­ta­mos. Como si se tratara de un acuerdo tác­ito. Una ley de guerra. Hemos hecho el amor con algunos cuan­tos ami­gos míos, y a veces de ella. Nece­sito de esa sen­sación que me lib­era como se nece­sita del oxígeno bajo el agua. Pero aque­lla expe­ri­en­cia de Oax­aca sigue siendo la que más me ha afec­tado. Aque­lla noche me con­fesó que no se había ido con mi amigo el pin­tor sino con un joven que se ligó —¿él a ella o ella a él?, otra pre­gunta que quedará en el aire por los sig­los de los sig­los— en aquel restau­rante de comida itsmeña. En el baño se habían besado, a unos cuan­tos met­ros de donde yo estaba. Que se habían dado sus celu­lares, se habían escrito men­sajes y que eso era todo. Me ase­guró que nada de eso había trascen­dido para ella. Que de no ser por mí, le habría resul­tado irrel­e­vante. Ni siquiera lo hubiera hecho. Por lo pronto no hemos vuelto a Oax­aca, ni creo que lo hag­amos jamás. En cuanto a mí, no he vuelto a encon­trar la paz, y cele­bro que así sea.

 

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  • Diana_charreton

    Nunca hay edad para las emo­ciones fuertes y rela­ciones pasion­ales; me dejo un buen sabor de boca.

  • Jal­cun

    Ruval­caba, siem­pre fuerte,crudo, trastor­nado y genial. Como la vida misma.
    Jorge.

  • http://www.facebook.com/tlatoanirobledo Tla­toani Gan­i­tas Robledo

    Shale.. a veces me hace reír.. a veces me hace eno­jar. Que gran escritor es este cabrón.

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