Por eso vine para acá, para estar tranquilo. Antes trabajaba para la Embajada en Wáshington, D.C., y aunque rentaba un departamentito en Northwest, cada semana o cada quince días había balacera en el barrio.
Primero fueron las ambulancias, las sirenas. Uno llega a Wáshington y mira los jardines, la ciudad como campo de golf o como maqueta grecolatina. Y oye las sirenas, y observa a las patrullas histéricas zumbando de un lado para otro por la Quince, por Dupont Circle, y uno sólo puede pensar que seguramente habrá un montón de viejitas cuyos gatos se quedaron atrapados arriba de los árboles. Todo está tan limpio que no se puede pensar otra cosa.
Después vinieron los disparos, justo cuando ya me estaba acostumbrando a las sirenas. Todo disparo se oye diferente, depende del arma, del calibre; pero una vez que has escuchado uno cerquitas, una vez que has sentido la adrenalina de que te pueden tronar en cualquier momento, aprendes a reconocerlos. Aun así, le puse pausa a mi juego de video, dejé el control sobre el colchón de la cama y salí al balcón con la esperanza de que los tronidos fueran cuetes de alguna celebración de los salvadoreños de cuadras arriba. Me gustaría decir que salí sereno al balcón. Pero salí agachado, alerta (ya una vez, en Medellín en 2001, por asomarme confiadote a ver si eran cuetes o disparos, casi recibo un balazo: el proyectil traspasó la ventana a unos centímetros de mi cabeza). Así que salí agachado y ahí estaba, en el callejón, corriendo un tipo mientras se guardaba una pistola escuadra en la cintura. Volví a mi juego de video.
Me quedé jugando hasta el amanecer.
Miro la luna y la fumarola del volcán. Es un volcán. Al alba, una luz violeta se adormece sobre la nieve y bajo el enramado de cables y tinacos comienza el trajín de la ciudad. Aquí no pasa nada, pienso, por eso estoy aquí. Aquí la gente se levanta para el trabajo y trabaja. Aquí sigue existiendo aquello que llamábamos normalidad, sigue existiendo.
Luego vino el contacto. Volvía de un bar con un amigo de Piedras Negras cuando, a una cuadra del depa, un tipo se nos dejó venir corriendo. No se veía amenazante sino, más bien, preocupado.
—¿Hablan inglés?
En seguida nos pidió que llamáramos al 911 y descubrimos que el 911 funciona igual de bien o de mal que cualquier otra policía. Sólo que la primer pregunta de la operadora fue:
—¿De qué raza son?
—Sorry?
—¿Cuál es la raza de las personas involucradas en el secuestro?
En ese momento entendí una de las diferencias entre la violencia de nuestros países y la violencia del autollamado “Primer Mundo”: ahí, si no sucede entre los blancos, no cuenta: los inmigrantes no son franceses, no son alemanes, no importa que lleven tres generaciones, son otra raza y punto (Hitler estaría orgullosísimo). En EE.UU. las zonas de blancos están cuidadas, los demás nos podemos matar entre nosotros sin que a nadie le importe. De hecho, la primer patrulla tardó en llegar más de media hora. Antes, el compa salvadoreño que nos había pedido llamar al 911 se quitó la camisa y dijo: Te la cambio. Yo le regalé la mía. Bien podía ayudarlo a escapar, pero por ningún motivo quería que me confundieran con él.
La luz violeta, sobre la nieve, cambia a roja y a naranja y el barullo poblano sube con el sol. La fumarola del Popo se pinta con los colores de los suéteres de los niños que van a la escuela. Se escucha el claxon de la troca que trae leche desde Chipilo. Los gritos de las madres que apuran a sus hijos son ahogados por algunas sirenas. Aquí no pasa nada.
Al día siguiente entre las tiendas de salvadoreños, a un lado de la 16, se contaba que dos habían muerto ahí mismo en la esquina del levantón y cuatro estaban desaparecidos (luego, en las mismas tiendas, me enteraría de que aparecieron ahogados en el Potomac con marcas de tortura). Del otro lado de la 16, en el barrio de negros, se contaba lo mismo. Pero abajo de Columbia Rd., mi calle, en el barrio de blancos no se decía nada o se decía lo mismo que en el Washington Post: “Hubo un herido de navaja”. Y a veces agregaban el comentario siempre políticamente correcto y racista: Es que así son los afroamericanos y los latinos.
Luego el silencio.
Silencio.
Acá, después de las sirenas, o incluso antes, comienzan los rumores: Sutanita anda vendiendo, a Fulano lo levantaron, por allá hubo un operativo, Mengano no pudo tomar vacaciones porque dice que los acuartelaron, Don Perengano ya cerró su tendajón porque no podía pagar las cuotas, apareció un muertito en el canal del desagüe (un muertito, aquí todos son “muertitos”).
Y en la Embajada en Wáshington parecía que todos vivían en su burbuja. La ciudad era un paraíso para ellos y a mí me daba envidia, mucha. ¿Por qué leía yo las notas de los ejecutados? ¿Por qué a mí me contaban en la tienda que el levantón del otro día —y todos los que siguieron— era porque estaban cambiando las rutas comerciales en México? ¿Por qué yo seguía escuchando las sirenas que ya nadie oía y entonces era incapaz de imaginarme otra vez que eran gatos que se habían quedado atrapados en los árboles?
Dos días después de que tuve que pedirle permiso a un oficial para cruzar la cinta amarilla y entrar a mi edificio —nomás no pise la sangre, me dijo— decidí dejar Wáshington y buscar mi burbuja.
—En Puebla no pasa nada —afirmó un compa.— Aquí viven las familias y hay acuerdo entre los narcos, o entre los narcos y el gobierno, y decidieron dejar la plaza tranquila.
Las nubes van cubriendo el volcán conforme avanza el día, como si el Popocatépetl fuera tímido y exudara un velo blanco para cobijarse de las miradas chismosas. Luego de un año en Puebla, he aprendido a tantearle el humor al muchacho: en los veranos anda endomingado con su poncho de nieve y; en invierno, sólo se deja una coletita blanca. Lo miro. De vez en cuando me imagino cómo explotaría en caso de que haga esa erupción que los geólogos nos vienen prometiendo desde hace años. Estoy seguro de que ése día, sigiloso, los nubarrones lo cubrirán por completo. Y después vendrá un chorro de lava, para sorpresa de todos, y el chorro consumirá en un segundo los nubarrones y se elevará sobre el cielo antes de cubrir la ciudad completa.
Miro el volcán. Hace un año que no leo los periódicos, que no platico con los señores de las tiendas de abarrotes. A veces voy a Cholula, aquí a un ladito de Puebla, y siento cómo retiembla la tierra con los festejos de algún santo patrono, casi a diario. Y se escucha el estruendo de la orquesta y de los cuetes. Y hasta ahora nadie corre ante la primera explosión. Ni se avienta debajo de las mesas. Ni suceden la gritería y el llanto. Porque aquí todo está tranquilo. Porque son mentiras cuando alguien dice que lo de anoche no fueron cuetes sino balazos. Porque es falso que en el barrio de San Miguel Mayorazgo haya habido un operativo del ejército. Porque exageran los que dicen que todo Puebla está infiltrado, que ya hay convoyes, que el pacto es endeble y está a punto de quebrarse. Porque no es cierto que la gente baje la voz en los cafés cuando menciona a alguno de los grupos armados. Porque aquí sólo se ven militares en los desfiles. Porque la violencia sigue estando lejos, bien lejos, y Puebla es una isla más en medio del caos.
Miro el volcán. Los nubarrones han cubierto toda la montaña.
Texto publicado en la edición 149 de Crítica
Escrito por Luis Felipe Lomelí
(Guadalajara, México, 1975). Escritor y doctor en Ciencia y Cultura. Su primer libro, Todos santos California (Tusquets-Conaculta, 2002), recibió en México el Premio Nacional de Bellas Artes en el rubro de cuento en 2001. Posteriormente, obtuvo en 2004 el Premio Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés por la obra “El Cielo de Neuquén”, incluida en su segundo libro Ella sigue de viaje (Tusquets, 2005). Su primera novela, Cuaderno de flores (Tusquets, 2007), versa sobre la vorágine de la violencia en Guadalajara y Medellín, y se escribió con el apoyo del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México y el Ministerio de Cultura de Colombia. Su último libro es el ensayo divulgativo El ambientalismo (Nostra, 2009). Sus cuentos han aparecido en diversas antologías en México, Eslovenia y España, y parte de su obra ha sido traducida al japonés, italiano, griego, finés, húngaro y francés, entre otros idiomas. Ha impartido talleres de creación literaria en Georgetown University, Estados Unidos, y el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, México.




































