Una isla bajo el volcán

04
jul
A un lado del vol­cán flota la luna. Subo al depar­ta­mento y abajo se extiende una con­stelación de luces mer­cu­ri­ales. Silen­cio. Aquí no pasa nada. Aquí es Puebla y sólo la fumarola del Popocatépetl forma una nubecita iluminada.

Por eso vine para acá, para estar tran­quilo. Antes tra­ba­jaba para la Emba­jada en  Wásh­ing­ton, D.C., y aunque rentaba un depar­ta­men­tito en North­west, cada sem­ana o cada quince días había bal­ac­era en el barrio.

Primero fueron las ambu­lan­cias, las sire­nas. Uno llega a Wásh­ing­ton y mira los jar­dines, la ciu­dad como campo de golf o como maqueta greco­latina. Y oye las sire­nas, y observa a las patrul­las histéri­cas zum­bando de un lado para otro por la Quince, por Dupont Cir­cle, y uno sólo puede pen­sar que segu­ra­mente habrá un mon­tón de vieji­tas cuyos gatos se quedaron atra­pa­dos arriba de los árboles. Todo está tan limpio que no se puede pen­sar otra cosa.

Después vinieron los dis­paros, justo cuando ya me estaba acos­tum­brando a las sire­nas. Todo dis­paro se oye difer­ente, depende del arma, del cal­i­bre; pero una vez que has escuchado uno cerquitas, una vez que has sen­tido la adren­a­lina de que te pueden tronar en cualquier momento, apren­des a recono­cer­los. Aun así, le puse pausa a mi juego de video, dejé el con­trol sobre el colchón de la cama y salí al bal­cón con la esper­anza de que los tron­idos fueran cuetes de alguna cel­e­bración de los sal­vadoreños de cuadras arriba. Me gus­taría decir que salí sereno al bal­cón. Pero salí agachado, alerta (ya una vez, en Medel­lín en 2001, por aso­marme con­fi­adote a ver si eran cuetes o dis­paros, casi recibo un bal­azo: el proyec­til traspasó la ven­tana a unos cen­tímet­ros de mi cabeza). Así que salí agachado y ahí estaba, en el calle­jón, cor­riendo un tipo mien­tras se guard­aba una pis­tola escuadra en la cin­tura. Volví a mi juego de video.

Me quedé jugando hasta el amanecer.

Miro la luna y la fumarola del vol­cán. Es un vol­cán. Al alba, una luz vio­leta se adormece sobre la nieve y bajo el enra­mado de cables y tina­cos comienza el tra­jín de la ciu­dad. Aquí no pasa nada, pienso, por eso estoy aquí. Aquí la gente se lev­anta para el tra­bajo y tra­baja. Aquí sigue existiendo aque­llo que llamábamos nor­mal­i­dad, sigue existiendo.

Luego vino el con­tacto. Volvía de un bar con un amigo de Piedras Negras cuando, a una cuadra del depa, un tipo se nos dejó venir cor­riendo. No se veía ame­nazante sino, más bien, preocupado.

—¿Hablan inglés?

En seguida nos pidió que llamáramos al 911 y des­cub­ri­mos que el 911 fun­ciona igual de bien o de mal que cualquier otra policía. Sólo que la primer pre­gunta de la oper­adora fue:

—¿De qué raza son?

—Sorry?

—¿Cuál es la raza de las per­sonas involu­cradas en el secuestro?

En ese momento entendí una de las difer­en­cias entre la vio­len­cia de nue­stros países y la vio­len­cia del autol­la­mado “Primer Mundo”: ahí, si no sucede entre los blan­cos, no cuenta: los inmi­grantes no son france­ses, no son ale­manes, no importa que lleven tres gen­era­ciones, son otra raza y punto (Hitler estaría orgul­losísimo). En EE.UU. las zonas de blan­cos están cuidadas, los demás nos podemos matar entre nosotros sin que a nadie le importe. De hecho, la primer patrulla tardó en lle­gar más de media hora. Antes, el compa sal­vadoreño que nos había pedido lla­mar al 911 se quitó la camisa y dijo: Te la cam­bio. Yo le regalé la mía. Bien podía ayu­darlo a escapar, pero por ningún motivo quería que me con­fundieran con él.

La luz vio­leta, sobre la nieve, cam­bia a roja y a naranja y el barullo poblano sube con el sol.  La fumarola del Popo se pinta con los col­ores de los suéteres de los niños que van a la escuela. Se escucha el claxon de la troca que trae leche desde Chip­ilo. Los gri­tos de las madres que apu­ran a sus hijos son ahoga­dos por algu­nas sire­nas. Aquí no pasa nada.

Al día sigu­iente entre las tien­das de sal­vadoreños, a un lado de la 16, se con­taba que dos habían muerto ahí mismo en la esquina del lev­an­tón y cua­tro esta­ban desa­pare­ci­dos (luego, en las mis­mas tien­das, me enter­aría de que aparecieron ahoga­dos en el Potomac con mar­cas de tor­tura). Del otro lado de la 16, en el bar­rio de negros, se con­taba lo mismo. Pero abajo de Colum­bia Rd., mi calle, en el bar­rio de blan­cos no se decía nada o se decía lo mismo que en el Wash­ing­ton Post: “Hubo un herido de navaja”. Y a veces agre­ga­ban el comen­tario siem­pre políti­ca­mente cor­recto y racista: Es que así son los afroamer­i­canos y los lati­nos.

Luego el silencio.

Silen­cio.

Acá, después de las sire­nas, o incluso antes, comien­zan los rumores: Sutanita anda ven­di­endo, a Fulano lo lev­an­taron, por allá hubo un oper­a­tivo, Mengano no pudo tomar vaca­ciones porque dice que los acuar­te­laron, Don Perengano ya cerró su ten­da­jón porque no podía pagar las cuo­tas, apare­ció un muer­tito en el canal del desagüe (un muer­tito, aquí todos son “muertitos”).

Y en la Emba­jada en Wásh­ing­ton parecía que todos vivían en su bur­buja. La ciu­dad era un paraíso para ellos y a mí me daba envidia, mucha. ¿Por qué leía yo las notas de los eje­cu­ta­dos? ¿Por qué a mí me con­ta­ban en la tienda que el lev­an­tón del otro día —y todos los que sigu­ieron— era porque esta­ban cam­biando las rutas com­er­ciales en Méx­ico? ¿Por qué yo seguía escuchando las sire­nas que ya nadie oía y entonces era inca­paz de imag­i­n­arme otra vez que eran gatos que se habían quedado atra­pa­dos en los árboles?

Dos días después de que tuve que pedirle per­miso a un ofi­cial para cruzar la cinta amar­illa y entrar a mi edi­fi­cio —nomás no pise la san­gre, me dijo— decidí dejar Wásh­ing­ton y bus­car mi burbuja.

—En Puebla no pasa nada —afirmó un compa.— Aquí viven las famil­ias y hay acuerdo entre los nar­cos, o entre los nar­cos y el gob­ierno, y deci­dieron dejar la plaza tranquila.

Las nubes van cubriendo el vol­cán con­forme avanza el día, como si el Popocatépetl fuera tímido y exu­dara un velo blanco para cobi­jarse de las miradas chis­mosas. Luego de un año en Puebla, he apren­dido a tan­tearle el humor al mucha­cho: en los ver­a­nos anda endomin­gado con su pon­cho de nieve y; en invierno, sólo se deja una coletita blanca. Lo miro. De vez en cuando me imag­ino cómo explotaría en caso de que haga esa erup­ción que los geól­o­gos nos vienen prome­tiendo desde hace años. Estoy seguro de que ése día, sig­iloso, los nubar­rones lo cubrirán por com­pleto. Y después ven­drá un chorro de lava, para sor­presa de todos, y el chorro con­sumirá en un segundo los nubar­rones y se ele­vará sobre el cielo antes de cubrir la ciu­dad completa.

Miro el vol­cán. Hace un año que no leo los per­iódi­cos, que no platico con los señores de las tien­das de abar­rotes. A veces voy a Cholula, aquí a un ladito de Puebla, y siento cómo retiem­bla la tierra con los fes­te­jos de algún santo patrono, casi a diario. Y se escucha el estru­endo de la orquesta y de los cuetes. Y hasta ahora nadie corre ante la primera explosión. Ni se avienta debajo de las mesas. Ni suce­den la gritería y el llanto. Porque aquí todo está tran­quilo. Porque son men­ti­ras cuando alguien dice que lo de anoche no fueron cuetes sino bal­a­zos. Porque es falso que en el bar­rio de San Miguel May­orazgo haya habido un oper­a­tivo del ejército. Porque exageran los que dicen que todo Puebla está infil­trado, que ya hay con­voyes, que el pacto es ende­ble y está a punto de que­brarse. Porque no es cierto que la gente baje la voz en los cafés cuando men­ciona a alguno de los gru­pos arma­dos. Porque aquí sólo se ven mil­itares en los des­files. Porque la vio­len­cia sigue estando lejos, bien lejos, y Puebla es una isla más en medio del caos.

Miro el vol­cán. Los nubar­rones han cubierto toda la montaña.

Texto pub­li­cado en la edi­ción 149 de Crítica


Escrito por Luis Felipe Lomelí

(Guadala­jara, Méx­ico, 1975). Escritor y doc­tor en Cien­cia y Cul­tura. Su primer libro, Todos san­tos Cal­i­for­nia (Tusquets-Conaculta, 2002), recibió en Méx­ico el Pre­mio Nacional de Bel­las Artes en el rubro de cuento en 2001. Pos­te­ri­or­mente, obtuvo en 2004 el Pre­mio Lati­noamer­i­cano de Cuento Edmundo Val­adés por la obra “El Cielo de Neuquén”, inclu­ida en su segundo libro Ella sigue de viaje (Tus­quets, 2005). Su primera nov­ela, Cuaderno de flo­res (Tus­quets, 2007), versa sobre la vorágine de la vio­len­cia en Guadala­jara y Medel­lín, y se escribió con el apoyo del Con­sejo Nacional para la Cul­tura y las Artes de Méx­ico y el Min­is­te­rio de Cul­tura de Colom­bia. Su último libro es el ensayo divul­ga­tivo El ambi­en­tal­ismo (Nos­tra, 2009). Sus cuen­tos han apare­cido en diver­sas antologías en Méx­ico, Eslove­nia y España, y parte de su obra ha sido tra­ducida al japonés, ital­iano, griego, finés, hún­garo y francés, entre otros idiomas. Ha impar­tido talleres de creación lit­er­aria en George­town Uni­ver­sity, Esta­dos Unidos, y el Insti­tuto Tec­nológico y de Estu­dios Supe­ri­ores de Mon­ter­rey, México.

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