Somos lobas

19
jul

Nikola Borissov

Llega la enfer­mera y pre­gunta por el famil­iar de mamá.

—Yo —digo y levanto la mano.

Mamá está en “Tratamien­tos II”, uno de los dos pabel­lones para mujeres. Ahí duerme, hace activi­dades recre­ati­vas, come, recibe psi­coter­apia y tratamiento psiquiátrico en un horario. Así lo hacen veinte muchachas más.

Sigo a la enfer­mera a la ofic­ina de enfer­mería. No hay nadie más. La enfer­mera no tiene ros­tro y, entonces, sin expre­sión, me dice que mamá nece­sita cig­a­r­ros. Los cig­a­r­ros se le ter­mi­naron ya y se puede volver agre­siva con­tra las muchachas que sí tienen cig­a­r­ros. Hay que com­prarle una cajetilla de cig­a­r­ros a mamá, así que salgo a la tienda y com­pro una.

Llega la enfer­mera y pre­gunta por el famil­iar de mamá.

—Yo —digo y me levanto, camino hacia la enfer­mera y le entrego los cigarros.

—¿Quiere pasar a verla? —me pregunta.

—No, pero paso —con­testo. Paso.

Mamá está tibia. Me pre­gunta si com­pré cig­a­r­ros. Las pare­des tam­bién están tib­ias. Son amar­il­las y tib­ias, como la pus o como el sol. Le pre­gunto a mamá qué pre­fiere, la pus o el sol, pero no contesta.

—Sí —le digo. Mamá está llena de cica­tri­ces. Detrás de ella hay una loba dormida.

—Somos lobas —me dice—, nos comemos los árboles para poder respirar.

Des­canso mi cabeza sobre mis bra­zos cruza­dos y siento que la mano tibia de mamá acari­cia mi mano fría. Afuera es sep­tiem­bre y hace frío. (No recuerdo si el sep­tiem­bre pasado hizo tanto frío.) Levanto uno de mis dedos y la dejo que me acaricie entre los dedos. Sus hue­sos están ahí; está viva y sus hue­sos están tibios. Levanto la cabeza y la miro; ella mira hacia otro lado. Detrás de mamá hay una muchacha sen­tada con las pier­nas cruzadas, las manos sobre la cabeza y los ojos cer­ra­dos. Una loba cam­ina en cír­cu­los alrede­dor de ella.

—Somos lobas, mira —vol­tea hacia la muchacha—; con la san­gre que sale de nue­stros bra­zos hace­mos espi­rales sobre el suelo.

Llega la enfer­mera y pre­gunta por el famil­iar de mamá.

—Yo —digo y me levanto de la mesa. La enfer­mera se acerca a mí y me toma del brazo para lle­varme afuera.

—Mi mamá dice que es una loba. O que son lobas, dice.

—Todas se imag­i­nan cosas —la enfer­mera siem­pre son­ríe—. Hay una que dice que su papá es el pres­i­dente de no sé qué país y luego se pone a hablar en un idioma raro que se inventa. Varias le creen.

—¿Mi mamá le cree?

—No. Tu mamá y ella no se lle­van. A lo mejor sí le cree, pero nunca dice nada.

—Somos lobas —digo mirando al frente—. Un amigo mío escribió un cuento lla­mado “Pinches lobas” hace mucho tiempo. ¿Ten­drá algo que ver? Ella lo leyó —. La enfer­mera me mira con expre­sión nerviosa.

—Los informes son el viernes. Ellos saben más de esas cosas.

Lle­gando a casa, le escribo a mi amigo para saber si todavía tiene su cuento y le hablo de mi mamá; le digo que dice que ahí todas son lobas. No recuerdo si en su cuento pasaba eso.

Mi amigo me con­testa que no lo tiene porque perdió toda la infor­ma­ción de su com­puta­dora hace mucho y que es una lás­tima porque a él le gustaba mucho ese cuento. Lo escribió cuando tenía 20 o 21 años.

 

La enfer­mera llega y pre­gunta por el famil­iar de mamá.

—Yo.

—Pinches lobas —le digo después de unos min­u­tos en silen­cio. Mamá no se mueve. Está sen­tada sobre la cama pasando ráp­i­da­mente las hojas de una revista vieja de nota rosa. La tris­teza le ha dese­cho el ros­tro. Me levanto y la abrazo con tor­peza, rígido. Ella apoya su cabeza sobre mi hom­bro. Huele a tierra.

En la ven­tana, pegado con mask­ing tape, hay un rehilete de papel con la letra P pin­tada con plumón plateado. Es una de las cosas que hacen durante la hora de ter­apia. Hacen caji­tas, latas para las plumas, mar­cos para fotos, cosas así. Todo lo que ella ha hecho  tiene motivos mex­i­canos porque es sep­tiem­bre, y todo tiene la letra P pin­tada con plumón plateado. La cajita, sobre su buró, tiene una P y una flor al lado.

Después del hos­pi­tal voy a tomar un café con mi amigo. Le pre­gunto si en su cuento alguien decía “somos lobas” o si trataba sobre per­sonas que eran lobas. Me dice que no: era un largo poema en verso para una muchacha con la que and­aba a la que le gustaba morder durante el sexo. Cuando lo dejó, o la dejó él a ella, escribió “Pinche loba” y se lo mandó por e-mail; nada tenía que ver con lo que le cuento. Después del café vamos cam­i­nando hasta mi casa, a treinta min­u­tos, y él sigue hasta la suya.

Al día sigu­iente com­pro un plumón plateado y en una de las pare­des de mi cuarto, a un lado de la cama, escribo “somos lobas” en letras muy grandes.

 

En cada cuarto duer­men dos mujeres. Pilar, la com­pañera de mamá, se fue hace unos días.

Dice mamá que nece­sita a Pilar. Le pre­gunto para qué. “Me lavaba los dientes. Me ponía las san­dalias. Me hacía todo”, dice. Joder. Mamá tenía una esclava.

—No era su esclava —me dice la enfer­mera, son­riendo— pero la quería mucho—. No sé si Pilar era la muchacha que la loba cir­cu­laba aque­lla vez. Le pre­gunto a mamá pero no me dice nada. Le pre­gunto a la enfer­mera si Pilar tam­bién se había cortado.

—Sí —me dice—. Estoy segura de que se fue para volver a cor­tarse. Muchas hacen eso.

Ese día salgo antes del hos­pi­tal porque tengo que ir a recoger a Mar­i­ana al aerop­uerto. “¿Quién es Mar­i­ana?”, me pre­gunta mamá. Mi esposa, Mar­i­ana es mi esposa.

 

Mar­i­ana llega por la puerta de vue­los inter­na­cionales. Está cansada. Me abraza largo y me dice “ya llegué” al oído. Le ayudo a car­gar su maleta hasta el estacionamiento.

—¿Cómo está tu mamá? —me pre­gunta. Mar­i­ana es muy dulce. Va sen­tada con las manos entre las pier­nas, cam­biando la estación de radio una y otra vez.

—Bien.

—¿Y las lobas?

—No sé. No le he pre­gun­tado —pienso en decirle que yo las he visto, pero no quiero pre­ocu­parla después de un vuelo tan largo.

—La dan de alta en una semana.

Somos lobas”, lee Mar­i­ana en la pared del cuarto y me vol­tea a ver  con el ceño frun­cido. Yo me acerco y la abrazo. Nos acosta­mos y me acari­cia el cabello.

—¿Cómo estás?

No sé qué con­tes­tar y comienzo a llorar.

—No llores. Ven —me dice y me abraza.

Lloro solo unos segun­dos. Luego me levanto y saco de mi mochila  una carta que le escribí. Tenía planeado pegarla a la puerta para que la viera al lle­gar, pero no encon­tré la cinta adhe­siva y no tenía tiempo de salir a com­prar otra.

Mar­i­ana la abre. Le pido que la lea en voz alta.

—“Ven­tana. Ven­tana caliente. Ven­tana caliente con car­ros. Car­ros de ven­tana caliente. Car­ros de ven­tana caliente y luz. Luz caliente. Luz caliente de mañana reciente. Luz caliente de mañana res­p­lan­de­ciente. Luz caliente de mañana. Mañana, luz caliente. Mañana, luz caliente, sueño. Mañana, luz caliente, sueño y tri­pas. Tri­pas calientes con luz. Tri­pas calientes con luz de ven­tana. Tri­pas que roban luz. Tri­pas que roban luz de agu­jero. Luz de agu­jero. Luz amar­illa de agu­jero. Pus amar­illa de agu­jero. Pus amar­illa de agu­jero blanco. Agu­jero blanco en un corre­dor. Agu­jero blanco en un corre­dor negro. Un corre­dor negro sobre el agu­jero blanco. Agu­jero blanco y casa. Casa en blanco. Casa en blanco y Mar­i­ana. Mar­i­ana y blanco. Mar­i­ana blanco de luz. Mar­i­ana luz de blanco. Mar­i­ana luz en blanco.”

Son­ríe. Se lev­anta a guardar la carta en una caja azul en donde guarda todas mis car­tas. Se acuesta y me pre­gunta cuándo puede ver a mamá.

—Mañana hay informes. Ahí la podemos ver un poquito. Ya no hay visitas.

 

En la madru­gada suena el telé­fono. Es la doc­tora. Mamá se sui­cidó en la noche.

Tiem­blo y lloro. Camino por la casa tem­b­lando y llo­rando lo más quedo posi­ble para no des­per­tar a Mar­i­ana. Siento como si todas las pal­abras de mamá estu­vieran entrando por las ven­tanas, así que cierro todas las ven­tanas. ¿Adónde se va el lenguaje de quien muere? Tengo mucho miedo de que entre por las ven­tanas de quien llora. Cojo un cepillo, lo mojo con cloro y voy al cuarto. Mar­i­ana está en el baño. Comienzo a tal­lar la pared. “Somos lobas”. Pero no se quita por com­pleto. Mar­i­ana sale del baño y me pre­gunta quién era. La volteo a ver. Su cara está hin­chada y sus ojos ape­nas abiertos.

—Estoy lleno de cloro —le digo—. Abre las ven­tanas, ¿sí?

Detrás de Mar­i­ana hay una loba dormida.

Texto pub­li­cado en la edi­ción 149 de Crítica


Escrito por Javier Elizondo

Nació en Tijuana. Ha sido edi­tor y cor­rec­tor en dis­tin­tas edi­to­ri­ales y ha colab­o­rado con cuento y reseñas en algu­nas revis­tas de cir­cu­lación casi nula. Vive en la ciu­dad de Méx­ico y lleva el blog http://estremecedoramecedora.wordpress.com

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