La vez que todos fuimos Jairo

29
feb

A mí me gus­tan las mujeres tristes. Eso digo hoy. Pero en esa época ni siquiera lo había pen­sado. Por eso cuando los otros mucha­chos dijeron:

—¿Y a vos cómo te gus­tan las mujeres?

Yo me tomé otro trago de ron y dije lo primero que se me vino a la cabeza:

—Las monas pero que no sean teñidas.

Estábamos en el par­que de Envi­gado y era un sábado por la tarde. Nos habíamos reunido para hacer una tarea de trigonometría. Yo en ver­dad no era de la gal­lada de los otros tres mucha­chos, pero el pro­fe­sor me había metido en el grupo con ellos para hacer el tra­bajo y ahí estábamos: Mumi, El Pollo, Chepa y yo.

Chepa era de esos que uno cree que va a vivir toda la vida con una son­risa en la cara. Las com­pañeras del cole­gi­oLa Sallese morían por él, y los pro­fe­sores y todo el mundo lo querían. Tenía tenis de todas las mar­cas, en los recreos comía de todo lo que quería, nunca perdía años y no pagaba bus del cole­gio porque lo recogían en una camioneta Bronco llanta­balón con chofer y guardaes­pal­das. Era primo de Gus­tavo Gaviria, el primo de Pablo Esco­bar, el amigo de Jorge Mesa, el alcalde de Envigado.

Nos habíamos reunido en su casa, en toda la esquina del par­que de Envi­gado. Era un aparta­mento más grande que una casa vieja, con el piso bland­ito de alfom­bra por todas partes, con porce­lanas raras que hacían mue­cas y con­tor­siones y jar­rones con dibu­ji­tos de col­ores como hechos por un niño que supiera pin­tar muy bien, puestos en repisas brillantes.

Mien­tras hacíamos la tarea una señora de uni­forme nos llev­aba sán­duches y gal­let­i­cas y paste­les y jugo y gaseosa. Los papás de Chepa se habían ido para Europa de paseo y él estaba solo con la señora de uni­forme. Cuando ter­mi­namos de hacer la tarea, Chepa sacó una botella de whisky y nos sirvió de a vaso a cada uno. Bebi­mos y El Pollo, con su man­era de hablar de capitán del equipo, dijo que sal­iéramos un rato, que nos aireáramos, que viéramos gente, que nos tomáramos algo en el parque.

Nos fuimos para una de las heladerías del par­que y nos sen­ta­mos en las ban­cas de afuera. Chepa pidió una botella de ron, hielo, limon­ada y cua­tro vasos. Servi­mos y ellos empezaron a hablar de mujeres. Yo casi no hablé porque no tenía mucho qué decir sobre el tema. El Pollo tenía 17 años, usaba el carro del papá como si fuera suyo, había vivido en Esta­dos Unidos, tuvo muchas novias y fue a muchas dis­cote­cas y conocía muchas cosas de la vida. De lo que no sabía nada era de estu­dio. En el cole­gio se lo goz­a­ban mucho por bruto, pero él no se inmutaba porque se sen­tía supe­rior a todos y sabía que ninguno tan joven como él tenía tanto dinero pro­pio y tanta vida de hom­bre grande. Los que se lo goz­a­ban el lunes le hacían car­i­tas el viernes para que los invi­tara a salir por la noche en el carro con peladas. Esa tarde El Pollo habló de las mujeres con las que había estado y dijo que le gusta­ban sobre todo las trigueñas. Lev­antó el vaso lleno y todos brindamos con ron.

Mumi se llam­aba Jaime Alberto, tenía 16 años y medía 1,85. Tenía un cuerpo de buldózer que no com­bin­aba con esa carita de niño que a la gente le daban ganas de acari­ciar y unos oji­tos apa­ga­dos que lo hacían pare­cer medio dormido a toda hora. Por eso las muchachas del cole­gio le habían puesto ese apodo. Mumi vivía en el bar­rioLa Pazy el lugar más lejano que había vis­i­tado en la vida era Man­iza­les, donde tenía unos pri­mos. Su papá era empleado en una empresa y su mamá cuid­aba la casa y a los dos hijos menores. De los que esta­ban esa tarde, Mumi era con el que yo más había hablado y era al que más conocía. Por eso no le creí ni pío cuando empezó a con­tarnos aven­turas en fin­cas y paseos con more­nas y monas y negras y trigueñas. Luego dijo, hablando duro y sin mirarme a mí, que de todas a él las pelir­ro­jas pecosas eran las que lo enlo­quecían. Y nos man­damos otro trago.

Luego habló Chepa. Todos sabíamos que Chepa a sus 17 años lo había vivido todo, que había via­jado por medio mundo, que había estado en todas partes con todas las mujeres, que lo que dijera nos iba a dejar retor­ci­dos de envidia y abur­ri­dos de nues­tra vida tan chiq­uita. Hasta al mismo Pollo se le olvidó su son­risita de sobradez y puso cara de aten­ción mien­tras oía a Chepa. Pero Chepa sólo habló de una mujer de la que se había enam­orado y que no había vuelto a ver. Dijo que se la había comido una vez y había empezado a pen­sar en ella a toda hora todos los días. “Quedó tra­gao después de que se la comió”, pensé. La buscó mucho pero nunca la volvió a encon­trar. Después de eso había estado con muchas mujeres y no era lo mismo. No contó his­to­rias descrestantes. No nos quiso humil­lar con su expe­ri­en­cia. Sirvió un ron doble para cada uno y volvi­mos a brindar.

Esper­aron a que yo dijera algo. Como no dije nada, me pre­gun­taron que cómo me gusta­ban las mujeres. Entonces me tomé el otro ron y dije que las monas pero que no fueran teñi­das. Chepa, que sólo era un año mayor que yo, son­rió, me dio un golpecito como de car­iño en la espalda y me miró como si estu­viera mirando a un nieto. El Pollo pidió una botella más y le pre­guntó a Chepa qué íbamos a hacer esa noche. Yo no supe si en el “qué íbamos a hacer” estábamos inclu­i­dos Mumi y yo. En ésas estábamos cuando por la acera de las heladerías del par­que vi apare­cer a la muchacha.

Era trigueña, de la estatura mía, que no tengo que emp­in­arme en los buses, los ojos achi­na­dos y el pelo negro en chur­r­us­cos que le toca­ban los hom­bros. Tenía botas de cuero con fle­cos color café, una falda hasta un poco más arriba de la rodilla, cha­queta negra y debajo una camiseta pegada al cuerpo que dejaba ver la rayita donde empiezan los pechos. Se notaba mucho en medio de la gente. La vi desde que estaba chiq­uita en la esquina. Se fue cre­ciendo hacia nosotros, cam­i­nando suelto, sin impor­tarle nada, yén­dose un poquito a los lados. Tenía la pes­tañina regada. Se notaba que hacía poco había estado muy triste en un rincón o frente a una amiga y que se había secado la cara y había res­pi­rado hondo antes de salir a cam­i­nar tambaleándose.

No dije nada sino que me quedé vién­dola. El Pollo, que me vio mirando tan fijo, tam­bién volteó y la vio. Entonces inter­rumpió la charla y les dijo a los demás que miraran. Ella cam­inaba como si no hubiera nadie en las calles, mirando a nada. Y se acer­caba a nosotros. El Pollo se paró y sonrió.

—Pa’ donde va, mi amor —le pre­guntó cuando pasó por el lado de nosotros.

—Por ahí —dijo la muchacha.

—Venga. La invi­ta­mos a un traguito.

La muchacha se le paró de frente al Pollo, se bal­anceó un poquito y lo miró fijo a los ojos.

—¿Y qué están tomando?

—Lo que usted quiera, mi amor.

La muchacha movió la cabeza para donde estábamos y nos vio a todos mirán­dola. Después miró la mesa con las botel­las de ron y los vasos con limon­ada sobre la mesa.

—Pues sí, voy a aprovechar que aquí están tomando trago de señorita.

El Pollo le puso la mano en la cin­tura y le dijo a Mumi que tra­jera una silla. Mumi, son­riendo, trajo la silla. La muchacha se sentó al lado del Pollo. Pidió un ron doble y vivo y se lo tragó de un trago. Luego se quedó mirando hacia la nada. Cuando Chepa le iba a poner con­versa desde el otro lado de la mesa, la muchacha dijo pasito que iba al baño. Casi no se para. Salió trastabillando.

—Llevé­mono­sla pa’ tu casa —le dijo El Pollo a Chepa, esti­rando la cabeza por encima de la mesa—. Ahí está el programa.

Chepa se quedó callado un ratico, movió la cabeza arriba y abajo y nos miró a Mumi y a mí.

—Ust­edes qué dicen.

Mumi y yo nos miramos y nos reí­mos con escalofrío.

Cuando la muchacha volvió, Chepa la invitó con nosotros al aparta­mento a tomarnos otro traguito.

—Listo —con­testó la muchacha mirando nada. Después de volver del baño la pes­tañina se le había regado otro poco.

Nos tomamos otro ron doble. Chepa y Pollo pagaron la cuenta y nos fuimos tam­bale­ando los cinco hasta el apartamento.

La señora de uni­forme estaba encer­rada en una pieza del fondo y, según Chepa, ya no salía. En la sala había un sofá grande, una mesa bajita con super­fi­cie de vidrio y otros tres sil­lones pequeños de la misma familia del sofá. En la pared del lado col­gaba un espejo gigante y detrás del sofá había un escaparate repleto de botel­las de dis­tin­tas clases. La muchacha se tiró en uno de los sil­lones pequeños a pesar de que El Pollo la estaba jalando para el sofá. Mumi se sentó en otro sil­lón, y yo en el que qued­aba des­ocu­pado. El Pollo se sentó solo en el sofá. Chepa fue al escaparate, sacó la botella de whisky y vasos, volvió al cen­tro de la sala y dejó todo sobre la mesita de vidrio. Luego salió hacia el fondo de la casa. El Pollo se inclinó hacia la muchacha.

—¿Cómo te parece el apartamentico?

—Mmuuyy boooni­i­i­ito —dijo ella, como cansada.

Lev­antó la mano muy despa­cio, se limpió con los dedos la parte de abajo de los ojos y luego se miró las yemas untadas de pes­tañina y humedad. “La tris­teza cansa mucho”, pensé. Lev­antó la cabeza y se quedó mirando fijo a la pared. Como que cayó en cuenta de que le tocaba hablar y dijo, sin dejar de mirar la pared:

—¿Y ust­edes cómo se llaman?

—Yo me llamo Car­los —dijo El Pollo, y luego nos señaló a Mumi y a mí—, y ellos son Jaime Alberto y Manuel.

Yo quería decir mucho gusto y usted cómo se llama o algo así, pero en ese momento llegó Chepa con un recip­i­ente lleno de cubos de hielo y le dijo a la muchacha:

—Yo me llamo Luis Alfonso, mucho gusto —después le dijo a Mumi que sirviera el whisky. Mumi lo sirvió y brindamos.

Ella se volvió a man­dar el trago de un solo trago. Puso el vaso sobre la mesita, se tiró hacia el espal­dar del sil­lón y, sin decir nada, sin avisar ni des­pedirse, se quedó dormida como una piedra.

—Se murió —dijo Mumi.

Todos nos paramos. Chepa se acercó a ella, le puso la mano en el corazón y luego en la boca.

—Está muerta, pero de la rasca —dijo.

Nos volvi­mos a sen­tar en silen­cio. Chepa se sentó al lado de El Pollo en el sofá. Servi­mos otro whisky y nos lo tomamos mirán­donos las caras y sin hablar. El ambi­ente se hubiera quedado así callado de no ser porque la muchacha pegó un ron­quido tan fuerte que nos sacó de los pen­samien­tos. Entonces la miramos, nos miramos y nos dio risa. Quedamos otro rato en silen­cio hasta que de un momento a otro El Pollo se paró. Se puso en mitad de la sala, miró a la muchacha y dijo:

—Espérensen y verán.

Se le acercó, se arrodilló y le puso la mano en el muslo. Le miró la cara un momento, subió la mano, la metió debajo de la falda y allí aden­tro empezó a moverla haciendo cír­cu­los. Mumi y yo nos incli­namos hacia ade­lante con los ojos bien abier­tos. Chepa, recostado en el espal­dar del sofá, miraba sin mucho interés mien­tras hacía sonar los hie­los con­tra las pare­des del vaso. La muchacha empezó a res­pi­rar fuerte y a dar unos sus­piros grandísimos.

Mumi y yo estábamos con­cen­tra­dos y la res­piración tam­bién empezó a aumen­társenos. El Pollo, con la otra mano, le abrió la cha­queta y debajo de la camisa ceñida empezó tam­bién a hacer cír­cu­los. La muchacha se quejó lo más de rico, y hasta Chepa se paró tam­baleante del sofá y se puso a mirar con interés. El Pollo le quitó la cha­queta a la muchacha. Como estaba pesada, le dijo a Mumi que le ayu­dara a cor­rerla un poquito para sacarle la camisa y Mumi, con risita nerviosa, le ayudó. Cuando la vimos sin nada de la cin­tura para arriba res­pi­ramos hondo. El Pollo se puso a darle besos en uno de los pechos y le hizo señas a Mumi para que lo hiciera tam­bién. Mumi, como sin saber qué hacer, empezó a darle picos en el otro pecho. El Pollo me miró de reojo mien­tras hacía como si estu­viera tomando de una cantim­plora. Sep­aró la boca del pecho.

—Hacé algo, home —me dijo.

Lo primero que se me ocur­rió fue quitarle las botas. Chepa se acer­caba cada vez más y nos miraba. Mien­tras jal­aba una de las botas lev­anté la cabeza y nos vi a todos en el espejo: teníamos las caras des­en­ca­jadas, como si tuviéramos cólico. El Pollo le desabrochó la falda y volvió a meter su mano allí. Entonces por encima de los jadeos de la muchacha y el silen­cio bruto de nosotros se oyó una voz, una súplica:

—¡Jairo!

Todos nos quedamos como en estatua un segundo. Luego sep­a­ramos las bocas y las manos de la piel de la muchacha, nos enderezamos, nos miramos y luego la miramos a ella medio empelota sobre el sillón.

—¡Jairo! —repi­tió ella con los ojos cer­ra­dos— ¡Mi amor!

El Pollo dio un paso atrás, respiró, abrió y cerró los ojos varias veces, miró serio y empezó a orga­ni­zarse la camisa. Chepa se puso a mirar a la muchacha como esperando que le explicara algo. Yo me senté otra vez en el sil­lón. Mumi no sabía qué hacer y se quedó al lado de ella.

—¡No te vas, Jairo! —dijo la muchacha con los ojos cer­ra­dos. Hablaba como si se fuera a ahogar—. ¡Hacémelo! ¡Hacémelo!

Entonces estiró la mano y cogió la de Mumi, que estaba a su lado. Lo jaló hacia ella. Mumi se dejó lle­var, mudo del susto. La muchacha extendió las pier­nas a los lados y puso a Mumi en la mitad, luego le pegó un tirón y lo hizo incli­narse hacia su cara. Lo besó despacito primero y luego lo besó del todo. Lo cogió por las nal­gas y empezó a moverse como si fuera a bailar. La cara de atem­bao de Mumi se con­vir­tió de un momento a otro en la cara de un hom­bre mayor, de un tipo de esos que va pa’ donde va sin que nadie pueda hacer nada.

Chepa, El Pollo y yo miramos sin decir ni mu los movimien­tos de ese bulto sobre el sil­lón: primero suaves y con rit­mito, luego más rápi­dos y menos orga­ni­za­dos y al final despelota­dos y brus­cos como una pelea de per­ros y gatos. El agite ter­minó de un momento a otro con un grito triste y ale­gre de Mumi y con su caída como costal de papas sobre la muchacha que se quería seguir moviendo y repetía:

—Más, Jairo, mi amor, más, más, Jairo.

El Pollo reac­cionó de una. Lev­antó a Mumi casi des­mayado y lo ayudó a acostarse sobre la alfom­bra. Se desabrochó la cor­rea, se desabotonó el pan­talón y tam­baleante de ron y whisky se fue sobre la muchacha que decía con más fuerza, casi gri­tando, como despierta:

—Jairo, Jairo, Jairo.

Y El Pollo se movió con todas las ganas con que se movería Jairo y la besó en la boca con ese amor con que Jairo la debió haber besado alguna vez.

Chepa y yo mirábamos y yo pens­aba que El Pollo era cada vez menos él y cada vez más Jairo, y luego, cuando el ritmo se acel­eró otra vez como si el mundo se fuera a acabar, El Pollo no era nada sino una explosión y después un talego vacío y después otro cuerpo des­made­jado que se alcanzó a poner de pie para tirarse en la alfom­bra al lado de Mumi.

La muchacha todavía pedía un poco más de Jairo. Chepa me miró y yo le dije “dale”, porque para qué voy a decir men­ti­ras: estaba muy asus­tado. Con que me hubiera tocado ver ya era sufi­ciente. Chepa estaba raro. Se notaba que tenía ganas, pero cuando cam­inó hacia el sil­lón lo hizo despa­cio, como pen­sando. Ocupó el nom­bre y el lugar de Jairo y el de los otros dos Jairos que habían estado antes. La muchacha seguía res­pi­rando como un mori­bundo, y Chepa empezó a moverse encima de ella, pero de un momento a otro paró en seco, la dejó sola pidi­endo más Jairo, fue hacia la mesita de vidrio y se sirvió un whisky grande. Mumi y El Pollo esta­ban ron­cando en la alfom­bra. Chepa tomó un trago y se quedó pen­sativo mirando a la muchacha.

—Jairo —dijo Chepa como para él mismo.

—¿Quién será? —pregunté.

Chepa se tomó otro trago y habló más fuerte, pero sin mirarme:

—¿Cómo se haría querer así?

Dejó el vaso sobre la mesita, enderezó la espalda, se com­puso el pan­talón y se metió la camisa por dentro.

—Ayudáme —me pidió.

Le aco­modamos otra vez la ropa a la muchacha y le pusi­mos las botas. La lle­va­mos car­gada hasta el baño. Chepa abrió la ducha y le meti­mos la cabeza en el chorro. Pegó un grito de susto.

—Tran­quila, tran­quila —le dijo Chepa—. ¿Usted dónde vive?

—En Itagüí —dijo ella aton­tada, sin des­per­tar del todo.

—¿En qué parte? ¿Se acuerda dónde?

—En San Pío —bal­buceó ella.

—¿Qué es eso? —pre­guntó Chepa mirándome.

—Un bar­rio, yo sé por dónde —respondí.

La abrazamos entre los dos, cada uno por un lado, y así sal­imos del aparta­mento y fuimos hasta el par­queadero del edi­fi­cio como si fuéramos un combo de ami­gos de hace años que se hubieran empar­ran­dado jun­tos. Nos mon­ta­mos en uno de los car­ros de los papás de Chepa. Nunca he vuelto a mon­tar en un carro tan bonito. La sen­ta­mos ade­lante, al lado de Chepa, y se volvió a quedar pro­funda. Yo me fui atrás, expli­cando el camino. Cuando lleg­amos a San Pío, Chepa paró el carro. Le acari­ció el pelo y le humede­ció la cara con agua para des­per­tarla. Ella abrió los ojos extrañada. Chepa le dijo que la traíamos a la casa, que habíamos lle­gado al bar­rio, que dónde vivía. Ella, sin enten­der nada, señaló una esquina y por ahí vol­teamos. Luego nos mostró un calle­jón y dijo que ahí vivía. Chepa fue hasta allá. Ella abrió la puerta sin ater­rizar todavía y dijo gra­cias. Cam­inó metién­dose en el calle­jón. Cuando se iba a perder en él, Chepa tocó el pito.

—¡Oiga! —gritó.

La muchacha paró en seco y volteó.

—¿Quién es Jairo? —dijo Chepa, desgañitándose.

La muchacha se quedó qui­eta y callada un momento. Se devolvió hasta el carro. Se apoyó sobre la ven­tanilla. Nos miró a Chepa y a mí como reparán­donos, como sin enten­der. Los ojos se le enchar­caron. Arrugó la cara y dijo con rabia y dolor de estómago:

—¡No me hablen de ese hijueputa!

Dio la vuelta otra vez y se perdió cor­riendo por el calle­jón. Chepa me llevó hasta mi casa. No hablamos en todo el camino.


Escrito por Luis Miguel Rivas

Luis Miguel Rivas, comu­ni­cador social, escritor y real­izador audio­vi­sual. Tanto en sus tex­tos como en sus videos realza el poder de la pal­abra y demues­tra su capaci­dad para ten­der puentes en los abis­mos de la soledad. Recrea el ambi­ente social de la Medel­lín de los años ochenta y comien­zos de los noventa, con his­to­rias comunes de la gente que no es famosa ni vive grandes aven­turas; his­to­rias que resaltan los con­flic­tos, las dudas, los miedos y sen­timien­tos de per­son­ajes sen­cil­los. Como escritor, aunque per­manece prác­ti­ca­mente inédito, sus relatos han servido para inspi­rar los guiones de difer­entes pro­duc­ciones audio­vi­suales y ha recibido las sigu­ientes dis­tin­ciones: Segundo Puesto Con­curso Nacional de Cuento Car­los Cas­tro Saave­dra (1996), Men­ción Con­curso Nacional de Cuento Ciu­dad de Bar­ran­caber­meja (1997), Men­ción Con­curso Nacional de Cuento de Navi­dad (Bogotá — 1997).

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