A mí me gustan las mujeres tristes. Eso digo hoy. Pero en esa época ni siquiera lo había pensado. Por eso cuando los otros muchachos dijeron:
—¿Y a vos cómo te gustan las mujeres?
Yo me tomé otro trago de ron y dije lo primero que se me vino a la cabeza:
—Las monas pero que no sean teñidas.
Estábamos en el parque de Envigado y era un sábado por la tarde. Nos habíamos reunido para hacer una tarea de trigonometría. Yo en verdad no era de la gallada de los otros tres muchachos, pero el profesor me había metido en el grupo con ellos para hacer el trabajo y ahí estábamos: Mumi, El Pollo, Chepa y yo.
Chepa era de esos que uno cree que va a vivir toda la vida con una sonrisa en la cara. Las compañeras del colegioLa Sallese morían por él, y los profesores y todo el mundo lo querían. Tenía tenis de todas las marcas, en los recreos comía de todo lo que quería, nunca perdía años y no pagaba bus del colegio porque lo recogían en una camioneta Bronco llantabalón con chofer y guardaespaldas. Era primo de Gustavo Gaviria, el primo de Pablo Escobar, el amigo de Jorge Mesa, el alcalde de Envigado.
Nos habíamos reunido en su casa, en toda la esquina del parque de Envigado. Era un apartamento más grande que una casa vieja, con el piso blandito de alfombra por todas partes, con porcelanas raras que hacían muecas y contorsiones y jarrones con dibujitos de colores como hechos por un niño que supiera pintar muy bien, puestos en repisas brillantes.
Mientras hacíamos la tarea una señora de uniforme nos llevaba sánduches y galleticas y pasteles y jugo y gaseosa. Los papás de Chepa se habían ido para Europa de paseo y él estaba solo con la señora de uniforme. Cuando terminamos de hacer la tarea, Chepa sacó una botella de whisky y nos sirvió de a vaso a cada uno. Bebimos y El Pollo, con su manera de hablar de capitán del equipo, dijo que saliéramos un rato, que nos aireáramos, que viéramos gente, que nos tomáramos algo en el parque.
Nos fuimos para una de las heladerías del parque y nos sentamos en las bancas de afuera. Chepa pidió una botella de ron, hielo, limonada y cuatro vasos. Servimos y ellos empezaron a hablar de mujeres. Yo casi no hablé porque no tenía mucho qué decir sobre el tema. El Pollo tenía 17 años, usaba el carro del papá como si fuera suyo, había vivido en Estados Unidos, tuvo muchas novias y fue a muchas discotecas y conocía muchas cosas de la vida. De lo que no sabía nada era de estudio. En el colegio se lo gozaban mucho por bruto, pero él no se inmutaba porque se sentía superior a todos y sabía que ninguno tan joven como él tenía tanto dinero propio y tanta vida de hombre grande. Los que se lo gozaban el lunes le hacían caritas el viernes para que los invitara a salir por la noche en el carro con peladas. Esa tarde El Pollo habló de las mujeres con las que había estado y dijo que le gustaban sobre todo las trigueñas. Levantó el vaso lleno y todos brindamos con ron.
Mumi se llamaba Jaime Alberto, tenía 16 años y medía 1,85. Tenía un cuerpo de buldózer que no combinaba con esa carita de niño que a la gente le daban ganas de acariciar y unos ojitos apagados que lo hacían parecer medio dormido a toda hora. Por eso las muchachas del colegio le habían puesto ese apodo. Mumi vivía en el barrioLa Pazy el lugar más lejano que había visitado en la vida era Manizales, donde tenía unos primos. Su papá era empleado en una empresa y su mamá cuidaba la casa y a los dos hijos menores. De los que estaban esa tarde, Mumi era con el que yo más había hablado y era al que más conocía. Por eso no le creí ni pío cuando empezó a contarnos aventuras en fincas y paseos con morenas y monas y negras y trigueñas. Luego dijo, hablando duro y sin mirarme a mí, que de todas a él las pelirrojas pecosas eran las que lo enloquecían. Y nos mandamos otro trago.
Luego habló Chepa. Todos sabíamos que Chepa a sus 17 años lo había vivido todo, que había viajado por medio mundo, que había estado en todas partes con todas las mujeres, que lo que dijera nos iba a dejar retorcidos de envidia y aburridos de nuestra vida tan chiquita. Hasta al mismo Pollo se le olvidó su sonrisita de sobradez y puso cara de atención mientras oía a Chepa. Pero Chepa sólo habló de una mujer de la que se había enamorado y que no había vuelto a ver. Dijo que se la había comido una vez y había empezado a pensar en ella a toda hora todos los días. “Quedó tragao después de que se la comió”, pensé. La buscó mucho pero nunca la volvió a encontrar. Después de eso había estado con muchas mujeres y no era lo mismo. No contó historias descrestantes. No nos quiso humillar con su experiencia. Sirvió un ron doble para cada uno y volvimos a brindar.
Esperaron a que yo dijera algo. Como no dije nada, me preguntaron que cómo me gustaban las mujeres. Entonces me tomé el otro ron y dije que las monas pero que no fueran teñidas. Chepa, que sólo era un año mayor que yo, sonrió, me dio un golpecito como de cariño en la espalda y me miró como si estuviera mirando a un nieto. El Pollo pidió una botella más y le preguntó a Chepa qué íbamos a hacer esa noche. Yo no supe si en el “qué íbamos a hacer” estábamos incluidos Mumi y yo. En ésas estábamos cuando por la acera de las heladerías del parque vi aparecer a la muchacha.
Era trigueña, de la estatura mía, que no tengo que empinarme en los buses, los ojos achinados y el pelo negro en churruscos que le tocaban los hombros. Tenía botas de cuero con flecos color café, una falda hasta un poco más arriba de la rodilla, chaqueta negra y debajo una camiseta pegada al cuerpo que dejaba ver la rayita donde empiezan los pechos. Se notaba mucho en medio de la gente. La vi desde que estaba chiquita en la esquina. Se fue creciendo hacia nosotros, caminando suelto, sin importarle nada, yéndose un poquito a los lados. Tenía la pestañina regada. Se notaba que hacía poco había estado muy triste en un rincón o frente a una amiga y que se había secado la cara y había respirado hondo antes de salir a caminar tambaleándose.
No dije nada sino que me quedé viéndola. El Pollo, que me vio mirando tan fijo, también volteó y la vio. Entonces interrumpió la charla y les dijo a los demás que miraran. Ella caminaba como si no hubiera nadie en las calles, mirando a nada. Y se acercaba a nosotros. El Pollo se paró y sonrió.
—Pa’ donde va, mi amor —le preguntó cuando pasó por el lado de nosotros.
—Por ahí —dijo la muchacha.
—Venga. La invitamos a un traguito.
La muchacha se le paró de frente al Pollo, se balanceó un poquito y lo miró fijo a los ojos.
—¿Y qué están tomando?
—Lo que usted quiera, mi amor.
La muchacha movió la cabeza para donde estábamos y nos vio a todos mirándola. Después miró la mesa con las botellas de ron y los vasos con limonada sobre la mesa.
—Pues sí, voy a aprovechar que aquí están tomando trago de señorita.
El Pollo le puso la mano en la cintura y le dijo a Mumi que trajera una silla. Mumi, sonriendo, trajo la silla. La muchacha se sentó al lado del Pollo. Pidió un ron doble y vivo y se lo tragó de un trago. Luego se quedó mirando hacia la nada. Cuando Chepa le iba a poner conversa desde el otro lado de la mesa, la muchacha dijo pasito que iba al baño. Casi no se para. Salió trastabillando.
—Llevémonosla pa’ tu casa —le dijo El Pollo a Chepa, estirando la cabeza por encima de la mesa—. Ahí está el programa.
Chepa se quedó callado un ratico, movió la cabeza arriba y abajo y nos miró a Mumi y a mí.
—Ustedes qué dicen.
Mumi y yo nos miramos y nos reímos con escalofrío.
Cuando la muchacha volvió, Chepa la invitó con nosotros al apartamento a tomarnos otro traguito.
—Listo —contestó la muchacha mirando nada. Después de volver del baño la pestañina se le había regado otro poco.
Nos tomamos otro ron doble. Chepa y Pollo pagaron la cuenta y nos fuimos tambaleando los cinco hasta el apartamento.
La señora de uniforme estaba encerrada en una pieza del fondo y, según Chepa, ya no salía. En la sala había un sofá grande, una mesa bajita con superficie de vidrio y otros tres sillones pequeños de la misma familia del sofá. En la pared del lado colgaba un espejo gigante y detrás del sofá había un escaparate repleto de botellas de distintas clases. La muchacha se tiró en uno de los sillones pequeños a pesar de que El Pollo la estaba jalando para el sofá. Mumi se sentó en otro sillón, y yo en el que quedaba desocupado. El Pollo se sentó solo en el sofá. Chepa fue al escaparate, sacó la botella de whisky y vasos, volvió al centro de la sala y dejó todo sobre la mesita de vidrio. Luego salió hacia el fondo de la casa. El Pollo se inclinó hacia la muchacha.
—¿Cómo te parece el apartamentico?
—Mmuuyy boooniiiito —dijo ella, como cansada.
Levantó la mano muy despacio, se limpió con los dedos la parte de abajo de los ojos y luego se miró las yemas untadas de pestañina y humedad. “La tristeza cansa mucho”, pensé. Levantó la cabeza y se quedó mirando fijo a la pared. Como que cayó en cuenta de que le tocaba hablar y dijo, sin dejar de mirar la pared:
—¿Y ustedes cómo se llaman?
—Yo me llamo Carlos —dijo El Pollo, y luego nos señaló a Mumi y a mí—, y ellos son Jaime Alberto y Manuel.
Yo quería decir mucho gusto y usted cómo se llama o algo así, pero en ese momento llegó Chepa con un recipiente lleno de cubos de hielo y le dijo a la muchacha:
—Yo me llamo Luis Alfonso, mucho gusto —después le dijo a Mumi que sirviera el whisky. Mumi lo sirvió y brindamos.
Ella se volvió a mandar el trago de un solo trago. Puso el vaso sobre la mesita, se tiró hacia el espaldar del sillón y, sin decir nada, sin avisar ni despedirse, se quedó dormida como una piedra.
—Se murió —dijo Mumi.
Todos nos paramos. Chepa se acercó a ella, le puso la mano en el corazón y luego en la boca.
—Está muerta, pero de la rasca —dijo.
Nos volvimos a sentar en silencio. Chepa se sentó al lado de El Pollo en el sofá. Servimos otro whisky y nos lo tomamos mirándonos las caras y sin hablar. El ambiente se hubiera quedado así callado de no ser porque la muchacha pegó un ronquido tan fuerte que nos sacó de los pensamientos. Entonces la miramos, nos miramos y nos dio risa. Quedamos otro rato en silencio hasta que de un momento a otro El Pollo se paró. Se puso en mitad de la sala, miró a la muchacha y dijo:
—Espérensen y verán.
Se le acercó, se arrodilló y le puso la mano en el muslo. Le miró la cara un momento, subió la mano, la metió debajo de la falda y allí adentro empezó a moverla haciendo círculos. Mumi y yo nos inclinamos hacia adelante con los ojos bien abiertos. Chepa, recostado en el espaldar del sofá, miraba sin mucho interés mientras hacía sonar los hielos contra las paredes del vaso. La muchacha empezó a respirar fuerte y a dar unos suspiros grandísimos.
Mumi y yo estábamos concentrados y la respiración también empezó a aumentársenos. El Pollo, con la otra mano, le abrió la chaqueta y debajo de la camisa ceñida empezó también a hacer círculos. La muchacha se quejó lo más de rico, y hasta Chepa se paró tambaleante del sofá y se puso a mirar con interés. El Pollo le quitó la chaqueta a la muchacha. Como estaba pesada, le dijo a Mumi que le ayudara a correrla un poquito para sacarle la camisa y Mumi, con risita nerviosa, le ayudó. Cuando la vimos sin nada de la cintura para arriba respiramos hondo. El Pollo se puso a darle besos en uno de los pechos y le hizo señas a Mumi para que lo hiciera también. Mumi, como sin saber qué hacer, empezó a darle picos en el otro pecho. El Pollo me miró de reojo mientras hacía como si estuviera tomando de una cantimplora. Separó la boca del pecho.
—Hacé algo, home —me dijo.
Lo primero que se me ocurrió fue quitarle las botas. Chepa se acercaba cada vez más y nos miraba. Mientras jalaba una de las botas levanté la cabeza y nos vi a todos en el espejo: teníamos las caras desencajadas, como si tuviéramos cólico. El Pollo le desabrochó la falda y volvió a meter su mano allí. Entonces por encima de los jadeos de la muchacha y el silencio bruto de nosotros se oyó una voz, una súplica:
—¡Jairo!
Todos nos quedamos como en estatua un segundo. Luego separamos las bocas y las manos de la piel de la muchacha, nos enderezamos, nos miramos y luego la miramos a ella medio empelota sobre el sillón.
—¡Jairo! —repitió ella con los ojos cerrados— ¡Mi amor!
El Pollo dio un paso atrás, respiró, abrió y cerró los ojos varias veces, miró serio y empezó a organizarse la camisa. Chepa se puso a mirar a la muchacha como esperando que le explicara algo. Yo me senté otra vez en el sillón. Mumi no sabía qué hacer y se quedó al lado de ella.
—¡No te vas, Jairo! —dijo la muchacha con los ojos cerrados. Hablaba como si se fuera a ahogar—. ¡Hacémelo! ¡Hacémelo!
Entonces estiró la mano y cogió la de Mumi, que estaba a su lado. Lo jaló hacia ella. Mumi se dejó llevar, mudo del susto. La muchacha extendió las piernas a los lados y puso a Mumi en la mitad, luego le pegó un tirón y lo hizo inclinarse hacia su cara. Lo besó despacito primero y luego lo besó del todo. Lo cogió por las nalgas y empezó a moverse como si fuera a bailar. La cara de atembao de Mumi se convirtió de un momento a otro en la cara de un hombre mayor, de un tipo de esos que va pa’ donde va sin que nadie pueda hacer nada.
Chepa, El Pollo y yo miramos sin decir ni mu los movimientos de ese bulto sobre el sillón: primero suaves y con ritmito, luego más rápidos y menos organizados y al final despelotados y bruscos como una pelea de perros y gatos. El agite terminó de un momento a otro con un grito triste y alegre de Mumi y con su caída como costal de papas sobre la muchacha que se quería seguir moviendo y repetía:
—Más, Jairo, mi amor, más, más, Jairo.
El Pollo reaccionó de una. Levantó a Mumi casi desmayado y lo ayudó a acostarse sobre la alfombra. Se desabrochó la correa, se desabotonó el pantalón y tambaleante de ron y whisky se fue sobre la muchacha que decía con más fuerza, casi gritando, como despierta:
—Jairo, Jairo, Jairo.
Y El Pollo se movió con todas las ganas con que se movería Jairo y la besó en la boca con ese amor con que Jairo la debió haber besado alguna vez.
Chepa y yo mirábamos y yo pensaba que El Pollo era cada vez menos él y cada vez más Jairo, y luego, cuando el ritmo se aceleró otra vez como si el mundo se fuera a acabar, El Pollo no era nada sino una explosión y después un talego vacío y después otro cuerpo desmadejado que se alcanzó a poner de pie para tirarse en la alfombra al lado de Mumi.
La muchacha todavía pedía un poco más de Jairo. Chepa me miró y yo le dije “dale”, porque para qué voy a decir mentiras: estaba muy asustado. Con que me hubiera tocado ver ya era suficiente. Chepa estaba raro. Se notaba que tenía ganas, pero cuando caminó hacia el sillón lo hizo despacio, como pensando. Ocupó el nombre y el lugar de Jairo y el de los otros dos Jairos que habían estado antes. La muchacha seguía respirando como un moribundo, y Chepa empezó a moverse encima de ella, pero de un momento a otro paró en seco, la dejó sola pidiendo más Jairo, fue hacia la mesita de vidrio y se sirvió un whisky grande. Mumi y El Pollo estaban roncando en la alfombra. Chepa tomó un trago y se quedó pensativo mirando a la muchacha.
—Jairo —dijo Chepa como para él mismo.
—¿Quién será? —pregunté.
Chepa se tomó otro trago y habló más fuerte, pero sin mirarme:
—¿Cómo se haría querer así?
Dejó el vaso sobre la mesita, enderezó la espalda, se compuso el pantalón y se metió la camisa por dentro.
—Ayudáme —me pidió.
Le acomodamos otra vez la ropa a la muchacha y le pusimos las botas. La llevamos cargada hasta el baño. Chepa abrió la ducha y le metimos la cabeza en el chorro. Pegó un grito de susto.
—Tranquila, tranquila —le dijo Chepa—. ¿Usted dónde vive?
—En Itagüí —dijo ella atontada, sin despertar del todo.
—¿En qué parte? ¿Se acuerda dónde?
—En San Pío —balbuceó ella.
—¿Qué es eso? —preguntó Chepa mirándome.
—Un barrio, yo sé por dónde —respondí.
La abrazamos entre los dos, cada uno por un lado, y así salimos del apartamento y fuimos hasta el parqueadero del edificio como si fuéramos un combo de amigos de hace años que se hubieran emparrandado juntos. Nos montamos en uno de los carros de los papás de Chepa. Nunca he vuelto a montar en un carro tan bonito. La sentamos adelante, al lado de Chepa, y se volvió a quedar profunda. Yo me fui atrás, explicando el camino. Cuando llegamos a San Pío, Chepa paró el carro. Le acarició el pelo y le humedeció la cara con agua para despertarla. Ella abrió los ojos extrañada. Chepa le dijo que la traíamos a la casa, que habíamos llegado al barrio, que dónde vivía. Ella, sin entender nada, señaló una esquina y por ahí volteamos. Luego nos mostró un callejón y dijo que ahí vivía. Chepa fue hasta allá. Ella abrió la puerta sin aterrizar todavía y dijo gracias. Caminó metiéndose en el callejón. Cuando se iba a perder en él, Chepa tocó el pito.
—¡Oiga! —gritó.
La muchacha paró en seco y volteó.
—¿Quién es Jairo? —dijo Chepa, desgañitándose.
La muchacha se quedó quieta y callada un momento. Se devolvió hasta el carro. Se apoyó sobre la ventanilla. Nos miró a Chepa y a mí como reparándonos, como sin entender. Los ojos se le encharcaron. Arrugó la cara y dijo con rabia y dolor de estómago:
—¡No me hablen de ese hijueputa!
Dio la vuelta otra vez y se perdió corriendo por el callejón. Chepa me llevó hasta mi casa. No hablamos en todo el camino.
Escrito por Luis Miguel Rivas
Luis Miguel Rivas, comunicador social, escritor y realizador audiovisual. Tanto en sus textos como en sus videos realza el poder de la palabra y demuestra su capacidad para tender puentes en los abismos de la soledad. Recrea el ambiente social de la Medellín de los años ochenta y comienzos de los noventa, con historias comunes de la gente que no es famosa ni vive grandes aventuras; historias que resaltan los conflictos, las dudas, los miedos y sentimientos de personajes sencillos. Como escritor, aunque permanece prácticamente inédito, sus relatos han servido para inspirar los guiones de diferentes producciones audiovisuales y ha recibido las siguientes distinciones: Segundo Puesto Concurso Nacional de Cuento Carlos Castro Saavedra (1996), Mención Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Barrancabermeja (1997), Mención Concurso Nacional de Cuento de Navidad (Bogotá — 1997).




































