¿Se han fijado ustedes en la cara de aburrimiento de los viajeros del metro? ¿No los han visto? Nadie expresa nada. Si pasáramos una vasija recogeríamos sus babas. Idiotas. Quizás ustedes se pregunten qué puede ver un cadete del Colegio Militar, como lo soy yo, en esa punta de imbéciles. Pues la razón es muy simple. Nosotros, los cadetes, somos militares de carrera: hombres preparados, hechos en la acción y en las aulas, en las armas y en los libros. Ha muerto la improvisación y el arribismo. De ahí que repare en todo lo que me rodea.
Pero quiero ser más claro.
Entre otras, cursamos materias académicas que nos aproximan a nuestra realidad cotidiana, la del hombre común y corriente que vive todos los días de la gran urbe. Y hay para mí una favorita: Teorías freudianas aplicadas a la violencia urbana. La imparte el teniente coronel Augusto Aguirre Cervantes. En ella analizamos fenómenos que por alguna razón nos atraen. Pero estos fenómenos tenemos que localizarlos precisamente en la vida cotidiana. Nada de ponerse a inventar.
Por eso, en los periodos de asueto, acostumbro abordar el metro y encaminarme hacia cualquier lugar. No importa que vista mi uniforme, como ahora, pues así la gente me mira con mayor respeto; inclusive, modestia aparte, con admiración. Recuerdo sobre todo un caso que expuse en clase y que provocó que todos me felicitaran. Se trataba de una anciana vendedora de billetes de lotería.
En efecto, lo que primero me llamó la atención, cuando la descubrí vendiendo sus billetes a las puertas del Sanborns de los Azulejos, fue su expresión de intensa felicidad. Me acerqué inmediatamente. Argüí que un cadete —yo iba, desde luego, en mi uniforme militar— no puede comprar para sí billetes de lotería, pero que lo deseaba adquirir para una amiga. Entonces le di mi dirección, y con la promesa de que le compraría un entero, quedamos que iría a casa esa misma tarde —con seguridad doy con su domicilio—. Y la sorpresa no se hizo esperar: luego de invitarla un jugo y hacerla sentir en confianza, me confesó que ella misma se sentía la portadora del paraíso, y que su misión en este planeta era repartir la felicidad. Ella había nacido para eso, y en sus treinta años de vender billetes ya había hecho felices a dos personas.
La estación Salto del Agua es la próxima. ¿Por qué no ir al Sanborns de los Azulejos una vez más? Quizás esté la vendedora y me haga reafirmar mi propósito; o cuando menos me beberé un café en lo que alguna vez fuera el Country Club. Y esto viene a cuento: sin contar con que es imposible viajar sentado en el metro, no sé cómo existe hoy día tan escasa caballerosidad. He visto —quién no— gañanes sentados cómodamente, con una mujer de pie al lado pasando penalidades por guardar el equilibrio. Sin contar qué tipo de mujer, edad o condición social tenga; en fin, son las reflexiones que me provoca viajar en estos vagones atestados de gentuza.
Eje Central —o Eje Lázaro Cárdenas o avenida San Juan de Letrán o como se le conozca—. Como siempre: los mismos rostros, la misma prisa, el mismo anonimato. Bueno, no como siempre: una mujer, la que viene hacia acá, se me ha quedado mirando. Mi uniforme le ha provocado una mirada. Si conozco a los hombres, más a las mujeres: me cortejan, me miran, me asedian. Por eso siempre he tenido amigos muy inteligentes o muy feos, sin términos medios, porque eso las atrae como moscas. ¿Qué mujer no habrá soñado con acariciar el sable de un cadete, su uniforme, o cuando menos sus insignias?
Divagando si me convendría pasar de largo ante el Sanborns —pensándolo bien, ¿qué caso tendría saludar a la anciana vendedora?— y comer en el Café Tacuba, el tiempo se había ido. Al cruzar República de El Salvador hubo algo que detuvo mis pasos: al centro de un numeroso grupo de curiosos se encontraba un ventrílocuo con su muñeco. Naturalmente que esto no hubiera significado ninguna quinta maravilla, aunque el espectáculo fuera manejado de un modo excepcional, como en verdad lo era. Lo que en verdad me interesó fue el hecho de que el muñeco era idéntico al individuo que lo manipulaba, además de tener —como era de suponerse y como lo descubrí más tarde— el mismo nombre: Farolito. Su atuendo era sencillo: un saco a cuadros rojos sobre fondo negro, una corbata de moño azul, sin camisa y un pantalón verde.
—Farolito, ¿quieres contarnos un chiste?
—¿Yo? Si el merolico eres tú.
—No, Farolito. El show eres tú.
—Pues eso lo dirás tú. Pero a ver, dile a tu público que te eche los pesos y entonces sí, nos arrancamos. Hasta les canto la Negra, o que me la bailen…
—No alburees, Farolito.
—Nomás échenle. Nomás échenle.
Y enrachadas en un ritmo continuo se oían caer, en un bote que alguna vez sirviera para contener aceite, las monedas que le arrojaba la gente. Decidido, me aproximé aún más y deposité dos billetes de cincuenta pesos.
—¿Cien lanas? Ora sí te pusiste guapo, mi cadete.
—No seas igualado, Farolito. Pregúntale al señor guapo qué quiere: canción, décima, película, chiste o receta. Y tenemos recetas de amor, de cocina o de brujería… ¿A ver?
—Para lo que gusten —respondí—. Yo nomás quiero divertirme.
—¿Sabes cuál es el pájaro que se orina en las retrasadas mentales?
—¿Cuál, Farolito?
—El pájaro mea tontas.
—¿Y el pájaro que se orina en las penumbras?
—¿Cuál?
—El pájaro mea asombras.
Y así siguieron un largo rato, hasta que el hombre sacó una guitarra diminuta, que parecía de juguete. Y mientras tocaba, el muñeco improvisaba versos que hacían una clara mofa de mí. No pude menos que reír, como hizo la gente que nos rodeaba.
—Espere —le dije, al observar que en la maleta guardaba la guitarrita, su silla plegable y un montón de sonajas y juguetes—. Quiero platicar con usted.
—Claro, ¿quieres otros versos?
—No, no quiero hablar con el muñeco. Quiero hablar con usted.
—Pero si estás hablando conmigo. ¡Farolito soy yo!
—Espere, ¿no va a guardar su muñeco?
—Cómo lo voy a guardar si no cabe… Además, a los dos nos gusta caminar juntos y reírnos de lo mismo.
Sin darme cuenta, nos habíamos echado a andar. A nuestro paso, la gente ni siquiera trataba de ocultar su asombro: no todos los días se topa uno con un hombre y un muñeco iguales, escoltados por un cadete.
—Oiga, ¿quién le hizo su muñeco?
—Me lo hizo mi mamá, hace cincuenta y dos años.
—No, es que el parecido es extraordinario. Y existe entre ustedes una relación, no sé, tan especial, tan fuera de lo común, quiero decir.
—¿Para eso nos diste tu dinero, cadete de mierda, para meterte en lo que no te importa? ¿Qué crees que somos: los Niños Héroes?
—No, no, Farolito, por favor. No me mal interprete…
—Lárgate.
—Discúlpeme. Yo le suplico que…
Pero mi súplica se quedó en el aire. En un instante, Farolito había cruzado Madero con una maleta y un hombre en la mano. Se me iba en mis propias narices, quién lo dijera, otro éxito para mi materia.
Casi al llegar a la otra esquina, los alcancé:
—Discúlpeme, Farolito. No fue mi intención molestarlo.
—¿No…?
—Si me acerco a usted es porque, bueno, admiro su talento artístico. Y punto.
—¿Prometes no meterte en la vida de Farolito?
—Lo prometo —respondí, en tanto pensaba: miedo exacerbado, angustia, anormal sentido de autoprotección, neurosis. Pero, ¿por qué protegerse a través del muñeco? Aquí hay material para varios análisis. Quién quita y lo convenza hasta de ir al Colegio Militar.
En silencio seguimos caminando cerca de dos cuadras más. Hasta que de pronto me dijo:
—¿Tienes hermanas, madre?
—Sí, ¿por qué?
—¿Están buenas?
—¿Qué…?
—Que si están buenas, cogibles. Que si se antojan para cogérselas. Que si te la jalas imaginándotelas en cueros…
—¡Oiga!
Se volvió hacia mí. La mano del muñeco se hundió por debajo de mi chaqueta y me acarició una tetilla. Los dos rostros, a sólo unos milímetros del mío, me hicieron dar un paso atrás, pegar contra una cortina metálica, y caer. El ruido del sable al golpear se confundió con los gritos del hombre y del muñeco que, encima de mí, hacían toda clase de muecas. El aire empezó a faltarme, y no pude sostener el quepí que con el impacto fue a dar de mi cabeza hasta más allá de mis pies. A mi alrededor vi que la gente se juntaba y que todos se carcajeaban. Quería levantarme, pero mis músculos no me obedecían. La ciudad se había paralizado. Ni un ruido, ni un movimiento, nada, sólo un aliento fétido y esos rostros sobre mí. “Vamos, deja a ese soldadito”, oí que le decía el hombre al muñeco. “Órale pues. Adiós, soldadito de plomo”, y todavía sentí la mano de cartón rozarme la tetilla.
Texto publicado en la edición 149 de Crítica




































