Juego de luces

10
jul

¿Se han fijado ust­edes en la cara de abur­rim­iento de los via­jeros del metro? ¿No los han visto? Nadie expresa nada. Si pasáramos una vasija recogeríamos sus babas. Idio­tas. Quizás ust­edes se pre­gun­ten qué puede ver un cadete del Cole­gio Mil­i­tar, como lo soy yo, en esa punta de imbé­ciles. Pues la razón es muy sim­ple. Nosotros, los cadetes, somos mil­itares de car­rera: hom­bres prepara­dos, hechos en la acción y en las aulas, en las armas y en los libros. Ha muerto la impro­visación y el arribismo. De ahí que repare en todo lo que me rodea.

Pero quiero ser más claro.

Entre otras, cur­samos mate­rias académi­cas que nos aprox­i­man a nues­tra real­i­dad cotid­i­ana, la del hom­bre común y cor­ri­ente que vive todos los días de la gran urbe. Y hay para mí una favorita: Teorías freudi­anas apli­cadas a la vio­len­cia urbana. La imparte el teniente coro­nel Augusto Aguirre Cer­vantes. En ella anal­izamos fenó­menos que por alguna razón nos atraen. Pero estos fenó­menos ten­emos que localizar­los pre­cisa­mente en la vida cotid­i­ana. Nada de pon­erse a inventar.

Por eso, en los peri­o­dos de asueto, acos­tum­bro abor­dar el metro y encam­i­n­arme hacia cualquier lugar. No importa que vista mi uni­forme, como ahora, pues así la gente me mira con mayor respeto; inclu­sive, mod­es­tia aparte, con admiración. Recuerdo sobre todo un caso que expuse en clase y que provocó que todos me felic­i­taran. Se trataba de una anciana vende­dora de bil­letes de lotería.

En efecto, lo que primero me llamó la aten­ción, cuando la des­cubrí ven­di­endo sus bil­letes a las puer­tas del San­borns de los Azule­jos, fue su expre­sión de intensa feli­ci­dad. Me acerqué inmedi­ata­mente. Argüí que un cadete —yo iba, desde luego, en mi uni­forme mil­i­tar— no puede com­prar para sí bil­letes de lotería, pero que lo deseaba adquirir para una amiga. Entonces le di mi direc­ción, y con la promesa de que le com­praría un entero, quedamos que iría a casa esa misma tarde —con seguri­dad doy con su domi­cilio—. Y la sor­presa no se hizo esperar: luego de invi­tarla un jugo y hac­erla sen­tir en con­fi­anza, me con­fesó que ella misma se sen­tía la por­ta­dora del paraíso, y que su mis­ión en este plan­eta era repar­tir la feli­ci­dad. Ella había nacido para eso, y en sus treinta años de vender bil­letes ya había hecho felices a dos personas.

La estación Salto del Agua es la próx­ima. ¿Por qué no ir al San­borns de los Azule­jos una vez más? Quizás esté la vende­dora y me haga reafir­mar mi propósito; o cuando menos me beberé un café en lo que alguna vez fuera el Coun­try Club. Y esto viene a cuento: sin con­tar con que es imposi­ble via­jar sen­tado en el metro, no sé cómo existe hoy día tan escasa caballerosi­dad. He visto —quién no— gañanes sen­ta­dos cómoda­mente, con una mujer de pie al lado pasando penal­i­dades por guardar el equi­lib­rio. Sin con­tar qué tipo de mujer, edad o condi­ción social tenga; en fin, son las reflex­iones que me provoca via­jar en estos vagones ates­ta­dos de gentuza.

Eje Cen­tral —o Eje Lázaro Cár­de­nas o avenida San Juan de Letrán o como se le conozca—. Como siem­pre: los mis­mos ros­tros, la misma prisa, el mismo anon­i­mato. Bueno, no como siem­pre: una mujer, la que viene hacia acá, se me ha quedado mirando. Mi uni­forme le ha provo­cado una mirada. Si conozco a los hom­bres, más a las mujeres: me corte­jan, me miran, me ase­dian. Por eso siem­pre he tenido ami­gos muy inteligentes o muy feos, sin tér­mi­nos medios, porque eso las atrae como moscas. ¿Qué mujer no habrá soñado con acari­ciar el sable de un cadete, su uni­forme, o cuando menos sus insignias?

Diva­gando si me con­ven­dría pasar de largo ante el San­borns —pen­sán­dolo bien, ¿qué caso ten­dría salu­dar a la anciana vende­dora?— y comer en el Café Tacuba, el tiempo se había ido. Al cruzar República de El Sal­vador hubo algo que detuvo mis pasos: al cen­tro de un numeroso grupo de curiosos se encon­traba un ven­trílocuo con su muñeco. Nat­u­ral­mente que esto no hubiera sig­nifi­cado ninguna quinta mar­avilla, aunque el espec­táculo fuera mane­jado de un modo excep­cional, como en ver­dad lo era. Lo que en ver­dad me interesó fue el hecho de que el muñeco era idén­tico al indi­viduo que lo manip­u­laba, además de tener —como era de supon­erse y como lo des­cubrí más tarde— el mismo nom­bre: Farolito. Su atuendo era sen­cillo: un saco a cuadros rojos sobre fondo negro, una cor­bata de moño azul, sin camisa y un pan­talón verde.

—Farolito, ¿quieres con­tarnos un chiste?

—¿Yo? Si el merolico eres tú.

—No, Farolito. El show eres tú.

—Pues eso lo dirás tú. Pero a ver, dile a tu público que te eche los pesos y entonces sí, nos arran­camos. Hasta les canto la Negra, o que me la bailen…

—No albu­rees, Farolito.

—Nomás échenle. Nomás échenle.

Y enrachadas en un ritmo con­tinuo se oían caer, en un bote que alguna vez sirviera para con­tener aceite, las mon­edas que le arro­jaba la gente. Deci­dido, me aprox­imé aún más y deposité dos bil­letes de cin­cuenta pesos.

—¿Cien lanas? Ora sí te pusiste guapo, mi cadete.

—No seas igual­ado, Farolito. Pregún­tale al señor guapo qué quiere: can­ción, décima, película, chiste o rec­eta. Y ten­emos rec­etas de amor, de cocina o de bru­jería… ¿A ver?

—Para lo que gusten —respondí—. Yo nomás quiero divertirme.

—¿Sabes cuál es el pájaro que se orina en las retrasadas mentales?

—¿Cuál, Farolito?

—El pájaro mea tontas.

—¿Y el pájaro que se orina en las penumbras?

—¿Cuál?

—El pájaro mea asombras.

Y así sigu­ieron un largo rato, hasta que el hom­bre sacó una gui­tarra dimin­uta, que parecía de juguete. Y mien­tras tocaba, el muñeco impro­vis­aba ver­sos que hacían una clara mofa de mí. No pude menos que reír, como hizo la gente que nos rodeaba.

—Espere —le dije, al obser­var que en la maleta guard­aba la gui­tar­rita, su silla ple­gable y un mon­tón de son­a­jas y juguetes—. Quiero platicar con usted.

—Claro, ¿quieres otros versos?

—No, no quiero hablar con el muñeco. Quiero hablar con usted.

—Pero si estás hablando con­migo. ¡Farolito soy yo!

—Espere, ¿no va a guardar su muñeco?

—Cómo lo voy a guardar si no cabe… Además, a los dos nos gusta cam­i­nar jun­tos y reírnos de lo mismo.

Sin darme cuenta, nos habíamos echado a andar. A nue­stro paso, la gente ni siquiera trataba de ocul­tar su asom­bro: no todos los días se topa uno con un hom­bre y un muñeco iguales, escolta­dos por un cadete.

—Oiga, ¿quién le hizo su muñeco?

—Me lo hizo mi mamá, hace cin­cuenta y dos años.

—No, es que el pare­cido es extra­or­di­nario. Y existe entre ust­edes una relación, no sé, tan espe­cial, tan fuera de lo común, quiero decir.

—¿Para eso nos diste tu dinero, cadete de mierda, para meterte en lo que no te importa? ¿Qué crees que somos: los Niños Héroes?

—No, no, Farolito, por favor. No me mal interprete…

—Lár­gate.

—Dis­cúlpeme. Yo le suplico que…

Pero mi súplica se quedó en el aire. En un instante, Farolito había cruzado Madero con una maleta y un hom­bre en la mano. Se me iba en mis propias narices, quién lo dijera, otro éxito para mi materia.

Casi al lle­gar a la otra esquina, los alcancé:

—Dis­cúlpeme, Farolito. No fue mi inten­ción molestarlo.

—¿No…?

—Si me acerco a usted es porque, bueno, admiro su tal­ento artís­tico. Y punto.

—¿Prom­etes no meterte en la vida de Farolito?

—Lo prometo —respondí, en tanto pens­aba: miedo exac­er­bado, angus­tia, anor­mal sen­tido de auto­pro­tec­ción, neu­ro­sis. Pero, ¿por qué pro­te­gerse a través del muñeco? Aquí hay mate­r­ial para var­ios análi­sis. Quién quita y lo con­venza hasta de ir al Cole­gio Militar.

En silen­cio seguimos cam­i­nando cerca de dos cuadras más. Hasta que de pronto me dijo:

—¿Tienes her­manas, madre?

—Sí, ¿por qué?

—¿Están bue­nas?

—¿Qué…?

—Que si están bue­nas, cogi­bles. Que si se anto­jan para cogérse­las. Que si te la jalas imag­inán­dote­las en cueros…

—¡Oiga!

Se volvió hacia mí. La mano del muñeco se hundió por debajo de mi cha­queta y me acari­ció una tetilla. Los dos ros­tros, a sólo unos milímet­ros del mío, me hicieron dar un paso atrás, pegar con­tra una cortina metálica, y caer. El ruido del sable al gol­pear se con­fundió con los gri­tos del hom­bre y del muñeco que, encima de mí, hacían toda clase de mue­cas. El aire empezó a fal­tarme, y no pude sostener el quepí que con el impacto fue a dar de mi cabeza hasta más allá de mis pies. A mi alrede­dor vi que la gente se junt­aba y que todos se car­ca­je­a­ban. Quería lev­an­tarme, pero mis mús­cu­los no me obe­decían. La ciu­dad se había par­al­izado. Ni un ruido, ni un movimiento, nada, sólo un aliento fétido y esos ros­tros sobre mí. “Vamos, deja a ese sol­da­dito”, oí que le decía el hom­bre al muñeco. “Órale pues. Adiós, sol­da­dito de plomo”, y todavía sentí la mano de cartón rozarme la tetilla.

Texto pub­li­cado en la edi­ción 149 de Crítica


Escrito por Euse­bio Ruvalcaba

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