El taller

25
jun

Asistí a un taller lit­er­ario durante un año, pero tuve que dejarlo cuando me mudé de ciu­dad. El taller era en París y yo regresaba a vivir a Puebla. Cuando me vi en la for­zosa necesi­dad de pedir o rogar a mis ami­gos un momento de su tiempo para que ley­eran mis escritos, extrañé las tardes en las que un público atento me cor­regía por igual las comas y el reg­istro nar­ra­tivo. Por nos­tal­gia, decidí empezar un taller yo mismo. Por motivos altru­is­tas, lo empecé en la cár­cel de San Pedro Cholula.

A pesar de que no iba a cobrar un solo peso, me tomó casi medio año obtener la aceptación de la Ofic­ina Cen­tral de cere­sos del Estado. De hecho, si no me hago amigo de la sec­re­taria, estaría todavía insistiendo. Por fin, papelito en mano, me pre­senté en la cár­cel de San Pedro Cholula donde me recibió un cón­clave for­mado por la sec­re­taria, la maes­tra Sarita y el direc­tor del penal. El direc­tor, que son­reía todo el tiempo —muy prob­a­ble­mente de mí—, pre­guntó qué era eso de un taller de creación lit­er­aria. Antes de que ter­mi­nara de expli­carle, recitó el primer verso de “Hom­bres necios”, me dio la mano y ordenó que tratara todos los detalles téc­ni­cos con la maes­tra Sarita. Sen­ta­dos en su despa­cho, un escrito­rio pelón de metal, sin una pluma, papel o folder que le diera vida, escuché el primer y único con­sejo de la maestra.

Tome asis­ten­cia.”

Me inco­modó un poco. Si mis alum­nos prefer­ían una celda a hablar de lit­er­atura, allá ellos, no iba yo a perseguir­los. Como no recibía sueldo, tam­poco podían obligarme.

Lo pen­saré”, le dije.

Tran­scur­rió una sem­ana en la que preparé el plan de estu­dios. Incluí lec­turas de los clási­cos mex­i­canos, Rulfo, Revueltas y Arreola; uno que otro extran­jero, Tabuc­chi y Chejov; y un campo vacío a llenar por los estu­di­antes. El día de ini­cio, llegué diez min­u­tos antes. Mien­tras cruz­aba las cinco puer­tas, dos de metal y tres de bar­rotes, firmaba y me dejaba inspec­cionar metic­u­losa­mente, recordé mis días de lec­tura en el taller de París. Respiré pro­fundo, jalando por la garganta.

Para esa primera sesión, tenía planeada una lec­tura intro­duc­to­ria de las Ciu­dades invis­i­bles, a la cual seguiría una reflex­ión espon­tánea del valor escapista de la lit­er­atura, luego una opinión per­sonal de lo que cada uno bus­caba en el taller, y al final, con broche de oro:

Me llamo Ale­jan­dro, y será un gran placer com­par­tir con ust­edes esta experiencia.”

Rech­inó la última reja. Me encon­tré de cara a cara con un patio ati­bor­rado de pre­sos, abraza­dos a las rejas y echa­dos en el suelo. Un alumno me llevó hasta la bib­lioteca, donde la maes­tra Sarita me pre­sentó con mis alum­nos. Eran quince. Les di mi nom­bre. Olvidé pre­gun­tar el suyo. Entré de lleno a repe­tir las fór­mu­las que había escuchado en mi taller. Bus­car una voz orig­i­nal. Escribir, ree­scribir, tirar. Per­son­ajes entrañables. Una his­to­ria tensa como una cuerda.

Sobre todo, no inten­ten hablar cor­rec­ta­mente, hablen como hablaría su personaje.”

Al ver que uno de mis alum­nos miraba mi libro, decidí ter­mi­nar leyén­doles un pár­rafo. Cuando acabé, el mismo alumno se acercó a pedirme el libro prestado. Se lo di y jamás lo volví a ver. Así perdí cua­tro. En menos de un mes me qued­a­ban sola­mente dos alum­nos, Dante y Julio. El resto se había esfumado.

Le dije que tomara lista.”

Qué se le va hacer.”

¿Y ahora?”

Los que siguen le están echando ganas, maestra.”

Dado que sólo éramos tres, le pre­gunté a la maes­tra si podía mudar mi clase de la bib­lioteca a la zona verde, un cuadrado de tres met­ros de césped ubi­cado entre la puerta del Inte­rior y la segunda puerta después de la super­visión gen­eral. Había ahí más silen­cio, teníamos algo verde donde des­cansar la mirada, y para ellos sería una escap­a­to­ria de la rutina.

¿Les va a tomar lista?”

Claro.”

La sigu­iente sem­ana recibí a mis dos alum­nos en la zona verde.

Dante y Julio asistían sin falta y leían voraz­mente. Sem­anas después de una lec­tura, remem­o­ra­ban pasajes o con­clu­siones a las que habíamos lle­gado con la com­pli­ci­dad de quien las entendió y dis­frutó. Tam­bién empezaron a repe­tir lo del cuento como un knock out y la nov­ela como decisión unán­ime, o lo del cuento como un limón y la nov­ela como una limon­ada. A Julio le gustó El apando, Sostiene Pereira y El pén­dulo de Fou­cault. Este último fue el que le dio más orgullo ter­mi­nar, pero el de Revueltas fue el que más le afectó. Dante se interesó en los cuen­tos, sobre todo en los de Poe.

Julio era abuelo, ayud­aba a su familia haciendo lám­paras en el taller de carpin­tería. Había vivido en Cuba, becado por un pro­grama en el que le habían oblig­ado a leer a Marx. El ver­dadero social­ismo nac­erá de las cenizas del cap­i­tal­ismo, decía Julio, que había dicho Marx. Dante debía ser menor que yo, 25 o 27 años. Supe por Julio que Dante pasaba la mayor parte del día en la capilla, para escapar de los “france­ses”, en jerga carce­laria: lo putos. Dante salía de la capilla a las cinco de la tarde, hora de pasar filas y entrar a las cel­das. Una vez aden­tro, era la ley del dinero y el más fuerte. Julio dur­mió durante un mes en el suelo bajo un catre, me enteré porque durante ese mes leyó poco y no escribió nada. Dante cor­ría, por lo gen­eral, con peor suerte.

Nunca les pre­gunté a mis dos alum­nos el motivo de su encar­ce­lamiento. No quería crear com­pli­ci­dades y sen­tirme después cul­pa­ble, no quería con­ver­tir la clase en una charla entre ami­gos. La ver­dad es que tam­poco podía ayu­dar­les, no tenía dinero ni conectes ni tiempo. Tenía libros, me gusta leer y me gusta escribir, eso era todo.

Nunca les pre­gunté, pero uno se va enterando. A los cua­tro meses, Julio trajo su ter­cer cuento y el primero que valió, en real­i­dad, la pena. El cuento hablaba de un albañil que recibía el pago de su quin­cena. Tenía planeado ir a casa con su familia, pero un amigo insis­tió en que se tomaran una cerveza jun­tos. Después de seis horas, bares y un bur­del, regre­saron a sus casas en un taxi. El amigo se bajó primero, no pagó y dejó al albañil dormido en la parte trasera del coche. A unos met­ros de haber empren­dido de nuevo el trayecto, el taxista se detuvo, le mentó la madre y lo bajó del taxi con un bat. El albañil cam­inó unos min­u­tos antes de ser arrestado por una patrulla. Lo tor­tu­raron dos días hasta que con­fesó el intento de robo. En algún momento lo carearon con el taxista. El albañil le mostró su familia espan­tada, para­dos en una esquina del Min­is­te­rio, pero el taxista no desis­tió, según él no le habían pagado el viaje. Por eso, cinco años. El juicio duró otro año, así que, en real­i­dad, fueron seis.

Las reglas del taller eran dos: el que leía no podía hablar después de ter­mi­nado el cuento, y los comen­tar­ios del grupo debían ser con­struc­tivos y respetuosos.

Dante empezó la sesión. Dijo que le gustaba mucho el cuento, pero que algunos pasajes, sobre todo cuando hablaba el albañil, le parecían falsos.

Un albañil habla con más groserías, ¿no?”

Estuve de acuerdo y añadí que sería intere­sante darle nom­bre a los bares, al bur­del y a la empresa donde tra­baja el albañil; de hecho, darle un nom­bre al albañil mismo. Agregué otra cosa sobre la moti­vación del nar­rador o el tiempo nar­ra­tivo, y después cometí un error. Le fes­tejé el cuento a Julio. Alabé su don nat­ural para elab­o­rar una trama, su oral­i­dad refle­jada, sobre todo en la lectura.

A la sem­ana sigu­iente leyó Dante. Dante se había con­ta­giado del ambi­ente de éxito de su com­pañero, pero cuando llegó la fecha pensé que no iba a poder ni hablar. Era un día soleado, pero él llev­aba suéter y pan­talones lar­gos, sud­aba a mares aunque no se quitaba la ropa. Recordé entonces lo que me había con­tado Julio sobre los france­ses: ¿lo habrían depilado?, ¿lo gol­pearon, lo vio­laron?, ¿las tres cosas?

Leyó en un susurro. Por lo poco que pudi­mos sacar en claro, el cuento trataba de un joven en la prisión de Puebla, acu­sado de secue­stro y asesinato. Todo empezó con el cadáver de una bella joven de clase rica, encon­trado a un costado de la car­retera a Momox­pan. Había prue­bas de vio­lación y una bala en el crá­neo. Se atrapó a un sospe­choso, pero éste, de man­era que no quedó clara en el cuento, hizo una elab­o­rada arti­maña para que un joven lla­mado D. fuera apre­sado en su lugar. D. era inocente, pero aún así aparecieron sus huel­las dig­i­tales en la pis­tola del crimen y en el asiento trasero del coche. Irrumpió la policía en su casa, lo lle­varon al Min­is­te­rio y lo tor­tu­raron por var­ios días. D. con­fesó el crimen incul­pando tam­bién a su novia, que había sido, al pare­cer, cóm­plice. La novia no tenía nom­bre, ni ini­cial, era sim­ple­mente la novia. Los con­denaron a cin­cuenta años. Ya en la cár­cel, sus abo­ga­dos defen­sores se dieron cuenta de que no había habido una orden de apren­sión en su con­tra, y quisieron reabrir el liti­gio con esta argu­cia. Se enter­aron de ello en el penal y, una noche, lla­maron a D. y a su novia a la sec­ción de Ingreso, les dieron la ropa con la que habían entrado, les abrieron una por una las cinco puer­tas del Inte­rior, les dijeron que eran libres. Después de cam­i­nar una calle, al doblar una esquina, la policía les cortó el paso, les mostraron una orden de apren­sión y los regre­saron a sus cel­das. Fin de la historia.

Julio opinó el primero. Dijo que le parecía raro lo de las huel­las digitales.

¿Cuáles huel­las?”

Las del asesino. ¿Cómo aparecieron ahí? ¿Quién las plantó?… Además, ¿por qué acusó a la novia? Eso no se entiende.”

Dante se encogió en su banca.

Si la novia es cul­pa­ble, tiene que haber algo ahí que lo diga, ¿no? Si no, ¿por qué la acusó?”

Hay incon­sis­ten­cias en la nar­ración”, inter­rumpí. “Lo impor­tante aquí es ver hasta qué punto son inten­cionales o errores en la trama.”

No ayudó mi comen­tario. El ros­tro se le bañó de sudor y después empezó a tem­blar: Dante pasaba del calor al frío en lo que yo ter­minaba de decir una frase. Nue­stro cuadrado de césped bajo un ciprés, que yo había querido con­ver­tir en la ima­gen idílica de la lit­er­atura, se con­vir­tió en un infierno. Me di una pausa, sim­u­lando una relec­tura del cuento, y entonces escuché que Dante decía:

No soy bueno en esto, como Julio.”

Recordé mis ala­ban­zas de la sem­ana ante­rior, y bus­cando una sal­ida deco­rosa, cavé mi tumba:

Hay que escribir los cuen­tos por docena. Un buen cuento vale lo de cinco o diez malos.”

Dante no volvió. Y, a la sem­ana sigu­iente, me man­daron a lla­mar con la maes­tra. Pre­guntó si había un prob­lema con mi curso. Me pidió que le explicara más a detalle qué era eso de la creación lit­er­aria; si se parecía a “Español”, ya había un mae­stro que daba esa mate­ria, y asistían a su clase por lo reg­u­lar de diez a veinte alum­nos. Le quise explicar, pero como la primera vez con el direc­tor, llev­aba dos frases cuando me inter­rumpió pre­gun­tando si había tomado lista. Cuando le dije que sí, que todo iba bien, que no había ningún prob­lema, quiso saber si pens­aba seguir con el taller aunque hubiera un solo alumno. Evité entrar en detalles, y le respondí de nueva cuenta que sí.

Pero ya no va a poder salir a la zona verde, mae­stro. Va a tener que regre­sar a la biblioteca.”

¿Y eso?”

Los ofi­ciales no quieren hacer tanto bar­rullo por un solo interno.”

Lo único que tenían que hacer los ofi­ciales era abrir la puerta del Inte­rior y abrir después la reja que rode­aba el cuadrado de césped. Pero dig­amos que mi cap­i­tal per­sua­sivo no estaba en su punto más alto. Acepté, y a la sigu­iente sem­ana nos asig­naron una esquina de la bib­lioteca. Mi taller coin­cidió con la abar­ro­tada clase de alfa­bet­i­zación. Ape­nas y logramos escuchar lo que leíamos entre las letras pro­nun­ci­adas a coro de los veci­nos. Julio empezó a hablar de Marx porque creía que así no iba a abur­rirme, y yo le repetí por repe­tir lo de la voz sin­cera en los per­son­ajes y las moti­va­ciones del nar­rador. Cuando me vio más dis­traído, me dijo que iba a recu­perar los libros que yo había prestado durante las primeras clases.

Tú no más da la orden y voy por ellos.”

Está bien, Julio, que le saquen prove­cho. Yo ya los leí.”

Pinches ratas.”

A las dos sem­anas de estar leyendo el mismo cuento, Julio me acom­pañó a la puerta de sal­ida con la cabeza baja, en silencio.

No tuve abo­gado, el que me asig­naron nunca habló con­migo, no sé ni quién es…”, me dijo antes de que partiera.

Ánimo, hom­bre.”

Es una pinche injus­ti­cia. Aquí esta­mos sólo los pobres. Los ricos, los que pueden pagarse un buen abo­gado, ésos no están acá.”

Julio me pre­guntó si, de pura casu­al­i­dad, no sabría yo de un abo­gado que pudiera ayu­darlo. Le dije que bus­caría a alguien.

Fui al depar­ta­mento de Dere­cho de la uni­ver­si­dad en la que tra­ba­jaba. Me respondieron que sólo veían asun­tos de lo civil, si quería ayuda en lo crim­i­nal había que bus­car en otros organ­is­mos. Apunté los nom­bres. Los dos jueves sigu­ientes me quedé en casa, no llamé a la cár­cel para anun­ciar mi falta, pero sí hablé a un organ­ismo de abo­ga­dos en lo penal. Les dije que bus­caba asesoría gra­tuita y me dijeron que ahí no podían ayu­darme, que hablara a otro número.

Cuando regresé a la cár­cel, después de casi un mes, los policías sim­u­la­ron no recono­cerme, o de plano no lo hicieron. Tuve que esperar veinte min­u­tos en la calle para que bajara la maes­tra Sarita y me abri­era las puer­tas. En el mismo escrito­rio pelón del primer día, me agrade­ció el tra­bajo vol­un­tario, deseán­dome mejor suerte para el futuro.

¿Podría ver a Julio?”, le pregunté.

Quizás en los días de visita, maestro.”

Para ello debía llenar for­mu­la­rios y esperar la aceptación del direc­tor. Mi solic­i­tud para impar­tir un taller gra­tu­ito de lit­er­atura tomó medio año, no alber­gaba grandes esper­an­zas en este caso.

Me despedí de la maes­tra Sarita sabi­endo que ya no volvería a ver a Julio. Lo único que guardo de él es una lám­para. Al tér­mino de una clase me pre­guntó mi color y mi car­i­catura favorita. La sigu­iente sem­ana me dio una lám­para roja, polié­drica, con la Pan­tera Rosa en cada una de sus ocho caras. Como es una lám­para bas­tante lla­ma­tiva, mucha gente me pre­gunta dónde la con­seguí, y yo les cuento la his­to­ria. Por lo gen­eral causa muchas risas, de sor­presa, de con­de­scen­den­cia, pero sobre todo de ternura.

Texto pub­li­cado en la edi­ción 148 de Crítica


Escrito por Ale­jan­dro Lámbarry

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