Fotografía: Mónica Resas.

Saturno y el aperitivo antropofágico | Por Víctor Roberto Carrancá

Es permisible trasponer el concepto (y arquetipo) de Saturno con una pintura negra en particular. Nos referimos, claro está, a la de Francisco Goya; aunque tal vez, Saturno devorando a un hijo podría ser pertenecer a uno de los “caprichos”, puesto que alude, subrepticiamente, al deseo reprimido, apetito oculto, de devorar carne humana.
Si Saturno, para Gustav Holst, es el portador de la vejez (que muchos asocian a una sabiduría que remontan, con justicia, a la figura del Diablo); la vejez, en todo caso, es la portadora del recuerdo universal de que el instinto humano trasciende tiempo y espacio.
El paradigma: las pulsiones no se crean ni se destruyen. Solo se transforman.
Se convierten, tal vez, en licántropos, zombies o vampiros milenarios. Símbolos del hambre lupina (en el contexto esbozado por Thomas Hobbes) del ser humano; de esa inclinación ineludible por devorar, masticar, deglutir al otro.
Es verdad. Nada despierta mayor aversión en un ser racional (en algunos, no en todos) que reconocerse criatura de naturaleza salvaje. Arcaica. Instintiva.
Más allá del estremecimiento interno; del malestar estomacal o, por qué no, del apetito que la antropofagia puede despertar en un lector, lo cierto es que la ingestión de carne humana trasciende su significado y establece una carga simbólica excesiva.
En “Tótem y Tabú”, Freud sitúa el origen de la sociedad y, más importante, el origen de la familia y el temor (reverencial) al incesto, en un crimen primario. Un parricidio ancestral que culminó con la ingesta de la carne del padre (una inversión del mito de Saturno).
Con este acto de parricidio y antropofagia nace la Culpa. Vetusta. Imperecedera.
Aun así, por más que la antropofagia (y el crimen primario descrito por Freud), contraríen al concepto de civilización, lo cierto es que muchas religiones reproducen, de una manera u otra, este rito ancestral. Basta pensar en la comunión: la ingesta de la carne del Señor. Beber de Su sangre para que, tal como con los animales totémicos en las hordas fraternales, Él pueda estar en nosotros.
Este es el recuerdo invicto (vinculado con esa sabiduría de la vejez) de que devoramos, engullimos, nos regodeamos para después sentirnos indigestos. De ahí lo imperecedero de la Culpa.
Todos deseamos, de alguna manera, la antropofagia.
Nace, así,el primer verso del Manifiesto Antropófago, de Oswald de Andrade: “Tupi ornot Tupi”, aludiendo a las tribus caníbales de los Tupinambas, en oposición a un imperio “europeizado”, tanto en el arte como en la sociedad, que reniega de esos instintos arcaicos. El caníbal, a la luz de la visión colonizadora europea, es una contravención de los ideales del progreso y desarrollo.
Lo cierto es que es el instinto anida en nosotros.
La antropofagia está vinculada, invariablemente, con la edad. Basta, únicamente, llegar a los intersticios de la civilización; padecer una “regresión” hacia nuestra fase oral y, como Hansel y Gretel, condenarnos al buscar la satisfacción instantánea del apetito.
Tal vez, en este aspecto, un ejemplo claro de estas tendencias se establece en la famosa película de Soylent Green (Richard Fleischer, 1973), en la que se nos muestra una sociedad hambrienta que sucumbe ante el desarrollo tecnológico y las alternativas culinarias que presenta.
Situaciones extremas requieren medidas desesperadas.
O tal vez no tan extremas.
Albert Fish, quien obtuvo merecida notoriedad dentro de la historia de los crímenes más atroces, aseguró, en una carta que envió a los padres de su víctima, haber asesinado y engullido a la pequeña Grace después de escuchar sobre las cualidades gastronómicas de la carne humana.
Recodemos la fisonomía de Fish: Anciano esbelto, de bigote y barba nívea. La mirada triste (podría pensarse, inofensiva), sobre una hamaca de arrugas.
Y por eso, tanto por lo viejo, como por lo sabio, reconocemos al Diablo.

 

Fotografía: Mónica Resas.

Fotografía: Mónica Resas.