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Preludio a una sinfonía planetaria: El sueño inconcluso de George Méliès

El anciano aparece en un rincón invisible de la Estación de Montparnasse; arrumbado, al igual que uno de esos cacharros que adornan su mostrador, el viejo se acomoda las gafas y da cuerda a uno de sus trencillos de juguete. A diferencia de los monstruos que gimen humo y azotan las espaldas de las vías con chispas enfurecidas, la pequeña locomotora avanza unos cuantos centímetros y se detiene a contemplar, con ojos tan tristes como los de su dueño, la inmensidad de un mundo que olvida demasiado rápido.

Entre autómatas que añoran recuperar la movilidad y títeres polvorientos, el viejo se reclina en su silla y observa el ir y venir de hombres que parecen haberse enamorado de sus relojes, mujeres que castigan a su calzado, maletas fastidiadas de tanto viajar y trenes con destino a los lugares más recónditos excepto, por supuesto, a aquellos que sólo pisan quienes saben que los sueños llevan más lejos. Porque él, George Méliès, había visitado la Luna y el Infierno; lo imposible y lo fantástico. Él, George Méliès, había inventado, años atrás, el cine.

Le Voyage dans la Lune (1902), quizás el más famoso de los cientos de filmes creados por este auténtico ilusionista (muchos de ellos hoy, sepultados entre los misterios del tiempo), no antecede, solamente, ese “gran paso para la humanidad”. Los escenarios espaciales, con sus selenitas juguetones, diosas griegas y ninfas que cuelgan de cometas, implicaban algo mucho más grande: Los sueños pueden plasmarse en imágenes. El ser humano puede viajar, no solamente por efecto de los favores ferroviarios, sino que, en una formula que combina la poesía más elegante con la pureza de la estética visual, cualquiera visitará Lilliput, el Reino de las Hadas o el Polo Norte.

Es irónico, de cierta manera, que el evento que despertó la inquietud de este tejedor de imágenes fuera, justamente, la proyección de varias cintas entre las que se incluía a un tren acercándose a la pantalla (quizás, en ese momento, Méliès supo que el cine podía transportarnos a mayor distancia y a velocidad superior que cualquier locomotora inquieta). Esa imagen, auspiciada por Auguste Marie Louis Nicolás y Louis Jean Lumière en 1895, sería el destino aciago de este genio. En la estación de Montparnasse, los miles de trenes que arribaban y partían diariamente, se empeñarían en recordarle el pasado perdido y la manera en que los sueños pueden ser arrollados por la industria y la necesidad de mercantilización (después de todo, aquel invento tan subestimado por sus creadores, sería materia de disputa para otro mago de la época: Thomas Alva Edison, conocido, con justicia, como el Brujo de Menlo Park).

Es por ello que lo que comenzó con un proyecto de ilusionismo, de magia y el más desinteresado entretenimiento, se comercializó a tal grado que Méliès terminó por convertirse en uno más de esos artefactos que adornaron, en su momento, las pantallas vacías. Su nombre pudo haberse perdido para siempre. Lo hizo durante muchos años hasta que alguien, un alguien cualquiera, supo que la autoría de la materialización de sueños no correspondía a quienes especularon con ella. Pertenecía, solamente, al hombre que decidió convertirse en Ícaro y alcanzar, con alas de papel y demás objetos de utilería, los escenarios celestes.

Este fue el hombre que entregó la Luna a miles de cineastas que, a través de películas de un subgénero naciente (y por supuesto, denigrado), pisaron sus arenas blancas para revelar las hipótesis que vendrían con su descubrimiento: El hombre viaja más rápido con los sueños.

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Escrito por Víc­tor Roberto Carrancá

Adrián Duchateau (Fotógrafo)

Adrián Duchateau

Ha tenido colaboración con revistas como Elle, Gatopardo, Travesías, 192, Periódico FRENTE, Escala, Quien, Ok; Participación en el libro Sonidos Urbanos, Exposición septiembre 2010 Ya-ax condesa, proyecto Recolecciones, Exposición Mayo 2011, Rompope Gallery. Postproducción de fotografía en proyectos de publicidad para Axe, Movistar, Harpic, Superama, Oreo, Ritz, Bimbo, Flanax, Pirwi, Copertone, Nes-Quick entre otros.